María intercambiada en un coche - Completo (2)
La lluvia cae sin piedad y el campus está desierto. Cuando María aparece bajo el paraguas de su profesor, la distancia académica se rompe con cada roce de sus cuerpos. Él sabe que su esposa está lejos, pero la tentación de la alumna tímida es demasiado fuerte para resistirla en el encierro del coche.
No quise hacerla esperar, le había dicho que ya estaba preparado y quería evitar mosqueos. Sara era muy celosa. Dejé la toalla a un lado y cogí el móvil.
Sara: Hola, cari, qué tal?
Marcos: Muy bien, cielo, qué tal tú?
Sara: Un poco cansada, ya sabes, mi director de tesis es un tirano. Cualquier día lo estrangulo. Jajaja.
Me pareció genial que la conversación se derivara hacia sus asuntos de trabajo, de esa manera tal vez se olvidaría del sexo o, al menos, ganaría unos minutos y tendría tiempo de recuperarme.
Marcos: Si no fuera porque a tu tutor le queda poco para los sesenta, me pondría bastante celoso.
Sara: Ah, vaya, ¿crees que un hombre de cincuenta y pico no es capaz de darle a una mujer lo suyo?
Esta conversación la habíamos tenido a menudo, era una forma de calentar motores. Me pareció una idea genial seguirle el rollo para perder un rato tonteando.
Marcos: Pues, mira, tienes razón. ¿Por qué no le dices que entre en este grupo de wasap y hablamos los tres? Jajaja
Ella no se cortó en absoluto.
Sara: Le estoy preguntando y me dice que no, que prefiere no entrometerse. Que él solo se tocará mientras hacemos guarradas a dúo. Le va más el lado voyeur. Jajaja.
Hubo un silencio de unos segundos que al fin rompió Sara.
Sara: Espera, me llaman por el fijo.
Esperé a que volviera meneándomela. Intentaba reanimarla, sin mucho éxito. El problema era que la corrida mirando a Laura había sido monstruosa. Ella siempre conseguía que fuera así. Aquella cara de mosquita muerta podía conmigo.
Sara: Ya estoy… era una vendedora de telefonía… A ver si te gusta esta foto que te paso.
La imagen enviada por Sara la mostraba a ella en un selfi sacado a la altura de sus muslos. Se veía un primer plano de su coñito, la mano con la que se tocaba el clítoris de forma descarada, en segundo plano, y su cara sonriente al fondo.
Debo aclarar que el coño de mi mujer es maravilloso, me tiene loco. Depilado solo alrededor de los labios, y con poca mata de vello sobre el monte de Venus, es una locura de chochito para una mujer de su edad. Me encanta comérselo, por supuesto, pero mirarlo cerrado y virginal es una imagen de otro nivel.
Ella sabía de sobra que me tenía enamorado, y al enviarme aquella imagen estaba buscando un piropo para el conejito, por eso me hice el loco y cambié el rumbo de la conversación. Era otra forma de ganar tiempo, evitando ir al grano.
Marcos: No me jodas que te has comprado un palo de selfi?
Sara: No, no lo he comprado, me lo han regalado, y me he dado cuenta de que es muy útil para ciertos momentos… jajaja
Marcos: Ábrete el chochete y muéstrame un primer plano, porfa.
Sara: Aquí va…
Miré la imagen, extasiado. Era perfecta. Había conseguido una pose tan de… guarra… como una auténtica golfa… que logró excitarme sobremanera. Mucho más que si la estuviera viendo en directo. Buenas noticias para mi entrepierna, aunque mi pene seguía medio dormido.
Marcos: Guau!! Cómo me pones, nena. Ahora sácate una de las tetas, pero manoseándola con tus manos.
Sara: No, de eso nada… guarrete… ahora te toca a ti. Si quieres verme las tetas, enséñame tu gran polla tiesa como un palo, preparada para follarme.
Miré mi pobre miembro en estado de hibernación y me estremecí. No entendía como no se me había subido ya. Hacía casi media hora de mi corrida y no había forma de levantarlo. Joder, esto no me pasaba hasta no hacía tanto. En otro tiempo podía echar hasta tres polvos en dos horas, con recuperaciones dignas de un actor porno. Estaba claro que haber entrado en la treintena no me estaba sentando demasiado bien.
Imaginé la cara de decepción que pondría Sara si le enviaba una foto de aquel pingajo. Y eso, sin contar con la retahíla de preguntas que vendrían para que le explicara por qué estaba en ese estado. Ni de coña, aquel pene arrugado no podía enseñárselo.
Marcos: Me meo, cielo… Voy al baño un segundo y te mando la foto enseguida… No te vayas…
Sara: Ok, aquí te espero, no pienso irme a ningún lado.
Salté de la cama y cogí mi portátil. En él guardaba muchas fotos de todo tipo, incluso las guarradas de sesiones de chat anteriores. Solía borrarlas del móvil para evitar que nadie pudiera verlas por descuido, pero antes las copiaba en el disco duro del PC. Se hallaban en una carpeta al lado de la de las fotos de mis complacientes alumnas.
Elegí un puñado de imágenes que pudiera necesitar para toda la sesión y las envié al móvil. Luego, busqué una que fuera convincente y se la envié.
Marcos: A ver qué te parece. Mira cómo se me ha puesto por ti.
Sara tardó unos segundos en responder. Cuando al final lo hizo fue para reprenderme.
Sara: Joder, Marcos, ya estás otra vez en la cama con la camisa azul del curro? Ya sabes que si la manchas de leche luego no hay dios que la quite.
Añadía un emoticono de enfado.
¡Me cago en la hostia…!, grité mentalmente. ¡Joder, con las prisas había elegido la foto menos apropiada! Sara era una fanática de la limpieza y se cabrearía más por una mancha en una puñetera camisa que por una puesta de cuernos en toda regla, estaba convencido.
Marcos: Es verdad… ufff. Tienes razón. La he cagado. Ahora mismo me la quito…
Apreté los dientes y recé para que pasara la tormenta. La respuesta de Sara no se hizo esperar.
Sara: Oye, esta foto creo que no es de ahora. ¿No estarás intentando engañarme con una foto antigua?
Marcos: Joder, Sara, que vista tienes… está bien, tienes razón otra vez. Espera que te envío una foto de ahora y te explico.
Envié una foto en la que mi miembro se veía en su estado real y entonces llegaron las preguntas que me había temido.
Sara: Oye, queridito… ¿por qué la tienes floja? ¿Qué has estado haciendo?
Marcos: Espera, déjame que te explique, jajaja
Sara: Pues sí, explícate, porque estoy muy cachonda y tú parece que estás en la reserva.
Marcos: Es una tontería, verás... Mientras te ponías al móvil me he estado tocando pensando en ti y, sin saber cómo, me he pegado una corrida super increíble. Es que me pongo burro cuando pienso en tus tetas y en esas piernas que me las comería si las tuviera cerca.
Casi podía ver crecer el mosqueo de Sara, a pesar de la distancia, y yo ya no sabía que inventar.
Sara: Seguro que pensabas en mí, so marrano?
Marcos: Pues claro, tontita… En quién podría estar pensando, si no?
Sara: Pues a lo mejor en algunas de esas zorritas de tus alumnas. Esas que siempre revolotean a tu alrededor.
Marcos: Vamos Sara, no empieces con tus celos… Ya sabes que esas niñas… muy monas y tal… pero al final son unas mojigatas. No te llegan a ti ni a la altura del betún cuando follamos a tope... jajaja
Sara: Y cómo lo sabes?
Marcos: Cómo sé el qué?
Sara: Que no me llegan a la altura del betún follando?
Marcos: Pues no sé… lo imagino…
Tragué saliva. El asunto se me estaba yendo de las manos.
Sara: Estoy segura de que las has probado…
Al comentario le acompañaba una foto de su cara con morritos de enfado.
Marcos: Qué más quisieran ellas… jajaja
Sara volvió a retrasar la respuesta. Tuve que enviarle un nuevo mensaje para que respondiera.
Marcos: Sara, qué pasa?, por qué no dices nada?
Varios segundos de silencio más y por fin llegó la respuesta.
Sara: Eso que has dicho no me ha gustado nada. Ha sonado a machirulo de discoteca…
Marcos: Por dios, Sara, que era solo una broma. Por cierto, te has vuelto muy feminista ahí en Berna, ¿no? A saber quién te estará cambiando…
Sara: Yo nunca he sido feminista, pero hay cosas y cosas…
Marcos: Anda, cielo, que estamos perdiendo el tiempo y estoy caliente… Mi hermanito ya empieza a crecer para ti. ¿Cómo quieres que empecemos?
Sara: No sé… ya se me han pasado las ganas…
Marcos: Anda, amor… Vamos, que yo te guio, empiézate a tocar y me mandas un video. Ya verás como en unos segundos estoy con la bandera izada.
Pero ella cambió de tercio, cortante.
Sara: Puedo hacerte una pregunta, amor?
Marcos: Claro, dime…
Sara: Seguro que no tienes a tu lado a una niñata de esas riéndose de mí y de las tonterías que decimos?
¡Joder, la madre que la parió…! Le había dado fuerte… Tendría que esforzarme a tope si quería ganármela y que se olvidara del asunto.
Marcos: Pero nena… no me hagas esto… ya estás con tus celos otra vez…?
Sara: Ya, es muy fácil decirlo, pero yo estoy aquí sola y casi no veo a nadie que te pueda hacer sentir celos como tú a mí…
Intenté tirar por las bromas. Necesitaba volver a la senda de la normalidad si quería tener la noche en paz.
Marcos: Vaya que no… ja!
Sara: Ja, qué…?
Marcos: Y qué me dices de tu tutor? Mucho jaja, pero a saber lo que hacéis en su despacho doce horas al día.
Sara: Follar como locos, no te jode… serás cabrón…
Marcos: jajaja, no te enfades, era broma…
Sara: Pues guárdate tus bromas donde te quepan…
Marcos: No sé, no sé… mucho te defiendes cuando me pongo yo celoso.
Sara: Cerdo…
Llegó otra foto de su cara poniendo morritos de enfado.
Marcos: Venga, va… cariño… ¿Pero quién coño iba a querer estar con este viejo que tienes por marido…?
Sara: Pues cualquiera, mi amor… que a tú edad ya quisieran muchos… Estás más bueno que el pan… Y no te quiero compartir con esas guarras…
Marcos: Quieres que te haga un skype y ves tú misma que no hay nadie conmigo?
Sara: Bueno… no sé… Vale, pero dile a la niñata esa que no se esconda bajo la cama cuando pases la cámara… la muy cabrona…
No quise entrar en más polémicas. Arranqué el skype y en cuanto estuvimos conectados me paseé por toda la casa para que viera que estaba solo.
Al final se quedó tranquila y volvimos al wasap.
Marcos: Sabes que te quiero, nena…
Sara: Y yo a ti… mamoncete… si no fuera porque me tienes loquita, te mandaría a la mierda cualquier día… Pero ya sabes que me tienes ganada… por eso te aprovechas…
Marcos: Volvemos a lo nuestro?
Sara: Sí, vamos, que estoy que me subo por las paredes…
Marcos: Qué quieres que te haga?
Sara: Quiero que me comas el coño como tú sabes… Hasta que me lo dejes escocido de tanto lamer…
Marcos: jajaja… allá voy…
Seguimos intercambiando mensajes intrascendentes, «te gusta lo que te hago?», «me matas de gusto…» y esas cosas, mientras cada uno se trabajaba por su cuenta.
De pronto, llegó un mensaje que elevó el nivel del encuentro… Sara debía de estar a más de doscientos:
Sara: Venga… cabronazo… dame lo mío… cerdo… no pares…
Este mensaje era la señal inequívoca de que el orgasmo le empezaba a subir por las piernas. En esos momentos, a ella le gustaba escuchar palabras «especiales».
Marcos: Sí… putita mía… guarrilla… golfa… córrete para mí… Ensúciate el coño de tu leche que yo te echaré la mía después.
Sara: Cabrón… cerdo… mamonazo… putero… como dejes de chupar te corto la polla…
Marcos: Zorra… córrete y calla… quiero verte saltar como una cerda… te quiero, zorrita…
El siguiente mensaje, sin embargo, era diferente.
Sara: Quieres que hagamos otro skype y ves cómo me corro, cielo?
Marcos: Joder… sí… zorrita mía… yo te llamo…
Conectamos en pocos segundos. La imagen que me mostraba la pantalla era la del coño de Sara en primer plano y su rostro en segundo, los ojos entrecerrados por el placer que se estaba dando a sí misma. Se había sentado con la espalda en el cabecero de la cama y había conseguido fijar el móvil frente a ella para no tener que hipotecar sus manos en él.
Éstas, ahora libres, se trabajaban el coño al alimón. Una, masajeaba el clítoris como una posesa. La otra, metía y sacaba dos dedos en su vagina. Y un líquido espeso y blanquecino manaba de su abertura. Y se notaba que el calentón de Sara era de los grandes.
—Me corro, me corro… —fue lo primero y único que dijo cuando la conexión de skype alcanzó su mejor calidad HD.
Sara abría la boca formando un «cero» con los labios y apretaba los ojos. Y sus piernas empezaban a contraerse por las sacudidas del orgasmo. Una contracción fuerte… dos contracciones menores… otra mayor… dos finales…
Y yo sabía que eran las contracciones de un orgasmo real. Mi mujer no era de las que los fingiera, pero si lo hubiera intentado, no lo habría conseguido. Las convulsiones que la tomaban al asalto y que la hacían estremecerse sin control eran imposibles de simular.
—Jodeeeer… —decía ella a cada contracción. Y alargaba la «e» durante el tiempo que duraba el espasmo. Y el cabello revuelto le caía sobre la cara y estaba bellísima.
Y por cada una de sus contracciones, un latigazo sacudía mi entrepierna. Y cada latigazo nacía en mis testículos y recorría mi pene hasta llegar al glande. Y mi pene se inflamaba más y más. Y no podía haber estado más duro, a pesar de los problemas que habían surgido al principio del chat con Sara. Y ya no podría aguantar mucho más y yo lo sabía. Y me masturbaba enloquecido.
Mientras, una última contracción pilló a Sara desprevenida, lo que la hizo reír con risa nerviosa.
—¡La hostia! Ufff… ¡Ha sido cojonudo, cariño…! Ahora te toca a ti, cielín… —me dijo cuando se quedó laxa y en calma.
Y yo ya estaba a punto para ella y me sentía feliz por haberlo conseguido.
—¿Te lo echo… como a ti te gusta? —propuse, sabiendo la respuesta de antemano.
—Sí… hazlo, mamoncete… porfi… porfi…
Arrimó su cara a la pantalla y la pude ver en primer plano. Y mi polla no tardaba ni un minuto en comenzar a escupir. Y lo hice como a ella le gustaba: eyaculando sobre la pantalla del móvil, como si le fuera directo a la cara.
Y Sara se relamía de gusto y utilizaba sus dedos para fingir que recogía el esperma y se lo llevaba a la boca.
—Mmmm… que rico… —decía, y se relamía los dedos…
Finalmente, se dejó caer hacia atrás, derrumbada por el esfuerzo.
—Joder, Marcos… ha sido una corrida de la leche…
—¿Te ha gustado, eh, zorrita…?
—Mucho, mi cabroncete… Mañana quiero más…
—Bueno, pero eso será mañana… yo hoy estoy machacado…
Exageré un bostezo y nos despedimos con intercambios de besos y emoticonos graciosos. Dos «muac» fueron las últimas palabras en intercambiarse en el chat.
Me di una ducha rápida y me dispuse a apagar la luz y dormir. No la había mentido, estaba realmente agotado. Sin embargo, tenía una sensación rara dentro de mí. Era como haberme quedado a medias. Notaba un vacío que había que llenar. Y, cuando eso ocurría, necesitaba hacer algo para cerrar el círculo como fuera. En caso contrario, no conseguiría dormir en toda la noche.
Así que, a solas y en silencio, no pude evitarlo. Busqué de nuevo en el móvil la imagen de Laura y, entrecerrando los ojos, empecé a masturbarme de nuevo.
Cap. 5 – LA TARDE LLUVIOSA
Terminé de dar una clase a la que casi nadie había asistido. Eran sobre las nueve y media de la noche. Un mes de diciembre, viernes y con un tiempo de perros habían hecho de aquella clase algo desolador. Solo los alumnos más fieles de mi asignatura, derecho civil, habían acudido.
Eran cinco. A tres de ellos los conocía de vista —estaba familiarizado con todos mis alumnos, al menos por su cara—, y luego estaban Manuel y María. Con Manuel había jugado muchas veces al póker, y él solía ganarme con un compañero que no paraba de coger cartas de las mejores. Alguna vez habíamos tachado a su amigo de tramposo, llegando a registrarle los bolsillos y las mangas por si tenía una baraja escondida. Tanta suerte era más que increíble.
María era diferente. Muy guapa, alta, melena morena, un tipo más que interesante y una mirada de pupilas negras que te abría por dentro. Pero era muy tímida. Tan tímida que apenas se la veía socializar con nadie. Tampoco se le conocían novios, al menos en el entorno universitario. Había tenido algunas conversaciones con ella, pero muy pocas y casi telegráficas.
Se había incorporado a la clase hacía pocas semanas. Alegaba no haber podido incorporarse al principio del trimestre por un problema familiar y apenas la conocía. Las veces que nos habíamos visto en mi despacho, las conversaciones habían consistido en frases cortas y escasas. Y casi siempre referidas a sus notas. Nunca se conformaba, quería que le subiese un punto, al menos, en cada examen. A pesar de que era una alumna de notable para arriba.
Todos mis alumnos fueron desfilando por la puerta mientras yo recogía el material que había desplegado para la clase. Lo introduje en mi cartera y, tomando el paraguas y la gabardina, me dispuse a salir.
Al llegar a la puerta del edificio comprobé que la lluvia que caía dos horas antes, cuando había llegado a la facultad, seguía cayendo e incluso había arreciado. Me paré un segundo mirando al cielo por ver si tenía intención de amainar. No lo parecía, las nubes se veían oscuras, amenazando con descargar toda la noche. El campus al completo se hallaba desierto. La mayoría de los edificios se encontraban en penumbra, las luces apagadas desde hacía ya rato, a excepción de las imprescindibles por motivos de seguridad. Por un momento creí que sería el último en salir
Observé mi coche a lo lejos, a unos cien metros, en el parking anexo al edificio, pero no me atrevía a salir ni aún con el paraguas. En la explanada solo se veían una docena de vehículos desperdigados. Aparte de los vigilantes nocturnos, allí no debíamos de quedar más de tres o cuatro locos. Por fin decidí que no podía quedarme a la espera toda la noche y di un primer paso fuera del edificio. Antes de terminar el gesto, una voz a mi espalda me sobresaltó.
—Profesor…
Me volví, estremecido, el susto que me había llevado era evidente, y María sonrió.
—Perdón… lo siento... no quería asustarle…
—Por dios, María, has podido matarme de un infarto… —bromeé agarrándome la gabardina a la altura del corazón.
Ella se mantuvo callada, mirándome de forma inocente.
—Vaya nochecita… Va a jarrear hasta mañana por lo menos —dije por romper el silencio.
—Sí…
María seguía en su línea. Pocas palabras y con el menor número de sílabas posible. Pero me había sorprendido que se encontrara allí, a solas y en penumbra, y sentía curiosidad por entender a qué se debía.
—¿Cómo es que estás por aquí todavía? —pregunté—. ¿Van a venir a buscarte? Seguro que esperas a tu novio, ¿me equivoco?
—Uy, no…
No entendí si «no» significaba que no iban a buscarla, que no tenía novio… o, yo qué sé, que no estaba lloviendo, tal vez. Hablar con María me sacaba de quicio, tenía que reconocerlo.
—¿Entonces?
—Estoy esperando al bus.
Miré hacia la parada. En efecto, esta se hallaba iluminada y eso debía de significar que algún vehículo pasaría aún por allí aquella noche. Pero la parada no tenía techado, era solo un poste, y esperar a su lado terminaría por calar al más pintado. Entendí por qué María esperaba dentro del edificio.
—¿A qué hora viene el próximo autobús? —pregunté, por decir algo.
—A las diez
—Vaya, todavía te quedan veinte minutos.
—Sí… no sé…
—Y yo diría que te vas a calar de todas, todas… —sonreí con humor negro—. Esa parada no está a menos de cincuenta metros. Como no escampe algo… ufff…
—Jaja —rió ella.
—Tengo una idea… —se me ocurrió decir—. Yo tengo el coche ahí aparcado. ¿Quieres que te lleve hasta alguna parada más céntrica, que tenga techado y tal vez un banco para que puedas esperar sentada?
—No… bueno, sí… no sé…
—Pues yo me largo, tienes que decidirte pronto.
Pareció pensarlo dos veces, pero al final aceptó.
—Vale… hay una parada cerca del metro al salir de la autovía, a lo mejor hasta puedo cogerlo en lugar del bus —dijo, y se movió unos pasos hacia adelante.
Abrí el paraguas y la animé a que se acercara a él. Tenía una copa pequeña y necesitábamos juntarnos mucho para evitar calarnos por el lateral desprotegido de cada uno. Se agarró de mi brazo para ampliar el espacio de cobertura del artefacto. Y al andar sentía su seno izquierdo rozando mi codo. Algo despertó en mi interior, en la entrepierna, concretamente.
La sensación placentera de aquel seno rozándome el brazo a cada paso que dábamos me hacía sentir culpable. Y al mismo tiempo no me lo hacía sentir. Y me escudaba como siempre en los varios meses que llevaba sin dormir con un cuerpo femenino a mi lado —la ausencia de mi mujer se alargaba demasiado— y lo veía como una excusa creíble. Al menos para acallar mi conciencia.
Echaba la culpa a la ausencia de Sara, desplazada a Suiza por una beca de doctorado, y que ya llevaba nueve meses alejada de casa. Y aunque hablábamos a diario por el móvil, y nos habíamos reunido en vacaciones tres veces desde que se fuera, la falta de sexo «real» con ella estaba haciendo mella en mí. Y ya no me sentía culpable por mirar a mis alumnas, jóvenes y hermosas. Y por eso no me sentía culpable de rozar el seno de María a cada paso. Y ahora que María me rozaba sin intención, mi pene cabeceaba dentro del pantalón, como deseando salir de su encierro
Continuará...
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