Señora viuda e inalcanzable ii
Siempre había sido la mujer intachable, la viuda de la que nadie duda. Pero esa tarde, la mirada de Israel no pedía permiso, y su propia mano traicionó años de castidad. Ahora, desnuda y temblando, sabe que no puede volver atrás.
Maria Celia siguió admirando el pene que tenía en sus manos. Le parecía bastante grueso, aunque tampoco había llegado a ver el de su esposo, pero intuía que era más grande. Lo observó con detenimiento, contemplando la cabeza cubierta de un prepucio con bastante piel. Notaba el pene caliente y palpitante, como si saltara en su propia mano. Inconscientemente, hizo algo que jamás había realizado: comenzó a mover su mano arriba y abajo, sorprendiéndose al comprobar como el capullo rosado e hinchado iba saliendo y entrando del prepucio. Se agitó al verificar que sus actos, estaban excitando al joven, viendo cómo se hinchaba aún más aquella vara. Un intenso acaloramiento recorrió su cuerpo, como un fuego que la abrasaba. Casi sin querer, se vio pajeando aún más rápido al joven, llevando su mano hasta la misma base. Volvió a mirar la cara del joven, constatando que sus actos producían el efecto deseado en aquel. Pronto, notó como el glande comenzó a humedecerse en su mano, el cual babeaba un líquido trasparente, que le pareció pringoso. Comprobó que el falo del joven estaba cada vez más grande, e iba cambiando a un color rojizo, notados las venas hinchadas. Su excitación se hacía más evidente.
Israel se dio cuenta que, de continuar la mujer con la manipulación de su pene, se iba a terminar corriendo. Aunque era algo que nunca pensó que pudiera obtener de aquella mujer. Pero, ¡él quería llegar más lejos! Por ello, la detuvo, y tomándola por sus brazos la obligó a incorporarse. Una vez a su altura, acercó su boca e intentó besarla. Oh no… no debemos… se excusó la mujer.
Pero el joven, volvió a insistir, y tras varios intentos, la mujer de dejó llevar, ofreciendo sus carnosos labios al joven. Ante la receptividad de la señora, Israel la hizo sentar en el sofá, aprovechando para arrodillarse ante aquella. María Celia se agitó al verificar como el joven, le instó a separar sus piernas. Era algo que jamás había consentido, ni siquiera a su esposo. Pero la decisión del joven, la desencajó, alterándose al ver com0 se veía obligada abrir sus piernas, mostrando por primera sus hermosos muslos, completamente desnudos al joven varón. El color blanquecino de la mujer, se hizo más intensa en esa parte del cuerpo. Intentó cerrar las piernas, pero el joven se lo impidió, al tiempo que, solícito, se apremió a desabrocharle la bata, constatando que María Celia solo portaba debajo, un conjunto de lencería bastante sensual, compuesto de un sostén de color blanco y una braguita del mismo color. Oh por favor… no me desate la bata..ohh. pare… pare…
El joven, sin detenerse, quedo sorprendió al ver la gran cantidad de vello que cubría el Monte de Venus de la misma, el cual se extendía hasta cubrir casi toda la ingle. Al ser tan tenue el color de la braguita, pudo constatar la intensa maraña de vellos negros que rodeaban la vagina de aquella hembra. Comprobó igualmente la vellosidad de sus muslos, verificando que aquella señora no era de las que solían depilarse, o lo hacía escasamente. Vellos que contrastaban con el color blanco intenso de su piel, que, pese a todo, excitaron tremendamente al joven.
-oh por favor ¡no me mire ahí!. Oh esto no está bien- protestó la mujer, intentando ocultar su semidesnudo cuerpo a las penetrantes miradas del joven.
Israel, no quiso perder tiempo y agarrando a la viuda por la cintura, la atrajo hacia él, pese al intento de reproche de la misma. La habilidad del joven, dejó a la mujer sin la bata, quedando únicamente en lencería, mientras su cuerpo era arropado por los grandes brazos del joven varón, que permitieron a la señora sentir el calor de aquel cuerpo varonil, y la fortaleza del mismo. Quiso protestar ante el atrevimiento del joven, gritarle e instarle a que la soltara, pero una fuerza interior le impidió gesticular palabra. Necesitaba sentir aquellos robustos brazos rodeando su cuerpo, sentirse estrujada entre ellos, sentirse querida, amada y deseada. El calor del cuerpo del joven rodeando el suyo, la desencajó. De su boca apenas salió un suspiro, que más que reproche fue de satisfacción. Se sentía tan bien entre los brazos del joven, que no puso impedimento alguno, cuando aquel comenzó acariciar sus pechos por encima del sujetador. Las manos varoniles masajearon por vez primera sus senos, haciéndola estremecerse. Y, sin apenas darle tiempo, contempló como el ávido joven, logró despojarle sutilmente y con gran delicadeza, de su precioso sujetador, quedando sus pechos al descubierto. Oh.. no….oooo mis pechos….
Israel quedó absorto contemplando los senos de aquella mujer. No eran unos pechos opulentos, pero si bastantes firmes, rematados con una pequeña areola, que bordeaba el llamativo y negro pezón. Si la piel de la mujer era blanquecina, sus senos parecían la blancura personalizada. Como si tuviera miedo a que desapareciera aquel momento, no dudo un instante en llevar a su boca el llamativo pezón que, tras lamer, succionó con ansiedad, levantando los gemidos de la mujer, que comenzó a ver cómo se estremecía todo su cuerpo. Oh por favor… o mis pechos noooo
Pero, fue una oposición que pronto se diluyó, ante la agitación que le invadió. Sentir por vez primera la boca de un varón succionando sus pechos, la dejó sin fuerzas para resistirse, hasta el punto que se vio atrayendo la cabeza del joven contra su busto. Los labios masculinos, atraparon sin cesar su pezón, lamiéndolo y propinándole pequeños mordiscos, para terminar con unas succiones que la hicieron jadear de placer. Ella misma, guio la cabeza del joven hacia su otro pecho, ansiosa porque el joven le succionara también el seno izquierdo.
Maria Celia estaba enardecida, acalorada, hasta el punto que se vio introduciendo las manos por la camisa del varón, para desabrochar la misma, ansiosa por volver a comprobar el torso desnudo del joven. El calor del cuerpo de éste la tenía enloquecida, agitándose mientras restregaba el suyo contra el del joven, entre abrazos y besos. Hasta ese momento siempre había sido una mujer sumamente casta, conservadora, a quien ni siquiera su marido, había visto desnudos sus pechos, y que, sin embargo, ahora, eran acariciados y masajeados por aquel joven varón que apenas acababa de conocer.
La mujer se sentía que estaba como en una nube. Sentía las caricias y el calor del cuerpo de joven, quien no paraba de succionar sus deliciosos senos, cada vez con más ahincó. Un nuevo estremecimiento la envolvió cuando sintió la mano del joven varón acariciar la superficie de su braguita. Aquel nuevo atrevimiento, la hizo volver a respirar agitadamente, aumentando los latidos de su corazón cuando aquella mano se introdujo por la parte superior de la braga, descendiendo, acariciando sus abundantes vellos, amenazando con alcanzar sus labios vaginales. ¡Jamás había permitido a nadie llegar tan lejos! Por otro lado, no era ajena a la descomunal erección de Israel, que, se manifestaba oprimida con severidad contra su cuerpo, mientras era acurrucada entre los brazos varoniles.
María Celia sabía lo que el joven intentaba hacer. No es que ella no lo deseara, pero tenía reparos. En el fondo de su ser, anhelaba sentir el miembro viril adentrándose en su gruta femenina. Agitación que se volvió locura, cuando observó como el joven descendió, agachándose ante ella, besando cada extremo de su abdomen, parándose en la hendidura de su ombligo. Se revolvió sobre mí misma, viendo como el joven continuó descendiendo, besando su braguita, hasta alcanzar el lugar donde se mostraba el relieve de sus labios vaginales. Oh no… por favor…¡ ahí no ooooo..!
Pese a sus palabras, tampoco puso mucho reparo, viendo como Israel tomaba los laterales de la braguita, tirando fuerte hacia abajo, retirándole hasta sus rodillas la íntima prenda. ¡Oh me vas a desnudar! ¡Eso nooo! Grito, pese a la inutilidad de sus gritos, dado que las manos del joven pronto hicieron desaparecer la codiciada prenda sacándola por sus pies. ¡Estaba completamente desnuda a merced de aquel joven! Era la primera vez que un hombre la contemplaba completamente desnuda. Ni siquiera había pasado una consulta del ginecólogo.
Intentó ocultar su vagina con las manos, en clara muestra de pudor. Pero fue por poco tiempo. El joven con delicadeza, la forzó a retirar las mismas, mostrando a éste por primera vez su entrepierna al descubierto. El varón quedó impactado, sorprendido ante la gran cantidad de vellosidad que recubría el sexo de la mujer, evidenciando que quizás nunca se hubiera depilado. No solo le sorprendió la enorme maraña de vellos, sino que éste alcanzara sus ingles, rodeando todos los labios vaginales. La abundante y desmesurada pelambrera cubría por completo el bajo vientre, y se extendía por sus muslos. Por más que el joven agudizó la mirada, le costó distinguir la raja del sexo de la mujer. ¡Todo parecía un bosque de vellos y más vellos!. Tal era la boscosidad de aquella maraña de pelos, que se percibían espesos y casi selváticos, dificultando la localización de la vagina.
De hecho, Israel no pudo contemplar el sexo de aquella mujer, hasta que presionó un poco, obligándola a que aquella abriera algo más las piernas, permitiendo por fin localizar los labios vaginales, que se le antojaron de color rosáceo. Al apartar con su mano, los vellos, logró divisar la hermosa ranura del coño de aquella viuda. Observo unos labios rugosos, impregnados de abundante brillo, lo que le llevó a imaginar que la mujer, pese a su aparente reticencia, debía encontrarse excitada.
María Celia, continuó pretendiendo cerrar sus piernas, pero no pudo evitar que la boca del joven lograra posarse sobre sus labios vaginales. Instante en que percibió como el joven comenzó a lamerlos, suavemente, pasando la punta de su larga lengua por los pliegues externos, hasta que, poco a poco, se fue concentrando, para terminar, otorgando un repaso de arriba abajo, en forma de auténtica brocha, a toda la ranura, levantando los gemidos de la mujer. Gemidos que se incrementaron cuando el varón alcanzó el punto G, que ávidamente lamió, chupó, succionó y hasta devoró, al tiempo que introdujo uno de sus dedos en la frondosa raja. La señora, apenas atinó a proferir un sollozo de estupor, ante semejante invasión de su coño.
La viuda estaba fuera de sí. Aún no se creía lo que le estaba ocurriendo. Su mente no llegaba asimilar aún el placer al que le estaba llevando aquel atrevido joven. Sentía la lengua del joven, repasar sus labios vaginales una y otra vez, ante sus alaridos de gozo. Aquel osado joven no paraba de lamer su clítoris, alternando con besuqueos en la cara interna de ambos muslos. Pronto comprobó que el atrevimiento del joven llegó a más. Ya no era solo un dedo de la mano del varón el que se introducía en su conducto vaginal, sino que eran dos. Iba nuevamente a protestar, pero se acalló ante el placer que dichos actos le producían. Se dio cuenta que un intenso calor la comenzó a embargar, agitándose, y sintiendo la necesidad de asirse fuertemente al sofá. Jamás imaginó que la boca de un hombre le pudiera otorgar tanto placer.
Su estado de agitación llego a tal punto que perdió la noción del pudor, esforzándose por doblar su cintura, en un intento máximo de abrir totalmente sus piernas, para ofrecerle todo su sexo al joven. Necesitaba continuar sintiendo aquella sensación que la agitaba y abrumaba. Sentía la lengua y los dedos de Israel, horadar una y otra vez, adentro y afuera, con persistencia, invadiendo su cavidad vaginal, mientras ella intentaba abrirse al máximo, deseosa de alcanzar pronto el ansiado orgasmo. Jadeó sin tregua, emitiendo expresiones de intenso placer, que pronto la llevaron al clímax. Mientras alcanzaba el orgasmo, agitó con desesperación sus caderas, blandiéndolas arriba y abajo con movimientos de cintura, intentando obtener el máximo gozo de aquel momento. La apoteosis no se hizo esperar, terminando por venirse fogosamente, entre alaridos estridentes y sonoros, haciéndolo en la propia boca del joven. Aquel, en ningún momento dio muestras de repugnancia, pese a que la señora llegó a verter gran parte de sus fluidos en la cavidad bucal del mismo.
Israel, consciente de lo que había logrado, esperó paciente, que transcurriera el tiempo suficiente, para que la viuda pudiera recuperarse. La mujer se mostró apesadumbrada, abatida, quedándose recostada y postrada a un lado del sofá. Al comprobar su cara, esta no era de reproche, sino de auténtica felicidad. María Celia parecía estar en otra dimensión. A medida que fue recuperando y volviendo a la realidad, miró al joven que aún seguía entre sus muslos observándola. Oh Israel. ¡Creo que lo he hecho en tu boca! Lo siento. No sé qué me ha pasado…. ¡Oh Dios mío, que locura!
¿lo ha disfrutado verdad? – escucho preguntarle el joven.
La mujer se sonrojó ante aquella pregunta. Tampoco era necesario que se lo preguntará. ¿Acaso no había comprobado cómo se había venido en sus propios labios? Aquella pregunta resultaba innecesaria. No obstante, sonrojándose, emitió una leve sonrisa, mientras le comentó que jamás había experimentado algo semejante. Nunca pensó que podía alcanzarse tal placer con el sexo oral.
El joven intuyó que era su momento. Se incorporó, quedando de nuevo de pie justo a la altura de la cara de la viuda. Aquella con agitación le miró, indecisa y sin llegar a intuir aún que pretendía. Su sorpresa fue en aumento, al sentir como el pene del joven tropezó con su mentón. ¿Qué pretendía aquel joven? ¿oh, no pretenderá que me la meta en la boca? Se dijo. Pese a su carácter conservador, no era ninguna tonta. Había escuchado comentarios, publicaciones, con contenido lujurioso, de cómo el hombre introducía su pene en la boca de la mujer hasta lograr correrse. Pero, aquello no podía consentirlo. Su pudor religioso se lo impedía.
No obstante, esas dudas se disiparon, al ver como en un momento en que ella fue a replicarle, al abrir su boca, fue aprovechado por el joven para introducir hábilmente una parte de su falo en la boca de la mujer. María Celia se quedó paralizada, azorada, al sentir la invasión de pedazo de carne del joven en su propia cavidad bucal. Su agitación aumentó al comprobar, como la presión del joven le llevó a introducir un poco más el miembro viril. Casi se atragantó, ante el grosor y dureza que en esos momentos alcanzaba el pene del joven.
Iba a recriminarle, cuando observó que aquel le acarició suavemente la cara, con dulzura, como si quisiera tranquilizarla. No obstante, la presión que ejercía el mismo, impedía que pudiera sacar el pene de su boca. Aunque ingenua, y con la torpeza propia de una principiante, hizo esfuerzos por aguantar las arremetidas que el joven comenzó a propinarle, sacando y metiendo el pene de su boca. Primero suavemente, para ir incrementando, con un mete y saca cada vez más intenso. Varias veces se atragantó, viendo como el joven le llegó a colocar las manos en su cabeza, para follar mejor su boca, y con mayor esmero. Las arcadas de la mujer se sucedieron una y otra vez, tosiendo en varias ocasiones. Pese a que logró extraer el falo de su boca en algunos momentos para poder respirar, se vio obligado a engullir nuevamente al mismo ante las presiones del joven.
Israel estaba igualmente llegando al límite. Intuyó que estaba por venirse. Llevaba tiempo sin una buena corrida. Lo necesitaba. La mujer colocó las manos en los muslos del joven, intentando separarse, ante la evidente sospecha de lo que iba a ocurrir. Pero, el joven varón insistió, sujetando con mayor decisión la cabeza de la mujer, empleando todo su poderío, machacando una y otra vez la campanilla de la fémina, mientras sentía como emergía por su uretra el caliente y espeso semen. Los intentos de la mujer por evitarlo y separarse, resultaron vanos. Solo pudo mirar al joven incrédula y asustada, consciente de lo que pretendía. Temor que se vio representado y confirmado, momentos después, cuando el joven incrementó la velocidad de su penetración, chocando persistentemente con la campanilla, hasta terminar eyaculando en la boca de la mujer. Oh si me vengo ooo…
¡La desconcertada viuda, nada pudo hacer! Solo pudo comprobar como las primeras lechadas del semen masculino topaban con su propia faringe, atragantándola, necesitando ingerir gran parte del mismo para evitar un atragantamiento. Miraba consternada e incrédula como el joven vertía una y otra vez su semen en su cavidad bucal. Era la primera vez que saboreaba el semen masculino. Se sintió sobrecogida ante la abundante y copiosa eyaculación, que prácticamente le inundó su pequeña boca.
María Celia se vio imperiosamente obligada a tragar una buena parte del semen con el fin de evitar un atragantamiento. Estaba descompuesta, comprobando como el joven no cesaba de eyacular dentro de su cavidad bucal. Solo cuando aquel extrajo el falo de su boca, pudo respirar, tosiendo fuertemente, intentando expulsar los restos del fluido masculino que aún restaban en sus fauces. Miró al joven, con cara de autentico odio. ¡No esperaba que se corriera dentro de su boca! Se sentía humillada, sucia.
-¡Te has corrido dentro de mi boca!. ¡Que asco!… ¿no pensé que te atrevieras a tanto? - le contestó verdaderamente molesta. Marchando rápidamente hacia el baño, necesitada de asearse y lavarse la boca, escupiendo y tosiendo mientras llegaba aquel.
Israel se sentó un momento. Necesitaba descansar. Aquella viuda le había descargado. De tal forma, que había quedado exhausto, agotado. Había echado fuera una parte de su estrés. Por otro lado, sentía como había aumentado su ego al haber logrado follar la boca de aquella casta e inalcanzable viuda. Pero, la reacción de la mujer, le dejo preocupado. Quizás se había sobrepasado. Había llevado su excitación a las últimas consecuencias, y al no haberse retirado a tiempo, sus expectativas podían verse frustradas.
Maria Celia, abrió el grifo del lavabo y comenzó a escupir, enjuagando su boca con agua, con el fin de desprenderse del sabor y restos del semen que, aún fluían por su boca. Tomo el cepillo de dientes, echó un poco de gel, y comenzó a enjuagarse con fuerza, frotando sus dientes, y hasta su lengua, restregándose al máximo hasta hacerse la sangre. Por fin, el fresco sabor del gel la relajó.
Se dio cuenta que se hallaba completamente desnuda. Se observó en el espejo, constatando sus senos, su vientre, fijando su mirada en su entrepierna. Se agitó al ver la gran cantidad de vello que recubría su vagina. Casi sin pensarlo, se vio pasando su mano por encima de sus labios vaginales, de forma lujuriosa, viendo cómo se pringaron de sus propios fluidos. Recordó entonces la boca del joven, y como se había corrido en ella. Tenía sentimientos encontrados. De un lado, le parecía repugnante lo ocurrido, pecaminoso, aborrecible. Pero, por otro lado, notaba que su cuerpo lo necesitaba. Volvió la mano hacia su vagina, y agitada expandió los labios vaginales, abriéndose paso entre la gran cantidad de vello, para contemplar el interior de su sexo, observándose detenidamente en el espejo. En ese momento recordó el grueso y hermoso ariete de joven. Una fuerza interior le instaba entregarse al joven, pedirle que le clavara aquel falo en su ardiente coño. Que la hiciera gozar hasta volver a correrse. Se agitó al comprobar como instintivamente se tocaba el coño, y los pechos de forma alterna. ¡No sabía lo que le estaba pasando!
Consciente de que el joven se encontraba fuera, en la sala, donde lo había dejado tras marcharse precipitadamente de su lado, se recompuso. ¿Qué estaba haciendo? Debía volver. Una nueva duda la puso a prueba. Se hallaba completamente desnuda, y no tenía nada que ponerse encima en el baño. Nerviosa, agitada, decidió regresar junto al mismo tal y como había venido.
CONTINUARA
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