Te apetece!
Lleva años siendo el 'polvorón' de las alumnas, pero nunca imaginó que la hermana de su esposa, una joven de 22 años, llevaría quince años soñando con él. Esta vez, no hay excusas ni distancias: ella ha venido a reclamar lo que siempre quiso, y la mesa del comedor se convertirá en su altar.
Capítulo 1
El Coito
Me casé, con mi novia de toda la vida, a la que conocí terminando mi carrera y ella el bachiller. Llevamos 17 años juntos, de los cuales son 15 de casados. Nunca había sido infiel… oportunidades no han faltado entre compañeras con plaza ejerciendo la docencia o en prácticas, alumnas desde primero a posgrado… todas mayores de edad bien creciditas. Sin embargo hace un mes aproximadamente, no lo puede resistir.
Desde que nos mudamos, teníamos pendiente una visita de mi cuñada para conocer nuestra casa, así que aprovechando un lunes que yo no trabajaba, y mi cuñada no tenía clase. Mi cuñada, Patricia, tiene veintidós años recién cumplidos y es alumna mía desde hace cinco meses, mi mujer decidió invitar a su hermana para que comiese con nosotros y así conocer nuestro recién estrenado piso. Mi mujer, Teresa, sí trabajaba ese lunes, así que dejamos la comida preparada el domingo y yo sólo tendría que calentarla para cuando llegasen las dos hermanas.
A las 14:10 apareció mi mujer, que venía sola. Según me explicó, su hermana había decidido venir con su coche porque por la tarde había quedado con un amigo, y así tenía más libertad de movimientos.
A las 14:20 llegó mi cuñada, Patricia, quien me dio dos sonoros besos cuando le abrí la puerta.
– Hola, profe –me dijo con su habitual desparpajo–, ¿dónde está mi hermana?
– Está en la cocina, primera puerta a la izquierda– contesté yo tendiéndole mis brazos para que me diese su abrigo.
Cuando se quitó el abrigo sentí un pequeño corte de respiración ante la visión de lo que tenía delante… una morenaza de 1,75 de estatura, aunque con los tacones que llevaba en ese momento era casi tan alta como yo. Lleva su brillante cabello azabache cortado a media melena. Sus ojos son felinos, grandes aunque ligeramente rasgados, de largas y múltiples pestañas negras que los enmarcan y contrastan con el indescriptible color de sus ojos, que seguro que a muchos ha hecho enloquecer. Son verdeazulados, brillantes como dos gemas, y según les de la luz se pueden ver de un hermoso azul aguamarina o de un maravilloso verde esmeralda. Su cara, de forma ovalada y con los pómulos altos y bien marcados, podría ser canon de belleza femenina. Sus labios son muy sensuales, sonrosados, gruesos y perfectamente perfilados en una apetitosa boca que incita a la lujuria. Pero todo esto, que ya es razón suficiente, no fue lo que me dejó sin respiración.
En aquella ocasión, bajo el abrigo sólo llevaba un vestido azul oscuro, muy ajustado a todas las femeninas curvas que envolvía. Los tirantes formaban un sugerente escote en pico en el que se apretaban sus tersos, elevados y generosos tetas, dibujando un canalillo en el que cualquiera querría investigar. El vestido envolvía toda su silueta marcando su cintura y caderas (ahora sé cuáles son sus medidas de infarto… 95-58-89) para acabar en una corta minifalda que apenas llegaba unos centímetros más abajo de su entrepierna. Calzaba unas altas botas negras que le llegaban hasta casi la mitad de sus firmes y bien formados muslos, con unos tacones cercanos a los 10 centímetros que estilizaban aún más sus piernas haciéndolas interminablemente largas.
Mi mujer es una morena de ojos marrones, muy guapa, y con un cuerpo que muchas jovencitas envidiarían, pero parece ser que la naturaleza, en su infinita sabiduría, había decidido mejorar el primer molde para crear un auténtico objeto de deseo.
Cuando se dio la vuelta para dirigirse a la cocina, sin darme cuenta me quedé mirando su maravilloso culo, redondo y ligeramente respingón en contraste con la maravillosa curva que describía su estilizada cintura en su espalda. Ese precioso culito se veía firme, duro y apretado por el vestido, y se contoneaba al son marcado por las caderas con cada paso que Patricia daba por el pasillo. Cuando llegó a la puerta de la cocina, me miró con sus increíbles ojos de gata y esbozó una pícara sonrisa justo antes de entrar y saludar a mi mujer.
Yo me sonrojé al ser pillado con los ojos en su culito, nunca antes pillado mirado así, para mí siempre había sido una niña, la hermana pequeña de mi mujer, y una alumna desde hacía poco tiempo. Acalorado me dirigí a la habitación para dejar su abrigo.
Cuando volvía a la cocina, oí a través del pasillo la conversación que ambas hermanas mantenían:
– ¡Sí que vas discreta!, con este frío te va a dar algo…–dijo Teresa.
– Voy como quiero, hermanita –contestó Patricia–, he quedado luego con un tío que se me resiste y quiero se le caiga la baba nada más verme.
– ¿Qué un tío se te resiste?, me cuesta creerlo.
– Es que tiene novia, pero me he encaprichado con él y me he propuesto levantárselo.
– Te aseguro que tal y como vas no le resultarás indiferente, cariño, vas pidiendo guerra. ¡Pobrecita su novia!, le va a crecer una cornamenta monumental.
– ¿Crees que podré seducirle? Tengo unas ganas locas de tirármelo.
– Cariño, vas tan cañón que puedes seducir incluso a un mono bobo. Si ese tío no acaba en la cama contigo, es que tiene horchata en lugar de sangre en las venas.
A pesar de la diferencia de edad…Teresa le sacaba doce años a Patricia, las dos hermanas siempre han tenido muy buena relación, mi mujer siempre ha sido la confidente de su hermana pequeña en todos los aspectos. Ya cuando la conocí, entonces no era más que una niña de cinco años, Patricia siempre confiaba en su hermana mayor y le contaba todos sus secretos.
– Si es lo que buscas –continuó Teresa–, te aseguro que nada más verte no va a pensar en otra cosa que en echarte un polvo…. ¡EL POLVO DEL SIGLO!
Justo en ese momento entré yo en la cocina y las dos se echaron a reír guardando el secreto de sus risas. Mi mujer me pidió que terminase de calentar la comida y la llevase a la mesa del comedor, mientras ella le enseñaba el piso a su hermanita.
La comida fue distendida, hablando de temas variados entre los cuales ambas hermanas se ponían al día, aunque yo no me encontraba del todo cómodo porque mis ojos se escapaban al vertiginoso escote de mi cuñada, y tenía que forzarme a desviar la vista para no ser cazado. Estoy seguro que mirándome por el rabillo del ojo, Patricia me había pillado, al menos, un par de veces.
Durante el café, mi cuñadita encendió un cigarrillo, y yo me quedé embobado observando cómo el humo salía sensualmente entre sus labios. En aquel momento sentí unas ganas increíbles de fumar, lo cual había dejado más de quince años atrás a petición de mi mujer.
– ¿Y qué tal es Carlos como profesor? –le preguntó Teresa a su hermana.
– No está mal –contestó Patricia dedicándome una mirada de soslayo.
– ¿Es duro?
– Por ahora no, pero creo que dentro de poco se va a poner muy duro… –contestó dedicándome una rápida mirada con destellos verdes, y un aleteo de sus negras y largas pestañas–… se acerca una materia reglamentaria y en el examen final no va a tener compasión alguna –aclaró.
– Ya, no serás demasiado exigente con mi hermanita, ¿verdad cariño? –preguntó Teresa dirigiéndose a mí.
– Si se aplica –contesté yo aún hipnotizado por esa fugaz mirada y esa frase cargada de doble sentido–, no tiene nada de qué preocuparse.
– Te aseguro que seré muy aplicada, profe –añadió Patricia sonriéndome.
– ¿Y le habéis puesto algún mote al profe? –preguntó Teresa divertida.
– Pues claro… El polvorón –contestó mi cuñada entre risas.
– ¿El polvorón? –preguntó mi mujer mirándome con desconcierto.
– Así le llaman todas las tías en la facultad.
– ¿De dónde viene eso? –preguntó Teresa inocentemente.
Yo, que algo había oído ya por los pasillos de la facultad, comencé a temerme la respuesta que Patricia no dudó un segundo en dar…
– Está claro, hermanita –dijo alegremente–, ¡¿Cómo puedes ser tan inocente…?! Por el buen polvo que tiene mi cuñadito –y se echó a reír.
Noté que me ponía colorado y miré a mi mujer con cara de no tener ni idea al respecto.
– Así que tus compañeras creen que tiene un buen polvo, ¿eh? –Dijo Teresa fingiendo estar celosa–. Pues que sepan que es cierto, y no veas los bien que folla esta máquina y qué magnifica broca tiene… pero los polvos sólo los echa conmigo. ¿Verdad Polvorón?
– C-claro, no te quepa la menor duda– contesté avergonzado.
Las dos se echaron a reír, y Patricia acabó sentenciando:
– Ya saben que tiene dueña… eso lo deja bien claro con su actitud… y que es mi cuñado también lo saben…, así que no te preocupes que ya le protejo yo de esas lobas.
Las dos siguieron riendo a mi costa por unos momentos, hasta que mi mujer se percató de la hora que era y que debía volver al trabajo.
– ¿Te llevo donde hayas quedado con el afortunado? –le preguntó a Patricia.
– No, gracias, te recuerdo que he traído el coche y no he quedado hasta dentro de media hora…. Así que ayudaré a Carlos a recoger la mesa mientras le saco algo que me vaya a caer… y luego ya me marcharé –contestó encendiéndose otro cigarrillo.
– Bueno, pues cuando salga de trabajar te llamaré para que me cuentes con pelos y señales tu cita. Y ten cuidado, que ya sabes cómo son… casi todos van a lo suyo.
– Tendré cuidado –contestó Patricia riendo–, y como sé cómo son, lo disfrutaré para contártelo después.
Teresa le dio un beso en la mejilla a su hermana y se despidió de mí dándome un beso en los labios, antes de salir me llamó polvorón entre risas y se marchó a trabajar.
Cuando se cerró la puerta de la casa, un tenso silencio quedó entre Patricia y yo. Me miraba con sus enormes ojos, que en ese momento parecían de un azul profundo, mientras fumaba relajadamente apoyada en el respaldo de la silla, con un brazo cruzado bajos sus apretadas tetas, y el otro sujetando elegantemente el cigarrillo en alto…, estaba tan sexy que yo no podía apartar mi mirada de ella. Estudiaba el incomparable color de sus ojos, sin poder evitarlo, escudriñaba su sugerente escote, y me deleitaba contemplando la sensual forma en que sus labios exhalaban el humo del cigarrillo hacia mí. En esos momentos mis ansias por fumar aumentaron, aunque no fue lo único que aumentó. Mi polla reaccionó ante la joven y sensual belleza que tenía delante, y empezó a pedir paso a través del calzoncillo.
– ¿Te apetece? –preguntó mi cuñada cortando el tenso silencio.
– ¿El qué? –dije yo saliendo de los ardientes pensamientos que empezaban a rondar por mi cabeza.
– Un cigarro, tonto, no has dejado de mirar cómo fumaba desde que encendí el primero.
– Ya hace mucho tiempo que lo dejé por tu hermana.
– Lo sé, nos contamos todo… Pero también sé que ahora mismo te está apeteciendo… y por una caladita no pasa nada –añadió ofreciéndome su cigarrillo.
– Eres mala, incitándome al vicio. Dame por darte el gusto… no se lo digas a tu hermana.
– Mis labios están sellados, no diré nada mis gustos… –sentenció sonriéndome con picardía.
Tomé el cigarrillo de su mano y le di una calada. Tras tantos años no había olvidado el sabor, y tengo que reconocer que me produjo un leve mareo. Se lo devolví e inmediatamente ella lo llevó a sus labios para darle la última calada.
– ¿Qué tal? –me preguntó apagándolo.
– Mareante.
– Uummm, a mí esta última calada me ha sabido deliciosa llevándome a los labios lo que acaba de estar entre los tuyos. – Su mirada me dijo el resto de lo que pensaba.
Sólo pude contestar visiblemente con una sonrisa, pero en mi entrepierna, el rabo había crecido más allá de lo permitían los calzoncillos y el pantalón vaquero… se marcaba en mi muslo izquierdo.
– Vamos a recoger la mesa –es lo único que supe decir.
Me levanté asegurándome de que el jersey que llevaba alcanzase a cubrir mi entrepierna para que no se notase el palpitante bulto que aquella niña, con cara de ángel y cuerpo de diosa, había despertado. Patricia me ayudó a retirar vasos, cubiertos y platos, meneando su prieto culito mientras los llevaba por el pasillo hacia la cocina. Mi tremenda erección me dolía ahogada por los pantalones ante esa divina visión, y yo no hacía más que desear que mi cuñada se marchase ya para poder aliviarme con una gloriosa paja en su honor.
Tras el último viaje de cosas a la cocina, ella se dispuso a recoger el mantel, inclinada hacia delante, mostrándome su escote y la perfección de sus perfectas tetas. Yo ya no pude soportarlo más, así que dije…
– Patricia, de verdad. No te molestes que eso ya lo recojo yo. Si has quedado seguro que tienes prisa.
Me acerqué a ella para que dejase el mantel, pero simulando no haberme oído, dio la vuelta a la mesa, quedándose inclinada de espaldas a mí. Esa vista era tan magnífica como la anterior, pues pasé de contemplar su escote para contemplar la increíble curva que describía su espalda terminando en ese firme y apetecible culo. Me acerqué más para ayudarla, y cuando estaba a punto de agarrar el mantel desde atrás, ella retrocedió con un paso y sus duras nalgas contactaron con mi abultada entrepierna. Me quedé paralizado, sabiendo que ella lo había notado.
Patricia se incorporó restregando su culo contra mi paquete sin ningún pudor, y se giró quedando su cuerpo pegado al mío, con nuestras caras frente a frente. Sus ojos, azul aguamarina en esa corta distancia, estaban fijos en los míos, y sus labios entreabiertos, a escasos centímetros de los míos, se veían deliciosos, olía de ensueño y me embriagaba. Sus brazos rodearon mi cuello, y con una mirada cargada de deseo, empleando un tono de voz increíblemente sugerente, susurró…
– ¿Te apetece?
Todo mi cuerpo respondió con un terremoto de excitación que clamó… "¡Síííí!", y el epicentro de ese terremoto se encontraba en mi falo, que con el roce de su culito había conseguido vencer la dictadura de mis calzoncillos y vaqueros para crecer al máximo y apuntar hacia el lado, a pesar de seguir sujeto por la ropa, había conseguido reptar por el muslo como un hiedra.
«Pero mi cabeza consiguió tener un destello de lucidez. ¿Qué hacía en brazos de mi cuñada?, ¿cómo podía estar tan excitado por aquella niña a la que había visto crecer?, ¿cómo la hermanita de mi amada esposa me había puesto la polla tan dura?».
En ese momento de lucidez y sentimiento de culpabilidad, mis manos la tomaron por su delgada cintura para apartarla de mí, pero en cuanto Patricia sintió el calor de mis palmas a través de su fino vestido, interpretó el gesto como afirmación, así que, antes de que yo pudiese apartarla, sus jugosos labios contactaron con los míos e introdujo su lengua en mi boca hasta casi llegarme a la garganta…. Me besó tan apasionadamente, tan sensualmente, con tanto ardor…
Yo no había besado a nadie más, en diecisiete años, que a su hermana, así que me dejé llevar por el erotismo de su lengua y labios, respondiendo a su beso como si me fuese la vida en ello. Fue el beso más delicioso y excitante que había probado nunca, y mi mente dejó de sancionarme para entregarse por completo a la lujuria.
Sus dedos acariciaban mi nuca mientras su lengua exploraba cada rincón de mi boca frotando sus labios contra los míos con severa fruición. Sus manos fueron bajando recorriendo mi espalda, para terminar agarrándome fuerte del culo. Después, me agarró de las caderas y se separó de mí con la respiración entrecortada. Sus preciosos ojos me miraron por unos instantes con ardiente deseo, mientras su mano derecha se deslizaba a mi entrepierna y comenzaba a palpar mi hinchada verga atrapada por la ropa. Por suerte o desgracia la naturaleza me ha dotado de un buen manubrio y eso conlleva que sea complicado disimularlo.
– ¿No habías quedado con un tío? –conseguí decir con la respiración también entrecortada.
– ¿Por qué crees que aún no me he marchado? He visto cómo me mirabas el culo cuando he llegado, y te has pasado toda la comida mirándome las tetas… algo no has hecho nunca. Cuando nos hemos quedado solos no me has quitado el ojo de encima. Has empezado a desearme, no sé por qué ahora después de tantos años conociéndonos. Me deseas, y yo te deseo a ti, así que ya estoy con el tío con el que he quedado –concluyó agarrándome fuerte la polla para, acto seguido, volver a meterme su lengua en la boca.
Yo acaricié su estilizada cintura y mis manos bajaron para agarrarle con fuerza sus redondas nalgas que forma el delicioso culito. Volvimos a separarnos unos instantes.
– ¿Te gusta mi culo? –me preguntó.
– Tienes un culo perfecto –contesté recorriéndolo con mis manos.
– ¿Y mis tetas, te gustan?
– Son increíbles… ¡¡PERFECTAS!! –contesté llevando mis manos hacia ellas para acariciarlas y masajearlas.
– ¿Te gustan mis ojos… mis labios, mi rostro? – Se quedó mirando y… ¿Te parezco atractiva, mi amor?
No pude contestar si es que hubiera tenido una respuesta. Volvió a besarme metiéndome la lengua en profundidad, mientras su mano se abría paso por los botones de mi bragueta y acariciaba mi tremendamente erecto miembro viril.
– Tienes una cara preciosa, tus ojos son incomparables y tus labios deliciosos –contesté cuando volvimos a separarnos–. Eres tan bella o más que mi esposa
– ¿Crees que estoy buena?
– ¡Estás muuuuy buena!
– ¿Estoy más buena que mi hermana?
¡Ah!, su hermana, mi dulce Teresa, mi mujer durante diecisiete años. Al mencionarla la conciencia volvió a mí. ¿Qué estaba haciendo dándome el lote con su hermanita pequeña?
Patricia vio la culpabilidad reflejada en mis ojos, y su hábil mano se coló bajo el calzoncillo para agarrarme de la polla y acariciarla. Su otra mano guio mi derecha por todo su culo y, subiéndose ligeramente la minifalda, me la colocó de tal modo, que sentí la humedad de su coño a través del tanga con los dedos índice y corazón, mientras el pulgar se alojaba entre sus nalgas, apartando la fina tira de la prenda para encontrar el pequeño y suave orificio que escondía. Con uno de sus dedos presionó mi índice, y este penetró un centímetro en su ano mientras mis otros dedos acariciaban el tanga empapado.
Emitió un gemido de satisfacción, y le dio una sacudida a mi falo que me hizo estremecer con una gota preseminal brotando de él. Cualquier sombra de culpabilidad desapareció por completo. Estaba sobreexcitado, un auténtico animal sexual listo para ensartar con su verga a la ardiente hembra que tenía delante.
– Venga –me susurró de nuevo– quiero oírlo, amor… ¿estoy más buena que mi hermana?
– ¡Joder! –exclamé loco de deseo con los testículos doloridos por tanta tensión sexual–. ¡Estás mucho más buena que tu hermana!
– Lo sé –contestó Patricia dándome otra sacudida a la polla–, así que ¡FÓLLAME!
Al oír sus últimas palabras perdí el control por completo. Me lancé a besarla en ardiente frenesí. Con mi mano derecha acaricié su coño desde atrás mientras el pulgar exploraba su ano, y con mi mano izquierda recorrí sus tetas cogiéndolos con fuerza.
Mi cuñada sacó su mano de mi pantalón y, de una sola vez, dejó mi torso desnudo. Ahora podía verse claramente mi entrepierna exageradamente abultada, y ella sonrió la ver algo que no solía estar acostumbrada. Recorrió mi teta con su lengua, acarició mis abdominales, y desabrochó mi pantalón dejándolo caer. Me deshice de la prenda y el calzado mientras ella recorría mi abdomen con la lengua y terminaba bajándome los calzoncillos, con no poca dificultad por lo erecta y rígida de mi verga. Así me quedé totalmente desnudo ante ella, con la polla tiesa como una estaca, con la punta enrojecida por el roce y humedecida de líquido preseminal.
– Ummm, ¡qué pedazo de polla! –susurró Patricia acariciándola–. Nunca me he calzado una de semejantes dimensiones… ¿Cuánto te mide, cuñadito?
– No lo recuerdo con exactitud, hace un milenio que no hago mediciones…
– Yo calculo que no menos de 18 centímetros pero no más de 21… y el grosor es asombroso. Debes tener a mi hermana bien servida con este “Salami”.
La verdad es que nunca me la he medido de adulto, solo lo hice en la curiosidad de la pubertad, pero por las referencias que tengo de mis conquistas previas a mi mujer, y por las experiencias con ella, creo que es bastante grande. Mi esposa está muy contenta con ella, y yo no sé si medirá más o menos, pero lo que sí sé es que es larga y gruesa. Volviendo al tema…
Patricia posó sus suaves labios sobre mi glande y me dio un dulce beso con el que relamió el líquido que ella había hecho brotar. Sonriendo, se apartó y se sacó el vestido por arriba.
– Sabe deliciosa la mezcla del precum y el salado de la gotita de la meada, es deleitable.
Su ropa interior era del mismo color que el vestido, azul oscuro, constando de un diminuto tanga que apenas tapaba, y un sujetador sin tirantes que oprimía sus tetas realzándolos. Su cuerpo era escultural, delgado pero bien delineado por sus sensuales curvas, comparable al de las mejores modelos que visten alas en los desfiles de lencería de Victoria’s secret.
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Acaricié su suave piel y, besando su cuello y la línea que había delimitado el escote, le desabroché el sujetador. Sus tetas eran increíbles, no más grandes que los de su hermana…, redondas, jóvenes y tersas, desafiantes a la gravedad a pesar de ser liberados de la sujeción, con pezones pequeños, morenos y puntiagudos por la excitación. En definitiva, de las mejores tetas que había visto nunca…. Acaricié esas tetazas con fervor mientras mi lengua jugaba con la suya y mi polla intentaba atravesar su tanga. Ella se separó y, dándome la espalda, se bajó el tanga hasta el suelo, quedándose únicamente con las botas puestas. Esa visión me volvió loco… totalmente desnuda, con las botas negras de caña alta y tacón, y agachada, era como tener una escort de lujo ofreciéndome su culo… Así que, sin darle tiempo a incorporarse, la sujeté de las caderas y puse mi polla en su culo, dispuesto a abrirme paso entre sus nalgas para embestir su agujerito con fuerza.
– ¡Aún no! –exclamó ella incorporándose.
No sé qué fue lo que me dejó más sorprendido en ese instante, y que consiguió hacerme retroceder. No sé si fue la autoridad de su voz, la negativa que me cortó el rollo, o la utilización de la palabra "aún". Creo que fue lo último, porque dejaba la puerta abierta a la posibilidad de meter mi sable en ese prieto culito, cosa que mi mujer, hasta entonces, no se había dejado hacer.
Mi cuñada se giró y me mostró su precioso coñito totalmente depilado, con sus labios sonrosados e hinchados, su clítoris duro asomando entre ellos, y totalmente empapado de jugos de excitación. Con sólo verlo, me apeteció comérmelo, pero mi verga lo pedía con más urgencia.
– ¿Te apetece un aperitivo de almeja…? –preguntó con voz sugerente, mostrándose como si acabara de desenvolver un regalo.
Me apetecía, y mucho. Me amorré a su boca vertical y comencé a besarlos, lamerlos y chuparlos metiendo mi lengua en su agujerito… lo forzaba poniendo mi sin hueso dura y follándoselo. Volvía a lamer el interior de sus labios internos, para llegar al botón del placer. La punta de mi lengua se azotó con delirio el glande que asomaba tímido de su capuchón. Un dedo ocupó la entrada húmeda y cálida, en tanto mi boca se daba el atracón de almeja endurecida. Al cabo de un buen rato, mi ritmo se hizo más patente y ella esbozó un gemido que di por bueno, a modo de orgasmo.
Con las botas puestas era tan alta como yo, así que me puse en pie y me acerqué a ella y, agarrándola del culo, puse mi polla a la entrada de su coño, donde antes estuvo me boca embadurnándose de sus fluidos. Patricia levantó una de sus piernas y me rodeó la cadera con ella. Pegó todo su cuerpo al mío y, mirándome fijamente con sus profundos ojos, exclamó…
– ¡Fóllame amor mío… fóllame bien fuerte! ¡Sin miramientos!
Mi cadera reaccionó al instante y, con un movimiento hacia delante, mi verga se abrió paso deslizándose entre sus labios vaginales con facilidad. Estaba muy mojada, sentí el calor de su coño envolviendo mi glande, y profundicé a golpes de cintura cuanto pude. Toda su vagina ardía.
Ella gimió de una forma tan erótica, que enseguida me retiré para dar una segunda embestida más profunda. "¡Ohhhh!", el placer fue inmenso, y ella lo corroboró con otro maravilloso gemido en mi oído. Pero a pesar de que, gracias a los tacones de sus botas, quedábamos a la misma altura, tras tres embestidas acompañadas de sus jadeos, comprobé que no conseguía penetrarla con profundidad. Mi polla sólo había entrado poco más de la mitad y la punta aún no había encontrado el fondo en su pared, así que le cogí la otra pierna y ella me abrazó las caderas con ambas piernas. Alcé todo su cuerpo y lo dejé caer sobre mi estaca utilizando su propio peso. La penetración fue profundísima, noté cómo mi barrena hacía tope en su interior sin llegar a embeberse todo el tallo, sin embargo mis pesados huevos chocaban contra su perineo. Nuestros sexos encajaron a la perfección, con casi todo mi falo devorado por su chorreante coño, y mi glande besando la entrada de sus trompas de Falopio. Noté la dureza del cérvix en mi sensibilidad.
Un apretón más y me parecía increíble haber podido meterle la polla entera, a mi mujer no le cabía toda su extensión sin hacerla verdadero dolor, aunque fuera por poco, mientras que el coño de su hermanita pequeña había engullido toda mi dura carne como si estuviese hecho para ello. Patricia profirió un agudo grito de placer… "¡Aaaaaaaaahhhhhh!", y se corrió en cuanto mi polla tocó lo más profundo de su ser, como si hubiese hecho contacto con el punto “G”, su orgasmo fue automático. Todo su cuerpo se tensó haciendo que su espalda se arquease y su vagina estrujara mi lanza brutalmente. Yo no estaba a punto, aún necesitaba un poco más.
Con rubor en sus mejillas, y aún jadeante, mi preciosa cuñada clavó sus ojos en los míos y susurró.
– Fóllame más, más fuerte… ¡Hazme correrme otra vez… y córrete conmigo!
La levanté de nuevo sacando mi falo y, aprovechando que estábamos junto a la mesa, la tumbé sobre ella. Me quedé admirando su magnífico cuerpo creado para dar placer, brillante por el sudor del orgasmo que acababa de tener, y no tuve más que un pensamiento al que ella puso palabras…
– ¡Fóllame otra vez! – Ni siquiera pensamos que lo hacíamos a pelo–. ¡Y córrete dentro!
La mesa era lo suficientemente alta para que su coño quedase a la altura de mi verga, así que volví a acercarme a ella y, cogiéndola por las caderas con ambas manos, se la volví a meter todo lo profundo que nuestros cuerpos permitieron, entera, en toda su longitud.
– ¡Ooohhhh! –Gritó ella–, me la clavas hasta el fondo… ahí nadie ha llegado a tocarme con su cabeza, y tú has alojado todo el cabezón de tu verga.
Miré cómo toda mi polla había desaparecido engullida por su hermoso coño, y me estremecí de placer con la presión que sus músculos internos ejercían. Bombeé con fuerza unas cuantas veces más, sintiendo en cada embestida un placer que me hizo jadear, sus prietas paredes vaginales me presionaban, las convulsiones al correrse me había llevado al abismo y solo faltaba un último empujón para precipitarme. Ella gemía y se acariciaba sus perfectas tetas, que bailaban al son de mis embestidas como gelatina bien compuesta. Mis manos recorrieron su cintura y se aferraron con pasión a esas hermosas tetas, que se amoldaron bajo la presión de mis dedos, y reí internamente de pura satisfacción al comprobar que no eran capaces de abarcarlas por completo.
Seguí embistiendo con furia, como si fuese mi última vez, quería que ella se retorciese sintiendo el mismo placer que su estrecho coño me provocaba cortocircuitos continuos, mientras ella acompañaba mis movimientos con sus caderas…. Tras unas cuantas arremetidas con las que regaló mis oídos con sus gemidos suplicantes, sentí que el orgasmo me sobrevenía como la erupción de un volcán… iba a estallar al estilo cracatoa.
– ¡¡No la saques mi amor… córrete dentro, bien dentro de mi coño…!!
Mis manos aferraron sus tetazas con firmeza, y todo mi cuerpo tuvo un espasmo que incrustó mi polla en lo más profundo de su vagina. La inminente corrida me hizo gritar en pleno éxtasis cuando mi ardiente leche llenó su coño, provocándole a ella otro glorioso orgasmo.
– ¡Ooooooohhh! –Gritó conmigo con su espalda totalmente arqueada, sus manos agarrando mis antebrazos clavándome las uñas, y sus piernas atenazando mis caderas para no escapar de ella.
Nos quedamos mirando a los ojos sin aliento al sentir como solté el primer gran chorro de leche que llegó a percibir, de tanta potencia como salió, un segundo le siguió vislumbrando una sonrisa en sus labios, y al eyacular el tercero con un volumen de lefa espesa sorprendente, una carcajada de satisfacción brotó de ambos. La besé y nos encajamos las bocas y los sexos de igual manera… nos transferíamos los fluidos a mogollón, los jadeos y el calor que emanaba de ambos cuerpos.
Al fin, me separé de ella y, con las piernas aún flojas, me dirigí al sofá, donde me dejé caer. Patricia se levantó de la mesa, encendió un cigarrillo y, echándome el humo a la cara, me lo ofreció. Le di una profunda calada que me pareció súper relajante, llegándome hasta los pies de lo fuerte que se la pegué…, se lo devolví cuando se sentó a mi lado.
– Hacía quince años que no me echaba el cigarrito de después –comenté sonriendo.
– ¿Ni siquiera ese te deja fumar mi hermana?, ¡uf, qué estirada! –exclamó riéndose.
Compartimos el cigarrillo, miré a su coño que ella también miró como si le pasase algo malo, solo era un pequeño reguero de semen que recorría lentamente desde su coño al culo…, antes que llegase a la piel del sofá, lo rebañó con sus dedos y se lo tragó chupeteándoselos con cierta puesta en escena lasciva. Charlamos distendidamente ambos tirados y pegados uno al otro.
– Así que el polvorón, ¿no? – Dije–, ¿y quién dices que me llama así?
Patricia rio con franqueza y, pasándome nuevamente, el cigarrillo me contestó…
– Te lo llaman todas tus alumnas… y algunas que no lo son y se quedan prendadas.
– Vaya, ¿y a quién se le habrá ocurrido semejante mote?
– En realidad fui yo quien te lo puso.
– ¡No jodas!, ¿y eso?
– Antes eras conocido, simplemente, como “el buenorro”. Hasta que un día, estábamos unas cuantas comentando lo bueno que estás, y ya sabes… una dijo que tu culito era una un bombón de praliné, y otra dijo que tenías un buen polvo, así que yo lo uní diciendo que eras un polvorón. A todas nos hizo gracia, y con polvorón te quedaste.
– Entiendo… así que con tus amigas hablas de mí…
– Bueno, algunas veces, sobre todo cuando te giras para escribir en la pizarra y podemos admirar tu culito…. Es que es de escándalo, incluso con pantalones… denudo gana mucho más, pero eso solo privilegio de las hermanas “Solana”.
Patricia volvió a reír.
– Y esto que ha sucedido hoy, ¿cuánto llevas planeándolo?
– ¡Bufff!, creo que desde que tenía quince años.
– ¡Pero si eras una niña!, bueno, y lo sigues siendo…
– Te recuerdo que ya tengo 22, y acabo de demostrarte que soy muy mujer… mejor dicho toda una hembra que se traga toda la verga de su semental… y toda su leche.
– Vale, no te enfades… Eres toda una mujer y una hembra, pero parte de lefa se ha salido del coño, muy tragón no debe ser.
– Es que eyaculas más leche que un burro, pero tranquilo, que la que no tengo en el útero la tengo en el estómago, yo no desperdicio nada, cariño.
– ¡¿Supongo que tomas anticonceptivos…?!
– Aun no… –Me miró elevando una ceja que decía “Se siente”–. A los quince ya tenía un buen par de tetas, y tuve mi primer sueño húmedo contigo. Aunque perdí la virginidad a los dieciséis, desde aquel primer sueño, me pasé toda mi adolescencia masturbándome contigo… tus fotos en bañador eran mis preferidas… te he tomado cientos sin que te des cuenta.
– Eso es muy halagador por un lado y preocupante por otro
– A veces te imaginaba follando con mi hermana, y me ponía a mil, pero con lo que realmente me gustaba fantasear era que, con quien follabas, era conmigo. Y llevaba mucho tiempo deseando cumplir esa fantasía, hasta hoy…
– Hasta hoy… –repetí pensativo.
– ¡Me has hecho muy feliz! Por eso no deseaba que usáramos condón…, esta primera vez debía ser así… ¡A riesgo de que me dejes preñada! No me importaría, ¡Sabes!
– A tu hermana aun no la he podido preñar… no quiere perder el ritmo de su carrera.
– En breve se le pasará el arroz. Tendrás que preñarla a traición.
– Eso no se lo puedo hacer a la mujer de mi vida.
– Yo también quiero serlo. Es muy duro ver, casi todos los días al protagonista de tus fantasías en tu propia casa y no poder hacer nada. Y cuando por fin ya voy dejando de verte, ¡puf!, te conviertes en mi profesor. Está claro que es una señal, mi hermana es una egoísta por no compartirte y yo tenía que hacer algo al respecto. De pequeña siempre heredé sus juguetes, y ahora como adulta quiero seguir haciéndolo.
– Nunca me había visto como un juguete, aunque me ha encantado que te hayas lanzado a por mí, y eso me da que pensar que te quieres adelantar a Teresa.
– Tal vez… ya te he dicho que no me importaría que me hicieras una buena panza.
– No deberíamos hacer daño a tu hermana, ambos la queremos mucho…
Apagamos el cigarrillo y le dije que necesitaba una ducha. Ella me contestó que no me preocupase, acordando que lo sucedido o sucediera en el futuro, nunca saldría de nuestras bocas, dijo que se marcharía discretamente. Me dio un beso y yo me fui al cuarto de baño dejándola mirarme el culo que tanto le daba en clase, solo que ahora completamente desnudo.
Continua...
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