La Chica Del Colegio De Monjas ✅ Parte II ✅
Siempre supo que era la hija perfecta, la que iba a misa y tenía novio. Pero esa tarde, el mejor amigo de su padre la miró diferente. Y ella, por primera vez, no apartó la vista.
Escrito por Deva Nandiny
Recuerdo esa tarde con una nitidez incómoda.
Cuando llegué a casa, el aire me pareció más denso de lo normal, como si el mundo supiera algo que yo intentaba ocultar. Subí corriendo las escaleras, sin saludar más de la cuenta. Necesitaba refugiarme en mi habitación, cerrar la puerta y aislarme del juicio invisible que sentía en cada rincón.
Temía que mamá —tan observadora, tan intuitiva— pudiera leerme la cara. Que notara el temblor en mis manos, el rubor persistente en mis mejillas, el brillo indomable en los ojos. Porque algo había cambiado en mí. No solo por lo que había hecho… sino por lo que había sentido.
Me crucé con ella en el pasillo de la primera planta; ella salía de su dormitorio. Me preguntó cómo me había ido, con esa sonrisa suya, siempre dulce, siempre atenta.
—Bien —dije, sin detenerme.
Seguí caminando, sin darle tiempo a ver más de la cuenta. Temía que, si me miraba dos segundos más, supiera que aún llevaba entre las piernas la humedad de sus lenguas. Que leyera en mi rostro los ecos de los gemidos que había soltado unas horas antes. Que adivinara que su hija —la niña bien educada, la que iba a misa, la que tenía novio formal— había sido tocada, besada y penetrada por los dedos de chicas.
Entré a mi cuarto y cerré la puerta con llave. Me quité el uniforme del colegio con las manos temblorosas y me dejé caer sobre la cama. Respiré hondo, pero el aire no bastaba. Sentía la piel viva. El cuerpo… roto y rearmado. Y una pregunta, quemándome por dentro:
¿Cómo se vuelve a ser la misma después de sentir eso?
En los días siguientes, hice todo lo posible por ser la misma de siempre. Sonreía. Ayudaba en casa. Besaba a Alex cuando me pasaba a buscar. Fingía. Era fácil. Llevaba años entrenándome para eso.
Pero dentro de mí, algo había despertado. Y no quería volver a dormirse.
A veces me encontraba en clase, distraída, con la mirada perdida en la pizarra, recordando la lengua de Nuria entre mis piernas. O la forma en que Sandra me susurró al oído, con la voz rota de deseo: “Estás empapada…” Y me estremecía. Me apretaba las piernas instintivamente. Fingía que atendía, mientras mi cuerpo seguía encendido, rebelde, caliente.
Con Alex, en cambio, el sexo no mejoró. Al contrario. Después de lo que viví con Sandra y Nuria, algo en mí se desconectó. Como si mi cuerpo, de pronto, hubiese decidido dejar de mentir.
Ya no reaccionaba a sus caricias. Su forma de tocarme —correcta, mecánica, sin sorpresa— me resultaba insoportablemente predecible. Me besaba el cuello con la misma cadencia de siempre. Me pedía que me bajara las bragas como quien repite un guion mal aprendido. Y cuando entraba en mí, era solo eso: entrar y salir, sin ritmo, sin hambre, sin arte.
Mientras él gemía mi nombre, yo estaba lejos. Pensaba en otras cosas. En otras manos. En la forma en que Nuria me lamía como si quisiera beberse cada parte de mí. Como si cada centímetro de mi piel tuviera sabor y ella lo supiera. Y sí… creo que me obsesioné con Nuria. O tal vez me encapriché, no lo sé.
No fue solo por cómo me hizo correrme. Fue por cómo me miraba mientras lo hacía. Por su seguridad. Por la calma sucia de su boca, por el fuego en sus pupilas. Después de aquella tarde, empecé a pensar en ella constantemente. En la ducha. En el autobús. En clase. Me cruzaba con mujeres por la calle y me preguntaba si alguna vez me harían sentir lo mismo.
Alex seguía hablándome del futuro. De hijos. De bodas. Yo, mientras tanto, me tocaba por las noches, imaginando la lengua de Nuria deslizándose por mi espalda, bajando, abriéndome.
—Estás tan callada —decía, como si eso fuera nuevo.
Yo murmuraba un “sí… es que estoy cansada” y lo dejaba seguir, con la vista perdida en el techo, sintiéndome más sola desnuda que vestida.
¿Y así me voy a casar? ¿Así se supone que debo vivir?
Un día, en casa, abrí mi diario —ese cuaderno de tapas negras que escondía entre el colchón y la pared— y escribí sin parar durante horas. Lo conté todo. Con nombres, con detalles, con gemidos escritos como confesiones. Era como si necesitara vaciarme, poner en palabras ese nuevo universo que se había abierto bajo mi falda.
Cuando terminé, me temblaban las manos.
Sabía que si alguien leía esas páginas, se acabaría mi vida tal como la conocían. Pero no podía dejar de escribir. Y tampoco podía dejar de desear que volviera a pasar.
Durante semanas pensé que era lesbiana. No me lo decía en voz alta, pero la idea rondaba, persistente, como una mosca en una habitación cerrada. Porque no podía pensar en otra cosa que no fuera Nuria. Su imagen se colaba en mis pensamientos con la misma fuerza con la que antes me colaban oraciones en el colegio. Me obsesioné. Su recuerdo vivía en mi cuerpo. Su nombre vibraba en mi garganta incluso cuando no lo pronunciaba.
Pero junto con el deseo, venía el miedo. Un miedo helado, denso, pegajoso. Me aterrorizaba la idea. No por mí. Sino por lo que significaría para los demás. Vivía en una casa donde los domingos íbamos toda la familia a misa. Donde las conversaciones evitaban todo lo que fuera “inadecuado”. Mi familia era profundamente religiosa, demasiado conservadora para aceptar algo así.
Mi madre tenía una habilidad espeluznante para detectar cualquier cambio en mi ánimo, en mi forma de caminar, de mirar, de hablar. Temía que un día, con solo verme entrar por la puerta, supiera lo que pasaba. Que lo oliera en mí. Que leyera entre mis pestañas lo que no me atrevía a confesar ni frente al espejo.
¿Y si me gustaban las mujeres? ¿Y si lo que sentí con Nuria era más que un desliz? ¿Y si lo que me despertaba por las noches con el corazón acelerado y las bragas mojadas era algo que no tenía vuelta atrás?
Era una época en la que no se hablaba de eso. Donde ser lesbiana era un chisme, un escándalo, un pecado. Yo era la hija perfecta de papá. Aplicada, la que se casaría al terminar los estudios universitarios y tendría un montón de hijos, que correría por el jardín de una gran casa, ubicada en una urbanización de lujo. No había espacio para lo que sentía. Y sin embargo, Nuria estaba en todas partes dentro de mí.
Nuria era morena. Pero no cualquier morena. Tenía la piel de ese tono dorado que parece haber sido besado por el sol en otro país. El cabello largo, abundante, con ondas suaves que caían por su espalda como una cascada perezosa. Lo llevaba siempre suelto, como si ni siquiera necesitara esfuerzo para ser deseada. Sus ojos eran oscuros, intensos, pero no duros. Tenían esa mirada que observa en silencio, que evalúa sin juzgar, que desnuda sin tocar. Y cuando te miraba… sabías que te había visto de verdad.
Su cuerpo no era perfecto. Pero era el tipo de cuerpo que te hace querer pecar. Caderas anchas, firmes. Pechos pequeños, pero llenos y desafiantes. Piernas fuertes, de las que una se imagina abiertas, acogiendo. Y su boca… Dios, su boca. Carnosa. Con ese gesto natural de mujer que ha aprendido a callar, pero que también sabe exactamente cuándo abrirse. Y yo deseaba saber cómo sabían aquellas diminutas tetas en mi boca. Quería explorarlas con calma, jugar con sus pezones, comprobar cómo se endurecían al contacto con mi lengua. Me ardían las ganas de rozarlos, de saborearlos, de hacerla gemir solo con la boca.
Hasta entonces, de las tres, yo había sido la más pasiva. Me dejé tocar, me dejé lamer, me dejé abrir. Me rendí con los ojos cerrados y el cuerpo expuesto. Pero ahora algo en mí pedía actuar. No solo recibir, sino tomar.
Cuando caminaba, no parecía hacerlo sobre el suelo. Deslizaba. No buscaba atención, pero toda la habitación giraba cuando ella entraba. Y yo, desde ese día, era su órbita.
Lo que nunca imaginé fue que todo eso se me pasara de un plumazo. Ni las dudas, ni la culpa, ni la obsesión con Nuria. Y la razón tenía nombre, apellido y un reloj caro en la muñeca: Carlos.
Carlos ha sido, para bien o para mal, uno de los hombres más importantes que han pasado por mi vida. No por lo que hicimos. Sino por lo que me despertó y todos los años que estuvimos, clandestinamente juntos.
Era el mejor amigo de papá. Se conocían desde la universidad, cuando coincidieron en la facultad de Derecho. Nunca ejerció como abogado —para eso estaba mi padre, siempre correcto, siempre de manual—. Carlos, en cambio, se dedicó a hacer dinero. Heredó un negocio familiar que convirtió en un pequeño imperio. Socio en un par de inversiones con mi padre, especulaciones inmobiliarias que nunca entendí del todo, pero que los unían como cómplices.
Yo lo conocía desde que tengo memoria. Estaba en todas las reuniones importantes, en los cumpleaños, en las comidas de domingo en nuestro jardín, con la carne humeando sobre la parrilla y las copas de vino llenándose sin pausa. Su mujer, Laura, era de esas mujeres que creen que la juventud se puede comprar en una clínica. Siempre impecable, siempre un poco más estirada que la semana anterior. Sara, una de sus hijas, tenía mi edad. Crecimos juntas, compartimos secretos, revistas, primeras borracheras. Éramos amigas.
Y, sin embargo, yo miraba a Carlos. O mejor dicho, empecé a darme cuenta de que Carlos me miraba a mí.
Al principio fue sutil. Miradas que duraban un segundo más de lo necesario. Sonrisas que no estaban destinadas a nadie más que a mí. Comentarios que parecían inofensivos, pero llevaban un filo debajo. Recuerdo una tarde de domingo. Hacía buen tiempo y comíamos en el jardín. Papá hablaba animadamente sobre alguna inversión, y Carlos lo escuchaba con ese gesto suyo, atento pero relajado, copa de vino en mano, camisa blanca abierta en el cuello. Yo me servía ensalada y sentía sus ojos clavados en mí. No de forma vulgar. No era descaro. Era… estudio. Como si me estuviera leyendo. Como si ya supiera cosas que ni yo me había atrevido a admitir.
Lo miré. Y no apartó la vista. Juego de miradas.
Una corriente eléctrica me recorrió el estómago. Un estremecimiento bajo, profundo. Carlos tenía más de cuarenta y cinco años, y yo aún estaba en el instituto. Era amigo de papá. Casado. Padre de mi mejor amiga. Todo en él estaba mal. Y, sin embargo, todo en mí se encendía cuando lo tenía cerca.
El domingo siguiente sucedió lo mismo. Solo que esta vez, yo ya lo sabía. Y no solo lo permití… lo provoqué.
Cada vez que podía, le regalaba posturas forzadas. Me agachaba más de la cuenta, cruzaba las piernas con lentitud, dejaba ver piel donde no debía. Y él —el mejor amigo de mi padre— no podía dejar de mirar. Yo lo sabía. Y él sabía que yo lo sabía. Aquel juego silencioso se convirtió en mi droga, dándome cuenta de que no, que no era lesbiana.
Esa noche, y durante muchos días después, me masturbé pensando en él. En cómo me agarraría del cuello. En cómo me follaría un hombre de verdad, no como mi novio, que apenas sabía dónde meterla. Me tocaba a oscuras, con la imagen de Carlos clavada en la mente: grande, serio, con esa mirada que me atravesaba como si ya me hubiese tenido.
Nunca creí que entre Carlos y yo pudiera pasar algo más. Para mí era como una figura inalcanzable, un amor platónico con cuerpo de tentación. Lo imaginaba, sí. Fantaseaba con él mientras me rozaba bajo las sábanas. Pero pensaba que todo se quedaría en eso: en miradas, en deseos prohibidos, en humedad secreta.
Salía del instituto cuando lo vi. Carlos. Estaba ahí, de pie, como si el destino lo hubiera colocado justo frente a mí. Apoyado con despreocupación en el capó de su Mercedes blanco, impoluto y elegante, con esos pantalones claros que resaltaban su piel morena y una camisa vaquera ajustada al cuerpo. Sonreía, me miraba y no parpadeaba.
Sentí un vuelco en el estómago.
Mi amiga Elena me miró de reojo. —¿Te pasa algo? Estás temblando…
Tardé unos segundos en contestar. Una eternidad, en realidad. En mi cabeza se amontonaban las preguntas: ¿Por qué está aquí? ¿Le ha pasado algo a papá? ¿Y sí…? ¿Y si ha venido por mí? ¿Estoy preparada?
—Ha venido a buscarme un amigo de mi padre. No me acordaba de que teníamos que ir a un sitio —mentí, forzando una sonrisa.
Sandra y Elena me miraron con una mezcla de intriga y sospecha, pero no dijeron nada. Nuria nos estaba esperando en la biblioteca.
—¿Te esperamos? —me preguntó Sandra.
—No, luego os llamo… —respondí, y eché a correr hacia él.
Carlos no había dejado de mirarme. Ni cuando hablaba con mis amigas. Ni cuando me acerqué. Me sentía desnuda bajo su mirada. Avergonzada de mi uniforme escolar, de la falda plisada con llamativos cuadros rojos y verdes, de la mochila rosa. Pero también… expuesta. Y algo en mí lo deseaba.
—Buenas tardes, Olivia —dijo, con esa voz grave, templada—. ¿Quieres que te lleve?
—¿Qué haces aquí…? —pregunté, sin poder contenerme.
Me escaneó de arriba a abajo con su mirada cargada de intención. La misma con la que me observaba los domingos en casa de mis padres, cuando yo fingía no darme cuenta.
—Pasaba por aquí. Me acordé de ti. Te invito a tomar algo. Seguro que tienes sed.
Dudé. Mi cuerpo decía una cosa. Mis labios, otra. Sentía una presión en el pecho. Una mezcla de vértigo y deseo.
—He quedado con Alex —mentí otra vez—. Me debe de estar esperando.
Carlos soltó una sonrisa ladeada. Sin burlarse. Con poder.
—No seas cría. Sube.
Me temblaron las manos al abrir la puerta del coche. Puse mi mochila en el asiento trasero.
—Antes de las nueve tengo que estar en casa —advertí, sin mucha firmeza.
Él arrancó el coche.
—Cómo lo envidio…
—¿A quién? —pregunté, desconcertada.
—A tu novio —respondió sin mirarme—. A tu edad, yo habría dado todo por tener una novia como tú.
Su mano, grande y morena, se deslizó sobre mi rodilla desnuda. Fue un roce lento. Natural. Como si ya lo hubiera hecho antes.
Me removí en el asiento, incómoda, expuesta, ardiendo.
—¡Carlos…! —protesté.
Frenó de golpe, aún sin haber recorrido ni doscientos metros. Nos quedamos en medio de la calle. Sin hablar.
—¿Quieres bajarte? —preguntó con calma.
Lo miré. Y entonces lo supe: no quería decepcionarlo. No quería que pensara que aún era una niña. Quería que me viera como una mujer.
—No. Arranca, por favor.
Carlos volvió a poner la mano sobre mi pierna.
—Si esto te incomoda, me lo dices —dijo—. No quiero hacerte sentir mal. Solo quiero que entiendas que soy un hombre… y tú, Olivia, eres una joven que me está volviendo loco.
Asentí. No podía hablar. Tenía un nudo en la garganta y un calor desesperante entre las piernas.
—No me molesta —logré decir—. Solo… que es muy raro todo esto. Eres el padre de Sara.
Carlos soltó el aire lentamente, mirándome de reojo.
—Sí. Y también soy el mejor amigo de tu padre. Pero eso no me impide ver lo hermosa que te has puesto. ¿De verdad no te has dado cuenta de cómo te miro los domingos?
Asentí. Claro que lo sabía. Y ahora, por fin, no hacía falta fingir.
—Lo que no me esperaba era que vinieras a buscarme —susurré, casi sin aliento.
—Pero te alegras de que haya venido, ¿verdad? —dijo mientras su mano subía, lenta y firme, por debajo de mi falda—. Vamos… quiero oírte decirlo.
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Su voz era grave, segura, con un tono que no pedía permiso. Era la primera vez que alguien me hablaba así. La primera vez que me tocaban así. Sentí un escalofrío.
—Me alegro de que estés aquí —respondí con la voz dulce y contenida, como una chica bien educada que aún no sabía cómo rendirse sin parecerlo.
—Estás buenísima —dijo con descaro—. Esas piernas me vuelven loco. Cada vez te pareces más a tu madre. Menudos dos monumentos.
No dijo más. No hacía falta. Sus ojos me lo gritaban en silencio.
El trayecto no fue largo. Aparcó en un parking del centro y me tomó por la cintura como si fuéramos pareja de toda la vida. Poseía una seguridad que desarmaba. Caminamos juntos hacia la Gran Vía, y notaba cómo su mano apretaba mis nalgas por encima de la tela del uniforme, con hambre, con derecho.
—Nos pueden ver —le dije, aunque por dentro me encantaba.
—Déjame presumir de hembra —respondió sin vergüenza.
Me aferré más a él. Me gustaba cómo me sujetaba, cómo caminábamos. Como si me perteneciera… o como si yo le perteneciera a él.
Entonces se detuvo, me miró de frente y sus ojos bajaron a mis labios.
—¡Qué labios tienes! —dijo con una sonrisa torcida—. Estás para comerte.
Y sin esperar respuesta, se inclinó y me besó.
Fue un beso caliente, directo, sin titubeos. Nada parecido a los de Alex, suaves y torpes, llenos de dudas adolescentes. No. Carlos no pedía permiso. Su boca se apoderó de la mía con una mezcla de hambre y experiencia. Y yo… me derretí.
Sentí su lengua entrando lentamente, explorando con una calma dominante, sabiendo que iba a encontrar todo abierto para él. Fue un beso húmedo, profundo, que me hizo arquear los dedos de los pies dentro de mis zapatos. Mis labios se abrieron sin resistencia. Me rendí sin querer.
Mi respiración se aceleró. Me temblaban las piernas. Notaba el calor creciendo entre ellas, ese hormigueo que ya conocía, pero que ahora se desbordaba. Sentía su mano sujetándome con fuerza por la cintura, guiándome, poseyéndome en mitad de la calle como si yo ya le perteneciera.
Y lo peor —o lo mejor— es que me encantaba.
Cuando se apartó, lo hizo apenas unos milímetros, dejando su aliento aún pegado al mío. Yo estaba temblando. Aturdida. Encendida.
—Me gusta mucho que me hayas besado… —dije en voz baja, con el corazón golpeándome las costillas.
Él me miró un segundo, serio. Sus ojos bajaron a mis labios brillantes.
—¿Te han follado alguna vez?
La pregunta cayó como un golpe seco. Me pilló desprevenida, y algo en mí se estremeció. Me sentí expuesta. ¿Estaba volviendo a tratarme como a una cría? ¿O simplemente quitando la máscara de todo lo que ambos sabíamos qué estaba pasando?
Entramos al portal. El silencio pesaba. Mientras esperábamos el ascensor, aún con las mejillas rojas, le respondí bajito, casi avergonzada:
—He hecho el amor con mi novio… en su coche.
No lo miré a los ojos. Pero noté cómo se le tensaba la mandíbula, cómo su cuerpo se acercaba más al mío, como si mi confesión le hubiera dado permiso para llevarme mucho más lejos.
—Me tienes con un buen calentón —afirmó al abrirse las puertas automáticas—. Entonces sabrás lo que tienes que hacerle a un hombre.
—Si quieres, te hago una paja —le dije algo avergonzada—. Siempre había escuchado que esas cosas no se hacen en una primera cita.
—Seguro que eres toda una experta.
—¿Has traído a muchas mujeres aquí? —pregunté directamente, no queriendo que me tratara por tonta.
—Aquí únicamente traigo a las guapas, y ninguna de ellas lo es tanto como tú —aseguró agarrándome, nuevamente, por la cintura—. Tienes unas tetas de escándalo —aseguró metiendo su mano directamente por debajo de mi camisero. Palpándolas como si le pertenecieran.
En ese momento me di cuenta de que Carlos no era como los chicos con los que había estado anteriormente, y que me eran tan fáciles de controlar. Ellos primero comenzaban a besarme y luego, sutilmente, me acariciaban por encima de la ropa hasta comprobar dónde les permitía llegar.
El apartamento resultó ser un lujoso picadero en todo el centro de la ciudad.
«¿Qué chica se iba a resistir a estar con un hombre como Carlos en aquel escenario?» Hasta ese momento, yo solo había estado en algún asiento trasero de un coche.
—¿Te gusta mi «nidito» de amor? —me preguntó, al notarme impresionada.
Pero no me dejó contestar. Carlos me agarró por detrás y comenzó a besarme el cuello. Sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo por encima de la ropa.
—Espera un momento, Carlos, me estoy haciendo pis. —Traté de ganar algo de tiempo, sin estar segura de cómo ni por qué me había metido en ese lío.
Me sentía enormemente excitada y atraída por él, pero al mismo tiempo estaba asustada. Carlos era un hombre casado; conocía a su hija y a su esposa… No era un chiquillo o uno de los amigos de mi novio, con los que alguna vez me había dejado llevar más de la cuenta. Me sentía mareada, era como si mamá estuviera allí recriminando mi actitud. Pero él no aflojaba su abrazo.
—¡Qué buena estás, Olivia! —expresó, rozándome con sus labios el lóbulo de la oreja, mientras restregaba su entrepierna contra mi culo. En ese momento sus manos volvieron a introducirse debajo de mi camisero. Pude notar la cálida yema de sus dedos acariciando mis pezones, sintiendo una punzada en ellos, debido a los duros y turgentes que se pusieron en un solo segundo.
—¿Te gusto? —le pregunté, casi entregada a él.
—Me encantas. Pero ahora date la vuelta. Quiero ver esas tetas que tantas veces he tratado de imaginarme.
Obedecí, girándome lentamente.
—¿Te gustan mis «tetitas»? ¿Te las quieres comer? —interpelé, provocándolo conscientemente, poniendo cara de niña inocente. Nunca me había comportado de esa forma con nadie; fue Carlos el que poco a poco fue explorando mi morbosa naturaleza.
Sentí su boca, como la de un hombre hambriento que no ha comido en varios días. Sin poder resistirme, llevé mi mano hasta su entrepierna. Me encantó sentir el bulto que se dibujaba debajo de sus pantalones inmaculadamente blancos. Entonces bajé su cremallera, introduciendo indecorosamente mi mano dentro. Pude notar todo el calor de virilidad. Percibiéndome, enormemente cachonda, saqué su verga fuera del pantalón.
Pareciéndome enorme y monstruosa bajo mis frágiles y delicadas manos. Estaba deseando comenzar a masturbarlo, tal y como muchas veces le había hecho a mi novio. Quería que él viera que ya no era una niña, que tenía experiencia.
—Quítate la parte de arriba y vayámonos a la cama.
Entonces fuimos al único dormitorio que tenía el lujoso apartamento. Él aprovechó mis dudas para quitarse toda la ropa.
Temblando, me metí con él en la cama, yo desnuda de cintura para arriba. Verlo sin ropa me impresionó. Cierto es que no tenía los músculos hercúleos y perfectos de Alex. Pero su cuerpo me pareció mucho más varonil que el de mi novio. Toqué su pecho, cubierto de un vello totalmente blanco. Lo besé ensimismada. Me encantó su olor a hombre. Entonces agarré su erecta picha y comencé a masturbarlo. Intenté complacerlo; necesitaba que se sintiera orgulloso de mí. Quería darle mucho más placer que Laura, su esposa.
—¿Te gusta? ¿Lo hago bien? —le pregunté temerosa, ya que Alex se corría enseguida. Mi novio siempre me sujetaba de la muñeca y él mismo marcaba el ritmo que deseaba. Pero Carlos permanecía inmóvil observándome.
—¿Has masturbado a muchos chicos? —se interesó.
Aparté la mirada; confesar aquello me daba cierta vergüenza, pero tampoco quería quedar como si fuera una niña.
—A mi novio le he hecho unas cuantas…
—Eso está muy bien… —catalogó—. ¿Y qué otras cosas haces con tu novio? —preguntó burlonamente.
—Algunas noches, cuando me acompaña a casa, hacemos el amor en el asiento de atrás de su coche, en un descampado que hay al lado de casa.
—Tiene que ser maravilloso el poder metértela —afirmó apartándome mi rubia cabellera del rostro—. ¿Solo has follado con él?
La pregunta me pareció inoportuna, pero lejos de enfadarme, respondí que sí, haciendo un gesto con la cabeza.
—Tenemos planes para casarnos —quise dejarle claro.
Noté sus dedos pellizcándome los pezones. Me hizo daño, pero no protesté.
—Quiero que seas sincera conmigo.
—Te estoy diciendo la verdad, te lo juro. —Tuve necesidad de asegurarle.
Sin soltarme los pezones, manteniendo sobre ellos cierta presión, volvió a preguntar.
—¿No te has dejado follar aún por otros chicos? Seguro que lo han intentado.
Aquel juego estaba llegando demasiado lejos. Siempre había supuesto que el sexo estaba precedido de palabras románticas, donde un hombre no dejaba de repetirte lo maravillosa que eras.
Carlos siguió apretando mis pezones entre sus dedos. No era suave. Lo hacía con firmeza, como quien interroga sin palabras. Me dolía, pero también me hacía sentir deseada. Poseída. Como si mi cuerpo empezara a pertenecerle más de lo que yo misma quería admitir.
—Quiero que seas sincera conmigo —dijo, con esa voz grave, contenida, que no pedía… ordenaba.
—Te estoy diciendo la verdad… te lo juro —susurré, temblando.
Pero él no soltó mis pezones. Al contrario, aumentó un poco la presión.
—¿No te has dejado follar por otros? Seguro que lo han intentado.
Podría haber mentido. Negar todo. Decirle que era la niña buena que esperaba. Pero no pude. Porque en ese momento, con su polla erecta en mi mano, sus dedos en mi pecho y el deseo recorriéndome como fuego líquido… quería contarle, que lo supiera. Que se excitara con mi confesión.
—No fue un chico… —Susurré, bajando la mirada—. Fueron… mis amigas.
Vi cómo se le tensó la mandíbula. Sus ojos se clavaron en mí como cuchillas, fijos y oscuros, deseándome.
—¿Cómo que tus amigas?
Tragué saliva. El corazón me latía en los oídos.
—El otro día… en casa de Nuria. Estábamos viendo una película porno que había encontrado de sus padres. Sandra… me besó. Luego se unió Nuria. Las dos… me tocaron. Yo también las toqué.
Sentí que su verga palpitaba más fuerte en mi mano. Su respiración se volvió más pesada.
—¿Te corriste con ellas? —preguntó, apenas en un gruñido.
Asentí.
—Sí. Me hicieron corr… correr…
No pude ni terminar la frase. Porque en mi cabeza volví a estar ahí, tumbada entre las dos, con las lenguas, las manos, los susurros. Y ahora, con la polla de Carlos en mi mano, deseando que él me tomara como nadie antes.
Carlos se inclinó sobre mí. Me mordió el cuello. Me lamió la oreja. Me sujetó la cara con una sola mano, como si fuera suya.
—Dios… estás hecha una puta deliciosa, Olivia.
—No soy ninguna puta —protesté, soltándole la polla, que seguía palpitando entre mis dedos. Me temblaban las manos. Y el corazón. Me dolía que me lo dijera… pero también me excitaba. No estaba acostumbrada a ese lenguaje. Era sucio, duro, directo. Me hacía sentir pequeña, indefensa, pero también deseada.
Carlos me rozó los labios con los suyos. Apenas un susurro de contacto. Su aliento me envolvía, como una caricia cálida y húmeda.
—Claro que lo eres —dijo con la voz grave, casi animal—. Eres mi preciosa zorra. Y por eso me tienes tan loco. Hazme un favor… Dilo. Dímelo tú.
Mi mente se resistía, pero mi cuerpo no.
—Soy una puta… —Susurré, con la garganta cerrada y la cara ardiéndome.
En el momento en que lo dije, sentí cómo un escalofrío nacía en mi bajo vientre y subía como un cosquilleo hasta mis pechos. Fue como liberar algo atrapado. Una verdad escondida. Algo sucio… que al salir, me hizo mojarme aún más.
—¿Eso es malo? —pregunté, tragando saliva—. A ti te gusta que lo sea… ¿Verdad?
Carlos me miró a los ojos, y esa mirada me rompió por dentro.
—Claro que sí, mi amor. Me encanta que seas así. Una jovencita viciosa.
Me agarró de la nuca con una violencia que me hizo jadear. Sin ternura. Sin aviso. Me empujó hacia abajo como si no le importara nada más que mi boca. Su voz fue baja, ronca, cargada de deseo oscuro.
—Vamos, abre la boca...
No fue una súplica. Fue una orden, una sentencia. No había dulzura en sus manos, ya no, solo fuerza. Quería verme ahí: de rodillas, sometida, con la cara enterrada entre sus piernas, tragándomelo entero, rendida, sucia, temblando. Y yo lo hice. Abrí la boca. Cerré los ojos. Me entregué.
Pero cuando la vi… me paralicé. Era demasiado. Demasiado grueso. Demasiado largo. Demasiado real. Una punzada de miedo me subió por el estómago.
“No me va a caber…”, pensé, tragando saliva. “Me va a ahogar”.
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Él lo notó. Sonrió, cruel. Como si le encantara que dudara. Me sostuvo firme del pelo y acercó la punta a mis labios. La apoyó, la frotó. Me golpeó con ella los mofletes.
—Tranquila —susurró, con una mezcla de cinismo y fuego—. Te va a entrar. Quieras o no, va a entrar.
Y empujó. Despacito, al principio. Sólo la cabeza. Pero era suficiente para hacerme sentir invadida, desbordada, rota desde la boca.
Mi garganta se tensó. Las lágrimas me subieron a los ojos. Las manos me temblaban en los muslos. Pero no me detuve. No lo detuve. Porque algo dentro de mí —ese rincón oscuro que nunca había mostrado— quería exactamente eso.
Y empujó. Despacito, al principio. Solo la punta, pero era tan gruesa que me hacía sentir invadida, desbordada y llena.
Algo en mí —oscuro, antiguo, mío— quería eso. No solo su cuerpo. No solo su sexo. Quería la entrega, la rendición completa. Quería sentirme suya.
Carlos lo sabía. Lo notaba en la forma en que me aferraba a sus caderas. En la forma en que mi lengua se movía, insegura al principio, luego más decidida, más voraz. Me sujetó el pelo con ambas manos. Con violencia. Con dominio. Con seguridad. Me marcaba el ritmo, lento, profundo. Me guiaba. Me enseñaba.
—Así, preciosa… así, muy bien… —murmuraba, con esa voz grave que me recorría la columna como una corriente.
Me miraba desde arriba, con los labios entreabiertos, los ojos entrecerrados. Jadeaba. Y yo, de rodillas, con la boca llena de él, me sentí poderosa y sometida al mismo tiempo.
Cuando me atragantaba, él aflojaba. Cuando me recomponía, volvía a avanzar. Me medía. Me conocía. Y yo me dejaba llevar, con la boca húmeda, la saliva cayendo, el pulso desbocado, el sexo latiéndome entre las piernas.
No pensé en si estaba bien o mal. No pensé en Alex. Ni en su mujer. Ni en mis padres. Solo en lo que estaba sintiendo: una mezcla imposible de placer, miedo y adoración.
Carlos no era un amante cualquiera. Era un hombre que sabía tomar. Y yo estaba descubriendo el placer de dejarme tomar.
La saliva me llenaba la boca. Se me escapaba por las comisuras, caliente, espesa, imposible de controlar. Me corría por el mentón, bajaba por el cuello, pegándose a mi piel como una confesión húmeda. No podía detenerla. Cuanto más me esforzaba, más brotaba, como si mi cuerpo también se estuviera rindiendo.
Carlos me miraba desde arriba, fascinado. Le brillaban los ojos. Me sujetaba del pelo con firmeza, marcando el ritmo, y su expresión era la de un hombre que se sabía dueño de algo precioso.
—Mírate… —susurró—. Estás preciosa así, tan desbordada…
La saliva chorreaba. Me colgaba del labio, se formaba en hilos brillantes que caían sobre mis pechos. No me molesté en limpiarla. No podía. No quería. Había algo profundamente excitante en ese descuido, en ese exceso, en ese descontrol.
Me sentía sucia. Y, al mismo tiempo, más deseada que nunca. Mis jadeos eran húmedos, llenos de él. Su sabor, su olor, su poder. Sentía cómo su sexo se deslizaba entre mis labios cada vez más fácilmente, envuelto en mi propia saliva, cada vez más profundo, más exigente.
Carlos gimió. No era un gemido contenido. Era un gruñido de placer, de dominio, de satisfacción absoluta.
—Estás hecha para esto —murmuró, acariciándome la cara húmeda—. Para estar así. De rodillas, babeando por un hombre.
Y yo no respondí. No podía. Tenía la boca ocupada. Y el alma, rendida.
Mientras me la metía en la boca, sentí su mano deslizándose entre mis piernas, queriendo colarse por mis bragas. Le aparté la mano de un manotazo. «Aún no…» «No estoy preparada». Pero él insistió.
—Una mamada es lo máximo que te haré hoy —dije, jadeando, con su polla aún brillando en mis labios.
Carlos se rió bajito, con esa risa suya que sabía más que yo.
—¿No vas a dejarme ver el tesoro que escondes entre las piernas? —preguntó con una dulzura tan medida que resultaba inquietante—. Yo te quiero, Olivia. Quiero que seas mi novia.
"Novia." La palabra me golpeó como una piedra lanzada con guantes de seda.
Sentí que algo se me escapaba. Aquello ya no era un juego. Él quería atraparme. Hacerme suya, sí, pero no solo en el cuerpo. En la cabeza. En el alma.
Saqué su verga de mi boca y lo miré, respirando agitada, la saliva colgándome del mentón. Me temblaban los labios. No de frío. De algo más primitivo.
—Tú estás casado, y yo tengo novio —dije entre risas nerviosas, intentando que esa confesión tan grande, tan inmanejable, no pesara tanto en el aire.
Él me limpió la boca con la palma de su mano. Un gesto íntimo y morboso, como si borrara la prueba de algo sagrado y sucio al mismo tiempo. Luego me acarició la cara como si fuera una niña obediente. Como si acabara de hacer lo correcto.
—El mundo no decide por nosotros —susurró—. Podemos ser lo que queramos. Será nuestro secreto, ¿vale? Nadie tiene que saberlo. Yo cuidaré de ti. Siempre.
Era un maestro. Un experto. Sabía exactamente qué decir y cómo decirlo. Cada palabra era una promesa envuelta en veneno.
Lo besé. No sé si por miedo. Por deseo. O por las dos cosas. A veces, la diferencia entre rendirse y entregarse es solo un matiz.
—¿Quieres ver mi rajita? —pregunté, casi como un reto.
—Me muero por verla, preciosa —murmuró, como si la frase se le escapara de lo hondo.
—Pero solo mirarla —le recordé—. Dijiste que no harías nada que yo no quisiera.
—Y así será —dijo, guiñándome un ojo con esa seguridad que me desarmaba.
Me subí a la cama. Me puse de rodillas. Levanté la falda del uniforme. Llevaba unas bragas blancas, tan mojadas que la tela se pegaba como segunda piel. Un círculo oscuro las marcaba justo en el centro, delatándome.
Carlos me observaba sin parpadear. Era el cazador mirando a la presa que se ofrece sola.
—Estás empapada, mi amor… —murmuró, como si el deseo fuera culpa mía.
Bajé la mirada. Lo confirmé. Ridículamente mojada.
—Estoy muy cachonda —admití, bajándome las bragas hasta las rodillas—. ¿Te gusta mi chochito? ¿Quieres tocarlo?
No esperó.
Sus dedos llegaron antes que su respuesta. Me acarició la entrada con una lentitud casi clínica, como si estuviera explorando un tesoro que ya sabía suyo. Luego se los llevó a la boca, y los chupó con una devoción que me heló la sangre y me hizo hervir al mismo tiempo.
—Sabe a cielo —dijo. Y esa frase me desgarró algo por dentro.
Me empujó hacia atrás. Caí de espaldas, sin fuerza, sin voluntad. Me quitó las bragas sin ceremonia, como quien desenvuelve un regalo que lleva demasiado tiempo esperando. No me desnudó del todo. No hizo falta.
Se colocó entre mis piernas. Me abrió con las manos grandes, decididas. Me devoró.
Y mientras su lengua se hundía en mí como una confesión sin retorno, su voz —seca, controladora, apenas audible— me dijo:
—Ahora ya eres mía, Olivia. Y no hay marcha atrás.
Sentí sus labios, su lengua, sus dedos. Todo al mismo tiempo. Como si me conociera de antes. Como si supiera exactamente lo que hacía falta para romperme en mil pedazos.
Gemía. Me retorcía. Me tocaba los pechos con fuerza, deseando que tuviera más manos, más bocas, más lengua. Me sentía completamente suya. Una muñeca rota de placer.
—Fóllame. Quiero que me folles —grité sin vergüenza. Con rabia. Con un hambre que no conocía.
Él apoyó la verga en mi entrada. Me dio golpecitos con ella, mojándome los labios.
—Eres tan puta como ella… —susurró, casi con rabia.
No supe a quién se refería. No me importó. Porque en ese momento, solo me importaba sentirlo dentro. Lo descubría tiempo después. Mucho después.
—Carlos, necesito sentirte. Quiero que me folles —le rogué, fuera de mí, jadeando, temblando de deseo—. Por favor… hazlo. Quiero que estés dentro. Ahora.
Carlos no respondió con palabras. Su mirada lo dijo todo. Cruel, hambrienta y absoluta.
—Ven acá, perra —gruñó, agarrándome por las caderas con una fuerza que no dejaba espacio a dudas. Me arrastró hacia él como si fuese un trofeo que le pertenecía. Como si ya me hubiera ganado.
Cuando noté que me empujaba contra él sin protección, me sobresalté.
—Ponte un condón, por favor —grité, asustada, enredada entre el deseo y la realidad. En aquel entonces, una de las cosas que más me aterraba era quedarme embarazada.
Él sonrió apenas, con esa calma que sólo tienen los hombres que saben exactamente lo que están haciendo.
—No te preocupes —susurró—. Me correré en tus tetas. No planeo dejarte preñada… al menos no todavía.
Y entonces, sin más aviso, con un solo golpe de cadera, me llenó.
El aire se me cortó. Chillé. Pero no fue un grito de dolor… ni de placer. Fue algo más salvaje. Más primario. Como si mi cuerpo reconociera al fin lo que había estado esperando. Sentí una punzada ardiente en el centro de mi sexo, una presión que me hizo temblar entera. No estaba preparada para él. No del todo. Pero lo acepté, lo tomé y lo quise.
Mi cuerpo se fue adaptando a él, poco a poco, como si el deseo abriera paso donde el miedo no podía. Carlos jadeaba sobre mí. Yo gemía bajo él. Nos devorábamos sin decirlo. Y entonces pasó. Un estremecimiento violento me cruzó el vientre. La piel me ardía. Las piernas me temblaban.
—Carlos… —susurré, con la voz temblando, al borde del colapso— me... me estoy corriendo... ¡Ah…!
Y entonces, me rompí. Me arqueé como si algo se desgarrara desde dentro, como si mi cuerpo se deshiciera en mil piezas y se rearmara solo para él. Una ola brutal me arrasó desde el vientre hasta la garganta. Jadeé. Grité. Sentí que perdía el aire, el juicio, la vergüenza.
El placer fue total. Violento. Incandescente. Me temblaban las piernas, las manos, la boca. El sexo me latía como un corazón desbocado. Mi espalda se curvaba sola, buscando más. Mis caderas se movían sin permiso. Me aferré a sus brazos, a su pecho, a lo que fuera real, porque el resto se deshacía.
El mundo se volvió un zumbido sordo, lejano. No existía el pasado. No existía Alex. No existía el jardín perfecto de mis sueños. Solo su cuerpo dentro del mío. Solo su respiración sobre mi cuello. Solo yo, corriéndome con toda el alma, vaciándome, encendiéndome, rindiéndome.
—¡Ah…! ¡Ah…!
Jamás pensé que tanto placer pudiera caber en un solo cuerpo. No en el mío. No en el de una chica bien, criada para sonreír, obedecer, casarse. Pero ahí estaba. Rendida. Abierta. En llamas.
El mundo desapareció. Solo quedó él. Su cuerpo, su aliento, su voz ronca diciéndome cosas que ya no podía entender. Todo lo demás era un murmullo lejano, un eco de una vida que parecía de otra persona. Yo era solo carne latiendo. Fuego líquido. Y durante unos segundos fui todo lo que había negado ser.
Poco después, Carlos se incorporó, todavía jadeando, con la piel sudada y los ojos entornados, perdidos en un placer que ya lo dominaba.
Sin decir nada, se arrodilló sobre mí. Tomó su sexo con una mano, caliente y palpitante, y lo deslizó entre mis pechos. Yo los sujeté por los lados, presionando con fuerza para crear un canal apretado de carne y deseo. Sentí cómo se frotaba con avidez, como si mi piel pudiera arrancarle lo que ya estaba a punto de explotar.
Su respiración se volvió errática. Lo miré desde abajo, y ver su rostro tenso, entregado, casi desesperado, me encendió aún más.
—Sí… así… jódeme con la mirada, Olivia… —murmuró, más para sí que para mí.
El ritmo se aceleró. Los jadeos se hicieron más profundos. Más rotos.
Y entonces lo vi perder el control.
Su cuerpo se tensó de golpe, las venas del cuello marcadas, los dedos clavándose en mis hombros. Un gemido sordo le brotó del pecho, grave y animal.
Y de pronto, su placer estalló.
Sentí el calor de su semen brotando en espasmos sobre mi pecho, caliente y espeso, llenando el espacio entre mis senos. Sus caderas seguían moviéndose, como si el orgasmo no pudiera contenerse en un solo segundo. Gotas calientes me salpicaron el cuello, el pelo, el vientre. Lo vi cerrando los ojos, hundido en el instante, con la boca entreabierta y el rostro totalmente rendido.
Yo seguía allí, inmóvil, sujetando mis pechos, empapada, mirando cómo se derramaba sobre mí como si marcara territorio. Como si me bendijera algo sagrado.
Carlos cayó sobre mí, jadeando, con el cuerpo aún temblando. Y por un instante, fuimos dos cuerpos sudados y vencidos… abrazados como si eso pudiera salvarnos de lo que habíamos hecho.
Nos tumbamos juntos. Abrazados como dos amantes prohibidos, compartiendo una complicidad silenciosa que no necesitaba palabras. Nos reímos de cosas sin importancia, nos tocamos como si aún no nos creyéramos lo que acababa de pasar. Todo era cálido. Verdadero y aterradoramente dulce.
Minutos después, me dio un azote juguetón.
—Vamos, ponte el uniforme —murmuró, casi paternal—. Te llevo a casa. No quiero que tu madre sospeche nada.
Me vestí en silencio, aún con las mejillas ardiendo. Al terminar de abrocharme la blusa, lancé una sonrisa traviesa.
—Mañana tengo entrenamiento de vóley. ¿Sabes dónde entreno?
Él se acercó, me abrazó por detrás y apoyó el mentón en mi hombro.
—Amor, tendremos que ser cuidadosos. No querrás que tu dulce noviecito descubra que su princesa, en realidad, es una zorra.
Me giré para besarlo. No por amor. Por vértigo.
—Cuando me case con Alex, no volveré a acostarme con nadie más —dije, casi con la convicción de una niña que cree poder domar al mundo con una promesa.
Carlos rió. Una carcajada baja, indecente, con ese tono cruel de quien ya ha visto demasiado.
—Olivia… esas cosas no se controlan. Hay algo en tu —en tu piel, en tu mirada, en esa forma de moverte sin darte cuenta— que invita a romper las reglas. Siempre habrá alguien dispuesto a tentar tu mundo perfecto.
Me crucé de brazos.
—Tendré una casa con jardín, más grande que la de mis padres. Hijos. Paz. Yo… quiero eso.
Carlos me miró como si estuviera a punto de revelarme una verdad incómoda, inevitable.
—Y lo tendrás. Estoy seguro. Una vida de ensueño. Un marido atento. Hijos preciosos. Una casa perfecta. Pero también tendrás amantes. Muchos. Porque no importa cuánto perfume te pongas, ni cuánto disimules: llevas dentro algo más fuerte que la fidelidad. No es una debilidad. Es… instinto. Naturaleza. ADN.
Lo dijo como si supiera que un día, yo misma terminaría por darle la razón. Pero en ese momento, no lo creí. Creía —como todas las chicas bien educadas— que el “sí, quiero” podía curarlo todo. Incluso mi deseo. Si te gusta mi contenido, visita mi página web devanandiny.com Gracias por tus lecturas.
(Continuará)
Escrito po Deva Nandiny
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