Aprendiendo a mamar profundo
Para salvar su materia, no pidió ayuda académica, sino su sumisión total. Ahora, en la privacidad de su apartamento, el profesor le enseña que el placer es la mejor nota que puede obtener.
Queridos amigos lectores: Mi nombre es Andrea, es nombre ficticio de verdad, lo demás es real, tengo 31 años de edad actualmente, soy casada, mido 163 centímetros de estatura, 65 kilogramos de peso, contextura mediana, buena pierna con unas buenas nalgas como una buena hormiga culona, unas tetas talla 34 b, mi piel es clara, mi cabello es lacio color miel, lo tengo corto en este momento, mis ojos son café claros, en fin tengo gracias a Dios, un buen cuerpo, unos atributos que muchas envidian y los hombres desean, mi cuerpo me encanta, sé que no pasa desapercibido, ya que cuando voy por la calle recibo muchos piropos unos muy bonitos, otros un tanto pasados y hasta morbosos, recibo también miradas, gestos y otras cosas de parte de los hombres y muchas mujeres botan su cabeza también para mirar o envidiar mi cuerpo; tampoco tengo hijos debido a que cuando niña me practicaron un aborto en una clínica clandestina, allí me sacaron la matriz, por ese motivo no puedo concebir.
Mi esposo es un buen hombre, 2 años mayor que yo, de 180 estatura, de 72 kilos de peso, trigueño, pelo crespo y negro, delgado, bien aspectado en todos los sentidos, las chicas lo ven y no son indiferentes a sus gustos, llama la atención de ellas en todos lados, profesional, trabajador, juicioso, bueno en la cama, sé que me la ha jugado varias veces, lo he perdonado porque aprendí a pagar con la misma moneda. Aquí sólo quiero desahogarme de estos recuerdos, revivirlos y compartirlos con aquellos que buscan algo de diversión por este medio, dejo constancia de que mis relatos son verídicos y no sacados de la fantasía de alguien.
Hoy quiero contarles un momento de calentura que tuve con un profesor de música y bellas artes, en mi primer año de secundaria, en el colegio José Elías Puyana de Bucaramanga.
No bien terminaba el primer periodo bimensual de mis estudios de primer año de colegio, la rectora de esa época y los profesores no paraban de hablar sobre la responsabilidad que implicaba ser estudiantes de colegio, que nuestros malos hábitos deberían cambiar, que éramos estudiantes de secundaria, en fin, un lavado de cerebro en todos los sentidos.
Mis calificaciones en general eran buenas en casi todas las materias, motivo por el cual tenía el apoyo y respaldo de mis padres, sin embargo, para la música y el inglés, soy un poco negada tanto para interpretar con mi voz, con un instrumento o leer partituras, solo se me dan bien el mamar y chupar vergas como algo innato.
Casi todos mis compañeros y compañeras se burlaban de mis interpretaciones de solfeo, por mi parte muy avergonzada a pesar de mis intentos de hacerlo bien, un día le grité desesperada:
“profe ayúdeme” ¿qué hago para cogerle el tiro a esta clase?
En ese momento el profe llamó la atención a toda la clase,
“tranquilos” - dijo:
“vamos a entrenar duro todos, los viernes en la tarde puedo ayudar media hora para que practiquen todos ustedes, los que se quieran quedar, como un refuerzo de clases”.
Llegó el viernes y nadie quiso quedarse para ese refuerzo, al igual no les interesaba o les iba mejor que a mí, solamente nos quedamos con mi profesor de música al cual llamaré Carlos.
Comenzó con la flauta para que practicara las notas, ese era el instrumento de los principiantes, no le cogía el tiro por nada, mal de oído, mal de fuerza en mi boca, poca ligereza de mis dedos en los escapes del aire, mi profe se me hizo por la parte de atrás para con sus dedos tratar de que yo sacara las notas, él era un hombre alto, fornido, musculoso, medía como 180 centímetros, moreno, natural de Cartagena, de unos 30 años de edad, yo bien bajita (163) no daba su altura, así pasamos un tiempo tratando de hacer ese solfeo.
¿qué rico hueles, qué perfume usas? tu cabello también huele muy rico, me dijo mi profe Carlos.
“Gracias profe”, le dije sin vacilar y orgullosa.
Se le notaba además molesto por mi incapacidad de coger el tiro a las notas de la flauta, entonces me lancé de una y le dije:
“Profe, ayúdeme a pasar esta materia, yo hago lo que sea, lo que me toque hacer o lo que usted quiera, eso sí, debe de ser un secreto entre nosotros, no me vaya a dejar perder la materia, además yo sigo practicando y sé que lo voy a lograr; seré tu esclava, tu sirvienta, voy a su casa, le lavo el baño, o lo que sea, te hago aseo en el apartamento o lo que quiera profe, pero me ayuda, por favor”.
“Déjeme pensarlo” – ¿de verdad lo que yo quiera? Me preguntó.
“Claro que sí”, fue mi respuesta. Eso me daba la impresión de que sí.
Se le notaba un poco contrariado, pero emocionado.
“¿Cuántos años es que tienes? Me interrogó Carlos.
“Ya cumplí los 18 y voy para 19, le respondí con una mentira piadosa para ganarme su confianza y tranquilidad.
“¿Qué garantía tengo yo que no va a contar lo que pase en el apartamento? Me preguntó un tanto pensativo. “Yo tengo mucho por perder y usted por ganar” me dijo mi profe.
“¿Qué quieres de prueba? Le pregunté con seguridad y firmeza.
“No sé, haga algo que me haga entender de que de verdad quieres”, esa fue su respuesta, seguramente para amedrentarme.
Pensé por un momento y le dije, “Te puedo mostrar mis pantys o te los regalo ya aquí, después usted me regala para unos nuevos, yo me voy sin nada para la casa”
Su cara se iluminó, sus ojos brillaban, una sonrisa se dibujaba en su rostro,
“Aquí te lo puedo chupar ya o vamos a otro lado”, escoja profe. Hubo un silencio eterno.
Me senté en una silla del pupitre cercano, levanté mi jardinera y me bajé hasta la media pierna una lycra negra junto con unos pantys blancos con flores que llevaba en ese momento, le dejé ver mi sexo, la raya de mi vagina bien depilada, sus ojos se abrieron con expresión de asombro.
“¿Ya has tenido sexo con algún hombre?, ¿por qué tan gordos esos labios o están hinchados?, Me preguntó con voz entre cortada.
Yo ya me estaba acomodado nuevamente mis ropas, “Claro que sí son así esos labios, no sé por qué les extraña eso, y sí he tenido varias relaciones sexuales con adultos” le respondí con seguridad, “Con dos hombres adultos varias veces”, se me vinieron a mi mente las imágenes de Julián, el amante de mi abuela, de mi padre y de mis hermanos.
“Está bien”, respondió a secas, el lunes te digo si acepto o no, en todo caso siga practicando, “póngase bien esa ropa nuevamente”.
Llegó el lunes y Carlos me llamó en el primer descanso de la mañana.
“Si quieres nos vemos mañana martes, cuando salgas del colegio, yo te recojo frente al jardín botánico, así que pide permiso en tu casa, busca una excusa creíble, eso sí, mi nombre no debe aparecer en esa disculpa que saques en tu casa, ¿quieres o no? Me dijo en tono desafiante.
“Claro que sí señor”, respondí inmediatamente.
Mi mente sabía que iba a conocer algo diferente, pues se comentaba entre las chicas que los negros tenían una verga más grande que los llamados blancos, eso también me intrigaba.
En mi casa le dije a mis papás que me quedaría haciendo aseo en el colegio, luego haría unas consultas en la biblioteca, así que llegaría un poco tarde, sin saber una hora exacta, ellos aceptaron sin problema, para eso siempre saco buenas notas. Perfecto ese plan.
Ese martes Carlos me hizo señas a forma de pregunta, como averiguando si estaba en firme o no el plan, le respondí con mis pulgares arriba, que sí, que afirmativo, en mi mente sabía que todo estaba autorizado en mi casa.
Así que se llegó esa tarde de la cita, todos salieron corriendo, yo fui la última en salir haciendo que organizaba mis cuadernos a fin de que todos fueran recogidos por sus padres o acudientes, o cogieran camino a sus casas y evitar que me vieran con el profe.
Estaba caminando como si nada por el sitio acordado, de pronto un automóvil color rojo me pitó y paró a mi lado de la vía, me abrieron la puerta y subí al puesto de adelante, no hubo saludos formales, ni besos, nada, siguió conduciendo rápido, hasta llegar a un conjunto residencial, era su apartamento de soltero.
“Aquí vivo yo”, “subamos rápido”, me dijo a secas.
Subimos por una escalera al tercer piso, eran unos acabados poco elegantes para mi gusto, no muy finos, al entrar las cosas eran bastante básicas, una sala, un televisor, un equipo de música, algunos instrumentos musicales, todo parecía algo limpio, pero desordenado, algunas cosas utilizadas sin recoger, como envases vacíos.
Entramos a la alcoba, yo ingresé primero, él detrás de mí cerró y aseguró la puerta de entrada, me echó un brazo por sobre mis hombros.
“Bienvenida a mi hogar, le repito que lo que pase aquí, se queda aquí o podemos tener problemas” me dijo en tomo fuerte y señalándome con su dedo índice.
“Tranquilo profe”, “yo soy una mujer bien firme”, fue mi respuesta.
Más me demoré en decir eso que Carlos agarrar mis nalgas con una de sus manotas grandes, pesadas, fuertes, creo que mis nalgas cabían ambas en una sola de sus manos, me apretaba con fuerza, un escalofrío recorrió mi cuerpo, me sentí vulnerable, una cosita ante ese gigante, entre tanto me empujaba a la cama, sus labios buscaban los míos para fundirnos en un beso, nuestras lenguas se entrelazaban, jugaban como impidiendo la entrada de la otra, nos dejamos caer sobre una cama doble, un colchón blando, no estaba tendida, dos almohadas de cabecera, las sábanas parecían llevar un par de días, unas chancletas de baño tiradas en desorden debajo de la misma.
Me abrazó con sus manos tan fuertes que no podía ni moverme ni resistirme, pero resistirme tampoco era mi plan, nos seguimos besando con pasión, su piel se me hacía rara, como áspera, musculosa, fuerte como todo lo que se le notaba en ese cuerpo atlético, también un aroma de su piel algo diferente.
No sé cuánto tiempo duró ese beso, sus manos me apretaban por la nuca y otra mano en mi cintura, mis manos reposaban en su pecho algo tímida, seguramente por el respeto de mi profesor, ¿te gusta? Me preguntó, sí, pero eres muy fuerte, me aprietas muy duro, le contesté, me puso una mano en mi mentón y me dijo, está bien, problema solucionado y me dio un beso ligero en los labios.
“A lo que vinimos”, dijo Carlos.
Se desabrochó su pantalón jean desteñido que llevaba, bajó su cierre, metió la mano y se sacó una serpiente negra, una vergota impresionante, por lo menos 30 centímetros, cabezona, su cabecita estaba libre de piel, una gota de un líquido incoloro y viscoso se asomaba brillando con la luz del bombillo, mis ojos se abrieron asombrados.
“Cógela, acarícielo y trágueselo que ese no muerde, demuestre que es verdad que has estado con otros hombres” fueron sus órdenes entre una sonrisa burlona.
Me hizo levantar para que con mi uniforme aún puesto, me dirigiera a ese enorme miembro semi-erecto que se salía por la bragueta del pantalón y descansaba sobre una de sus piernas, lo cogí un poco tímida, miedosa con mis dos manos, no había visto nada en la vida real que se asemejara a ese monstruo de carne que se me ponía entre mis manos, ni siquiera la de Julián era así, y eso que él se mandaba una gran verga, esa solo llegaba a la mitad de tamaño, un extraño cosquilleo recorría mi cuerpo, en mi garganta había como un nudo.
Carlos me colocó una de sus manos detrás de mi cabeza, con fuerza me empujaba haciéndome acercar mi boca hasta esa cabecita un poco rosada con tintes negros y un cañón totalmente negro, con cierta timidez abrí mi boca para empezar a engullir ese tolete de carne negra y magra, mis labios rodearon su cabecita, sus fluidos tenían el mismo sabor de las anteriores vergas que he probado, punto a favor, empecé a mamar algo tímida trabajando solo su cabecita por algo que no entendía en ese momento, creo que era susto o respeto.
Empecé a entrar en confianza con esa mamada, una verga descomunal, muy diferente a las que había conocido, mi putería salió en mi ayuda, sentí que por mi raja bajaban chorros de jugos que inundaban mi vagina y mojaban mi ropa interior, sabía que tenía que estar preparada para guardar esa manguera dentro de mi humanidad, seguía mamando enterrándome esa verga cada vez más, de mis ojos salían lágrimas por la sensación de vómito que sentía cuando Carlos presionaba para enterrarlo más hondo en mi garganta, me recuperaba y volvía a enterrarlo cada vez era más profundo, sin saberlo estaba recibiendo la primera clase de una garganta profunda, una verdadera iniciación.
Esa vergota entraba hasta mi garganta y se quedaba allí por un momento mientras mi respiración aguantaba, mis ojos parecían salirse de sus órbitas, mucha salivación, mocos o fluidos por la nariz, hasta vómito tuve al no controlar esas arcadas.
Carlos ni se inmutaba por eso, apretaba mi nariz para que no respirara y abriera mi boca para tragar aire por ahí, poco a poco él se aprovechaba para hundirla hasta el fondo sin compasión.
“Tienes que tragarla toda, con esa pinta de mamona no puedes fallar, te vas a lucir en esa especialidad con lo tipos que estés en adelante, una especialista en garganta profunda”, eran las órdenes de mi profesor que me enseñaba música y ahora a ser una verdadera mamona de vergas grandes.
Yo tragaba saliva a la par que me metía esa manguera en mi boca y que me llegaba hasta el estómago.
Carlos también me daba instrucciones para que me tranquilizara, que abriera bien la boca, que respirara, que relajara los músculos de mi boca y mi cara, yo trataba de seguir esas indicaciones y de verdad me servían. En fin, era una alumna, pero de otra materia extra curricular, “aprendiendo a mamar profundo”.
No sé cuánto tiempo duró esa acción de meterme esa vergota en mis boca y garganta, ya los músculos de mi cara me dolían, mis mandíbulas estaban como dormidas y me costaba cerrar bien la boca, yo tragaba saliva para volver a normalizar.
“¿Te gustó?” Me preguntaba mi profe Carlos, “así se te abre el entendimiento y aprendes a solfear y sacar a la perfección las notas musicales y hasta podrías pertenecer al coro”, me decía como en tono burlón, de verme tragar saliva.
Yo solo atiné a decirle: “es que esa verga es muy grande, casi no puedo cerrar la boca.”
Me levanté de esa cama, seguramente mi inconsciente me quería sacar de esa habitación, mi profe Carlos se levantó también, me abrazó, nos fundimos en un beso, entre tanto sentía su verga picar contra mi cuerpo, seguramente atravesaba mi cuerpo y su cabeza se asomaba por mi parte de atrás, Carlos me ayudó a desnudar completamente, mis tangas estaban empapadas, mi blusa estaba chorreada de vómito y saliva.
Él también se quitó toda su ropa, pude apreciar su cuerpo musculoso, su fortaleza se apreciaba a simple vista, sentí algo de miedo al ver esa vergota en toda su extensión a pesar de habérmela tragado toda, no sabía si me iba a caber o no dentro de mi rajita que estaba empapada hasta el punto que sus jugos se escurrían por mis piernas, tampoco sabía que más iba a pasar esa tarde.
Estando desnudos totalmente, Carlos me alzó con sus brazos, teniendo una mano en mis nalgas y otra por debajo de mis brazos, mis piernas rodeaban su cintura, mis brazos se agarraron de su cuello, estaba alzada como una bebé en brazos de su padre o madre, miré hacia abajo y pude ver mi chochita con la boca abierta, como si tuviera hambre o lista para ser llenada, sentía cierta tensión al no saber lo que me esperaba en ese momento con ese monstruo y una posición que de chica había conocido con Julián, colgada a su cuello.
Con sus manos Carlos me ayudaba a sostener alzada agarrándome por mis nalgas, con una mano se apoyó para coger esa vergota y la enfiló entre mis labios vaginales, la puso en la entrada mientras yo estaba temblando, se fue enterrando dentro de mi cuerpo, desapareciendo con cada empujón, yo gritaba, me quejaba, de mi garganta salía un grito como un jnp-jnp-jnp, del esfuerzo de recibir esa varilla dentro de mi chochita.
Su cuerpo se inclinó un poco hacia adelante, sus manos las puso una en cada nalga mía, yo seguía colgada a su cuello, me empezaron a mecerme adelante y atrás, yo gemía como una loca, esa verga me llegaba hasta mi nuca con cada golpe de su cadera, se enterraba toda, desapareciendo dentro de mi cuerpo, al igual que sentía como un latigazo en mis nalgas por parte de sus huevas.
No sé cuántos orgasmos tuve en ese momento, no los pude contar por aquella mano de verga que estaba recibiendo, me fui relajando poco a poco, comencé a sentir más agrado, le empecé a coger gusto, comencé a tranquilizarme y permitir que se clavara todo libremente dentro de mí cuerpecito.
Entonces me ayudaba haciendo presión con mis piernas sobre su cintura para que al empujar esa vergota se clavara más profundo y duro en mi humanidad, que no quedara ni un milímetro por fuera, mi vagina también ayudaba y producía jugos de manera interminable eso ayudaba a la lubricación para que entrara con mayor facilidad.
Mi pelvis y mis labios vaginales producían un ruido al golpear contra la pelvis del cuerpo de mi profe Carlos, los líquidos parecía que saltaban pues sonaba como cuando alguien golpea agua en un charco, muchos orgasmos se producían en mi cuerpo ese día, uno tras otro con esa emoción de estar empalada con esa vergota.
De vez en cuando, nuestros labios se trataban de encontrar tratando de encontrar un beso, cosa casi imposible por la intensidad del golpeteo de su verga dentro de mi cuerpo.
Creo que se cansó en esa posición de pies conmigo en sus brazos y se sentó sobre el borde de la cama teniéndome aún enganchada entre sus brazos, su verga permanecía fuerte, clavada dentro de mi humanidad.
Nos acomodamos y siguió el mete y saca en posición de sentado, mis pies se apoyaron en el colchón para ayudarme a levantar para volver a caer sobre esa estaca, sentía que esa vergota llegaba hasta mi estómago o más arriba, me sentía llena, feliz, plena, realizada, nuevamente muchos orgasmos en esa otra posición tuve ese día, ya no quería que eso terminara nunca.
Por momentos Carlos se agarraba de mis piernas ayudándome para levantarlas.
“Me vengo, me vengo” - grito mi profe Carlos.
“Dámela toda, lléname de tu leche”, le gritaba yo mientras seguía cabalgando sin parar.
Entre quejidos y suspiros de mi profe Carlos, sentí que mi canal vagina se inundaba con chorros de leche caliente, la cabeza de su verga se agrandaba varias veces su tamaño, en mis entrañas sentía cada bombazo de semen siendo expulsado por ese tolete de carne magra, él resoplaba, se quejaba y gemía con cada expulsión de semen, se fue calmando y quedando quieto, se dejó caer de para atrás, sus pies quedaron en el piso.
Me le acomodé encima para fundirnos en un beso largo, apasionado, sus manos se agarraron a mi espalda, quedé inmóvil con esa presión.
Cuando se recobró un poco nos acomodamos y dijo: “Qué cosa tan rica, eres sensacional, eres mejor que una prostituta profesional, jamás me imaginé algo así, gracias por este momento”
Me levanté y me acomodé, pude ver su verga durmiendo sobre su pelvis, flácida pero larga, en sus piernas había aún muchos jugos de semen y vaginales, comencé a mamarle esa verga que yacía sin fuerzas, la hacía llegar hasta lo más profundo que podía, ahora sí, sin lastimarme mucho, ya me era como un reto para mí el tragármela toda, la engullía con menos esfuerzo, sus bolas quedaban en mis labios, cuando se volvió a parar me levanté, me dirigí a su boca y allí nos besamos muchas veces, sin asco, sin reproches, eso sí con mucha pasión.
Descansamos una media hora, Carlos dijo: “vamos a ducharnos”.
Nos enjabonamos mutuamente por todos lados de manera muy cariñosa, sonriendo, jugando, muchos besos nos dábamos en ese momento, volvimos a la cama y propuso un sesenta y nueve (69) él se recostó boca arriba, yo me acomodé encima suyo, mis rodillas rodeaban su cabeza por los lados, mi cabeza se inclinó hacia su verga que en ese momento parecía dormir, en ese momento esa verga era igual en tamaño a la de mi padre cuando éste la tenía bien erecta.
Sentí sus labios en mis labios vaginales, también su lengua meterse en mis entrañas, sus manos abrían mis nalgas de par en par, metía también dos o tres dedos a manera de miembro en modo de meter y sacar rápidamente, su lengua lamía mis piernas, nalgas, culito y todo lo que tenía a su alcance.
Comencé a meterme esa vergota en mi boca, lo hacía chupando con fuerza forzando a que se levantara a trabajar nuevamente, mi vagina producía muchos jugos apoyada por los orgasmos que llegaba uno detrás de otro, sentía en mi interior que me estaba quemando por el calor que producía, feliz temblaba del sinfín de emociones que estaba sintiendo en ese momento.
Por momentos sentía uno de sus dedos acariciar mi culito, la yema de sus dedos se trataba de enterrar en ese orificio, no podía protestar en ese momento, tampoco se me pasó por la cabeza el hacerlo, pronto eran dos dedos que trataban de entrar.
Estuvo nuevamente firme esa vergota, Carlos no dejaba de lamer mi vagina, mi ano era explorado con sus dedos y su lengua, de vez en cuando metía una o dos falanges en ese hoyito, me levanté y me senté encima de esa vergota erecta quedando frente a frente, comencé a cabalgar y enterrarme toda esa manguera dentro de mi humanidad.
“Qué puta eres, sabes coger bien rico”, me decía Carlos.
“Con esta herramienta tan buena se vale el esfuerzo”, le contestaba yo con una sonrisa casi permanente.
Me hizo cambiar para ponerme en cuatro patas y comenzó a atacarme con ese fusil, en esa posición, mis entrañas me dolían con cada embiste por lo que opté por sentarme pues sentía mucho dolor.
“Quiero probar ese culito”, me propuso mi profe Carlos.
“Cómo se te ocurre, me quieres matar con esa vergota ¿o qué?, le dije asustada.
“Tranquila que tengo la solución”, dijo mi profe Carlos.
Sacó un tarrito con algo que dijo era lubricante anal, que lo adormecía todo como una anestesia, me dejé convencer, me lo untó todo en mi colita, me lo frotaba en mis esfínteres con un dedo, luego dos, eso se sentía algo frío, pero me fue relajando, se lo volví a mamar para que se parara nuevamente, me acomodó su cabecita en mi ojete del culo, empujó con suavidad su vergota comenzando el mete y saca de su cabecita en ese canal anal, sentía una sensación de estar en el baño como con estreñimiento, sin embargo, no podía desengancharme de ese ataque ni de esos embistes, mis ojos parecían brotarse cuando esa vergota entraba en mis intestinos, las manos de mi profe Carlos se apoyaban en mis caderas, yo trataba más bien de disfrutarlo de la mejor forma, como la gran puta en que me había convertido ya.
Al rato de estar trabajando en ese agujero con un vaivén rítmico constante, sentí que aumentaba la velocidad y la fuerza, sus quejidos me hacían saber que estaba eyaculando dentro de mi culito, se quedó quieto un momento, volvió a acostarse boca arriba mientras nos abrazábamos y nos besábamos sin tregua.
“¿Te gustó? Me preguntó mi profe Carlos.
“Claro que sí, creí que no era capaz de tragarme esa vergota, pero me di maña de hacerlo, tampoco me creí capaz de que me la aguantara en el culo, porque jamás había visto o tenido un miembro de esas proporciones”, le dije orgullosa de mi hazaña.
¿A ti te gustó? Pregunté con miedo a la respuesta.
“Es el mejor polvo que he tenido en mi vida, tienes una chocha muy deliciosa, me acordaba de cuando me comía una burra que tenía un vecino allá en la costa”
“¿Qué cosas dices, que hacías qué?, le interrumpí.
“Allá eso es normal, casi todos los hombres le entregamos la virginidad a una burra, las llamamos María casquitos de cariño”, “pero fresca, también tenga por seguro que tendrás una buena nota durante todo el año, también espero que vuelvas a venir a hacerlo conmigo, yo te voy a consentir, te voy a dar dinero, eso sí con silencio total ya que me pueden echar a la cárcel o echarme del colegio”, me dijo con cierta timidez.
“Tranquilo mi rey”, “por mi parte soy una tumba en ese sentido, tú me cumples y yo te cumplo en todo” le dije con seguridad.
“¿También mis fantasías sexuales? Me preguntó con una risa burlona.
“Jajaja, también, pero eso es otro cuento y depende”, “luego lo hablamos”, “ya me voy, está bien tarde” “por ahora solo nosotros dos” le dije, dejando la fantasía en el aire e inconclusa.
Nos aseamos, nos arreglamos y salimos nuevamente en su carro, me llevó cerca de mi casa, allí me dejó feliz, dichosa, encantada, con unos cuantos billetes en mi poder; cené, me empijamé y quedé lista para descansar y dormir, siguiendo mi vida normal, ya mi hermano mayor estaba en el ejército y mi papá estaba de turno, así que no había más faena por ese día.
Carlos cumplió todo, dinero me daba todas las semanas, bonos de ropa, buenas notas en su materia, me cuidaba como a la niña de sus ojos, nos encontrábamos en su apartamento cada semana para repetir esas tardes de sexo y placer sin límites, un buen día me propuso un trío con un amigo suyo, que me pagaría bien ese momento, como una extra, le dije que lo pensaría, pero en el fondo ya sabía que aceptaría, pero no quería ser tan evidente, esa será otra de mis historias que iré contando.
Aquí termina otra historia real de mi vida, de mi putería y que me queda como anécdota para mi vejez, para recordar que toda mi vida la pasé disfrutando de mi sexo, el que me fue enseñado desde temprana edad.
Si te gusta mi historia, deja tu voto o comenta algo, trataré de responder todos. no estoy buscando nuevas parejas, estoy tratando de copartir mis vivencias y no he hallado mejor canal que este.
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