Xtories

Zorras de despedida de soltera (3 de 4)

Sabe que su esposo duerme en la misma casa. Sabe que Leo es un riesgo calculado. Pero cuando el alcohol y la mirada de él se cruzan en medio de la fiesta, la discreción se rinde ante el deseo crudo.

XimIkrad21K vistas9.4· 33 votos

En la casa, las copas se siguen llenando y vaciando como si nadie recordara que el hígado existe. La euforia no ha bajado ni medio escalón. Si acaso, sube. Como el volumen, como el calor. Y, sorprendentemente, Paula ya no parece la misma que hace nada lloraba en la planta de arriba, convencida de ser la peor novia de Europa.

Ahora ríe. Radiante. Las mejillas encendidas. El escote más bajo que antes. Otra copa en la mano, y el rastro de lo que hizo aún flotando entre nosotras.

—En serio… —murmura, agitando el vaso, con los ojos brillando de alcohol—. No sé cómo me dejé llevar tanto…

Le doy un trago al mío y arqueo una ceja.

—Cariño, ¿has visto cómo te miran todas? —Me acerco, bajando la voz—. Te han aplaudido como si hubieras inventado el orgasmo.

Paula se tapa la cara entre risas. Le tiembla el vaso.

—Me da tanta vergüenza…

—¿Vergüenza? Te has tragado medio mito erótico y lo has hecho sonriendo. Te lo has pasado de puta madre. Punto.

Ella muerde el borde del vaso y sonríe. No dice nada. Pero lo piensa.

—Sí… —suelta por fin—, pero sigo sin creerme que lo haya hecho.

—Créetelo. Y créete que ahora eres la jodida reina del grupo. Todas quieren ser tú. Aunque sea por una noche.

Ella ríe más fuerte, levanta su copa y brinda conmigo. Y mientras choca el cristal, sus ojos brillan con esa chispa que solo tienen las que han cruzado una línea... y se han quedado al otro lado.

Todo parece volver a su cauce. O al menos hasta que el móvil vibra en mi mano.

El cosquilleo en la nuca me dice que es mi marido. Dejo la copa sobre la mesa y desbloqueo la pantalla, ya mentalizándome para otro interrogatorio.

Pero no es él. Es un número desconocido. Un mensaje. Entrecierro los ojos al abrirlo. Leo."Hemos empezado con mal pie. Cuando llegue, nos tomamos algo y hablamos como personas."

Mentiroso.

Aprieto los puños. Me tenso como un arco, con esa mirada suya clavada en la nuca.

Esa forma de hablarme como si ya supiera lo que hay entre mis piernas. Como si mi cuerpo fuera suyo antes incluso de tocarlo.

Mi pecho sube y baja más rápido. El recuerdo del stripper todavía se pasea por mi entrepierna. Y este mensaje solo aviva la quemazón.

Aun así, le respondo, aunque no debería.

"¿Viniendo de ti? Lo dudo mucho…"

Doble check azul. Sonrío. Maldita sea. Sonrío sin querer.

Sé que le estoy dando juego. Sé que debería dejarlo ahí, hacerle ghosting y pasar de su cara.

Pero ha dicho que se va a portar bien. Y algo en mí quiere comprobar si sabe mentir.

El siguiente mensaje aparece rápido.

"Una copa. No te pido más."

Lo miro un rato. La pantalla brilla. Mi reflejo me devuelve una mueca entre el fastidio y las ganas. Una gota de sudor resbala lento por mi escote, aunque seguro que es por el calor infernal.

Es solo una copa. Solo una. Me repito eso mientras mis dedos lanzan mi respuesta.

"Solo una. Y si intentas algo raro, te reviento la botella en la cabeza."

Dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa. El estómago me hace un nudo, de esos que no avisan si son ganas… o advertencia.

Un delicioso escalofrío me sube por los muslos. Y entonces me lo pregunto, sin convicción:

¿Qué es lo peor que puede pasar?

——————————————————————————————————————————

El ambiente está descontrolado. El alcohol fluye sin tregua, la música revienta las paredes, y la piscina se ha convertido en un hervidero de cuerpos mojados y risas afiladas.

Algunos chicos se han metido en calzoncillos, salpicándose como críos ebrios. Varias chicas chillan desde el borde, con los pies en el agua y la ropa empapada pegada al cuerpo. Unas pocas, ya sin camiseta, se exhiben sin problema. Ninguna lleva sujetador. Los pezones duros y marcados no parecen molestar a nadie.

Yo me mantengo al margen.

Desde el porche, recostada en una butaca y con la copa en la mano, observo el caos con una mezcla de cansancio y… otra cosa. El aire es húmedo, espeso, con olor a cloro, perfume y algo más. Algo corporal. Todo vibra. Todo está demasiado vivo.

Y entonces, alguien me habla.

—Así que huyendo de la fiesta. ¿No teníamos una conversación pendiente tú y yo?

La voz grave me saca del trance. No necesito girarme. Lo noto. Lo siento en la piel. Lo huelo.

Leo se deja caer a mi lado con esa expresión de “me la suda todo”, dejando su copa sobre la mesa con un tintineo suave. Lleva la camisa abierta, los músculos tensos, el pelo mojado y revuelto.

—No estoy huyendo —respondo, bebiendo del mojito que Clara me acaba de dejar—. Estoy tomando aire.

—Claro. —Se inclina, bajando la voz—. Las chicas buenas no huyen. Solo se escapan cuando nadie las mira.

Me río, sin quererlo.

—Y los gilipollas como tú… ¿descansáis alguna vez?

Él también se ríe. Es un sonido bajo, grave y sucio. Me atraviesa las entrañas.

—Solo cuando me lo piden muy bien.

Dejo que la frase flote entre nosotros, como si no importara. Pero claro que importa.

—¿Y qué? —pregunto, cambiando de tema como si de verdad me interesara—. ¿Tú también eres de Barcelona?

—Molins de Rei. Pero me paso el día en el centro. Curro por ahí. Apenas paro en casa.

—Mira tú qué importante.

Leo sonríe. Esa sonrisa que da rabia y ganas. Seguimos hablando. Del trabajo. De lo asqueroso que es el verano en la ciudad. De viajes. De fiestas que no debieron acabar bien… pero lo hicieron.

Y entonces me sorprendo, porque me estoy riendo de verdad. No es forzado, no es cortesía. Es auténtico. Y lo peor: por un momento, parece que este capullo hasta es majo.

—¿Haces mucho ejercicio? —pregunto sin pensarlo, o porque el cuerpo me traiciona antes que la boca.

—¿Por qué lo dices?

—Salta a la vista —respondo, bajando la mirada por su torso. La camisa abierta no oculta nada.

Se ríe con ese gesto chulo que dan ganas de arañar. Se mira el cuerpo como si fuera un premio y se sacude los hombros de manera teatral, como quitándose polvo invisible.

—Bueno… hay que estar fuerte. Ágil. Un poco de gym, algo de fútbol…

La música sube. Tanto que el suelo parece vibrar. Si tuviéramos vecinos, ya estaríamos fichadas por la policía.

—¿Qué? —No le oigo bien. Me inclino para acercarme. El pecho se me roza contra su brazo sin querer.

O queriendo.

Me acerco de manera involuntaria, restregando mi pecho contra su brazo.

—Que me gusta mantenerme en forma —repite, y sin aviso me agarra la mano y la pone en su pecho—. Toca.

El calor me trepa por la palma. Su piel arde. El músculo, duro como una piedra. Aprieto un poco. No sé por qué. O sí. No sé qué me está pasando.

Cuando intento apartarme, ya es tarde. Nuestros ojos se cruzan. Saltan chispas. Tantas que podríamos incendiar la casa.

—¿Ves? —dice con un susurro grave—. Esto no se consigue viendo series.—Ya… pero no hacía falta que me tocaras.

—¿Y perder la excusa perfecta para tocar semejante mujer? Ni loco. Además, tú te has pegado primero.

Leo es sorprendentemente fácil de tratar cuando no va con el ego por delante. Y para qué engañarme… está funcionando. Me lo estoy pasando bien. Así que dejo pasar lo del roce, lo de la mano, lo de todo. No le doy importancia. Seguimos hablando como si nada. Solo que más cerca. Más juntos. Más peligrosamente cómodos.

—Así que viniste un día antes que tus amigos para preparar algunas cosas —comento, fingiendo desinterés mientras bebo otro sorbo.

—Digamos que… me gusta dejar todo listo antes de la acción.

—¿La acción? —alzo una ceja, ya oliéndome algo.

—Bueno, tú estabas allí, ¿no? —responde con esa cara de no haber roto un plato—. Me viste “preparando cosas”.

—¿Preparando cosas… o metiéndole mano a una rubia con tetas de plástico?

El muy descarado suelta una carcajada, sin vergüenza alguna.

—Qué va. Eso fue solo el calentamiento.

—Qué romántico —respondo, poniendo los ojos en blanco.

—No soy de corazones —dice, inclinándose todavía más, lento, hasta que su boca roza mi oreja. Y entonces musita unas palabras, cargadas de algo caliente que no es solo el aliento—. Pero sí de intensidad.

Me aparto un poco. Me cruzo de brazos y finjo que no me afecta. Que no me estoy dejando llevar. Aunque mis pezones amenacen con atravesar la camiseta como balas.

—Lo que hiciste estuvo fatal —murmuro, mirando su copa para no mirarlo a él—. Hacer algo así en medio de un bar… ¿tú te crees que eso es normal?

Él ni parpadea. Ni se disculpa. Me mira con esa expresión suya que mezcla desafío con diversión.

—A mí me pareció que no perdías detalle —dice, tranquilo—. De hecho, juraría que lo estabas disfrutando. Te quedaste mirándome mientras le metía los dedos hasta el fondo.

No contesto. Aparto la vista. Porque no sé qué responder. Porque le miré, sí. Porque aún lo tengo grabado en la cabeza, aunque me dé asco admitirlo.

Entonces, sin aviso, estira el brazo y me pellizca la punta de la nariz.

—Me encanta cómo se te arruga cuando te pones roja… —sonríe, ladeando la cabeza—. Se te marcan los hoyuelos. Te cabreas y te vuelves aún más sexy.

Buff. Encima lo dice como si fuera adorable. Como si tuviera gracia. Como si no acabara de darme en la boca con su arrogancia… y encima con una sonrisa. Y lo peor es que funciona. Sin darme cuenta, empiezo a olvidarme de por qué se suponía que me caía mal.

Tiene esa forma natural de hablar, desvergonzada, como si no le importara nada. Y aunque lo odio un poco por eso… también lo disfruto. Me gusta esta conversación con veneno y chispa. Este picante que no sentía desde hace años.

El problema es que él lo sabe. Sabe que me gusta. Y lo aprovecha.

No soy idiota. Solo que… empiezo a no querer resistirme.

Un grupo de chicos y chicas nos arrastra a empujones hacia el centro del porche, donde han improvisado una pista de baile frente a la piscina. Las luces se reflejan sobre el agua, y el aire cálido parece cargado de electricidad.

Leo se mueve cerca. Demasiado.

Cada roce suyo parece inocente… pero no lo es. Lo noto en la lentitud de su brazo al rozarme. En cómo su pierna se desliza junto a la mía, invadiendo mi espacio como quien tantea sin pedir permiso. En su cadera, que al girarse, choca con la mía. Una fricción mínima. Precisa. Justo donde quema.

Y yo… no me aparto. No me inmuto.

Será el alcohol. O el aire cargado. O que, sencillamente, me apetece divertirme y me importa una mierda todo lo demás.

Y justo entonces, suena esa canción. La canción. Una de las últimas de Bad Bunny. Ritmo lento, pegajoso, puro veneno en las caderas.

Latino. Sucio. De los que no se bailan: se sudan. Se jadean. Se follan con ropa.

Y me dejo llevar. Como una puta poseída por el beat. El cuerpo me responde solo. Piernas, cintura, culo. Todo se mueve como si lo hubiera estado esperando.

—¿Esta te gusta? —pregunta él, justo cuando suena “Sigue bailando mami, que ya te estoy midiendo el ritmo, no parece Leo ni escorpio…”

—Me encanta —respondo con los ojos cerrados. Y ya quiero tragarme la lengua. Porque lo ha oído todo. Y lo ha entendido mejor que yo.

Al abrir los ojos, sus pupilas esmeraldas chispean bajo la luz del porche. No me mira. Me desviste. Como si pudiera ver el sudor, la tela pegada y lo que hay detrás de mis ganas.

—Entonces déjate llevar —dice, y empieza a moverse. Pegado. Muy pegado.

Se restriega contra mí con ese ritmo obsceno. El mismo de la canción. El mismo que me hace cerrar los ojos y apoyar la frente en su hombro un segundo, solo para respirar sin gemir.

—¿Así, sin más? —pregunto, pero mi entrepierna ya se roza contra su pierna. Cachonda y descarada. Me muevo contra él como si fuera un rascador. Y yo, un animal buscando alivio.

Estoy flotando. En una nube espesa y caliente. Su cuerpo pegado al mío, nuestras caras demasiado cerca. Su aliento me roza la boca.

—¿Necesitas una nota firmada de tu marido para mover las caderas con otro?

Su voz me muerde. Sus manos ya están en mi cintura. La frase me atraviesa. Justo donde ya estoy abierta.

—Estás fatal —digo. Pero ya me he dado la vuelta.

Y le bailo. Le perreo. Le muevo el culo como no lo hacía desde hace años. Lo noto duro detrás, bien colocado, respondiendo sin palabras.

Y yo no paro.

Porque no quiero. Porque hace mucho que nadie me mira así… y mucho más que nadie me baila así.

——————————————————————————————————————————

Desde el primer contacto, se nota. Su cuerpo. Su calor. Su dureza.

Se me pega contra mí de forma descarada. Caderas firmes, guiando el ritmo como si supiera de memoria qué movimientos desarman a una mujer. Y joder… lo consigue.

Al principio parece un juego. Una mano en la cintura. Un roce aquí, otro allá. Pero la música le da permiso. Para más. Para empujar con la pelvis justo donde no debe. Justo donde me estremezco. Y poco a poco nos vamos retirando a un lateral.

Su aliento roza mi cuello. Está ardiendo. Y yo… también. Como una imbécil.

Quiero apartarme. Debería.

No lo hago.

Doy un paso adelante, para separarme, y él lo convierte en un giro que me deja de nuevo frente a él, pegada y atrapada. Con su mirada ardiente clavada en la mía.

—Bailas bien —dice, sintiendo que ya ha ganado medio juego.

—Tú tampoco lo haces mal —respondo, entre dientes, tragándome el calor que me sube por todo el cuerpo.

Alguien tropieza con nosotros y él se aprovecha. Se arrima más. Me agarra una nalga con fuerza, sin rodeos. El apretón es descarado y directo. Me saca un respingo. Y un jadeo.

—Puedo moverme mucho mejor…

Y entonces toma mi mano con una seguridad que roza lo asqueroso… y me la baja.

Me la planta sobre su polla.

Mis dedos lo sienten: macizo, largo, palpitando como si tuviera vida propia. El pantalón fino casi respira, se mueve con él, como si no pudiera contenerlo del todo. Le miro directa a los ojos. Sin mover la mano de su bragueta.

—Vamos, guapa —musita, mordisqueándome el oído, y yo me estremezo—. No me digas que ahora te asustas.

Podría soltarlo. Podría hacerme la digna. Podría.

—Eres demasiado chulito… Te piensas que soy una cría. Pero conmigo no tienes ni para empezar, chaval.

Pero no hago ninguna de ellas. Al contrario. Lo manoseo.

Primero con delicadeza. Explorando. Midiéndolo. Luego más firme. Palmo a palmo. De arriba abajo, presionando donde sé que se le va a escapar el aire. Y se le escapa. Siento cómo se le endurece bajo mi tacto. Cómo le cambia la respiración. Cómo la tela ya no disimula nada.

Porque esa cosa enorme que se le marca me hace tragar saliva.

Y entonces, él responde.

Su mano baja. Me presiona por encima del pantaloncito y se posa sobre mi coño. Comienza una fricción deliciosa, subiendo y bajando. Fuerte. Retomando ese ritmo sucio de antes. Como si me estuviera devolviendo el favor. Como si fuera lo lógico. Lo justo.

—Eh —le suelto, entre jadeo y reproche fingido—. ¿Qué coño haces?

Se ríe. Y eso solo le anima más. Sus dedos se mueven con más intención, más presión, más ritmo. El aire empieza a escaparse de mis pulmones. La cabeza me zumba. La mirada se me nubla.

—¿Tú puedes tocarme y yo no? Qué injusta eres, Rebe…

Aprovecha su enorme cuerpo para taparme y desliza la mano por dentro de los shorts. Su dedo se hunde contra mi pepitilla. Me estremezco. Mucho. Tanto que me agarro con la mano que tengo libre a su brazo.

Doy gracias a su corpulencia. Nadie ve. Nadie oye. Y entonces desliza la mano dentro de mis shorts. Encuentra mi clítoris sin buscar demasiado.

Y me deshago en placer. En serio. Se me doblan las piernas y me agarro a su brazo con la otra mano, porque si no, me caigo. No es justo. No es razonable. Pero no le aparto la mano.

—Eres un cerdo —susurro, con la voz ahogada y caliente.

—Y tú estás mojada.

No sé si se refiere a mis bragas o a mis labios. Tal vez a los dos.

Seguimos bailando. Si a esto se le puede llamar bailar. Su polla, dura como una barra de acero, sigue bajo mi palma. Su mano, frotándome el coño de manera ruda y descarnada, cerca de un montón de personas. La música nos esconde. La oscuridad nos tapa.

Yo sigo. Lo acaricio. Le marco el contorno. Lo noto tensarse, crecer más, endurecerse hasta que noto toda la forma dibujada en el tejano. Su pecho sube y baja. Como si ya se contuviera.

—Esto no cambia nada —susurro, clavándole la mirada.

—Lo sé —responde, sin parpadear—. Pero no dirás lo mismo cuando te esté follando esta noche… y supliques que no pare.

Aprieto con más fuerza. Le pajeo por encima del vaquero con rabia. Leo gruñe sin poder controlarse.

—Como sigas así… me voy a correr en estos putos pantalones.

Mi clítoris late. Duele. Estoy empapada. El roce me calienta más que cualquier polvo reciente. Solo por el morbo. Por el descaro de este cabrón que ni siquiera se ha ganado el derecho a tocarme así.

Y, sin embargo…

Me aparto. De golpe. Como si me arrancara de él a la fuerza.

—Eso no va a pasar —le dedico una sonrisa torcida y me doy media vuelta.

Pero justo antes de entrar en casa, lo escucho a mi espalda, frustrado:

—Calientapollas…

Me detengo.

Giro la cabeza, relamiéndome los labios. La mirada que le lanzo podría congelar el infierno. Pero él solo sonríe. Chulo y empalmado. El bulto en su entrepierna es brutal. A punto de reventar.

Lo recorro con los ojos. De arriba abajo. Me detengo ahí. Donde lo he tenido. Donde lo he tocado. En ese rabo duro que le he pajeado sin ningún apuro. Y le devuelvo la sonrisa cínica, cruel y deliciosa.

—Te lo tienes merecido, por creído.

Y cierro la puerta.

Dentro el aire está más frío. Pero ya da igual. El fuego está en mí. Y no hay cómo apagarlo.

——————————————————————————————————————————

Dentro de la casa todo me da vueltas. El ambiente se ha vuelto más espeso, más peligroso. Pero no pienso en nada de lo que acabo de hacer. Me obligo a caminar hacia la cocina.

Clara está dentro, inclinada sobre la encimera con uno de los chicos. Se ríen mientras pegan papelitos bajo los vasos. Parece que intenta coquetear con él, aunque, por la cara del muchacho, no creo que vaya a sacar mucho.

—¿Qué estáis haciendo? —pregunto, medio divertida al darme cuenta de que no es lo que pensaba.

Clara gira con su sonrisa más pérfida.

—Nada que una niña buena como tú deba ver.

—Venga, va. Cuéntame.

Alargo la mano para coger un vaso, pero ella me lo arrebata justo antes de que lo toque. El golpe en los nudillos me recuerda a los que me soltaba el profesor de matemáticas en primaria, cuando no me sabía las tablas.

—Ni hablar. Fuera de aquí.

Me da la vuelta, me suelta un manotazo en el culo y me empuja de nuevo hacia el salón, riéndose como una bruja. Mala señal. Cuando Clara se pone misteriosa, es que se viene algo gordo.

Resoplo y me dejo caer al lado de Paula, que ya se ha rendido a la noche y al alcohol.

—¿Qué traman ahí dentro?

—Ni idea —le digo, robándole un sorbo de su bebida—, pero conociéndola... nada bueno.

No pasan ni cinco minutos cuando nuestra estimada amiga aparece otra vez, triunfante, con varias bandejas de chupitos como si presentara trofeos sagrados. A su lado, el mismo chico, con cara de esbirro fiel.

—¡Atención, golfas y golfos! —grita por toda la casa, hasta plantarse en medio del porche—. ¡Ruleta rusa de chupitos con sorpresa! Vamos a asegurarnos de que esta noche nadie se atreva a casarse tranquilo.

Los gritos estallan al instante. Aplausos, silbidos. La gente aúlla de emoción y la tensión se dispara. Clara coloca las bandejas en la mesa con cuidado de maestra de ceremonias.

—Debajo de algunos hay retos. Otros están vacíos. Suerte... o castigo.

El juego arranca. Chupito tras chupito. Algunos se salvan. Otros no tienen tanta suerte. Stripteases inversos, besos en el cuello, imitaciones de orgasmos, bailes sobre la mesa. Las chicas se desmadran. Los chicos se envalentonan. Todo se vuelve más ridículo… y más caliente.

Hasta que llega a uno y lo alza con especial rintintín, como si acabara de pescar un tesoro. O un bocadillo de mortadela siendo ella.

—Este… este tiene algo especial —dice, paseando la mirada por todas nosotras—. ¿Quién será la afortunada?

Hace una pausa. Dramática. Sonríe como si fuera a anunciar el nombre del ganador de Supervivientes.

—¡Rebeca! —grita de golpe, señalándome como si acabara de elegirme para un sacrificio azteca.

Mierda. Mierda. Mierda.

Camino despacio hasta la mesa. No sirve de nada pensarlo demasiado. Agarro el vaso, me lo bebo de un trago... y entonces descubro el reto que se esconde debajo.

—"Baila para alguien como si quisieras llevártelo a la cama."

Los cuchicheos son inmediatos, seguidos de piropos. Y, por supuesto, la frase de fondo:

—¡Ya sabemos para quién va a ser!

Justo entonces, alguien pone música. El bajo retumba por toda la casa. Bad Gyal empieza a sonar con esa voz sucia y empapada de ganas. Perreo sucio, sucio de verdad. Más que antes. La atmósfera cambia al instante. Como si alguien hubiera destapado una botella de feromonas.

Antes de decidir qué hacer, me echo otro chupito. Sin pensar. Sin mirar lo que hay debajo. Sin hacer caso a Clara, que ya me echa la bronca desde el otro lado de la mesa. El alcohol me abrasa la garganta como fuego líquido. Parpadeo un par de veces. Bien. Mejor. Lo necesito.

Busco su mirada.

Leo está apoyado contra una de las columnas del porche, copa en mano, con esa sonrisa de lobo estampada en la cara. Me observa como si supiera exactamente lo que voy a hacer.

¿Quieres show? Pues lo vas a tener, cabrón.

Empiezo a caminar hacia él. Lenta. Cadera suelta. Hombros relajados. Como si no me pesara el mundo. Como si no me importara que todos me estén mirando. Como si no me importara parecer una golfa.

Pero no es a él a quien voy, sino a uno de sus amigos. El primero que tengo a tiro: rubito, joven, nervioso. Le dedico una sonrisa que hace que se le dibuje cara de bobalicón pero para mi no significa nada. Porque en realidad, cada paso, cada gesto, cada movimiento... es para provocar a otro.

Me acerco al chico. Le cojo las manos y las coloco sobre mis muslos. No digo nada. Solo empiezo a moverme. Las caderas hacen el resto. Él se queda quieto, sin saber muy bien qué hacer con tanto. Pero me da igual. Sonríe como un idiota, seguro de que le ha tocado la lotería.

Mis manos recorren mi cuerpo. Suben por los muslos y arrastran las suyas conmigo, guiándolas mientras le digo que se deje llevar. Le aprieto los dedos contra mi piel, los enredo en mi cintura, los llevo hasta mis pechos marcados bajo la camiseta, empapada de sudor. Los pezones, duros como piedras, piden guerra. Me doy la vuelta. Bajo despacio. El trasero encaja justo contra su entrepierna. Me muevo sin pausa. Lo provoco. Lo exprimo. Y él... solo puede seguir el ritmo.

Le tomo las manos al chico y se las llevo a mi culo. Las coloco donde deben estar. Donde sé que los ojos de Leo no han dejado de mirar desde que empecé. No lo miro aún, pero lo siento. Sé que está ahí. Muriéndose de la envidia.

—No te asustes —le susurro al oído al chico de forma melosa, mientras mis caderas siguen marcando el ritmo—. Solo juega. Tócame como si supieras lo que haces. Como si yo fuera tuya.

Él traga saliva y me obedece. Me agarra. Aprieta. Se deja arrastrar por el juego sin entender que él no importa. Que no es a él a quien provoco. Yo me restriego con ganas, me muevo como si el mundo se acabara ahí mismo, como si me lo fuera a tirar delante de todos. Pero en realidad, solo hay una polla que me importa. La que me observa desde lejos. La que no toco, pero ya lo he hecho.

Él me suelta un azote. Rápido. Tímido. Como con miedo. Pero me da igual.

Él me suelta un azote. El golpe se escucha por encima de la música, y me arde la nalga. Borracho como va, ya no se corta. Me agarra con más descaro, como si se creyera con derecho. No me lo espero. Doy un respingo, pero no me importa, porque yo gimo. Gimo como si me hubiera provocado un orgasmo. Un gemido que podría levantar a un muerto... y empalmarlo en el acto.

Me agacho. Muy despacio. Siento las miradas clavadas en mi piel, el calor apretando por todos lados, la música ahogándome como una ola densa. Subo rozando su torso con el mío, serpenteando, pegándome hasta que no queda aire entre nosotros. Juego con el borde del short. Lo bajo lo justo. Dejo que se asomen las braguitas. Brillantes. Mojadas. Muy mojadas. Y no es por él.

Me acerco al oído del chico. Y suelto la frase con voz clara, alta, bien calculada, para que todos —y sobre todo uno— la escuchen:

—¿Te gusta ver cómo lo hago? Pues no quieras saber cómo es sin nadie delante.

Cuando me alejo, el chico está rojo como un tomate… y con una visible erección. Yo me recoloco el short y regreso al grupo, mientras las ovaciones me envuelven.

Clara alza los brazos como si fuera la presentadora de un circo barato, continuando con su ridículo teatrillo. Da una vuelta sobre sí misma, alargando el suspense más de la cuenta, y canta el nombre con dramatismo exacerbado:

—¡Leooo!

Por supuesto. Qué cliché. Tengo la mejor amiga del mundo, gracias.

Él se separa de la columna, el vaso aún en la mano. Se acerca a la bandeja, elige un chupito sin mirar, como si ya supiera lo que viene.

Bebe. Se relame los labios, y saca un papel. Clara lo coge y lo lee con dramatismo:

—"Susurra al oído de alguien del grupo lo más sucio que le harías si nadie estuviera mirando. Pero en voz alta"

No vacila. Se planta frente a mí. Me agarra por la cintura, con esa fuerza que avisa sin apretar. Como si ya me tuviera. Como si todo esto fuera una simple cuenta regresiva. Su boca se acerca a mi oído y entonces lo suelta. Crudo y sin pausa. Sin dejar hueco para respirar.

—Si crees que el espectáculo de mierda que has hecho me ha provocado… —su voz se clava en mi oído—, tienes razón. Lo has conseguido.

Hace una pausa. Corta y letal. Y bajo la mirada de todo el mundo siente que es sincero conmigo.

Lo dice alto y claro. Lo bastante fuerte para que todos lo escuchen.

—Te pienso poner a cuatro patas con las bragas puestas, solo corridas a un lado. Te la voy a meter tan hondo que no vas a saber si te estás corriendo o te estás desmayando. Y no voy a parar. No hasta que me pidas que lo haga. Hasta que me supliques que no pare. Hasta que ruegues que te siga rellenando.

Su palabras son corrosivas. Me roza el cuello. Me lo quema.

—Porque tú no quieres ternura, Rebe… tú quieres que te follen como la perra caliente y guarra que eres.

Cada palabra me raspa la piel. Me la deja en carne viva. Como la hendidura entre mis piernas. Como todo mi cuerpo ahora mismo.

—Te agarraré del pelo mientras te empotro contra la pared. Te voy a usar hasta que no puedas mantenerte en pie. Y vas a correrte gritando mi nombre, no porque quieras… sino porque no vas a poder evitarlo.

Se calla. Un segundo. Tal vez dos. Pero me parecen años.

Y entonces me remata. Sin cambiar la cadencia. Sin suavizar nada de lo que sale por su sucia boca.

—Voy a follarte de una forma tan cerda que ni siquiera con tu maridito te has atrevido.

No hay broma en su tono. Ni una sola. Es una promesa. Un anticipo de algo que ya está decidido.

Se aparta apenas. Lo justo para mirarme. Me clava los ojos con esa calma suya que quema más que el fuego. Con una expresión segura. Como si el siguiente paso ya estuviera escrito en piedra.

Yo no me muevo. Me tiembla todo. El corazón va a reventarme. Las piernas flojean. Y el coño… el coño está completamente inundado y desesperado. Porque ese cabrón habla como si ya supiera cómo voy a gritar.

Todo el mundo se ha quedado en silencio tras lo que ha dicho. La risa, los comentarios, incluso la música parece quedar en segundo plano. Todos expectantes. Esperando mi reacción como si esto fuera un duelo.

Pero no le pienso dar la última palabra.

Me acerco. No me echo atrás. Lo miro como si ya supiera el final del juego. Me inclino, rozando su oreja con los labios, dejando que mi voz —alta, clara, cargada de veneno— le atraviese el orgullo justo donde más duele:

—Mucho ladrar, Leo… pero no creo que sepas morder.

Nos quedamos así. Pegados. Conteniéndonos. Dos animales al borde. Sudados y empapados. Jugando con fuego. Con la ropa aún puesta y las ganas a punto de romperlo todo.

——————————————————————————————————————————

Los retos siguen. Cada vez más subidos de tono. Pero a mí ya me da igual. La noche ha cruzado ese punto sin retorno en el que todo se descontrola y ya no importa.

Me río por inercia, aunque ya no escucho lo que dicen. Me arde la garganta de tanto alcohol. La vejiga me va a estallar.

Necesito ir al baño. Solo eso. Entonces, noto una mirada por el rabillo del ojo.

Entro en la casa, cruzo el salón con paso rápido. Siento unos ojos clavados en mi espalda, y no quiero comprobar si me sigue. No quiero… pero lo deseo.

Subo las escaleras. Las luces están tenues. La planta de arriba en penumbra. Las voces quedan atrás, como si la casa entera exhalara otro aire aquí arriba. Más denso. Más caliente. Más peligroso.

Llego al baño, empujo la puerta. Está vacía. Entro, pero no la cierro del todo. Me bajo la ropa interior y suelto un chorro capaz de llenar una piscina. La cordura me vuelve a cuentagotas, y aun así, no puedo dejar de mirar hacia abajo: las bragas empapadas, pegadas, calientes. He jugado demasiado. Es hora de parar.

Tiro de la cadena y me arreglo la cara como puedo, echándome agua para despertarme. Cuando me estoy aclarando, el crujido del escalón lo delata.

Tiro de la cadena. Me acerco al lavabo. Me echo agua a la cara, como si eso pudiera borrarme el temblor. Y entonces, el escalón cruje.

No hace falta girarme. Lo veo en el espejo. Su reflejo aparece detrás del mío. Apoyado en el marco. La media sonrisa clavada en la cara. No dice nada. No entra. No necesita hacerlo.

—¿Te has perdido? —pregunto, sin girarme del todo. Mi voz suena más ronca de lo que esperaba.

—No. Buscaba las habitaciones —responde, de esa forma grave que me recorre la espalda como una caricia sucia—. Tengo una cosa pendiente contigo.

Me acerco, tambaleándome, hasta quedar a su altura.

—No hay nada pendiente —le clavo un dedo en el pecho. Firme, o eso intento, pero ni yo me lo creo.

—Mientes —dice, y me agarra de la muñeca. Me empotra de manera suave contra la pared.

Sus ojos verdes arden bajo la luz del baño. No parpadea. No vacila. Me mira como si ya supiera el final de este capítulo. Como si no necesitara convencerme de nada, porque eso ya está hecho.

—¿De verdad te tragas tu propio personaje? ¿El de macho alfa de baratillo, ese al que ninguna se le resiste? —le escupo, sin apartar la mirada de su boca. Me cuesta respirar. Su mano me rodea la cintura. Me pega más a la pared—. Patético.

Él no contesta, se inclina frente a mí, tan cerca que su aliento me acaricia los labios.

Yo no me muevo. Estoy paralizada. No de miedo. De deseo.

Estoy vestida, pero me siento desnuda. No me mira el cuerpo. No aún. Sus ojos no se mueven de los míos.

Y entonces, estallo. Lo beso. Soy yo. Yo la que rompe todo. Yo la que se lanza, la que no aguanta más.

Mis labios buscan los suyos como si llevaran horas gritando por ese contacto. El primer beso no quema, no todavía. Es lento. Preciso. Como una cerilla que apenas roza la caja antes de incendiarse. Un roce suave y templado. Pero yo ya estoy en llamas. Por dentro todo es fuego.

Mis labios se mueven sin esperar permiso. Sin pensar. Me hundo en su boca. Siento su lengua entrar. Sin pedir, sin dudar. Se abre paso como si le perteneciera. Y ahí… ahí es donde algo dentro de mí se raja. Se rompe. Se rinde.

Me aparto un poco. Solo un par de centímetros. La respiración se me desarma en la garganta.

—No... —susurro, con la voz hecha pedazos—. No debería... Estoy casada.

Él solo me mira. Esa puta cara suya. Esa cara de “¿y a mí qué?”, tan segura, tan cínica, tan él. Y a mí se me derrumban hasta las piernas.

—Estás empapada —dice. Su voz es baja, rasposa. Y me toca. Solo la punta de los dedos, rozando el muslo, justo debajo del short.

Nos besamos otra vez, y ya no hay control. Nada suave, nada lento. Su boca me devora como si necesitara arrancarme el aire. Me muerde, me chupa, me empuja contra la pared con las manos hundidas en mi cintura. Me agarra el culo con fuerza. Me alza como si no pesara nada, y yo me abro, me enredo en él, las piernas alrededor, la conciencia lejos. Todo es cuerpo. Todo es él.

Le arranco la camiseta entre jadeos, con rabia. Mis uñas le arañan la piel caliente y bronceada, con ese olor a deseo y sudor que me revienta por dentro. Está duro, tenso, como si el torso le ardiera bajo mis dedos. Él hace lo mismo: me sube la camiseta, lenta, muy lenta, hasta que mis pechos quedan fuera. Me tiemblan los pezones. Salimos del baño sin hablar. Ni lo miro. Ni cierro la puerta. Vamos directos a mi habitación.

Nada más entrar, la ropa va cayendo a nuestro paso. Un reguero de tela hasta la cama. Me tumba. Y sin avisar, me lame un pecho. Lento. Luego el otro. Su lengua es húmeda, caliente, precisa. Me sujeta fuerte de las caderas mientras lo hace, como si necesitara dejar su marca. Como si mi cuerpo fuera suyo.

Echo la cabeza hacia atrás. Gimo. No me reconozco. Me oigo y no soy yo.

—Mira lo que provocas —susurra, con la lengua aún en mi piel mientras lanza los pantalones a los pies de la cama—. Esta noche vas a gritar mi nombre. Lo vas a rogar.

Lo miro con los ojos entrecerrados. Me muerdo el labio. Me late todo por dentro. Lo quiero dentro. Ya.

Bajo la mirada y lo veo. Su rabo duro, esperándome.

—Te voy a follar como una puta —me susurra, pegado a mi oído—. Te voy a romper de tanto hacerte gozar. Y tus amigas lo van a escuchar todo. Cada puto gemido.

Tiro de mis braguitas hacia abajo. Estoy abierta, mojada y suplicante.

Nos quedamos así un instante. Jadeando. Mirándonos. La habitación huele a sexo y urgencia. Esto ya no tiene freno.

Me recorre el cuello con la lengua, lento, marcando caminos hasta mi clavícula. Yo respiro por la boca, con los labios temblando. Cada caricia es electricidad pura.

Mis manos bajan por su abdomen, hasta llegar a su miembro. Lo tomo con una mano, lo rodeo. Es grueso, caliente, palpitante. Siento cómo se endurece más al tenerme cerca. Lo acaricio, lo pajeo con ritmo lento, explorando su forma, su tamaño, cada vena. Él suelta un gruñido grave, contenido, que me enciende aún más.

Entonces le empujo el pecho con ambas manos. Lo obligo a recostarse.

—A mi no me hables así —le digo, mirándolo desde arriba, con la respiración desbocada—. Vas a saber lo que es suplicar.

Sus ojos se afilan, y su cara forma una mueca macabra. Como si le encantara que yo le quite el mando.

Me subo a horcajadas sobre él, las rodillas abiertas y los tobillos apoyados en sus muslos. Su piel arde bajo mi cuerpo. Y su rabo erecto se acomoda justo ahí, en la línea exacta de mi deseo. Lo siento palpitar entre mis labios hinchados y resbaladizos, preparados para tragárselo entero. Con la punta encajada en mi raja.

Desciendo. Muy despacio. El glande se abre paso por mi coño, como una tuneladora atravesándome. Me abre. Me parte. Me llena. Cada centímetro que entra arranca un temblor en mis muslos. Un suspiro entrecortado en mi boca.

Y no puedo parar.

Subo y bajo, una y otra vez, sintiéndolo entrar y salir, chorreante, perfecto. Me lleno de él. Me pierdo. Cada cabalgada me arranca un gemido sordo, más bajo y más sucio.

Él tiene la boca ocupada. Me chupa un pezón con ansia, dando pequeños mordisquitos, mientras que con la otra me pellizca el otro. El contraste me sacude por dentro. Calor y punzada. Placer y picor.

Le agarro la nuca y lo empujo más contra mi pecho.

—Sigue… —le digo con la voz rota—. No pares.

Mis caderas no se detienen. Lo cabalgo con hambre, con furia, como si me estuviera vengando de algo que ni siquiera sé poner en palabras. La cama cruje debajo de nosotros. El cabecero golpea la pared con cada movimiento.

Pero nada importa.

Solo quiero sentir esa polla adentrándose más, explorándome por dentro, tocándome donde nadie ha tocado.

Cada vez me froto más contra él, mi culo moviéndose solo, como si mi cuerpo supiera el camino mejor que yo. Siento mi pepitilla al rojo vivo, rozando con cada vaivén, ardiendo.

Se me nubla la vista. El orgasmo se acerca como un tsunami, hinchándose en mi vientre. Estoy a punto. Lo tengo ahí. Casi.

Pero justo cuando empieza a burbujear en mi estómago… Leo me agarra. Se aparta. Me quita de encima como si no fuera más que una vulgar ramera, que una zorra de carretera.

—¿Qué…? —me sale entre jadeos, sin entender nada.

Me niega ese último roce, ese maldito instante. Me deja vacía. A medio caer. Como si me hubieran cerrado una puerta en la cara justo cuando ya sentía el fuego dentro. Como si me negara un placer prohibido solo para dejarme rogando por él.

—¡Joder, Leo! —me quejo, sin aliento—. Estaba a punto...

Pero no le importa. Claro que no le importa.

Me agarra por la cintura y me gira como un saco de patatas. Me lanza de bruces contra el colchón, con la cabeza hundida entre las sábanas y el culo bien alto. Quedo a cuatro patas. Justo como dijo. Justo como me prometió delante de todos.

—Así, Rebe… —murmura detrás de mí, con desprecio, con esa frialdad suya que me hiela la nuca mientras el resto del cuerpo me arde—. Voy a reventarte a cuatro patas… como te mereces.

Siento cómo me separa un poco más las piernas con una mano. Me alza las caderas con la otra, como si necesitara la inclinación perfecta para empotrarme. Y sin más aviso... me la mete de golpe.

Entera.

Hasta el fondo.

Un solo movimiento. Brutal. Bestial.

Se me corta el aire en seco. Me arqueo. Se me salen los ojos. Grito, pero no salen palabras. Es un jadeo roto. El impacto me atraviesa el vientre como un golpe eléctrico.

Siento cómo me estira por dentro, cómo me inunda, cómo me empuja el alma contra el pecho.

—¿Así que estabas a punto? —me dice, jadeando sobre mí, sin dejar de penetrarme, con la voz sucia y cruel—. Pues ahora vas a rogar por correrte. Como la perra que eres.

Y entonces acelera.

Un ritmo endiablado y criminal. Me clava la estaca como si se le fuera la vida en ello. Grito. No puedo evitarlo. Cada vez más alto, más roto, más desgarrado. Me pierdo. La noción del tiempo se deshace entre los golpes de cadera, entre el sonido del colchón y el grito ahogado que se rompe en mi garganta.

Después de un rato, el placer me revienta por dentro. No sé si me he corrido o si me he meado encima. No me importa. Estamos sobre un charco caliente de sudor y fluidos, pegados al colchón como si el cuerpo se nos hubiera fundido ahí. El sonido de la cabecera golpeando la pared todavía retumba por toda la habitación.

Pero entonces... se acaba el aire.

Algo me llena la boca de golpe. Me atraganto un segundo. Solo puedo gemir. Jadeos húmedos y desesperados que se filtran entre los dientes. El sabor es áspero, ácido. Tela empapada. Un olor salvaje a sexo, a flujo, a sudor antiguo.

Y lo sé. Sé lo que es. Mis bragas. Pero no me da tiempo ni a pensar.

—Estás mejor así —me escupe él por detrás, asfixiado, sin parar ni un instante sus embestidas—. Con las bragas en la boca y mi polla enterrada en tu coño.

Su voz me atraviesa. Me humilla. Me arrastra. Y me excita.

—Joder, qué buen culo tienes —suelta mientras un azote corta el aire.

El ardor en la nalga es inmediato. Quema. Como si me hubiera rozado con fuego. La calor se vuelve insoportable. Sudamos como bestias, resbalando el uno contra el otro, jadeando, gimiendo, gruñendo. Los cuerpos se buscan, se chocan, se agarran. Y los golpes siguen. Uno tras otro. Sin pausa. Sin descanso. Hasta que para y se concentra en seguir bombeando.

No sé cuánto tiempo llevo así. Solo sé que no se detiene. Ni baja el ritmo. Ni me da tregua.

Sus embestidas ya no siguen un ritmo perfecto. Se vuelven irregulares. Más rabiosas. Más urgentes.

Siento cómo sus dedos se clavan con ansia en mis caderas, como si intentara aferrarse a algo que se le escapa. Me marca. Me sujeta del pelo con una mano, amenazando con arrancarme hebras de cabello a cada golpe.

Su pelvis golpea contra mi culo con más fuerza, con desesperación. Y cada golpe resuena con más contundencia.

—Mírate, joder… —murmura, ronco, con la voz hecha polvo—. Con el coño chorreando y esa cara de puta feliz… Justo como querías.

No puedo ni contestar. Solo gimo, con la boca abierta, atrapada entre las sábanas y las bragas húmedas que aún me impiden respirar del todo.

Mis manos se aferran con fuerza al colchón. Las uñas se hunden en la tela como si pudiera agarrarme al mundo con ellas. Me tiembla todo. El placer me atraviesa por dentro como un cuchillo caliente.

Entonces él estira un poco más el brazo, me toma del mentón, y me arranca las bragas de la boca. El hilo de saliva que se arrastra desde mi lengua hasta el cojín del cabecero.

Apenas puedo tomar aire. Respiro como si llevara horas conteniéndolo. Los pulmones me queman.

—Eso es… respira —susurra contra mi espalda, jadeando—. Que vas a necesitar el aire para gritar en cuanto me corra dentro de ti.

Y lo hago. Inhalo con fuerza, con la cara aún pegada al colchón, el pecho agitado, la boca empapada de saliva y sudor.

Entonces, levanto más el culo. Deliberadamente. Ofreciéndome. Separándome las nalgas con ambas manos, con los dedos abiertos, temblorosos, dejando todo expuesto para él. Para que vea. Para que entre. Para que acabe.

—Qué guarra eres —gruñe detrás de mí—. Abre bien… que te lo voy a dejar dentro.

Y lo hace.

Se corre como un maldito jabalí. Suelta un alarido primitivo, más de bestia que de hombre. Un rugido gutural que me retumba en la espalda. Yo no me quedo atrás. Me desgarra por dentro. Me atraviesa. Me arranca un gemido que no tiene forma humana, que nace desde algún rincón oscuro de mi cuerpo y sale como un grito de algo que ha sido poseído.Siento cómo se le hincha el rabo, cómo late mientras descarga esa lefa caliente dentro de mí, directo al fondo, sin obstáculos. No se detiene. No se guarda nada.Y cuando se retira, lo noto… sigue eyaculando sobre mí. Me cae por las nalgas, por el ano, espeso, caliente, pringoso. Me marca. Me ensucia. Me termina.Me quedo en el sitio. Arqueada. Abierta. El cuerpo temblando, goteando, incapaz de cerrar las piernas. Todavía me sujeto las nalgas, sin saber si por inercia o porque ya no sé cómo soltarme.

Él se limpia con las sábanas. Ni me mira, mientras yo no aguanto más y caigo contra el colchón, vencida, con el cuerpo hecho trizas.

Ese hijo de puta se agacha, recoge sus cosas sin decir una palabra. Pero antes de que se marche… mis ojos, medio desenfocados, alcanzan a ver la puerta entreabierta.

Mis amigas: Clara y Paula, asomadas e intentando mimetizarse con el marco de la puerta. Como si llevaran un buen rato mirando.

Paula tiene la mano en la boca, los ojos muy abiertos, brillantes, temblorosos. Su expresión no es de escándalo... es de excitación mal disimulada.

Clara, en cambio, sonríe y asiente con la cabeza. Una expresión torcida, macabra, y orgullosa se dibuja en su rostro. Como si todo esto fuera parte de su plan. Como si supiera exactamente cómo iba a terminar la noche desde el principio.

Las repruebo con la mirada. O al menos eso intento entre jadeos, sintiendo como me cuesta llevar el oxígeno a mis pulmones. Y justo cuando mis ojos se clavan en ellas, se esconden. Como si no hubieran estado ahí. Como si estuvieran avergonzadas de espiarme. Como si no hubieran visto cada centímetro de mi cuerpo siendo usado y rellenado.

Los ojos se me apagan lentamente, la visión se vuelve borrosa, como si todo se derritiera. La cabeza me da vueltas y el mundo da tumbos dentro de mí. Siento el pulso aún latiendo entre mis piernas, el coño ardiendo y vibrando, tan abierto que duele, tan sensible que quema. Y es entonces, justo antes de perder el conocimiento, cuando noto su semen caliente escurriéndome entre los muslos, lento, denso y sucio.

——————————————————————————————————————————

¡Gracias por leer! 😊

Si disfrutaste el relato, ¡compártelo o deja tu opinión! Y si te enganchó mi estilo, te invito a explorar mis otros relatos llenos de pasión y emoción 🔥.