Noche de fiesta
La música alta ocultaba los susurros prohibidos, pero el roce de caderas lo decía todo. Cuando la excusa de la luz quemada los llevó al baño, el autocontrol se rompió y la noche dejó de ser una simple fiesta para convertirse en un campo de batalla de deseos ocultos.
Natalia miraba a Daniel desde el otro lado de la fiesta. Él también la observaba. Ambos disimuladamente, de vez en cuando, se comían con la mirada.
Ella bajó, de nuevo, a la Tierra. Su novio le había hecho una pregunta y ella aún no había respondido… -Si, seguro- contestó.
A lo lejos, Daniel volvía la vista a su esposa, listo para prestar atención a la conversación que sucedía a su alrededor.
La fiesta era un cumpleaños, Daniel era amigo y Natalia era hermana de la cumpleañera, que se divertía cantando un cuarteto en el micrófono del karaoke improvisado en el patio de la casa.
Eventualmente, las parejas empezaron a bailar alrededor de la pista. La noche avanzó, el alcohol circuló y las inhibiciones comenzaron a disminuir.
Natalia dió el primer paso. Terminó la pieza con su novio, a propósito, cerca de Daniel y su esposa. Soltó las manos del chico, y agarró las del hombre, libres en el segundo en que la canción cambiaba.
-¿Cambiamos?- preguntó y afirmó, en partes iguales.
Ni el chico, ni la mujer, pudieron protestar. Daniel se dejó llevar por la chica, divertido por la situación.
-Suele ser el caballero el que saca a bailar a la dama- dijo en su oído. Quería susurrar, pero fue más bien un grito. Un susurro no se hubiera escuchado con la música tan alta, y la misma ocultaba hasta los gritos más fuertes.
- Ni vos sos un caballero, ni yo soy una dama- contestó sonriendo la chica.
Él asintió, dándole la razón. Ambos se sostenían de sus manos, soltándose y agarrándose según el baile y la canción ameritaran. Aún manteniendo las distancias, no acercándose más que un ligero roce de caderas cuando ella giraba sobre sí misma.
De pronto, la canción cambió. Una salsa se comenzaba a escuchar.
La chica se quedó quieta. -No sé bailar ésto- admitió, entre divertida y avergonzada.
-Bailar es cómo hacer el amor- le dijo él, y ella se estremeció. Y se dejó llevar.
Los brazos experimentados del hombre la acercaron más, poniendo una mano en su cintura, haciéndole sentir su pecho más cerca, junto a su perfume.
Él le llevaba una cabeza de alto, y aún así, se compenetraban bien. Ella se dejaba llevar por su cuerpo, por sus manos. Se pegaba a él, ya sea de frente, o dándole la espalda y el culo en cada giro, mientras sentía cómo su humedad crecía, así cómo la dureza de él.
La gota que rebalsó el vaso fué cuando ella, con una mano en el pecho de él, y la otra en su pelo, se agachó y se relamió los labios, mirándolo fijamente a los ojos. Todo al son de la música. Los dos ardieron en deseo.
La canción terminó, y con eso, el autocontrol de ambos. Debieron separarse o iban a devorarse ahí mismo. Cada quién se fué por su lado. Ella, con su excitación bien disimulada con su vestido azul que le quedaba tan bien. Él, con su erección oculta por los apretados jeans.
Comenzó a hablar de nada con su esposa, y sus amigos, con la intención de despejarse.
Ella encontró a su novio cerca de la improvisada barra, preparándose una bebida.
Unos minutos después, Natalia se dió cuenta de que, aunque esa noche se acostara con su novio, no podría apagar el fuego que la consumía por completo.
Así que, tan decidida cómo cuando lo invitó a bailar, se acercó y le habló
-Disculpá, Daniel, pero la luz del baño de arriba se quemó, y quiero cambiar la lámpara antes de que mi hermana quiera ir a vomitar. ¿Me ayudás? Yo no llego…- inventó. Era una tonta escusa, pero al parecer la esposa de Daniel se la creyó e insistió en que ayudara, en especial viendo el estado en el que estaba la cumpleañera.
Él, adivinando las intenciones de ella, se dejó convencer, e hizo el papel de buen samaritano.
El novio de Natalia quiso protestar, pero ella lo detuvo:
-Amor, no podrías, no sos tan alto.- argumentó - O, ¿Estás desconfiando de mí?- preguntó, falsamente ofendida. El chico negó.
-Ya vengo, preparame un cuba libre. Te amo! - Y se alejó, entre la gente, hacia la puerta del patio, que daba al interior.
Adentro, la expectativa de lo que estaba a punto de suceder los sacudió a ambos.
Aún disimulando, él le tocó el culo, y ella se apoyó en su miembro.
Las escaleras las subieron casi corriendo, para encerrarse en el baño de arriba.
Él prendió la luz
-La luz funciona perfectamente, Natalia. ¿O qué? ¿Me trajiste con otras intenciones perversas?- Daniel preguntó, sarcásticamente.
-Si, te traje con otras intenciones, pobre de vos que te puse los ojos encima- le siguió el juego.
Ambos sabían que no tenían mucho tiempo. Se comenzaron a besar con hambre, sus manos acariciaron todo lo que pudieron por debajo de la ropa.
Ella sintió los labios de él en su cuello, en sus pechos. Bajó su vestido para sentir allí el contacto con su piel.
Él tocó su culo directamente, sin telas de por medio, y la suavidad de esas piernas le volvieron loco. Ella acariciaba su cuello, toda su espalda, daba leves mordiscos en su pecho.
Cuando él pasó sus dedos por su intimidad, por encima de la ropa interior, ella se volvió loca.
-Te quiero adentro- admitió Natalia.
-¿Cómo se pide? -ironizó él, buscando torturarla aún cuando él tampoco podía más.
-Por favor, quiero sentir tu pija dentro mío- contestó ella, y el tono vulgar que usó hizo que él se excitara aún más.
Como toda respuesta, él la sentó en el lavabo, le quitó la ropa interior y le cumplió su pedido.
Ella gritó, él bufó.
-Estás prendida fuego-
Ella se movió, desde su posición pudo hacer un suave vaivén que a él lo enloqueció.
-Así, por favor- fue el turno de Daniel de suplicar. Y ella siguió. Podía sorprenderlo a pesar de lo mayor que él era.
Los movimientos se hicieron cada vez más rápidos. Pronto, ella no pudo sostener el ritmo y le cedió el control a él.
Daniel se movió cómo sólo saben hacerlo los hombres experimentados. Sabía dónde tocar, y esa jovencita lo volvía loco, quería darle el mejor polvo de su vida.
Las piernas de ella comenzaron a temblar. Él le tocó un pezón, mientras susurraba que era suya en su oreja, y ella se desarmó por completo. El orgasmo la golpeó de lleno. Hacía mucho que no acababa así.
Él la miraba, sonriendo. Aún dentro de ella, disfrutando las contracciones que su vagina hacía alrededor de su miembro.
Salió, acompañado de un gran gemido de ella, mitad queja, mitad disfrute. No quería que se fuera.
La bajó de un tirón del lavabo y le dió la vuelta. Daniel levantó el vestido convirtiéndolo en un cinturón, y acarició todo el culo de ella. La empinó, y agarrando de su cabello hizo que se arqueara su espalda, para poder decirle en su oído: -¿Tu novio te coje como yo?-
Natalia, con sus ojos turbios por el deseo, lo miró a través del espejo.
-No-
-¿Y vos de quién sos?-
-Soy tuya- jadeó, mientras él paseaba su miembro de arriba a abajo, a través de su intimidad, y de la entrada de su culo, amagando con entrar en cualquiera de ambos.
Ella había dicho la verdad, era completamente suya y podría hacer lo que quisiera.
Daniel, aún sin soltar su cabello, bajó su mano desde la cintura al clítoris de la chica, comenzando a tocarla. Mientras seguía con el cadencioso movimiento de su miembro.
En pocos segundos ella tuvo otro orgasmo, mirándose a los ojos a través del espejo.
Él la estaba torturando, quería ver cuántos orgasmos más aguantaba antes de suplicarle que se la metiera, dónde sea, cómo sea. Ella se dedicó a disfrutar, también sabía jugar.
Tres orgasmos después, y él al borde de perder el autocontrol, cedió. Amagó a meterle la verga, pero ella se lo impidió.
Lo alejó y se arrodilló en frente suyo. Él quiso resistirse, pero ya era tarde. Ella lamió todo su miembro, desde la base hasta la punta, jugando a metersela en la boca pero sin hacerlo. Él ya no tenía ganas de jugar. La tomó de la cabeza y le metió el miembro completamente en la boca. Ella ya lo esperaba. Comenzó a chuparlo con ansias mientras él perdía cada vez más el ritmo y se volvía más frenético. Ella lo sintió correrse dentro de su boca. La abrió para sacarse la aún dura verga de su boca, y le mostró a él lo limpia que tenía la lengua: se lo había tragado todo.
-Así que también te gusta jugar- dijo él, en cuanto se repuso sólo un poco.
La levantó del suelo y la volvió a poner contra el espejo, culo en pompa.
La penetró rudo, con fuerza. Ella comenzó a gritar. No esperaba que estuviese listo tan rápido pero su verga no se le durmió ni un segundo. Seguía dura, y le estaba dando duro.
Poco tiempo pasó antes de que ella acabara. Una, dos veces, y luego él paró.
Ella se quejó.
-Por favor, seguí. Prometo portarme bien- pidió ella, con una sonrisa de lado.
-¿Sos mía?-
-Si-
-¿Toda mía?- y encaró su miembro hacía el culo de la chica.
-Si- aseguró ella. Entendiendo el doble sentido.
Él metió su miembro. El dolor no fue tanto. Ella estaba muy excitada y la verga de él estaba extremadamente mojada por sus propios fluidos.
Natalia gimió cuando él se movió, mientras comenzaba, por delante, a tocarla y colarle los dedos. La doble estimulación la derritió. Comenzó a moverse al ritmo de sus lentas embestidas, buscando que el movimiento siga. Él le mordió la espalda, mientras la sostenía firmemente por uno de sus pechos, y ella acabó. Apenas la podían sostener sus piernas. Pero no por eso él dejó de moverse.
Siguió, ésta vez con mayor velocidad, y a ella le encantó.
-Rompeme el culo- pidió ella. A Daniel le encantó que ella hablara así.
Se movió más fuerte, sin dejar de tocarle el clítoris, mientras ella acababa una y otra vez.
-Quiero llenarte el culo de leche- bufó él, como pudo.
-Por favor, ya- ordenó Natalia, mirándolo, y él ya no aguantó más. Soltó un grueso gemido, y acabó en el culo de la chica.
Ella sólo pudo sostenerse fuerte del lavabo. Sus piernas ya no le respondían.
Unos minutos les tomó recuperarse. Se separaron y se asearon.
Daniel la agarró del mentón, levantando su cabeza y jugando en su labio con su dedo pulgar.
-Acordate de que sos mía- le dijo, mientras guardaba el tanga de ella en su bolsillo.
-Soy toda tuya- repitió Natalia.
Acomodaron sus ropas como pudieron, listos para volver a bajar. La fiesta seguía allí y no sabían cuánto tiempo había pasado. Por suerte, un par de cómplices, entre ellos el esposo de la cumpleañera los habrían cubierto con sus parejas, manteniendo el secreto una vez más.
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