Xtories

La sumisión de Elena (Parte 1)

La oficina se vacía, pero la tensión entre ellos se densifica. Cada roce accidental es una provocación, cada mirada una promesa prohibida. Cuando el silencio de la noche los deja solos, las barreras del matrimonio y la jerarquía se derrumban bajo el peso de un deseo que ya no pueden contener.

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Elena salió del ascensor a las ocho y cuarto de la mañana, con el café para llevar en una mano y el portátil en la otra, sintiendo ya el peso húmedo del verano madrileño pegado a la blusa de seda blanca. La planta abierta estaba casi vacía; solo el zumbido de los ordenadores y el olor a limpiador industrial que nunca terminaba de disipar el aroma a cuerpos de la jornada anterior. Cruzó el pasillo central con tacones que resonaban discretos sobre la moqueta gris, consciente de que Víctor ya estaba en su sitio, al fondo, junto a la ventana que daba a la Castellana. Él levantó la vista nada más oírla, como siempre, y sus ojos oscuros se detuvieron un segundo de más en la curva de sus caderas bajo la falda lápiz negra antes de volver a la pantalla. Elena sintió un calor repentino entre las piernas, un latido breve pero inconfundible, y apretó el vaso de cartón con más fuerza.

Se sentó frente a él, separados por apenas tres metros y dos mesas vacías. El aire acondicionado soplaba frío directamente sobre su nuca, pero no lograba enfriar el rubor que le subía por el cuello cada vez que Víctor se inclinaba hacia delante y la camisa se le abría lo justo para mostrar el principio del vello oscuro en el pecho. Durante las reuniones de equipo, él hablaba con esa voz grave que parecía acariciar cada sílaba, y Elena tenía que esforzarse por mirar las diapositivas en lugar de la forma en que sus labios se movían al pronunciar su nombre: Elena, ¿puedes avanzar los datos de conversión del trimestre? Y ella respondía sí, claro, con la garganta seca, notando cómo sus pezones se endurecían bajo el sujetador de encaje cada vez que él la miraba directamente mientras hablaba.

Los primeros días de deadline fueron un infierno lento. El cliente exigía cambios constantes en el informe financiero, y Víctor enviaba correos a las siete de la tarde: Necesito que alguien se quede a revisar las proyecciones. Elena siempre respondía primero, casi por reflejo: Yo me quedo. Su marido, Javier, protestaba por teléfono desde casa: Otra vez hasta tarde, nena? Y ella contestaba con una risa ligera que no sentía: Es solo esta semana, amor, es importante. Colgaba y se quedaba mirando la pantalla negra del móvil, sintiendo una culpa que se mezclaba con una excitación culpable y caliente en la boca del estómago.

La primera noche que se quedaron solos fue un martes de julio. El resto del equipo se despidió a las siete y media, con palmadas en la espalda y promesas de cervezas el viernes. Elena vio cómo la planta se vaciaba poco a poco, las luces automáticas apagándose sector por sector, hasta que solo quedó encendida la zona de Víctor y la suya. El silencio era denso, roto solo por el clic de los teclados y el zumbido lejano del tráfico veinte plantas más abajo. Víctor se levantó, se quitó la americana y la colgó del respaldo de la silla. La camisa blanca se le pegaba ligeramente a la espalda por el sudor del día, y Elena pudo ver el contorno de los músculos cuando se estiró con los brazos en alto. Él se acercó a su mesa con una carpeta en la mano.

-Necesito que revisemos juntos la página veintitrés. Hay un desfase que no cuadra.

Elena asintió, giró su silla hacia él. Víctor se colocó a su lado, tan cerca que ella sintió el calor que emanaba de su cuerpo después de doce horas encerrado en la oficina. Olía a colonia cara ya desvaída, mezclada con el sudor masculino que se concentraba en el cuello y las axilas, un olor animal que le subió directo al coño y lo hizo palpitar. Él se inclinó sobre su hombro para señalar un número en la pantalla, y su aliento cálido le rozó la oreja. Elena se quedó inmóvil, notando cómo el vello de su antebrazo le rozaba la piel desnuda del brazo. Ninguno se movió durante varios segundos. Ella podía sentir su respiración pausada en la nuca, el leve roce de la tela de su pantalón contra su falda cuando cambió el peso de una pierna a otra.

-Este dato… debería ser un tres por ciento más alto -murmuró él, con la voz más baja de lo necesario.

Elena tragó saliva. Sus dedos temblaron ligeramente sobre el ratón. Intentó concentrarse en los números, pero solo podía pensar en lo cerca que tenía su boca, en cómo sería sentir esos labios en su cuello, en cómo su marido nunca la había mirado así, como si quisiera devorarla entera. Víctor no se apartó. Siguió inclinado, su pecho casi rozando su hombro, y ella notó cómo su propio corazón latía tan fuerte que temía que él lo oyera. Al final, él se enderezó lentamente, pero su mano rozó la suya al coger el ratón para hacer zoom. Fue un contacto breve, piel contra piel, pero Elena sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna y se instaló caliente entre sus piernas.

Trabajaron hasta las once. Cada vez que él se acercaba a explicarle algo, el roce era un poco más prolongado. Una vez, al pasarle un bolígrafo, sus dedos se enredaron durante tres segundos eternos. Elena sintió la aspereza de su piel, el calor de sus nudillos, y tuvo que apretar los muslos bajo la mesa para contener el latido que crecía en su coño. Cuando por fin guardaron el archivo y apagaron los ordenadores, el silencio de la oficina vacía era casi insoportable. Víctor se puso la americana, pero no se abrochó el botón, y Elena vio cómo la camisa se le abría lo justo para mostrar el principio de la cadena de plata que llevaba al cuello.

-Buen trabajo hoy -dijo él, mirándola directamente a los ojos-. Mañana repetimos.

Elena asintió, con la boca seca. Bajaron juntos en el ascensor. El espacio reducido olía a los dos: su perfume floral mezclado con el sudor masculino de él, el calor de sus cuerpos después de horas encerrados. Ninguno habló. Ella notó cómo él la miraba de reojo en el espejo del ascensor, cómo sus ojos bajaban hasta sus piernas y volvían a subir despacio. Cuando llegaron al parking subterráneo, él le abrió la puerta del coche con una cortesía que parecía cargada de algo más.

-Conduce con cuidado -dijo Víctor, y su voz sonó ronca, como si cada sílaba arrastrara arena caliente por la garganta.

Elena asintió sin palabras, las llaves temblándole entre los dedos mientras abría la puerta del coche. El parking subterráneo olía a gasolina vieja y a hormigón húmedo, pero lo que más le llegaba era el rastro de él: colonia cara ya evaporada, sudor masculino concentrado en las axilas y el cuello después de horas encerrados, un olor espeso que se le había metido bajo la piel y le palpitaba ahora mismo entre los muslos. Cerró la puerta con un golpe suave y apoyó la frente un segundo contra el volante frío. El tanga estaba empapado, pegado a los labios hinchados del coño, y cada pequeño movimiento al sentarse hacía que la tela rozara el clítoris endurecido con una fricción insoportable.

Arrancó el motor y salió a la Castellana casi vacía. Era más de la una de la madrugada y Madrid brillaba con luces anaranjadas que se reflejaban en el asfalto mojado por una lluvia breve de verano. Elena conducía despacio, demasiado despacio, porque cada bache, cada cambio de marcha, hacía que sus muslos se apretaran y el tanga se hundiera un poco más entre los pliegues calientes. El aire acondicionado del coche soplaba frío directamente contra su pecho y los pezones, ya duros como piedrecitas, rozaban la seda de la blusa con cada respiración. Se mordió el labio inferior exactamente como Víctor había dicho que le volvía loco, y sintió un nuevo chorro de humedad deslizarse hasta el asiento de cuero.

En cada semáforo en rojo apoyaba la cabeza en el reposacabezas y cerraba los ojos un segundo. Revivía la mano de él rozando la suya al pasarle el bolígrafo, el calor de su aliento en la oreja, la forma en que sus dedos se habían enredado deliberadamente al darle la botella de agua. Imaginaba esa misma mano grande subiéndole la falda por el muslo, abriéndole las piernas allí mismo en la sala de reuniones, metiéndose bajo el tanga empapado y encontrándola chorreando. Un gemido bajo se le escapó en el silencio del coche y tuvo que abrir la ventanilla para que el aire nocturno le golpeara la cara y la mantuviera despierta. El olor de su propia excitación empezaba a llenar el habitáculo: dulce, salado, animal, como a sexo crudo y prohibido.

Llegó al garaje del edificio con las piernas temblando. Apagó el motor y se quedó sentada un minuto entero, respirando agitada, sintiendo cómo el coño le palpitaba con un latido lento y pesado. Subió en el ascensor mirándose al espejo: las mejillas encendidas, los labios hinchados de tanto mordérselos, los ojos brillantes y oscuros de deseo. Se pasó la lengua por el labio inferior imaginando que era la de Víctor lamiéndola, y un nuevo escalofrío le bajó hasta el clítoris.

Entró en el piso sin hacer ruido. La luz del salón estaba apagada, solo el resplandor azul del router parpadeaba en la oscuridad. Javier dormía, como casi siempre cuando ella llegaba tarde. Elena dejó el bolso en la entrada, se quitó los tacones y caminó descalza por el pasillo. La puerta del dormitorio estaba entornada y la luz de la luna se colaba por las rendijas de la persiana, dibujando rayas plateadas sobre la cama. Javier estaba desnudo, de espaldas a ella, la sábana baja enroscada en la cintura dejando al descubierto la espalda ancha, los hombros relajados, el comienzo de la curva del culo. Respiraba profundo y lento, ajeno a todo.

Elena se quedó en el umbral un momento largo, observándolo. La silueta era parecida: alto, fuerte, piel morena de gimnasio. Pero en su cabeza ya no era Javier. Era Víctor. Imaginó que esa espalda era la de él después de horas inclinado sobre la mesa, sudorosa bajo la camisa blanca, que ese culo firme era el que había rozado contra su falda cuando se agacharon juntos a por un papel del suelo. Se le escapó un suspiro tembloroso y entró despacio, cerrando la puerta con cuidado.

Se desnudó en silencio junto a la cama. La blusa cayó al suelo con un susurro de seda, la falda lápiz se deslizó por sus caderas y dejó el tanga al descubierto: una tela negra diminuta completamente empapada, pegada a los labios mayores hinchados, con un hilo viscoso que se estiró cuando se lo bajó. Lo olió sin poder evitarlo: olor intenso a coño excitado durante horas, a deseo contenido, a sexo que no había llegado a consumarse. Lo dejó caer y se metió en la cama desnuda, el colchón hundiéndose apenas bajo su peso.

Se tumbó de lado, mirando la espalda desnuda de su esposo. La habitación olía a él: a sueño cálido, a piel limpia después de la ducha, a hombre. Elena acercó la nariz despacio hasta casi rozar su hombro y aspiró hondo. Cerró los ojos y dejó que la imaginación tomara todo el control. Esa espalda era la de Víctor después de quitarse la camisa en la oficina vacía, los músculos marcados por la tensión del día, la piel caliente y ligeramente salada. Se imaginó lamiéndola desde la nuca hasta la cintura, probando el sudor acumulado entre los omoplatos.

Deslizó una mano entre sus muslos abiertos bajo la sábana. Estaba tan mojada que los dedos se hundieron solos entre los pliegues resbaladizos. El primer roce en el clítoris le arrancó un jadeo ahogado que tuvo que morderse el labio para contener. Empezó despacio, círculos lentos y húmedos, sintiendo cómo la humedad le chorreaba hasta el ano y empapaba la sábana. Con la otra mano se pellizcó un pezón duro, imaginando que eran los dientes de Víctor mordiéndolo mientras le susurraba al oído que llevaba semanas queriendo follarla sobre la mesa de reuniones.

Javier se movió un poco en sueños, girando ligeramente la cadera, y la sábana bajó más, dejando al descubierto el culo entero. Elena se acercó más, su aliento caliente rozando la piel de su espalda. Sus dedos aceleraron entre las piernas, metiéndose ahora dentro del coño con un sonido húmedo y suave que resonaba en el silencio de la habitación. Se follaba a sí misma despacio, imaginando que era la polla gruesa de Víctor abriéndola, que ese culo desnudo era el de él apretado mientras la embestía desde atrás en la sala oscura, con las persianas bajadas y Madrid mirando desde abajo.

Se metió tres dedos de golpe, sintiendo cómo las paredes del coño se contraían alrededor, chorreando jugos calientes que le bajaban por el perineo hasta el ano. Con el pulgar seguía frotando el clítoris hinchado, cada vez más rápido, mientras con la otra mano bajaba hasta acariciar sus propias nalgas, separándolas, imaginando que era la mano grande de Víctor abriéndola para meterle un dedo lubricado por su propia corrida.

El orgasmo empezó a subirle desde el vientre como una ola lenta y pesada. Apretó los dientes para no gemir alto, mordiéndose el antebrazo mientras su coño se contraía en espasmos fuertes alrededor de los dedos. Se corrió mirando la espalda desnuda de Javier, imaginando que Víctor se giraba, la agarraba por las caderas y la empalaba hasta el fondo sin decir nada, solo gruñendo contra su cuello. La corrida fue larga, silenciosa, con chorros de humedad que empaparon la mano y la sábana, dejando un olor intenso a sexo femenino que llenó la habitación.

Cuando terminó, se quedó temblando, la respiración agitada rozando la nuca de su marido dormido. Sacó los dedos despacio, brillantes y viscosos, y se los llevó a la boca para lamer su propio sabor salado y dulce, imaginando que era la polla de Víctor saliendo de su coño y metiéndosele entre los labios para que lo limpiara. Javier suspiró en sueños y se acomodó de nuevo, ajeno a todo.

Elena se quedó despierta mucho rato, el cuerpo laxo y satisfecho pero el deseo todavía latiendo bajo la piel como una promesa. Sabía que mañana volvería a la oficina, que volvería a quedarse hasta tarde, que volvería a olerlo, a rozarlo, a sentir cómo la miraba como si ya la estuviera follando con los ojos. Y sabía, con una certeza caliente y culpable, que pronto no bastaría con masturbarse al lado de su marido imaginando que era él.

Se giró por fin, la sábana pegada a la piel sudorosa, y cerró los ojos con el olor de su propia corrida todavía en los dedos e imaginando el sabor de Víctor en la boca.

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Elena entró en la planta abierta del office con el corazón latiéndole ya en la garganta, sabiendo que hoy todo era diferente. Había elegido la falda lápiz gris más corta del armario, la que se subía dos centímetros por encima de la rodilla al sentarse y dejaba ver el borde oscuro de las medias con liguero cuando cruzaba las piernas. La blusa blanca era nueva, de seda fina que se ceñía a sus tetas como una segunda piel, marcando los pezones endurecidos por la anticipación y el roce del sujetador de encaje negro que apenas contenía. El tanga era una tira mínima, ya húmeda desde que se lo puso en casa pensando en él, en cómo olería su sudor después de un día largo, en cómo su voz grave le rozaría la oreja cuando se inclinara. El taconeo resonó en la moqueta vacía mientras cruzaba hacia su mesa, sintiendo el aire acondicionado soplar frío contra sus muslos expuestos y el calor creciente entre las piernas que hacía que el liguero tirara ligeramente con cada paso.

Víctor ya estaba allí, de pie junto a su escritorio, con una taza de café humeante en la mano. La miró de arriba abajo despacio, sin disimulo, los ojos oscuros deteniéndose en el escote donde la blusa se abría lo justo para mostrar el principio de la curva de sus tetas, luego bajando hasta las piernas enfundadas en medias negras brillantes. Elena sintió que el coño se le contraía con un latido caliente al notar esa mirada posesiva, como si ya la estuviera desnudando allí mismo. Él se acercó con la taza extendida, el olor de su colonia mezclada con el aroma masculino del despertar llenándole las narinas antes de que llegara.

-Toma, te lo preparé como te gusta. Solo, con una gota de leche fría -dijo él, con voz baja y ronca desde la primera sílaba.

Elena extendió la mano para cogerla, y sus dedos se enredaron deliberadamente con los de él alrededor del cartón caliente. El contacto duró segundos eternos: piel áspera contra piel suave, el pulso fuerte de Víctor latiendo contra sus nudillos, el calor de su palma subiéndole por el brazo hasta el pecho. Ninguno soltó primero. Ella sintió cómo sus pezones se endurecían más bajo la blusa, rozando la tela con cada respiración agitada, y un chorro de humedad empapó el tanga mínimo entre sus labios hinchados. Víctor apretó ligeramente antes de retirar la mano, sus ojos clavados en los de ella con una promesa oscura que le hizo apretar los muslos al sentarse.

La mañana transcurrió en una niebla de deseo contenido. Durante la reunión de equipo en la sala grande, Elena tuvo que exponer las métricas del trimestre. Se puso de pie frente a la pantalla, el proyector iluminando su silueta, y sintió los ojos de Víctor quemándole la piel desde su asiento al fondo. Mientras hablaba de cifras y gráficos, él la miraba fijamente, sin parpadear, la mandíbula tensa bajo la barba de tres días. Cuando ella cruzó las piernas para apoyarse en la mesa, la falda se subió lo justo y el borde del liguero asomó negro contra la piel pálida del muslo. Los ojos de Víctor bajaron allí directamente, deteniéndose largos segundos, y Elena notó cómo su coño palpitaba visiblemente bajo la tela, humedeciéndose más con cada mirada que parecía acariciar. El sudor empezó a perlarle la nuca, el olor floral de su perfume mezclándose con el aroma dulce y almizclado que emanaba de entre sus piernas abiertas.

A las seis y media exactas, el correo llegó: “Elena, quédate. Cerramos hoy las proyecciones”. Ella respondió en menos de diez segundos: “Claro, jefe”. El resto del equipo se despidió con prisas, el ruido de sillas y bolsos llenando la planta hasta que poco a poco se vació. Elena se quedó mirando la pantalla negra del móvil, el corazón latiéndole fuerte en el coño, sabiendo que Javier estaría enfadado otra vez por la cena fría, pero ya no le importaba. Cuando la última luz automática se apagó en el pasillo, Víctor se levantó y cerró la persiana de la sala de reuniones grande con un gesto lento, el clic resonando como una puerta que se cierra para siempre.

Entraron juntos, y él indicó la silla a su lado sin palabras. Elena se sentó pegada a él, sus rodillas rozándose inmediatamente bajo la mesa de cristal. Ninguno las apartó. El calor de sus muslos se transmitió a través de la tela fina, sudor empezando a acumularse donde se tocaban, el olor de Víctor invadiendo el espacio cerrado: colonia desvaída, sudor masculino concentrado en las axilas después de diez horas, un aroma espeso y animal que le mareaba la cabeza. Trabajaron en las proyecciones, pero cada movimiento era una excusa para rozarse más. Cuando él se inclinó para señalar un número, su mano bajó hasta la cintura baja de ella, posándose allí con firmeza.

-Siéntate recta, así te dolerá menos la espalda al final del día -murmuró él, los dedos calientes presionando a través de la blusa, rozando el comienzo de la curva de su culo.

Elena sintió el calor de esa palma extenderse por su vientre hasta el coño, que se inundó de golpe con un chorro caliente que empapó el tanga y empezó a resbalar por los labios mayores. La mano de Víctor se quedó allí minutos enteros, masajeando despacio la zona lumbar, subiendo y bajando centímetros, los pulgares rozando el borde del sujetador por debajo de la blusa. Ella respiraba agitada, el pecho subiendo y bajando rápido, los pezones duros como piedrecitas rozando la seda con cada inhalación. El silencio estaba cargado de sonidos húmedos: el clic del ratón, el zumbido del proyector, sus respiraciones cada vez más pesadas.

Las conversaciones surgieron naturales, íntimas, rápidas como cuchilladas. Él mencionó que su mujer estaba de viaje otra vez, en un congreso en Barcelona.

-Echo de menos el calor de verdad, no el de estas oficinas -dijo él, la mano todavía en su cintura, apretando ligeramente-. Follar como animales, sin horarios ni excusas.

Elena tragó saliva, el coño contrayéndose con fuerza alrededor de nada. Confesó con voz temblorosa que su matrimonio era cómodo, predecible, frío como el aire acondicionado que soplaba sobre su nuca sudorosa.

-Nunca me mira como tú lo haces -susurró ella, girando la cabeza para mirarlo directamente, sus labios a centímetros de los de él.

Víctor sonrió lento, los dedos bajando un centímetro más hasta rozar el comienzo del culo por encima de la falda. Trabajaron hasta las once, pero las proyecciones avanzaban lentas porque cada pausa era un roce prolongado, cada mirada una promesa sucia. Cuando por fin apagaron las luces, él le ayudó con la chaqueta, las manos deteniéndose en sus hombros más tiempo del necesario, los pulgares rozando el cuello caliente y sudoroso.

El martes llegó con una avería total del aire acondicionado en toda la planta. El calor de julio se acumuló como una manta pesada desde primera hora, el sol pegando contra las cristaleras y convirtiendo la oficina en un horno. El equipo se quejó todo el día, abanicándose con carpetas, y se fue marchando pronto, dejando la planta vacía antes de las siete. Elena sintió el sudor resbalarle por la espalda desde media mañana, empapando la blusa hasta que se pegó transparente al sujetador de encaje, marcando los pezones oscuros y endurecidos visiblemente. Víctor apareció en su mesa con otra taza de café, pero esta vez la camisa ya la llevaba desabrochada dos botones, mostrando el pecho moreno brillando de sudor.

Cuando se quedaron solos, él se quitó la camisa sin ceremonia y la colgó del respaldo, quedando en camiseta blanca ajustada que se pegaba al torso como una segunda piel, transparente por el sudor que le chorreaba por el pecho y las axilas. El olor era intenso ahora, crudo: sudor masculino concentrado, salado, mezclado con el aroma de su piel caliente después de horas encerrado. Elena sintió que se le mareaba la cabeza al inhalarlo, el coño palpitando húmedo bajo la falda, los labios mayores hinchados rozando el tanga empapado con cada movimiento.

Se sentaron pegados otra vez en la sala, la persiana bajada desde el principio. Los muslos se pegaron inmediatamente, sudorosos, piel contra piel a través de las telas finas que se adherían como pegamento. El calor emanaba de sus cuerpos en oleadas, el olor de ambos mezclándose: su perfume floral desvaído, el sudor dulce de sus tetas, el aroma almizclado y salado que chorreaba de entre sus piernas abiertas. Víctor alcanzó una botella de agua fría de la nevera y la pasó despacio por la nuca de Elena, el plástico helado contrastando con su piel ardiente.

-Para refrescarte un poco -murmuró Víctor, con la voz baja y controlada, como si cada palabra fuera una orden disfrazada de cortesía.

La botella fría se quedó presionada contra la nuca de Elena más tiempo del necesario, el plástico helado contrastando con la piel ardiente y sudorosa que brillaba bajo la luz fluorescente de la sala. Las gotas de condensación se formaron rápidas, gruesas, resbalando lentas por la curva del cuello hasta perderse en el escote profundo donde la blusa pegada transparentaba el encaje negro del sujetador y los pezones oscuros endurecidos como guijarros. Víctor observaba el camino de cada gota con ojos entrecerrados, la mandíbula tensa, la camiseta blanca adherida al pecho subiendo y bajando con respiraciones pausadas pero profundas. El olor de su sudor era ahora abrumador: salado, masculino, concentrado en las axilas y el pecho después de doce horas encerrado, mezclado con el aroma dulce y almizclado que emanaba del coño de Elena, abierto y chorreando bajo la falda.

Elena sintió cada gota como una caricia fría que le erizaba la piel, el frío subiendo escalofríos hasta el clítoris hinchado mientras el calor de la mirada de él le quemaba el pecho. Sus muslos seguían pegados al de Víctor bajo la mesa, sudorosos, resbaladizos, la piel deslizándose ligeramente con cada pequeño movimiento y produciendo un sonido húmedo y suave que resonaba en el silencio cargado de la sala vacía. Ella respiraba agitada, el pecho subiendo contra la blusa transparente, los pezones rozando la tela mojada con cada inhalación rápida, el tanga mínimo empapado pegado a los labios mayores hinchados y dejando un hilo viscoso que resbalaba por el perineo hasta mojar el asiento de cuero.

Víctor retiró la botella despacio, pero su mano libre bajó hasta posarse en la rodilla de ella, justo donde la falda se había subido y dejaba la piel desnuda por encima de las medias. Los dedos calientes y ligeramente húmedos de sudor se detuvieron allí, sin presionar aún, solo posados con una firmeza que no admitía retirada. Elena jadeó bajo, el coño contrayéndose con fuerza alrededor de nada, un chorro caliente inundando el tanga y resbalando hasta el ano palpitante.

-No te muevas -ordenó él con voz baja, autoritaria, los ojos clavados en los de ella mientras los dedos empezaban a trazar círculos lentos en la piel interna del muslo, subiendo apenas un centímetro cada vez-. Quiero verte sudar un poco más antes de decirte lo que llevo pensando toda la semana.

Elena tragó saliva, las piernas temblándole ligeramente bajo la mesa, el calor de esa mano extendiéndose como fuego líquido hasta el vientre. El olor de ambos llenaba la sala cerrada: sudor salado de él, sudor dulce de sus tetas, el aroma intenso a coño mojado que chorreaba entre sus muslos pegados. Ella intentó concentrarse en la pantalla, pero los números bailaban borrosos, solo podía sentir esos dedos subiendo despacio, rozando el borde del liguero, deteniéndose justo antes de llegar al tanga empapado.

-Dime, Elena -continuó Víctor, la voz más grave, inclinándose ligeramente para que su aliento caliente le rozara la oreja-. ¿Por qué te vistes así hoy? ¿Por qué esa falda tan corta que deja ver el liguero cada vez que cruzas las piernas en las reuniones?

Elena sintió las mejillas arder, el coño palpitando con cada palabra, los labios mayores hinchándose más contra la tela mojada. Intentó responder con voz firme, pero salió temblorosa y ronca.

-Porque… porque sabía que me mirarías -admitió al fin, girando la cabeza para mirarlo directamente, los labios entreabiertos y húmedos.

Víctor sonrió lento, una sonrisa controlada y peligrosa, los dedos apretando ligeramente la carne interna del muslo, marcándola con calor.

-Bien. Me gusta la honestidad -dijo él, los ojos oscuros clavados en los de ella-. Porque yo también he estado pensando en ti. Cada noche, cuando mi mujer duerme al lado, me toco imaginando cómo olerías aquí -la mano subió otro centímetro, rozando apenas el tanga empapado, sintiendo el calor húmedo que emanaba-. Imaginando cómo sabría tu coño casado chorreando por mí.

Elena jadeó audiblemente esta vez, el sonido resonando en la sala vacía, el coño contrayéndose con fuerza alrededor de nada mientras un nuevo chorro caliente empapaba los dedos que rozaban la tela. Sus tetas subían y bajaban rápido bajo la blusa transparente, los pezones duros rozando la seda mojada, el sudor resbalándole por la espalda hasta la cintura.

-Yo… yo también -confesó ella con voz rota, temblando bajo esa mano que ahora presionaba más, los dedos separando ligeramente los labios mayores a través del tanga-. Me toco al lado de mi marido dormido, imaginando que es tu polla la que me abre, que es tu olor el que me llena la habitación.

Víctor gruñó bajo, un sonido animal que le vibró en el pecho pegado a su hombro, y retiró la mano despacio, dejando un vacío ardiente en el muslo. Se colocó detrás de la silla de Elena con un movimiento fluido, las manos grandes posándose en sus hombros sudorosos, masajeando con firmeza controlada, los pulgares bajando por los omóplatos hasta rozar claramente los lados de las tetas por encima de la blusa pegada.

-Buena chica -murmuró contra su oreja, la voz dominante y calmada al mismo tiempo, como si ya tuviera el control absoluto-. Me gusta que admitas lo que quieres. Pero de ahora en adelante, cuando estemos solos, harás lo que yo diga. Sin preguntas. ¿Entendido?

Elena asintió temblando, el coño palpitando con cada palabra, los pezones endureciéndose más bajo esos pulgares que los rozaban en círculos lentos y deliberados. El sudor chorreaba entre los dedos de él y la tela transparente, el olor intenso a sexo femenino llenando el aire junto con el sudor masculino que le goteaba desde el pecho hasta su nuca caliente.

-Sí… entendido -susurró ella, la voz quebrada por el deseo agonizante.

Víctor apretó más los hombros, los pulgares pellizcando ligeramente los pezones a través de la blusa antes de soltarla despacio, dejando su cuerpo temblando y vacío. Volvió a sentarse a su lado, la erección marcada visiblemente bajo el pantalón, pero su voz seguía calmada y controladora cuando dijo:

-Entonces seguimos trabajando. Pero recuerda: esto solo es el principio. Mañana quiero verte con algo aún más corto. Y sin tanga.

Elena respiró agitada, el coño chorreando contra el asiento, sabiendo que ya había cruzado la línea y que él acababa de tomar el control total, como un dominante que sabe exactamente cómo romperla despacio hasta hacerla suya por completo.

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