Desayunos con Lujuria Parte X
Rafa le ordenó salir a la calle y venderse. Ella temía ser vista por su marido, pero el miedo se disolvió cuando la carne de un desconocido la reclamó con fuerza brutal. Ahora, bajo la mirada invisible de su amo, debe decidir si sigue siendo la víctima o se convierte en la dueña de su propia lujuria.
El Precio de la Calle y la Segunda Vez
El despertar llegó con la sensación de unos dedos dibujando lentos círculos en mi espalda desnuda. Me giré y allí estaba él, ya despierto, ya erecto, ya listo para reclamar su parte del amanecer. Aquellos polvos matutinos tuvieron un sabor distinto: a intimidad robada, a complicidad sucia. Por un momento, me sentí deseada, no como un mueble más del hogar, no como esa esposa que era en mi otra vida. No quería sentirme hogar. Ser hogar era, pensé con una punzada de tristeza, profundamente deprimente.
Desayunamos con avidez, recuperando fuerzas tras el ayuno involuntario de la noche anterior. De vuelta en la habitación, el aire cambió. Rafa cerró la puerta y su mirada adquirió esa dureza de señor que tanto me encendía y aterraba.
—Hoy te toca pagar la deuda por los incumplimientos —anunció, y su tono no dejaba espacio a la súplica—. Voy a demostrarte hasta dónde puedes llegar, putita mía. He estado mirando en internet, y esta mañana, en lugar de a la cultura, la dedicarás a ser una puta de la calle. Con todas las de la ley.
Me quedé en shock. ¿Puta? En privado, en nuestros juegos, en la seguridad de cuatro paredes… pero ¿en la calle?
—Mi señor, puede explicarme algo más, por favor. No lo entiendo —balbuceé, sintiendo cómo un sudor frío me recorría la columna—. Ya soy su puta.
—Sí —asintió, acercándose—. Pero esta mañana vas a exhibirte en la calle, cerca de aquí. Encontrarás al menos a dos clientes, te ofrecerán dinero, y tendrás que ser de su propiedad por esos minutos.
La propuesta me heló la sangre. Era demasiado. Con mi edad, y después de haber visto la mercancía que ofrecían en aquellas calles aledañas al cine, ¿qué podía ofrecer yo? Pero eso no era lo peor. Lo peor era la exposición. En la calle. No era mi ciudad, era sábado, y mucha gente de nuestra ciudad bajaba a Madrid los fines de semana. Si alguien me veía… El solo pensamiento hizo que el mundo se me viniera encima. Pero tenía que cumplir mis promesas.
Me vestí como una señora normal, elegante sin aspavientos. En un bolso grande me llevé un vestido blanco cortísimo, de escote pronunciado, pero no escandaloso —la elegancia era mi único escudo—. Mis tacones más altos y un bolso de paja completaron el atuendo de prostituta por un día. Debajo, solo un tanga diminuto y un sujetador blanco para evitar transparencias. Al mirarme en el espejo, vi a una mujer que podía impresionar, y noté, con un estremecimiento, cómo el deseo de Rafa crecía al observarme. Mi propio deseo era un nudo de nervios y excitación malsana.
Salimos juntos del hotel. Me hizo entrar en una cafetería cerca de los cines Luna. —Cámbiate aquí —ordenó—. Ya sabes: si hay cliente al precio pactado, lo llevas a la Sauna Azul, en la calle de enfrente. Asentí. Le dejé mi ropa de Carmen en una bolsa y salí a la calle, al refulgir de blanco frente al sol, sintiendo que mis piernas de puta apenas me sostenían. Iba a convertirme en aquello que él deseaba, y la excitación, nauseabunda y poderosa, crecía desde mi clítoris —erecto y sensible— hasta mis pezones, y de allí a la nuca, donde un cosquilleo eléctrico me hacía cerrar los ojos tras las gafas de sol.
Paseé un rato, buscando un hueco entre las profesionales. No era fácil. Cada pocos metros había una mujer y ninguna se parecía a mí. Ellas enseñaban carnes sin pudor, llevaban los cachetes al aire, y eran, todas, más jóvenes. Me pasé una mano por el pelo, tratando de afianzar un coraje que se me escurría, y me puse a observar el desfile de hombres. La mayoría tenían edad de jubilación, cuerpos cansados, miradas hastiadas. Nada de cuerpos deseables. Pero eso, pensé con amargura, también me ponía. Me concentraría en eso, en el morbo de lo cutre, en el placer de lo bajo.
Mi falta de práctica era evidente. Mientras las otras lanzaban miradas, silbidos, invitaciones claras, yo apenas me movía, petrificada. Los escasos clientes pasaban de largo sin fijarse en mí. Después de veinte minutos eternos, mientras buscaba con la mirada la posición oculta de Rafa, un hombre se detuvo frente a mí. Era canoso, regordete, de unos sesenta y cinco, bien vestido, pero sin gracia. Tenía una sonrisa tímida. Le correspondí con la mía.
Cruzó la calle y se acercó.
—¿Qué tal? —dijo, con un tono casi de vecino.
—Aquí, llevando la mañana —respondí, y sentí que recuperaba un hilo de seguridad.
—¿Estás aquí como las demás? —preguntó, prudente.
—Pues sí. Intentando sacarme unos eurillos para la economía familiar.
—¿Y cuánto es?
—Depende de lo que quieras. Un completo, con condón, son cuarenta euros, más el sitio.
—Puf. Eso es muy caro para mí —soltó, y su cara se arrugó en una mueca de verdadera contrariedad.
—¿Cuánto estaba dispuesto a pagar? —pregunté, y en mi voz había un desafío que no sabía de dónde salía.
El tipo carraspeó, incómodo. Sus ojos evitaban los míos, buscando en el suelo las palabras.
—No sé... lo más que puedo son 20 euros. Voy escaso de pasta este mes.
Su oferta era una limosna. Pero yo no mendigaba; vendía algo que valía más.
—Pues si estás interesado —dije, manteniendo la sonrisa que ya me dolía en los pómulos—, te diré una cosa: lo que yo te doy no te lo dará nadie por aquí. No soy una profesional. Vengo hoy por... una necesidad urgente. Pero no me verás mucho por aquí.
Su mirada se iluminó con un destello de curiosidad malsana.
—Ya, sí por eso me he fijado en ti. No eres igual que las otras. Tienes más estilo. Y se nota que no eres profesional de esto.
Había mordido el anzuelo. El deseo mezclado con el snobismo es un cóctel poderoso.
—Pues si consigues esos veinte euros de más —susurré, inclinándome ligeramente para que mi escote hiciera el trabajo restante—, te puedo demostrar que lo valgo.
Vi la lucha en su rostro: el instinto contra la cartera. Al final, el instinto perdió. Empezó a caminar calle abajo, derrotado, y una parte de mí —la parte orgullosa y perversa— se sintió victoriosa. No voy a joder por menos de cuarenta euros, pensé. Que se mojen un poco, si es que de verdad los valgo.
Fue en ese momento de arrogancia frágil cuando el mundo se desvaneció. Mis piernas temblaron como varillas de mimbre, incapaces de sostener el peso repentino del pánico. Mi espalda chocó contra la pared fría de la tienda. Allí, entre el ir y venir de la plaza, en las proximidades de una librería, creí ver la figura inconfundible de Víctor.
Mi corazón se convirtió en un pájaro aterrorizado que batía sus alas contra mis costillas. Sin pensar, desenterré el teléfono del bolso y marqué a Rafa con dedos entumecidos.
—Rafa, por favor, vámonos —jadeé, tratando de ahogar el pánico—. Creo que he visto a Víctor. Allí, por la librería.
Al otro lado, su voz fue un lago de calma exasperante.
—Tranquila. Han debido de ser los nervios. No se ve a nadie por aquí. Si quieres, llámalo a él para saber dónde está. Seguro que no se ha movido de casa.
Tenía razón. Era la opción lógica, la de una mujer que no tiene nada que esconder. Colgué y marqué el número de Víctor con la sensación de estar caminando sobre cristales. El tono sonó, una y otra vez, sin respuesta. La desazón se enroscó en mi estómago como una serpiente fría.
Dos minutos después, mientras otro hombre me observaba desde la acera de enfrente con interés de comprador, el teléfono vibró en mi mano. Era él.
—¿Dime, cariño? —Su voz era tranquila, doméstica—. Hemos llegado al pueblo de la ruta. Estaba en el aseo, por eso no lo cogí. ¿Algo va mal?
—No, no, cielo —forcejeé para que las palabras salieran ligeras, impregnadas de normalidad—. Era solo para saber de ti. Y desearte un buen sábado.
—Bueno, ya sabes, lo de sábado, sabadete no se va a cumplir —bromeó, y su risa al otro lado del teléfono me atravesó como un alfiler.
—Porque tú no quieres, tonto —contesté, forzando un tono juguetón que sabía falso hasta la médula—. Ya sabes que no hace falta que sea sábado.
La mentira era tan vasta y tan seca como un desierto. Hacía meses que nuestros sábados, y todos los días, no eran nada.
—Bueno, pues nada —dijo él—. Ten cuidado con las visitas de hoy, y ponte a la sombra, que el sol pega fuerte.
—Gracias, amor. Mañana nos vemos en la estación. Ya te avisaré la hora.
Colgué. «Ponte a la sombra». La frase resonó con un eco extraño, como si tuviera un doble filo que yo no alcanzaba a ver. Escudriñé la plaza de nuevo, buscando esa silueta que me había aterrado. No había nada. Solo mi paranoia, proyectando fantasmas en la luz cegadora del mediodía.
Fue entonces cuando se acercó el segundo. Su aspecto era de peor pinta: una barriga que le precedía como un anuncio de dejadez, barba de dos días, ropa deslucida. Pero al menos, cuando se paró a mi lado, olía a jabón barato y limpio.
—Hola. ¿Cuánto llevas? —preguntó, sin preámbulos.
—Cuarenta y lo que cueste el cuarto —respondí, recuperando mi máscara de profesionalidad de pacotilla.
—Pues me parece bien.
Bravo. Este iba al grano. Su aceptación inmediata me dejó, irónicamente, un poco cortada. No había preguntado el servicio, ni los detalles. Era como comprar una fruta sin mirarla.
—¿Qué es lo que quieres que te haga? —indagué, por si acaso.
—Pues un completito, ¿qué te parece?
—Pero con condón, claro.
—Sí, por supuesto.
Y allá que me encaminé, con él pisándome los talones, hacia la sauna cercana. Su mano se posó en mi trasero con un descaro que, en vez de ofenderme, me encendió. Me sentí transportada a otro mundo, un universo paralelo donde mi valor se medía en billetes y mi poder en la humedad entre mis piernas. El gusto, obsceno y familiar, empezó a llamar desde lo más hondo de mis entrañas.
Por el camino, sentí las miradas de las otras mujeres, clavadas en mí como dagas de hielo. Envidia y desprecio. Les había robado al primer cliente de la mañana. «Miss Tetas» —como me bauticé mentalmente en ese instante— empezó a sentir un cosquilleo anticipatorio al cruzar el umbral de la sala de relax. El lugar olía a lejía agria y a deseo rancio. En la recepción, un hombrecillo mal encarado nos pasó, sin una palabra, un paquete con una sábana y una toalla envueltas en celofán, dos sobres de jabón de hotel y una llave.
—Son 10 euros los quince minutos. Habitación catorce.
El tipo pagó y recogió la llave. Yo cogí la sábana, y en ese momento recordé: tenía que avisar a mi amo. Iba a marcar cuando la pantalla de mi teléfono se iluminó sola. Era él.
—Ya te he visto —susurró su voz al otro lado—. Ahora deja el teléfono descolgado. Que yo controle lo que pasa. Habla con naturalidad, y no en murmullos, o no me entero de nada.
—Vale, cielo. Luego nos vemos —dije en voz alta, simulando una despedida trivial.
Dejé el teléfono sobre una mini-mesita de la habitación, con la llamada en curso. El oído invisible de Rafa me observaba. Era a la vez una vigilancia y un estímulo.
La habitación era la definición visual de lo cutre: paredes desconchadas de un color verde fuerte nada relajante, una de ellas rellena de espejo, una cama ancha con un colchón que gritaba años de abuso, dos lamparitas de sobremesa. Pero era el escenario que me tocaba. Le pasé un sobre de jabón al tipo.
—Por favor, utiliza el lavabo. Y vamos a empezar. Antes, si no te importa, me pagas. ¿Vale?
—Por supuesto.
Sacó una cartera de cuero gastado y puso sobre la cama un billete de veinte y dos de diez. El sonido del papel sobre la sábana áspera fue el de un trato cerrado. Cogí el dinero, lo guardé en mi bolso, y luego, con un movimiento que quería ser sensual pero que probablemente fue mecánico, me quité el vestido. Al volverse del lavabo, el tipo se quedó parado. Su boca se abrió en una «O» de genuino asombro.
—¡Vaya cuerpazo que tienes!
—¿Ves cómo merecen la pena los cuarenta euros? —dije, y esta vez mi sonrisa fue real, alimentada por ese halago primario—. Vamos allá.
Me acerqué. Bajé mis manos por su espalda, sentándome en el borde de la cama. Mi rostro se encontró con la barriga de cerveza a través de su camisa. Le di dos mordisquitos teatrales mientras, con la otra mano, exploraba el bulto en sus pantalones. Iba tomando vida propia, pero no era un dotado. Me iba a ganar mi paga de puta.
Él intentó acercar su polla a mi boca, pero lo paré.
—No. Ponte en forma. Ponte el condón. Entonces te la mamo.
Asintió, obediente. En un minuto, estaba listo. Yo me puse de rodillas sobre la cama, en una pose de sumisión falsa. Él se masturbó un poco hasta dejarla tiesa —apenas quince centímetros de ilusión— y entonces me la acerqué. Me la metí en la boca de golpe. Un par de chupetones intensos y él ya estaba gimiendo.
—Para, para, o me voy a correr...
Me cambié de posición. Me tumbé boca arriba, me abrí de piernas, y le ofrecí mi sexo como un plato.
—Y ¿a qué esperas para follarme? Mi coño está loco por que se la metas.
Al oírme hablar así, algo se quebró en su contención. Sus ojos se vidriaron de lujuria bruta.
—Joder, qué puta más buena eres —bufó—. Y además eres española, no como todas estas de fuera. Las españolas sí que follan bien.
Encima, racista, pensé con un asco fugaz. Este va a correrse rápido. Se tumbó sobre mí, pero su panza era un continente entre nosotros. Se recompuso el condón con dificultad, luchando contra el látex y su propia impaciencia. Farfullaba palabras ininteligibles, frustrado porque no podía penetrarme en condiciones. Traté de calmarlo, de guiarlo, pero su irritación crecía. De repente, me volteó sobre la cama con violencia, sujetándome las caderas con fuerza. Sentí el aire moverse antes de que sus manos conectaran con mis nalgas en unos azotes secos y repentinos. Luego, desde esa posición, logró por fin clavarme la punta. Fueron tres embestidas torpes, rápidas, y luego un gemido ahogado. Se derrumbó sobre mí, sin aliento. No había habido placer para mí. Solo el roce áspero, la prisa, la transacción cumplida. Me sentí puta. No la puta deseada y poderosa del club, sino la otra. La de verdad.
—Bueno... —dije, deslizándome de debajo de él—, espero que te haya gustado. Y que quieras repetir más tarde, si te apetece.
—Ojalá —respondió, ya medio vestido—. Voy a llegarme al cajero, a ver si puedo permitírmelo. Porque merece la pena follar contigo.
—Gracias —musité, sabiendo que ese hombre no me volvería a tocar en la vida.
Salió pitando. En el silencio repentino y pegajoso de la habitación, cogí el teléfono.
—¿Todo bien? —susurré.
La voz de Rafa llegó, clara y satisfecha, desde el auricular:
—Todo bien, esclava. Lo has hecho perfecto.
Me arreglé lo justo. Al ponerme el vestido de nuevo, noté que mis pezones, duros y sensibles, ya estaban pidiendo guerra. El debut había sido sórdido, pero estaba hecho. Ahora tocaba culminar la faena. Salí a la calle y me puse las gafas de sol, mi escudo contra la luz y las miradas. Caminé, exhibiendo mi cuerpo como la mercancía que era, buscando otro lugar. El anterior ya lo ocupaba una mulata con unas tetas descomunales que me lanzó una mirada que era un territorio marcado. La competencia era feroz, incluso aquí, en el mercado más bajo.
Pero yo sentía algo distinto. Un gusto suave, insidioso, que empezaba a dominarme. No era solo el dinero —los cuarenta euros limpios y crujientes en mi bolso—, sino la sensación de libertad perversa. Estaba viviendo, en carne propia, el sueño sucio de tantas mujeres: vivir de su cuerpo, ser dueña de su deseo convertido en moneda. Me sentía, en ese instante, plenamente dichosa.
Y entonces lo vi acercarse de nuevo. Era el primero, el de los veinte euros. Sonrió al llegar a mi altura, con una mezcla de timidez y determinación.
—Hola. Aquí he vuelto. No te he visto hace un rato.
—He estado dando una vuelta. Tomando un café —mentí, protegiendo la ficción de que no era del negocio, que solo estaba de paso.
—Pues me he decidido. Quiero hacerlo contigo. Por los cuarenta euros.
—Ale. Pues no hay más que hablar —dije, y esta vez mi sonrisa fue auténtica, triunfante - Vámonos a disfrutar.
Él parecía más nervioso que yo. Yo, en cambio, ya me postulaba como una experta tras mi primer polvo de puta. Mientras caminábamos, pasó un brazo por mi cintura, poseyéndome ya.
—Estás como un tren —espetó, y sus dedos se apretaron contra mi costado.
—Pues eso que no me has visto en mi salsa. Ahora verás.
El encargado del local me reconoció. Su mirada, esta vez, tenía un destello de respeto profesional. Dos polvos en menos de media hora, debió de pensar. Va camino de ser la mejor de la zona. Nos dio la misma habitación, nuevas sábanas y toallas, y me guiñó un ojo cómplice. Le devolví la sonrisa. Había pasado un umbral.
Dentro, una vez desnudo, el tipo se sentó en el centro de la cama como un rey esperando su tributo. Su actitud era distinta, más segura.
—Bueno, a ver qué mercancía ofreces, princesa. Que sales muy cara.
Mi respuesta fue erguirme sobre mis altísimos tacones y sacar mi pecho al frente. Me contoneé en un par de pasos por la habitación, acariciándome los flancos, viendo reflejada en la pared de espejo la curva de mi cintura. El placer que no había llegado antes ahora bullía bajo mi piel, a flor de ella, y noté cómo se me aflojaban las piernas no de miedo, sino de anticipación.
Él me levantó el vestido y me dejó en tanga y sujetador. En la cama, él bufaba, y entre sus manos, que cubrían su pubis, asomaba un nabo que prometía ser mejor que el anterior. Me despojé de la tanga, mostrando mi sexo depilado, ya ligeramente hinchado de excitación. Mientras me desabrochaba el sujetador, él se acercó por detrás y, con un movimiento experto, me lo quitó. Este sí sabe, pensé.
Al darme la vuelta, contuve un jadeo. Lo que él había estado ocultando no era un pene. Era un monstruo. Era rugoso, venoso, con un tronco que fácilmente alcanzaba los veinte centímetros y un glande que era una seta carnosa y desproporcionada. Brillaba bajo la luz fluorescente, dura, palpitante. Él se la agarraba con orgullo, resoplando.
—¿Qué, te gusta?
—No está mal —traté de disimular, aunque una mezcla de pavor y fascinación me paralizaba. ¿Iba a caberme aquello?
—Pues ve dándole cariñito a mi amigo. Está deseando verte el coñito abierto.
Me tumbé boca arriba. Él se abalanzó, frenético, sobre mis tetas, mi vientre, manoseándome todo con una urgencia animal. Lamía mi piel como si quisiera devorarme. Yo, casi por instinto, extendí la mano y agarré aquel miembro. Palpitaba con una vida propia, amenazante. El gusto y el miedo se trenzaron en mi garganta. Al verse cogido, se puso de rodillas y me lo acercó a la boca.
—El condón —pedí, con la voz ronca.
Una vez puesto, intenté metérmelo en la boca. Era casi imposible. Él se agitaba, empujando, y en uno de sus movimientos bruscos, el glande descomunal se me coló de golpe, llenándome la boca, desencajándome la mandíbula. Él estaba extático.
—¡Qué putilla, cómo te gusta, ¿eh? —jadeaba—. Esta polla solo se pone así con tías buenas. Y tú lo estás. Vaya cuerpo, qué melones tienes pedazo de puta.
Contra toda lógica, sus insultos sórdidos me excitaban más. Mi cuerpo respondía a la humillación verbal como una flor venenosa al estiércol.
—Mmmmm... —fue todo lo que pude articular, ahogada por su carne.
Entonces, mientras lo tenía allí, atragantándome, sentí cómo el primer orgasmo llegaba sin aviso, dulce y traicionero, surgiendo desde dentro con una intensidad que me sorprendió. Bañó mi coño de un flujo lubricante y cálido. Mi cuerpo se preparaba, por su cuenta, para recibir al visitante monstruoso. No se lo demostré, pero mi humedad ya asomaba, traicionera, entre mis labios mayores.
Él, sintiendo quizás mi espasmo, se retiró de mi boca. Me agarró de las tetas con las dos manos, apretándolas y soltándolas con saña, casi con rabia. Luego, cuando yo estaba sentada al borde de la cama, jadeante, me empujó para tumbarme de espaldas de nuevo.
Su voz, grave y cargada de dominio, cortó el aire pesado de la habitación:
—Ábrete de piernas, putona. Que te vas a enterar de lo que es un hombre de verdad.
El Abismo del Placer
Traté de abrirme al máximo. Mi cuerpo, lubricado por el orgasmo anterior, ofrecía su rendición húmeda, pero ni así parecía suficiente. La bestia que intentaba entrar era de otro calibre. El tipo encajó su pubis contra el mío y comenzó un roce insoportable, la punta de su monstruosidad rozando mi entrada con cada movimiento ascendente, frotando directamente el clítoris en un martirio que ya saboreaba a éxtasis. Las primeras oleadas de gusto, vergonzosas y autónomas, empezaron a subir desde lo más profundo. No me resistí. ¿Para qué? Mi cuerpo ya había votado a favor.
Él, embrutecido por el deseo, seguía escupiendo en su mano para lubricar la puerta de mi cueva, un gesto sórdido que, en vez de repugnarme, me excitaba más. Era la ceremonia primitiva previa a la violación pactada.
En un momento dado, se apalancó sobre mí, su peso aplastando mis pechos mientras con su mano derecha, torpe y urgente, trataba de guiar su miembro hacia el lugar exacto. Lo sentí entonces, de forma vívida y aterradora: la dureza absoluta del glande presionando contra la boca de mi sexo y el hueso de mi pubis. Fue una sensación que no tenía desde mi primer parto, esa lucha entre una apertura forzada y una resistencia carnosa. Empezó a hacer presión, una fuerza constante e imparable que dolía y gustaba en una mezcla química indisoluble donde, gota a gota, el placer iba ganando la partida al dolor.
Entonces sucedió. En un movimiento tan certero como despiadado, aprovechando un espasmo de mi cuerpo, me la metió de una vez. Un desgarro. Eso fue lo primero. Un desgarro blanco y cegador que recorrió mi centro de gravedad como un relámpago. Mi grito, agudo y animal, se ahogó en el mugido de placer brutal que salió de la boca del tipo, cuyo rostro se transfiguró en una mueca de triunfo bestial.
—¡Vamos, puta! ¡Disfruta de una polla de verdad!
—¡Aaaahhhh! —fue todo lo que pude articular, un sonido que no era de dolor ni de placer, sino del impacto mismo de lo prohibido.
En dos minutos, el vaivén del tipo me tenía totalmente empalada, dolorida y angustiada… pero viva. Terriblemente viva. Y entonces, como si un interruptor se accionara en lo más oscuro de mi cerebro, sucedió lo extraordinario. Frente al dolor desgarrador del principio, un placer absoluto, primigenio y descontrolado se apoderó de mí. Quizás era el dolor mismo el que, al rozar ciertos nervios profundos, se transmutaba en goce. Quizás eran las paredes de mi vagina, estiradas al límite por aquella gruesa invasión, enviando señales de alarma que mi cerebro, pervertido, traducía como éxtasis. Fuera lo que fuese, el placer ya no tenía límites. Era un huracán.
Y me transformé. De la criatura pasiva y doliente, me convertí en una gata salvaje. Subí los tobillos y los enganché a su cintura, clavando mis tacones en su espalda baja. Mis brazos, antes desmadejados sobre la sábana, se abalanzaron sobre su espalda y empezaron a atraerlo contra mí con fuerza, buscando que cada centímetro de aquella herramienta me reventara por dentro.
Mi pubis subía al encuentro del suyo, chocando con la base de su polla en un ritmo frenético que yo misma marcaba. El tipo sonreía, jadeante, viendo que había dado en el punto exacto, en el resorte secreto que convertía el martirio en adicción.
—Te gusta, ¿eh, puta? Te gusta, no lo niegues —me susurró al oído, su aliento caliente y rancio.
Y yo, poseída, le contesté con la verdad más cruda que he pronunciado:
—¿Que si me gusta? ¡No, lo siguiente! ¡Dame polla, cabrón, dame esa polla, que me corrooooo…!
Y me corrí. Un orgasmo brutal, convulsivo, que parecía sacudirme desde las raíces del pelo hasta las puntas de los dedos de los pies. Arañé su espalda, gemí, berreé, y sentí cómo, en medio de mi tormenta, él también estallaba. La leche que debía tener acumulada desbordó el condón. Noté el resbalar espeso y cálido de su semen por mis muslos, saliendo y mojando mi ano, mezclándose con mis propios fluidos. Era fantástico. Único. Inexplicable. Y, sobre todo, maravilloso. Ese era el placer que había buscado siempre, sin saberlo: salvaje, sin tapujos, sin el corsé de los tabúes ni el lastre de las inhibiciones. Me sentí, en aquella cama cutre de un prostíbulo de paso, totalmente feliz y desmadejada. Aquel tipo me había rellenado, violentado y poseído como nadie lo había hecho jamás. El se levantó, todavía jadeante. Se sacudió la polla sobre mis pechos, dejando caer una última hilacha de semen más líquido que luego restregó entre mis tetas con la palma de la mano, un gesto de marca de propiedad. Luego se bajó de la cama. Un silencio cómplice, cargado de fatiga y de secreto compartido, llenó la habitación. Él terminó de vestirse sin mirarme y, al salir, solo dijo un lacónico:
—Adiós. Ya nos veremos.
Corté de nuevo la comunicación del móvil con mi amo y le respondí con un gesto de cabeza, un movimiento mínimo que lo era todo. Miré el reloj. Casi agotaba los quince minutos reglamentarios.
Unos golpes suaves en la puerta me sobresaltaron. La puerta se abrió, era el encargado del local. Su sonrisa era la de un empresario que ha visto un filón.
—Hola. ¿Qué deseas? —pregunté, todavía tendida, sin fuerzas para incorporarme del todo, ni para cubrir mi desnudez de aquel tipo que la disfrutaba centímetro a centímetro.
—Nada, nada. Es que, como te he visto nueva… quería decirte que el local está a tu disposición. Tenemos precios especiales para las que traen mucho cliente. Y parece que tú vas camino de ser la reina de la calle.
Me sentí halagada, de una forma perversa y profesional.
—Ah, gracias, muy amable. Pero no creo que esté muchos días por aquí.
—No eres profesional, ya se nota —continuó, sus ojos recorriéndome como si yo fuera un escaparate—. Pero estás como un tren, y eso la gente lo paga. Si quieres, yo mismo te puedo apañar algunos trabajos. A buen precio, claro. Yo también cobro mi comisión, eso sí.
No hacía falta ser muy lince. Su «comisión» tenía un olor a sudor y a intención que no dejaba lugar a dudas. Me quedé pensativa un instante, sopesando la oferta. Estaba a medio vestir, mi cuerpo aún brillaba con el sudor y los restos del sexo ocurrido, tremendamente sugerente.
—Vale —dije por fin—. Pero la comisión te la pago cuando tenga el cliente.
—Me parece justo —asintió, satisfecho—. Pues no te vayas muy lejos. Tengo un cliente de sesenta euros el polvo. Eso sí, a este hay que darle al menos media hora de entretenimiento. La cama, esta vez, corre de mi cuenta. Te paso a una de las suites.
—Vale. Voy a salir a tomarme un café y vuelvo.
Con el coño aún escocido y palpitante, caminé con cierta dificultad hasta el café de enfrente. Allí, en una mesa del fondo, ya me esperaba Rafa. Me sentó a su lado. Su mirada era inquisitiva.
—¿Cómo estás?
—Hecha una reina, amor —respondí, y no mentía. Una reina de un reino de lodo y diamantes—. Me han metido la polla más grande que recuerdo en mi vida. Creo que me ha dejado el coño un tanto abierto, porque ahora mismo no me lo siento. Y el dueño de la sauna ha prometido llevarme un cliente de sesenta euros la media hora. Aunque luego tendré que pagarle una comisión… en carne.
Hubo un destello en sus ojos que no supe descifrar: ¿orgullo, celos, desprecio?
—Pues ya has terminado el castigo. Y el placer —dijo, su voz neutra—. Nos vamos para el hotel. Ya hace tiempo que debíamos almorzar. Coge tu ropa, cámbiate en el servicio y nos vamos a comer. Esta noche aún queda una sesión más de sexo.
Tuve la clara sensación de que a mi amo no le había gustado que yo le cogiese el gusto a lo de «putear». Que mi triunfo en la calle era, de algún modo, una desobediencia. No era cuestión de enfadarse. Al encargado de la sauna no le conocía de nada. Que se apañara como pudiese. Me cambié en el baño del bar, lavándome la cara y recomponiendo el rímel, y salimos andando hacia el hotel, en un silencio tenso que era más elocuente que cualquier reproche.
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