El ingeniero penetra analmente a la doméstica
El uniforme de sirvienta apenas cubre lo que sus ojos ya han visto. Él sabe que ella lo desea tanto como ella sabe que él no debería hacerlo. Esta vez, no hay excusas para huir.
Ligorio se quedó pensando en todo lo ocurrido. Aún recordaba la felación que le había realizado la doméstica, y cómo se había terminado corriéndose en su boquita. Algo que su esposa jamás hubiera consentido. Recordó igualmente el tacto de las nalguitas de la joven, sintiendo crecer su verga ante este recuerdo. Intentó tranquilizarse, para poder continuar posteriormente con el trabajo en su despacho. Ese día la joven no le llevó el café, y durante el almuerzo, comieron junto con los hijos del matrimonio, ya que, los cuales regresaron temprano a casa.
Los días posteriores, Ligorio no quiso importunar a la criada, consciente de que se había propasado en el baño de la casa. En cierto sentido se sentía culpable. De hecho, transcurrieron más de dos semanas sin nada digno de relieve. La propia joven se sorprendió de que el señor no volviera a intentar nada con ella.
Pese lo que pudiera pensarse, Enriqueta se sentía inquieta, ansiaba volver a ver el falo del señor y que la abrazara. Recordó la facilidad con la que la tomó en sus brazos, la fortaleza física del mismo, y sintió la necesidad de volver a sentir el calor y abrazo del hombre. Aun sentía los labios del señor cuando la besó en la boca por primera vez. Necesitaba volver a sentir aquellos labios.
Fue ella misma, la que una mañana, aprovechando que el señor se había quedado a trabajar en casa, la que decidió visitarlo, llevándole de nuevo el café.
Marta, la señora, era bastante cursi, y le había comprado dos uniformes de sirvienta, compuesto por un vestido dulce disfraz marca cosplay, de manga corta, con volantes. El vestido era de color negro y encima llevaba un delantal de color blanco. Pese a parecerle a la joven demasiado tradicional, aceptó ponérselo, comprobando que, “tampoco le quedaban nada mal”. Al verse en el espejo, se dijo que parecía una colegiala, ya que el vestido era algo corto, constatando que, con los volantes, en cuando se agachara un poco iba a enseñar todas sus braguitas. ¡Seguro que la señora no se percató de esta circunstancia al adquirirlo!
Ligorio no la había visto con aquel uniforme, por lo que, al verla entrar en su despacho portando la bandeja del café y unas galletas, se quedó mirándola, alucinado. No se esperaba aquella indumentaria por parte de la doméstica.
-Hola Enriqueta. ¿Y ese uniforme? ¿No te había visto con el mismo? le preguntó.
-La señora me lo compró. Quiere que me lo ponga cuando este en casa. ¿No le gusta? - le pregunto algo coqueta.
-Al contrario. Pareces una colegiala. A ver, ¡date la vuelta que te vea bien! - le instó el hombre seductoramente.
La joven dejó la bandeja sobre la mesa, y se dio unas vueltas sobre sí misma, como si fuera una modelo, coqueteándose un poco, a fin de que el señor pudiera comprobar su uniforme. Ligorio se dio cuenta que, con los volantes, el vestido tendía a elevarse. Se dijo: ¡en cuanto se agache dejará a la vista sus muslitos! Extremo que le agrado sumamente.
¿de verdad le gusta? – le volvió a preguntar la doméstica adoptando una postura como de niña mimosa y seductora.
¡Me encanta! Pero, ¿tengo curiosidad por saber de qué color llevas las braguitas? ¿Te las compró mi mujer también? - le preguntó con una sonrisa en los labios.
-Ay. ¡El señor siempre tan pícaro! ¡Claro que no me las compró! ¿Cómo va a comprarme eso? Le contesto, sonrojada, y diciendo con cierta picardía: ¿no pretenderá que le muestre mis braguitas?
El señor, manteniendo la sonrisa en los labios le contestó: ¿pues me encantaría vértelas? Aun no te las he visto.
La joven, no le respondió, limitándose a esperar que se terminara de tomar el café. Sin embargo, el hombre se dio cuenta que la joven mientras esperaba, de vez en cuando echaba una mirada hacia su entrepierna, quizás con la esperanza de volver a comprobar el bulto. Enriqueta llevaba semanas desde que ocurrió lo del baño, y en el fondo, añoraba volver a ver el falo del señor. Ligorio se percató de este extremo, sintiendo como su verga fue creciendo bajo el pantalón, mientras terminaba de tomarse el café. Cuando acabó, miró a la doméstica, y mostrando el abultamiento le dijo: ¿quieres volver a verlo?
La joven se sonrojó, aunque no retiró su mirada del bulto que había crecido de forma ostensible bajo el pantalón del hombre. Permaneció quieta, inmutable, sin saber que hacer, como expectante. Era consciente de que debía marcharse, pero también ansiaba volver a ver el pene del señor. Ante la indecisión de la joven, y ver que no hacia amago por retirarse, Ligorio lo interpretó como una aceptación. Sin pensarlo dos veces, se bajó el pantalón mostrando a la joven nuevamente su pene, el cual, ya blandía una buena erección.
La doméstica, se agitó al volver a ver el falo del hombre. Se quedo quieta, sin retirar la mirada, fija en aquel vástago que nuevamente volvía a tener ante sus ojos. Ligorio la instó a que se lo volviera a tocar: acércate. ¡Anda vuelve a cogerlo en tu manita! ¡Se que quieres recordar lo dura que esta mi verga! No te contengas.
La joven, espero unos instantes, indecisa, dudando, sin saber cómo actuar. Sopesó la conveniencia o no, de hacer lo que le pedía el señor. Estuvo tentada de salir corriendo, pero a la vez sentía la necesidad de volver a tocarlo. Ligorio continúo mostrándole su verga, haciendo movimientos con la misma, como si su pene tuviera vida propia. Movimientos que excitaron a la joven. Eso pareció decidir a la misma, quien se acercó hasta el hombre, se colocó a su lado, y mordiéndose el labio por los nervios, se agachó un poco y depositó su manita nuevamente sobre el poderoso falo. De nuevo, sintió un calambrazo en todo su cuerpo. Con cierto nerviosismo, y delicadeza, comenzó a manosear el falo a lo largo y ancho del mismo, masajeándolo, como si tuviera en su mano un juguete, que no quisiera soltar. Percibió la dureza del vástago, el tremendo grosor, las palpitantes venas que lo surcaban. Notó que su braguita se estaba mojando.
-anda preciosa. Métela en tu boquita.
Enriqueta se alteró. El señor quería que volviera hacerle lo que ocurrió en el baño. Sabía que estaba mal, pero quería satisfacer al hombre. Observó nuevamente el pene, y tras unos momentos de titubeo, volvió abrir su boquita. Primero lamio el glande, rodeándolo. Ligorio se estremeció al ver a la joven, con aquella carita tan seductora, quien mantenía en su manita su abultada tranca. Su agitación se convirtió en placer, cuando la joven comenzó a engullir su pene. Dada la posición en que se hallaba, inclinada sobre el hombre, el cual permanecía sentado en el sillón del despacho, viendo que le resultaba dificultoso, la joven se agachó un poco más y comenzó bajar con su boquita engullendo casi la mitad del falo del señor. Luego fue ascendiendo, y volviendo a repetir esta acción, una tras otra. Se dio cuenta que iba bien encaminada, dado que percibió el estremecimiento del señor, quien comenzó a contraer sus músculos, agitandose, revolviéndose inquieto en el sillón ante el placer que le propiciaba la boquita de la joven.
Ligorio estaba sorprendido con la doméstica. No esperaba que volviera a dejarse seducir. Pero, lo cierto era que se hallaba allí en su despacho, y la joven le estaba practicando una suculenta felación. Al comprobar que seguía agachada ocupándose de su vástago, se percató que el traje del uniforme con los volantes, se había subido, lo que le permitió contemplar las nalguitas de la joven. La visión de las mismas, lo encabritó más. Sin poder resistirse, alargó su mano acariciando aquel preciso y redondo trasero. No solo lo acarició, sino que le dio pequeños apretones, constatando que casi le cabían en su mano abierta.
La doméstica, se agitó al sentir la mano del hombre en sus nalgas casi desnudas. Pese a todo se dejó hacer, incrementando su felación. Pero su agitación se vio aumentada, convirtiéndose en un ronroneo, cuando sintió la mano del señor introducirse dentro de sus braguitas hasta llegar a acariciar su ano. Fue como un tremendo calambrazo. La yema de los dedos del marido de la señora, se estaban concentrando en los bordes de la entrada de su ano, y eso la hizo sentirse rara, pero a la vez excitada.
Aceleró su felación, comprobando como el hombre colocó su otra mano sobre su cabeza, sujetando la misma, al tiempo que su cuerpo comenzó a temblar. La joven sabía lo que venía. El señor se iba a correr, e iba hacerlo de nuevo en su boquita. Intentó retirarse a tiempo, pero el señor la volvió a sujetar con decisión, viendo como soltaba la primera lechada inundando su garganta.
Al mismo tiempo que el hombre se venía, la joven percibió como aquel, introdujo dentro de su culito el dedo corazón, invadiendo su cavidad trasera. Al estar concentrada en soportar la corrida que se estaba produciendo dentro de su boquita, se olvidó de lo que ocurría en su trasero, lo que permitió al hombre introducir, pese a su longitud y grosor del mismo, la totalidad de su dedo hasta la misma base. Una vez dentro, Ligorio, al tiempo que se venía, llevó a cabo movimientos circulares dentro del ano de la joven, dilatando el esfínter, hasta el punto de que mientras se terminaba de correr, introdujo, ante la sorpresa de la joven, un segundo dedo.
Enriqueta se conmocionó. Respiró apresuradamente intentado retirar el sable del hombre de su boca. Cuando por fin lo consiguió, volvió a carraspear, para intentar vomitar los restos del semen vertido dentro de su cavidad bucal. Mientras se incorporaba, le dirigió una mirada de reproche al señor, quien aún continuaba con sus dos dedos dentro de su ano.
Como pudo lanzó lo que pudo del semen acumulado en su boca, al tiempo que echó su mano hacia atrás para retirar la del hombre, instándole a que abandonara su ano. Al final lo consiguió, incorporándose del todo. Tomó un folio blanco, sin usar, que hallo esparcido sobre la mesa, y se limpió los restos de semen.
-¿Por qué me ha hecho eso? ¡Me ha metido los dedos en mi culito!. ¿No pretenderá metérmela por ahí? - le recriminó la joven.
Ligorio, le sonrió diciéndole: tienes un culito, prieto, redondito, al que me gustaría clavar algún día. ¿has notado con que facilidad te ha entrado mis dedos?
La joven dio un respingo al escuchar al hombre. ¡El señor quería clavarle su daga por su agujero trasero! ¡Está loco!... ¿Ha visto el pene que tiene? Es demasiado grande. ¡Me reventaría el culito!
El hombre sin contestarle, se levantó, la atrajo hacia él, y acercando sus labios la besó suavemente en la boca. Pese a verse sorprendida, la joven aceptó aquel beso. La dulzura con la que el señor la besaba, le agradaba y le seducía. Además, necesitaba sentirse abrazada por aquel, sentir sus poderosos brazos, que la rodeara, que la acariciara. Por ello, se entregó, abriendo su boquita, para bañarse en su lujurioso entremezclar de jugos bucales.
-Oh señor, ¿Qué puede venir su señora? Exclamó la joven en un intento de que el señor la dejada, agitada ante los continuos besos del mismo.
-sabes que mi esposa no vendrá hasta la noche. Uf nenita ¡no sabes cómo me pones! Le decía sin parar de besar y apretar a la joven, mientras pasaba sus grandes manos por las posaderas de la joven, levantándola en alto,haciéndola gemir.
Por fin, la joven logró zafarse, y sonrojada, con media sonrisa en la boca, se retiró del despacho.
Ligorio, pese haberse corrido en la boca de la domestica por segunda vez, quería ir más lejos. Aunque fuera una locura, “ansiaba poseer a la criada”. Había saboreado su frágil cuerpo, su dulce boquita, y hasta penetrado su culito con sus dedos. Pensó, ¿Cómo será meterle mi pene por ese agujero?
Al día siguiente, al pasar por un centro comercial visualizó una tienda de lencería. Al momento se le iluminó la mente y penetró en la misma con la finalidad de adquirir alguna prenda seductora. Se había percatado de las medidas de la braguita que llevaba la doméstica, y tras buscar detenidamente, logro encontrar dos, que le parecieron ideales. Una de ellas, era una braguita de malla sólida, semitransparente, bastante cómoda y transpirable. Dedujo que dejaba a la vista gran parte del pubis y la vagina.
La otra, resultaba más atrevida. Se trataba de una braguita de color blanco, semitransparente, con abertura en la entrepierna, con un lacito en la parte delantera y trasera. Al verla, se quedó excitado, ya que la prenda permitía tener una visión casi total de gran parte de la entrepierna de la mujer, dejando abierto el acceso a su ano, y a la vagina. La dependienta que le atendió, celebró su elección, indicándole que era propicia para ocasiones íntimas y eróticas, y que seguro que a su mujer le iba a gustar.
Evidentemente no le dijo a la dependiente que era para la doméstica. Tras abonar el precio, salió con ellas bajo el brazo. Trató de buscar la ocasión propicia para regalársela. Se dio cuenta que el jueves de esa semana, podía quedarse todo el día en la casa, su mujer estaba en período de rentas y no llegaría hasta bien tarde la noche. Sus hijos permanecerían con su abuela hasta que los recogiera su madre. Parecía el momento propicio.
Comenzó a trabajar bastante temprano. Sobre las nueve de la mañana apareció Enriqueta, la cual se asomó al despacho y le saludo, pero pronto se puso a realizar las labores. Sobre las diez y media, decidió hacer un poco de deporte. Había comprado una bici estática, por lo que se había previamente calzado una camiseta y un pantalón corto, bastante ajustado, similar a los que usan los ciclistas, tipo malla. Antes de salir de la habitación se percató que mostraba claramente su hermoso paquete.
Cuando la doméstica lo vio salir del dormitorio con aquella indumentaria, se le quedó mirando algo sorprendida. No pudo por menos que emitir una sonrisita, al tiempo que se sonrojó. Había contemplado el tremendo bulto del señor, que destacaba claramente en aquel pantalón malla, sumamente ajustado, y noto un cierto estremecimiento.
-¿va hacer ciclismo el señor?- le preguntó la domestica.
-Si, pero en el sótano. Haré un poco de bici estática. ¿te gusta la vestimenta que llevo? - le dijo pícaramente el hombre.
La joven se sonrojó ante la pregunta del señor. Miró descaradamente la entrepierna de éste y le dijo: ¿Su mujer le ha visto con esa vestimenta? ¡Parece que se le viera todo!
El hombre se acercó hasta la joven, y le contesto: pero ¿a ti si te gusta verme así? ¿verdad?
La joven volvió a sonrojarse. Al sentirse abrazada por el hombre, instintivamente dirigió su manita hacia la entrepierna de éste, acariciándole los genitales, sobre la tela del pantalón. No pudo resistirse, la visión de aquel bulto trastornó a la joven. Luego mirándolo a la cara, le dijo: Ja ja…¡Cuando se le ponga dura no le cabrá dentro!. ¡Reventará la tela!
Ligorio se río de la ocurrencia de la joven. Se dio cuenta que poca gimnasia iba a realizar esa mañana. Al ver que la doméstica, no paraba de toquetear su bulto, aún dentro de la malla, que hizo crecer su pene, cambió de parecer. Miró a la joven, y le dijo: Mi esposa te regaló el uniforme. ¡Yo tengo también un regalo para ti!.
-¿Un regalo para mí?-se sorprendió la joven.
Ligorio le dijo que esperara un momento. Fue al despacho y tomó el paquete y se lo dejo. La joven al ver el envoltorio, le preguntó: ¿Qué es?
-tienes que abrirlo. Pero, ¡tendrás que prometerme que me dejarás vértelo puesto! Le dijo.
La joven se quedó sorprendida. Enrojeció, al momento se dio cuenta que debía tratarse de alguna prenda seductora. Por ello le dijo: No se. ¡Depende de que se trate!
-Solo puede decirte, que te ira perfectamente con tu uniforme- le contestó sin indicarle nada más.
-Ay señor. Me ha dejado intrigada. Le contesto, agitada, sin saber que hacer. En el fondo sabía que debía ser algo excitante. Lo intuía, pero pese a todo, cada vez le gustaba más estar con aquel hombre.
Nerviosa, casi temblorosa, la joven abrió el envoltorio, el cual venía delicadamente bien adornado. Cuando pudo ver el interior, se quedó sonrojada al contemplar que se trataba de unas prendas interiores. Le miró sin atreverse a decirle nada. Pese a todo, notó como su entrepierna se mojó. El hombre se había atrevido a comprarle unas braguitas. ¡Unas braguitas para la criada! La joven se sintió emocionada.
Ligorio, intentó superar aquel momento, indicándole: anda “pruébatelas”. ¿Me gustaría ver cómo te quedan? ¡Espero que sean de tu talla! Te espero en mi despacho.
La joven no acabada de salir de su estupor. No solo el señor le había regalado unas braguitas, sino que además pretendía que las mostrara para ver cómo le quedaban. Cualquier otra joven lo hubiera mandado a hacer gárgaras. Pero Enriqueta, estaba como enloquecida con aquel hombre. Exhibirse con las braguitas ante el mismo, era algo que la excitaba. Al instante afloro la vena morbosa.
Titubeando, se dirigió al dormitorio donde ella se cambiaba normalmente. Una vez dentro, observó la primera de las braguitas y se quedó inquieta al comprobar que era bastante trasparente. El hombre iba a poder ver todos sus vellos, y, si se descuidaba, hasta su vagina. Pero, su alucinación llegó cuando observó la segunda braguita. Al comprobar la abertura de la entrepierna se quedó sin palabras. Sabía que, si se exhibía con aquella prenda, el señor le iba a ver todo su coñito y hasta su culito. Pensó: ¿Qué atrevido el señor? No obstante, decidió complacerlo poniéndose la primera de ellas.
Al retirar sus braguitas usadas se dio cuenta de que estaban mojadas. Se limpió el coñito con una toallita, y se colocó la braguita transparente. Le entró un temblor al verse en el espejo. Constató que se veían claramente todos los vellos de su pubis, y hasta podía distinguirse los labios de su vagina, entre la maraña vellos que poseía. Aun así, se animó y salió. Se dirigió al despacho del hombre, sabiendo que aquel le esperaba. Lo observó sentado en el sillón, con aquel pantalón corto tan ajustado que mostraba el relieve de sus genitales.
Al presentarse ante el hombre, aquel le pidió que se subiera el traje para poder contemplar cómo le quedaba. Oh señor, ¡pero es muy atrevida! ¡Me va a ver toda!
-Vamos Enriqueta. Tu ya me has visto en varias ocasiones. ¡Por el hecho de que te vea en braguitas no te va a pasar nada!
La doméstica, se subió poco a poco su vestido de volantes, dejando a la vista del hombre por primera vez, su entrepierna. Ligorio, se excitó tremendamente, de manera especial al comprobar la gran cantidad de vello de la joven. Observar esos vellos que traslucían a través de la tela trasparente, hizo emerger su pene de forma escandalosa, amenazando con romper el apretado pantalón malla que llevaba puesto.Le quedó patente que la joven no se depilaba.
-Veo que te queda de maravilla. A ver Enriqueta, date la vuelta para ver cómo te queda por detrás.
La joven, sumamente morbosa obedeció, y acercándose a la mesa del hombre, se apoyó en la misma, mostrándole su trasero al señor. Ligorio alabó el precioso trasero de la joven. Divino. Tienes un culito igualmente precioso.
Luego la miró y le dijo: Anda, pruébate la otra, a ver cómo te queda.
-Oh no. ¿está loco? ¡Con aquella que se me ve todo! No me pida que me la ponga, por favor. Le contesto la joven agitada.
Enriqueta, ¿no me iras a despreciar el regalo que te compré? Me fui solo a una tienda de lencería para compártelas. Necesito la recompensa al menos de ver cómo te quedan. Le dijo el hombre intentando convencer a la joven.
-Oh no señor. ¡Esa no me la pudo poner!. Le dijo la joven, marchándose del despacho.
Ligorio comprobó que había sido demasiado atrevido y osado. La joven no regresó. Decidió hacer un poco de deporte, se duchó y luego bajó al despacho de nuevo, colocándose un pantalón corto y una camiseta como en otras ocasiones. La joven le llamó para comer. La misma se mostró bastante sería con el mismo, se notaba la tirantez en el ambiente. La joven al terminar, mientras el hombre se encontraba en el sofá, le trajo la prenda última diciéndole: le devuelvo esta braguita. Siento que se haya gastado el dinero en ella. Pero, ¡comprenda que no puedo ponerme esto!
Ligorio, le contesto: tranquila. Es tuya. Te la he comprado para ti. Si no me las quieres exhibir, lo comprendo, pero “un regalo es un regalo”.
La joven regresó el paquete con la prenda otra vez a su habitación. Tras descansar el hombre marchó al despacho de nuevo. La doméstica terminó de limpiar la casa y luego regreso a su casa.
Fueron pasando los días, y el hombre se quedó algo preocupado pensando que quizás se había propasado. ¡Quizás había llegado muy lejos! Por ello, intentó olvidarse de la doméstica, yendo escasamente por casa, y, las veces que acudió, se marchó rápidamente. Eso preocupó a la doméstica. Se había acostumbrado a los intentos de seducción del señor, a sus caricias, y hasta sus atrevimientos. Sabía que se había enfadado al no querer probarse la segunda braguita.
Por otro lado, durante unos días en que la señora había tenido descanso, había comprobado las muestras de cariño de la mujer hacia su marido, abrazándolo y besándolo de vez en cuando delante de ella. Los celos afloraron al rostro de la joven. Sentía que se estaba poniendo enferma, celosa ante la actitud de la mujer con el señor.
Trascurrió así más de tres semanas. En la última semana, ni siquiera había visto al señor, ya que había marchado de viaje fuera de la ciudad. Sin saber porque, ansiaba volver a verlo. Se sentía alterada, y le costaba hasta hacer las tareas del hogar. La casa le parecía distinta sin el señor. La propia señora, le llamó la atención al descuidar la limpieza de una de las habitaciones.
Una mañana, cuando sus esperanzas de volver a sentir el calor del hombre se habían disipado, mientras se encontraba en la cocina, hizo su aparición Ligorio. Regresaba de viaje, portando la maleta. La joven al verlo, se le iluminó la cara, de lo cual se percató el hombre.
-Hola Enriqueta. ¡Hace tiempo que no te veía!
-Ya. ¿Ha tenido buen viaje? Le preguntó la joven, nerviosa y sin poder reponerse de la emoción al volver a verlo.
-Mucha paliza de avión. Estoy algo agotado. Necesito tomarme un baño. - le contesto. ¿Puedo entrar al baño de mi dormitorio?
-si claro. Lo acabo de terminar de limpiar.
El hombre nada más entrar, se retiró la ropa que llevaba puesta, desnudándose completamente y se metió en la bañera. El agua caliente lo reanimó, y comenzó a sentirse mejor.
Enriqueta por su parte, se había sentido muy contenta de volver a ver al señor. Se notó agitada ante la presencia de aquel de nuevo en la casa. Ansiaba volver a ser acariciada por aquel hombre. No se lo pensó mucho, y quiso agradar al mismo. No sabía lo que iba a ocurrir a lo largo de ese día, pero tenía la esperanza de que aquel se decidiera a volver a tocarla. Por ello, decidió cambiarse de braguitas, y tras meditarlo, optó por colocarse aquella que aquel le había regalado, y que nunca se había querido poner.
Al observarse con ella en el espejo, se agitó. Era como si no llevara nada. Podía verse todo coñito, especialmente sus labios vaginales. Miró su parte trasera, y comprobó que igualmente había una gran abertura que permitía ver claramente su trasero desnudo y hasta su propio ano. ¡Aquello era temerario! Pensó en quitárselas de inmediato. En ese momento, escuchó que el señor le llamaba. Su corazón palpitó al máximo. Se bajó el traje del uniforme, y se apresuró a acudir donde estaba. Se dijo: “vaya, que contrariedad”. “espero que no se dé cuenta que llevo estas braguitas”.
La puerta del dormitorio estaba abierta, y le pregunto al señor desde fuera: ¿señor, le ocurre algo? ¿Me llamaba?
-Si Enriqueta. ¿Es que no veo la toalla para poder secarme? Me puedes acercar una.
En ese momento la doméstica recordó que había terminado de limpiar el baño, había retirado las toallas sucias, pero no las había sustituido por otras nuevas. Rápidamente tomó unas y llegó hasta el cuarto de baño. Dudo si entrar o no. En el fondo ansiaba volver a ver al señor desnudo. Por ello, se acercó hasta la puerta del baño. El hombre la instó a entrar. Con cierta agitación entró, constatando que el hombre se hallaba fuera la bañera, completamente en pelotas, esperando a que ella llegara. No le dijo nada, se acercó y le tendió la toalla para que se secara.
El hombre comenzó a secarse, ante la atenta mirada de la joven, la cual intentó marcharse. Mientras se marchaba escuchó la voz del señor, decirle: ¿Por qué te marchas? ¿Acaso te da vergüenza volver a verme desnudo?
La joven doméstica no le contesto, simplemente se quedó quieta, como esperando que el hombre terminara de secarse. Al ver que acabó lo observó de nuevo, el cual se mostraba completamente desnudo ante ella, blandiendo entre sus piernas aquel tremendo pene que tanto excitaba a la misma. Además, se dio cuenta que el señor, estaba de nuevo con una buena erección, con su pene enfilado hacia ella.
Enriqueta se sonrojó, exclamando: Oh señor. ¿Ya está así…?
Es por ti Enriqueta, “se alegra de verte”. - le contestó el hombre, quien se fue acercando hasta donde se hallaba la joven.
Oh señor. No se acerque…oh- exclamo al sentir como el hombre la abrazó, tomándola entre sus brazos y atrayendo su cuerpo hacia él.
-Ay nenita. ¡No sabes las ganas que tenía de volver a verte, poder abrazarte! ¿me has echado de menos? - le preguntó, mientras la continuaba abrazando.
-Oh señor. Sabe que no debemos. Debe dejarme salir. Puede regresar la señora- le contestó con cierto nerviosismo. No obstante, deseaba que no la soltara. Añoraba sentirse de nuevo abrazada por aquel hombre, y deseaba que no la soltara.
Ligorio no quiso desaprovechar aquella oportunidad. Tenía una empalmadura de caballo. Llevaba casi dos semanas sin estar con su mujer. Apenas había tenido tiempo ni para masturbarse. Tomo a la joven y la llevó hasta su dormitorio. Allí frente a los grandes espejos que se hallaban en la habitación, se observaron en ellos. La escena era escalofriante: el hombre totalmente desnudo, con su gran corpulencia física, abrazaba a la doméstica de baja estatura, tomándola por la cintura. Al propio tiempo, le había acercado su poderoso pene, que sin miramientos le introdujo bajo el traje de volantes del uniforme.
En ese momento, Ligorio percibió algo que le dejó agitado. Su pene estaba topando con el trasero de la joven, pero, detectaba que lo hacía directamente sobre la piel. Se pregunto al instante ¿Estará sin bragas la doméstica? Sin poder contenerse, llevó una de sus manos al trasero de la joven, levantando un poco el traje, descubriendo que aquella llevaba puesta la braguita que le había regalado. Un tremendo escalofrió recorrió su cuerpo. Sin dejar de mirar al espejo, le preguntó: ¡te has puesto las braguitas que te regale! Uhm..”te quedan divinas”.
La joven no le contesto, encogiéndose de hombros, pero sumamente avergonzada. Pese a sentirse excitada, se notaba nerviosa e inquieta. Sabía que se estaba mostrando e forma seductora ante el hombre.
Se agitación se convirtió en estremecimiento al comprobar como el señor, le subió aún más el traje, para contemplar mejor su trasero, cubierto parcialmente por la braguita. Esa agitación se incrementó al ver como el hombre se agachó tras ella, acercando su pene y colocándolo en vertical entre la ranura o carril que formaban sus dos nalguitas. Al estar dicha zona desnuda, sintió perfectamente la verga deslizarse de arriba abajo por aquel canalillo. El contacto de sus nalguitas con aquel mástil frotándose con su desnudo trasero la dejo petrificada.
¿Sientes mi pene en tu culito? Tienes un culito precioso, suave, uhm.. ¡que delicia colocar mi pene entre tus nalguitas! – Oyo que le comentaba el señor.
Las nalguitas desnudas de la doméstica terminaron de decidir a Ligorio. Se puso tan tenso que decidió actuar. Se agachó detrás de la joven, y abriendo bien las nalguitas, ejerciendo presión hacia fuera, observó detenidamente el ano de la joven. Recordó cómo le había entrado sus dos dedos en la anterior ocasión. Sin más preámbulo, acercó su boca y lamió suavemente los alrededores del ano, para tras unos minutos después, lamer toda la superficie del mismo. Un tremendo escalofrío recorrió el cuerpo de la joven, quien empezó a gemir. Se volvía a sentir extraña, especialmente, al percibir la caliente lengua del hombre, horadando su agujero trasero.
-Oh señor. ¿Qué me quiere hacer? - exclamó, mientras se retorcía ante las lamidas y apretujones que le propiciaba el hombre a su trasero.
Ligorio no le contesto. Continuó lamiendo el ano, para luego atreverse a introducir un primer dedo. Tomó saliva y untó bien su dedo, y continuó introduciéndolo por el orificio anal. No se inmutó ante las quejas de la joven.
-–Lo tienes muy estrechito. Tengo que dilatarlo un poquito. Verás como te gustará. Le dijo sin cesar de introducir su dedo.
La joven se asustó. Pero, pese a todo sentía una excitación muy grande. Intuía que el señor quería metérsela por su culito. Intentó evitarlo, pero el hombre la tenía bien sujeta, sintiendo como le logró meter la totalidad del dedo corazón, introduciendo todas las falanges. Luego lo intentó con dos dedos, viendo que, ante su sorpresa, como el esfínter de la joven se dilataba bastante.
Ligorio estaba como una moto. Notó como se iba poniendo su verga a medida que comprobaba la buena dilatación del ano de la joven doméstica. Tenía claro que iba a clavar a la misma por ese agujero. Era una verdadera temeridad, pero no podía más. “Necesitaba clavar aquella nena”. Observó las suaves nalgas, casi blanquecinas de la joven y como sus dos dedos se perdían en las profundidades del culito. Eso lo termino de enardecer. No podía más, se incorporó y retiró los dos dedos del ano, y acercó su pene.
La joven dio un respingo al sentir la cabeza del falo a la entrada de su culito. Pero, antes de que se quejara, el hombre presionó con fuerza, viendo como el esfínter de la joven cedió, permitiendo la entrada del glande y una porción del falo.
-Oh no me duele… sáquela…me hace daño… oo
El hombre la sujetó con fuerza evitando que la joven pudiera retirarse, y continuó forzando el esfínter. La domestica se quedó aterrada. Era como si una barra candente quisiera entrar dentro de su cuerpo, a través de su pequeño agujerito. Pero el hombre continuó impasible empujando, susurrando al oído de la joven que se calmara, que ya se le pasaría el dolor.
-Oh no me va a reventar… oo por favor sáquela.-. Exclamó la doméstica al ver que aquella barrena seguía entrando. Notó un dolor muy fuerte, como si la estuviera rompiendo analmente, mientras el pene del señor seguía ingresando un poco más, abriendo con decisión las paredes de su ano.
Ligorio, tremendamente excitado, retenía fuertemente a la joven, mientras arremetía con fuerza, pero pausadamente, forzando el culito de la joven. Notó como su barrena se iba abriéndose paso, poco a poco, abriendo las paredes del ano de la doméstica. Temió correrse antes de tiempo. El placer que sentía era inenarrable. Observó que tenía más de la mitad de su poderoso nabo dentro del ano de la joven. Agitado, le pregunto: - Enriqueta ¿sientes mi pene? Ya está dentro de ti. Oh nenita tienes un anito divino.
-oh si… pero sáquela ya…. me va a reventar…
Lejos de sacarla, pensó que era hora de comenzar a follar aquel culito. Se dedicó a sacarla, para volver a meterla en seguida, una vez y otra; se percató que la repetición de esta acción, fue dilatando mejor las paredes anales de la joven. Pronto su falo había entrado más de dos tercios. Su ego estaba por las nubes: ¡por fin, se estaba follando el culito de la criada! Miró hacia el espejo, y su erección aumentó. La simple visión de ver como entraba su tremendo falo en el pequeño trasero de la joven doméstica, hacia crecer su pene.
Enriqueta tras los primeros sollozos, constató que le dolía cada vez menos. Su anito se estaba dilatando poco a poco. Sentía la entrada de la barrena del señor, pero curiosamente el dolor había disminuido drásticamente. Notaba que cada vez, el pene del hombre entraba con mayor facilidad en su agujerito. Ya no sollozaba, ahora aquellos sollozos se habían convertido en gemidos, pero estos no eran de dolor, sino de placer. Jadeó a medida que la larga vara del marido de la señora, horadaba una y otra vez su agujero.
Ligorio estaba que no podía más. Había comprobado con tremenda alucinación, como su largo y grueso cáñamo había entrado casi en su totalidad en el trasero de la joven. Recordó entonces haber visto, en alguna peli, como el hombre estimulaba el coñito, mientras enculaba a la mujer, hasta hacerla venir. ¿Porque no utilizar la misma técnica? - Pensó.
Una de sus manos, se introdujo por delante de la entrepierna de la joven, y alcanzó por primera vez los labios vaginales. Sintió como su mano tuvo que sortear la maraña de vello de la joven, para poder alcanzar la rajita. Por fin sus dedos comenzaron a frotar los labios vaginales, adentrándose en la cavidad vaginal. Como preveía, el efecto fue fulminante. La joven comenzó agitarse, percibiendo como relajó la presión del culito sobre su verga. Lo que facilitó que, casi sin darse cuenta, sintiera como sus huevos hicieron tope con las nalguitas de a joven. No se lo podía creer: “tenía todo su falo dentro del culito de la doméstica!”. “Jamás lo hubiera imaginado”
La joven comenzó a jadear, gimiendo, revolviéndose sobre su propio cuerpo. No solo sentía que el hombre la había endosado la totalidad de su pene en el culito, sino que los dedos del hombre le estaban dando mucho placer a su coñito. De pronto noto un intenso calor en su vagina. Las contracciones la llevaron a presenciar como se venía. Se estaba corriendo. No llegaba a entender cómo podía era posible tener un orgasmo mientras tenía aquel sable en su culito. Pero ahí estaba.
Su cuerpo comenzó a convulsionarse, moviéndose alocadamente, pese a tener toda la verga en su ano, retorciéndose sin parar. El señor percibió esa presión, sintiendo como las paredes anales ejercieron una presión bestial sobre su verga. Pese a la dureza y poderío de su verga, aquella presión parecía querer partirle el nabo. Hasta que, por fin, la joven se vino en un orgasmo trepidante, agitado, vibrante, que casi la hizo desfallecer. Oh ooo me vengo…me vengo… ooo sii
Ligorio, al ver como se venía la joven, arremetió como mayor fuerza, empleando su tremendo poder físico, clavando una y otra vez su daga en el trasero de la jovencita, hasta que sintió que emergía su semen. Ya no podía más. Llevaba días sin correrse. Necesitaba descargar. Arremetió con mayor fuerza hasta el punto de que con su tremenda potencia y altura, levantó el cuerpo de la joven casi en alto, la cual quedo sujeta únicamente con sus manos y anclada al pene del señor. Agitado, le dio un golpe final, profundo, certero…,.. jadeó, al tiempo que comenzó a eyacular dentro de los intestinos de la joven.
-Oh si Enriqueta me vengo…o siiiii exclamó mientras eyaculaba.
Pese a todo, continuó empujando y vertiendo semen dentro del culito de la criada. Se estaba viniendo copiosamente. Iba a inundar el culito de aquella nena, por completo. Un tremendo escalofrió recorrió todo su cuerpo mientras terminaba de lanzar sus últimos chorros. Por fin había podido descargar sus testículos.
Se detuvo, volviendo a permitir que la joven pusiera sus pies en el suelo, permaneciendo durante breves instantes con su falo clavado en la joven. Instintivamente, se observaron en el espejo. La escena era de las más eróticas y seductoras: un gran semental, con su majestuoso cuerpo, que casi triplicaba al de la joven, que tenía clavado su cipote en el culito de la joven, quien, por su escasa estatura y volumen, parecía una pigmea.
Ambos se agitaron ante esa tremenda visión. Luego, viendo que su verga se había relajado un poco, Ligorio decidió extraerla del orificio anal.
Al sacarla, la joven sintió un enorme vacío en su trasero. Se notó abierta. Miró su culito en el espejo, viendo que salían restos del semen vertido por el señor. Se estremeció al comprobar que se hallaba sumamente dilatado. El enorme boquete era extremadamente revelador de lo ocurrido. Exclamó: ¡me lo ha dejado muy abierto! ¿mire como me lo ha dejado?
-Tranquila Enriqueta, ya se te cerrara. Oh nenita ha sido divino. Eres una preciosidad. Le dijo, arrastrándola hasta recostarla sobre la cama.
-Oh voy a manchar toda la manta. ¡Su mujer me echará una bronca! Exclamo la joven.
El hombre fue y trajo una de las tollas del baño y la echó sobre la cama para evitar que se manchara el edredón. Tenía razón la joven, no era plan que su esposa pudiera percatarse de lo ocurrido. Tras colocar las toallas, abrazó suavemente a la joven, echándola sobre el mismo, quedando el cuerpito de la joven sobre su vientre. La acercó a su cara y la besó en los labios. Aquella le respondió. Se sentía entregada aquel hombre. Le gustaban sus caricias, sus mimos, su forma de tratarla. Se giró y miró el falo del hombre, que pese a todo aún mantenía buen tamaño, y, tomándolo en la manita, le dijo: ¿de verdad me ha metido todo eso en mi culito? ¡Me lo ha reventado! No podré ni moverme.
-“hasta los mismos huevos nenita”. Créetelo. Eres toda una campeona. ¡A partir de ahora te lo voy a clavar muchas veces!
La joven pese a todo le gustó las palabras del señor. Sin embargo, sin saber porque, miró su entrepierna. El hombre observo la mirada y le dijo: No te preocupes. “Ese coñito será mío también”.
-Pero aún soy virgen. Exclamó la joven, nerviosa ante la pretensión del señor de meter su falo igualmente en su vagina.
-También era virgen tu culito, y ahora es mío.
La joven no le contestó, limitándose a abrazase al mismo, quedando ambos entrelazados sobre la cama durante un buen rato. Tras un tiempo prudencial, la joven se incorporó. Miró sus muslos, viendo que por su culito chorreaba el semen viscoso y cálido, que descendía hasta la cama. Menos mal que habían tenido la precaución de colocar la toalla. Se levantó y marchó a asearse en el mismo baño.
Luego se visitó, y sonriendo salió de la habitación, para dedicarse a terminar de arreglar la casa. Le costaba hasta moverse y caminar. Se sentía abierta, y sus músculos doloridos. No llegaba a creerse que todo el pene del señor hubiera podido entrar en su culito.
CONTINUARA
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