Xtories

En la consulta del anestesista

La espera en la sala de consulta se vuelve insoportable cuando sus miradas se cruzan. Pero cuando el doctor le pide que se quite la ropa, la barrera entre la clínica y el deseo se rompe. ¿Qué pasará cuando la puerta se cierre y la autoridad médica se convierta en autoridad sexual?

Miss Escorpio15K vistas8.4· 9 votos

El pitido de la pantalla anunciando una nueva cita me estaba poniendo nerviosa. Llevaba más de media hora en la sala de espera y parecía que nunca me tocaría el turno. El señor que estaba frente a mí, sentado al lado de su mujer, me miraba de forma descarada las piernas.

Estaba vistiendo una falda, que prometo que no parecía tan corta cuando me la compré, pero que al sentarme dejaba a la vista parte de mis muslos generosos.

Miré al hombre e intenté aguantarle la mirada. Estaba cansada de sentirme cohibida por las miradas de los hombres en general, pero especialmente por los hombres casados que parecían estar amargados de su escasa y monótona vida sexual.

Aguanté la mirada y pude apreciar cómo la sorpresa estallaba en aquel par de ojos claros. El duelo parecía no tener fin, aquel hombre que debía de estar a punto de cumplir los sesenta parecía estar entusiasmado con el giro de los acontecimientos. Posiblemente aquella noche se tocaría pensando en lo que estaba sucediendo. Y aquel pensamiento, lejos de perturbarme me animó a continuar jugando con aquel desconocido. Abrí ligeramente mis rodillas dejando mí entrepierna a la vista de aquel par de ojos ansiosos. Fueron unos segundos, pocos, pero los suficientes para ver la lujuria llameando en la expresión de su cara, mientras su mujer, ajena a todo lo que estaba sucediendo jugaba al Candy Crush.

El sonido estridente de la pantalla rompió aquel momento surrealista. Alcé la mirada y mí número ocupaba el centro del monitor. Por fin me tocaba. Me puse en pie e estiré mí falda sin mirar aquel señor.

Caminé hacia la consulta sintiendo cómo la excitación buceaba por mis entrañas. Al entrar en aquella pequeña habitación la voz masculina del doctor me indicó que cerrase la puerta. No me miró, tenía la vista fija en la pantalla.

Caminé hasta la silla con cierta desilusión, no sabía por qué, pero aquel día me había despertado mí lado zorrón y por un momento había necesitado sentir la mirada de aquel hombre en mi cuerpo.

—Natalia González ¿verdad? —preguntó el doctor todavía sin mirarme. No parecía ser muy mayor, quizás rondaba la cuarentena de edad.

—Ajá—logré contestar todavía sintiendo la necesidad de llamar la atención de aquel hombre. Quizás la falta de sexo me estaba nublando la cordura.

La mirada del doctor se alzó y me encontró mirándolo con la boca ligeramente abierta. Sus ojos marrones con tonos verdes me llamarón dejaron medio hipnotizada, por un momento me imaginé mirándolos fijamente mientras él se corría en mí cara. ¡Joder, Natalia! Me regañé a mí misma e intenté estirar la espalda, pero aquel movimiento no pasó desapercibido por el doctor, quien sin poder evitarlo su mirada fue directa a mí generoso escote.

Miré a su mano y allí encontré un sencillo anillo dorado rodeando uno de sus dedos. Casado. Puede que aquella información debería de haberme hecho frenar, pero la verdad es que, aquel pequeño detalle, me excitó más. Había fantaseado más de una vez con seducir a un doctor, pero uno casado aumentaba el grado de dificultad al máximo.

—Bien, Natalia. ¿Has traído los resultados de las pruebas?

Asentí en respuesta y me incliné para coger mí bolso. Lo hice con toda mi intención, dejando mí escote totalmente expuesto. El doctor se puso en pie, lo hizo con un movimiento rápido que me hizo ponerme tensa. ¿Me habría pasado?

Se movió con ligereza, colocándose a mí lado. Le tendí los papeles evitando su mirada. Podía notar cómo mis mejillas ardían.

—Quítate la camiseta, Natalia.

Me sorprendió la orden. No sabía que en la consulta con el anestesista había que quitarse la camiseta, pero aun así seguí su orden. Me quité la camiseta y la dejé dentro de mí bolso. Me quedé ahí sentada en mí silla con la espalda erguida.

—Mejor ven aquí, en la camilla.

Asentí y me levanté. Me olvidé de recolocarme y me fui hasta donde estaba el. La camilla era bastante alta, me senté en la orilla de está y esperé a que el doctor me indicase que hacer. Él se colocó a mí lado y pude notar el bulto en sus pantalones. ¿Estaba excitado? Sentí cómo una pequeña ráfaga de cosquillas se abría paso en mí sexo. Respiré hondo y no pude evitar humedecer mis labios.

—Abre la boca.

No sabía que tenía aquel tono que empleaba, con sus ordenes concisas, pero me estaba volviendo loca. Abrí la boca y me atreví a mirarle a los ojos, el tomó un palo de un bote y me lo introdujo en la boca. No perdí el contacto visual en ningún momento con el, y la zorra que tenía en mí interior deseaba que fuera otra cosa lo que estuviese en mí boca.

—Cierra la boca.

Tres palabras.

Una orden.

Y casi me provoca un puto orgasmo.

No sé sí fue su tono, sí fue mí calentura o, puede, que en algún momento hubiese perdido la razón, pero la zorra que habita en mí tomó el control de la situación. Cerré la boca mirándole y después moví está de forma que lo haría si tuviese una polla en mí boca.

No sé qué me pasó por la cabeza, quizás estaba en celo, no lo sé. Pero lo hice. Pude notar cómo sus cejas se alzaban, probablemente llamaría seguridad o incluso me echaría el mismo de la consulta.

—Señora González. ¿Usted se toma esto en serio?

El doctor se desplazó hacía la puerta y cuando pensé que la iba abrir y me iba a echar de allí estando sin camiseta, su mano se movió cerrando el pestillo de la puerta.

Tragué saliva al instante.

—Eso es traga, traga, que lo vas a necesitar. Parece que usted tiene algún problema ¿no? Cuéntame, Natalia. ¿Qué te sucede? ¿Cómo puedo ayudarte?

Me mordí el labio sin saber qué decir. Sin poder evitarlo, presa de los nervios abrí y cerré mis piernas, gestó que bloqueó el parándome con sus manos.

—¿Tienes un problema aquí?

Su mano se movió veloz y fue hasta mí sexo que parecía estar sumergido en las aguas del infierno. El toque de sus dedos por encima de mí ropa interior me hicieron gemir.

—Ya veo. ¿Me necesitas ahí?

Asentí.

Uno de sus dedos sorteó la goma de mí ropa interior y se introdujo en mí sexo. La humedad de este pareció estar absorberlo por completo. Su dedo entró y salió con cierta lentitud.

—Túmbate.

Hice lo que me pidió sin rechistar. Abrí ligeramente las piernas y noté cómo la humedad empapaba mí ropa interior. Respiré hondo intentando tranquilizar mí ansiedad. El doctor se bajó la cremallera de su pantalón y se sacó su polla, no sin esfuerzo. Era grande y venosa. Y sin perder el tiempo, me la colocó al lado de la boca.

—Enséñame que sabes hacer con esa boca, Natalia.

No dudé abrí mis labios y él entró en mí sin pensárselo. No fue delicado, no pensaba serlo, el doctor me folló la boca con embestidas potentes y profundas. Sentí una arcada, pero él la ignoró y siguió moviéndose con esmero.

Sus caderas se movían y su polla entraba y salía de mí boca con una velocidad constante. Noté cómo mis ojos se llenaban de lágrimas, pero aun así estaba disfrutando de ser dominada.

—Eso es, tómala entera.

Seguí engullendo cómo pude hasta que en uno de sus movimientos salió de mí boca. Sus dedos se deshicieron de mí ropa interior de forma rápida. Mí tanga terminó en el bolsillo de su bata. No tuve tiempo para quejarme porque su mano fue directa a mí sexo y lo invadió usando tres dedos. Me martilleó con ímpetu y yo por un momento pensé que me corría en aquel jodido momento.

El me tomó por las caderas y me giró de forma que quedé expuesta hacia él. Tomó su polla la llevó a mí entrada y entró en mí sin vacilación. Noté cómo su miembro se abría paso en mí. Parecía que mí coño estuviese hecho para el. la tenía gorda y larga, una gozada para cualquier mujer. Sus manos fueron hasta mis tetas y las agarró con fuerza mientas sus caderas impartían un ritmo frenético con el que me costaba no gritar. Noté cómo entraba en mí cómo lo haría un taladro contra la pared. Entró y salió sin delicadeza. Tomó mis piernas y se las colocó en sus hombros.

Salió de mí interior y pude notar cómo mí coño estaba totalmente empapado. escuché cómo escupía y al segundo lo noté empujando en la entrada de mí culo.

—No—balbuceé, aunque sentí la excitación apremiando en la boca de mí estómago.

—No, ¿qué Natalia?

—Mí culo no…. Nunca lo he conseguido hacer.

Y menos en aquella posición, las veces que lo había intentado había sido de costado y el dolor me había paralizado.

—No sabían hacértelo. Déjame a mí.

Asentí sin estar muy convencida.

Sentí la presión en la entrada y estuve a punto de pedir que parase. El dolor era punzante y pensé que no lo lograría. El empujó y ya tenía la punta dentro, estaba a punto de decirle que parase, que así era suficiente cuando entró, entró hasta el fondo y yo sentí dolor y placer. Sentí cómo todo mí ser se adaptaba a aquel intruso, se movió rápido y yo no sabía sí llorar o gemir cómo una loca. Su polla entró y salió de mi con dureza. Mí sexo parecía estar acumulando todo el placer que estaba sintiendo, parecía cómo sí fuese un volcán a punto de explotar. Sus movimientos se aceleraron y en ese momento sentí cómo me corría cómo no lo había hecho nunca antes. Y cuando todavía estaba asimilando aquella dosis de placer noté cómo mí culo se llenaba con su leche.

Me quedé quieta sintiendo que mis piernas eran mantequilla.

El doctor salió de mí, y se apresuró a limpiar aquel desastre.

Me ayudó aponerme en pie y fue hasta su silla.

—Muy bien, Natalia. Está todo en orden, nos vemos en dos días.

Asentí y tuve que esforzarme para caminar de forma normal.

¿Aquello acababa de pasar?

Gracias por todos vuestros comentarios!

Espero que lo disfrutéis tanto cómo yo.