50 años, seducción inesperada, día completo
Águeda no es solo una directora; es una mujer que ha soñado con ser usada en su propio escritorio. Y María Jesús, la vecina tímida, esconde una lujuria salvaje que solo Alex puede despertar. Dos mujeres, un solo hombre, y la promesa de un secreto que podría destruirlo todo.
Me alejé de Ainhoa y Pepa. No fue una huida, sino una retirada estratégica. Algunas de sus actitudes me habían picado, y necesitaba que entendieran, sin que yo tuviera que pronunciar una sola palabra, que los roles que habíamos forjado en esa noche de lujuria eran inquebrantables. Yo era el que daba las órdenes, el que dominaba. Ellas, las que las obedecían. No quería agobios, ni dramas de pareja, ni la obligación de ser el amante permanente de dos compañeras de curro casadas. En el fondo, era un castigo para ellas, pero, sin duda, también lo era para mí. Una dieta forzosa de abstinencia, un fastidio de llevar.
Como ya he contado, mi talón de Aquiles siempre ha sido comprar pantalones online. Por eso me acabé citando en casa de mi vecina María Jesús. Un espectáculo en miniatura: 1,60 m de pura provocación, ojos de miel que te prometían pecado, una melena castaña que pedía a gritos que la tiraras, y un culo que no era culo, era un melocotón perfecto, pequeño y redondo. Su marido, Francisco, era su polo opuesto: una bola divertida y sin filtros.
Mientras María Jesús me medía la cintura, su torpeza era tan evidente como mi erección creciente. No sabía cómo preguntarme algo. Fue Francisco, con su bruto encanto, quien lo soltó: —¿Que para dónde te carga la chorra?— Ante mi duda, aclaró: —¡Que pa' que "lao" te pones el rabo!—. —¡FRANCISCO!— le espetó ella, sonrojada. —¡Te tengo dicho que en esta casa y delante de mí, NI UNA PALABRA MAL SONANTE!—. El caso es que, entre mediciones y roces, sus manos "accidentalmente" se toparon con mi polla varias veces. La vi ponerse roja, sintió cómo se me ponía dura a su toque y no supo qué hacer. Acordamos que me avisaría, pero yo ya había tomado una decisión: cero líos con vecinas. Quería mi piso como un santuario, no un campo de batalla de lujurias que fueran posibles conflictos con algún marido.
El destino, sin embargo, tiene un sentido del humor perverso. En el trabajo, me subieron a la planta noble para un proyecto urgente. La directora regional, Águeda, nos reunió a todos. Una mujer que entraba en una sala como si fuera la reina de España. 1,68 m de autoridad, una melena pelirroja que parecía llamas, y un cuerpo escultural para sus 44 años: delgada, con un pecho de 95 que desafiaba la gravedad y un culo bien definido que se adivinaba bajo sus trajes impecables. Siempre vestida para matar, con tacones que la hacían aún más imponente.
Ese día, el circo se montó en la oficina. De repente, todos cantando el cumpleaños feliz, que la realidad era que cumplía el medio siglo. Entró su marido, un tipo de 60 con un ramo de rosas y la presencia de un mueble. Le regalaron los de la planta noble un collar con una libélula o una mariposa que le caía justo entre el inicio de su escote. Águeda llevaba un traje de pantalón violeta, sin nada debajo de la chaqueta, que se cerraba para exhibir un generoso escote. Me miró, me pilló boquiabierto contemplando sus tetas, y se acercó a darme dos besos que sentí como una caricia directa a mi polla.
Más tarde, cuando todos se iban, su secretaria me dijo que Águeda quería verme. Entré en su despacho. La atmósfera había cambiado. Estaba seria. —Alex, no es correcto ni como subordinado, ni como hombre, mirar tan descaradamente el pecho de una mujer y no me lo puedes negar—. —Pues se lo tengo que negar— respondí con calma. —Si miraba esa zona, era por curiosidad. Quería saber si el colgante era una libélula o una maripos—
Su expresión se transformó. La seriedad dio paso a algo "raro", algo animal. Se apoyó el culo sobre el borde de su escritorio, y en un movimiento que me cortó la respiración, se abrió la chaqueta. Llevaba un sujetador a juego, también violeta. —Ahora puedes salir de dudas—, me dijo con una voz ronca. Me acerqué, pensando en mil cosas que podía hacer a esa mujer. Pero cuando estuve a punto de tocarla, me detuvo. —Espera, que igual no lo ves bien—. Y entonces, soltó el cierre delantero del sujetador.
Sus tetas quedaron libres. Grandes, pesadas, con unas areolas como galletas y pezones pequeños y rosados, duros como piedras. Su expresión ya no era de directora, ni de mujer. Era de una perra en celo, cachonda, dispuesta a ser follada.
El silencio en el despacho era absoluto, roto solo por el sonido de mi propia respiración. Sus tetas, libres y perfectas, colgaban ante mí como un trofeo, una invitación. El aire se espesó, cargado de testosterona y deseo máximo. La fachada de directora se había hecho añicos; en su lugar solo quedaba una hembra que olía a poder y a sexo.
—Ya lo ves—, susurró, y su voz ya no era la de antes. Se había vuelto más grave, más áspera, más sucia. —Son para ti. Pero lo que quiero saber... es si es verdad todo lo que se cuenta—. Me miró de arriba abajo, deteniéndose con morbo en mi entrepierna. —En los pasillos se susurran cosas, Alex. Dicen que eres un animal. Que no follas, que devastas. Que tienes un rabo de los que dejan a las mujeres hechas una mierda y pidiendo más—.
Se pasó la lengua por los labios, un gesto lento y deliberado. —Y necesito comprobarlo. Llevo meses viéndote entrar y salir de esta oficina, con ese aire de que te sobra todo, y me he corrido un montón de veces en mi escritorio pensando en que me partieras a cachos. ¿Vas a ser tan bueno como dicen? ¿O vas a ser otra decepción más?—. Se bajó del escritorio y se acercó a mí, desafiante. Sus pezones rozaron mi camisa y un temblor recorrió su cuerpo. —Porque te lo voy a decir claro, sin rollos de directora. Estoy cachonda como una perra desde que entraste hoy. Quiero que me folles. Quiero que me hagas tuya, aquí mismo. Que me dejes sin voz, sin aliento, sin poder andar mañana. Quiero sentir tu polla hasta que me duela y me llore el coño—.
Su mano bajó por mi pecho, lentamente, hasta que se detuvo justo sobre la dureza que se adivinaba en mi pantalón. La apretó con fuerza, sintiéndola, midiéndola. —Joder... sí. Siento que tienes algo aquí. Algo que merezca la pena. No me hagas esperar, Alex. Dame tu polla. Ahora mismo—. Ya no era una orden, era un ruego. Una pidiendo que la follaran sin miramientos, que la usaran, que la cumplieran la fantasía que había alimentado en soledad durante tanto tiempo.
La palabra "ahora" fue el detonador. La última bomba de tiempo en un polvorín que estalló en mi interior. La fachada de Alex, el empleado eficiente, se desintegró para dar paso a la bestia. La agarré por la garganta, no con fuerza para asfixiarla, sino con la autoridad bruta de un predador que marca a su presa. Su respiración se cortó en un grito ahogado, y sus ojos se abrieron de par en par, llenos de un miedo que se transformó al instante en una lujuria desbordada.
—¿Quieres mi polla, zorra?—, le siseé a la cara, mi saliva mezclándose con la suya. —¿La quieres de verdad?—. Asintió con los ojos, incapaz de hablar. —Pues te la voy a meter tan dentro que te la voy a salir por la boca—. La giré de un empujón, la aplasté contra el cristal frío de su ventana de oficina, con las palmas abiertas sobre el cristal. El mundo de abajo, sus oficinas, su reino, se convertía en el escenario de nuestra rendición.
Con una mano, le desabroché los pantalones. No los deslicé, los arranqué. La tela cedió con un sonido de desgarro que la hizo gemir. No llevaba bragas. Su coño estaba afeitado, húmedo, brillando bajo la luz de la oficina, una ofrenda lista para ser profanada. Me saqué la polla, dura como un hierro forjado, y la guíe por su hendidura, frotándola en su clítoris hinchado, torturándola con la anticipación.
—¡Métetela, cabrón! ¡Métetela ya! ¡No me tortures!—, gritó, golpeando el cristal con las manos. «¡Fóllame, destrúyeme!—. Con un rugido que fue pura rabia y puro deseo, me hundí en ella de un solo empujón, hasta el fondo. Su cuerpo se tensó en arco, un alarido de dolor y placer puro que hizo vibrar el cristal. —¡Así! ¡Joder, sí! ¡Así de fuerte!—. No hubo ritmo, no hay ternura. Solo un ataque salvaje, una bestia desatada. Cada embestida era un golpe seco, profundo, que la levantaba del suelo. La cogía por las caderas, mis dedos clavados en su carne, y la usaba, la follaba sin piedad, convirtiendo su coño en un mero instrumento para mi placer.
—¿Así te gusta, perra?—, gruñía entre jadeo y jadeo. —¿Así es como soñabas que te follaría?—. —¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Soy tu perra, tu puta! ¡Usame, joder, úsame como un trapo!—, respondía, perdida en la vorágine. Se giró para mirarme sobre su hombro, con la cara contorsionada por el éxtasis, el maquillaje corrido por el sudor. —¡Córrete dentro de mí! ¡Quiero sentir tu leche, quiero irme llena!—. La aparté del cristal y la arrojé sobre su escritorio. Papeles, bolígrafos y el precioso collar con la libélula volaron por los aires. La tumbé boca arriba, la agarré por los tobillos y la abrí de piernas, exponiéndola por completo. La penetré de nuevo, mirándola a los ojos, viendo cómo se perdía en mí. —Mírame—, le ordené. —Mírame mientras te lleno. Soy el que te folla, el que te posee. ¿Lo entiendes?—.
—¡Sí! ¡Te entiendo! ¡Eres...! ¡Joder, cómo me follas! ¡Cómo me duele y cómo me gusta! ¡No pares, por favor, no pares hasta que me corra y me des tu leche!—. Su cuerpo empezó a convulsionarse, un orgasmo brutal que la sacudía como a una muñeca de trapo. Sentí sus paredes contraerse, apretarme, intentar exprimirme la leche, y fue demasiado para mí. Con un último rugido, me vacié dentro de ella, un torrente caliente y espeso que la llenó hasta rebosar.
Nos quedamos así, jadeando, sobre los restos de su vida profesional. Yo sobre ella, mi peso dominándola, mi leche goteando de su coño. Pasó un largo minuto antes de que pudiera hablar. Cuando lo hizo, su voz era un hilo roto, un susurro rendido. —Joder, Alex... no me han mentido. Eres lo mejor—.
La besé. No fue un beso de amor. Fue un beso de conquista. Un sello final en un territorio que, a partir de ese momento, todo podía ser más divertido. Mientras nos recomponíamos, me dijo que tenía prisa, que su marido la estaba esperando en el coche. Le hice una pregunta curiosa —se te nota un poco sofocada, mírate bien o ¿no te preocupa que tu marido se dé cuenta?— y con un tono jocoso —mi jovencísimo Alex, mi marido es mi confidente mi aliado— no sabía interpretar con exactitud esas palabras.
El encuentro inesperado con Águeda me sentó muy bien. Fue un encuentro muy corto, un polvo fugaz pero muy intenso y pensaba si había sido un desahogo esporádico o sería algo más. El tiempo me diría y sobre el comentario que me hizo sobre mí, solo podía ser Ainhoa. Porque a Pepa no la miraba con buenos ojos, se notaba.
Ese mismo día, al llegar a mi casa, la encontré a ella, María Jesús, y a su marido. No perdió el tiempo; su voz fue un susurro cálido, una proposición que se coló en mi oído. —Si te va bien, pásate por mi casa—, me dijo, —una clienta me ha fallado y el hueco es todo tuyo—. Asentí, pero mi mente ya estaba en otra parte: necesitaba una ducha, desesperadamente. Mi piel olía a sexo, a sudor y a ella, y no quería llevar ese rastro a su taller. Mientras me duchaba me iba diciendo, que nada con ninguna vecina, que donde vivía tenía que ser un lugar neutral, sin sexo.
Una hora y pico después, estaba en su puerta. La abrió él, el marido, aún encerrado en el mismo chándal que le vi en la calle. Una prenda que me parecía una antinomia, una burla para alguien a quien el deporte debía de provocarle urticaria. Ella, en cambio, se había transformado. Un vestido holgado, de cuello cerrado, la hacía parecer aún más diminuta, casi frágil, con sus 1.60 de estatura y unas zapatillas planas que la anclaban al suelo. Su culo, un melocotón pequeño y perfecto, se adivinaba bajo la tela, pero era su pecho lo que robaba la mirada. En un cuerpo tan menudo, aquellas tetas eran una declaración de principios, un volumen imposible de ignorar.
Mientras me ofrecían un café, el timbre rompió el tenso silencio. Era para Francisco, un amigo de él. Supe al instante, por la forma en que se le tensaba la mandíbula a ella, que su presencia era una afrenta. —Pues ya sabes, querida, iros a vuestros dominios—, le espetó con una falsa sonrisa. María Jesús me miró, y en sus ojos vi una tormenta. —Vamos a mi estudio—, ordenó, y el portazo que dio fue un grito sordo que resonó en toda la casa. No vi al amigo, pero oí su estruendo, un eco del de su marido: la tele a todo volumen, sus voces broncas y desagradables, como si gritarle al mundo fuera su única forma de existir.
—Es que no lo aguanto, es un viejo verde, un baboso—, se quejó ella. Pero el encierro tenía un problema, y se le ocurrió una solución. —Vamos a hacer una cosa. Me doy la vuelta y cuando te pongas esto (me entregó los pantalones a medio terminar) me lo dices. Y cuidado con los hilvanes, que no se suelte nada—.
Me los puse con el cuidado que requiere un ritual. La tela es como si me abrazaba, ajustada, delineando cada músculo. María Jesús empezó a marcar las costuras con su tiza de tres colores, un baile de dedos elegantes sobre mi cuerpo. Y entonces, la vi. A través de la tela de su vestido, sus pezones se erizaban, dos puntas como pequeños cuernos que delataban un frío que no sentía. Fue como si un interruptor se activara en mi interior. La imaginé entre mis brazos, sintiendo el peso de su cuerpo menudo, su pequeño culo empujando, insinuándose, contra mi polla que ya despertaba. Se la veía tan delicada, tan tierna, tan sumisa en su mal humor, que mi polla latía con una fuerza que me desbordaba.
Y entonces, ocurrió. Un descuido, un hilván demasiado débil. Se soltó un trozo de tela, y mi slip quedó al descubierto, mi polla dura escapándose por el borde. Ella, que estaba agachada, al verlo, reaccionó por instinto. Intentó cubrirme con la pieza caída, pero para eso su mano tenía que deslizarse por dentro del pantalón. Sentí el contacto de su piel, esa manita pequeña y suave, rozando, rozando, casi rozando por la nariz mi polla erecta.
Se quedó paralizada. Su mano, aún atrapada entre la tela y mi piel, era la de una estatua de cera. El mundo exterior se desvaneció; solo existíamos nosotros dos en ese santuario de tela y tiza. Sin mediar palabra, levanté una mano y la posé con suavidad sobre su cabeza, sintiendo la calidez de su pelo bajo mi palma. Apliqué una presión mínima, una invitación silenciosa, atrayéndola hacia mí.
Su mejilla rozó la tela de mi slip. El contacto fue como una chispa en un polvorín. La estatua de cera se derritió para dar paso a una fiera. Levantó la vista, y sus ojos, antes llenos de fastidio, ahora ardían con una lujuria salvaje. El aire se cargó de una tensión eléctrica. —Joder, qué verga tienes…— salió de su boca en un susurro ronco, una voz que no le pertenecía. —Me la quiero meter hasta las bolas. Quiero ponértela tan dura que me duelan los labios al chupártela—, me parecía muy optimista con esa boquita tan pequeña que tenía. El lenguaje soez, esa transformación tan brutal, me recorrió como una descarga. Ella lo vio. Vio cómo mi polla, ya de por sí dura, latía con más fuerza contra el tejido, reclamando atención. Y sonrió. Una sonrisa de depredadora que acaba de encontrar a su presa.
—¿Sí? ¿Te gusta, eh? ¿Te gusta que esta hembra te hable sucio?— su tono subió de octava, más desafiante, más procaz. —Porque te voy a mamar hasta que te corras en mi boca. Voy a lamer esa cabeza como un caramelo, a sentir cómo late en mi lengua mientras te la trago entera. Quiero oír cómo gimes cuando te la ahogue con mi garganta—
Cada palabra era un latigazo, una promesa que me hacía morder el labio. No era la María Jesús modesta y malhumorada; era una diosa pagana del sexo, liberada de sus ataduras, y yo era el único sacrificio que le quedaba por ofrecer.
El susurro ronco de su voz se evaporó, y en su lugar nació un gemido bajo, gutural, que vibró contra mi piel todavía cubierta por el slip. No hubo más palabras. Solo el instinto. Su boca, que acababa de proferir las más sucias promesas, se abrió y cerró sobre el tejido, mojándolo con su aliento caliente. Sentí la presión de sus labios, el contorno de mi glande a través de la tela húmeda, y mi cuerpo se tensó como un arco.
—Joder, te sabes a sal…— murmuró contra mí, y el sonido fue un tormento delicioso. —A sal y a verga. Quiero probártela sin ropa, sentir cómo me raspa el paladar. Mientras hablaba, su otra mano, la que había estado marcando la tela, se deslizó por mi pierna, subiendo con una lentitud tortuosa hasta posarse en mi nalga, que apretó con fuerza, clavándome sus uñas a través del pantalón. Su mirada no se apartaba de la mía; sus ojos, ahora dos pozos oscuros de deseo, me devoraban, analizando cada reacción, cada estremecimiento que provocaba en mí.
—¿Sientes eso? ¿Sientes cómo te deseo?— su voz era un hilo. —Quiero que te sientes en la silla. Quiero montarme y cabalgar hasta dejarte seco. Quiero oír cómo me suplicas que pare, aunque no lo quieras de verdad— Vio cómo mi respiración se cortaba, cómo mi pecho subía y bajaba con más urgencia. Su sonrisa se ensanchó, una mueca de poder y lujuria. Se irguió lentamente, su mano deslizándose desde mi nalga por mi espalda, dejando un rastro de calentura. Se acercó a mi oído, sus grandes tetas y sus duros pezones, presionando contra mi costilla.
—Voy a ser tu puta esta tarde— dijo, cada palabra era un veneno excitante. —Tu puta sumisa. Pero solo hasta que te des por saciado. Después, vas a ser tú el que me deje saciada a mí. Vas a arrodillarte y vas a lamerme este coño que ya está goteando solo de pensar en todo lo que te voy a hacer. Vas a saber a mí cuando te besen, ¿entiendes?—
Se separó un palmo, y con una agilidad felina, sus dos manos fueron a la cintura de los pantalones de prueba. Sus dedos lo terminaron de arrancar sin ningún tipo de miramientos. Era una declaración de guerra que esperaba. El aire frío de la habitación besó mi piel cuando ella bajó la tela, y mi polla, liberada y palpitante, se alzó hacia ella, desafiante. María Jesús se quedó mirándola un instante, con una expresión de hambre voraz, antes de volver a clavar sus ojos en los míos. Se fue y le puso el seguro a la puerta. —Ahora sí—dijo, y su voz era un trueno. —Ahora sí que vamos a jugar de verdad—
No hubo un segundo de vacilación. Su boca, que acababa de declarar la guerra con sus palabras, descendió con una voracidad que me robó el aliento. No fue un beso, no fue una caricia. Fue una posesión. Sus labios, suaves y firmes a la vez, se cerraron sobre mi glande, y su lengua, ávida y experta, comenzó a trazar círculos lentos, mojándolo, saboreándolo como si fuera el primer manjar que probaba en años. Un gemido profundo escapó de mi garganta. Mi mano, que aún descansaba en su cabeza, ahora se enredaba en su pelo, no para guiarla, sino para anclarme a la realidad, para no derretirme en la intensidad del momento. Ella lo sintió. Sintió el control que tenía sobre mí, y ese poder la encendió aún más.
Se retiró un instante, solo para mirarme desde abajo. Un hilo de saliva brillaba entre sus labios y la punta de mi polla. Su rostro era una máscara de lujuria pura, sin rastro de la mujer tímida que me había abierto la puerta. —¿Te gusta, puto? ¿Te gusta cómo te la chupo?— su voz era un gruñido bajo y sexy. —He soñado con esto. Con tenerte aquí, duro, para mí sola. Con ahogarme con tu verga hasta que me lloren los ojos—
Y sin esperar respuesta, volvió a la carga. Esta vez no hubo delicadeza. Me la tragó entera, de golpe, hasta que sus labios se apretaron contra mi base. Sentí su garganta ajustarse alrededor de mí, un espasmo caliente y estrecho que casi me hace arrodillar. Su nariz se hundió en mi pelvis, era alucinante como esa boquita se podía tragar de esa manera mi polla. El sonido que emitió, un gutural y profundo "mmmmmm", vibró a lo largo de toda mi polla. Empezó a mover la cabeza, un ritmo lento al principio, casi reverencial, pero que fue acelerándose, volviéndose más salvaje. Su mano libre subió por mi muslo y se apoderó de mis testículos, masajeándolos con una firmeza que caminaba la delgada línea entre el placer y el dolor. Cada vez que me la metía hasta el fondo, emitía un pequeño ahogo, un sonido de sumisión que me enloquecía.
—Así… sí… así…— balbuceé, sin poder formar otra frase. Ella escuchó. Pensando que estaba a punto de correrme, aunque no era así. Se detuvo de repente, dejándome cachondo perdido. Me miró con una sonrisa pícara, sus labios hinchados y rojos. —Todavía no— dijo, con un tono que no admitía discusión. —No te vas a correr en mi boca. Por lo menos no tan pronto. Toda esa lefa es para otro sitio—
Se puso de pie con una agilidad felina. Se apartó solo un paso, y ante mi mirada ansiosa, cruzó sus manos por el borde de su vestido holgado y, con un solo movimiento, lo tiró por encima de su cabeza. Quedó desnuda frente a mí. Su piel, morena y suave, parecía brillar en la penumbra del taller. Sus tetas, perfectas y desafiantes, eran dos montañas de deseo, con sus pezones duros como dos guijarros. Su vientre plano descendía hasta un pequeño vello oscuro que enmarcaba sus labios, ya hinchados y brillantes por su propia excitación.
—Tu turno— susurró, tendiéndome la mano. —Ven aquí y demuéstrame de lo que eres capaz—
La sorpresa en sus ojos fue deliciosa. Esperaba que la tumbara, que la comiera en la mesa de trabajo como si fuera el plato principal, pero yo tenía otros apetitos. La cogí por la cintura, sin esfuerzo, y la giré sobre sí misma. Era ligera, un saco de plumas, y la posicioné de espaldas a mí, con su espalda pegada a mi pecho. Mi polla, dura y caliente, pegada a su cuello, mientras la abrazaba con fuerza, inmovilizándola.
—¿Qué… qué haces?— logró decir, su voz temblorosa, una mezcla de confusión y anticipación. No respondí. Su culo, ese melocotón perfecto que había admirado, ahora estaba a la altura de mi cara. Sin previo aviso, la separé con las manos y hundí mi boca en su coño. El primer contacto fue eléctrico. Mi lengua encontró sus labios, ya húmedos y calientes, y el sabor a ella, puro y salado, inundó mis sentidos. Ella se estremeció como si le hubiera pasado una corriente, y un grito ahogado se escapó de sus labios.
—¡Mierda! ¡Joder! ¡Qué haces, cabrón!—
Mi lengua exploró, entrando en ella, lamiendo, chupando, bebiendo de su fuente y comiendome su culo tambien. La sostenía firmemente por las caderas, mientras mi boca y mi lengua la devoraban desde esa nueva y sumisa posición. La sentía temblar, sus piernas empezaban a flaquear. —¡Nadie… nadie me lo ha hecho así nunca!— gimió, y su voz se quebró en un sollozo de placer. —¡Así de pie! ¡Joder, sí! ¡Sí!—
Su reacción fue el combustible que necesitaba. Me lancé a ella con más ferocidad, mi lengua encontró su clítoris, un botón duro y sensible que empapé con saliva antes de empezar a batirlo con rápidos y precisos movimientos. Gritó. Un alarido gutural que debió oírse en la calle.
—¡Sí! ¡¡SÍ!! ¡¡CHÚPAME EL COÑO, HIJO DE PUTA!! ¡¡DÉJAME SIN SENTIDO!! —sus blasfemias eran música, una sinfonía de lujuria que me excitaba hasta el dolor. —¡¡ESTOY HECHA UN RÍO! ¡¡QUE ME CORRO, JODER, QUE ME CORRO... AHORA!!—
Sus palabras se volvían más incoherentes, más primitivas. Su cuerpo se contorsionaba en mis brazos, un mar de espasmos incontrolables. La mantenía firme, mi boca sellada a su sexo, mi lengua trabajando sin descanso, llevándola al borde del abismo una y otra vez.
—¡QUE ME PARTES! ¡QUE ME DESHACES! ¡¡COÑO, TE VOY A MORDER LA VERGA CUANDO ACABES, TE LO JURO POR DIOS!!— gritaba, su cabeza echada hacia atrás, el pelo pegado a su sudorosa frente. —¡¡SOY TUYA!! ¡¡SOY TU PUTA!! ¡¡QUIERO QUE TE CORRAS EN MI BOCA, QUUIERO QUE ME LLENES LA GARGANTA!!—
Sentí cómo sus músculos se tensaban al máximo, cómo sus piernas temblaban de forma incontrolable. Con un último, feroz mordisco a su clítoris, la envié por los aires. Su cuerpo se arqueó en un espasmo brutal, un grito largo y agudo se liberó de su garganta mientras el orgasmo la sacudía desde adentro, una ola de placer que la dejó sin aliento, temblando y gimiendo en mis brazos, completamente rendida, destruida y renacida.
Un temblor recorria su cuerpo, una onda de calor que la dejó sin aliento. La corrida había sido brutal, una explosión visceral que parecía haberla vaciado por completo. Con la voz quebrada por los espasmos y los jadeos, logró susurrar, casi como una confesión sagrada: —Nunca... nunca me he corrido así. Pídeme lo que quieras... lo que sea—
No respondí con palabras. Su oferta, rendida y absoluta, era la única respuesta que necesitaba. La tomé con suavidad por los hombros y la guié hacia la mesa de costura. Hice que se apoyara sobre ella. Ofreciéndome su espalda arqueada en una invitación silenciosa y provocadora. Su culo, diminuto y perfecto, se me presentó como un fruto prohibido. Era increíblemente pequeño, una hendidura estrecha que parecía hecha a la medida, pero con las curvas redondeadas y tersas de un melocotón maduro, una tentación que prometía un momento de una dulzura inolvidable.
Mi mano exploró la hendidura de sus nalgas, descendiendo hasta el calor húmedo que emanaba de su coño. Introduje dos dedos lentamente, sintiendo cómo sus paredes se contraían y me recibían, anegándolos en su lubricación natural. La retiré para untar su culo estrecho, preparándola meticulosamente, masajeando el anillo muscular que se tensaba y se relajaba al mismo tiempo.
Ella no se hizo la tonta, sabía exactamente lo que estaba por venir y lo ansiaba. Cuando la cabeza de mi polla presionó la entrada de su diminuto culo, una mueca de placer y desafío cruzó su rostro. —Por aquí solo ha entrado la verga del tonto que está afuera— dijo con una voz cargada de necesidad. —Pero aunque me destroces, tú mereces hacer lo que quieras conmigo—. Comencé a penetrarla, sin prisa pero sin detenerme, deslizándome centímetro a centímetro en ese éxtasis ajustado. Su culo era tragón, me abraza mi polla, abrazo firme y voraz que se abría para mí y se cerraba a mi paso, reclamándome por dentro. Cada embestida era más profunda, una penetración deliberada que la hacía gemir y arquearse aún más. La imagen de mi polla entrando en ese culo, parecía imposible, ver como ese pequeño culo se la comía toda, era el mejor afrodisíaco.
Mientras la poseía, se deshacía en elogios sucios y reverenciales. —Así... así, joder... qué verga tienes... cómo me lo estás partiendo...— se soltaba por completo, su lenguaje se volvía más explícito y cachondo, una letanía de obscenidades que nos alimentaban a ambos. Sus palabras eran un combustible de alto octanaje, encendiendo una espiral de lujuria que nos consumía.
Le susurraba en el oído, mi aliento caliente contra su cuello, marcando el ritmo de nuestra transgresión con cada palabra. —Mira qué puta eres... follando aquí, con tu marido en el salón, con su amigo... sin importarte nada... solo mi polla en tu culo—. La crudeza de mis susurros la empujaba al borde, y sus gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados. En ese cuarto, con el sonido de nuestra piel chocando como única banda sonora, éramos solo dos cuerpos movidos por un deseo imparable, la desvergüenza gloriosa que no queríamos que terminara nunca.
La habitación se convirtió en un hervidero de fluidos y susurros sucios. Cada embestida profunda en su culo era un paso más en la degradación que ambos anhelábamos. Sus gemidos ya no eran solo de placer; eran el sonido de una mujer rompiendo todas sus cadenas. —Soy tu zorra, tu perra de mierda— gimió, con la cara pegada a la madera de la mesa, las palabras salían ahogadas por la saliva y el deseo. —Joder, cómo me la metes... quiero que me dejes abierta, que no pueda sentarme mañana sin acordarme de cómo me rompiste el culo—
La estimulé con una mano, mis dedos encontraron su clítoris hinchado y lo froté con la misma ferocidad con la que la follaba. Su cuerpo reaccionó con una convulsión, un espasmo que recorrió sus piernas y la obligó a ponerse de puntillas.
—¿Te gusta? ¿Te gusta que te toque mientras te lleno el culo?— le susurré al oído, dándole una bofetada en la nalga que dejó una marca roja y vibrante—. Responde, perra. —¡Sí! ¡Joder, sí, me encanta!— gritó, sin importarle si la oían desde el salón. —¡Soy tu perra, tu esclava de la verga! ¡Úsame, cógeme, hazme tuya!—
Su lenguaje, tan explícito y entregado, me enloqueció. La agarré del pelo, obligándola a levantar la cabeza. —¿Qué diría tu marido si viera a su santa esposa con la cara de placer más puta del mundo, pidiendo que le dejen el culo hecho un trapo?—. Eso la empujó al límite. —¡A mí no me jodas! ¡Que se joda él y su amigo! ¡Solo quiero tu verga! ¡Quiero que te corras dentro, que me llenes, que vacies la leche de tus huevos! ¡Dámela toda, cabrón, dámela toda ahora!—
Su orgasmo la golpeó como una ola, un grito gutural y animal que se perdió en la habitación. Sentí cómo su culo se contraía violentamente alrededor de mí, intentando exprimirme, drenarme hasta el última gota. La mantuve clavada, disfrutando de sus espasmos, mientras yo también alcanzaba el punto de no retorno.
—¡Ahí lo llevas, perra! ¡Toma toda mi leche!— grité, y exploté dentro de ella, una descarga larga y profunda que parecía no tener fin. Me quedé dentro unos segundos, sintiendo cómo mi pulso latía en su interior, mezclando nuestros fluidos.
Me retiré lentamente, y un hilo de semen corrió por su muslo. Ella se desplomó sobre la mesa, sin fuerzas, temblando. El aire olía a sexo, a sudor y a vicio, a infelicidad. La habitación quedó en silencio, solo roto por nuestro agitado respirar. La había destrozado, tal como pidió. Y por la cara de satisfacción, sabía que no sería la última vez.
La quietud después de la tormenta duró apenas un instante. Ella, con una lentitud deliberada, se enderezó. Sus piernas temblaban ligeramente, pero en sus ojos brillaba una chispa de victoria y satisfacción. Se acercó a su bolso, sacó un paquete de toallitas húmedas y se arrodilló frente a mí. Con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la violencia de nuestros actos, comenzó a limpiar mi polla, que todavía estaba semi erecta y cubierta de los restos de nuestra follada.
—Joder, qué vergón tienes...— murmuraba, casi para sí misma, mientras pasaba la toallita por cada centímetro de mi piel. —Adoro esta verga. Me has dejado hecha polvo, en el buen sentido—
Alzó la vista para mirarme a los ojos, y una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios. —¿Sabes lo que daría por ver la cara de alguna de las perras de la urbanización si supieran que acabas de destrozarme el culo? La envidia me comería viva. Pensar en todas ellas, encerradas con sus maridos aburridos, mientras yo he sentido esto... eso me pone tan cachonda que no me arrepiento de ni un segundo—
Guardó las toallitas y se arregló la ropa lo mejor que pudo, aunque el desaliño de su pelo y el rubor de su piel delataban la intensidad de lo que acabábamos de hacer. No estaba seguro de si el deseo se había extinguido en ella o si solo era el comienzo de algo más. Abrió la ventana salimos y la duda se disipó en cuanto llegamos al salón.
Allí estaba su marido, Francisco, sentado en el sofá con su amigo, absorto en un partido de fútbol en la tele. Nos miró con una sonrisa bonachona y ajena a todo. —¿Ya estáis?— preguntó con toda la naturalidad del mundo, sin la más remota idea de que acababa de ocurrir, sin saber la sodomización brutal de la puta de su mujer. —Sí, cariño, ya está— dijo ella, acercándose a él y dándole un beso en la mejilla. —Pero tiene que irse ya. Y tiene que volver muy pronto, ¿eh?— añadió, mirándome fijamente por encima del hombro de su marido.
Yo no pude evitarlo. Una sonrisa sarcástica se escapó. Miré a ella y, con un tono lo suficientemente bajo para que solo ella entendiera la verdadera intención, dije: —Totalmente de acuerdo. Hay que seguir trabajando en ese proyecto. Hay que seguir... hasta que quede perfecto y se adapte.
Supe que había captado el mensaje porque sus ojos se encendieron con una nueva llama de lujuria. Contuvo la risa y asintió con solemnidad. —Es verdad, tiene razón. Es un trabajo muy... intenso. Hay que insistir mucho—. Francisco, en su infinita ingenuidad, asentía como un perro faldero. —Claro que sí, chicos. El trabajo es lo primero. Lo que sea por un trabajo bien realizado—
Ella me acompañó a la puerta. Mientras abría, se giró hacia mí y, en un susurro cargado de promesas obscenas, me dijo con frases de doble sentido que su marido nunca podría descifrar: —Bueno, ya estás tardando en volver. Te espero para... terminar de ajustar esos detalles. No te tardes mucho, que si me enfrío me cuesta luego arrancar—. No había sido algo buscado, pero no me arrepentí, comprometiéndome conmigo mismo a que ninguna vecina más, María Jesús y su formidable culo serian la excepción.
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