La Luz atrapada en una bombilla
Ella lo miraba con ojos incendiados, desafiando su silencio mientras se follaba a otro delante de él. Pero cuando la sangre le hirvió en las venas, Carlo dejó de ser un espectador y se convirtió en el verdugo. Ahora, ella debe aprender a someterse a un dominio que no esperaba.
PRÓLOGO
—¿Cómo es posible—preguntó ella, mirándolo con sus ojos incendiados en un sordo desafío—que seas el único aquí que no quiere follarme?
Carlo quedó helado tras escucharla. Allí estaba él, con sus manos ocupadas con dos vasos de un insultante destilado y con cara de petimetre dieciochesco. Ella, sentada sobre la mesa de madera cruda, vestida con un top negro de rejilla, insinuando su anatomía como un codificado de Canal +, tonteaba con un musculitos con cara de premiado en la lotería.
—¿Siempre eres tan pelele, o es que a caso te pone ver como me follan?—cizañalleó ella, sin pausa.
La provocación vino acompañada de un sugerente gesto que ella le dedicó a su acompañante. Después de ensalivarse el índice y el corazón, de forma procaz, guió su mano hasta la boca del adonis, quien aceptó—con sumo gusto—, que se los introdujera en su boca.
Los lamió, los rechupeteó e, incluso, se permitió el lujo de agarrar la mano de ella y comenzar un mete-saca lascivo con ellos.
Los hilos de saliva insultaban la escena; y, sobre todo, lo insultaban a él.
Ella, perdida en la sensación de ser lamida, se desentendió de quien estaba parado frente a ella, con las copas entre las manos como si fuera una estatua oferente. Sin mediar palabra entre ellos, se levantó del asiento que ocupaba, se bajó la falda que cubría sus rotundo muslos, y agarró la mano de su acompañante, levantándolo; más con su simple voluntad que por el gesto.
Ella era rubia. De uno de esos rubios que llaman la atención pese a no ser una característica inusual. Lo inusual era la tonalidad. Era un rubio puro; de oro. Era tan… rubio…que no podía pasar desapercibido. Era un rubio que, a cualquiera que hubiera tenido una infancia feliz, y hubiera escuchado de boca de sus padres o de sus abuelos el cuento de Rapunzel, lo habría asociado enseguida.
Esa, era una gran diferencia.
Para el tipo que sostenía las bebidas—estoicamente—, lo era. Para el resto que poblaba el bar, ella, nada tenía de cuento de hadas, solo era un coño más con el que follar.
La cultura y los bares de carretera, parecen estar reñidos en una lucha tan intemporal, como la eterna discusión entre ciencia y fe.
Ante la pasividad de él, que la miró con una expresión a caballo entre el enfado y el desafío, ella se soltó de su juguete—pues, a leguas se notaba que eso era el musculitos—, y se dirigió al Juke-Box.
Introdujo una moneda—Dios sabrá de dónde la sacó—, y pulsó varias teclas.
El sonido mecánico de la aguja, obediente, como una especie de IA primitiva; eocénica, se arrastró por los primeros surcos de «Wicked game», desgarrados por la voz renegada de Ville Valo.
Pocas veces una versión supera a la original. Pero, por mucho que le soliviante a los puritanos, la voz del finlandés empapó el tugurio como si un depósito de miel y vinagre hubiera abierto sus compuertas y su contenido terminara escapándose y empalagado el local.
El cuerpo de ella se dejaba moldear por las notas caústicas; vibrando a su vaivén con una cadencia que se la pondría dura al mismo San Pedro. La transpiración de su piel—en sintonía con la iluminación del local—, remarcaba sus definidos músculos del abdomen, de sus tonificados brazos, de los insultantes límites de sus caderas que afloraban por encima de la apretada cintura de su breve falda de piel y de vuelo corto. El musculitos babeaba, él, agriaba las bebidas que sostenía con un cóctel de emociones escapándose a su control.
Sin pretenderlo, o, en el momento justo, ella se contoneó hasta el baboso, cogiéndolo de la mano y obligándole a que le diera una vuelta sobre su cuerpo; muy pegados. Tal vez, demasiado. Sin soltarlo, lo guió hacia uno de los rincones del antro, donde el dueño guardaba las cajas con los venenos que allí se servían, y que estaba cubierto por una cortinilla de motivos mexicas.
Los cactus, las águilas y las katrinas, velaron la vista del tipo que apretaba los tragos entre sus manos como si quisiera hacerlos reventar. «Qué coño pretende», pensó, antes de escuchar el primer gemido de ella atravesar la cortina de paño.
—Qué te jodan, hija de puta— murmuró él, apurando las copas de sendos vasos.
Iba a darse la vuelta para abandonar el local, cuando un grito de ella, diferente, de otro color y tonalidad, llegó hasta él.
Sin pensárselo más, se dirigió al reservado, descorrió la cortina y se encontró al musculitos encima de ella, desgarrándole el top de de rejilla y llamándola «zorra».
Él, no tuvo tiempo de analizar. No podía. No quería. La sangre le estaba hirviendo desde hacia rato, y que mejor que pagarlo con alguien; aunque fuera… «eso». No era listo, pero tampoco era tan tonto como para saber que lo estaba utilizando. ¿Para qué? Eso solo los hados lo sabrían. Esos hados que le insinuaban, tan asépticamente como suelen hacerlo, que se alejara de ella. Que no le traería más que problemas.
En el momento que el musculitos le arrancaba las bragas de un tirón seco y se escupía en la mano que no tenía ocupada sosteniendo uno de sus muslos, se decidió a intervenir. Qué le dieran por culo a los dioses y los hados. Por él, se podían ir al infierno; y con ellos, él. Pero no iba a dejarlo pasar. Hoy no.
Se desembarazó de los vasos vacios con decisión. Dejó que su chupa resbalara por sus hombros y se precipitó sobre aquel monstruo de dos cabezas que, incipiente—y, sin claro consentimiento—, se unían. El primer golpe sonó a chapoteo en el agua. El segundo, antes de que el musculitos pudiera reaccionar, a cáscara de nuez quebrada.
Ella lo vio desde la distancia, recostada sobre la mesa donde el tipo marcado la había empujado para desgarrarle la malla. Dos formas hacían papiroflexia a contra luz.
Una suerte de teatro Kabuki se desarrollaba delante de sus ojos, abiertos de par en par, y con una suerte de brillo triunfalista en ellos. No se había equivocado.
Las sombras acometieron una completa actuación que parecía orquestada para ella. Como si de una coreografía diseñada para agradar a Frank Miller, los claro oscuros acompañaban los latigazos de sangre que cada uno de los cuerpos derramaba al recibir el golpe oportuno.
Ella decidió no gritar. Algo, en toda aquella sangría, le ponía cachonda.
Los lamentos, quejidos, esfuerzos, de uno y otro se fueron a apagando en el transcurso de los minutos. Una de las sombras desapareció de la vista de ella; cayó a plomo, impelida como cuando la fuerza de la gravedad no encuentra obstáculos a su paso.
Ella aguardaba expectante, y algo aterrorizada. De entre las cortinas que habían ocultado la violencia, emergió él. Tenía el rostro contraído, el labio partido, una ceja reventada, goteando un hilo de sangre que lo hacía parecer un guerrero precolombino. Pero todo ello quedó en segundo plano. Lo que ella veía en sus ojos era determinación. Una determinación fatalista prendida en la mirada que le insultaba al mismo tiempo que la halagaba.
—No acostumbro a esperar tanto—dijo ella, semi desnuda, recostada sobre la mesa.
—Me importa un carajo a lo que tú estés acostumbrada—respondió él, soltándose el cinturón y bajándose la cremallera de la bragueta—. No sé quién demonios eres. Ni que coño quieres de mí. Pero hoy, has tenido suerte. Hoy, eres mi derecho de conquista.
—Que medieval—celebró ella, abriéndose de piernas, dejando a la vista un tanga negro con marcadas transparencias.
—No me jodas con mierdas—acotó él, ciego de lujuria, y agarrándola por un brazo hasta darle la vuelta sobre la mesa—. Me vas a contar de qué va todo esto.
La conminación de él actuó como revulsivo en ella. Dejándose hacer, acomodó la hendidura de sus glúteos entre su erección desatada.
—¿Cómo sé que eres de fiar?—rezongó ella, dirigiendo las palabras sobre su hombro y entre crecientes suspiros.
—No lo sabes—acotó él, entrando de un empellón en el húmedo sexo de ella—. Pero más te vale que a partir de ahora, no me ocultes nada.
Lo que siguió fue una coreografía ensayada. Donde empezaba una y acababa el otro, era difícil de definir. Follaron como si se conocieran.
Eso pasa, a veces. Y no hay nada que lo supere.
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