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El Club de tenis Élite. Cap. 3

Melissa sabe que no tiene derecho a esperarlas, pero su cuerpo ya ha aceptado la jerarquía. Cuando las bolsas de Andrea y Elena aparecen en las taquillas, entiende que la prueba ha terminado: ahora solo queda arrodillarse.

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Capítulo 3: La espera

Los días siguientes fueron un ejercicio lento de vacío y ansiedad.

Cada tarde llegaba al club con el mismo nudo en el estómago. Entraba al vestuario femenino y lo primero que hacía era mirar las taquillas. La de Andrea, la más grande, la que tenía un pequeño adhesivo con las iniciales “A.” en una esquina. La de Elena, justo al lado. Vacías. Ninguna bolsa de deporte colgada del gancho. Ninguna zapatilla asomando. Ningún rastro.

Al principio pensó que igual venían al día siguiente. Luego que quizá el lunes. Luego que tal vez el miércoles. Pero pasaban los días y nada. El silencio del vestuario se le hacía cada vez más pesado.

Vivía en un barrio humilde al sur de la ciudad, en un edificio viejo de cuatro plantas que olía permanentemente a humedad y a fritanga de los vecinos. El ascensor llevaba años estropeado, así que subía los escalones gastados con la bolsa del trabajo colgando del hombro. Su piso era pequeño: un salón-cocina con muebles de segunda mano, un dormitorio con una cama individual que crujía al sentarse, un baño diminuto donde apenas cabía la ducha. La pintura de las paredes se desconchaba en las esquinas y el balcón daba a un patio interior donde siempre había ropa tendida y voces lejanas.

Por las noches se tumbaba en la cama con la luz apagada y el ruido de los coches en la calle colándose por la ventana entreabierta. Y entonces empezaban a llegar las imágenes, sin orden, sin control.

El peso del pie de Andrea sobre su pecho. Cómo la tela del uniforme se había pegado húmeda a la piel. Cómo había sentido los dedos flexionándose ligeramente, como si Andrea estuviera decidiendo cuánto presionar. Recordaba la calma absoluta de su mirada, esa forma de no pedir permiso, solo de tomar el espacio.

El sexo de Elena a escasos centímetros de su boca. La forma en que se había abierto al colocar el pie en su hombro. El brillo de la piel todavía mojada. El momento en que había tenido que soplar, suave, casi temblando, y Elena había suspirado como si fuera lo más natural del mundo.

A veces se sorprendía con la mano entre las piernas sin haberse dado cuenta de que la había metido ahí. Se tocaba despacio, recreando el olor que aún creía llevar pegado a la nariz: el olor del pie de Andrea, el aroma dulce y cálido de Elena. Se imaginaba que volvían de repente, que entraban al vestuario mientras ella estaba sola doblando toallas y que, sin decir nada, Andrea simplemente señalaba el suelo con la barbilla y ella se arrodillaba de inmediato.

Se corría en silencio, mordiéndose el labio para no hacer ruido, y después se quedaba mirando el techo desconchado, con el corazón latiendo fuerte y una sensación extraña en el pecho: mitad vergüenza, mitad hambre.

No sabía cuándo volverían. Eso era lo peor. No había día fijado, no había promesa. Andrea no le había dicho nada. Y precisamente por eso, cada mañana Melissa se despertaba pensando “hoy quizá”. Cada tarde entraba al vestuario con el pulso acelerado, esperando oír risas lejanas en el pasillo o ver las bolsas colgadas en las taquillas.

El viernes de la semana siguiente llegó casi sin que se diera cuenta.

Melissa entró al vestuario con la misma rutina de siempre: dejó el carrito de limpieza en la esquina, se ajustó el polo gris oscuro y miró las taquillas.

Esta vez estaban allí.

La bolsa negra de Andrea colgaba del gancho de su taquilla. Al lado, la de Elena, gris con detalles rojos.

Melissa sintió que le fallaban las rodillas un segundo.

Se quedó quieta, respirando por la boca, intentando calmarse.

Desde el pasillo ya se oía el eco lejano de pelotas golpeando la pista y, de fondo, dos voces que conocía perfectamente: la risa clara de Elena y la voz más baja, más segura, de Andrea.

Estaban jugando.

Melissa no entendía su fijación casi obsesiva por Andrea.

Andrea no necesitaba gritar para que la gente se moviera a su alrededor. Simplemente existía y el espacio se reorganizaba a su alrededor. Su padre era uno de los socios fundadores del club y tenía intereses en varias empresas inmobiliarias y de construcción en Madrid y alrededores. Eso se traducía en que Andrea, a sus 20 años, ya vivía sola en un apartamento de tres habitaciones en una urbanización privada de La Moraleja: vistas a la sierra, piscina comunitaria climatizada, garaje subterráneo donde guardaba su Mini Cooper S negro mate con llantas doradas que había elegido ella misma. No era el coche más caro que podía permitirse, pero era el que más le gustaba: rápido, discreto en apariencia y con un ronroneo que hacía girar cabezas cuando aceleraba en los semáforos.

Le gustaba que se notara. No de forma vulgar, sino con detalles precisos: el bolso de diseño que llevaba al hombro sin miramientos, zapatillas deportivas de marca, el reloj minimalista pero carísimo. No presumía hablando de dinero; lo hacía viviendo como si el dinero fuera lo más natural del mundo. Y cuando entraba en cualquier sitio, la gente lo percibía: no era solo guapa, alta y rubia. Era alguien que no había tenido que pedir permiso para nada en su vida.

Elena era diferente, pero no muy diferente. Su familia tenía un grupo de clínicas dentales de gama alta repartidas por la capital y varias ciudades cercanas. No vivía sola todavía —seguía en la casa familiar en Pozuelo—, pero tenía una tarjeta de crédito sin límite real y un Audi A3 descapotable blanco que su padre le había regalado al aprobar primero de empresariales. No era tan fría ni tan calculadora como Andrea, pero se dejaba llevar por ella con una naturalidad absoluta. Cuando Andrea decidía algo, Elena solía asentir con una sonrisa y sumarse al juego, aunque a veces lo disfrutaba más que la propia Andrea.

Las dos estudiaban ADE en una universidad privada en las afueras de Madrid, de esas donde la mayoría de los alumnos llegan en coche propio y las fiestas de fin de semana se organizan en chalés con piscina. Los chicos de la facultad estaban locos por ellas. No era solo por el físico —aunque las dos eran altas, atléticas y tenían esa mezcla de elegancia y deportividad que volvía locos a muchos—. Era por el aura: Andrea intimidaba y atraía al mismo tiempo, Elena parecía más accesible pero siempre estaba un paso detrás de su amiga, lo que la hacía parecer inalcanzable también. Les llegaban mensajes todos los días, invitaciones a salir, fotos en stories con comentarios que ellas leían entre risas y nunca contestaban. A veces jugaban a responder con un “jaja” y nada más, solo para ver cómo insistían.

Pero ninguna de las dos estaba realmente interesada en los chicos de la uni salvo para pasar algún rato divertido. Habían salido con chicos, pero nada serio, los típicos rolletes que duraban unos pocos meses. Les parecía todo demasiado predecible, demasiado fácil. Andrea, sobre todo, se aburría rápido. Elena se dejaba llevar por la corriente de Andrea y, cuando esta decidía que algo (o alguien) era interesante, Elena se apuntaba con curiosidad genuina.

Y Melissa… Melissa era interesante.

No porque fuera guapa o llamativa —no lo era de la forma convencional—. Era interesante porque se arrodillaba sin que tuvieran que insistir. Porque temblaba y aun así obedecía. Porque se sonrojaba hasta las orejas solo con que le pusieran un pie encima del pecho o le pidieran que soplara entre las piernas. Era como descubrir un interruptor que nadie más había encontrado.

Andrea lo había visto desde el primer día. Elena lo había confirmado el segundo. Y ahora, después de una semana sin aparecer por el club, las dos sabían que cuando volvieran, la dinámica ya no sería una prueba, sino algo real.

Melissa, mientras tanto, seguía en su rutina de ansiedad y deseo.

Cada tarde entraba al vestuario y miraba las taquillas vacías. Cada noche se tumbaba en su cama y revivía los momentos y los detalles en los dos días que había estado con ellas con una intensidad que la dejaba sin aliento. Arrodillarse, secarlas...

No sabía cuándo volverían. Andrea no había dicho nada sobre ello. Y esa ausencia de promesa era lo que más la quemaba.

Pero esa tarde de viernes, al abrir la puerta del vestuario, las vio.

La bolsa negra de Andrea colgando del gancho. La gris con detalles rojos de Elena al lado.

Y desde el pasillo llegaba el sonido de pelotas golpeando y, entre medias, la risa clara de Elena y la voz más grave y segura de Andrea.

Estaban jugando.

Estaban de vuelta.

Melissa se quedó quieta un segundo, con la mano todavía en el pomo de la puerta.

El corazón le latía tan fuerte que pensó que podría oírlo desde la pista.

Dejó el carrito de limpieza en su sitio con manos temblorosas.

Se ajustó el polo gris oscuro.

Se recogió un mechón que se le había escapado del moño.

Y esperó, sabiendo que, cuando entraran, se pondría de rodillas antes de que ninguna abriera la boca.

Porque ya no era una posibilidad.

Era lo que quería y lo que necesitaba.

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