El Club de tenis Élite. Cap. 2
El vestuario se vacía, pero la tensión se concentra. Melissa sabe que no puede negarse, y que esta vez la orden será más íntima, más prohibida, y que dejará una marca indeleble en su sumisión.
Capítulo 2: El viernes siguiente
El viernes siguiente llegó con la misma luz dorada de finales de tarde filtrándose por las cristaleras del Club de Tenis Élite. El ambiente era idéntico al día anterior: pistas casi vacías, silencio roto solo por el eco lejano de pelotas y algún grito ocasional. Melissa había llegado a su turno con el estómago hecho un nudo desde la mañana. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el cuerpo desnudo de Andrea saliendo de la ducha, la risa baja de Elena, el roce de la toalla contra piel húmeda. Se había repetido mil veces que hoy sería diferente, que actuaría con más control, que no se dejaría arrastrar tan fácilmente.
Pero en cuanto oyó las voces de Andrea y Elena acercándose por el pasillo, supo que se estaba mintiendo.
Entraron riendo, sudadas después de otro partido ajustado. Andrea delante, como siempre. Rubia, alta, 1,75 de pura seguridad en movimiento. El mismo conjunto negro ajustado, empapado en la espalda y el pecho. En los pies, las mismas Adidas Stan Smith de cuero blanco con talón azul, marcadas por el polvo de la pista y el sudor fresco.
Elena detrás, pelirroja, casi igual de alta, cuerpo atlético y flexible. Su coleta deshecha. La ropa era la misma que había llevado el día anterior. Llevaba puestas zapatillas Adidas Superstar en cuero negro con tres rayas blancas en los laterales, puntera blanca de goma, cordones negros y el logo en la lengüeta en dorado.
Melissa estaba doblando toallas junto al banco cuando las vio entrar. Dejó caer la última toalla con un movimiento torpe y se quedó quieta, con las manos a los lados.
Andrea ni siquiera la miró al principio. Dejó la raqueta en el banco, abrió su taquilla y se quitó la muñequera empapada como si Melissa no estuviera allí. Pero cuando se giró, sus ojos se encontraron directamente.
—Hola, Melissa —dijo con esa voz tranquila y ligeramente ronca por el esfuerzo—. Ya sabes lo que toca.
No era una pregunta. Era una constatación.
Melissa sintió que el aire se le escapaba. Bajó la mirada al suelo, al cuero blanco del calzado de Andrea que parecía brillar bajo la luz artificial y se arrodilló delante de ella, el suelo frío contra las rodillas a través de la falda del uniforme.
Andrea se acercó un paso y levantó el pie hasta apoyarlo directamente en la pierna de Melissa, flexionando la rodilla, dejando la zapatilla elevada a la altura perfecta para que Melissa la desatara. La posición abrió ligeramente las piernas de Andrea, el short negro ajustado tensándose contra los muslos, el olor sutil a sudor del partido subiendo en el aire cálido del vestuario.
—Quítamelas.
Melissa obedeció sin dudar. Desató con extrema delicadeza el nudo de la zapatilla y agarró el talón con cuidado. El cuero estaba caliente, húmedo en el interior. Tiró suavemente. La zapatilla salió con ese sonido pegajoso y cálido que ya empezaba a resultarle familiar. El olor llegó de golpe: sudor, cuero caliente, sal, un toque de la tela interna. Repitió con la otra.
Las dos zapatillas quedaron en sus manos, pesadas y todavía humeantes.
Elena, que había estado observando en silencio con una media sonrisa, soltó un pequeño bufido divertido.
—A mí también, Melissa. No seas selectiva.
Melissa levantó la mirada un segundo. Elena ya estaba sentada en el banco, pierna estirada hacia adelante, su zapatilla apuntando directamente a su cara.
Melissa dejó las zapatillas de Andrea en el suelo y se arrastró un poco sobre las rodillas para quedar justo delante de Elena. Ahora estaba arrodillada entre ellas.
Cogió el talón de la zapatilla derecha de Elena. Tiró con suavidad extrema, casi con miedo de que la zapatilla se rompiera en sus manos. Pero no salió.
El pie de Elena, todavía caliente y sudoroso por el partido, se había hinchado ligeramente dentro del cuero ajustado. El sudor había actuado como pegamento natural, haciendo que el interior acolchado se adhiriera a la piel. Melissa tiró un poco más fuerte, pero la zapatilla solo se movió un centímetro antes de quedarse atascada. El pie de Elena se flexionó dentro, los dedos apretándose contra la puntera, y un pequeño gemido de incomodidad escapó de sus labios.
Elena frunció el ceño. La sonrisa juguetona desapareció por un instante, sustituida por un gesto de irritación.
—¿Qué haces? —dijo, la voz subiendo de tono—. Tira más fuerte. No seas tan floja.
Melissa sintió que el corazón se le aceleraba aún más. El rubor le quemaba la cara. Volvió a tirar, esta vez con más fuerza. La zapatilla se movió otro centímetro, pero el pie de Elena seguía atascado. El cuero crujió ligeramente, el sonido seco y tenso resonando en el vestuario silencioso. Melissa tiró de nuevo, los dedos blancos por la presión, el sudor resbalando por sus propias palmas.
Elena soltó un bufido de fastidio.
—Joder, Melissa, ¿es que no sabes quitar una zapatilla o qué? —dijo, la voz ahora claramente enfadada—. Tira de una vez. Me estás haciendo daño.
Melissa tragó saliva. Tiró con todas sus fuerzas: los músculos de los brazos se tensaron, los dedos blancos por el esfuerzo, el cuero crujiendo más fuerte. Finalmente, con un sonido húmedo y pegajoso más fuerte que el anterior, la zapatilla salió. El pie de Elena se liberó de golpe, flexionándose con un pequeño chasquido de los huesos, los dedos separados y todavía húmedos por el sudor del partido. El interior de la zapatilla quedó expuesto: acolchado oscuro y húmedo, emanando un olor intenso.
—La otra —dijo secamente—. Y esta vez hazlo bien de una vez.
Melissa, con las manos temblando más que nunca, cogió los cordones para facilitar la labor, y los desató con lentitud reverencial. Luego tiró con fuerza desde el principio, anticipando la resistencia. La zapatilla salió más fácilmente esta vez, pero igual con ese sonido pegajoso y húmedo. El pie izquierdo de Elena quedó libre, flexionándose, los dedos moviéndose con alivio.
Los tenis quedaron en las manos de Melissa, pesadas, todavía humeantes, emanando ese calor húmedo y ese olor dulce y salado.
Elena se puso de pie, y miró a Melissa desde arriba.—Ponlas en mi taquilla —dijo, la voz todavía con un matiz de enfado—. Bien ordenadas. Y la próxima vez… hazlo mejor.
Andrea se había quitado la ropa mientras tanto y estaba flexionando los dedos descalzos sobre las baldosas frías.
Luego, sin previo aviso, levantó el pie derecho y lo pasó lentamente por delante de la nariz de Melissa.
No fue un gesto brusco. Fue lento, deliberado, casi hipnótico. La planta del pie, todavía caliente y ligeramente húmeda por el partido y la ducha reciente, rozó apenas la punta de la nariz de Melissa. El arco definido del pie quedó suspendido a milímetros de su cara, los dedos separados con naturalidad, la piel pálida brillando con un leve velo de sudor residual. El olor fue inmediato y abrumador: sudor, piel viva y cálida y un toque sutil de la crema hidratante que Andrea usaba antes de entrenar.
Melissa cerró los ojos instintivamente. Su respiración se volvió temblorosa, entrecortada. Inclinó la cabeza hacia adelante apenas un centímetro, acercando más la nariz al arco del pie. El contacto fue leve, pero suficiente para que Melissa se estremeciera entera.
Titubeó. Cerró los ojos un instante. La cara le ardía. El corazón le retumbaba en los oídos.
Andrea no retiró el pie. Lo mantuvo allí, suspendido, esperando.
Melissa tragó saliva. Luego, muy despacio, inclinó la cabeza hacia adelante. Acercó la nariz al arco del pie e inspiró.
Profundo.
Una sola vez.
Pero lo hizo.
El olor la llenó por completo: acre, calor, piel viva, dominio casual.
Elena soltó una risa baja y complacida.
—Muy bien —dijo Andrea en voz baja, casi cariñosa, pero con ese filo que no dejaba lugar a dudas.
Retiró el pie despacio, lo apoyó de nuevo en el suelo. Miró a Elena.
Las dos se miraron un segundo. No hizo falta que dijeran nada más.
Ya lo sabían.
Melissa ya era suya.
El sonido del agua cesó en las dos cabinas casi al unísono. Melissa, que había permanecido de rodillas junto al banco del vestuario, oyó el silencio repentino y sintió que el estómago se le contraía. Se levantó deprisa, con las piernas algo entumecidas, y corrió al armario de suministros. Sacó dos toallas grandes de algodón blanco y dos más pequeñas para el pelo. Las apretó contra su pecho como si fueran un escudo y volvió junto al banco justo cuando Andrea y Elena salían.
Las dos chicas estaban completamente desnudas, la piel todavía brillante por el agua caliente, gotas resbalando lentas por sus cuerpos. Andrea caminó con esa calma suya, el pelo rubio húmedo pegado al cuello y los hombros, los músculos definidos brillando bajo la luz suave del vestuario. Elena la seguía un paso detrás, el pelo pelirrojo más oscuro y pesado por la humedad, la piel pálida con pecas salpicadas que parecían más vivas ahora.
Melissa se detuvo frente a ellas, las toallas temblando ligeramente en sus brazos.
Andrea fue la primera en hablar, con voz baja y tranquila, casi casual.
—Ven aquí, Melissa. Sécanos.
Melissa tragó saliva. El rubor le quemaba la cara. Se acercó despacio, la toalla grande temblando en sus manos. Andrea levantó ligeramente los brazos, abriendo el cuerpo, dejando que la toalla blanca se abriera un poco más en el pecho, revelando la curva superior de los senos y la línea del esternón todavía brillante por las gotas de agua que resbalaban por su piel.
Melissa empezó por los hombros. Extendió la toalla con manos temblorosas, pasó la tela suave y absorbente con cuidado extremo, absorbiendo las gotas que aún quedaban en la clavícula y los brazos. El contacto era suave, casi reverente: la toalla sobre la piel caliente y húmeda de Andrea, dejando un rastro de calor y humedad que Melissa sentía en sus propias palmas. Bajó por los costados, por la cintura estrecha, la tela deslizándose con lentitud, absorbiendo cada gota, cada rastro de agua que resbalaba por la piel bronceada y definida. Andrea permanecía inmóvil, respirando con normalidad, dejando que Melissa trabajara, pero su mirada fija en ella era una orden silenciosa: no te apresures, hazlo bien, siente cada roce.
Luego llegó el turno de los pies.
Melissa se arrodilló de nuevo, la toalla grande aún en las manos. Andrea levantó el pie derecho con naturalidad, apoyándolo en el aire, esperando. Melissa acercó la tela a la planta del pie, secando con cuidado entre los dedos, por el arco, por el talón.
Entonces Andrea hizo un movimiento lento y deliberado.
Colocó la planta del pie húmedo directamente sobre el pecho de Melissa, justo entre los pechos, presionando lo suficiente para que la tela del uniforme se empapara y la sensación de la piel caliente y mojada se transmitiera a través de la ropa.
No fue un pisotón. Fue un apoyo firme, íntimo, claramente intencionado.
Melissa dejó escapar un pequeño sonido de sorpresa. El peso del pie, el calor, la humedad que se filtraba hasta su piel… Todo la golpeó al mismo tiempo. Intentó retroceder un poco por instinto, el cuerpo tensándose, pero sus manos se quedaron congeladas sosteniendo la toalla contra el pie.
Andrea no retiró el pie. Solo la miró desde arriba, con una media sonrisa suave.
—¿Te molesta? —preguntó en voz baja.
Melissa negó con la cabeza, rápida, casi desesperada.
—No… señorita Andrea… no me molesta.
Andrea flexionó ligeramente los dedos sobre la tela del polo, rozando apenas.
—Entonces sigue secando.
Melissa tragó saliva. Volvió a pasar la toalla por debajo del pie, secando con más cuidado aún, sintiendo cómo su propio pecho subía y bajaba más rápido. El deseo de complacerla era más fuerte que la vergüenza. Terminó secando ese pie y luego el otro, mientras Andrea mantenía la mirada fija en ella, evaluándola sin prisa.
Cuando terminó con Andrea, esta retiró el pie despacio y se sentó en el banco para dejar que Melissa continuara con el resto del cuerpo si quería. Pero Melissa ya se había girado hacia Elena.
Elena estaba de pie, con los brazos ligeramente abiertos, una sonrisa juguetona en los labios.
—Ahora yo.
Melissa se acercó de rodillas. Empezó por los hombros, la espalda, el pecho. Elena dejó que la secara sin prisa, soltando pequeños suspiros de placer cuando la toalla pasaba por zonas sensibles. Bajó al vientre plano, la toalla deslizándose por la línea definida de los abdominales, absorbiendo cada gota que resbalaba hacia el ombligo. Luego las caderas, los muslos internos. Elena separó ligeramente las piernas, sin decir nada. Solo una mirada fija y traviesa.
Elena soltó un suspiro exagerado, casi burlón.—Uy, qué cuidadosa… ¿Te da vergüenza tocarme ahí? —preguntó, la voz juguetona pero con un filo.
Melissa se ruborizó pero no dijo nada y continuó pasando la toalla la pantorrilla de Elena.
En ese momento, con un movimiento fluido y deliberado, Elena levantó el pie derecho —todavía húmedo por la ducha reciente— y lo apoyó directamente en el hombro derecho de Melissa. El talón se hundió en la carne blanda justo encima de la clavícula, el arco del pie curvándose sobre el hombro, los dedos flexionándose ligeramente contra la nuca de Melissa. El peso no era aplastante —solo lo suficiente para mantener el equilibrio—, pero para Melissa fue como si Elena hubiera colocado una marca invisible en su carne. El pie caliente y mojado se pegó a su uniforme, la humedad filtrándose a través de la tela del polo, igual que en el pecho, dejando una sensación tibia. El olor subió de inmediato: piel limpia pero todavía cálida por el agua caliente, un toque sutil de gel floral. Era abrumador, invasivo, pero no desagradable; era el aroma de la fuerza juguetona de Elena, envolviéndola como una niebla densa y prohibida.
El movimiento abrió su postura: la rodilla flexionada, el muslo separado, dejando completamente a la vista su sexo, completamente depilado, húmedo todavía por la ducha y por el calor del momento. Los labios rosados, ligeramente hinchados, brillaban bajo la luz.
Melissa se quedó inmóvil un segundo, la cara a escasos centímetros. En esa posición no podía secar el pie de Elena adecuadamente. El olor limpio, cálido, íntimo la envolvió. Sintió que le faltaba el aire.
Elena habló con voz suave, casi dulce.
—Sécame bien ahí abajo también, Melissa.
Con cuidado.Melissa asintió, temblando. Pasó la toalla con esmero por la cara interna de los muslos, luego por los labios externos, secando con toques ligeros, casi reverentes. Cada roce hacía que Elena respirara un poco más profundo.
Cuando creyó haber terminado, Elena negó con la cabeza.
—No, espera. Todavía está húmedo. —Hizo una pausa, mirándola desde arriba con ojos brillantes—. Sécalo mejor… soplando.
Melissa levantó la mirada, los ojos muy abiertos.
—¿Soplando… señorita Elena?
Elena asintió despacio, sin apartar el pie del hombro.
—Sí. Acerca la boca y sopla suave. Quiero sentirlo.
Melissa titubeó. La cara le ardía, el pulso le martilleaba en las sienes. La vergüenza la quemaba —estaba de rodillas, con el pie de una mujer en el hombro, a punto de soplar en su sexo como si fuera una orden normal—, pero debajo de la vergüenza había una llama, un deseo de obedecer, de complacer, de rendirse que la hacía sentir viva de una forma que nunca había experimentado. La vergüenza es abrumadora —está a punto de soplar en el sexo de otra mujer, pero el deseo de someterse es más fuerte.
Elena sentía el temblor del cuerpo de Melissa bajo su planta, la respiración agitada rozándole la piel, la cara roja y los ojos vidriosos. Le encantaba. Le encantaba ver cómo una mujer adulta, mayor que ella, se arrodillaba y obedecía sin cuestionar. El poder que Andrea ejercía sobre Melissa era fascinante, y Elena disfrutaba siendo parte de él, probando los límites. Cuando Melissa dudó al oír lo de soplar, Elena sintió una punzada de excitación: la vergüenza de Melissa era deliciosa. La idea de hacerla soplar en su sexo la excitaba tanto como la sensación de control. Quería empujarla más, ver hasta dónde llegaba su obediencia, ver cómo se rompía poco a poco. Cuando Melissa finalmente sopló, Elena dejó escapar un gemido exagerado, teatral, solo para humillarla más, pero en el fondo sentía un cosquilleo real de placer. Melissa era un juguete nuevo, y Elena quería jugar.
Se inclinó hacia adelante, hasta que su boca quedó a apenas ocho o diez centímetros del sexo de Elena. Cerró los ojos. Exhaló despacio, un soplo cálido y continuo que recorrió los labios húmedos.
Cuando abrió de nuevo los ojos, lo primero que ve Melissa es la piel pálida del monte de Venus, suave y ligeramente brillante por las gotas de agua que aún no se han secado del todo. Los labios mayores son rosados y carnosos, ligeramente hinchados por el calor de la ducha y por la excitación juguetona del momento. Están separados naturalmente por la postura abierta de Elena, dejando ver los labios menores más delgados y de un rosa más intenso, brillantes por la humedad. El clítoris asoma en la parte superior, pequeño pero visible, el capuchón ligeramente retraído por la excitación, la cabeza rosada y sensible brillando con una gota de agua que resbala lentamente hacia abajo. Melissa ve cómo el clítoris palpita sutilmente con cada respiración de Elena, un movimiento casi imperceptible pero hipnótico.
Debajo, la entrada vaginal está ligeramente abierta por la postura, los labios menores húmedos y relucientes, un hilo fino de humedad clara (mezcla de agua de la ducha y excitación natural) colgando del borde inferior, balanceándose con cada leve movimiento de Elena. El perineo es liso, la piel tensa y rosada, y más abajo, el ano pequeño y apretado, rosado y limpio, apenas visible entre las nalgas separadas por la postura.
Andrea observaba desde el banco, los brazos cruzados, la toalla ajustada, el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros. No intervenía. No lo necesitaba. Ver a Elena empujar los límites de Melissa era exactamente lo que quería. Melissa se estaba entregando, y Elena la estaba ayudando a cruzar la línea.
Elena dejó escapar un gemido burlón, exagerado, pero con un fondo de placer real.
—Así… más suave todavía —dijo Elena, flexionando los dedos sobre el hombro de Melissa, presionando un poco más.
Melissa obedeció, soplando con más delicadeza, sintiendo cómo el calor de su propia respiración volvía hacia ella mezclado con el aroma íntimo de Elena. Le temblaban los labios. Le temblaba todo el cuerpo.
Elena bajó por fin el pie del hombro de Melissa, le pasó los dedos por el pelo húmedo de sudor en un gesto casi cariñoso.
—Buena chica —dijo en voz baja.
Andrea se levantó, todavía desnuda, y se acercó a Melissa, que seguía de rodillas, respirando agitada.
—Levántate —le dijo con calma.
Melissa obedeció, las piernas flojas.
Andrea y Elena se vistieron vestirse sin prisa, hablando entre ellas de cosas sin importancia: un profesor que les había puesto un trabajo imposible, una fiesta a la que no sabían si irían el sábado. Melissa seguía de pie junto al banco, con el uniforme todavía húmedo en el pecho y el hombro y la cara ardiendo. No se atrevía a moverse demasiado, no sabía si debía despedirse, si debía decir algo o si debía simplemente desaparecer.
Andrea se echó la bolsa al hombro, se pasó una mano por el pelo húmedo para apartarlo de la cara y caminó hacia la puerta sin mirarla. Elena la siguió, riendo por algo que Andrea acababa de decir en voz baja. Ninguna de las dos se giró. Ninguna dijo una palabra más.
La puerta se cerró con ese clic suave y seco.
Y se fueron.
Melissa se quedó mirando la madera cerrada durante varios segundos largos, como si esperara que volviera a abrirse. No lo hizo.
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