Marie, última noche crucero, infidelidad inducida
Despierta con el sabor de otro hombre en la boca y la certeza de que su matrimonio es solo el escenario, no la historia. Sven no le pide permiso; le dicta las reglas. Y ella, por primera vez, prefiere no tener el control.
El despertar en otro camarote
Desperté con la luz filtrándose por las cortinas y un dolor agradable en las nalgas. Parpadeé, desorientada. El techo no era el mío. Las sábanas olían a hombre, a sexo, a algo nuevo.
Los recuerdos llegaron en fragmentos: la discoteca, las manos anónimas, el arrinconamiento, el rescate de Erik... y luego, Sven. Su cuerpo sobre el mío. Su mirada. Su semen dentro de mí.
Me incorporé lentamente y el mundo dio una vuelta. Había bebido demasiado. Mi boca sabía a alcohol rancio y a algo más... a hombre. A dos hombres. Sabores distintos que se mezclaban en mi memoria gustativa como vinos en una cata.
Llevé mi mano a la nuca y el pelo me respondió con un dolor punzante. Ahí estaba: el recuerdo de Erik tirando de él, esa mezcla de dolor y placer que me había hecho gritar. Sonreí. Mi cuerpo era un mapa de sensaciones: las nalgas aún ardían con cada movimiento, el sexo latía con una humedad que no era solo mía.
Bajé la mano. Mis dedos encontraron la entrada y la humedad espesa. Los saqué cubiertos de un líquido blanquecino que brillaba a la luz. Sin pensar, sin ese control que siempre me caracteriza, me los llevé a la boca.
El sabor explotó en mi lengua. Salado, ligeramente amargo, con un fondo que no reconocía. O tal vez sí. Había dos. El de Sven, más suave. El de Erik, más intenso. ¿O era al revés? Los chupé lentamente, comparando, aprendiendo, mientras mi sexo se contraía vacío, pidiendo más.
A mi lado, Sven dormía boca arriba, completamente desnudo. La sábana le cubría apenas una pierna, dejando el resto expuesto. Aproveché para mirarlo con calma, sin prisas, como quien examina una obra de arte.
Su cuerpo era fibroso, marcado por años de viajes y soledad. El pecho, con vello canoso bien distribuido. El vientre, plano. Y más abajo...
Mi mirada se detuvo en su sexo. Dormido, parecía un pequeño animal escondido en su capa de piel. El prepucio cubría casi por completo el glande, dejando solo un asomo de carne rosada. Debajo, unos testículos enormes, cubiertos de vello canoso, caían pesadamente hacia un lado. En la punta, justo en la abertura, distinguí un diminuto residuo blanco, seco, como una perla diminuta.
Mi respiración se aceleró. Entre mis piernas, un calor nuevo comenzaba a formarse. No podía controlarlo. Mi cuerpo respondía antes que mi mente.
Sin pensarlo, sin esa timidez que siempre me frenaba, me incliné hacia él. Mis labios rozaron la punta de ese miembro dormido. El sabor era el mismo que había probado en mis dedos. Confirmación. Verdad.
Abrí los labios y lo rodeé suavemente, apenas un beso, una caricia. Y entonces, dentro de mi boca, su carne, antes blanda, se endureció y creció, algo comenzó a moverse. A crecer. A llenar el espacio.
Sven despertó con un gemido. Abrió los ojos y, al verme, una sonrisa enorme iluminó su rostro. Sin decir nada, sus manos encontraron mis pechos y comenzaron a masajearlos, los pezones endureciéndose entre sus dedos.
—Buenos días —murmuró, con voz ronca.
Respondí apretando los labios alrededor de su miembro, que ya estaba completamente erecto. Erik había sido brusco, dominante. Sven era diferente. Había algo tierno en su forma de tocarme, de mirarme.
Pero yo quería más. Quería probarlo por dentro. Richard siempre me negaba esa posibilidad, decía que montarme lo excitaba demasiado y acababa antes de tiempo. Con Sven, quería arriesgarme.
Me separé de él, y antes de que pudiera preguntar, me coloqué sobre su cuerpo. Me incorporé sobre mis rodillas, una a cada lado de sus caderas, y tomé su pene con la mano. Estaba duro, perfecto, hermoso. Lo guié hacia mi entrada y descendí lentamente.
El pene de Sven me pareció aún más hermoso desde esa perspectiva. Armonioso, llenándome por completo. Comencé a mover mis caderas, despacio al principio, sintiendo cada centímetro de él dentro de mí. Contraía mis labios vaginales, los anillos internos de mi vagina, y sentía su glande rozando mis paredes interiores, buscando ese punto exacto que me hace temblar.
Moví mis caderas en círculos, y entonces lo sentí. Las primeras contracciones. Sus gemidos llegaron después, pero su cuerpo ya había hablado. Cada contracción acompañada de gotas de semen caliente, que inundaban mi vagina y se mezclaban con los fluidos de la noche anterior.
Mis manos, apoyadas en su pecho, sintieron su corazón latiendo acelerado. Poco a poco, me relajé y descansé sobre él. Sentía cómo sus pulsaciones volvían a un ritmo normal, mientras su pene, ya satisfecho, retrocedía lentamente y abandonaba mi vagina en una estela de semen que escurría por mis muslos.
—Tengo que volver —dije—. Richard...
—Lo sé —respondió Sven—. Pero volverás.
Estuvimos hablando, desnudos aún, mientras el sol subía y el barco se mecía.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó.
—No lo sé —respondí honestamente—. Una parte de mí quiere contárselo todo a Richard. Otra parte quiere seguir jugando.
—¿Y qué parte es más fuerte?
Le miré a los ojos. Ese azul tan claro, tan sincero.
—La que quiere jugar.
Sven sonrió. Una sonrisa triste, comprensiva.
—Entonces jugaremos. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Yo elijo a los hombres que se acercan a ti. Yo decido quién merece verte, quién merece tocarte. Erik ya está dentro, es de fiar. Pero los demás... los demás pasarán por mí.
Me incorporé, sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque lo de anoche, en la discoteca... no puede volver a pasar. Ese hombre casi... casi te hace daño. Y yo no lo permitiré.
Su voz temblaba ligeramente. Por primera vez, vi miedo en sus ojos. Miedo por mí.
—¿Por qué te importa tanto? —pregunté.
Sven tardó en responder. Acarició mi brazo, mi hombro, mi mejilla.
—Porque eres especial, Marie. No eres una aventura. No eres una fantasía. Eres... no sé cómo decirlo en español. Du är den jag väntat på.
—¿Qué significa?
—Que hace mucho tiempo que espero a alguien como tú.
El silencio se instaló entre nosotros. Largo, denso, cargado de todo lo que no nos atrevíamos a decir.
—Tengo que irme —dije al fin.
—Lo sé.
Me vestí. Antes de salir, me volví.
—Sven... lo de anoche, con Erik... ¿te molestó?
Negó con la cabeza.
—Fue hermoso. Verte así, tan libre, tan dueña de ti misma... Me gustó compartirte con él. Porque sé que volverás a mí.
Su seguridad me desarmó.
—¿Y si no vuelvo?
—Volverás.
Salió de la cama y se acercó a mí. Desnudo, hermoso, vulnerable. Me besó con una lentitud que prometía eternidad.
—Tienes mi número —dijo—. Y yo tengo el tuyo. Cuando quieras, donde quieras. Estaré ahí.
Salí al pasillo tambaleándome, pero no por el alcohol. Por él.
En el camino a mi camarote, pasé junto a la puerta de Erik. Dudé un instante. Llamar, no llamar. Al final, seguí caminando.
La Cena y el Desconcierto del grupo whatsapp
Esa noche, Richard y yo cenamos con todo el grupo en el restaurante principal. Erik estaba allí, impecable con su americana azul marino. Carlos y Ana discutían sobre las excursiones del día siguiente. Sven llegó tarde, con una disculpa y una mirada hacia mí que duró una décima de segundo más de lo necesario. El nieto, Lukas, cenaba en otra mesa con amigos de su edad.
La conversación fluía, pero yo estaba en otro lugar. Sentía el peso de la mirada de Sven, la elegancia contenida de Erik, la normalidad absoluta de Richard, ajeno por completo a lo que su cuerpo, mi cuerpo, había vivido.
En un momento dado, saqué mi teléfono bajo la mesa. El grupo de WhatsApp "Los amigos de Marie" tenía actividad.
Grupo: Los amigos de Marie
19:47 - Carlos: chicos alguien ha visto a marie? lleva rato sin aparecer por la cena
19:47 - Richard: esta aqui a mi lado cenando tranquilo jajaja
19:48 - Carlos: ah pues yo no la veo
19:48 - Sven: Yo sí. Está preciosa esta noche.
Sonreí. Sven, el muy descarado, jugando también.
19:49 - Erik: Richard tienes una joya. Cuídala.
19:49 - Richard: lo se por eso la comparto
19:50 - Sven: Hablando de compartir, ¿Cuándo Richard podremos jugar con Marie? Llevo un rato esperando.
Me quedé helada. Miré a Sven. Él me devolvió una sonrisa inocente mientras escribía.
19:50 - Richard: Pronto, si no es esta noche será mañana en el último día.
19:51 - Erik: Yo estoy en el camarote. Leyendo. Pero si Marie quiere compañía...voy de inmediato.
19:52 - Sven: Mañana no es buena opción, será ultimo dia y todos estaremos pensando en equipaje, combinación de vuelos, alojamiento, etc.
19:54 - Richard: Chicos estoy cansado y creo que Marie también, la noto extraña, denme tiempo para saber si mañana hay opciones.
El juego se había vuelto lento y algunos desconocían que otros jugadores habían tomado ventaja y monopolizaban al juguete.
El Jacuzzi
Esa noche, cuando Richard se durmió, cogí mi teléfono. Había un mensaje de Sven.
Sven: ¿Duermes?
Yo: No.
Sven: Cubierta 7, proa. En una hora. Trae un traje de baño.
Me quedé mirando la pantalla, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba. Traje de baño. La imagen de Sven desnudo aún fresca en mi memoria. El acuerdo de la mañana. Sus manos eligiendo por mí.
Me levanté sin hacer ruido. Richard ni se inmutó. Abrí el cajón donde había guardado el bikini azul marino que apenas había usado. Un regalo de una amiga, demasiado atrevido para las piscinas familiares del barco. Ahora entendía por qué lo había empacado.
Salí al pasillo y, por primera vez, fui yo quien buscaba a Sven.
La cubierta estaba desierta. El viento agitaba mi pelo, y la luna dibujaba un camino de plata sobre el mar. Allí estaba él, apoyado en la barandilla, mirando las estrellas. Al verme, sus ojos se iluminaron.
Caminé hacia él y me envolvió en un abrazo cálido, firme. Sus labios encontraron los míos en un beso largo, profundo, que me hizo olvidar por un momento dónde estaba. Cuando nos separamos, tomó mi mano y me guió hacia un rincón de la cubierta que no había explorado.
Allí, semioculto por mamparas de vidrio esmerilado y apenas iluminado por un farolillo de luz cálida, humeaba suavemente un jacuzzi. El agua burbujeaba en silencio, y en el borde, dos copas de espumante esperaban sobre una pequeña bandeja de plata.
Comprendí la idea sin necesidad de palabras. Sonreí, y con una mezcla de nervios y deseo, me dirigí al baño más cercano.
El camarín estaba impecable, iluminado por una luz tenue. Me miré al espejo mientras desabrochaba el vestido. Mi reflejo me devolvía la imagen de una mujer distinta a la que había embarcado hacía apenas cuatro días. Algo en mi mirada había cambiado. Una chispa nueva. Una seguridad recién estrenada.
Saqué el bikini azul marino de mi bolso. La tela era suave, casi líquida entre los dedos. Primero la parte de abajo: la levanté hasta mis caderas, ajustando los laterales, sintiendo cómo la frescura de la tela contrastaba con el calor de mi piel. Me di la vuelta para mirarme de espaldas: la tela cubría justo lo necesario, marcando la curva de mis nalgas con precisión.
Luego, la parte de arriba. Un triángulo de tela sujeto por un lazo en el cuello y otro en la espalda. Lo até primero detrás del cuello, ajustando el nudo con dedos que temblaban ligeramente. Luego, llevé ambas manos a la espalda y crucé los cordones, tirando con suavidad hasta que el conjunto quedó firme pero no opresivo. Mis pechos se acomodaron dentro de la tela, empujándolos hacia arriba, ofreciéndolos.
Me miré una última vez al espejo. El azul marino oscurecía mi piel, la volvía más pálida, más deseable. El escote era pronunciado, los pezones marcaban ligeramente la tela. Respiré hondo y salí.
Caminé descalza hacia el jacuzzi. Mis pies desnudos sobre la madera de la cubierta, el aire nocturno acariciando mi piel húmeda, el balanceo del barco meciendo mis caderas. Sven me esperaba, ya sumergido hasta el pecho, el agua burbujeante acariciando su torso. Me observaba con una intensidad que me atravesaba.
Llegué al borde. El agua tibia empañaba ligeramente el aire. Introduje primero un pie, luego el otro. La sensación fue un suspiro colectivo de mi cuerpo: el calor, las burbujas, la caricia líquida. Me sumergí lentamente, sintiendo cómo el agua subía por mis tobillos, mis pantorrillas, mis muslos, hasta cubrirme por completo.
Me senté junto a él. El jacuzzi era pequeño, íntimo. Nuestros cuerpos casi se rozaban bajo el agua. Sven me tendió una copa y tomó la suya.
—Por las noches que merecen ser recordadas —dijo, con esa sonrisa suya que me desarmaba.
Brindamos. El espumante estalló en mi lengua, burbujas diminutas que se sumaban a las del agua. Cerré los ojos un momento, dejando que la sensación me envolviera por completo. Las burbujas del jacuzzi masajeaban mi zona lumbar, ascendían juguetonas por mi espalda, encontraban el camino hacia mis zonas más íntimas, acariciándome a través de la tela del bikini.
Me relajé, dejándome llevar. Me hundí un poco más, hasta que el agua me llegó al mentón. Las burbujas se volvían más insistentes, más precisas. Cerré los ojos.
Y entonces sentí sus manos.
Sven comenzó a acariciar mis hombros con una lentitud deliberada. Sus dedos resbalaban sobre mi piel mojada, trazando círculos que descendían poco a poco. Sentí cómo la tensión se disolvía bajo su tacto, cómo mi cuerpo se entregaba a sus caricias.
Sus manos siguieron bajando, despacio, recorriendo la curva de mis hombros hasta el inicio de mis senos. Allí se detuvieron un instante, como preguntando. Mi silencio fue respuesta.
Una de sus manos envolvió mi pecho izquierdo con una suavidad que contrastaba con la urgencia de la noche anterior. Lo acarició, lo sopesó, y luego, con una delicadeza exquisita, lo liberó del triángulo de tela. Mis dedos, como si obedecieran a una voluntad propia, se llevaron el lazo del cuello a la boca, sujetándolo mientras la otra mano repetía la operación con el derecho.
La sensación de libertad fue inmediata, casi embriagadora. Mis pechos, liberados del bikini, flotaban suavemente en el agua, meciéndose con las burbujas. Los pezones, endurecidos por la mezcla de deseo y la frescura de la brisa, apuntaban hacia el frente como pequeños faros, como verdaderos punteros marcando el camino.
Para mayor comodidad, desabroché por completo los lazos. El top flotó un instante en la superficie antes de que Sven lo apartara con un gesto. Mis senos quedaron completamente expuestos, hermosos bajo la luz del farol, flotando como frutas maduras en el agua tibia.
Sven se inclinó y me besó. Abrí la boca y su lengua encontró la mía en un beso que era promesa y entrega a la vez. Sus manos encontraron mis pezones, acariciándolos, apretándolos suavemente entre sus dedos.
Gemí contra su boca. Un sonido que nacía en lo más hondo, que recorría mi garganta y se perdía en la suya. Abrí los ojos, llenos de lujuria, buscando los suyos...
Y me congelé.
Frente a nosotros, sumergido en el jacuzzi, había otro hombre.
El grito murió en mi garganta. Abrí la boca para gritar, pero la mano de Sven cubrió mis labios antes de que el sonido pudiera escapar. El pánico me recorrió entero, helándome a pesar del agua tibia.
Miré a Sven con los ojos desorbitados. Él llevó su dedo índice a sus labios, en señal de silencio. Tranquila, decía su mirada. Confía en mí.
El desconocido esbozó una sonrisa leve, segura. Sin prisas, tomó la copa de espumante que aún esperaba en el borde del jacuzzi y me la ofreció. Sus ojos recorrieron mis pechos desnudos, mis pezones erectos, mi cuerpo entregado.
Temblando, acepté la copa. Bebí un sorbo. El espumante me supo a valor, a rendición, a algo que no sabía nombrar.
Sven se inclinó hacia mi oído. Su aliento caliente mezclado con el vapor del agua.
—No olvides el acuerdo de esta mañana —susurró—. Yo elijo a los hombres que disfrutan de ti.
Su voz no era una pregunta. Era una afirmación. Un recordatorio.
Y entonces, Sven se colocó detrás de mí. Sentí su cuerpo pegado a mi espalda, su sexo duro presionando contra mis nalgas a través de la tela mojada de la parte baja de mi bikini. Sus manos, que tanto placer me habían dado, encontraron mis senos bajo el agua y los levantaron, ofreciéndolos al desconocido como quien ofrece un regalo. Las burbujas jugueteaban alrededor, ocultando y revelando, añadiendo misterio al espectáculo.
El hombre se acercó lentamente. Sus ojos nunca abandonaron los míos. Cuando su boca encontró mi pezón izquierdo, cerré los ojos.
Su succión fue diferente a la de Sven. Más urgente, más hambrienta. Su lengua recorrió el pezón una y otra vez, mientras su mano tomaba el otro pecho, apretándolo con una propiedad que me hizo estremecer.
Y entonces, ocurrió.
Me rendí.
Todo el miedo, toda la resistencia, todo el "debería" se disolvieron en el agua tibia. Mi cuerpo, ese traidor maravilloso, respondió antes que mi mente. Mis manos encontraron la nuca del desconocido y lo atraje hacia mí, ofreciéndole más, pidiendo más.
Sven, detrás, besaba mi hombro, mi cuello, mi oreja. Sus manos sostenían mis pechos, los ofrecían, los compartían. Y yo gemía, sin importarme ya quién podía oírme, sin importarme nada más que ese momento.
El desconocido levantó la vista un instante. Nuestras miradas se encontraron. La suya preguntaba: ¿Puedo seguir?
La mía respondía: No pares.
Y mientras el barco se mecía suavemente, mientras las estrellas brillaban arriba y las burbujas danzaban abajo, entendí que no había vuelta atrás.
De repente, sentí que Sven, detrás de mí, tiraba suavemente de la parte baja de mi bikini. El nudo lateral cedió y la tela se deslizó, liberando por completo mi sexo al agua tibia. Ahora estaba completamente desnuda entre ellos dos, expuesta, ofrecida.
El desconocido entendió la señal. Se acercó más, y sus manos encontraron mis caderas bajo el agua. Me giró ligeramente, acomodándome contra él, mientras Sven mantenía su posición detrás, sosteniéndome, besándome el cuello.
Sentí el miembro del desconocido rozando mi entrada. Duro, caliente, desconocido. Sven susurró en mi oído:
—Tú decides, Marie. Pero si quieres... nosotros te sujetamos.
Y yo quise.
Me levanté ligeramente, ayudada por las manos de ambos, y me dejé caer sobre él. Su pene me llenó de golpe y un gemido ronco escapó de mis labios. Comencé a moverme, montándolo en el agua, sintiendo cómo las burbujas acariciaban nuestros cuerpos unidos, cómo el vaivén del barco añadía un ritmo imprevisible a mis caderas.
Sven me sostenía por la cintura desde atrás, guiando mis movimientos, sus labios recorriendo mi espalda. Sus manos dejaron mi cintura y una de ellas se deslizó entre mis piernas, encontrando mi clítoris, acariciándolo al ritmo de mis embestidas.
El desconocido gemía, sus manos aferradas a mis caderas, su mirada perdida en algún punto entre mis pechos que saltaban con cada movimiento. Sus dedos se clavaban en mi carne, sus embestidas eran cada vez más profundas, más urgentes.
Y yo en medio, reina de ese pequeño universo de agua y deseo, montando a un desconocido mientras mi amante me sujetaba y me besaba.
El orgasmo llegó como una explosión submarina. Grité, apretándome a él, sintiendo cómo mis paredes internas se contraían una y otra vez. Él siguió embistiendo, buscando su propio clímax, y cuando lo alcanzó, sentí su semen caliente llenándome, mezclándose con el agua, con mis fluidos, con todo.
Sven, detrás, me giró y me besó con una pasión que era pura posesión. Sus labios supieron a mí, a él, a todo.
Después, los tres quedamos flotando en silencio, el agua tibia meciéndonos. El desconocido susurró un "gracias" y desapareció entre las sombras tan silenciosamente como había llegado.
Sven y yo nos quedamos solos, abrazados, el cuerpo aún tembloroso.
—Mañana es el último día —dijo él, con voz grave.
Lo sabía. El crucero terminaba. Y con él, este sueño.
—Lo sé —respondí.
—¿Qué vas a hacer?
Miré las estrellas. Pensé en Richard, durmiendo ajeno en nuestro camarote. Pensé en Erik, que me esperaba. Pensé en Sven, en sus manos, en su mirada.
—No lo sé —dije—. Pero pase lo que pase... gracias.
Sven sonrió. Esa sonrisa suya, triste y hermosa.
—No me des las gracias todavía. Quedan veinticuatro horas.
Concluye
l
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