Xtories

El gitano del mercadillo (VII)

La cortina se cierra y el mundo exterior queda amortiguado. Dentro de la furgoneta, el tiempo se dobla: Felicia reconoce a Fabián y sabe que esta vez no es una joven perdida, sino una mujer que vuelve para tomar lo que le pertenece. El riesgo de ser vista solo enciende la llama de un pasado que nunca se borró.

Felicia CP3.7K vistas

El mercadillo estaba más bullicioso que el viernes anterior, volvía a hacer buen tiempo; un día soleado. Las voces de los vendedores, los golpes de los martillos sobre los percheros y el aroma a fritura y pan recién hecho me envolvían con la familiaridad de siempre. Pero esta vez algo era distinto. Esta vez estaba acompañada de Clotilde. Y Rafael no había querido venir. Decía que prefería quedarse, “dejándonos explorar”, aunque en el fondo sabía que parte de él disfrutaba solo con la idea.

Caminamos entre los puestos, y el corazón me latía con un ritmo extraño. No era nerviosismo, ni miedo. Era la mezcla de recuerdo y expectativa, de saber lo que había pasado y preguntarme qué podría pasar ahora.

Cuando llegamos al puesto de Abelardo, él nos recibió con esa sonrisa torcida que yo ya conocía demasiado bien. Estaba apoyado en la barra improvisada de percheros, la camisa abierta un par de botones, y junto a él estaba Fabián, un hombre menudo, moreno, con bigote fino y mirada astuta. Nos presentó sin ceremonias. Yo les presenté a mi amiga Cloti. Las miradas de ambos hombres brillaron al conocerla.

—Felicia —dijo—. Clotilde. Y este es Fabián, amigo de confianza. —Fabián nos saludó con un guiño cómplice, que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.

Clotilde me miró, y su sonrisa maliciosa me dejó claro que ella también había sentido la tensión en el aire.

—¿Vamos a pasar?¿Queréis probaros algo? —preguntó Abelardo, dejando caer la cortina que separaba la parte trasera de la furgoneta— Mi amigo Fabián también os puede ayudar a elegir, es un experto en género textil.

No me dio tiempo a responder. Clotilde se acercó a mi lado, rozando mi brazo. Su calor me hizo temblar apenas perceptiblemente.

—Esto va a ser interesante —susurró.

Detrás de la furgoneta, Carlota estaba a pocos pasos, doblando pijamas de verano, pero con la mirada fija en nosotros. Sus ojos fruncidos lo decían todo: sabía hacia dónde nos dirigíamos. Conocía demasiado a su marido como para intuir que nada bueno podía suceder allí dentro… o, al menos, que iba a suceder algo que podría romper cualquier regla no escrita.

Abelardo nos empujó suavemente, a modo de invitación, hacia la parte trasera de la furgoneta. El espacio estrecho nos envolvió de inmediato, con olor a metal y tela caliente. Fabián entró detrás, cerrando la cortina solo un poco, dejando que la luz y el mundo exterior quedaran apenas sugeridos.

Yo respiré hondo. Sentí de nuevo esa mezcla de peligro y excitación que me había acompañado en la furgoneta la primera vez. Cloti estaba a mi lado, sonriendo con esa malicia que prometía complicidad. Abelardo y Fabián nos rodeaban, el calor de sus cuerpos se sentía incluso sin contacto directo.

—Felicia —dijo Abelardo, sus ojos fijos en los míos—. No hay prisa. Solo disfruta otra vez.

Fabián apoyó una mano contra la pared metálica, cerca de mí, y su proximidad me hizo sentir un temblor que no había experimentado antes. Clotilde, con un suspiro bajo, dejó que mis dedos rozaran los suyos, como quien busca un ancla en medio del vértigo.

Desde fuera, sentí la mirada de Carlota. Era como un hilo tenso que nos atravesaba a todos. Sabía que podía intervenir, pero también sabía que no lo haría… al menos, no todavía. Y esa conciencia del riesgo hacía que cada instante dentro de aquel espacio se sintiera cargado de electricidad: todo podía ocurrir y nadie sabía dónde terminaría.

Me acerqué a la pequeña ventana improvisada y vi un reflejo del mercadillo, del ruido, del mundo que quedaba fuera. Y, en ese momento, comprendí que la furgoneta ya no era solo un lugar físico. Era un umbral, un territorio prohibido donde Clotilde y yo estábamos a punto de descubrir algo que ni la primera experiencia ni los recuerdos del viernes pasado habían anticipado.

—Listas —susurró Abelardo—. Esto va a ser muy… revelador.

Y mientras las voces del mercadillo llegaban amortiguadas por la chapa y la cortina, sentí cómo la tensión crecía dentro de mí, mezclando peligro, deseo y una curiosidad casi irracional por lo que iba a suceder con Clotilde y ellos allí dentro.

***

Al principio no la reconocí.

No era la muchacha de aquella feria de tantos años atrás. No podía serlo. Aquella tenía el pelo más largo, los ojos llenos de miedo y curiosidad, el cuerpo tenso de quien está a punto de cruzar una frontera sin saberlo. Esta mujer, en cambio, tenía una serenidad nueva, una seguridad distinta. Pero cuando se volvió hacia mí, cuando me sostuvo la mirada sin bajar los ojos… algo me atravesó.

Ese gesto. Ese modo de inclinar apenas la cabeza. La memoria me golpeó con una claridad brutal.

—Tú… —murmuré sin darme cuenta.

Ella frunció levemente el ceño, intentando ubicarme. Y entonces lo vi: el reconocimiento encendiéndose en su rostro como una chispa que prende en yesca seca. La feria. Los autos de choque. La autocaravana mugrienta. El verano que nunca se borró del todo.

No dije nada más. No hacía falta.

Abelardo estaba ocupado abrazando ya a Clotilde, que no tenía miedo a nada. Ella le devolvía cada provocación con una sonrisa desafiante, disfrutando de la tensión, del riesgo, de saberse observada incluso a través de la chapa metálica. Se entendían bien. Demasiado bien.

Pero yo apenas los veía. Felicia estaba frente a mí, y en su mirada había algo distinto a la primera vez: no era inocencia, era decisión.

No era una joven llevada por la corriente, sino una mujer que había vuelto voluntariamente al lugar donde empezó todo.

—Eras tú Fabián —susurró finalmente.

Asentí.

—Sí, creo que nunca te dije mi nombre —susurré.

No hablamos de lo que ocurrió entonces. No hacía falta. Estaba presente entre nosotros, como un tercer cuerpo invisible. La diferencia era abismal: aquella vez la guié yo. Esta vez, era ella quien daba el paso.

Se acercó despacio, sin prisa. Su mano rozó la mía con una calma que me desarmó. No había temblor de juventud. Había memoria. Y algo más poderoso: elección.

Sentí cómo el espacio se dividía en dos mundos paralelos. A mi izquierda, las risas contenidas de Abelardo y Clotilde, el juego descarado, la provocación abierta. A mi derecha, Felicia y yo construyendo algo mucho más silencioso, más cargado de pasado.

No fue una embestida de deseo inmediato. Fue un reencuentro. Su respiración cerca de mi cuello. Mi mano recorriendo su espalda con reconocimiento. El leve suspiro que se le escapó, no de sorpresa, sino de confirmación.

Era ella. Y era distinta.

Había en su forma de tocarme algo que no existía en la feria: conciencia de sí misma. No buscaba aprobación. No buscaba validación. Buscaba sentir. Y yo, que había presumido tantas veces ante Abelardo de aventuras pasajeras, entendí que aquello no tenía nada de pasajero. Era un círculo cerrándose.

Mientras tanto, al otro lado de la furgoneta, Clotilde reía en voz baja. Disfrutaba del descaro de Abelardo, de su rudeza teatral, del juego casi exhibicionista. Ella era fuego abierto. Felicia, en cambio, era brasa profunda.

Cuando nuestros cuerpos se encontraron de verdad, no hubo error. Fue una continuidad inevitable de lo que había empezado años atrás. Pero ahora no había polvo de feria ni juventud confundida. Había una mujer que sabía exactamente lo que hacía.

Y eso me hizo perder el control más que cualquier otra cosa.

En un momento, nuestras miradas se sostuvieron mientras el murmullo de Clotilde y Abelardo llenaba el aire. Comprendí que aquello no era solo deseo: era reparación. Ella estaba recuperando algo que creyó haber dejado atrás.

El peligro seguía ahí. Carlota fuera. El mercadillo vivo al otro lado de la cortina. Pero dentro, el tiempo parecía doblarse sobre sí mismo. Cuando todo empezó a aquietarse, cuando la respiración se volvió más lenta, entendí que no era una repetición del pasado. Era una segunda oportunidad. Y esta vez, Felicia no era una muchacha que se dejaba llevar. Era una mujer que volvía para comprobar que seguía viva.

Pensé en ella mucho durante años, en la certeza de que me enamoró. Pero pertenecíamos a mundo distintos; yo un gitano que se ganaba la vida en ferias y mercadillos ambulantes y ella una aparente niña bien.