Fuego en la Mirada - Capítulo 1 Parte 2
El silencio de la casa de invitados no era tal; era un telón que apenas contenía los gemidos ahogados de su hermana. Karina sabía que no debía escuchar, pero la imagen de Gilberto bajo el peso de Clara se grabó en su mente, y esta noche, la tentación de cruzar la línea es más fuerte que la lealtad.
La noche de chicas había terminado con risas y micheladas, pero el aire en la casa de Clara y Gilberto se había cargado de una electricidad que ninguno nombraba. Clara y Karina recogieron las botanas esparcidas por la sala, mientras Gilberto se retiraba a la cocina con las bandejas vacías, su figura alta y relajada moviéndose con una naturalidad que Karina no podía ignorar. Las miradas furtivas que le lanzaba eran rápidas, casi imperceptibles, pero cargadas de un deseo que la hacía apretar los labios. Quería un hombre como Gilberto: atento, fuerte, con esa mezcla de caballerosidad y pasión que parecía encender a Clara con solo un gesto.
“Voy a descansar,” anunció Clara, bostezando mientras se dirigía al cuarto principal. “Tú puedes quedarte en el de invitados, Karina. Ya sabes dónde está todo.” Karina asintió, pero sus ojos seguían a Gilberto, que ahora lavaba los platos con una concentración que parecía deliberada. Cuando Clara lo llamó desde el pasillo, él secó sus manos y la siguió, cerrando la puerta tras de sí. El clic del cerrojo resonó en el silencio de la casa.
Karina se instaló en el cuarto de invitados, una habitación sencilla con una cama individual y una ventana que dejaba entrar la luz plateada de la luna. Pero el descanso no llegó. Desde el otro lado de la pared, un murmullo bajo comenzó a filtrarse: el ritmo constante de la cama, los jadeos contenidos de Clara que intentaba sofocar con una almohada, y el sonido grave de Gilberto moviéndose con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. Los gemidos de Clara, aunque ahogados, eran como un eco que se colaba en los pensamientos de Karina, avivando una imagen que no podía borrar. Se la imaginó a sí misma en ese lugar, bajo el peso de Gilberto, sintiendo su calor, su fuerza, su deseo dirigido hacia ella. Sus manos imaginarias recorrían su piel, y el placer que Clara parecía disfrutar se volvía suyo en una fantasía que la hacía temblar.
El sonido se desvaneció poco a poco, dejando solo el latido acelerado de su propio corazón. Incapaz de resistir, Karina deslizó una mano bajo las sábanas, dejándose llevar por la escena que su mente había construido. Sus dedos trazaron caminos que Gilberto podría haber seguido, y el calor que sentía crecía con cada pensamiento prohibido. Cuando finalmente se dejó llevar por el alivio, su respiración se calmó, y el sueño la envolvió como una manta pesada.
A la mañana siguiente, era sábado, y el sol se colaba por la ventana del cuarto de invitados, pintando la habitación con tonos dorados. Karina despertó con el rostro aún cálido por los recuerdos de la noche, su cabello ondulado desparramado sobre la almohada. El aroma a café recién hecho se colaba por la puerta entreabierta, y el sonido de platos en la cocina la trajo de vuelta a la realidad. Se levantó, todavía en pijama, y se dirigió a la cocina, donde Clara, con una camiseta holgada de Sailor Moon, preparaba el desayuno con una sonrisa despreocupada, como si la intensidad de la noche anterior no hubiera existido. Gilberto estaba sentado a la mesa, con una taza de café humeante en la mano, su cabello despeinado dándole un aire relajado. Al verla entrar, le dio un “Buenos días” con esa voz profunda que ahora resonaba diferente en los oídos de Karina, cargada de ecos de lo que había escuchado horas antes.
Karina, todavía aturdida por sus propios pensamientos, se sentó frente a él, intentando mantener la compostura. “¿Dormiste bien?” preguntó Clara, mientras servía una taza de café para su cuñada, ajena al torbellino interno que la consumía. Karina forzó una sonrisa, sintiendo cómo su rostro se calentaba. “Como bebé,” mintió, aunque su voz tembló ligeramente. Su mirada se cruzó con la de Gilberto, y el instante se alargó más de lo debido. Él le devolvió una mirada serena, pero había un brillo en sus ojos, una chispa que parecía decir que sabía más de lo que mostraba. Karina desvió la vista rápidamente, tomando un sorbo de café para disimular.
Era sábado, sin embargo, no podía relajarse del todo: ese día tenía una clase en línea para un curso de diseño básico que estaba tomando, con la esperanza de algún día ascender como Clara. “Oigan,” dijo, rompiendo el silencio mientras untaba mermelada en un pan, “¿les molesta si tomo mi clase aquí? Es de 9 a 12, y no quería perdérmela.” Antes de que Clara pudiera responder, Gilberto tomó la palabra, su tono cálido y acogedor. “Claro, Karina, siéntete como en tu casa. Usa el comedor, ahí tendrás espacio.” Clara asintió con una sonrisa, aunque su atención estaba más en el pan que tostaba que en la conversación.
A las 10 de la mañana, Gilberto se levantó de la mesa y le dio un beso rápido a Clara en la frente. “Vamos a salir un rato para que Karina tome su clase más tranquila,” anunció, mientras recogía las llaves del coche. “¿Te parece si vamos por un tepache y estiramos las piernas?” Clara asintió con entusiasmo, siempre lista para un plan espontáneo. “Nos vemos en un rato, Karina,” dijo, mientras se ponía una chamarra ligera. Los dos salieron, dejando a Karina sola en la casa, con el silencio roto solo por el tic-tac del reloj de pared.
Karina instaló su laptop en el comedor, conectándose a la clase mientras intentaba concentrarse en los conceptos de diseño gráfico que el instructor explicaba. Pero su mente seguía volviendo a la noche anterior, a los sonidos, a las imágenes que había conjurado. Cuando la clase terminó a las 12, se sintió aliviada. Se levantó, estirándose, y decidió cambiarse para estar más cómoda antes de irse. Se puso un short de mezclilla que dejaba ver gran parte de sus piernas largas y torneadas, una blusa ajustada que marcaba su figura, y recogió su cabello ondulado en una cola de caballo alta. Al mirarse en el espejo del baño, se sintió más ella misma, aunque el eco de sus pensamientos seguía ahí.
Clara y Gilberto regresaron a las 12:15, trayendo consigo el aroma dulce del tepache y una bolsa con pan dulce de la panadería de la esquina. “¿Ya terminaste tu clase?” preguntó Clara, mientras dejaba las cosas en la mesa. Karina asintió, recogiendo sus pertenencias. “Sí, muchas gracias por la velada y por dejarme tomar mi clase aquí. Ya me voy a casa para atender a Heriberto.” Gilberto le sonrió, y Clara le dio un abrazo rápido. “Nos vemos el lunes” dijo, mientras Karina salía por la puerta, su mente todavía atrapada en la intensidad de la noche anterior.
Al llegar a su casa, Heriberto ya estaba despierto, sentado en la sala con un café en la mano “¿Cómo te fue, amor?” preguntó, levantando la vista con una sonrisa. “¿Te divertiste con Clara?” Karina dejó su bolso en la entrada y se acercó a él, dándole un beso suave en la mejilla. “Sí, estuvo bien,” respondió, aunque su tono era más apagado de lo que pretendía. “¿Qué quieres desayunar?” preguntó Heriberto, poniéndose de pie para ir a la cocina. “Hice unas quesadillas, pero si quieres algo más, puedo prepararlo.” Karina se sentó en el sofá, sintiendo el peso de la rutina cayendo sobre ella. “Las quesadillas están bien,” dijo, mientras miraba a su esposo moverse por la cocina. El fin de semana transcurrió con normalidad para ambas parejas: Clara y Gilberto salieron al cine el domingo, mientras Karina y Heriberto se quedaron en casa, viendo una serie y atendiendo pendientes del hogar. Pero en la mente de Karina, la chispa de la noche del viernes seguía ardiendo.
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