Las aventuras de Daniela 2
El olor a sexo ajeno aún la acompaña, pero es el recuerdo del dolor y el placer lo que la mantiene despierta. Mientras su esposo duerme a su lado, Daniela sabe que su vida de siempre ha terminado; solo falta decidir si cruzar el umbral del club que Valeria le ha propuesto.
Daniela llegó a casa pasadas las nueve, con el culo todavía ardiendo y un dolor sordo que se despertaba con cada paso. El semen del desconocido se había secado en parte en los muslos, dejando costras pegajosas que rozaban contra la falda cada vez que se movía. El vello púbico, espeso y negro, estaba enmarañado y húmedo; el tanga inservible lo había tirado a una papelera del metro antes de subir al tren de vuelta. Sin bragas, sentía el aire fresco colándose entre las piernas, rozando los labios hinchados y el ano dilatado que palpitaba como si aún tuviera dentro aquella polla gruesa y cruel. Olía a sexo viejo, a sudor y a semen ajeno; se había echado perfume barato en el cuello, pero no engañaba a nadie.
Alberto la esperaba en el salón con la cena recalentada: arroz con pollo, ensalada, una cerveza fría para cada uno. La besó en la mejilla al entrar.
—Llegas tarde, mi amor. ¿Todo bien en la oficina?
Daniela sonrió, esa sonrisa dulce que siempre usaba con él, pero sus ojos estaban vidriosos.
—Sí, papi. Reunión larga. Me duele un poco la cabeza.
Se sentó con cuidado en el sofá, conteniendo un gesto de dolor cuando el ano rozó la tela. Alberto no notó nada; le sirvió el plato y puso la tele en un partido de fútbol que no le interesaba a ninguno. Comieron en silencio. Daniela masticaba despacio, el estómago revuelto por la culpa y el recuerdo: la boca llena de polla, el ano abierto a la fuerza, los gritos ahogados en el baño mugriento. Cada vez que tragaba saliva sentía el sabor fantasma del desconocido.
Después de cenar, Alberto la abrazó por detrás en la cocina mientras fregaba los platos.
—Estás rara hoy… ¿quieres que te dé un masaje?
Daniela se tensó. El roce de su erección contra su culo le recordó demasiado al metro.
—Estoy cansada, amor. Mañana.
Él insistió con besos suaves en el cuello.
—Solo un ratito… te extraño.
Terminaron en la cama. Alberto la desnudó con ternura, besó sus tetas pesadas, lamió los pezones oscuros que se endurecieron al instante. Daniela respondió por inercia: abrió las piernas, dejó que él entrara en su coño aún sensible. Fue vainilla, como siempre: misionero lento, besos en la boca, “te quiero” susurrados al oído. Alberto empujaba con cariño, sin brusquedad. Daniela gemía bajito, pero su mente estaba en otro sitio: en la polla curvada que la había partido por el culo, en el dolor que se convirtió en placer brutal, en cómo había suplicado “rómpeme, lléname”. Se corrió antes que él, un orgasmo silencioso y culpable, apretando el coño alrededor de la polla de su marido mientras imaginaba al desconocido vaciándose dentro de su ano otra vez.
Alberto se corrió dentro, besándola en la frente.
—Qué rico ha estado hoy… estabas muy mojada.
Daniela sonrió débil, sintiendo el semen de su marido mezclarse con los restos secos del otro.
—Te quiero, papi.
Él se durmió rápido. Ella no.
A las dos de la mañana se levantó, fue al baño y cerró la puerta con pestillo. Se miró en el espejo: pelo revuelto, ojeras, labios hinchados de tanto morderlos. Se subió la camiseta, abrió las piernas y se miró el coño: vello negro espeso pegajoso de jugos y semen viejo, labios mayores rojos e hinchados. Metió dos dedos en el ano todavía sensible; ardía, pero el dolor le envió una corriente directa al clítoris. Se masturbó despacio, mirándose fijamente en el espejo.
—Soy una puta… una zorra infiel… me han roto el culo y quiero más… Alberto nunca me hará correrme así…
Se corrió en silencio, chorro suave que salpicó el suelo frío del baño. Lágrimas calientes rodaron por sus mejillas canela.
Al día siguiente, jueves, quedó con su mejor amiga, Valeria, en una cafetería cerca de la oficina. Valeria, 36 años, divorciada, cuerpo de gimnasio y lengua suelta, siempre había sido la “loca” del grupo. Pidieron dos cafés con leche y se sentaron en una mesa al fondo.
Valeria la miró de arriba abajo.
—Ay, Daniela… ¿qué te pasa? Tienes cara de haber follado toda la noche y no haber dormido nada. Y caminas como si te hubieran dado por culo.
Daniela se sonrojó hasta las orejas.
—No digas eso…
Valeria se inclinó, voz baja.
—Cuéntamelo. Sabes que conmigo puedes. ¿Alberto por fin se animó a algo salvaje?
Daniela negó con la cabeza. Miró alrededor, nadie escuchaba. Bajó la voz.
—Ayer… en el metro… un tipo… me folló. En un baño de estación. Me metió la polla por el culo. La primera vez. Dolió mucho… pero me corrí como nunca.
Valeria abrió los ojos grandes, pero no de sorpresa: de excitación.
—Joder, Daniela… ¿y Alberto?
—Nada. Él no sabe. Y anoche follamos… normalito. Yo pensando en el otro todo el rato.
Valeria se mordió el labio, cruzó las piernas bajo la mesa.
—Estás cachonda perdida, amiga. Ese coño tuyo con vello salvaje necesita más polla de verdad, no la vainilla de tu marido.
Daniela bajó la mirada.
—No sé qué hacer… me siento sucia. Pero… no dejo de mojarme cuando me acuerdo.
Valeria puso la mano sobre la suya.
—Mira… yo conozco un sitio. Un club privado, discreto, solo para gente que quiere desahogarse. Nada de fotos, nada de nombres reales si no quieres. Mujeres casadas como nosotras, hombres que saben tratar a una puta como se merece. Vamos juntas el viernes por la noche. Tú miras si quieres… o participas. Nadie te obliga. Pero te juro que después de una noche allí, Alberto te va a parecer un niño jugando a los médicos.
Daniela sintió un calor líquido subir por el vientre. El ano le palpitó solo de imaginarlo.
—No sé… ¿y si Alberto se entera?
Valeria sonrió pícara.
—Alberto no se va a enterar. Y si se entera… pues que se entere. O que se una. Pero primero tienes que probar. Solo mirar. O un polvo rápido en un reservado. Tú decides.
Daniela no dijo que sí. Pero tampoco dijo que no.
Se quedó callada, mirando su café, el clítoris latiendo bajo la falda. El viernes estaba a dos días.
Y el deseo ya no tenía freno.
Continuará…
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