El vecino me desatascó el desagüe
El grifo gotea, pero el verdadero desastre está por llegar. Cuando el vecino llega a arreglar la fuga, la tensión se desborda y el baño se convierte en un escenario de placer prohibido. ¿Podrá ella resistirse al joven y apasionante desconocido antes de que su esposo regrese a casa?
Estaba desolada, no podía creer que le hubiese dejado metérmela por el culo. Era nuevo en el edificio y apenas le conocía, pero era tan guapo que, en fin… Arqueé la espalda y me agarré al grifo del lavabo sobre el que estaba reclinada. Alarmada, abrí los ojos casi tanto como el ano. Mi aliento empañaba rítmicamente el espejo siguiendo el estricto compás de su rabo.
Mis grandes pechos habían desbordado el escote de mi camisón favorito, cuyo borde inferior él había volteado por encima de mis caderas. De pronto, el mulato cogió un puñado de mechones castaños y tiró arqueándome más todavía, girando mi cara hacia la suya y ahogando mis gemidos con un beso apasionado. Sofocada y ahogada, casi me desmayo.
Hacía años que no me follaban así, y cuando se apartó, su mirada me quemó. Sus deliciosas embestidas hicieron que se me cayera la baba, y carraspeé.
— ¡Oh, sí, grandullón! —bramé presa de la excitación— ¡Fóllame, aprisa! ¡Mi esposo volverá en cualquier momento!
El chico aumentó la cadencia. La hebilla de su cinturón tintineaba contra el mueble cuando me agarró las nalgas y las separó. Gruñó al ver su grueso pollón saquear mi agujerito. Lo sentía estrecho, pero aún así absorbía cada centímetro de su miembro.
— Él no te folla el culo, ¿verdad, zorrona? —me increpó apretando los dientes.
Negué con la cabeza. “¡Ya quisiera!”
¡¡¡PLASH!!!
Me atizó una severa nalgada que resonó en el pequeño cuarto de baño. Grité, pero no sirvió de nada, siguió perforando mi anillo como una bestia. Habría empezado a masturbarme si no hubiera tenido que sujetarme para soportar sus empellones. Como si hubiese leído mi pensamiento, sus dedos recorrieron la amplia curvatura de mi trasero. Una mano se deslizó hacia adelante en busca de mi coño, hurgando entre los pliegues empapados hasta dar con el exultante clítoris.
Su respiración entrecortada me hizo cosquillas detrás de la oreja.
— Me pides que arregle una fuga y te hago otra —susurró acariciando mi joyita con la firmeza necesaria.
Sin pensar lo que hacía, meneé las caderas y empecé a arremeter hacia atrás.
— ¡Joder, voy a correrme!
Lo rodeó con una ágil maniobra, con pericia y precisión, rozando al parte expuesta, haciéndome cabalgar la cúspide. Ascendiendo. Creciendo.
Súbitamente detuvo la estimulación para follarme como un loco, haciéndome emitir un graznido angustiado que acalló con dedos resbaladizos y fragantes. Mientras, mis jugos inundaban mis sentidos. Succioné un momento antes de que él apartara mi mandíbula del espejo y se retirara.
Cuando salió, mi ano ardió espantosamente, pero no tuve tiempo de saborear el maravilloso candor que se extendía dentro de mí antes de caer de rodillas, frente a su gigantesca erección.
— ¡Venga, vecina! ¡Demuéstrame de lo que eres capaz! —clamó de forma imperiosa— ¡Verás qué premio más rico! No has probado nada igual.
En lo alto de su miembro se formó una deliciosa perla de líquido preseminal que ataqué con la lengua sin más dilación. Seguí con los labios, envolviendo su suculento glande, y luego engullí lo que pude, queriendo hacerlo bien.
El joven se llevó una mano a la cabeza y se quitó la camiseta de un tirón. Fue sublime e irresistible. Mientras lo devoraba, las palmas de mis manos serpentearon para recorrer cada tenso pliegue de su abdomen y después sus pectorales.
— ¡Lo haces genial! —exclamó, animándome a babear y tomando mi cabeza entre sus manazas para que le mirase— Tu marido no sabe lo que tiene en casa.
Cada frase que salía de sus labios me enardecía un poco más. Enfervorecida y dichosa, me obcequé con hacerle la mejor mamada de su vida. Tuve arcadas y tosí, pero mereció la pena. Conseguí tragármela toda y sentirle en la garganta antes de tener que apartarme y limpiarme la boca con el dorso de la mano.
— Me encanta tu polla, cabrón, pero tienes que correrte —le urgí— Llegará en cualquier momento.
— ¿Vas a tragártelo?
— ¡Pues claro! —clamé con indignación.
Me había tomado por una niñata, una de esas mojigatas que quieren que les avisen antes de eyacular. Yo, una señora de cuarenta y siete años, madre y esposa. ¡Pues no me habría tragado corridas…!
Sujetándome la nuca, tiró de mí hacia adelante y me llenó la boca con su erección.
— Come, zorra.
Deslizó su masculinidad sobre mis papilas gustativas y, con un comedido vaivén de sus caderas, me empece a atiborrar. En un par de ocasiones, mi estómago convulsionó violentamente y los músculos de mi garganta se tensaron alrededor de su falo. Sin embargo, tras unos agónicos segundos, tiró hacia atrás y me dejó con la saliva colgando, tendiendo un puente entre ambos.
Entonces me miraba con severidad, evaluando mi comportamiento; y yo, que siempre había sido una buena chica, desplegaba la boca cuanto era capaz, lista para la siguiente embestida; cada vez más preparada y menos atragantada, haciendo gorgoritos de la emoción, excitándome y sintiéndome súper guarra.
Me lancé a estimular mi clítoris, dándole vueltas furiosamente mientras la implacable follada se aceleraba. Solo que de repente protestó, se liberó y su tiesa polla desafió la ley de la gravedad ante mis ojos.
— Arriba —ordenó de repente, levantándome y haciéndome girar de cara al espejo.
Me colocó frente al espejo. Adrede, para que tuviese que verme reflejada. Y entonces metió su miembro en la hendidura donde había empezado, volviendo al origen y cerrando el ciclo de la pasión.
Me sonrojé al recordar la charla previa; el guion de una conversación trivial impregnada de dobles sentidos y provocación por mi parte; sin poder dejar de admirar la escultural definición de su miembro bajo los vaqueros ajustados, su impresionante torso sobresaliendo por debajo del lavabo mientras trajinaba con las cañerías. Para cuando me preguntó si podía abrir el grifo, ya estaba sin bragas y hecha un desastre; de modo que en lugar de colaborar, me pues en cuclillas sobre él.
Mi perspicaz vecino me observó restregarme contra su virilidad y comprendió en el acto que mi prioridad era otra. Sin pérdida de tiempo, me encaramé al borde del lavabo, separé las piernas y removí mi cazuela. No hube de convencerle para que se sentara en el taburete y comiera con glotonería.
Después, cuando se paró detrás de mí, volví a restregarme con él como una gata en celo. Eso, sí, le advertí que mi esposo estaría saliendo del trabajo en ese preciso momento. Sin embargo, él muy canalla apostó a que se tomaría una cerveza antes de regresar a casa.
— Ya no aprecia lo que tiene —aseguró con malicia.
Bajó los tirantes del camisón y me ahuecó los pechos con las manos. Me mordí el labio presa del deseo; absorta en nuestro reflejo, en el rastro resplandeciente que mi néctar había dejado en su boca. Entonces, liberó su erección, la humedeció en mi sexo y se deslizó causándome una tremenda conmoción.
A partir de ahí, todo se descontroló,transformándose en una escena explícita y frenética digna del porno. Su mirada me desafió en el espejo al tiempo que me ponía a prueba con su miembro, empujando mi útero hacia arriba y removiéndome por dentro.
Me corrí como una bruta, que es el único modo que sé; entre espasmos, jadeos y temblores; gozando con frenesí del esfuerzo realizado, del forcejeo con un amante que prolongó mi delirio metiéndome un dedo por atrás, procurándome un éxtasis doble.
Por desgracia, al verme disfrutar de la intrusión, el muy canalla se tomó la libertad de sacarme la polla y presionar mi otro agujero. Logró vencer a la adversidad y atravesarlo de repente, con un angustioso sobresalto que ambos hicimos notar. Él con un sonoro gemido y yo, en cambio, de un alarido.
Mi patente aflicción no le afectó lo más mínimo. Al contrario, debió alentarle, ya que comenzó a follarme entre las nalgas sin misericordia, como si quisiera matarme de la impresión.
Fue una salvajada, una atrocidad que me catapultó al clímax e hizo que me orinara encima. Me sentí deliciosamente jodida, y no sólo por la despiadada invasión de mi ano, sino por la rudeza de las arremetidas de un joven que había perdido el juicio y solo pensaba en llenarme de semen.
— ¡¡¡MIERDA!!! ¡¡¡LA PUERTA DEL GARAJE!!!
Erguí el culo y me estremecí cuando me rodeó con sus musculosos brazos y frotó con furia mi clítoris.
Mis ojos se cerraron, la realidad se sublimó y el placer lo invadió todo. Los poderosos espasmos de mis nalgas estrujaron rítmicamente a un invasor que rugía sabiéndose derrotado y despojado de su vigor.
Entonces, la nada.
Formas indeterminadas, difusas, en completo silencio. El semen atestando mis profundidades y chorreando estrepitosamente al escapar su polla sin más.
Conmoción a nuestro alrededor y, por fin, el estallido de los aplausos después de que el director gritara: "¡¡¡CORTEN!!!
Alberto, técnico de reparaciones en la vida real, sostuvo en pie mi cuerpo tambaleante. Temblaba, pero es que además me daba miedo moverme. Había un gran charco en el suelo, justo entre mis piernas.
— ¡Ha sido increíble, nena! —afirmó el director— Y en plano-secuencia, que es lo complicado.
Yo seguía aturdida. Menos mal que enseguida disminuyó el torbellino de cuerpos a nuestro alrededor, yendo ya hacia la siguiente localización. Menos el director, que seguía entusiasmado con la escena que acabábamos de grabar.
— ¡Qué actuación, querida! ¡Qué realismo! —dijo haciendo aspavientos.
Sonreí débilmente y miré al actor amateur.
“Si él supiera…”
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Gracias por leer este relato. Sus valoraciones y comentarios me animan a seguir escribiendo.
Referencias:
— Plumbing her deephs, de WannabeWordsmith, en LushStories.
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