Xtories

Las aventuras de Daniela 1

El metro huele a sudor y rutina, pero cuando el roce se vuelve firme, el miedo se mezcla con un deseo que no puede contener. En un baño público, la esposa decente desaparece para dar paso a una puta que suplica ser usada. ¿Cuánto tiempo aguantará su culpa antes de perderse del todo?

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Daniela tiene 35 años, es de Medellín, Colombia, y lleva nueve casada con Alberto. La vida por fuera es de postal: casa bonita en las afueras con jardín pequeño, trabajo de oficina de 9 a 6 que paga las facturas sin dramas, cenas sentados en el sofá con una copa de vino y charlas tranquilas sobre el día. El sexo… bueno, el sexo es de los de siempre: luces bajas, misionero rápido los viernes o sábados, un beso en la frente después y a dormir. Alberto es un hombre bueno, de los que te abre la puerta del coche, te pregunta si estás cansada, te trae flores sin motivo. Pero Daniela ya no siente ese cosquilleo en el estómago cuando lo ve llegar. Se ha vuelto rutina, y la rutina la está matando por dentro.

Su cuerpo no ayuda. Piel canela suave y brillante, como si el sol de Medellín la hubiera marcado para siempre. Mide 1,68, pero con curvas que llenan todo: caderas anchas que se balancean sin querer, culo redondo alto y firme que parece pedir manos, tetas pesadas 95D con pezones oscuros grandes que se ponen duros al menor roce o pensamiento sucio. Vientre plano pero con esa curvita suave de mujer que ya ha vivido, muslos gruesos con un toque de celulitis que la hace sentir real, no de revista. Pelo negro azabache ondulado que le cae hasta los omóplatos, siempre suelto o en coleta baja cuando va al curro. Ojos café oscuro casi negros, pestañas largas que parpadean lento cuando está nerviosa. Labios carnosos rojos de natural, que se muerde cuando el deseo le sube por la garganta. Y entre las piernas… el vello púbico negro, espeso, salvaje. Solo lo recorta un poco con tijeras en un triángulo irregular porque le da pereza más. Roza áspero contra la tela interior, y cada vez que se mueve siente ese roce recordándole que ahí abajo hay algo que Alberto nunca ha explorado del todo. Él nunca le dijo “depílate”, y ella nunca se lo propuso. Quizás porque en el fondo le gusta sentirse un poco guarra.

Esa mañana se levantó con algo raro en el cuerpo. Un hormigueo que no se iba. Se vistió para la oficina pero eligió ropa que sabía que provocaba: falda lápiz negra elástica que se pegaba a las caderas y al culo como una segunda piel, subiendo justo por encima de la rodilla para que al sentarse se tensara más. Blusa blanca de algodón fina que con la luz del metro se transparentaba lo justo para dejar ver el encaje negro del sujetador push-up, levantándole las tetas generosas. Medias veladas color carne con costura trasera que subían hasta medio muslo, tacones de aguja negros de 9 cm que hacían clic-clac en el suelo y balanceaban el culo con cada paso. Debajo: tanga negro sencillo de algodón, ya húmedo cuando se lo puso. El vello recortado rozaba áspero contra la tela, y cada roce le mandaba una descarga al clítoris. Salió de casa pensando “hoy no pasa nada”, pero el cuerpo ya sabía que mentía.

El metro llegó atestado, hora punta total. Vagón oliendo a café rancio, colonia barata de oficina, sudor matutino y ese olor metálico del tren. Se abrió paso como pudo y se agarró a la barra vertical del centro, cuerpo apretujado contra desconocidos. El tren arrancó con un bandazo.

Al principio fue solo un roce sutil, como si el movimiento del vagón la empujara contra alguien. Achacó al vaivén. Pero se repitió: contacto firme, deliberado, algo grueso y duro presionando justo entre las nalgas. El pulso se le aceleró de golpe. Calor líquido subiendo por el vientre canela. Intentó dar un paso adelante, rozó a una señora mayor que murmuró molesta “perdón”. Giró apenas la cabeza: un hombre moreno de 38-40 años, barba de varios días, ojos oscuros que la miraron fijo un segundo y volvieron al móvil como si nada.

—Estoy casada… por favor, no hagas nada… —le susurró temblando, voz apenas audible entre el ruido del tren.

Él sonrió leve, casi imperceptible. Retrocedió un centímetro. El roce paró. Daniela exhaló despacio, aliviada… pero el clítoris le latía fuerte contra el tanga, traicionándola. “Solo ha sido un roce”, se dijo. “No pasa nada”. Pero el cuerpo no le creía.

Túnel largo, luces parpadeando, curva brusca que apretujó más el vagón. Él se pegó de nuevo, sin disimulo. Erección frotándose rítmica contra su culo, arriba y abajo, marcando ritmo. La mano bajó despacio por la cadera, subió por el muslo por dentro de la falda. Dedos ásperos apartaron el tanga a un lado, rozaron el vello recortado áspero y empapado. Un dedo grueso se deslizó entre los labios hinchados, entró fácil porque estaba chorreando.

—Estás empapada, casada —susurró ronco al oído, aliento caliente en la nuca—. Dices que no, pero tu coño pide polla a gritos. Mira cómo chorreas.

Daniela se mordió el labio hasta casi sangrar para no gemir alto. Metió un segundo dedo, follándola despacio, curvando para rozar ese punto que la hacía temblar. Piernas flojas, aferrada a la barra como si fuera lo único que la mantenía en pie. Olor a su propia excitación mezclándose con el del vagón, fuerte, inconfundible. Pensó en Alberto desayunando tranquilo en casa, en su beso de despedida esa mañana. Culpa y calor al mismo tiempo.

Llegó su estación. Él sacó los dedos despacio, se los llevó a la boca y lamió con calma.

—Baja conmigo —ordenó, voz baja pero firme.

Dudó. Miró la puerta abierta, la gente saliendo. Podía quedarse en el tren, seguir su vida normal. Pero los dedos aún palpitaban dentro, el ano virgen se contraía de anticipación. Bajó. Tacones resonando en el pasillo casi desierto, él detrás.

Baño de hombres grande al final del pasillo. Cerró pestillo con clic seco. La empujó contra los azulejos fríos de la pared. El contraste con su piel caliente la hizo jadear.

—Quítate la falda y el tanga. Despacio. Quiero verte entera, puta colombiana casada.

Temblando, bajó la cremallera de la falda. Cayó a los tobillos. Bajó el tanga empapado por los muslos, hilo brillante de jugos estirándose antes de romperse. Vello negro espeso expuesto: triángulo salvaje cubriendo labios hinchados y brillantes, jugos goteando entre los rizos ásperos. Se sentía expuesta, sucia, cachonda.

Él se bajó la cremallera. Polla gruesa, venosa, curvada hacia arriba, pre-semen brillando en la punta.

—De rodillas. Abre esa boca de zorra.

Se arrodilló en el suelo mugriento, azulejos fríos en las rodillas. Abrió la boca. Él agarró el pelo con fuerza, metió hasta la garganta. Embestía sin piedad, follándole la boca profunda. Daniela babeaba, lágrimas corrían por las mejillas canela, pero chupaba con avidez, lengua lamiendo venas gruesas, tragando saliva y pre-semen salado.

—Zorra infiel… cornuda voluntaria… arrodillada chupando polla mientras Alberto desayuna tranquilo en casa… mírate, piel canela toda sudada, vello guarro empapado de jugos… qué puta eres.

Sacó antes de correrse, la levantó de un tirón por el brazo.

—Date la vuelta. Apóyate en el lavabo y abre el culo con las manos.

Se inclinó sobre el lavabo sucio, manos temblorosas separando nalgas. Ano rosado virgen expuesto, apretado. Él escupió encima, saliva caliente cayendo.

—No… por ahí no… me da asco… nunca lo he hecho… duele mucho… Alberto nunca me tocó ahí… por favor, no… —suplicó, voz quebrada, mezcla de miedo y deseo.

Rió cruel, bajo.

—¿Asco? Tu coño chorrea sobre ese vello salvaje, casada. Relájate, puta. Vas a suplicármelo como perra en celo antes de que acabe.

Presionó la punta contra el ano. Daniela tensó todo. Empujó despacio. Cabeza entró con pop doloroso, estirando. Gritó ahogado, uñas clavadas en el borde del lavabo.

—Duele… joder… sácala… me estás partiendo en dos… por favor…

—No. Aguanta. Respira. Vas a aprender a disfrutarlo como la guarra que eres.

Centímetro a centímetro, lento al principio. Ardía como fuego, pero poco a poco esa plenitud oscura, prohibida, creció dentro. Cuando llegó hasta los huevos, se quedó quieto un segundo, dejando que se acostumbrara. Luego movió lento, saliendo casi del todo y entrando profundo. Aceleró. Mano bajó al clítoris, frotando círculos rápidos, rozando el vello áspero empapado. Tetas rebotando con cada embestida, pezones duros contra la blusa.

—Más… duele pero… no pares… —gimió ella, voz rota.

—¿Ya no te da asco mi polla en tu culo sucio?

—No… me gusta… me estás rompiendo… quiero más… por favor… no pares…

—Suplícamelo bien, zorra. Dime qué quieres de verdad.

Se rindió del todo, palabras saliendo atropelladas:

—Por favor… fóllame el culo más duro… métemela hasta el fondo… quiero sentir cómo me abres entera… soy tu puta… Alberto nunca tocó ahí… nunca me hizo correrme así… ¡te suplico! ¡Destrózame el culo virgen! ¡Córrete dentro, lléname de leche caliente! ¡No pares… quiero quedar dilatada, goteando todo el día… que duela sentarme en la oficina… que sienta tu polla en cada paso… ¡soy zorra sucia colombiana, rómpeme, hazme gritar, úsame como agujero cualquiera!

Aceleró salvaje, carne contra carne resonando en el baño pequeño. Daniela se corrió primero: orgasmo brutal, squirteando chorros contra el suelo sucio, vello púbico empapado, cuerpo convulsionando entero, piernas flojas. Él gruñó profundo, se vació dentro: chorros espesos y calientes rebosando del ano dilatado.

Salió despacio. Semen blanco goteando del ano rojo e hinchado, bajando por muslos, mezclándose con jugos, empapando el vello negro.

Se arrodilló otra vez en el suelo mugriento, limpió la polla sucia con lengua: sabor amargo de culo y semen mezclado. Tragó todo, sin dejar rastro.

Cogió el tanga del suelo, aún caliente y empapado de jugos.

—Toma… llévatelo. Trofeo de la puta casada que rompiste hoy.

Lo olió profundo con sonrisa sucia, lo guardó en el bolsillo. Palmada fuerte en la mejilla: piel canela ardiendo con marca roja.

—No finjas más la esposa decente. Eres un agujero con piernas y culo abierto para quien quiera.

Salió sin mirar atrás, puerta cerrando con eco.

Daniela se quedó arrodillada un rato, semen goteando muslos, ano palpitando entre dolor intenso y placer residual, vello pegajoso. Pensó en Alberto, en su voz suave por teléfono esa mañana. Culpa quemando en el pecho, pero el cuerpo aún temblaba de después del orgasmo. Se levantó con piernas flojas, se vistió como pudo —falda arrugada, blusa manchada de sudor—, salió al pasillo y a la calle.

Llegó al trabajo media hora tarde. Compañeros preguntaron si estaba bien. “Tráfico”, mintió con sonrisa culpable que no se quitaba. Oliendo a sexo crudo, ano doliendo al sentarse, vello pegajoso rozando con cada movimiento. Cada vez que cruzaba las piernas sentía el semen seco, el agujero dilatado.

Alberto llamó al mediodía, voz cariñosa como siempre:

—¿Llegaste bien, mi amor? ¿Todo perfecto en la oficina?

—Sí, papi. Todo perfecto —contestó dulce, voz temblorosa, mordiéndose el labio mientras sentía el ano palpitar—. Te quiero.

Colgó. Miró por la ventana, sonrisa culpable todavía pegada. Sabía que esto era solo el principio.

Es una serie mitad real, mitad fantasía. Iré soltando más entregas. A ver si pilláis qué partes son verdad y cuáles no…