Dominada junto a mi cornudo - Parte 7
Miriam no es solo una desconocida; es la prueba de fuego que Miguel ha orquestado para romper cualquier resto de orgullo en Laura. Mientras sus pies presionan su rostro y sus palabras la reducen a nada, Laura descubre que su sumisión no tiene límites ni jerarquías que la salvaguarden.
Miriam me tuvo un buen rato lamiendo sus pies, metiendo sus dedos en mi boca uno a uno mientras yo jadeaba contra su piel. El sabor a sudor se me grabó en la lengua como un recordatorio humillante y excitante de mi nueva posición. Había aceptado servir a esta desconocida y mi mente aún no tenía claro cómo había ocurrido. El Amo Miguel, desde la distancia, había orquestado esta prueba, y yo, su sumisa, había accedido con un ansia que me avergonzaba y me excitaba por igual. Mientras lamía sus pies, sentía su mirada en mi nuca e imaginaba su sonrisa victoriosa mientras ella jugaba con su teléfono.
Entonces, volvió a déjalo en la mesa y se dirigió a mi.
—Basta. Ahora, arriba —ordenó, retirando su pie con un gesto brusco.
Me quedé arrodillada, algo confusa y con la lengua seca. Se levantó con movimientos lentos, se desabrochó el pantalón y lo dejó caer, revelando unas piernas largas y tonificadas que me llenaron de envidia y me hicieron anhelar mi juventud. Luego, se quitó el top. Bajo la ropa ejecutiva, su cuerpo era delgado, esculpido mediante el ejercicio físico y con la firmeza de quien se cuida con disciplina. Llevaba un conjunto de lencería negra que me parecía una obra de arte de la seducción; un sujetador de encaje que realzaba sus pechos pequeños y firmes, y un tanga pequeño que apenas cubría el triángulo de su vello oscuro sobre su piel pálida. Sus tatuajes quedaron totalmente a la vista, serpenteando por sus costillas hasta su clavícula. Y en el centro de todo, anclado en su garganta, el collar de pinchos. Al verla solo podía ver poder puro envuelto en seda negra. Muy distinta al Amo Miguel en la forma, pero que en el fondo me recordaba a él.
Se sentó de nuevo, abriendo las piernas con una falta de modestia que sentí como una bofetada. Me señaló el espacio entre ellas.
—Sube. Por las piernas. Lento. Quiero sentir tu lengua centímetro a centímetro—dijo con frialdad—. A ver si Miguel te ha entrenado bien.
Avancé, arrastrándome, y apoyé mis labios temblorosos en su tobillo. La piel era suave, lisa, con un ligero perfume a crema cara. Empecé a lamer, ascendiendo con una lentitud tortuosa por el músculo tenso de su gemelo, luego por la curva de su rodilla. Cada movimiento era un paso más en la coreografía de mi propia humillación.
Y mientras lo hacía, su voz, serena y cortante, caía sobre mí como una lluvia ácida.
—Se te da bien esto, ¿eh? —comenzó, mientras mis labios alcanzaban su muslo interno—. Se nota que estás disfrutando. Que echas de menos que te traten así.
Asentí ligeramente con un pequeño gemido.
—Miguel te ha convertido en esto, lo sabes, ¿verdad? Eres una perra que solo disfruta cuando es usada. Vacía por dentro hasta que alguien te llena.
Sus palabras me golpeaban, pero en lugar de dolor, encendían una hoguera vergonzosa entre mis piernas, cada vez más húmeda. Tenía razón. Cada palabra era cierta. Gemí contra su piel otra vez, un sonido ahogado de asentimiento.
—Mírate —continuó, con desdén—. Lamiendo a una mujer que acabas de conocer, sin inmutarte. Arrastrándote solo porque tu Amo así lo quiere. Es patético. Y lo más patético es que lo sabes y no puedes evitarlo.
Ascendí más, mi aliento caliente estaba cerca de la fina tira de encaje negro de su tanga. Su aroma íntimo me envolvió completamente, rendida ante un territorio que nunca antes había explorado.
—Es una pena que tu marido no este aquí —soltó de repente, con una risa breve y seca—. La famosa Chupapollas. Ahora lo entiendo. No me extraña que Miguel la haya convertido en una zorra. Con una esposa como tú, qué otra cosa podía ser? Una puta tan sumisa, tan deseosa de ser degradada… era lógico que acabara encontrando su lugar mamando pollas. Sois el perfecto juego de té. Dos tazas vacías deseando que las llenen un día tras otro.
Miriam apenas me había tocado, pero yo sentía que la humillación era total. Estaba reduciendo mi vida, mi matrimonio, mi esencia, a algo humillante, pero completamente cierto. Y eso me excitaba más que cualquier caricia. Cada insulto, cada comentario cruel, avivaba el fuego entre mis piernas más allá de mi control.
Empecé a jadear. Mis movimientos se hicieron más urgentes, más sucios, mi lengua presionando con desesperación contra la tela húmeda que separaba mi boca de ella. Una parte de mi deseaba que me diese lo que el Amo Miguel me daba. Que me azotase. Que me escupiese. Que me torturase con crueldad. Pero sus palabras tenían un efecto similar.
—Eso es —susurró ella, arqueando ligeramente las caderas para ofrecerse mejor—. Ahí lo tienes. Tu premio. Para que me demuestres hasta donde llegan tus ganas de ser mi puta.
Y entonces, con un dedo, apartó la tela a un lado, exponiéndose por completo. No había más barrera. El último velo de dignidad, si es que alguno me quedaba, se rasgó. Y yo, la esposa, la sumisa, la puta desesperada, hundí mi cara entre sus muslos con un gemido de rendición total, buscando con la lengua el coño húmedo de la joven dómina.
El sabor me resultó amargo, pero intenso y profundo, un aroma desconocido que anuló todo pensamiento casi al instante. Mi lengua encontró su clítoris y me centré en él con una devoción ciega. Gemí contra sus pliegues, el sonido vibrante en su carne, mientras mis manos se aferraban a sus muslos como a un mástil en una tormenta.
Miriam dejó escapar un suspiro largo de satisfacción, pero no dejó de hablar. Su voz, ahora teñida con un ronroneo de placer, seguía siendo un látigo contra mi espalda.
—Mmm… tienes un talento innato para esto, ¿lo sabías? —murmuró, y sentí sus dedos enredarse en mi pelo, no con ternura, sino para guiar el ritmo y para afirmar su control—. Ahora entiendo por qué le suplicaste a Miguel que te hiciera su puta. Le rogaste, ¿verdad? Te arrastraste hasta él como ahora te arrastras hasta mí. Una perra necesitada de ser usada. Me resulta patéticamente hermoso.
Un nuevo golpe de vergüenza punzante me atravesó. ¿Cómo sabía eso? ¿Miguel se lo había contado?.
El hecho de que conociera ese dato tan íntimo y humillante, y lo usara así, me hizo sentir más desnuda que si me hubiera quitado la piel.
—No pares —ordenó, apretando mi cabeza contra ella—. Así… así está bien. Joder, estás muy buena para tu edad, perra. Se te notan los años, claro, pero esas tetas grandes, esas curvas de esposa aburrida… a mí me pierden las maduras desesperadas como tu. Tenéis un hambre acumulada tras una vida con maridos aburridos. —Soltó una risa baja—. Tú y yo nos lo vamos a pasar muy bien juntas, Laura. Pienso exprimir ese hambre hasta la última gota.
Mientras mi lengua trazaba círculos y mis labios succionaban, mi mente no puedo evitar pensar en Chupapollas. ¿Se habría sentido así la primera vez que se arrodilló ante Miguel? ¿Esta misma mezcla de terror, humillación y una excitación que lo cubría todo?
Hasta ese momento, mi sumisión había albergado un pequeño orgullo. Me sentía inferior únicamente ante el Amo Miguel, y en la degradación sistemática de Chupapollas encontraba una imagen de poder, de complicidad con el Amo. Pero entonces, con el sabor de su coño en la lengua y el olor de su desprecio pegado a mi piel, ese orgullo se hizo añicos. Por primera vez, la verdad me atravesó como un cuchillo: era solo otra Chupapollas, una puta usada, arrastrándose en el mismo suelo. La jerarquía en la que me había refugiado era una mentira. Yo no estaba por encima de nadie. Ahora estaba en mi lugar.
—Muy bien… —murmuró Miriam, y noté que se movía, buscando algo. Levante ligeramente el rostro y la vi alargar el brazo hacia donde había dejado su teléfono. Lo cogió sin dejar de arquear las caderas contra mi boca. Escuché el clic—. Perfecto —susurró, mirando la pantalla con ojos brillantes de malicia—. A Miguel le va a encantar este recuerdo. Su puta comiéndole el coño a su antigua alumna. Ojalá se la enseñé también a Chupapollas, seguro que disfruta de verte ahí abajo.
Sus palabras deberían haber dolido, pero en su lugar, me llenaron de un calor posesivo y retorcido. Mientras ella enviaba la foto, yo redoblé mis esfuerzos, sabiendo que cada gemido que le arrancaba, cada temblor de sus muslos, era una pequeña victoria para mi orgullo de sumisa.
Un grito ahogado se le escapó a Miriam justo cuando soltaba el móvil. Sus dedos sujetaron mi pelo con fuerza. Me hundió la cara contra su sexo, anulando cualquier ritmo por mi parte. Mi mundo se redujo a oscuridad, calor y el sabor abrumador de su coño chorreante.
—¡Sí, así, zorra, así! —jadeó, su voz quebrada por el orgasmo que estaba teniendo—. ¡Límpiame todo, lame hasta la última gota, puta madurita!
Apenas podía respirar. Me ahogaba en su sus fluidos, en la violencia de sus muslos. Sentí cómo su cuerpo se tensaba en un arco y una nueva oleada de calor me inundó la boca y la nariz, desbordándose por mi barbilla.
Durante unos segundos eternos, solo se escuchaba el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas, la mía asfixiada, la suya de satisfacción. Luego, retiró mi cabeza con un gesto brusco, como quitándose de encima un juguete que ya ha cumplido su propósito.
Me quedé arrodillada, jadeando, con los ojos llorosos y la visión borrosa. Mi rostro estaba empapado, brillante y pegajoso. Antes de que pudiera recuperar el aliento, Miriam se puso de pie frente a mí. Con movimientos lentos y deliberados, colocó un pie a cada lado de mis caderas y bajó su cuerpo, frotando su coño aún palpitante y húmedo directamente sobre mi cara. De arriba a abajo, de lado a lado, como un sello de cera caliente. Sentí sus labios, su vello, el calor residual de su clímax restregándose por mi piel, mezclando con mi saliva.
—Muy bien—dijo, recuperando su calma aterradora—. Marcada. Así está mejor. Ahora ya puedo decirle a tu Amo que nos hemos presentado.
Se apartó, riéndose y dejándome con mi propio coño dolorido, excitado y chorreando como no lo había hecho en muchos días, bajo la falda. Caminó unos pasos hacia atrás y se cruzó de brazos, apoyándose contra el borde del sofá. Su mirada, ahora fría y evaluadora de nuevo, me recorrió de arriba abajo.
—Levántate —me ordenó—. Y desnúdate. Despacio. Quiero ver lo que Miguel ha estado mimando todo este tiempo. Quiero ver a su puta madurita en toda su gloria.
Después de desnudarme, Miriam señaló el suelo frente al sofá.
—Ahí. De rodillas otra vez. No me hagas repetirlo.
Su tono era plano, sin el tono teatral de antes, pero con una autoridad que resonaba por la casa. Me arrodillé. Ella se sentó, abriendo las piernas solo lo justo, sin exhibicionismo, como quien no necesita probar nada.
—Has pasado meses pensando que eras la perra de Miguel —dijo, mirándome sin pestañear. Su voz era clara, directa, como si estuviera leyendo un informe—. Te equivocabas. Eres una perra, punto. Él solo fue el primero en darte lo que necesitabas. Yo voy a ser la segunda. La diferencia es que yo no voy a mimarte con fantasías de que eres especial. Me he follado a perras como tú otras veces.
Se inclinó un poco, y su mirada me penetró con una dureza que me hizo sentir transparente.
—En el fondo de tu cerebro de puta, no quieres solo un Amo. Quieres que alguien te ponga en tu sitio. Da igual quién. Hoy me ha tocado a mí. Mañana podría ser otro. Pero tu coño chorreante es el mismo. —Hizo una pausa breve—. Reconócelo.
Tragué saliva, sintiendo cómo la excitación, aguda y vergonzosa, anulaba cualquier resto de orgullo. Intenté negarlo, pero solo aguanté unos segundos.
—Es… es verdad —salió de mis labios, un susurro roto—. Quiero que tú… que me domines.
Miriam realizó un asentimiento casi imperceptible, como si solo acabase de confirmar algo obvio.
—Claro que lo quieres. Llevas semanas tocándote sola, imaginándote algo como esto.
Podía sentir el desprecio sincero en sus palabras. Pese a su aspecto menos amenazador que Miguel, sus palabras me resultaban mucho más afiladas
—Túmbate ahí.
Señaló el suelo entre sus pies. Me tumbé boca arriba. Sin decir nada, apoyó la planta de su pie directamente sobre mi sexo desnudo. No presionó fuerte, pero el peso fue suficiente para arrancarme un gemido.
—Esto—dijo, sin alterar su tono—. Esto es lo que eres. Un coño que pide a gritos que lo pisoteen. Miguel solo ha rascado tu superficie. Esto es lo que hay debajo. Y a partir de ahora, vas a actuar en consecuencia.
La presión constante de su pie, la crudeza de sus palabras y la ausencia total de Miguel desde que se fue, formaron un cóctel demoledor en mi cabeza. Empecé a gemir sin poder contenerme.
—No te muevas hasta que te lo diga—dijo, sin mirarme, mientras cogía su móvil de nuevo.
Mientras la presión de su pie creaba un incendio húmedo y vergonzoso entre mis piernas, deslizó el otro pie hasta mi cara.—Lame —ordenó, con total naturalidad.
Obedecí, sacando la lengua para lamer con humillación ardiente. Ella miraba su móvil, indiferente.
—Miguel dice que le encanta la foto —comentó en voz baja, casi para sí—. Pregunta si estás siendo buena. —Alzó la vista hacia mí, una mirada rápida—. ¿Lo estás siendo, Laura? ¿Eres tan buena puta para mí como lo eras para él?
—Sí… —jadeé, mientras el movimiento de su pie empezaba a dibujar círculos justo donde más lo necesitaba.
—Más fuerte. Y no pares de lamer.
—¡Sí! —gemí como pude.
—Claro que sí —asintió ella, volviendo al móvil—. Porque es lo que eres. Una puta con una lengua muy hábil y unas tetas preciosas.
La presión del pie se intensificó, el ritmo se volvió más insistente.
—Él me contó que te dejó un juguete. Uno grande. ¿Te follas con él por las noches?
El rubor me incendió la cara. Su pie no cesaba, llevándome hacia el borde del orgasmo.
—Sí… —admití, entre jadeos.
—¿Cómo? —presionó, su voz ahora centrada en mí, afilada—. Descríbemelo. Me encantan estas confesiones.
Atrapada entre el movimiento de su pie y su orden, mi mente finalmente se deshizo.
—Me… me lo pongo… de rodillas… con el collar… me imagino que es él… hasta que me quedo dormida.
Mis palabras me salían entrecortadas, entre lametones.
—Que madurita tan sucia—murmuró, y por primera vez hubo un tono, no de asco, sino de cierta satisfacción—. Una puta tan necesitada que se duerme con un dildo dentro, soñando que es de su amo. Patético. Dime, ¿cuántas veces te corres por la noche, sola, con su juguete?
La presión de su pie aumentó levemente. Apenas podía aguantar más.
—C-cada noche… a veces dos… —jadeé, la vergüenza ardiendo en mis mejillas y mi coño.
—Claro —asintió, como si acabara de confirmar una hipótesis—. Porque sin alguien que te domine, no eres nada. Solo un agujero vacío que necesita ser llenado.
Dejó el móvil a un lado y por fin me miró.
—Pero ahora estoy yo. Y hoy no vas a necesitar tu querido juguete.
Su pie cambió de ángulo, la presión se hizo más fuerte, los movimientos circulares más rápidos y certeros. No podía creer que estuviese haciendo eso con el pie. Mi cuerpo, ya al límite, comenzó a tensarse. El orgasmo se acercaba como una ola imparable.
—Vas a correrte ahora —afirmó, con voz serena—. Te vas a correr con mi pie en tu coño y mi otro pie en tu boca. Y cuando lo hagas, vas a saber, sin ninguna duda, a quien sirves hasta que vuelva Miguel.
Fue una sentencia que resonó en mi cabeza. Un último movimiento experto de su tobillo, y todo estalló por mi cuerpo. Me sacudió un orgasmo brutal, profundo, que me arrancó un grito ahogado contra su pie, cubierto de saliva. Temblaba incontrolablemente, mientras la descarga me vaciaba por completo.
Miriam mantuvo el pie en su sitio unos segundos más, dejando que los últimos espasmos me recorrieran. Luego, lo retiró con la misma naturalidad con la que lo había puesto.
—Bien —dijo, levantándose—. Ya está. Hemos acabado por hoy.
Miriam se levantó, se ajustó la lencería negra y buscó su ropa con movimientos eficientes.
—Tienes que coger fuerzas. Mañana vuelvo, y voy a esperar más de ti. Mucho más.
Un pánico frío me agarró el estómago. ¿Se iba ya? Debí de poner una cara de tristeza, porque se detuvo al verme.
—No —dijo, su voz cortante—. No pongas esa cara. No soy Miguel. No voy a abrazarte y decirte lo bien que lo has hecho. Lo has hecho porque es lo que eres. Punto. Ahora obedece y descansa.
Me levanté del suelo con las piernas temblorosas. Miriam se acercó, me agarró de la nuca y me besó. Fue un beso húmedo, profundo, muy distinto a cualquiera que me hubiesen dado antes. Luego, separó su boca y, casi en el mismo movimiento, me dio una palmada en la mejilla. No fue violenta, pero sí firme.
—No estás mal, zorra madurita —dijo, con su mejor sonrisa.
Se dio la vuelta, recogió su americana del sillón y se la puso. Recogió el bolso y los zapatos, y se dirigió a la puerta sin prisas, como si saliera de su propia casa.
Estaba a punto de salir cuando se golpeó suavemente la frente con la palma de la mano y se dio la vuelta.
—Mierda. Se me había olvidado. Miguel me pasó algo para ti. Te lo mando a tu movil.
Sacó su teléfono, desbloqueó la pantalla y buscó unos segundos.
Quedé sentada en el suelo, desnuda y temblorosa, con mi teléfono en las manos. En seguida me llegó su envío. La pantalla mostraba un video titulado «Chupapollas Frankfurt». Con un dedo nervioso, toqué el play.
Lo primero que me golpeó fue el sonido. Un gemido agudo, quebrado, lleno de sumisión, que salía de los labios pintados de Chupapollas. Y luego la voz de Miguel, grave y satisfecha, diciendo: «Así se hace, mi putita rubia. Así gime una auténtica puta».
El teléfono casi se me cayó de las manos. Una excitación monstruosa me inundó otra vez.
Continuará...
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Como en ocasiones anteriores, agradezco cualquier opinión o comentario sobre el relato o la saga en general. En mi perfil está mi email si queréis hablar más en detalle.
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