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Dominaciónene 2026

Dominada junto a mi cornudo - Parte 6

Miguel se ha ido, pero su dominio no. Cuando la puerta se abre, no es él quien entra, sino una mujer cuya mirada escudriña cada grieta de mi resistencia. No tengo que elegir; mi cuerpo ya ha decidido obedecer.

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Habían pasado seis semanas desde aquella noche en la suite. Nuestra vida había encontrado un nuevo ritmo, uno donde «Chupapollas» ya no era solo un nombre, sino una realidad que el Amo Miguel y yo seguíamos moldeando cada día. Mientras yo recibía sus órdenes y lo servía con placer, la transformación de mi marido era metódica, siguiendo un plan cruel trazado con detalle. Miguel me había entregado los videos de hipnosis y ahora, cuando lo ordeñaba como parte de su entrenamiento, en la pantalla frente a Chupapollas se sucedían imágenes de sumisión que empezaban a profundizar en su mente. Además, su ropa interior de algodón había sido reemplazada por bragas de encaje permanentemente y en casa siempre vestía una peluca rubia y debía ir completamente maquillada.

A veces, observando su proceso, un pequeño pellizco de envidia me roía por dentro. Ella avanzaba a pasos agigantados en su nueva piel, mientras yo hacía tiempo que había asumido completamente mi papel. Era la puta sumisa del Amo Miguel y la torturadora de mi marido, pero una parte de mi ansiaba ir más allá.

Una tarde, tras una sesión en casa, Miguel nos dio la noticia:—Tengo que irme a Frankfurt tres semanas —anunció, y mi corazón se encogió—. Asuntos de mi nuevo puesto de trabajo. La buena noticia es que me llevo a Chupapollas como mi ayudante personal. Aunque sigas siendo Andrés en el trabajo, tendremos tiempo a solas para profundizar en tu nuevo papel.

La mirada de Chupapollas brilló con una mezcla de temor y devoción. A mí se me heló la sangre.—¿Y yo? —pregunté, intentando que mi voz no sonara a súplica, aunque ya sabía la respuesta. —Tú te quedas, mi perra. Me encantaría que vinieses con nosotros, pero tienes tu propio trabajo y no puedes faltar tanto. —Su tono no admitía réplica, pero acarició mi mejilla al decirlo—. No pienses ni por un segundo que me olvido de ti.

Sus ojos tenían ese destello de lobo con el que me miraba cuando tenía algo en la cabeza.

—Por supuesto, Chupapollas seguirá su formación durante el viaje. Pero para ti, tengo algo especial preparado. Algo que he estado planeando desde hace tiempo.

Mi corazón dio un vuelco. La excitación brotó en mi interior, mezclada con una confusión absoluta.—¿Algo especial? —balbuceé, buscando en su rostro una pista que no llegó.—Es una sorpresa —afirmó, besándome con una lentitud que era casi una tortura—. Solo te digo que requiere de tu paciencia y de tu entrega absoluta. Cuando esté listo, te lo haré saber.

Asentí, tragándome la frustración y el sentimiento de abandono. Al dia siguiente los vi hacer las maletas, el equipaje ejecutivo de Miguel y la pequeña bolsa de viaje de Chupapollas, donde guardaba el encaje negro y su peluca. Miguel me besó con posesión antes de salir.—Sé buena —ordenó.La puerta se cerró. El silencio de la casa, por primera vez en mucho tiempo, no era de paz, sino de vacío. Me quedé allí, de pie, sintiendo cómo el deseo de ser moldeada por él ardía ahora con la idea de tener que pasar tres semanas sin verle.

«Algo especial». Las palabras resonaron en mi mente vacía durante los siguientes días, presa de las dudas.

Cada día, el reloj marcaba el final de mi jornada laboral, pero mi verdadero turno comenzaba al cruzar el umbral de la casa vacía. Un silencio espeso, cargado de eco, me recibía. Cenaba algo, y poco después me iba directamente al dormitorio, para abrir el cajón de mi mesilla de noche. Allí guardaba mis herramientas de devoción a Miguel: el collar de perrita que me había regalado, la mordaza de cuero que solía usar conmigo, y un nuevo dildo, de un negro brillante y un tamaño que en otro tiempo me habría hecho dudar. Un regalo que me había hecho para los días que no podíamos vernos.

Me colocaba el collar primero, como si pudiese escuchar sus órdenes. El frío del metal era un recordatorio instantáneo de mi condición. Luego, la mordaza. Al ajustar las correas tras mi cabeza, el mundo exterior se amortiguaba y solo quedaba el sonido de mi propia respiración a través de la rejilla de goma. Aunque nadie podía oírme, ya no podía hablar. Solo podía servir.

De rodillas en la alfombra, frente al espejo del armario, me observaba. Una mujer arrodillada, con la mirada nublada y la boca sellada. Y entonces, empapada de toda la excitación acumulada durante el día, me introducía el juguete, que aún parecía guardar el calor de Miguel. No era un acto de placer propio, sino un castigo autoimpuesto y deseado. Cada centímetro que cedía mi cuerpo era una rendición, una simulación de su dominio ausente. Cerraba los ojos y las fantasías estallaban como fuegos artificiales detrás de mis párpados.

Casi siempre me imaginaba sirviéndole a él. La humillación de la idea me hacía gemir contra la mordaza, empujando el dildo más adentro. Pero, a veces, fantaseaba más allá, con la idea de servir a otros hombres por orden del Amo Miguel.

Pero las fantasías más vívidas, las que me hacían correrme sacudiendo todo mi cuerpo, era sobre ellos. En Frankfurt. Imaginaba a Chupapollas, con su corsé de látex y su peluca rubia, arrodillado ante Miguel en una suite de negocios. Veía a mi antiguo marido aprendiendo, tragando, transformándose en la perfecta zorra sumisa que yo ya era. Y yo solo un eco, una sombra practicando sola.

Así pasaba las horas. Una primera vez rápida y urgente al llegar, solo para aliviarme. Y luego, ya en la cama, con el juguete otra vez dentro y los dedos en mi clítoris, me corría hasta que la fatiga vencía a la excitación y me hundía en un sueño profundo con el cuerpo exhausto pero el espíritu todavía hambriento, esperando a que la sorpresa prometida rompiera por fin este ciclo.

Al despertar, un escalofrío de vergüenza me recorría al recordar las obscenidades de la noche anterior, preguntándome cómo había llegado a ser esa perra lasciva aunque, al caer la noche, el mismo anhelo me arrastraba de nuevo a arrodillarme, anhelando el yugo del Amo Miguel.

El mensaje llegó un martes por la mañana, justo cuando mi rutina empezaba a sentirse como mi piel habitual.

«Tu sorpresa está lista, perra. Una amiga mía, Elena, irá a verte esta tarde. Llegará sobre las siete. Confío plenamente en ella, nos conocemos desde hace mucho tiempo. Me gustaría que te portaras con ella como si fuera yo mismo. Pero, por supuesto, eres libre de hacer lo que quieras.»

Leí el texto una, dos, diez veces. Las palabras bailaban frente a mis ojos, cargadas de un significado que se me escapaba. Una amiga. ¿Qué tipo de amiga? ¿una compañera de trabajo? ¿Alguien del mundillo BDSM? El Amo nunca había mencionado que tuviera contacto con otras personas como nosotros, pero tampoco se lo había preguntado. Un hormigueo de ansiedad, mezclado con una punzada de excitación aguda, se apoderó de mi. Quedaban cuatro horas.

Pórtate con ella como si fuera yo mismo.

¿Eso la convertía en una dominante como Miguel? ¿En una a la que debía servir? ¿O era otra cosa, que no podía imaginar?

Eres libre de hacer lo que quieras.

Esa frase era la más peligrosa. ¿Era una auténtica elección, o era otra de sus órdenes enmascaradas, para ver si, en su ausencia, elegía la sumisión por voluntad propia?

Nunca había sido dominada por nadie más, y aunque había fantaseado con ello, siempre eran hombres. Y siempre con Miguel delante. Una parte de mi no sabía si era capaz de algo así, aunque otra, más profunda, empezaba a excitarse pensando las posibilidades.

Pasé las horas siguientes en un estado de nerviosismo total. Limpié la casa y arreglé todas las habitaciones, sin saber muy bien por qué. La duda sobre cómo vestirme me paralizó. ¿De forma sumisa, como con Miguel? ¿Algo casual que no delatara nada? Finalmente, opté por lo segundo: una falda sencilla hasta la rodilla, una blusa de seda y un poco de maquillaje ligero. Quería verme presentable, no como la puta de Miguel esperando recibir órdenes de cualquiera.

A las seis en punto sonó el timbre. Mi corazón se encogió y luego comenzó a martillear contra mis costillas. Respiré hondo, ajustándome inconscientemente el cuello de la blusa, y caminé hacia la puerta con una sonrisa tensa preparada en los labios. La incertidumbre era un nudo en la garganta, pero bajo ella, un río de excitación oscura empezaba a fluir. Todo dependía de quién estuviera al otro lado de la puerta.

Abrí la puerta y el mundo exterior pareció desvanecerse durante un segundo. No era lo que esperaba. En absoluto.

Ella se llamaba Miriam, según dijo después, pero en ese primer instante solo pude fijarme en su aspecto. Tendría unos treinta años, quizá menos, y una belleza sutil y moderna que me dejó desarmada. Llevaba un pantalón de talle alto, de corte impecable estilo chico, y un top negro que dejaba al descubierto una franja de piel pálida. Una americana corta, también negra, completaba un look ejecutivo pero transgresor. Varios tatuajes, trazos geométricos y letras en idiomas que no reconocí, asomaban bajo las mangas de la americana y subían por su cuello. Ahí, anclado en su garganta, llevaba un collar. No era como el mío, de perrita sumisa. Este era de cuero negro y grueso, con pinchos metálicos que apuntaban hacia fuera, como una advertencia.

Pero lo que realmente me dejó sin aliento fue su rostro. Pelo castaño largo y liso que caía sobre sus hombros, un rostro de ángulos marcados y piel clara. Labios finos, pintados de un rojo oscuro casi negro, y una nariz recta y pequeña. Un pequeño labret, un piercing plateado, centelleaba bajo su labio inferior. Sus orejas estaban llenas de pequeños aros. Me resultó deslumbrantemente hermosa, pero no de una forma delicada, sino poderosa.

Su mirada me clavó al suelo antes de decir nada. Sus ojos, de un color avellana intenso, me escudriñaron con una lentitud deliberada, recorriendo mi cuerpo de arriba abajo antes de encontrarse con los míos. No había timidez, ni cortesía superficial. Parecía tener claro a qué había venido.

Y luego, esbozó una sonrisa que rompió la tensión. Una curva sutil, un lado de su boca ligeramente más elevado que el otro, como si pensase en un chiste privado, como si todo lo que veía encajara en un plan que solo ella comprendía.

—Hola —dijo su voz, más grave de lo que había imaginado, con una seguridad absoluta—. Tú debes de ser la perra de Miguel. Me ha hablado mucho de ti.

Su sonrisa se ensanchó apenas un milímetro, y su mirada bajó deliberadamente hacia mi cuerpo. Sentí un rubor abrasador subirme por el cuello. En ese instante, supe, con una certeza que me estremeció, que esta mujer no era una invitada cualquiera. Y que la sorpresa de Miguel era infinitamente más peligrosa de lo que había imaginado.

—Pasa, por favor —logré decir, apartándome de la puerta con un gesto torpe.

Ella cruzó el umbral con elegancia, como si ya conociera el terreno. Su mirada hizo un barrido rápido del recibidor y el salón.

—Qué casa tan acogedora —comentó.

—¿Te apetece algo de beber? Café, agua… —ofrecí, dirigiéndome a la cocina con la sensación de estar representando un papel mal ensayado.

—Un té, por favor. Negro, sin azúcar —respondió desde el salón.

Cuando regresé con las tazas, la encontré ya sentada. Mi corazón dio un vuelco. Se había acomodado en el sillón de piel que siempre ocupaba Miguel. ¿Casualidad? Dudé, observándola. Ella parecía completamente a gusto, con un brazo extendido sobre el reposabrazos, los dedos jugueteando con el borde de la americana. Su pose era relajada.

Me senté frente a ella y la conversación comenzó con una normalidad desconcertante. Se presentó de nuevo, con calidez. Preguntó por mi trabajo, si me estaba costando mucho estar sola, si echaba de menos a Miguel o a mi marido. Su tono era simpático, cercano, incluso me ayudó a sentirme mejor. Me contó anécdotas intrascendentes de viajes, de negocios. Por momentos, me relajé. Era fácil hablar con ella y parecía genuinamente interesada y empática.

—Debe de ser duro estar aquí sola, con tanto silencio, después de formar parte de algo tan intenso —dijo en un punto, mientras sorbía su té. No especificó a qué se refería exactamente.—Miguel pensaba que te vendría bien alguien con quien hablar de ciertos temas —añadió, y su mirada se posó en mí.

No supe que contestar, pero ella siguió hablando.—Me gusta mucho como te has vestido para recibirme. Me gustan la faldas. Son… accesibles —comentó, y la palabra cayó como un martillo.

Poco a poco, con un tacto sorprendente para alguien de su edad, fue despejando mis dudas sobre lo que ella sabía de mi relación con Andrés. No hizo preguntas directas. Solo soltaba afirmaciones que yo, nerviosa, completaba con mi silencio o con medias confirmaciones.—Él y yo no tenemos secretos —declaró entonces, con una sonrisa que me marcó—. Somos viejos amigos. De los que se cuentan todo.

El golpe final llegó cuando, tras un silencio cómodo, apoyó la taza en la mesita. Mi mente estaba llena de preguntas.

—Sabes, conocí a Miguel hace años. En un club de BDSM, aquí cerca. Ya no existe, cerró el año pasado.

Mis ojos debieron de abrirse como platos, porque su sonrisa se hizo más amplia

—¿Pensabas que él era un recién llegado a esto? No, cariño. Él lleva toda su vida con este tipo de cosas. De hecho —hizo una pausa, buscando las palabras—, cuando yo estaba empezando y estaba explorando mis propios límites, él fue mi mentor. El me guió durante los primeros años.

La palabra «mentor» resonó en la habitación como un latigazo. No dijo más, no hizo falta. Todo encajó con un clic siniestro. Su seguridad absoluta, su conocimiento íntimo de mi relación con Miguel, ese aire de autoridad vestida de amabilidad. Ella no era una amiga cualquiera.

Y ahora estaba aquí, en mi sillón, evaluándome con su mirada y sus sonrisas. De repente, la frase de Miguel «pórtate con ella como si fuera yo mismo» adquirió un significado nuevo y aterrador. Ella no era simplemente una Dominante. Era, en muchos sentidos, una extensión de Miguel.

La taza de té se me heló entre las manos. Mi mentor. La idea era difícil de procesar, y la confusión nublaba mis pensamientos. Pero entonces, como un rayo tenue a través de la niebla, una idea se abrió paso: esto era lo que el Amo quería para mi.

Mientras Miriam hablaba con esa calma aterciopelada, mi mente retrocedió a las últimas semanas. A la envidia silenciosa que me corroía al ver la transformación metódica de Chupapollas. A mi desesperación por ir más allá. ¿Podría ser esto la respuesta? ¿Era esta la próxima lección que Miguel había diseñado? La duda era una espina en mi costado, una llena de posibilidades.

—Miguel me ha pedido algo específico, Laura —dijo Miriam, rompiendo mi ensoñación. Su tono era suave, pero sus ojos no perdían detalle de mi—. Él quiere que durante su ausencia, te recuerde tu sitio. Para que no se te olvide. —Hizo una pausa calculada, dejando que el peso de las palabras se instalara—. Y de paso, que pruebes cosas nuevas. Ser humillada por otra mujer, por ejemplo.

Sus palabras resonaron de un modo diferente esta vez. Un escalofrío, un reconocimiento extraño y húmedo, me recorrió el cuerpo. Nunca me había sentido físicamente atraída por una mujer. Pero la sensación de estar siendo puesta a prueba por ella encendió algo en mi.

—No… no sé… —balbuceé, incapaz de articular mis pensamientos.

Miriam asintió lentamente, como si hubiera esperado exactamente esa reacción. Una sombra de comprensión, quizá falsa, cruzó su rostro.

—Lo entiendo perfectamente —dijo, y su voz adoptó un matiz casi compasivo que, sin embargo, no llegaba a sus ojos—. Entiendo que no me veas como a Miguel. Una mujer, y además más joven que tu. —Dejó caer la palabra con delicadeza, como dejando caer una aguja—. Debe de sentirse como una humillación adicional, ¿verdad? Que sea alguien como yo quien te recuerde tu sitio.

Era verdad. Su juventud, su belleza segura y su evidente experiencia en un mundo que yo apenas empezaba a navegar se sumaba a la vulnerabilidad que sentía, ya de por sí brutal. Ella no solo representaba la voluntad de Miguel, representaba un cuerpo que me hacía sentir tosca y desfasada a su lado.

—Es comprensible sentirse abrumada —continuó Miriam, jugueteando con el borde de su taza vacía. Su tono era razonable, casi terapéutico, pero había un brillo de diversión inconfundible en su mirada, como si mi incomodidad fuera un espectáculo—. Por eso te ofrezco una salida. Si lo prefieres, me voy ahora mismo. No ha pasado nada.

Se inclinó hacia adelante, y su siguiente frase fue un susurro cargado de significado:—Pero Miguel pensaba que necesitarías ser humillada. Que a estas alturas ya estarías deseando que cualquiera te tratase como una puta, a punto de reventar de excitación si alguien no te humilla como mereces.

Miriam no se movió. Solo esperó.

Podía conservar mi intimidad, mi zona segura, a cambio de defraudar a Miguel y seguir pasando las noches buscando placer en un juguete. Pero al mirar a esa mujer, a su rostro afilado y a su sonrisa cruel, una parte oscura de mi empezó a sentirse atraída por ella. No por su cuerpo, aunque era precioso, sino por el poder que representaba. El poder de él, reflejado en ella. Y eso era irresistible para la parte de mi alma que me había traído hasta aquí.

Un latido profundo y húmedo, más fuerte que todos mis miedos, tomó la decisión por mí. La duda se quebró. La excitación, oscura como el color de su ropa, me inundó.

—Sí —salí de mis labios, un susurro que no parecía mío.

La sonrisa de Miriam se transformó al instante. Toda traza de falsa compasión se evaporó, revelando el triunfo desnudo y un regocijo sádico.

—Lo sabía —dijo, su voz baja y cargada de desprecio satisfecho—. En el fondo solo eres otra puta hambrienta. Una perra en celo que obedece a cualquiera con tal de sentirse llena. Me alegra no haberme equivocado.

Se levantó del sillón con la fluidez de una pantera y se quitó la americana, dejándola caer con descuido sobre el respaldo. Luego, con movimientos deliberados, se acercó al sofá grande, se acomodó en el centro y se quitó los elegantes zapatos de tacón bajo. Se recostó, abriendo las piernas, como una reina en su diván.

—Pues bien, putita —dijo, señalando el suelo frente a ella con un gesto despectivo de la barbilla—. Puedes empezar a servir. Vas a aprender que mis métodos son algo distintos a los de tu Amo. Yo puedo ser menos agresiva, pero créeme, soy mucho más cruel.

Me quedé callada, sin saber qué responder. Sintiendo la excitación crecer en mi interior.

—Empieza por aquí.

Extendió una pierna, apoyando su pie, y se deshizo de la fina media negra que vestía. La orden era clara. Un temblor me recorrió, pero ya estaba en movimiento, arrastrándome de rodillas sobre la alfombra hasta colocarme ante sus pies. El olor a cuero limpio me llegó al cerebro, un aroma a autoridad y a lujo. Sin vacilar, incliné la cabeza y apoyé mis labios en el empeine, comenzando a lamer y a chupar con una devoción humillante.

Miriam dejó escapar un suspiro de satisfacción. Sacó su teléfono, y sin dejar de mirarme con esa mezcla de desdén y diversión, tomó una foto. Escuché el clic de la cámara, capturando mi postración, mi boca trabajando en su pie. Vio la pantalla, sonrió con malicia y, con unos rápidos toques, la envió.

—Bien—murmuró, dejando el móvil a un lado—. Para que Miguel sepa que su cachorrita está en buenas manos. O en buenos pies. —Su risa fue un sonido suave y cruel—. Ahora, no te preocupes. Relájate. Tenemos toda la noche por delante. Y apenas hemos empezado.

Sus palabras se cerraron sobre mí como un candado.

Continuará...

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Como en ocasiones anteriores, agradezco cualquier opinión o comentario sobre el relato o la saga en general. En mi perfil está mi email si queréis hablar más en detalle.

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