Dominada junto a mi cornudo - Parte 5
El ascensor se detiene y el silencio se rompe con el sonido de una orden fría. En la suite, las cadenas ya esperan, pero el verdadero castigo no es para ella, sino para el hombre que la ama. ¿Qué queda de un marido cuando su esposa pertenece a otro?
Tras la cena en el restaurante, nos levantamos y nos dirigimos al ascensor. Miguel me agarró por la cintura y me llevó hasta allí, paseándome como un trofeo por el hall del hotel, con una sonrisa pícara en el rostro. Arriba nos esperaba el cornudo, mi marido Andrés, que llevaba toda la cena preparando la suite según las ordenes del Amo.
El ascensor se deslizó suavemente camino a la suite, en el último piso del hotel, con el ruido del mismo como único acompañamiento del latido acelerado de mi corazón. Cuando las puertas se cerraron, el hecho de quedarme a solas con mi Amo provocó que no pudiese aguantar más mi deseo y me lancé sobre él, a intentar robarle un beso, como si fuese una novia fogosa. Mis labios buscaron los suyos, pero él, con la mirada fría, me detuvo en seco. Apoyó su mano firme sobre mi abdomen y, sin perder la compostura, me empujó contra la esquina metálica del ascensor, manteniéndome allí, contra la pared, mientras su respiración se mezclaba con la mía. El contacto brusco, la presión de su cuerpo contra el mío, y la certeza de que él estaba dictando lo que ocurría, me devolvieron a mi lugar.
Sin rodeos, me recordó:
—¿Se te ha olvidado que solo eres mi puta sumisa y nada más?
Su tono era deliberado, como si hubiera jugado a confundirme durante la cena solo para lanzar ahora una orden más contundente. Sentí cómo la tensión se disparaba en mi interior, sabiendo que cada palabra estaba diseñada para intensificar mis sentimientos. Sin esperar a que yo respondiera, alzó una mano, agarró mi cabello con firmeza y, con un tirón, me obligó a arrodillarme contra la esquina metálica del ascensor. El frío del metal bajo mis rodillas y la presión de sus dedos en mi nuca me recordaron, una vez más, que estaba bajo su total dominio, y el deseo ardía aún más fuerte bajo esa imposición.
Con un movimiento rápido abrió la bragueta de sus pantalones y dejó que su polla, medio erecta, asomara. Me miró desde arriba y me susurró: «Recuerda tu lugar». Entonces, la deslizó contra mi mejilla, dejando que el calor y la humedad de su miembro rozaran mi piel. Luego, con su mano firme sujetando aún mi cabeza, me obligó a metérmela en la boca. El sabor de su piel contra mis labios me provocó una fuerte mezcla de placer y nerviosismo, el sonido del ascensor moviéndose y la posibilidad de que se detuviera en cualquier momento, con gente afuera, hacía que mi corazón latiera aún más rápido, pero al mismo tiempo, la sumisión que sentía me mantenía enfocada en cumplir su orden.
Cuando el ascensor anunció su llegada con el típico “ding”, Miguel se retiró con un gesto rápido mientras enfundaba su polla, y me apartó con una sonrisa. La puerta se abrió y, justo en el umbral, un botones del hotel nos observó, con la mirada sorprendida de quien acaba de presenciar una escena inesperada. Yo, todavía arrodillada y con el rostro enrojecido, me incorporé torpemente, sintiendo la vergüenza mezclarse con la excitación. Miguel, con la dignidad que siempre mantiene y total indiferencia por mi, salió andando por el pasillo, Yo me levanté, con el rostro avergonzado, y lo seguí por el pasillo, manteniendo la cabeza baja.
Al abrir la puerta de la suite, la primera impresión fue la de un pequeño santuario de sumisión. Cadenas gruesas colgaban del techo, balanceándose ligeramente sobre la luz de la luna que se filtraba por las cortinas. Otras cadenas estaban atadas a las cuatro patas de la cama, formando una especie de jaula. Sobre la mesilla de noche reposaba un surtido de juguetes sexuales: un vibrador con mando, una fusta, una pala de madera con tachuelas metálicas, y una mordaza, todo dispuesto con precisión, como si cornudo hubiera preparado todo para que el escenario estuviera listo para la noche.
Frente a la puerta de la suite, Andrés estaba completamente desnudo, salvo por un collar grueso y tosco que colgaba de su cuello como el de un perro, con la chapa de metal, idéntica a la mía pero mucho más grande. Al vernos, hizo una reverencia perfecta, la cabeza inclinada y los ojos bajos, esperando que el Amo aprobara cada detalle.
—He seguido todas sus instrucciones, Amo. Espero que esté todo a su gusto.
Cuando mi mirada descendió, descubrí que alrededor de su pequeño miembro había un cinturón de castidad metálico, una pieza sólida y reluciente que nunca antes había visto, con una cerradura que sólo Miguel podía abrir. Sentí una mezcla de sorpresa y excitación, aunque difícilmente podía estar ya más excitada. Mis muslos chorreaban desde lo ocurrido en el ascensor, aunque la visión de mi marido tan expuesto y a la vez tan controlado despertó en mí una oleada de orgullo, una vez más.
El Amo asintió con una sonrisa satisfecha y, con tono despectivo, le dijo:
—Perfecto, cornudo. Has cumplido con lo que esperaba. Más tarde tendrás tu recompensa.
Luego giró su mirada hacia mí, el rostro serio y la voz firme, y añadió:
—Puta, quítate el vestido ahora mismo. Quédate solo con la lencería que llevas debajo y sube a la cama. No pierdas el tiempo.
Miguel giró la cabeza hacia el cornudo y, sin perder la calma, dio la orden:
—Vamos, cornudo. Prepara a tu mujer para mi. Átala a la cama con esas cadenas.
Andrés asintió, tomó las cadenas y las enganchó a mis muñecas y tobillos. Con movimientos precisos y casi mecánicos, asegurándose de que quedaran firmes pero no demasiado apretadas.
—Listo —murmuró, sin mirarme directamente.
Yo sentí el frío del metal contra mi piel mientras las cadenas se ajustaban. Aunque estaba atada, la disposición de las mismas me permitían girar ligeramente, cambiar de postura y acomodarme de muchas formas en la cama, pero no podía salir de ella. La forma en que Andrés ejecutó la orden, como un robot y sin apenas mirarme, reforzó la sensación de que él estaba totalmente bajo el control de Miguel, mientras yo experimentaba una sensación de vulnerabilidad.
Entonces, el Amo le dio una nueva orden, sin titubeos:
—Lámele el coño y el culo a tu esposa, cornudo. Haz que quede bien babeada. Quiero que esté completamente lubricada para poder follármela toda la noche, y no hacerla daño… al menos por ahora.
Andrés, obedeciendo al instante, se arrodilló junto a mí y con movimientos ágiles de lengua, empezó a recorrer mi coño, que ya estaba húmedo, lamiendo cada pliegue con una presión que hacía que mis muslos temblaran y mi respiración se volviera entrecortada. Cuando llegó al borde del clítoris, aumentó el ritmo, provocando una corriente de placer que se extendía por todo mi cuerpo. Después deslizó su lengua hacia mi ano, trazando círculos lentos y luego más profundos, mojando la zona y dejando mi piel aún más húmeda. Era la primera vez que Andrés me lamia así, con una habilidad que nunca antes había demostrado, dejando claro que el dominio del Amo había sacado lo mejor de él.
Cuando terminó de lamerme, la saliva y los fluidos de mi vagina cubrían la cara de Andrés, dejándole una capa brillante que reflejaba la luz de la suite. El Amo, ya desnudo y luciendo su musculatura marcada y su erección gruesa y firme, se acercó y, le ordenó:
—Lubrícame también la polla, cornudo.
Sin dudarlo, se arrodilló entre sus piernas, abrió la boca y dejó que su propia saliva fluyera sobre el miembro de su Amo. Cada movimiento de su lengua y cada succión profunda cubrieron la polla de Miguel con una capa húmeda y resbaladiza, preparando el terreno para lo que vendría después.
—Mírate. Ya eres toda una puta chupapollas, igual que tu esposa. Ya no eres un hombre de verdad, ni siquiera vales como cornudo. Ahora sois dos zorras mamadoras.
En ese momento, le agarró de la nuca y le obligó a tragar, hasta que no pudo más.
—Chúpamela hasta el fondo, zorra. Esfuérzate, que a partir de ahora vas a comerme la polla cada vez que lo desee.
El cornudo se ahogó con la polla del Amo al fondo de la garganta, tosió con fuerza y su rostro se puso totalmente rojo.
—Además, ahora que soy tu jefe, tendrás que seguir haciéndolo también en la oficina —dijo Miguel entre risas—. Así terminarás por hacerlo bien.
—Basta de emocionarte, puta—añadió, mientras apartaba su miembro—. Ahora vuelve a tu sitio y conviértete en la espectadora que debes ser. Con la cabeza baja, Andrés se alejó, tomando su posición, sentado en una silla en la esquina de la habitación.
El Amo tomó las gruesas cadenas que colgaban del techo y las sujetó a las muñecas de Andrés, hasta que sus brazos quedaron estirados por encima de su cabeza, inmóvil y expuesto. Luego, aplicó una generosa cantidad de lubricante en la entrada del ano del cornudo e introdujo el vibrador que había cogido de la mesilla. Andrés gimió al recibirlo, una mezcla de incomodidad y humillación que resonó en la habitación y en mi cabeza, mientras el Amo, le susurró:
—Hoy tendrás que correrte sola, porque tu mujer no puede follarte. Es mi puta y la quiero solo para mi.
El eco de esas palabras se quedó flotando en el aire, mientras el cornudo permanecía inmóvil, atrapado entre la cadena y el vibrador, a la espera de lo próximo que vendría.
Miguel volvió a la cama donde estaba atada, sus pasos resonando sobre el parque, mirándome con rostro de lobo a punto de saltar sobre su presa. Recorrió mi cuerpo de arriba a abajo, deteniéndose en mis amplios pechos. Sus dedos rozaron mi piel, y luego, con una sonrisa ladeada, me susurró:
—Debería anillarte los pezones para poder unirlos a tu collar con una cadena a juego. Quedaría genial.
Entonces me pellizcó con fuerza en los pezones, y la excitación se apoderó definitivamente de mi mente, como si una niebla dulce y densa la envolviera, mientras el placer y la sumisión se fundían haciéndome perder el aliento.
Sentí cómo me sujetaba la cabeza con su mano firme y, sin decir una palabra, me obligó a inclinarme. Su pene, grueso y duro como siempre, se posó contra mis labios y el calor de su carne se fundió con el mío. Al tocarlo, mi boca se abrió de inmediato, como un reflejo aprendido tras meses de entrenamiento, y lo introduje sin vacilar, hasta el fondo de la garganta. Cada lamida, cada succión, sacaba de mi una dedicación absoluta que nunca antes había sentido; me hundí en su miembro, siguiendo el ritmo de su respiración y el latido acelerado de mi propio corazón. Mientras lo chupaba, sentí cómo sus gemidos crecían, cómo su cuerpo temblaba y cómo, a cada minuto, parecía acercarse a al clímax. En ese instante mi mente empezó a desvanecerse, como si mis pensamientos se deshilacharan y el tiempo se estirara hasta perder toda referencia. Me sentía como una muñeca sexual, programada para obedecer, sin control sobre mis propios impulsos, entregándome por completo a su polla como si nada más existiera. Deseando que nada más existiera.
—Cornudo—dijo, entre gemidos—. Nunca podré agradecerte lo suficiente por que me entregaras a tu mujer. Es la mejor chupapollas del mundo. Esto es increíble. Algún día tu también lo harás así de bien.
Con la polla todavía entrando y saliendo de mi boca, Miguel alargó el brazo y cogió el mando del vibrador del cornudo. Un clic rápido lo activó y comenzó a zumbar. El cornudo, inmóvil y atado, dejó escapar un gemido involuntario que resonó en la habitación, una mezcla de sorpresa y placer que se fundió con el sonido de mi propia succión.
Poco después, de un golpe abrupto, el Amo arrancó su miembro de mi garganta. Su mano se aferró a mi melena y, sin decir nada, me propinó dos bofetadas que resonaron en la habitación. En mi mente, el dolor se mezcló con una oleada de éxtasis, fundida en esa sensación de entrega total que parecía haberse apropiado de mi cuerpo. Entre jadeos, susurré agradecida: «Gracias, Amo».
Sin contestarme, acercó su erección a mi rostro y se corrió copiosamente sobre mí, gimiendo con fuerza. El calor de su semen cubrió mi cara casi por completo, antes de escurrirse lentamente por mis mejillas hasta gotear sobre mis pechos. Su humedad se había adherido a mi piel y su aroma inundaba mis fosas nasales. Sin poder evitarlo, mi lengua se movió instintivamente, buscando el líquido con avidez, lamiendo cada trazo sin comprender del todo por qué esa necesidad me impulsaba a saborear cada gota, perdida en la dulzura del momento.
No sé cuánto tiempo transcurrió bajo aquel velo de placer y humillación, pero cuando volví en sí, el Amo me estaba azotando con una fusta que marcaba mi culo y mi espalda con cada golpe, todo mientras mi cara aun seguía cubierta del semen que no alcanzaba a lamer. Grité, una mezcla desgarradora de dolor y satisfacción, mientras él me lanzaba palabras tan degradantes que mi cerebro ya no lograba entender. Solo sentía el latido frenético de mi corazón bajo los golpes. Las cadenas que me aprisionaban crujían cada vez que intentaba moverme, pero no me dejaban más que retorcerme en el lugar. Y, de pronto, en medio de esa tormenta de sensaciones, mi cuerpo, agotado y a la vez incendiado, explotó en un clímax inesperado que me sacudió contra la cama, dejando mi cuerpo temblando y mi mente sumida en una niebla de sumisión absoluta.
Nunca antes había llegado al clímax de esa forma, ni siquiera con el Amo. Mis siguientes recuerdos se reducen a la risa victoriosa del Amo resonando en la habitación, a la mirada lasciva y casi compasiva del cornudo, y a mi cuerpo estremeciéndose contra la cama. Cada espasmo de placer recorría mi espalda y mi culo como una corriente eléctrica, mientras mi cabeza descansaba sobre las sábanas, babeando como una fuente desbordada, con la mirada perdida e incapaz de contener la oleada de éxtasis que me había reducido a poco más que un pedazo de carne.
Mientras recuperaba el aliento y la conciencia, escuchaba el crujido rítmico de la fusta contra la piel del cornudo y la madera de la pala que Miguel manejaba con crueldad. Cada golpe hacía que el cornudo encadenado se retorciera, su cuerpo temblando bajo el peso de la humillación y el dolor. El vibrador que llevaba dentro lo estimulaba sin descanso, empujando contra su castidad de acero hasta que, en medio de los golpes, una explosión de calor se liberó y su semen brotó, llenando el interior del cinturón como una pequeña cascada. Desde mi posición, vi como su rostro gozaba de una sumisión que nunca antes había experimentado, pese a sus esfuerzos por ocultarlo.
Una vez acabado su trabajo con el cornudo, el Amo se giró hacia mi de nuevo, y noté que su erección había vuelto por completo, acompañada de una sonrisa de satisfacción.
—Qué bien que ya estás recuperada —me dijo, mientras alcanzaba una mordaza de cuero que reposaba sobre la mesa.
Sin más preámbulos, la deslizó entre mis labios, ajustándola firmemente para que no pudiera gritar. Luego se situó detrás de mi y me tomó por la cintura, a cuatro patas. Con un golpe seco, me penetró con facilidad, y todo mi cuerpo se arqueó hasta tensar las cadenas, mientras la obediencia se apoderaba de mi mente de nuevo.
Me agarró del pelo con una mano mientras, con la otra, apretaba mi cintura para follarme más profundo, con una intensidad que hacía agitarse cada fibra de mi cuerpo. La mordaza que llevaba puesta no dejaba escapar ni una gota de mi voz, y de ella caían pequeñas babas que se mezclaban con el sudor que me empapaba por completo. Cada azote y cada embestida me convertían más en una muñeca que se estiraba hasta el límite, y aunque mis fuerzas se agotaban, el placer acumulado me arrastraba una y otra vez al clímax, haciendo que me corriese repetidamente ante el ritmo de Miguel, que no cedía. Entre jadeos y gemidos ahogados por la mordaza, mi cuerpo se sacudía bajo el éxtasis, entregándose por completo a la furia y al placer que él me imponía, convirtiéndome en su juguete sexual, azotada y movida al compás de su deseo.
En medio del ritmo brutal, el Amo cambiaba de posición sin aviso. Cuando sentía que mi cuerpo estaba rendido, deslizaba su miembro del interior de mi vagina al de mi culo, moviéndose con la misma fuerza y cadencia. Yo estaba tan sumida en el placer que ofuscaba mi mente, que apenas distinguía el cambio, solo sentía el martilleo constante de su deseo que me arrastraba una y otra vez a un clímax que parecía interminable.
Tras ello, mi voluntad se disolvió por completo, convertida en la pieza perfecta para satisfacer el hambre sin límites de mi Amo. Casi media hora después, Miguel me dejó sobre la cama, exhausta y sin capacidad para reaccionar, aún asimilando las sensaciones que habían recorrido mi cuerpo. Él, completamente sudado y cansado, me dio un beso tierno en la frente y se dirigió hacia el cornudo.
En tono burlón, le espetó:
—¿Cómo te sientes, cornudo, al ver a un hombre de verdad reventar a tu mujer y convertirla en una puta definitiva? Ahora será mía para siempre.
Con una sonrisa de superioridad, empujó su polla, todavía goteando semen y flujos de mi coño, contra la cara de Andrés, dejando que el líquido le cayese encima. El cornudo, rojo de vergüenza, apenas logró articular una respuesta entre jadeos y, con la cabeza gacha, murmuró:
—Gracias Amo por follarme a mi mujer, por darle tanto placer y por convertirla en tu puta.
—¿Te gustaría ser mi puta también, cornudo? Como marido y hombre ya no tienes futuro, pero yo soy generoso y estoy dispuesto a convertirte en mi segunda sumisa, incluso puedo darte un nombre de zorra y entrenarte para que me sirvas como tal.
Andrés vaciló, sus ojos se cruzaron con los del Amo, mientras la humillación y la excitación se mezclaban en su interior. Tras unos momentos de duda, asintió con la cabeza y murmuró, casi entrecortado: «Sí, me gustaría…».
Miguel soltó una carcajada y, sin perder la posición, empezó a golpear con su erección el rostro del cornudo, cuyo pecho temblaba bajo el peso de las cadenas que aún lo retenían. Con la voz cargada de burla, me preguntó que opinaba de eso, pero mi boca seguía sellada por la mordaza y apenas podía emitir un sonido:
—¿Lo has oído, perra?
Satisfecho, soltó de un tirón las esposas que sujetaban al cornudo, liberándolo de la restricción. A continuación, le retiró el vibrador de su culo, abierto como nunca. Y, sin perder tiempo, se acercó a la cama y le ordenó:
—Ponte a cuatro patas, justo encima de tu mujer. Voy a desvirgarte tu coño de sissy sobre ella, para que pueda verlo bien.
El cornudo, aún tembloroso, obedeció, acomodándose sobre mi, que me encontraba bocarriba, con su cadera sobre mi cabeza, dejando su cinturón de castidad a pocos centímetros de mi boca amordazada.
—A partir de ahora, cornudo, serás mi puta. No solo mía, sino de cualquier hombre que quiera usarte. Es para lo único que vales.
Andrés gimió, sintiendo el golpe profundo del miembro de Miguel contra su ano. Por mi parte, encadenada y con la mordaza apenas dejando escapar un jadeo ahogado, notaba cómo el ritmo del Amo se hacía más intenso, sintiendo en mi propio cuerpo cada vibración, cada latido, como si el placer de Andrés fuera una extensión del mío propio.
—A partir de ahora, te llamas «Chupapollas». Cada vez que te dirija a ti, deberás responder a ese nombre, sin importar nada más.
Andrés... Chupapollas a partir de entonces, solo pudo responder con gemidos, completamente perdida en el placer que estaba sintiendo.
—Olvida esa polla diminuta, Chupapollas. A partir de ahora solo tendrás sexo por tu coño de puta, y créeme, está más apretadito de lo que imaginas.
—Sí… sí, amo… mi coño… está… tan apretado… — respondió, entre gemidos.
El ritmo del Amo se volvió más fuerte y Chupapollas alcanzó un orgasmo anal tan potente que su semen, todavía contenido por el cinturón, se escapó a chorro y cayó directamente sobre mi cara, empapando la mordaza y mi boca. Mi cuerpo no podía más, pero mi mente seguía gozando ante lo que ocurría.
Sentí cómo el Amo retiraba su erección del apretado interior de Chupapollas y le apartaba de la cama. Su miembro se alzó sobre mi y, con una explosión de placer, se derramó sobre mi rostro, cubriendo mis mejillas y mezclándose con el semen de Chupapollas. La sensación cálida y húmeda me hizo cerrar los ojos, mientras el aroma saturaba mi cerebro una vez más. Entonces, con la voz firme, ordenó a Chupapollas:
—Límpialo, perra. No te dejes nada.
El Amo se marchó a la ducha y Chupapollas, con la mirada todavía baja, se acercó a mí y, con una delicadeza exquisita, limpió mi cara con la lengua y después liberó las cadenas que me mantenían atada. El metal crujió suavemente al abrirse, y una ola de alivio recorrió mi cuerpo.
Poco después nos acomodamos los tres en la gran cama de la suite, los cuerpos entrelazados y cubiertos de sudor. El cansancio pesó como una manta cálida, y, sin necesidad de palabras, nos dejamos envolver por la oscuridad de la habitación. El latido de mi corazón se volvió más lento, el ritmo de mi respiración se sincronizó con el de Miguel y, finalmente, nos hundimos en el sueño, exhaustos pero satisfechos, con Chupapollas durmiendo a nuestros pies.
Continuará...
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Como en ocasiones anteriores, agradezco cualquier opinión o comentario sobre el relato o la saga en general. En mi perfil está mi email si queréis hablar más en detalle.
Continúa en
- Relato #243760— title-regex: contiguous parts (4 -> 5)
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