Dominada junto a mi cornudo - Parte 4
El collar de cuero negro ya pesa en su cuello, pero la verdadera prueba comienza cuando el Amo decide que su esposo no solo debe observar, sino convertirse en la pieza central de su juego. ¿Estás lista para ver hasta dónde puede llegar la obediencia?
Han pasado varios meses desde que mi cornudo y yo aceptamos convertirnos en los esclavos del Amo Miguel, y desde entonces, nuestra relación se ha vuelto más profunda y excitante. Al principio se me hacía raro ser la sumisa de alguien, pero ahora lo llevo como una pieza más de mi propia identidad, un deseo de entregarme y que mi vida sea moldeada por él, que no puedo evitar. Cada orden, cada sesión, ha dejado una huella no solo en mi cuerpo, sino también en mi mente. He aprendido a encontrar placer en la obediencia y a descubrir, en la sumisión, una libertad inesperada.
En privado soy la puta del Amo y siempre que me requiere me pongo a su disposición, cumplo sus órdenes sin dudar y disfruto de su crueldad. Pero nuestra vida ha dejado de limitarse a eso. Con el tiempo hemos empezado también a salir, a quedar fuera de casa. Los fines de semana nos vemos en restaurantes, en parques, en bares. A veces la cita tiene un tono casi romántico, como si quisiéramos normalizar lo que ocurre entre nosotros. Esa tensión explota rápidamente cuando volvemos a la intimidad, normalmente con una sesión de sexo salvaje e intenso. Aunque a veces no esperamos, y llevamos el juego a lugares públicos: en el cine le hago una mamada discreta, en el baño de un bar lo hacemos mientras la música cubre nuestros gemidos, y en el coche, antes de dejarme en casa, le sirvo en el asiento trasero. Cada vez vivo mi sumisión a él con más naturalidad, disfrutando de cada momento.
Andrés, el cornudo, también participa de nuestra relación con intensidad. No de las citas, pero si de las sesiones de sexo, aunque su papel suele ser el de espectador torturado y su lugar es el sofá, donde pasa las noches mientras yo duermo abrazada al Amo. No ha sido fácil, pero poco a poco el cornudo ha ido aceptando su rol en nuestra nueva relación. Cuando estamos solos, aprovecho esos momentos para seguir entrenándolo, como si cada sesión de sexo entre nosotros fuese un condicionamiento mental. Le ato a la silla o a la cama, le cuento lo último que Miguel me ha hecho, le recuerdo que su papel es observar, y que su placer nace de la entrega total al Amo y a mi misma. A veces le pido que repita frases que hemos usado con Miguel, que reviva las escenas donde me folla delante de él.
Además, el Amo y yo hemos seguido trazando, en secreto, un plan para transformar a Andrés en una perra auténtica, una sissy comepollas que sea incluso más puta que yo. Antes de que el Amo me lo propusiese, no sabía qué significaba ser un cornudo sissy, pero la idea me excitó tanto que solo desee ponernos manos a la obra.
Lo hacemos paso a paso, introduciendo pequeñas pruebas durante las sesiones, que él acepta sin saber exactamente por qué. Por orden del Amo, hace meses que controlo sus orgasmos. Él solo puede llegar al clímax una vez a la semana, durante nuestras sesiones de "ordeñarle su pollita", y para ello lo ato a una silla, lo inmovilizo y le susurro al oído frases humillantes que le recuerdan su lugar de sumisión. Cuando finalmente llega el momento, lo obligo a tragar su propia corrida, dejándolo cada vez más humillado.
Cuando descubrí que Andrés ya no protestaba y, de hecho, a veces me rogaba que lo ordeñase, el Amo decidió llevar su entrenamiento un paso más allá. Me regaló un dildo grande y grueso, no muy distinto de su polla, que venía montado en un arnés de cuero negro. Durante sus ordeños, el Amo me ha dado la orden de follarle el culo al cornudo hasta que se corra, en vez de pajearle como antes. El “coñito de cornudo”, como lo llamamos ahora, sólo soporta la mitad del dildo todavía, y necesita mucho lubricante, pero últimamente sus gemidos ya no son de dolor, sino de placer. Y aunque a mi me prohíbe correrme mientras lo hago, a veces la excitación y el roce del dildo hacen que mi cuerpo se escape de mi control, y me corra sin remedio. Todo esto para convertir a mi marido en otra puta del Amo, y seguramente la de más hombres después.
Una tarde de martes cualquiera, cuando esperaba que mi cornudo volviese de trabajar para una de sus sesiones de ordeño, me sorprendí cuando lo vi entrar acompañado del Amo Miguel. No era raro del todo, al final, trabajaban juntos, pero por lo general él solo venía a casa los fines de semana, y siempre avisando previamente.
—¡Miguel! —exclamé, y me levanté a saludarle como correspondía.
Él sonrió de inmediato, se quitó la chaqueta y se dejó caer en el sofá.
—Tenemos una buena noticia y he pensado en venir a contártela —dijo, con una alegría que rara vez mostraba—. ¿A que sí, Andrés?
El cornudo, apoyado contra la pared, cruzó los brazos y apenas asintió.
—Si—murmuró, con la voz tensa y la mirada baja.
Les ofrecí una botella de vino que había guardado. Mientras servía, noté la diferencia; Miguel hablaba con energía, sus ojos brillaban, pero Andrés mantenía la postura rígida. Miguel se dejó caer en el sofá junto a mí y me pasó el brazo por detrás, acercándome a su pecho y dejando que mi cabeza reposara en su hombro. Su voz, cálida y segura, rompió el silencio:
—Me han ascendido en el trabajo. Seré el jefe regional a partir de la semana que viene.
Un brillo de orgullo iluminó sus ojos, y al mismo tiempo sentí cómo resultaba aun más poderoso que de costumbre. Por instinto, le besé en la boca como felicitación. Luego, el giró la mirada hacia Andrés, que seguía apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y la cabeza baja.
—Y lo mejor de todo, a parte de mi nuevo sueldo, es que esto significa que, a partir de ahora, eres mi subordinado directo, Andrés. Tendrás que reportarme cada detalle, cumplir mis órdenes sin excusas y, por supuesto, seguir aprendiendo a mi servicio. ¡Seguro que no se te hace raro! —rió a gritos.
El tono de Miguel era una mezcla de celebración y autoridad. Andrés tragó saliva, su postura se volvió aún más rígida y una sombra de humillación cruzó su rostro. Pude ver cómo la noticia lo hacía sentirse aún más pequeño. La botella de vino quedó a medio beber, pero el ambiente se llenó de una energía distinta, la de un juego que acababa de subir de nivel.
—Y para celebrar mi ascenso, quiero invitarte a una cena de lujo este sábado y, después, a pasar la noche en la suite de un hotel de cinco estrellas. Será una ocasión especial, solo tú y yo, mi puta sumisa.
Al escuchar esas palabras, sentí una oleada de emoción que me hizo temblar como cuando era adolescente. La idea de una cena elegante, de vestirnos con ropa cara y de pasar una noche así me devolvió esa sensación de frescura, como si estuviera empezando una nueva relación. Me imaginé caminando de su mano, riendo y cenando juntos, y por un instante me sentí más joven, más ligera.
Andrés, sin perder el ritmo, añadió rápidamente:
—Y, por supuesto, el cornudo también formará parte de la velada. No serás el centro de atención, pero tendrás tu papel, como siempre. Nunca me olvidaría de mi segunda putita, cornudo.
Con la mirada fría y autoritaria que siempre usaba con Andrés, le dio la orden sin vacilación:
—Puedes empezar ya. Reserva la cena para dos personas y la suite para esa misma noche, en el hotel más caro de la ciudad.
Al escuchar la instrucción, una corriente de excitación recorrió mi cuerpo; la humillación de Andrés, ahora convertido en el encargado de organizar todo, aumentó la intensidad del juego y despertó en mí una sensación de poder que me hacía temblar de placer.
Entonces, el Amo dirigió su atención a mí, con un gesto que mezclaba de dominación y ternura:
—Busca un vestido espectacular para la ocasión. No pierdas tiempo en ropa interior, yo me encargaré de eso. Quiero que luzcas impecable.
Con un gesto despectivo, volvió a Andrés y le lanzó la última orden del momento:
—Tú no necesitas traje. Esperarás desnudo en la suite mientras nosotros cenamos. Luego los dos me serviréis toda la noche y os dejaré claro que seguís siendo mis putas.
La idea de que el cornudo esperara allí, vulnerable y expuesto, mientras Miguel y yo disfrutáramos de la cena, avivó mi deseo y tuve que controlarme para dejarle marchar sin suplicar. Afortunadamente, el Amo intervino antes de que eso pasase.
—Antes de irme, puta —me ordenó, con esa voz que siempre logra que todo mi cuerpo responda al instante—. Hazme una buena mamada. Veo al cornudo un poco triste, y seguro que vernos le anima.
Sin pensarlo dos segundos, me arrodillé frente a él, sentí el calor de su erección contra mi rostro y, mientras mi lengua trabajaba, escuché el leve suspiro de satisfacción que emitía. Con cada movimiento me decía a mi misma que estaba cumpliendo su voluntad, y humillando a Andrés, que aún estaba contra la pared, disfrutando del espectáculo. Cuando terminé, mi Amo estaba tan satisfecho que decidió quedarse un rato más, para ser el espectador de la sesión de ordeñado del cornudo.
Improvisé un poco para que pudiese verlo todo sin moverse del sofá. En lugar de la silla que usaba normalmente, até al cornudo a la pata del sofá, le tapé los ojos, me aseguré que sus piernas quedaran flexionadas y su culo expuesto al centro del salón. Con el strap-on bien lubricado, lo introduje lentamente en su “coñito de cornudo”, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba y luego se relajaba bajo la presión. Manteniendo el ritmo, aumenté la profundidad y la velocidad hasta que sus gemidos y jadeos llenaron la sala, hasta que finalmente se corrió, lanzando toda su leche contra la alfombra. No le dejé levantarse hasta que limpió todo el desastre con la lengua.
Mientras lo hacía, el Amo permanecía de pie al otro lado de la habitación, observando con una sonrisa de satisfacción que reflejaba orgullo y una mirada que, aunque parecía complacida, noté que parecía estar evaluando cada detalle, como si estuviera comprobando que todo se desarrollara exactamente como había planeado. Después, me felicitó y se marchó a casa.
...
La noche de la cena llegó pocos días después. Andrés había cumplido a la perfección con todas sus tareas: la reserva del restaurante de lujo, la suite del hotel y otros pequeños detalles que Miguel había exigido, algunos de los cuales yo ni conocía. Cuando llegó la hora, los tres subimos al coche que el cornudo había alquilado para la ocasión.
Él conducía mientras, en el asiento trasero, Miguel y yo nos acomodamos uno al lado del otro, compartiendo la intimidad del espacio reducido. El Amo, con su habitual sonrisa, se recostó ligeramente contra el respaldo, mientras yo me acomodaba sobre su pecho. Mientras el coche avanzaba por la autopista, se giró hacia mí y, con su sonrisa, me susurró:
—Esta noche habrá muchas sorpresas. Laura, tengo algo especial para ti.
Sacó de su bolsillo una caja pequeña y perfectamente envuelta, con un acabado brillante que recordaba el empaque de los collares de lujo. Al abrirla, descubrí un collar de cuero negro, liso y elegante, con costuras finas de calidad. Su forma me recordaba a una pieza de alta moda, pero en su frontal colgaba una pequeña chapa en forma de corazón, que hacía que el conjunto me recordase ligeramente a un collar de perro. En la placa, grabado discretamente, pude leer la frase “Propiedad de Miguel”. El mensaje era diminuto, apenas legible a distancia, pero lo suficientemente claro para quien lo mirara de cerca.
Sostuve el collar de cuero negro entre mis dedos y una ola de calor recorrió todo mi cuerpo. La textura suave del cuero y el saber que ahora podría lucir la marca de propiedad del Amo, me hicieron sentir una excitación que vibraba en cada fibra de mi ser. Miguel se inclinó hacia mí y susurró:
—Este es tu collar de perra. Te lo has ganado, y a partir de ahora todo el mundo podrá saber que eres mi puta. Póntelo para la cena, para estar aún más guapa.
Me puse el collar alrededor del cuello y sentí cómo me apretaba ligeramente, recordándome la presión de la mano del Amo sobre mi garganta cuando follábamos y me ahogaba durante algunos instantes. Encajaba perfectamente con el vestido negro ceñido que había elegido, uno que abrazaba mis curvas y resaltaba mis pechos. Debajo llevaba el conjunto de lencería que Miguel me había regalado para la ocasión: un sujetador de encaje y un tanga de satén que asomaba discretamente bajo la falda, complementados con tacones altos. Cada elemento me hacía sentir más deseada y sexy que nunca, como si todo mi cuerpo estuviera alineado con la excitación que la noche prometía.
Llegamos al hotel y nos dirigimos directamente a la reserva del restaurante de lujo en la planta baja. A la vez, Andrés entró con una caja pesada que había sacado del maletero, sosteniéndola bajo el brazo sin decir una palabra. Yo no sabía qué contenía, pero el simple hecho de verla tan cargada ya me ponía nerviosa. Después se encaminó a la recepción para pedir la llave de la suite y, sin perder el ritmo, se fue al ascensor. Justo antes de que subiera, Miguel le hizo un gesto y, con su tono autoritario, le dijo:
—Ya sabes qué hacer, cornudo. Nos vemos en un rato.
Cuando me di cuenta, ya estábamos sentados en una de esas mesas de mármol iluminadas por la luz tenue de los candelabros, rodeados del murmullo elegante de otras parejas que celebraban su propia intimidad. Miguel se comportaba como un novio atento. Me tendió la silla con delicadeza, me besó al sentarme y pidió una botella de champán para brindar. El burbujeo espumoso llenó el aire mientras él me miraba fijamente, y por un momento la atmósfera del restaurante se sintió como un refugio exclusivo para nosotros, como si fuéramos una pareja más que compartía un instante de complicidad y deseo.
Sentí una contradicción que me revolvía por dentro. Una parte de mi se estaba enamorando de él. Como una adolescente encandilada por el lujo. Pero al mismo tiempo, una voz interior me recordó que, en realidad, solo era su puta, que mi placer estaba ligado a esa sumisión que tanto ansiaba. Esa paradoja me mantuvo atrapada durante una parte de la cena, hasta que la conversación me sacó de mis pensamientos.
—Estoy muy orgulloso de cómo has crecido como sumisa estos últimos meses, Laura —dijo, mientras bebía de su copa—. Sin duda tu lugar está sirviendo a un hombre de verdad. Tengo muchos planes para nuestro futuro —añadió, acercándose un poco más, dejando que su aliento rozara mi oído—. Prepárate, porque lo mejor está por venir.
Bebí un sorbo de vino, sintiendo cómo se deslizaba por mi garganta y calentaba mi interior. Mientras la copa tintineaba contra la mesa, una profunda excitación recorrió todo mi cuerpo. Le reconocí que nunca me había sentido tan plena, tan alineada en cuerpo, mente y deseo. También confesé que ojalá hubiese dado el paso antes, sabiendo que cada instante a su lado me llevaba a una versión más libre y feliz de mí misma.
—¿Cómo va el proceso con el cornudo? — me preguntó.
Le respondí, tomando otro sorbo de vino, mientras sentía el calor del collar contra mi piel:
—Cada vez tarda menos en correrse. Y juraría que su polla parece más pequeña, como si se encogiera con cada sesión.
Miguel soltó una carcajada suave y, al ver mi mirada expectante, añadió:
—Eso es solo el comienzo. Tengo preparados los videos de hipnosis de los que te hablé, para que le pongas mientras lo ordeñas. Así su mente aceptará cada vez más profundamente la sumisión. También he pedido ropa interior femenina de encaje, un corsé de látex que le obligue a mantener la postura de perra, y una peluca rubia para completar su sissificación. Todo para reforzar su condición de perra comepollas.
Mientras describía esos detalles, sentí cómo una oleada de calor interno recorría todo mi cuerpo. La visión de Andrés transformado me hicieron estremecer, y supe que apenas podía contener el deseo que me consumía.
—¿Qué vas a hacer hoy con el cornudo? —le pregunté, deseando saber.
Miguel me miró, y respondió sin titubear:
—Hoy es el día en que le voy a desvirgar. Por fin le daré la polla que merece, y lo haremos entrar en un estado mental que nunca antes haya experimentado.
Al terminar la cena, mientras el último sorbo de champán se desvanecía en mi boca, me descubrí a mi misma con una excitación como nunca antes había imaginado. Miraba a Miguel cargada de deseo y sin poder dejar de pensar en el collar que llevaba puesto, recordándome el control que él ejercía sobre mí. Cada pensamiento se mezclaba con la anticipación de lo que vendría, y mi coño húmedo temblaba de una mezcla de nerviosismo y placer, deseando avanzar un paso más.
Continuará...
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Como en ocasiones anteriores, agradezco cualquier opinión o comentario sobre el relato o la saga en general. En mi perfil está mi email si queréis hablar más en detalle.
Continúa en
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