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Dominaciónnov 2025

Dominada junto a mi cornudo - Parte 3

Miguel no solo tomó su cuerpo; tomó su destino. Ahora, Andrés no es más que el espectro de su propia humillación, arrodillado ante el placer que le fue arrebatado. La noche no ha terminado, y la sumisión apenas comienza.

Susurro de Tinta14K vistas9.7· 17 votos
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Acostada en la cama del dormitorio, sentía cada fibra de mi cuerpo temblar tras los orgasmos más duros que jamás había experimentado. Estaba literalmente reventada, como si una tormenta hubiera arrasado cada rincón de mi ser. Empecé a pensar, y comprendí, con una claridad brutal, que a partir de ahora mi vida era ser la sumisa de Miguel, y que no quería que esa sumisión fuese algo pasajero, sino mi nueva realidad permanente. Por primera vez en mi vida, había encontrado a un hombre que me veía y me trataba exactamente como la puta que siempre llevé dentro: con dominio absoluto, con humillación que se convertía en éxtasis, y con la certeza de que, bajo su mando, no volvería a encontrar el sexo aburrido.

Cuando mi cuerpo empezó a relajarse, surgió un pensamiento entre la duda y el deseo:

¿Miguel estaría dispuesto a mantenerme así, como su sumisa, atrapada en este estado de entrega total para siempre?

La propuesta había sido para una noche, para experimentar. Pero la idea de que él pudiera decidir mi destino y moldearme a su antojo una y otra vez, despertó una obsesión que nunca antes había conocido. Empecé a imaginar las infinitas posibilidades que se abrirían bajo su dominación: nuevas formas de humillación, juegos de poder más elaborados, límites que podrían ser empujados y redefinidos. Cada pensamiento se tornaba en una promesa de experiencias inéditas, un universo de sensaciones que se desplegaba ante mí. La perspectiva de explorar ese territorio desconocido, de ser la pieza central de sus fantasías y de vivir permanentemente al filo del placer y la sumisión, encendió en mí una llama que ardía con la certeza de que, por fin, había encontrado el lugar donde mi interior siempre había anhelado pertenecer.

Mientras el sudor se secaba en mi piel y la adrenalina todavía recorría mi cuerpo, supe que una pieza faltaba en el rompecabezas, una que convertía mi nueva vida sexual en la perfección absoluta: Andrés debía aceptar, de una vez por todas, su papel de cornudo eterno y sumiso permanente. No pensaba (más bien, no podía) renunciar a la idea de seguir humillándolo, de seguir poniéndole los cuernos, porque esas transgresiones encendían en mí una excitación que nunca había experimentado antes. En el fondo, sabía que mi cornudo también anhelaba esa entrega total, aunque sus dudas lo frenaran. Si se atrevía a cruzar ese umbral y explorar sus propios límites, estaba convencida de que acabaría convirtiéndose en una puta tan entregada como yo, o incluso más, disfrutando de la humillación y placer como nunca antes lo había hecho.

En ese momento, Miguel se incorporó de la cama y me sacó de mis pensamientos, con su cuerpo perfectamente musculado brillando bajo la luz tenue mientras el sudor cubría su piel. Con paso firme, se dirigió hacia el cornudo, que permanecía desnudo y arrodillado al pie de la cama, completamente rendido. Su mano todavía agarraba su propio miembro, con una erección tan dura que yo estaba segura de que le estaba doliendo. Pero sin correrse aún, siguiendo la orden de no llegar al clímax que le había dado el Amo. Aún tendida y recuperándome del éxtasis reciente, sentí una chispa de orgullo al observar la escena: su rendición ante el Amo, la sumisión palpable del cornudo y la certeza de que la cosa aún no había acabado para Andrés. Al detenerse frente a él, Miguel levantó una ceja y, con una voz cargada de autoridad, le felicitó por aguantar:

—¡Bien hecho, cornudo! No te has corrido mientras veías cómo me follaba a tu mujer. Ahora eres oficialmente el cornudo que todos sabíamos que ibas a ser.

Miguel dio un último paso frente a él, dejando su polla, que aún goteaba, a pocos centímetros de la cara del cornudo, como si estuviera a punto de impactarle con ella.

—Dime, cornudo, ¿Cómo se siente saber que tu mujer ha disfrutado más de esta follada que de todo el sexo que tuviste con ella antes?— le espetó, con la mirada fija en él—. Sabiendo que a partir de ahora, solo querrá la polla de su Amo, y no esa cosa tuya tan pequeña.

Andrés levantó la cabeza y se encontró con la mirada gélida del Amo clavada en él. Cuando intentó hablar, la lengua se le trabó y solo pudo tartamudear.

—Has perdido a tu mujer —continuó Miguel, con una sonrisa de superioridad—. Ahora ella es una puta para hombres dominantes como yo. Y lo será para siempre.

Yo asentí con la cabeza, con una sonrisa cómplice. Miguel estaba dando en el clavo.

—Es cierto, Andrés —susurré—. Tu mujer ya no te pertenece, ahora vivo para servir a los que realmente me llenan, como el amo Miguel.

—Pero no te preocupes, cornudo —declaró con autoridad Miguel—. Si quieres seguir teniendo acceso a ella, puedes convertirte en nuestro siervo. Cumplir nuestros deseos será lo único que tendrás a partir de ahora. No vales para mucho más, en realidad.

Miguel susurró un sencillo «está bien», satisfecho con la propuesta y haciendo un esfuerzo claro por no correrse de un momento a otro.

Entonces el amo exclamó con tono triunfal:

—¡Perfecto! Ahora ponte manos a la obra y ayuda a tu mujer, cornudo inútil.

Se acercó a mi y con un gesto firme indicó que debía limpiar mi entrepierna.

—Limpia todo el semen del coño de puta de tu mujer —ordenó, sin perder la calma—. Usa tus manos y tu lengua para dejarla impecable, como se merece. Absorbe bien lo que ha quedado dentro, no querrás que además la deje embarazada, ¿no?.

El cornudo asintió, completamente sometido y, sin perder tiempo, hizo ademán de levantarse. Pero en ese momento, me puse de pie frente a él y separé los muslos para que pudiese limpiarme sin dejar de estar de rodillas. Él inclinó la cabeza y dejó que su lengua se deslizase bajo mi coño y mis muslos, lamiendo con precisión los rastros de semen.

Cada movimiento de la lengua, cada roce húmedo, me provocaba una nueva oleada de excitación. Nunca había imaginado que Andrés, en nuestra primera cita con Miguel, pudiera llegar a estar tan entregado y sumiso. Cada pasada de su lengua arrastraba la espesa corrida, que se desbordaba desde que me había puesto en pie, cayendo directamente sobre su rostro. Sentí el calor húmedo cubrir sus labios, y pensé que iba a volver a correrme cuando escuché el sonido gutural del cornudo tragando una y otra vez, para no dejar caer nada. En ese instante comprendí que ahora éramos dos putas que se tragaban el semen de nuestro macho, entregándonos por completo al placer degradante que tanto nos encendía.

Mientras Miguel lamia los últimos restos que todavía caían, decidí afirmar mi dominio sobre él y, al mismo tiempo, recompensarle por su sumisión. Deslicé lentamente mi pie derecho hacia él, apoyando el arco del zapato contra su polla y dejando que la punta del tacón lo rozara. Cada leve presión provocó una vibración que se transmitía a través de su cuerpo, y aunque la posición era torpe y me costaba mantener el equilibrio, el simple roce de mis dedos y el contacto del calzado fueron suficientes para hacerlo enloquecer. Con un movimiento sutil, giré el pie y dejé que se deslizara. La combinación del contacto llevó a una corrida explosiva. En cuestión de segundos, el cornudo se corrió sobre el suelo del dormitorio, dejando manchas mientras aún,con la lengua en mi coño, se esforzaba por absorber cada gota. Sentí una mezcla de poder y placer al ver cómo mi simple gesto había desencadenado esa descarga.

El Amo se dejó caer sobre el colchón, con una sonrisa burlona que apenas ocultaba la satisfacción de lo que acababa de ver.

— Eres aún más lamentable de lo que pensaba, cornudo. Te acabas de correr con la boca llena del semen de otro hombre, recién sacado del coño de tu propia mujer. No puedes caer más bajo, nunca volverás a ser un hombre de verdad.

Andrés se quedó sentado en el suelo, con los ojos emocionados y el rostro completamente enrojecido. Aun brillaban los restos de semen seco alrededor de su boca. Le acaricié el pelo, como si se tratase de una mascota, y me senté junto a él. Miguel permanecía quieto al borde de la cama, sobre nosotros, observando lo que sucedía. Con la voz baja, le dije:

—Cornudo, mira bien lo que acabas de hacer. El Amo tiene razón, has disfrutado mientras él me follaba, y has limpiado cada gota de su semen que quedaba en mi cuerpo. Y todos hemos visto lo mucho que lo has disfrutado. A partir de ahora ya no eres el marido que alguna vez conocí, sino el sumiso que ahora me sirve a mí y a mi macho. Si quieres seguir existiendo en este juego, tienes que aceptar que tu placer está en la sumisión total, en el placer de ser dominado sin piedad, y ver cómo usan a tu mujer como una perra.

Le di un beso en la frente, me apoyé contra su pecho y agarré su nuca ligeramente, de modo que sintiera mi tacto contra su piel, mientras continuaba:

—Acéptalo, cornudo, como yo he aceptado mi lugar. Sigo siendo tu esposa, pero cada vez que me beses, cada vez que mis manos rocen tu cuerpo, será un recordatorio de que tu lugar está aquí, arrodillado, limpiando lo que otros hombres dejan tras darme placer. No hay espacio para dudas, a mi lado alguien como tu solo tiene espacio para obedecer y disfrutar de la humillación. Reconócelo. — dije, con voz suave. Miguel, todavía en silencio, observaba la escena con una sonrisa de satisfacción que no necesitaba decir nada.

Mi cornudo, todavía con el pecho tembloroso y la respiración entrecortada, levantó la mirada hacia mí y, con una voz debilitada por su excitación, confesó:

—Nunca pensé que sentiría tanto placer al ser reducido a este papel. Muchas gracias, Laura, por empujarme a cruzar ese umbral. Y a ti, Miguel por aceptar ser nuestro Amo y mostrarnos el camino. Cada gesto de humillación me ha abierto a una realidad nueva en la que mi deseo se encuentra en la sumisión total. Gracias por enseñarme que soy un sumiso patético, y que esto es lo que merezco.

Con una sonrisa de superioridad, me incliné sobre Andrés y le di un beso húmedo y prolongado, recompensándole por haber demostrado su entrega. Al separarme, apoyé mi mano firme en su hombro y lo ayudé a ponerse de pie. El Amo, cruzado de brazos y con la mirada de quien disfruta del espectáculo, soltó una carcajada sarcástica y ordenó:

—Limpia con esa toalla el semen que dejaste en el suelo, cornudo, y luego vete a dormir. Hemos terminado por hoy.

Andrés le miró desconcertado, y después me miró a mi.

Miguel, sin perder el tono de burla, se acercó y le explicó

— A partir de ahora yo soy el hombre de la casa; cada vez que venga, dormiré con tu mujer, mi esclava, en vuestra cama matrimonial, mientras tú, nuestro esclavo, dormirás en el sofá. Cuando seas mejor perro, a lo mejor te dejamos dormir aquí en el suelo, junto a nosotros, pero de momento no.

No pude evitar reírme y volver a excitarme ligeramente ante la idea de dormir con mi Amo toda la noche. El cornudo asintió resignado, abrió un cajón cercano para coger una manta y una almohada, y se marchó al salón dándonos las buenas noches.

Miguel y yo nos metimos en la cama para dormir, mientras nuestras respiraciones se sincronizaban tras la tormenta que había sido la sesión. Hablamos largo y tendido de lo que habíamos hecho, de cómo cada orden y cada humillación habían revelado una confianza mutua que iba más allá del sexo, y descubrí en él una inteligencia, una pasión por la disciplina y una integridad que lo convirtieron del todo en el hombre que siempre había buscado. Me ayudó a comprender que mi sumisión no había sido algo puntual, sino una elección consciente de seguir a quien realmente me da lo que necesito y al que deseo acompañar y servir, noche tras noche, en la cama y fuera de ella.

La conversación avanzó sin que ninguno de los dos notara el paso del tiempo, y acabamos hablando planes de futuro. Con esa mirada fría y calculadora que me fascinaba, empezó a describir con una mezcla de crueldad creativa y precisión de quien conoce bien sus límites, sus planes para nuestro sumiso.

—Andrés necesita una transformación total— murmuró, mientras sus dedos jugaban con mis pechos—.No basta con que sea solo un cornudo, quiero que pierda por completo esa fachada, lo poco que le queda de hombre. Lo convertiré en una perra auténtica, una comepollas que no solo acepte su rol, sino que lo viva con orgullo, más puta que tú, Laura. Seré yo quien ocupe el único puesto de hombre de la relación.

Mientras hablaba, la luz tenue del dormitorio acentuaba la sombra de su sonrisa, y yo sentí cómo la admiración por su capacidad de diseñar y ejecutar esas dinámicas se entrelazaba con la excitación de saber que dictaría cada paso de nuestra nueva vida. Una duda fugaz se coló entre la excitación que me recorría el cuerpo, no sabía si hablaba en serio o simplemente estaba alimentando la fantasía que tanto me había atrapado.

La idea de transformar a Andrés en una puta chupapollas, de redefinir por completo su papel, sonaba tan extrema que me hizo preguntarme si el Amo estaba exagerando en crueldad o realmente era capaz de algo así. Sin embargo, cada palabra suya, cada tono calculado, encendía una llama que no podía apagar. La mera posibilidad de que él realmente quisiera llevar a cabo esas ideas me provocaba un hormigueo profundo, una mezcla de incertidumbre y deseo que hacía latir mi corazón con una intensidad que jamás había sentido.

Como ya había recuperado las fuerzas tras el largo tiempo de charla, no pude aguantar más y me acomodé entre las sábanas, bajé mi cabeza y, con la lengua húmeda y el aliento caliente, me sumergí en su polla semi-erecta, mientras mi mano derecha se deslizaba a mi entrepierna, acariciando mi clítoris con un ritmo lento y firme. Cada succión, cada movimiento de mi lengua, provocaba un gemido bajo de Miguel que resonaba en la habitación, y al mismo tiempo, el placer que me producía mi propia estimulación hacía que mi cuerpo temblara de deseo.

Entre un trago de su sabor y otro, levanté la vista para encontrar sus ojos de satisfacción y, con la voz apenas un susurro entre jadeos, le pregunté:

—Cuéntame, amo, ¿Qué más le vas a hacer al cornudo?

Mientras mi mano seguía subiendo y bajando, mi garganta trabajaba sin descanso, y la combinación de su calor, su control y las ideas de lo que él tenía preparado para nuestro cornudo encendía una llama que no hacía más que crecer, dejándome hambrienta de cada orden que él decidiera pronunciar.

Después de varias descripciones más, con una crueldad cada vez más elaborada sobre el futuro que reservaba para el cornudo, pero también para mi, ambos estábamos tan excitados que volvimos a follar. En esta ocasión fue menos espectacular que la anterior, pero el ritmo constante y la presión firme del tamaño de su polla sobre mi cuerpo bastaron para alcanzar otro clímax. Me aseguré de que mis gemidos resonaran en la habitación, para que el cornudo supiese lo que pasaba. En el salón, Andrés escuchaba el eco de su humillación convertida en placer, y se masturbaba con ello, lejos de la mirada de sus amos. Finalmente, agotados y satisfechos, Miguel y yo nos dejamos caer sobre la colcha, abrazados, y nos quedamos dormidos hasta el día siguiente.

Aquella noche marcó mi primera sesión con el Amo y mi primera experiencia sumisa, y supe, que nada volvería a ser como antes. Cada orden, cada humillación y cada ráfaga de placer habían dejado una huella indeleble en mi mente, y al dormirme, el eco de sus perversiones y el temblor de mi propio gemido se entrelazaron en un sueño febril. En la oscuridad, mi imaginación se desbordó: vi habitaciones llenas de cuerdas, orgías, juegos que desdibujaban los límites entre sumisión y poder, y un sinfín de escenarios donde el Amo, el cornudo y yo éramos en piezas de un tablero donde él nos movía a placer. A la mañana siguiente no me quedaba ninguna duda de que mi vida había tomado un rumbo irrevocable, y que cada día futuro estaría teñido de esas perversiones que ahora habitaban mis sueños, listas para ser vividas bajo su guía implacable.

Continuará...

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Con esta parte termina el primer arco, los inicios. Pero la historia de Laura, el Amo Miguel y el cornudo seguirá pronto.

Como siempre, agradezco cualquier opinión o comentario. En mi perfil está mi email si queréis hablar más en detalle.

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