Xtories
Dominaciónnov 2025

Dominada junto a mi cornudo - Parte 2

Andrés siempre supo que no podía satisfacerla, pero nunca imaginó que la solución sería entregarla a otro. Esta noche, la puerta del dormitorio se abre para revelar un juego donde la humillación es el preludio del éxtasis y la sumisión absoluta.

Susurro de Tinta14K vistas8.7· 19 votos

Al abrir la puerta del dormitorio, el suave crujido del suelo bajo mis tacones resonó como un tambor anunciando nuestra llegada. Ambos estábamos desnudos, como nos había ordenado, salvo por mis tacones. La luz tenue de la lámpara de pie dibujaba sombras alargadas, y allí, en medio de la cama, Miguel reposaba desnudo, con su cuerpo esculpido sobre la sábana. Su mirada se posó en mí y después en Andrés, y una sonrisa de sorna se dibujó en sus labios.

— ¡Vaya, cornudo, ahora entiendo algunas cosas! ¡Tu polla parece de juguete, así normal que no puedas satisfacer a tu mujer, menos mal que estoy yo aquí!.

Soltó una carcajada, dejando claro que la humillación era solo el primer paso de la dominación que había planeado. A mi, el pene de mi marido me parecía perfectamente normal; solo que, al compararlo con el de Miguel, si resultaba pequeño y un poco ridículo. Sin duda mi Amo disfrutaba de esa superioridad y pensaba aprovecharla.

Se incorporó de la cama con elegancia, cruzando una pierna sobre la otra y apoyando los codos en la cabecera.

— Cornudo, ponte de rodillas frente a la cama y disfruta del espectáculo. A ver si aprendes algo — ordenó con voz firme y una mirada dura. Mi cornudo, sin decir palabra, se arrodilló lentamente, sus manos temblorosas buscando el pie de la cama mientras sus ojos se clavaban en la escena que se iba a desarrollar ante él.

Miguel giró entonces su mirada directamente a mí, y con un gesto que mezclaba dominio y deseo, añadió:

— Zorra, ven aquí y lubrica bien la polla de tu dueño. Cuando lo hayas hecho, te haré mía, y sabrás como folla un macho de verdad.

La frase cayó en mi mente como una losa, y mi cuerpo respondió antes de que pudiera procesarla por completo. Mi respiración se volvió más profunda y empecé a sentir el calor de la habitación. Me acerqué a la cama, los tacones resonando contra el suelo con cada paso. Sentí el contraste del frío del colchón bajo mis muslos y el calor que emanaba de Miguel. Me arrodillé frente a él, manteniendo la mirada fija en sus ojos oscuros mientras deslizaba mis manos hacia su polla de nuevo.

Con la boca ligeramente abierta, introduje mis labios alrededor de la punta, sintiendo la textura húmeda de mi saliva mezclarse con su calor. Cada movimiento era cuidadoso, mi lengua explorando la circunferencia, mientras él emitía pequeños gruñidos que confirmaban su placer. El cornudo, todavía arrodillado, observaba en silencio, sus ojos reflejando una mezcla de humillación y excitación, mientras yo continuaba mi labor, preparando el terreno para el acto que vendría después.

Mientras disfrutaba de mi mamada, Andrés dejó escapar un pensamiento en voz alta, como quien comenta una observación casual:

—Mi polla es mucho más grande que la del cornudo, ¿no crees?. Me parece que va a sentirse demasiado apretada dentro de tu coño, zorra. Así que mejor si tu también estás bien lubricada.

Sin esperar respuesta, giró la cabeza hacia Andrés y, con una sonrisa, le ordenó:

—Andrés, ve y lame el coño de mi puta mientras ella sigue con lo suyo. No querrás que la haga daño al follármela, ¿no?

Yo asentí, manteniendo la mirada fija en la polla del Amo, mientras abría las piernas para que mi cornudo pudiese lamer mi coño.

Andrés se tumbó detrás mío y puso la cabeza clavada bajo mis muslos. Obedeció sin dudar; su lengua empezó a lamer mi coño con devoción, dejando mi piel húmeda y aún más caliente. Cada movimiento de su lengua era guiado por el leve temblor de mi cuerpo, que vibraba con la mezcla de placer y humillación que tanto me excitaba. Había fantaseado con esta situación muchas veces.

Escuché el sonido de sus lametazos mezclado con el de mis propios labios alrededor de la polla de Miguel. Mi respiración se aceleró, mis muslos se tensaron y tuve que concentrarme para no correrme, mientras mi mirada se perdía en el techo, como si estuviera observando una película donde yo era la protagonista y él, el espectador sumiso que cumplía mi guion.

—Mantén la cabeza ahí, cornudo—le susurró Miguel con voz firme—. No te muevas. Solo concéntrate en su coño. En prepararlo para mi. Para que la convierta definitivamente en mi puta.

El tiempo se dilató. Cada segundo que él pasaba lamiendo mi coño me excitaba más aún: yo, la zorra dominante, y él, el cornudo, entregándonos mutuamente a la experiencia de servir a alguien superior. El placer que sentía se volvió mi propio estímulo, y la humillación de la situación se transformó en una corriente eléctrica que recorrió todo mi cuerpo.

Miguel, con la mirada fría y segura, hizo un gesto con la mano, se levantó de la cama y decidió que ya era suficiente. Sin perder tiempo, me ordenó que me pusiera a cuatro patas, boca abajo, sobre el colchón. Mientras me acomodaba, sintiendo la firmeza del colchón bajo mi abdomen, noté como se colocaba detrás y apretaba ligeramente la punta de su polla contra mi coño, ambos bien lubricados. Entonces escuché cómo se volvía hacia Andrés y le decía;

—Ya no hay marcha atrás, cornudo. Cuando se la meta, esta zorra solo existirá para servir a mi polla. Ya lo verás, no querrá otra cosa. Y tu serás un cornudo definitivamente, además de mi sumiso, para siempre. Ya no habrá espacio para dudas. ¿Lo tienes claro?

Sus palabras resonaron en la habitación, y antes de que su enorme erección avanzara hacia mi, sentí la certeza de que todo lo que seguiría sería una entrega total a su dominio.

—Quiero que lo digas en voz alta, cornudo. Pide, por favor, que me folle a tu mujer y la convierta en mi puta sumisa.

Al principio Andrés dudó, su rostro se tensó y una sombra de resistencia cruzó sus ojos; sin embargo, el calor que sentía en el pecho y el sonido de la respiración agitada de Laura, que se mantenía a cuatro patas, comenzaron a romper su vacilación. Con la voz temblorosa, finalmente exhaló:

—Por favor… quiero que te folles a mi mujer y la conviertas en tu puta sumisa.

Al pronunciar esas palabras, el susurro se convirtió en un rugido interno que recorrió todo mi cuerpo; mi piel se erizó, mis labios se curvaron en una sonrisa de puro éxtasis y gemí, incapaz de esperar más a ser follada por mi nuevo amo. Miguel soltó una carcajada profunda, sus ojos brillando de diversión mientras nos contemplaba a ambos.

¡Vaya, zorrita, parece que tu marido es incluso más sumiso que tú! —comentó, su tono cargado de burla—. Yo creo que también quiere comerme la polla, pero le da vergüenza decirlo.

Aún a cuatro patas, levanté la cabeza y esbocé una sonrisa de complicidad, disfrutando de ver al cornudo reduciéndose a un susurro obediente que confirmaba lo que yo ya sospechaba de él. Miguel, todavía riendo, me lanzó la pregunta con una mezcla de burla y curiosidad:

—¿Qué piensas tú, zorrita? ¿Crees que quiere polla?

Sentí cómo el calor de la habitación se concentraba en mi vientre mientras respondía, aunque aún no me había penetrado, mi voz ya sonaba cargada de placer:

—Creo que si—añadí, mirando a Andrés con una sonrisa—. Creo que quiere tu polla, y que confirma lo que ya sabía: que tiene tangas ganas como yo de servirte, Amo.

Entonces, sin más preámbulos, se inclinó sobre mi espalda y colocó su erección, gruesa y firme, contra mi. Con un movimiento decidido, empujó su gran miembro contra mi coño, que estaba ansioso por recibirlo. La primera penetración fue un golpe de calor que recorrió toda mi pelvis, haciendo que mi cuerpo se arqueara instintivamente bajo su peso.

Mientras él se acomodaba, sentí cómo su ritmo se volvía cada vez más duro. Cada embestida entraba con más fuerza, hundiéndose profundo en mi interior, y el sonido seco de su carne contra la mía resonaba en la habitación. Mis tacones golpeaban el colchón con cada impulso, marcando el compás de su cadera. Entonces, giró ligeramente, y su mano firme se deslizó hasta mi trasero, azotándome con la palma abierta. Cada golpe enviaba una ola de dolor picante que se mezclaba con el placer, creando una corriente que recorría mi columna vertebral hasta mi cerebro.

Su respiración agitada se mezclaba con la risa burlona que dirigía al cornudo, que permanecía arrodillado a un lado, mirando impotente cómo mi cuerpo se sacudía bajo el dominio de mi nuevo Amo por primera vez. Cada ciertas embestidas, Miguel paraba unos segundos y le dedicaba alguna frase humillante al cornudo, pero mi mente solo podía enfocarse en la intensidad del placer que me inundaba. Nunca antes había sentido una penetración tan completa, tan profunda, tan brutalmente deliciosa. Tampoco unos azotes así, ni semejante humillación. Su polla llenaba cada rincón de mi interior, desplazando cualquier recuerdo del pequeño miembro de Andrés, que ahora si me parecía un mero juguete comparado con la potencia de mi Amo.

El sudor caía por mi frente y mis pechos, mientras mi respiración se volvía entrecortada, cada inhalación atrapada entre el jadeo de Miguel y el crujido de la cama bajo nuestro peso. Mis muslos temblaban, mis pechos se elevaban con cada contracción, y mi mente, aunque atrapada en la humillación del juego, solo podía pensar en una cosa: que nunca había sido tocada, dominada y follada de una manera tan absoluta. Miguel era la única medida de placer que mi cuerpo reconocía ahora. El de Andrés, o mejor dicho, el del cornudo, se había convertido en un accesorio de la escena, una pieza más de mi sumisión.

Cuando el Amo aumentó la velocidad, su ritmo se volvió frenético, sus caderas golpeando mi culo con una cadencia que hacía que mi trasero se estremeciera bajo cada azote. El sonido de su respiración, el golpear de su cuerpo contra el mío y el restallar de sus azotes, cada vez más fuertes, llenaba mi mente mientras mi interior se contraía en oleadas de placer que amenazaban con romper cualquier límite que hubiera conocido antes. Cada vez que su polla llegaba al fondo, sentía una explosión de calor que me dejaba sin aliento, y mis pensamientos se llenaban con la certeza de que, bajo el dominio de mi Amo, nunca volvería a desear otra cosa.

—¿No te da pena tu cornudo, zorra? —dijo Miguel, entre gemidos—. Ayuda un poco a tu cornudo, que el pobre no ha tenido nada aún. Pero demuéstrame que sabes mantenerle en su sitio y demostrar quien manda.

Entonces el Amo redujo el ritmo de sus embestidas, curioso por saber que haría yo. Estiré el brazo y, sin perder la postura a cuatro patas, alcancé a Andrés, todavía arrodillado y con la erección provocada por su vergüenza. Su miembro estaba duro como pocas veces. Recordé las veces que lo ataba a la silla. Con la punta de mis dedos jugué suavemente sobre la cabeza de su pene, rozando la piel sensible y provocando un leve temblor en él. Lo acaricié con movimientos lentos, apenas rozando la corona, como si quisiera despertar su placer sin llegar a saciarlo, y dejándolo con las ganas. Ambos soltamos una risa compartida que resonó en la habitación, mezclándose con el sonido de la respiración agitada de un Miguel cada vez más frustrado y excitado.

Ese leve roce, esa mezcla de humillación y juego, encendió una chispa dentro de mí que había estado latente. Sentí cómo mi cuerpo se contraía, cómo el calor se acumulaba en mi interior y, de repente, una ola de placer me atravesó con una fuerza inesperada. Mi clímax llegó como una explosión, una descarga que me dejó sin aliento, temblando sobre el colchón, nunca antes había experimentado algo tan intenso. Durante varios segundos ni siquiera sabía donde estaba. Pero, mientras mi respiración se estabilizaba, noté que el pene de Miguel seguía duro, aún vibrante en mi interior.

El soltó una carcajada incrédula al ver que mi cuerpo temblaba aún después del primer orgasmo, y con una voz cargada de burla añadió:

—¿Así de rápido, zorrita? Te has corrido mucho antes de lo que esperaba.

Luego, suavizando un instante su tono, me aseguró:

—No te preocupes, es normal después de estar toda la vida con un cornudo, pero yo todavía tengo mucho aguante. Si eres tan sensible, creo que vas a volver a correrte varias veces antes de que yo termine.

Esa mezcla de humillación y promesas encendió una chispa extra dentro de mí, y sentí cómo mi mente deseaba rendirse completamente a él, anticipando lo que vendría. Me giró cuidadosamente, me dejó tendida boca arriba sobre el colchón, se inclinó sobre mi y, mirándome directamente a los ojos, susurró:

—¿Crees que aguantarás que subamos un poco el nivel? Porque yo estoy disfrutando muchísimo de tu cuerpo de puta.

Miguel giró la cabeza hacia Andrés, que parecía a punto de explotar. Con su voz firme y cargada de diversión, le dijo:

—Andrés, dime en voz alta que me das permiso para someter a tu mujer a mis deseos. Sin reservas. Quiero escucharte pedirme que la domine como la puta sumisa que es.

Andrés tragó saliva, sus ojos temblaron un instante, pero luego, con la voz quebrada por la excitación, respondió:

—Sí…te doy permiso. Por favor, Amo, domina a mi esposa como quieras, hazla tuya como una puta se merece.

Yo no sabía exactamente a qué se refería el Amo con “sin reservas”, pero el simple hecho de escuchar el permiso de su marido terminó de romperme. No pensaba llegar a tanto en la primera noche, pero Miguel había demostrado ser el Amo perfecto para ambos. Con la respiración entrecortada y los labios apenas abiertos, solo pude balbucear un sí tembloroso, incapaz de articular más que ese sí que resonó en la habitación.

—Intenta aguantar sin correrte, cornudo — dijo Miguel, antes de volver su atención hacia mi —. Aunque voy a reventar a tu zorra, después te dedicaré un rato a ti, si has aguantado.

Tumbada sobre la cama, arqueé la espalda y clave los talones en el colchón, mientras Miguel se acercaba con la mirada de un depredador que había encontrado a su presa. Sentí el temblor de sus músculos, el roce de su piel contra la mía antes de que su miembro, aún duro y tan grande como antes, volviera a arremeter contra mi coño. El primer empuje fue brutal, como si un lobo hubiera atrapado a una cierva y la lanzara contra la tierra. Cada vez que su polla se hundía en mi interior, una ola de dolor y placer me golpeaba sin piedad, haciéndome gemir sin poder controlar el sonido que escapaba de mis labios.

Miguel no se limitó a la penetración. Mientras su ritmo se volvía más salvaje, sus labios se posaron sobre mi cuello, dejando una marca roja que se fundía con el sudor de mi piel. Me besó con fuerza, sus dientes rozando mi piel justo antes de morderla, arrancándome un pequeño grito que se mezcló con el crujido de la cama bajo su peso. Cada mordisco era una señal de que él estaba tomando el control absoluto, recordándome que mi cuerpo era su territorio y que él era el único dueño de él.

Sus manos se deslizaron hacia mis pechos, atrapando mis senos entre sus palmas. Los apretó con una presión que me hizo gritar, y luego los pellizcó, provocando un chasquido que resonó en la habitación. Cuando sus dedos se separaron, dejó una pequeña mancha roja en mi piel, una prueba más de su dominio. Entre embestidas, levantaba su cabeza para observarme, para asegurarse de que yo seguía ahí, gozando como la puta que era. En un par de ocasiones, incluso escupió sobre mi rostro, recordándome que estaba bajo su mando, y que ya no había espacio para mi dignidad.

A medida que su ritmo se intensificaba, sin previo aviso, me dio una bofetada ligera. El golpe resonó como un trueno, y el calor del impacto se mezcló con el calor interno de mi cuerpo, creando una mezcla exquisita entre el dolor y el placer. Cada vez que su mano golpeaba mi piel, mi respiración se volvía más entrecortada, y mi clímax se acercaba con una urgencia que no podía contener.

Los movimientos de Miguel eran feroces y precisos, como si cada golpe, cada mordida y cada beso fueran parte de un ritual de sumisión. O así me sentía yo, sin aliento, temblando sobre la cama, marcada por el ritmo de mis propios latidos y su dominio.

Sentí cómo mi cuerpo se rendía una vez más bajo la furia de Miguel. Cada golpe de su pelvis, cada mordida en mi cuello y cada bofetada o escupitajo me empujaban más allá del límite, a un lugar que jamás había conocido. El ritmo de su pene se hundía con una precisión brutal, como si un lobo estuviera desgarrando a su presa.

Y, de nuevo, una ola de placer incontrolable me sacudió por completo. Mi coño explotó con una fuerza que hizo temblar la cama y mi propia columna, dejando una corriente de calor que se extendió por todo mi ser. En ese instante, comprendí que Miguel llevaba dentro de sí a un Amo cruel y salvaje, más de lo que yo pensaba, cuya única obsesión era llevarme al extremo de la sumisión y al éxtasis sin tregua.

Cuando pensé que ya no podía aguantar más, giré la cabeza y vi a mi cornudo aún arrodillado, su mano moviéndose con una urgencia desesperada sobre su propio miembro y sus ojos abiertos como platos. El sonido de su respiración entrecortada se mezclaba con el crujido de la cama y mis propios gemidos. Verlo masturbándose mientras yo estaba atrapada bajo el peso de Miguel, hundiéndose en mí una y otra vez, terminó con la última defensa de mi interior, ya al borde del colapso.

El Amo, al notar mi mirada fija en el cornudo, soltó una carcajada y aumentó la velocidad y la fuerza de sus embestidas. Cada golpe contra mi interior retumbaba como un martillo, y sus labios se posaron sobre mi cuello, dejando marcas cada vez más rojas mientras sus manos se aferraban a mis pechos, apretándolos con una fuerza que hacía que mi respiración se volviera aún más entrecortada.

Entonces, el clímax final llegó como un estallido que sacudió todo mi ser. Grité, una mezcla de agonía y éxtasis, mientras mi cuerpo se convulsionaba bajo el impacto de su última penetración. Sentí cómo mi interior se contraía, y al mismo tiempo, el sonido de mi Amo llegando al punto máximo resonó en la habitación, su propio gemido mezclándose con el mío. Cada fibra de mi vagina temblaba bajo la presión del último empujón, y al retirarse, una corriente cálida y abundante brotó de ella, salpicando mis muslos con un flujo espeso de semen que se desbordaba sin remedio. El calor que dejaba su semilla en mi cuerpo se mezcló con el hormigueo residual de mi clímax, dejándome completamente saturada por la intensidad de lo que acababa de ocurrir.

Mi Amo se acercó a mí, la respiración aún entrecortada, y con una sonrisa de orgullo me susurró:

—Muy bien zorra, has superado mis expectativas.

Sentí que esas palabras resonaban en cada fibra de mi ser, como si una puerta interna se hubiera abierto de golpe. Por primera vez en mucho tiempo, la satisfacción que me inundaba no provenía de un placer superficial, sino de la entrega total y de la humillación convertida en éxtasis. En ese instante comprendí que mi vida, nuestra vida, había tomado un rumbo definitivo: la plenitud que solo la sumisión sin piedad a un hombre como él podía brindarme. Cada célula de mi cuerpo confirmaba que, sirviendo a mi nuevo Amo, había encontrado la satisfacción sexual que tanto anhelaba.

Y una parte de mí aún deseaba saber que destino le esperaba ahora al cornudo.

Continuará...

---

Este es mi primer relato de este estilo, así que agradezco cualquier opinión o comentario. En mi perfil está mi email si queréis hablar más en detalle.

Continúa en