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Dominaciónnov 2025

Dominada junto a mi cornudo - Parte 1

Laura siempre supo que su matrimonio estaba muerto en la cama, pero nunca imaginó que la única forma de revivirlo era entregándose a otro hombre. Ahora, Andrés solo puede mirar mientras su esposa es poseída por un desconocido que ha tomado el control total de su vida y su cuerpo.

Susurro de Tinta23K vistas9.1· 23 votos

Me llamo Laura, tengo treinta y ocho años, soy diseñadora de interiores y llevo casada con Andrés desde hace más de diez años. Cuando nos conocimos, la química nos había unido: él, profesor de literatura, y yo, amante de los espacios y las formas. Pero con el paso del tiempo, la chispa se apagó, en especial en lo relativo al sexo. Andrés, aunque atento, había perdido la energía que yo necesitaba. Nuestra vida sexual se había reducido a caricias y a polvos esporádicos que ya no despertaban gran cosa en mi. Yo sentía una frustración creciente, una necesidad que se volvía cada día más urgente y que él no podía satisfacer.

Desde hace años me dedico a cuidar cada curva de mi cuerpo como si fuera una obra de arte, siempre preparada para ser admirada y despertar cualquier deseo. Paso horas en el gimnasio, hago dieta y, cuando sentí que mi silueta necesitaba un impulso extra, me operé para conseguir unas tetas que atrajesen miradas. Todo ello con la esperanza de que Andrés recuperara la pasión y la energía que antes compartíamos. Pero, pese a mis sacrificios y a los cambios, él siguió distante, incapaz de responder. Incluso decidí que, si él no se atreve a aprovechar lo que he construido para él, será otro quien lo haga.

Tras varios intentos más, llegué a sospechar que Andrés había perdido el gusto por las mujeres por completo. Una noche, después de la cena, le pregunté directamente si aquello era lo que sentía, si su deseo ya no era yo. Entre varias respuestas vacilantes, surgieron pequeñas confesiones sobre simples fantasías que le rondaban la cabeza. Descubrí que sentía una ligera excitación al imaginarse como cornudo, observando a su esposa entregarse a otro hombre. Incluso que tenía cierta curiosidad por someterse a una mujer dominante o a que otro varón tomara el control.

Con el tiempo, esas insinuaciones se convirtieron en conversaciones más abiertas durante el sexo; Andrés admitió que la idea de ser humillado, de estar a merced de otro, le provocaba un placer que no podía negar. Incluso hubo una breve etapa en la que intenté yo misma asumir el papel dominante, ordenándole, atándolo y guiándolo, pero pronto comprendí que esa posición me dejaba insatisfecha: yo anhelaba ser la que recibiera la dominación, no la que la impartiera. Fue a partir de entonces, cuando la conclusión se volvió inevitable: necesitaba encontrar a un auténtico macho, un alfa que pudiera dominar a ambos llegado el caso. Que aceptara mi necesidad de ser sumisa y que, al mismo tiempo, pudiera satisfacer la fantasía de Andrés de ser un cornudo a su servicio.

También descubrí, durante la fase en la que yo tomaba el control, que la idea de convertir a Andrés en un cornudo, e incluso en un chupapollas encendía una llama que ni siquiera yo había imaginado. Lo ataba a la silla del comedor, le tapaba los ojos con una venda de seda negra y, mientras lo masturbaba, le susurraba al oído con voz burlona:

— Vas a ser mi cornudo. Voy a entregarme a un hombre de verdad y tú solo podrás observar y, como mucho, lamer su polla, como el buen chupapollas que deseas ser.

Tras un tiempo así, ambos decidimos dar el paso, y buscar un macho alfa que nos dominase a ambos. Aunque el aún tenía dudas, y mucha vergüenza, yo estaba decidida a dar ese paso más pronto que tarde.

Pasaron unos meses y entonces descubrí, en una conversación casual, que Andrés hablaba frecuentemente de Miguel, un compañero de trabajo suyo. «Es todo un soltero de oro», decía Andrés, con una mezcla de admiración y envidia. «Tiene mucho éxito con las mujeres en las fiestas del trabajo, está en forma y, siempre lleva ropa que resalta sus músculos». Desde el primer momento, mi imaginación se llenó de imágenes: alto, atlético, con una mandíbula marcada y una mirada que atravesaba cualquier resistencia. Fantaseé con su cuerpo, con la forma en que sus manos podrían recorrer mi piel, con el sonido de su voz dominante dictando órdenes.

Ni corta ni perezosa, aproveché una charla anodina con él durante una de esas cenas para iniciar una amistad superficial. Le pedí su móvil con una excusa de quedar para próximas cenas. Cada mensaje posterior fue una pieza más del rompecabezas que estaba armando. Compartimos fotos, hablamos de trabajo, pero también de su fama de mujeriego, de lo que nos gustaba. Poco a poco, la intimidad creció y nuestras conversaciones se volvieron más atrevidas, nuestras bromas más picantes. Sentí que Miguel respondía a mis insinuaciones. También descubrí que Miguel disfrutaba de humillar a sus compañeros de trabajo y de dárselas de ganador delante de ellos.

Cuando estuve segura de que estaba dispuesto a cruzar la línea, le propuse lo que había estado gestando en mi mente desde hacía meses: convertirnos a Andrés y a mi en sus sumisos, al menos durante una noche. Le expliqué que mi matrimonio estaba sexualmente acabado, que Andrés era sumiso y haría cualquier cosa para verme satisfecha. La propuesta cayó como una bomba, y Miguel aceptó con una sonrisa un tanto malévola. Una semana más tarde, habíamos quedado los tres para cenar en nuestra casa y tener nuestra primera sesión.

Cuando la puerta se abrió con un suave clic, el sonido de mis tacones resonó en el suelo como un latido que marcaba el comienzo de la noche. Yo estaba de pie junto a la mesa, la luz tenue de las velas reflejándose en el espejo del salón y resaltando el brillo de mis pechos al descubierto, bajo la lencería de encaje y un vestido provocador. Sentía el calor de mi deseo subir por el cuerpo, una mezcla de anticipación y hambre que hacía que mi respiración se hiciera más profunda y mi corazón latiera con fuerza. Andrés, sentado al otro extremo de la mesa, tenía una camisa y unos pantalones vaqueros, y sus manos temblaban ligeramente sobre la copa de vino.

Miguel cruzó el umbral con una sonrisa que transmitía autoridad, disfrutando del momento, sus ojos oscuros escudriñando la escena como quien inspecciona su presa. Al acercarse, dejó caer una mano sobre mi hombro y me susurró al oído:

— Prepárate, porque desde esta noche serás mi zorra y él, tu cornudo.

Luego, giró su mirada hacia Andrés, levantando una ceja y diciendo con tono burlón:

— Andrés, mira lo que tienes delante, una mujer que arde de deseo y necesita que la follen con urgencia, porque tu no eres capaz.

El aire se cargó de una tensión eléctrica; la cena quedó en segundo plano mientras la dinámica de sumisión y dominio empezaba a desplegarse, con Miguel al mando, yo incendiada de placer y Andrés atrapado entre la excitación y una humillación que él mismo había aceptado.

Durante la cena, Andrés y yo nos movimos como sirvientes atentos, colocando los platos con delicadeza ante Miguel, quien ocupaba el centro de la mesa como un invitado de honor. Yo servía el vino con una reverencia sutil, sus dedos rozando la copa mientras mis ojos brillaban de deseo; Andrés llevaba los cubiertos y los platos, evitando cualquier contacto visual directo y temblando ligeramente bajo la presión de su propio placer contenido. Mientras, Miguel aceptaba las atenciones con una sonrisa dominante, disfrutando del ritual de ser adorado por la pareja cuya dominancia le había suplicado.

Casi al final, cuando apenas quedaba vino en las copas, Miguel se inclinó ligeramente hacia mí y, con una sonrisa, dijo:

— Zorra, qué lencería tan provocadora llevas puesta. Quédate solo con ella, sin nada encima, y ven aquí para que te revise bien.

Yo, sintiendo el calor de sus labios rozando mi cuello, respondí con un susurro cargado de sumisión: «Como ordenes, mi hombre», mientras él deslizaba su mano bajo la blusa, rozando la piel de mi pecho y haciendo que el encaje de la lencería se ajustara a cada curva. Cada beso que me daba era firme y apasionado, sus labios marcaban mi piel con una mezcla de lascivia y dominio que me hacía temblar de placer.

Miguel, sin perder su objetivo, giró su atención hacia mi marido, que observaba con atención, y añadió con una voz burlona:

— Andrés, mira lo que tienes delante: una mujer que brilla, que sabe lo que quiere y que tú, pobre perdedor, no puedes satisfacer.

Este, sentado frente a nosotros, sintió una erección que se agitaba bajo sus pantalones, aunque sus manos permanecían inmóviles, incapaces de actuar. Miguel, sin dejar de mirarle, pasó una mano por mi muslo, y la presión de su tacto provocó un placer que recorrió todo mi cuerpo, soltando un gemido.

A mi alrededor, el perfume de Miguel se mezclaba con el leve aroma floral de las velas. El se inclinó hacia mí con una sonrisa descarada, me besó en la boca durante varios segundos y, sin pudor, soltó:

— Joder, tus tetas son enormes, como corresponde a una zorra como tú. Piden ser aplastadas y lamidas sin parar. No me puedo creer que Andrés no se pase el día jugando con ellas. Yo no pienso dejarlas sin aprovechar.

Entonces agarró una de ellas con fuerza, y con tono burlón, añadió:

— Al principio tenía dudas de si merecíais la pena, pero ahora sé que vamos a pasarnos una noche de placer increible. Quién sabe, quizá acabe quedándome con tus pechos y Andrés nunca vuelva a tocarlos.

Al oír esas palabras, mi mente explotó de excitación, y rápidamente, sin perder la cadena de humillación, Miguel continuó describiendo su visión de mi cuerpo:

— Me contaste que te habías operado para ver si el mierda de tu marido se excitaba, pero yo creo que no. Sé que te operaste para que tus pechos y tu cuerpo pudiesen servir en condiciones a un macho de verdad, porque quieres ser una sumisa puta que se entregue sin reservas. Seguro que lo sabes, pero Andrés sigue sin comprender el valor de lo que tenía entre manos.

Yo, con una sonrisa de desdén, respondí, reforzando el juego que él había impuesto:

— Exacto, Amo. Andrés no tiene ni idea de lo que significa tener a una mujer que se ha esculpido para servir y complacer. Mejor que se quede mirando, porque a mí me basta con ser tu perrita y que tú me tomes como quieras.

La excitación hablaba por mí, y no sabía de donde había sacado mi cerebro esas palabras. Andrés, con la voz ahogada por la vergüenza, apenas pudo articular un sonido, una especie de gemido suave.

Cada beso que Miguel me daba dejaba una huella húmeda en mi cuello, en mi clavícula y en mis pechos. Sus dedos jugueteaban con la delicada cinta de mis bragas y yo respiraba hondo, sintiendo el calor de su aliento contra mi oído. Entonces no pude más y le susurré:

— Haz lo que quieras conmigo, Amo. El cornudo de mi marido solo puede mirar lo que ha perdido y aprender a servirte.

Miguel se reclinó en la silla, me agarró con fuerza y, con una sonrisa cruel, dijo:

— Así es, Zorra. Porque a partir de ahora, en mi presencia te llamas Zorra. Tú eres mi puta sumisa, y él es tu cornudo. Y tu, cornudo, porque así es como vamos a llamarte a partir de ahora, disfruta de lo que voy a hacerle a mi zorra, porque solo vas a poder lamer los restos.

Entonces se levantó de la mesa, se dejó caer sobre el sofá, extendiendo los brazos y cruzando los pies con una sonrisa que iluminó la habitación. Con voz autoritaria, dirigió su mirada a Andrés, que todavía estaba sentado a la mesa, y ordenó:

—Cornudo, ponte de pie y recoge la mesa. No pares hasta que esté impecable; quiero ver cómo nos sirves a tu esposa y a mi.

Mientras Andrés se levantaba para recoger los platos, Miguel deslizó una mano por su muslo, bajándose la cremallera y revelando una enorme erección. Sin esperar respuesta, exigió:

— Zorra, ven aquí y ponte de rodillas. Quiero que me des una mamada mientras escucho el sonido de tu marido fregando. No te detengas hasta que tu garganta esté llena y me demuestres que puedes darme placer. Hazlo bien, porque cada segundo que tardes es una bofetada más a tu dignidad y a la de tu cornudo.

Observé el magnífico pene de Miguel como si fuera la pieza central de una obra de arte que había esperado toda mi vida. Cada centímetro del mismo, firme y grueso bajo la luz tenue del salón, me invitaba a perderme él. Su orden provocó en mi una explosión que aceleró mi corazón. Sin dudar, me arrodillé frente a él, dejé que mis labios encontraran la punta y, con una presión suave, comencé a deslizarme hacia abajo. Mi lengua recorrió la corona en círculos lentos mientras la succión se hacía más profunda, provocando un gemido bajo de Miguel, que puso una de sus manos en mi cabeza para guiarme. Cada movimiento, cada lamido, hizo que mi cuerpo temblara de deseo y que el sonido de mi aspiración se mezclara con el ruido de los platos que Andrés seguía intentando recoger, marcando el inicio de la noche que, al menos yo, había anhelado hace mucho.

Miré a los ojos de mi macho alfa, llena de orgullo, mientras bajaba cada vez más abajo, sintiendo cómo su polla se hundía en mi garganta con una presión que me obligaba a tragar con esfuerzo. Cada vez que ocurría, un leve temblor recorría mi cuerpo, pero seguí adelante, obligándome a tragarlo hasta el fondo. Miguel, con el rostro satisfecho, dijo en voz alta, para que el cornudo le escuchase:

— Qué bien la chupas, zorra. Te has tragado mi polla completa a a primera. Algo que pocas consiguen. Te mereces una recompensa.

Entonces, me dio una bofetada en la mejilla, sin dureza pero lo suficiente como para recordarme mi posición de sumisión y avivar la humillación del momento. Cada roce de su mano y cada palabra mordaz reforzaban la sensación de estar completamente bajo su control, mientras mi garganta seguía trabajando para hacer que se corriese.

Cuando Andrés terminó de fregar la mesa, volvió al salón justo a tiempo para ver cómo Miguel, con una mano firme pero sorprendentemente tierna, me agarró del cabello y, tirando suavemente, dirigió mi cabeza hacia abajo, como si quisiera asegurarse de que mi boca estuviera exactamente donde él quería. Me golpeó con su pene, duro y cubierto de mi saliva, varias veces mientras me follaba la boca. Cuando llegó al clímax, su semen brotó con fuerza, salpicando mi cara y deslizándose por mis labios, cubriendo mi nariz y cayendo también sobre mis pechos, empapando mi piel y la lencería, y dejando un brillo húmedo que corría por mis pezones.

El calor húmedo de mi cuerpo se mezcló con la humillación que había sufrido, y una oleada de placer involuntario recorrió mi cuerpo cuando me quedé de rodillas frente a él, sin saber que hacer, y pensando que vendría a continuación. Andrés, de pie al otro lado de la mesa, observaba con los ojos fijos, su erección todavía más latente bajo los pantalones, sintiendo una mezcla de excitación y sumisión al ver cómo su Amo dominaba a su esposa de una forma que nunca antes había visto.

Miguel se levantó del sofá, se limpió las últimas gotas de semen contra mi rostro, cruzó la habitación con paso firme y, sin perder la sonrisa, se volvió hacia Andrés antes de irse al dormitorio.

— Cornudo, limpia a tu esposa con la toalla, que está hecha un desastre. Échale perfume y déjala como una obra de arte para mí. Cuando hayas terminado, venid desnudos al dormitorio. Allí os espero.

Cuando Miguel se quedó solo conmigo en el salón, el aire olía a sudor y a sexo. Tomó una toalla gruesa y húmeda del baño y, con movimientos lentos y deliberados, la pasó por mi cuerpo, arrancando el rastro brillante del clímax que aún perlaba mi piel. Cada pasada rozaba mis pechos, haciendo que mis pezones se pusieran duros bajo la fricción de la tela y dejando una estela húmeda que brillaba bajo la luz.

Sentí que ese era mi momento para reforzar mis sentimientos de sumisión y también los de Andrés. Aproveché la intimidad del momento mientras me limpiaba, y centré mi atención en la erección bajo sus pantalones. Con un gesto rápido, llevé mi mano a la base de su pene, apretándolo con una fuerza deliberada que le arrancó un gemido ahogado y una punzada de dolor. Mientras él luchaba contra mi mano y me miraba desconcertado, incliné mi cabeza, acerqué mis labios a los suyos y lo besé con la boca todavía manchada del semen de mi nuevo Amo. El sabor amargo y cálido se mezcló con la humillación que yo misma le había impuesto, y el beso quedó suspendido en el aire, marcando mi dominio sobre mi cornudo mientras él, atrapado entre su propia humillación y la excitación, sentía cómo nuestro matrimonio cambiaba para siempre.

— Ya eres mi cornudo, el que siempre va a terminar limpiando mis manchas. Nunca lo olvides, porque sin mí no sabrías siquiera a qué sabe la verdadera sumisión.

Continuará...

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Este es mi primer relato de este estilo, así que agradezco cualquier opinión o comentario. En mi perfil está mi email si queréis hablar más en detalle.