Xtories

La perversión de un marido consentidor

Daniel siempre fue reservado, pero su petición es inconfundible: quiere compartir a su esposa con un tercero. Lo que Pelayo no imagina es que, detrás de la fachada de sumisión del marido, Laura esconde un deseo salvaje y una voluntad de hierro. Esta noche, las reglas del juego van a cambiar, y Daniel aprenderá a qué lado cae la moneda.

Valenciano26K vistas9.3· 19 votos

Me estaba asentando de nuevo en mi tierra, todo se encauzaba positivamente. Aunque no bajaba la guardia. En menos de 96 horas me habían indemnizado tan generosamente que entre ese dinero y la venta de mi piso, siguiendo los consejos de aquella persona que me había ayudado en todo, decidí dar un paso audaz. Me recomendó olvidar venganzas porque si no me destruiría yo mismo, y económicamente me sugirió comprar un buen piso como inversión, pasándome una lista de tres inmuebles céntricos a precios que gritaban truco. El de mejor oportunidad era un piso de herencia que había sufrido okupas y estaba asolado. Mi amigo negoció las pretensiones y al final me tiré a la piscina y lo compré.

Lo siguiente era el proyecto, que podía hacerlo yo mismo o contratar a un arquitecto. La ejecución correría a cargo de mi amigo, que me dijo que no me preocupara por los costes. Pero con el arquitecto sí que me advirtió que poco podría intervenir en el precio, porque con los que él trabajaba no estarían por la labor de regatear. Le dije que no se preocupara y me acordé de Daniel, un arquitecto con el que había tenido relación profesional que al final se convirtió en personal. Pero llevaba un año sin contactar con el y como seguiría teniendo relación profesional con mi antigua empresa, no sabía si querría echarme una mano.

Conecté mi móvil, que había tenido apagado más de un año. Lo primero fue actualizarlo, el WhatsApp... Llamadas perdidas tenía un montón, la mayoría de números que no tenía agendados, y mensajes de WhatsApp mayoritariamente de Daniel. Todos dándome ánimos, pidiéndome que le llamara, etc. Me sorprendió.

Le llamé y su voz era pura euforia por mi llamada, no me dejó decir que no, me invitó a comer ese mismo día. Le pedí disculpas por mi silencio, lo entendió y quise ser honrado con él cuando me dijo que daba igual, que lo importante era que le hubiera llamado.

— Daniel, la verdad, no quiero mentirte ni ser un falso hipócrita. He encendido el móvil precisamente para buscar tu número, porque necesito pedirte un favor profesional, eso sí, pagando lo que corresponda.

Le expliqué lo de la compra del piso y al acabar de comer quiso que fuéramos a verlo. Entramos y en el piso parecía que había habido una guerra. Daniel no hablaba, iba estancia por estancia, sin prisa, tomándose su tiempo.

— No sé quién será tu amigo, pero preséntamelo, porque por el precio que lo has conseguido es una ganga, pero GAN-GA. Porque si cuando lo hayas dejado listo no quieres vivir en él, te lo quitarán de las manos y ya te digo que le puedes ganar mínimo un 40% más e incluso un 50% de todos los gastos finales.

— La gran pregunta... ¿Entonces tú me puedes hacer el proyecto? ¿Y más o menos cuál sería la factura?

— A la primera pregunta, NO, no puedo hacerte el proyecto. Porque trabajo para empresas, no para particulares. Pero... mi mujer Laura sí te lo puede hacer y no te cobraríamos. Que para los amigos hacemos excepciones.

— ¿Pero trabaja contigo?

— Ella tiene su estudio y yo el mío, así no tenemos conflictos. Ella se dedica a la arquitectura de interiores.

Estaba claro que él quería evitar conflictos con mi antigua empresa, pero me realizaría el proyecto. Nos fuimos a tomar el café que no habíamos tomado después de comer y empezó a brotar de su cabeza un montón de ideas, algunas ni las llegaba a entender. En un momento que paró de hablar, quise darle las gracias por todos los mensajes de apoyo que me había enviado durante este año, porque no hubo ni una semana que no me enviara alguno. Se mordió un lado de su labio superior, un gesto que entendí de tensión, de preocupación, de algo que quería decir, pero se frenaba.

— Pelayo, tú antes me has dicho que no querías ser un hipócrita y un falso. Pues yo tampoco quiero. Quiero dejar claro que lo que decía en mis mensajes era completamente sincero, porque pensaba y sentía que contigo se había cometido una gran injusticia y pienso que ellos han perdido mucho más de lo que se creen. Ahora dicho esto, también es verdad que vi la oportunidad de hacer algo que no me había atrevido a hacer por tener esa relación profesional.

— ¿Qué es lo que querías hacer? (pregunté extrañado)

— Sé que es algo inconcebible y puedes pensar que un disparate, pero básicamente... que hicieras un trío con mi mujer y conmigo.

— ¿Cómo?" (no quería que mi tono fuera el que salió, porque me sonó como de asustado)

Trató de justificar su petición partiendo de la base de que me había asustado, cuando simplemente fue un poco de sorpresa. Entre otras cosas porque ni su mujer me conocía ni yo la conocía a ella, ni siquiera de comentarios, porque Daniel siempre había sido muy reservado en su vida personal. Me hizo participe de sus deseos, como otros ya me habían hecho en situaciones similares. La diferencia con Daniel era que en ningún momento verbalizó la palabra cornudo en ningún término. Pero con lo que me decía y lo que me respondía a preguntas que le hacía yo, como si fuera la primera vez que algo así me sucedía, podía entrever que tenía vocación de ser un cornudo. Y si no era el mayor y mejor cornudo que conocía, estaba arriba del todo de la lista. Ahora no quería asustarle, quería seguir en mi rol de primerizo.

— Daniel, perdóname y si te ofendo me lo dices, porque no es mi intención. Compréndeme que no me he visto en una situación igual y me surgen muchas preguntas o dudas.

— Pregunta, pregunta, Pelayo... suelta lo que sea como te venga.

— Pero tu mujer, ¿qué te dice? ¿Por qué crees que ella lo necesita?

— Al principio, que estaba loco y no lo entendía. Ahora ya no me dice loco y le gusta que en la cama le hable de eso. Y creo que lo necesita porque después de ser madre no se ve atractiva, para subir su autoestima y sobre todo porque creo que yo no logro satisfacerla plenamente, aunque ella dice que sí.

— Pero ¿has pensado que puede ser que yo no le guste?

— Por lo menos físicamente sé que eres su tipo, bueno y el tipo para muchas, porque tengo ojos en la cara.

—¿Y por qué yo? ¿Qué te ha llevado a pensar en mí?

— Porque siempre que te he visto, tienes un toque de autoridad y a Laura eso le atrae, que no es lo mismo que ser un autoritario, que eso no le gustaría. Como he dicho, por tu físico y porque se rumorea que en la cama eres bastante bueno, aunque es solo eso, rumores.

Seguía haciéndole preguntas que contestaba sin dudar y me daba cuenta de que se estaba poniendo muy cachondo. No sé si porque lo estaba visualizando en su mente o porque tenía un toque bisexual y le ponía directamente cachondo. Me daba igual lo que fuera. Después de acabar de hablar quería que le diera una respuesta y le dije que me dejara pensarlo. Quedamos al día siguiente para ver de nuevo el piso y pensé que vendría con su mujer, pero no, vino con dos personas de su estudio, que con uno con ordenadores y unos trípodes con una máquina pasaron por todas las estancias de la casa. Mientras hacían su trabajo me preguntó nervioso o expectante por mi respuesta y le dije que sí, pero siempre que me gustara Laura. Sus ojos se iluminaron como dos faros.

Quedamos a las seis de la tarde del día siguiente en su estudio. Para enseñarme un primer esbozo. Todo lo que me mostró estaba muy bien, aunque había cosas que no me gustaban del todo. Según le iba diciendo, iba cambiando lo que le indicaba. Pasadas las ocho de la tarde dijo de ir a su casa a cenar. Llamó desde allí mismo y puso la llamada en altavoz para que pudiera escucharla. La voz de su mujer era dulce, me gustó. Le dijo que le apetecía cenar, ella encantada de la vida por no tener que hacer cena y le decía que un "japo", que luego se lo compensaría, el tono de esto último era un tono muy prometedor. En ningún momento le dijo que iría yo. A mi pregunta de por qué no le había dicho nada: —Laura es muy 'zorrita' en el buen sentido de la palabra y seguro que me sorprenderá con alguno de sus modelitos, más estando los niños de campamento.—

Íbamos en su coche y él me decía que mañana me llamaría para saber si me gustaba Laura y para decirme si a ella le gustaba yo. Daniel, que tenía 46 años, era lo que se dice un guaperas, más bajo que yo, 1.75. Rubio oscuro con melena por los hombros. Ni barriga cervecera ni nada por el estilo, físicamente estaba potente, se nota que hacía mucho ejercicio, pero mucho. Siempre lo he visto a pesar de su físico un poco "blando" o "delicado" en sus formas. Por eso me había sorprendido tanto su propuesta, aunque ahora me daba cuenta de que también era muy "manipulador" porque me estaba manipulando a mí y suponía que a su mujer también. Pero existía otra posibilidad: que fueran un equipo y que esta no fuera su primera vez.

Entramos directos al garaje y de allí a su piso, nada de tocar al timbre, abrió con sus llaves y lo primero que escuchamos fue a su mujer hablando. Me hizo una señal de que le siguiera. Estaba hablando con su madre, porque estaban medio discutiendo y no dejaba de decir "MAMÁ". La cara que puso cuando me vio me dio la respuesta a mis dudas: esta mujer no sabía nada de mi ni de mi presencia allí. Creía que estaría con algún kilo de más por lo que dio a entender Daniel. Llevaba un top blanco que dejaba ver parte de su tripa y que contenía dos tetas hermosotas, sin sujetador y marcando pezones como si no hubiera un mañana. Una mini, pero minifalda negra, mostrando dos muslos potentes y un culo de los que tienen forma de insaciable. Dos zancos con una cuña alta y dos coletas de niña "malota", ideales para tirar de ellas estando puesto detrás. Su mirada era de lanzar fuego contra su marido, que pasaba de todo y dejaba lo del "japones" encima de una mesa que había en la cocina. Mis cálculos de su altura sin zancos era de 1.65 como máximo y siendo generoso.

Se me quitaron todas las dudas: estaba para follársela una y mil veces. A Daniel le veía henchido de poder y satisfacción, porque estaba disfrutando de su manipulación. Laura, su mujer, sin embargo, estaba demudada, no sabía cómo colocar sus piernas para no enseñar más de lo que estaba enseñando, algo imposible de evitar, como también era imposible tratar de ocultar sus dos grandes tetas porque ni cruzando los brazos al tener agarrado el móvil. Mientras terminaba de hablar, mi cabeza, que había perdido un poco de hábito en ese tipo de situaciones, funcionaba a marchas forzadas. Era como montar en bicicleta. Acabó de hablar y Daniel me presentó como el amigo del que ellos estaban haciendo el proyecto. Me adelanté rápidamente y aunque vi la intención de ella de darme la mano, le planté dos besazos en las comisuras de sus labios sin que Daniel se pudiera percatar de ello al estar a la espalda de su mujer.

Su mujer tenía en la mesa pequeña de la cocina preparada para cenar los dos, entonces le dijo a su marido que mientras ella se cambiaba, que pusiera la mesa del salón. Daniel, muy firme, le dijo a su mujer: —No seas tonta, ¿por qué te vas a cambiar? Si estás muy bien así, ¿no te parece, Pelayo?— Y no tuve ninguna duda: —Por mí no te cambies, si da gusto verte, porque tu marido no te ha hecho nada de justicia cuando te ha descrito, porque eres mucho más que bellísima y podemos cenar en esta mesa todos, no es necesario cambiar nada.— Laura se había turbado y se le notaba claramente en sus mejillas. Lo único en lo que no cedió Laura fue que quiso poner un mantel, no sé si por manía o para tener una protección sobre sus deseables muslos.

Efectivamente, el mantel era como autoprotección a miradas indiscretas. Transcurría la cena y Laura era sencillamente una mujer que atraía, su magnetismo atrapaba. Daniel empezó a hablar de mi piso y las ideas que se le habían ocurrido a su mujer, y ella no quería entrar en eso, porque decía que no le gustaba hacerlo hasta no tenerlo completamente acabado el diseño. Daniel, como buen manipulador, se levantó y fue a por un portátil, apartó todo de la pequeña mesa y se lo puso a su mujer, que acabó cediendo. Me tuve que acercar más a Laura, que se puso en tensión, que era lo que quería Daniel: tensionarnos a los dos, para dejar el camino preparado para el próximo encuentro. Y eso que le recomendé que no forzara las cosas, que dejara que fueran sucediendo mientras se realizaba la reforma. Su respuesta me resonaba en la cabeza: "Pelayo, mucho cuerpo, mucho músculo, pero se ve que no tienes ni puta idea de cómo hacer esto, deja a los profesionales. Si me sigues el juego en dos o tres encuentros... ZAS".

Ya me cansé de su manipulación. Presentía que podía tener éxito en lo que quería hacer, solo era cuestión de intentarlo, tampoco estaba tan oxidado. Por eso, cuando me acerqué a ella y mientras empezaba a explicarme de forma generalizada lo que quería hacer, Daniel me preguntó si seguía gustándome el ron. Al decirle que sí, fue por bebida y vasos. Lo puso todo en la encimera de la cocina y justo cuando iba a empezar a servir la bebida, sin que me pudiera ver, empecé a acariciar un muslo de su mujer. Una piel electrizante, suave, y ella juntó de manera automática sus piernas para impedir cualquier avance por mi parte. Bajé una mano y agarró fuertemente la mía para quitarla, pero no lo lograba. En eso, Daniel preguntó por qué había dejado de hablar y ella dijo que se le había bloqueado el ordenador y subió su mano de nuevo, pero las piernas bien apretadas. Logré introducir, no sin esfuerzo, un dedo hasta llegar a la zona más sensible de su coño. Resopló un poco mientras empezaba a hacer pequeños movimientos circulares con mi dedo, aunque me contaba mucho, pero empecé a sentir en la yema del dedo cada vez más humedad.

Daniel, que había abierto una ventana del fondo de la cocina para fumarse un cigarro, me preguntó: —¿Qué, Pelayo? ¿Es mi mujer buena en lo suyo o no? Porque tiene una visión privilegiada—. Le di una respuesta, pero que iba dirigida a su mujer: —Yo creo que, si se abriera un poco más, sería mucho mejor, porque, al fin y al cabo, la idea entraría—. En ese momento, dejó de apretar sus muslos. Mi dedo empezó a moverse mucho mejor, lo único que llevaba tan ajustado el tanga, que desde mi posición se estaba haciendo imposible apartarlo. De pronto se levantó, me torció el dedo con tanto ímpetu al levantarse. Iba a por otro portátil. Nada más irse, susurrándome, me preguntó Daniel si me había caído bien su mujer y si veía posibilidades.

— Que quieres que te diga, Daniel, es muy simpática, muy agradable, pero no la veo como tú quieres verla, la veo muy parada.— Y él me daba la razón, diciéndome que lo mismo no en dos encuentros, pero antes de acabar la reforma seguro que lo conseguíamos.

Se sienta de nuevo Laura, abre el otro portátil y empieza a explicarme como toda una profesional lo que tenía diseñado hasta ese momento. Indicándome también distintos tipos de materiales y el costo de ellos. Mi mano ha vuelto a su lugar, primero el muslo. Daniel sentado al otro lado de la mesa bebiendo y los dos portátiles le quitan visión. Mi sorpresa llega cuando siento un poco de vello: no lleva nada debajo. Laura se entrega a mi juego, abre ahora las piernas y siento cómo controla que no se le dispare la respiración.

—Con estas explicaciones ¿estoy más abierta?— me dijo juguetona. Lo que estaba por venir Daniel no se lo imaginaba, como tampoco se imaginaba que él ya no dirigía nada y por lo que estaba viendo, su mujer tampoco quería que dirigiera nada.

DANIEL: ¿Cómo lo vas viendo, Pelayo? ¿Es como tú lo pensabas?

YO: De momento lo noto como muy suave, pero atrevido. Se nota que Laura es decidida, pero seguro que puede dar más.

DANIEL: Seguro. Laura cuando se pone, se pone y ojo, que no deja las cosas a medias. ¿Verdad, cariño?

LAURA: Todo depende... pero no sé por qué, lo mismo no te hace mucha gracia.

DANIEL: Ya has metido alguna de tus nuevas ocurrencias y sabes que mucha gente no lo entiende o les cuesta entenderlo.

YO: Pues a mí de momento me está gustando mucho. Tengo ganas de adentrarme hasta el fondo, que tengo mucho que aportar. (Y con disimulo, agarré la mano de Laura y la llevé a mi entrepierna, donde estaba mi rabo a reventar.)

LAURA: Yo creo que sí me está entendiendo y por lo que estoy comprobando (me apretaba bien el rabo), sí tiene mucho que aportar.

DANIEL: Eso me gusta, que por lo menos coincidáis en algo y eso que no querías enseñarle nada.

YO: Va a ser una buena idea haber venido. Me está gustando todo.

DANIEL: Pero ¿qué es lo que más te está gustando? Porque no te he oído ninguna opinión.

YO: La piel tan suave que tiene. Da gusto acariciarla.

DANIEL: ¡¡PIEL!! ¡¡ACARICIAR!! No entiendo nada... ¿Qué quieres decir?

LAURA: Daniel, tan espabilado que eres siempre y no te estás dando cuenta de que este cabronazo que has traído me está tocando y no precisamente la piel. ¿Es lo que querías, NO? Pues que sepas que me tiene chorreando.

A Daniel se le quedó cara de tonto, hasta que se levantó de su silla y se acercó al costado de su mujer, que parecía que había perdido la vergüenza porque levantó bien el mantel para que su marido pudiera ver bien sus piernas completamente abiertas y mis dedos explorando su mojado coño. Echándose ella hacia atrás en la silla, se espatarró como una puta en celo, ofreciéndome su coño sin tapujos.

Yo saqué los dedos completamente mojados, brillantes con los jugos de su mujer, y se los ofrecí a su marido. "Limpia esto, perrito," le ordené con voz baja. Daniel, sin dudarlo un segundo, se lanzó sobre mis dedos y los lamio y los chupó como si estuviera haciendo una felación a un cabrón, como si fuera el último manjar del mundo. Su mujer, viéndolo, soltó una carcajada que no tenía nada de dulce.

— Joder, Daniel, qué cerdo más patético eres. Lamé los dedos de otro hombre que acaba de meterlos en mi coño. ¿Te gusta, maricón? ¿Te gusta el sabor a dedos ajenos? —, le dijo Laura, cuya voz había cambiado por completo, ahora era áspera, dominante, llena de un deseo que no había mostrado antes.

Daniel solo pudo responder con un gemido mientras seguía chupando mis dedos con avidez. Noté cómo se frotaba la polla a través del pantalón, completamente entregado a su satisfactoria humillación.

— Pelayo, mételos otra vez, por favor. Haz que mi marido los vuelva a limpiar —, pidió Laura, abriendo aún más las piernas. — Quiero verlo seguir como el perrito sumiso que es. —

Hice caso a su petición y volví a meter dos dedos en su coño, esta vez con más fuerza, haciéndola gemir. La sentía contraerse alrededor de mis dedos, cada vez más mojada. Mientras la frotaba, miré a Daniel directamente a los ojos.

— ¿Ves esto, cornudo? Esto es lo que tu mujer necesita. Alguien que sepa cómo tratarla como la zorra que es. Tú solo sirves para limpiar lo que dejo. —

Laura se reía, ahora completamente entregada a su nuevo papel. — Sí, Pelayo, dale lo que merece. Hazle saber su lugar. Él solo es para mí servicio, para limpiarme cuando tú hayas terminado conmigo. —

Saqué los dedos otra vez, esta vez aún más mojados, y se los volví a ofrecer a Daniel. Esta vez, antes de que pudiera chuparlos, Laura se acercó y los lamio ella primero.

— Mmm, qué rico sabe mi coño, ¿verdad, cariño? Ahora limpia bien lo que he dejado en los dedos de Pelayo, y si te portas bien, quizás te deje lamerme directamente de la fuente. —

Daniel estaba temblando, completamente excitado por la humillación. Chupó mis dedos con más ganas que antes, mientras su mujer le jalaba del pelo.

— Así me gusta, maridito. Así es como tienes que comportarte. Ahora ve preparándonos la cama, porque esta noche Pelayo se va a follar a tu mujer como nunca has podido hacerlo tú. —

Daniel se levantó con dificultad, su polla dura como un palo, y se dirigió hacia el dormitorio mientras Laura y yo nos seguíamos besando apasionadamente.

— Joder, Pelayo, llevo años esperando esto. A que alguien me tratara como la puta que soy y que pusiera a mi marido en su lugar, — me susurró Laura al oído mientras me desabrochaba el pantalón. — Esta noche me vas a follar como me merezco. Y él va a mirar y aprender. —

Nos levantamos y seguimos a Daniel hacia el dormitorio, donde ya nos esperaba arrodillado al pie de la cama, con la polla en la mano y los ojos llenos de lágrimas de excitación y humillación. La noche, acababa de empezar. Daniel era como un perrito. Laura se giró hacia él, con ese brillo salvaje en los ojos. — Antes de que se folle a tu mujer, quiero que te arrodilles y le hagas un favor a Pelayo, maridito. Quiero que le chupes esa polla que va a destrozarme esta noche. —

Daniel se detuvo en seco, con la boca abierta. Su polla, que momentos antes estaba a punto de romperle el pantalón, pareció encogerse por un instante. Laura se acercó a él y le agarró la cara con fuerza.

— ¿Lo has oído, puto? Voy a repetírtelo para que se te grabe en ese cerebro de mierda. Quiero que te arrodilles y le chupes la polla a Pelayo. Quiero ver cómo la preparas para mí, cómo la dejas bien dura y lubricada. Y quiero que la disfrutes, porque es lo más cerca que estarás nunca de ser un hombre de verdad. —

Yo me desabroché el pantalón y mi rabo saltó fuera, ya estando medio parado. Daniel me miró con una mezcla de terror y anhelo, se arrodilló lentamente y, con manos temblorosas, me lo agarró. — Así es, perrito. Chúpala como si fuera la última polla que chuparás en tu vida, — ordené mientras le apretaba la cabeza contra mi entrepierna.

Laura se había sentado al borde de la cama, con las piernas abiertas y la mano metida en su coño, frotándose sin disimulo. Mientras Daniel me la chupaba con torpeza pero con ganas, vi cómo su respiración se aceleraba, cómo sus pezones se ponían más duros. — Joder, qué chupada más rica, — gemía Laura. — Míralo, Pelayo. Mi marido, chupándote la polla como el maricón que es. Y lo peor es que le gusta, al cerdo. Mira cómo se la masturba mientras te la chupa. — Daniel efectivamente se la frotaba con una mano, completamente entregado a su humillación. Laura empezó a gemir más fuerte, su mano moviéndose más rápido en su coño.

— Así, así, así... joder, casi me corro solo con ver esto, — gritó Laura, arqueando la espalda. — Qué cerdo más patético eres, Daniel. Chupándole la polla a otro hombre mientras tu mujer se corre viéndote. ¿Te sientes orgulloso, maricón? ¿Te gusta saber que nunca volverás a follarme como Pelayo lo va a hacer esta noche? —

Su respiración se hizo entrecortada y vi cómo su cuerpo se tensaba. — Joder, me voy a correr, me voy a correr solo con ver esto, — gritó antes de estremecerse en un orgasmo que la sacudió entera. Cuando se recuperó, me miró con ojos de fuego. — Ahora es mi turno. Quiero que me folles, Pelayo. Quiero que me partas el coño. —

Se giró y se puso a cuatro patas en la cama, ofreciéndome ese culo maravilloso. Pero antes de meterla, le di un azote en el culo, dejando una marca roja.

— ¡Qué cojones te has creído, zorra! —, le grité. — ¿Quién te ha dado permiso para insultar a tu marido así? — Laura soltó un gemido de placer. — Lo siento, Pelayo. Lo siento mucho. —

Le di otra torta, más fuerte esta vez. — ¡No me digas lo siento, puta! ¡Enséñame que lo sientes! —

Volvió a gemir, más fuerte esta vez. — Lo siento, Pelayo. Lo siento mucho por insultar a mi marido. Por favor, fóllame. Fóllame como se merece una zorra como yo. —

Le di otra torta bien dada y otra, y otra. Cada vez más fuerte, mientras ella gemía y pedía más. — Así me gusta, así me gusta. Azótame, Pelayo. Azótame como la puta que soy. —

Finalmente, cuando su culo estaba completamente rojo y ella temblaba de deseo, me posicioné detrás de ella y, sin previo aviso, le metí todo el rabo de una gran estocada. Laura gritó de placer, un grito gutural que hizo temblar las paredes. — ¡JODER, SÍ! ¡ASÍ, ASÍ! ¡LLENA ESTE COÑO, CABRÓN! —

Empecé a follarla con fuerza, sin piedad, mientras ella gemía y gritaba. — ¿Lo ves, Daniel? ¿Lo ves cómo me folla? Así es como me gusta, así es como necesito que me follen. No como tú, que te corres en dos minutos como un criajo imberbe. —

Daniel nos miraba desde el rincón, con la polla en la mano, completamente entregado a su humillación. — Joder, Pelayo, qué bien lo haces. No te corres, sigues y sigues, — gemía Laura entre embestidas. — A diferencia de mi marido, que se corre ni bien me mete la polla. Tú eres un hombre de verdad, Pelayo. Un hombre que sabe cómo follar a una mujer. —

Seguí follándola durante lo que pareció una eternidad, mientras ella gemía y gritaba, insultando a su marido y pidiendo más. — Así, así, más fuerte. Hazme tuya, Pelayo. Hazme tu puta. —

Finalmente, cuando sentí que estaba a punto de correrme, me salí de ella y me corrí en toda su cara y en las tetas. Laura abrió la boca para intentar coger algo, mientras Daniel observaba con los ojos llenos de lágrimas de excitación.

— Ahora limpia, maridito, — ordenó Laura. — Limpia la leche de otro hombre en tu mujer. Y si te portas bien, quizás la próxima vez te deje chupársela directamente de la fuente. —

Daniel se acercó titubeando, su polla todavía dura a pesar de la humillación. Se arrodilló junto a la cama y, con sumisión reverente, comenzó a lamer la leche que había salpicado el cuerpo de su mujer. Laura observaba con una sonrisa de triunfo, jugando con sus pechos cubiertos de mi semen.

— Así me gusta, perrito. Limpia bien la leche de un hombre de verdad, — dijo Laura mientras empujaba la cabeza de Daniel contra sus tetas. — ¿A que sabe mejor que tu propia leche, maricón? ¿A que te gusta saber que otro hombre ha corrido en tu mujer? —

Daniel solo podía responder con gemidos mientras seguía lamiendo, completamente entregado a su rol de cornudo sumiso. Noté cómo se frotaba la polla con más fuerza, excitado por la humillación.

— Pelayo, ven aquí, — me pidió Laura, haciéndome un gesto con el dedo. Me senté junto a ella en la cama y me besó apasionadamente, mientras Daniel seguía limpiándola. — Joder, qué polla más rica tienes. No me habían follado así nunca. —

Mientras nos besábamos, Laura empezó a frotarme el rabo, que volvía a ponerse duro. — ¿Ves, Daniel? Así es como se revive a un hombre. Con una polla así, no con esa cosita que tienes tú. —

Daniel levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas de excitación. — Por favor, Laura, déjame... —

— ¿Dejarte qué, puto? —, interrumpió Laura. — ¿Dejarte chupársela otra vez? Quizás. Si te portas bien. Pero primero tienes que hacer algo más por nosotros. — Laura se levantó y se acercó a Daniel, que todavía arrodillado. Le agarró por el pelo y le obligó a mirarla a los ojos. — Esta noche vas a dormir en el sofá, maridito. Pelayo y yo dormimos aquí juntos. Y si oímos el más mínimo ruido de que te estás masturbando, te aseguro que mañana te arrepentirás. Entendido? — Daniel asintió sin decir palabra, completamente sometido. Laura lo empujó suavemente hacia la puerta del dormitorio.

— Ahora vete. Y no vuelvas hasta que te llame. Y prepárate, porque mañana vamos a necesitar tu servicio de nuevo. —

Daniel salió del dormitorio con la cola entre las piernas, mientras Laura se volvía hacia mí con una sonrisa de satisfacción.

— Joder, Pelayo, llevo años esperando esto. A que alguien me tratara como la puta que soy y que pusiera a mi marido en su lugar, — me dijo mientras se acurrucaba a mi lado. — Y tú lo has hecho perfecto. —

Nos acostamos y empezamos a besarnos de nuevo, esta vez con más calma, explorándonos el cuerpo. Laura era una mujer insaciable, parecía que nunca se cansaba. — ¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —, me susurró al oído mientras me acariciaba la polla. — Que mañana tendremos todo el día para nosotros. Y Daniel estará allí, sirviéndonos, viéndonos follar una y otra vez. —

Sonreí, sabiendo que esta era solo el comienzo de una aventura que cambiaría las vidas de los tres para siempre. Laura se montó sobre mí y, lentamente, empezó a bajar su coño sobre mi polla, gimiendo de placer. Sabiendo que, al estar la puerta abierta, su marido escucharía a la escandalosa de la puta de su mujer.

— JODER, QUÉ RICO, — gemía mientras se movía. — ASÍ ME GUSTA, ASÍ NECESITO QUE ME FOLLEN. DESPACIO, DISFRUTANDO CADA MOMENTO. A DIFERENCIA DE MI MARIDO, QUE SIEMPRE TIENE PRISA POR CORRERSE. —

Follamos durante horas, probando todas las posiciones imaginables, mientras Daniel nos escuchaba desde el salón, probablemente masturbándose sin poder correrse, siguiendo las órdenes de su mujer. Cuando finalmente nos quedamos dormidos, agotados pero satisfechos, supe que esta sería una noche que ninguno de los tres olvidaría jamás.

Y al día siguiente, cuando el sol se filtraba por las persianas del dormitorio. Me desperté con la sensación de un cuerpo cálido y suave acurrucado contra mí. Laura dormitaba, su respiración tranquila y una leve sonrisa en los labios. Mi mano descansaba en la curva de su cintura, y al moverla un poco, ella se estiró como una gata y abrió los ojos.

— Buenos días, machorro — susurró con esa voz ronca y sexy de la mañana. — Buenos días, zorra, — le respondí, dándole un beso en el hombro.

Justo en ese momento, la puerta del dormitorio se abrió con sigilo. Daniel entró, completamente desnudo como se lo habían ordenado, portando una bandeja con café, tostadas y zumo. Su polla estaba semi dura, un testimonio evidente de su continua excitación. Se arrodilló silenciosamente al pie de la cama, esperando instrucciones como un perro bien adiestrado.

Laura se sentó, dejando las sábanas caer y revelando sus tetas perfectas. Le hizo una seña a Daniel. — Acércate, sirviente. Tráenos el café. —

Daniel se acercó y nos sirvió el café con manos que apenas temblaban. Sus ojos no se atrevían a encontrarse con los nuestros, fijos en el suelo. Mientras bebíamos, Laura le ordenó: — Ahora, lárgate y prepáranos una ducha. Agua bien caliente. Y no te toques la polla, ¿entendido? Pertenece a Pelayo hoy. —

Daniel asintió y salió de la habitación con la cola entre las piernas.

En la ducha, bajo el agua caliente, Laura se acurrucó contra mí, mi rabo ya duro y presionando contra el culo de ella. Empecé a frotárselo entre sus nalgas, y noté cómo se tensaba con un placer evidente.

— Joder, Pelayo, qué bien se siente, — gemía mientras se apoyaba en las baldosas. — Quiero que me lo metas aquí. Quiero que me folles el culo. —

Mi polla se endureció aún más con sus palabras. Le separé las nalgas y empecé a presionar la cabeza contra su agujero, que ya se abría como una flor ansiosa.

— Espera, espera, — me detuvo ella, girándose para mirarme. — Quiero que me lo des, Pelayo. Joder, cómo lo quiero. Pero déjame preparármelo bien para ti. Dame unos días. Quiero que sea perfecto para ti. Quiero que cuando me lo partas por primera vez, sea inolvidable. —

Aunque mi instinto me gritaba que la tomara allí mismo, su sumisión y su promesa me excitaban aún más. La besé con fuerza.

— Está bien, puta. Tienes tres días. Tres días para prepararte para mí. Pero quiero que cuando llegue el momento, estés completamente entregada. Entendido? —

— Sí, Pelayo. Entendido, — respondió ella con los ojos brillantes de deseo. — Te lo daré todo. Te lo daré por todos los agujeros. —

Cuando salimos de la ducha, Daniel nos estaba esperando con toallas secas. Se arrodilló y nos secó con reverencia, su lengua saliendo de vez en cuando para probar gotas de agua de nuestra piel. Mientras él me secaba las piernas, Laura le agarró por el pelo. — ¿Lo has oído, maridito? En tres días, Pelayo se va a follar mi culo. Y tú vas a estar aquí mirando, ¿entendido? Vas a ver cómo otro hombre toma a tu mujer por un lugar que tú nunca has tenido. Además tú abrirás mis nalgas y sujetaras su gran polla para ayudarle a entrar —

Daniel asintió con los ojos llenos de lágrimas de excitación y humillación. — Sí, Laura. Entendido.—

— Y mientras tanto, — continuó Laura, — tienes trabajo. Hoy vas a comprar lo que necesite para prepararme. Lubricantes especiales, juguetes... todo lo que Pelayo te ordene que compres. Y le mostrarás los tiques para que sepa que has gastado bien nuestro dinero. —

Durante el desayuno, mientras Daniel nos servía, le di mi lista. — Quiero que compres esto: un lubricante anal de alta calidad, un dilatador de culo de tamaño mediano, unas bolas chinas y un vibrador anal. Y nada de marcas baratas. Compra en una sex shop de calidad, no en la tienda de la esquina. —

Daniel tomó notas con manos temblorosas, su polla goteando presemen sobre el suelo. — Sí, Pelayo. Compraré todo lo que pides. —

— Y cuando vuelvas,— añadió Laura con una sonrisa malvada, — nos mostrarás cómo funcionan los juguetes. Quiero que te los metas tú primero, para asegurarnos de que son buenos. —

Daniel se sonrojó intensamente, pero asintió sin dudarlo. — Sí, Laura. Como quieras. —

Mientras Daniel se vestía para salir a hacer los recados, Laura me acarició el rabo por encima del pantalón. — Tres días, Pelayo. Tres días y este culo será tuyo para romperlo como quieras. —

Y mientras Daniel salía de la casa para cumplir su humillante misión, supe que estos tres días serían solo el prólogo de una noche que ninguno de los tres olvidaría jamás. Luego quede a solas con Daniel, quería saber de primera mano cómo se encontraba despues de todo lo ocurrido.

— Quería verte a solas Daniel, porque seguro que lo del otro día no fue como tu pensabas y quiero saber cómo te encuentras.

— Tienes razon y me gusta que te estes preocupando por mí, pero no tienes que hacerlo. Ya me di cuenta de que no eras ningún principiante, aunque me hiciste tragar que si lo eras. Y de verdad que no se pareció en nada a mis fantasías, pero te puedo jurar que ha sido mucho mejor, ese punto de humillación que ha sido muy placentera y ha hecho que mi polla se pusiera como nunca y es más, cada vez que lo rememoro me pongo como un chaval. Pero lo que más cachondo me ha puesto y me pone, ha sido ver a la verdadera Laura la mujer más fogosa, más cachonda y puta que nunca pude imaginar. Sobre todo, cuando siempre la he visto tímida, cortada, comedida — estaba entusiasmado contándomelo y que ahora en su casa era todo distinto, mucho mejor. — La experiencia dice que cuando una mujer está dispuesta a follar con otro a petición de su marido, es que lleva un volcán dentro que el futuro cornudo desconoce y no tiene ni idea. Pero es porque el hombre trasmite a la mujer sin darse cuenta de que es contenida cuando no lo es —