Xtories

El dildo de mi criada

Sonia siempre supo que Juanjo guardaba secretos, pero nunca imaginó que la puerta del dormitorio de la criada ocultaría tal espectáculo. Cuando regresa antes de lo previsto, no encuentra a su esposo dormido, sino atado, vestido con ropa interior ajena y en pleno acto de humillación. En lugar de huir, ella decide no dejarlo solo en su placer.

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(mientras hilvanó la continuación de "en la oficina", me tomé un tiempo para desarrollar una fantasía de un seguidor, espero que os guste)

Era jueves por la noche, como todos los jueves. Sonia había salido a cenar y de fiesta con sus amigas, ese ritual sagrado de la semana que nunca fallaba. La criada filipina, Lita, tenía el día libre y no volvería hasta el viernes por la mañana. La casa grande y silenciosa de la urbanización de lujo quedaba solo para mí.

Me llamo Juanjo, tengo sesenta años, con mi barriguita y esa calvicie que ya ni disimulo. Soy el típico marido rico que hizo fortuna en el sector inmobiliario. Sonia, mi mujer de cincuenta y cinco, sigue siendo una morena espectacular: curvas generosas, tetas grandes y firmes para su edad, culo redondo y una cintura que todavía marca la diferencia. Pero hacía años que apenas me tocaba. Y eso ya casi ni me importaba… porque tenía mi propio vicio secreto.

Nada más cerrar la puerta del garaje después de que Sonia se marchara, subí directamente al dormitorio de la criada. El corazón me latía con fuerza. Abrí el cajón de la ropa interior de Lita y saqué unas braguitas blancas de algodón, todavía con el olor de su cuerpo del día anterior. Me las llevé a la nariz e inhalé profundamente. Luego me quité toda la ropa y me puse el sujetador de Lita (demasiado pequeño para mi torso) y las braguitas, que apenas contenían mi polla ya medio dura.

Me miré en el espejo del armario. Ridículo y excitado a la vez.

Saqué del fondo del cajón el dildo grande y negro que Lita escondía. Lo olí también; sabía que la filipina se lo metía casi todas las noches. Pegué la ventosa con fuerza al lateral del armario, a la altura perfecta. Me unté el ano con un poco de crema que encontré en la mesilla y me coloqué de espaldas al consolador.

Me até los tobillos juntos con una de las medias de Lita. Luego, con dificultad, me pasé la otra por las muñecas y las até por delante, dejando las manos lo suficientemente libres como para poder masturbarme. Me agaché un poco, y jugué con la punta en la entrada de mi ano, dejé que la gruesa cabeza del dildo presionara contra mi agujero.

—Joder… sí… —susurré mientras empujaba hacia atrás.

El consolador entró despacio, abriéndome. Solté un gemido largo y ahogado. Empecé a mover las caderas, follándome a mí mismo con movimientos cortos y luego más profundos. Mi polla, pequeña asomaba por debajo del elástico de las braguitas de la criada. Con las manos atadas me la agarré y comencé a pajearme con fuerza mientras imaginaba que Lita me estaba penetrando sin piedad, llamándome puta vieja, maricón, esclavo.

Estaba perdido en mi fantasía, sudando, jadeando, el dildo entrando y saliendo de mi culo con un sonido húmedo y obsceno, cuando de pronto oí la puerta de la entrada principal abrirse.

Pasos en el pasillo.

Me quedé congelado, con el consolador clavado hasta el fondo en mi recto.

La voz de Sonia resonó clara y sorprendida desde la escalera:

—¿Juanjo? ¿Estás arriba?

No me dio tiempo a reaccionar. Irrumpió con rapidez en la habitación. Había olvidado el móvil y había vuelto a buscarlo. Entró directamente al dormitorio de la criada porque había visto luz encendida.

Y allí estaba yo.

Atado de pies y manos, vestido solo con la ropa interior de la filipina, con un enorme dildo negro enterrado en el culo, la cara roja de placer y vergüenza, y las manos intentando tapar mi polla.

Sonia se quedó parada en la puerta, con los ojos muy abiertos.

Durante unos segundos eternos solo se oyó mi respiración agitada y el leve zumbido del vibrador en el silencio.

Sonia me miró de arriba abajo: las braguitas blancas manchadas de precum, el sujetador ridículo, el dildo grueso que desaparecía entre mis nalgas,… y la expresión de puro pánico y excitación en mi cara.

Entonces, lentamente, una sonrisa apareció en sus labios. Una sonrisa oscura, divertida y peligrosa.

—Vaya, vaya… —dijo con voz baja y ronca, entrando en la habitación y cerrando la puerta tras ella—. Así que esto es lo que haces cuando me voy de cena, ¿eh, maricón?

Intenté hablar, pero solo salió un gemido ahogado. El dildo seguía dentro de mí, y mi polla dio un salto traicionero en mi mano.

Sonia se acercó despacio, tacones resonando en el suelo. Se plantó frente a mí, me levantó la barbilla con dos dedos y me miró directamente a los ojos.

—Sigue —ordenó con voz firme—. No pares. Quiero ver cómo te follas el culo con el dildo de la criada mientras te pajeas como una puta barata.

Tragué saliva. El corazón me iba a mil.

Y, muy lentamente, obedecí.

Sonia se sentó en la cama de Lita, cruzó las piernas y sonrió con placer mientras me observaba empujar el culo hacia atrás, haciendo entrar y salir el grueso consolador, gimiendo sin vergüenza ya, la polla chorreando en mi mano.

—Más fuerte —exigió ella, sacando el móvil—. Y sonríe a la cámara, cariño. Esta noche vas a aprender lo que significa ser mi zorra.

Sonia se recostó contra el cabecero de la cama de Lita, abrió las piernas y se subió el vestido negro hasta la cintura. No llevaba bragas. Su coño moreno, depilado y ya húmedo brillaba bajo la luz de la habitación. Se metió dos dedos sin preámbulos y empezó a masturbarse despacio, mirándome con una mezcla de asco y excitación.

—Mírate… —murmuró mientras sus dedos entraban y salían con un sonido húmedo—. Mi marido, el gran empresario, vestido con las bragas sucias de la filipina y follándose el culo como una perra en celo. Qué patético eres, Juanjo.

Esas palabras me hacían recuperar mi excitación.Gemía más fuerte, empujando el culo hacia atrás para clavarme el dildo hasta el fondo. Cada embestida me hacía soltar un quejido agudo. Mi polla pequeña goteaba sin parar sobre las braguitas blancas.

Sonia se follaba con los dedos cada vez más rápido, respirando entrecortado.

—Dios… esto me está poniendo muy cachonda —jadeó—. Verte así de humillado… me encanta.

De repente sacó los dedos, brillantes de sus jugos, y me los metió en la boca.

—Chupa. Prueba lo mojada que me has puesto, maricón.

Lamí obedientemente, con los ojos vidriosos de placer y vergüenza.

Sonia cogió su móvil y marcó sin dejar de mirarme.

—¿Pablo? Sí, soy yo… Escucha, tienes que venir ahora mismo a casa. No, no es broma. Te vas a morir cuando veas lo que he encontrado. Mi maridito está atado, vestido con la ropa interior de la criada y follándose un dildo enorme por el culo. Sí… en serio. Ven rápido. Te espero.

Colgó y sonrió con malicia.

—Mi amante viene de camino, cariño. Pablo tiene sesenta y cinco años, pero la polla todavía se le pone como una barra de hierro. Y le encanta humillar a maricones como tú.

Gemí más alto, acelerando el movimiento de mis caderas. Saber que otro hombre iba a verme así me estaba volviendo loco.

Quince minutos después se oyó la puerta de la calle. Pasos pesados subieron las escaleras. Pablo entró en la habitación: alto, corpulento, con el pelo gris y una barriga prominente, pero con esa seguridad de macho alfa que yo nunca había tenido.

Se quedó mirando la escena y soltó una carcajada grave.

—Hostia puta, Sonia… No me lo esperaba tan bueno. Mira cómo se está destrozando el culo el cabrón.

Pablo se acercó, desabrochándose el pantalón. Sacó una polla gruesa, venosa y ya medio dura, mucho más grande que la mía.

—Así que te gusta que te follen, ¿eh, putita? —dijo con voz ronca mientras se pajaba lentamente delante de mi cara—. Dilo. Quiero oírlo de tu boca.

Rojo de vergüenza, jadeé:

—Me… me gusta que me follen el culo…

Pablo me dio una suave bofetada en la mejilla.

—Más fuerte. Con respeto.

—Me gusta que me follen el culo, señor… Soy una puta maricón.

Sonia se rio y se acercó por detrás. Agarró mis caderas y empezó a empujarme con fuerza contra el dildo, follándome ella misma con el consolador.

—Más rápido, zorra. Pablo quiere verte sufrir.

Pablo se colocó delante, frotando su polla gruesa contra mis labios.

—Abre la boca. Vamos a usar todos tus agujeros esta noche.

Obedecí. Pablo me metió la polla hasta la garganta sin piedad. Mientras Sonia seguía empujando el dildo en mi culo con fuerza, Pablo empezaba a follarme la boca con embestidas profundas.

—Joder, qué boca más calentita tiene tu maridito —gruñó Pablo—. Se la voy a llenar de leche bien pronto.

Sonia se quitó el vestido por completo, quedándose solo con los tacones. Se tumbó en la cama y abrió las piernas.

—Ven aquí, Pablo. Fóllame mientras él nos mira.

Pablo sacó la polla de mi boca con un hilo de saliva y se colocó entre las piernas de Sonia. La penetró de un solo empujón. Sonia soltó un gemido largo y placentero.

—Así… métemela entera. Mientras mi marido se folla el culo como una perra viendo cómo te me follas.

Yo, todavía atado, no podía ni quería dejar de mirar. Movía las caderas solo, clavándome el dildo una y otra vez, la polla chorreando dentro de las braguitas pero sin lograr una erección completa.

Pablo follaba a Sonia con fuerza, haciendo que sus tetas rebotaran. Entre embestida y embestida me hablaba:

—¿Ves esto, cornudo? Esta es una polla de verdad. La que tu mujer necesita. Tú solo sirves para que te usemos de juguete.

Sonia jadeaba, al borde del orgasmo.

—Cuando termines de correrme dentro… quiero que le folles el culo a Juanjo. Quiero ver cómo le destrozas ese agujerito estrecho mientras él se corre dentro de las bragas de la criada.

Pablo sonrió con lujuria.

—Trato hecho, zorra.

Minutos después Sonia se corrió con fuerza, gritando, clavando las uñas en la espalda de Pablo. Este, gruñendo, le llenó el coño de leche caliente.

Luego se levantó, la polla todavía dura y brillante de los jugos de Sonia, y se colocó detrás de mí.

—Prepárate, maricón. Ahora te toca a ti.

Quitó el dildo de un tirón y, sin darme tiempo a protestar, empujó su gruesa polla dentro de mi culo de una sola vez. Solté un grito ahogado de placer y dolor. Senti por primera vez el calor agradable de una verga en mi interior.

Pablo empezó a follarme con fuerza, agarrándome de las caderas atadas.

—Esto es lo que eres ahora. Nuestra puta. Cada vez que queramos, te vamos a usar así… o peor.

Sonia se acercó, me cogió la cara y me besó en la boca con lengua mientras Pablo me taladraba sin piedad.

—Dilo, cariño —susurró contra mis labios—. Di que eres nuestra puta para siempre.

Destrozado de placer, con la polla a punto de explotar, gemí:

—Soy… vuestra puta… para siempre…

Pablo aceleró, gruñendo. Al final se corrió profundamente dentro de mi culo, llenándome de semen caliente.

Yo, sin poder más, caí de rodillas al suelo, mientras Pablo me ofreció su miembro para que se lo limpiará. Rebañe todo los restos de lefa mientras de mi interior caían goterones directos a la braguita de lita

Los tres quedamos jadeando en silencio durante unos segundos.

Sonia sonrió, acariciando mi pelo sudoroso.

—Bienvenido a tu nueva vida, Juanjo. Esto solo acaba de empezar. Mañana, cuando venga Lita… tendremos que explicarle por qué sus bragas están llenas de semen… ¿verdad?

Pablo soltó una risa baja y me dio una palmada en el culo todavía empalado.

—Descansa un rato, putita. La noche todavía no ha terminado.

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