Xtories
Triosfeb 2026

La profe - (Parte 1)

La profesora tiene el control absoluto de su alumno, pero es su propio marido quien enciende la mecha del deseo prohibido. Esta tarde, la lección de sintaxis se convertirá en una prueba de resistencia que ninguno de los tres olvidará.

Jorge Bitacora6.9K vistas9.5· 8 votos

Todo empezó una tarde de jueves. Susana llegó a casa con esa cara de cansancio fingido que pone cuando trama algo. —Jorge, cariño, un alumno de segundo de Bachillerato, de los repetidores, me ha pedido ayuda con la recuperación —dijo mientras dejaba el bolso—. Le he dicho que se pase por aquí a última hora, que en el instituto no hay quien se concentre.

A las ocho sonó el timbre. Era el chico, un tal Álex; diecinueve años, espalda ancha de gimnasio y esa mirada de medio lado que mezcla respeto por la profe y curiosidad por ver dónde vive. Susana le abrió la puerta con una sonrisa profesional, pero yo me fijé en el detalle: se había quitado la chaqueta del traje y la blusa de seda que llevaba era casi traslúcida bajo la luz del pasillo.

—Pasa, Álex. Jorge, mi marido, está en el salón viendo el fútbol, no nos molestará —dijo ella mientras lo conducía a la mesa del comedor.

Me senté en el sofá, fingiendo mirar la tele, pero con el oído puesto en la mesa. La voz de Susana era suave, pedagógica, pero sus movimientos eran puro veneno. Se sentó justo enfrente del chico, cruzando sus piernas enfundadas en medias negras, haciendo que el roce del nailon sonara en todo el silencio del salón.

—A ver, Álex... el análisis sintáctico se te resiste, ¿verdad? —le decía ella, inclinándose sobre el libro para que el chico no tuviera más remedio que clavar la vista en el escote que se abría generoso ante él—. Vamos a empezar por el sujeto... que en esta frase, eres tú.

Vi cómo el chico tragaba saliva. Estaba nervioso, con el bolígrafo temblándole en la mano. Susana alargó el pie por debajo de la mesa, un movimiento que yo conocía bien, y noté por la cara del chaval que el tacón de mi mujer acababa de encontrar su objetivo en la pantorrilla del alumno.

—Jorge, ¿me traes un poco de agua? —me gritó ella sin quitarle la vista de encima al chico—. Álex se está poniendo muy colorado y creo que le falta el aire.

Álex estaba concentrado, o al menos lo intentaba. Tenía los codos hincados en la mesa y repasaba los comentarios de texto mientras Susana, sentada de lado, corregía unos exámenes de otro curso. Yo estaba en la cocina, preparándome una cerveza, observando la escena por el hueco de la puerta abierta. No había intención de nada, solo era una tarde de estudio... hasta que el calor de la calefacción hizo su parte.

—Qué bochorno hace hoy, ¿no? —comentó Susana, abriéndose los dos primeros botones de la camisa de forma casi inconsciente, mientras buscaba un bolígrafo que se le había rodado hacia el centro de la mesa.

Al estirarse para cogerlo, el borde de su falda se recogió un poco más de la cuenta. Fue un movimiento natural, pero Álex, que justo levantaba la vista para preguntar una duda, se quedó con la frase a medias. Sus ojos bajaron un segundo, un destello fugaz que Susana cazó al vuelo. En vez de recomponerse y tirar de la falda hacia abajo, ella se quedó así, apoyada en la mesa, sosteniendo la mirada del chico.

—¿Decías algo, Álex? —preguntó ella con una naturalidad que me puso los vellos de punta.

El chico tragó saliva, señalando el libro con el dedo tembloroso. —La... la estrofa de este poema, profe. No entiendo lo de la "metáfora de la carne".

Susana soltó una risita suave, una de esas que solo usa cuando el vicio empieza a asomar por debajo de su piel de profesora. Se levantó y fue hacia la cocina. —Jorge, cariño, ¿le traes un refresco a Álex? Se ha quedado seco. Yo voy a quitarme estas medias, me están matando con este calor.

Se las empezó a quitar allí mismo, apoyando un pie en una silla, a la vista de los dos, pero como quien hace algo rutinario en su propia casa. El silencio en el salón era sepulcral. Álex no sabía si mirar el libro, mirar la pared o mirar el espectáculo de las manos de Susana subiendo por sus muslos para soltar los enganches.

Cuando Susana regresó a la mesa, descalza y con las piernas al aire, se sentó mucho más cerca de él. Fue entonces cuando el chico, cegado por el morbo de lo que acababa de ver, a propósito con un manotazo torpe, tiró su propio bolígrafo al suelo, pero lo hizo con una trayectoria demasiado calculada, buscando que rodara justo bajo la silla de Susana.

Álex se agachó rápido, con el corazón a mil, intentando que su mirada subiera más allá de las rodillas de su profesora aprovechando el ángulo. Pero Susana, que lleva años lidiando con adolescentes y sabe leer cada gesto, no tardó ni un segundo en comprender la maniobra.

Dio un golpe seco en la mesa y soltó un grito que hizo que el chaval se golpeara la cabeza al subir.

—¡Pero qué haces, Álex! —exclamó con una voz cargada de una autoridad cortante—. ¿Qué pretendías mirar ahí abajo?

El chico emergió con el bolígrafo en la mano, pálido como la cera, temblando de arriba abajo. Yo aparecí en el umbral con el refresco, quedándome de piedra ante la escena. Álex me miró a mí y luego a ella, con el pánico de quien sabe que acaba de arruinar su vida escolar... o algo peor.

—Yo... yo... perdone, profe, es que se me ha caído y... —balbuceó el chico, incapaz de sostenerle la mirada.

Susana se levantó lentamente, rodeando la mesa hasta quedarse a escasos centímetros de él. Su enfado era real, pero yo, que la conozco, vi cómo sus ojos brillaban de una forma distinta. La humillación del chico la estaba poniendo a mil.

—¿Tú te crees que yo soy tonta, o que? —continuó ella, bajando el tono a un susurro peligroso—. Has tirado el boli para ver qué llevo debajo de la falda, ¿a que sí?

Álex estaba a punto de romper a llorar o de salir corriendo por la puerta. El bolígrafo le temblaba en la mano y el sudor le recorría la frente.

—Yo... yo... es que... —balbuceó el chico, incapaz de articular palabra, sintiéndose el ser más despreciable de Logroño.

En ese momento, entré yo en el salón con el vaso de refresco y lo dejé en la mesa con total parsimonia. Miré a Susana, que seguía de pie, imponente, con los brazos cruzados y esa mirada de profesora severa que corta la respiración.

—¿Qué ha pasado aquí? —pregunté, fingiendo sorpresa—. Os he oído gritar desde la cocina.

—Pasa que este "caballero" —dijo Susana, señalando a Álex con un desprecio teatral— ha tirado el bolígrafo aposta para intentar mirarme por debajo de la falda. Me ha tomado por tonta, Jorge.

Miré al chaval. Estaba hundido en la silla, deseando que la tierra se lo tragara. Luego miré a mi mujer. Estaba radiante: la blusa entreabierta, las piernas desnudas y ese aura de autoridad que la hacía parecer una diosa.

—Cariño, compréndelo... —le dije con una sonrisa relajada, apoyando una mano en el hombro del chico, que dio un respingo—. Ponte en su lugar. Álex tiene diecinueve años y las hormonas a esa edad son dinamita.

Susana me miró arqueando una ceja, pero no dijo nada. Yo seguí, dándole donde más le gusta.

—Mírate, Susana. Estás muy buena. Cualquier tío que pase por la calle querría follarte, y este chaval te tiene aquí delante, dándole clases particulares, oliendo tu perfume y viendo tus piernas... Bastante ha aguantado sin lanzarse al cuello. No ha podido evitar la subida de hormonas, es pura biología.

El silencio que siguió fue atronador. Álex levantó la vista hacia mí con los ojos como platos, absolutamente descolocado. No podía creerse que el marido de su profesora, lejos de montarle un escándalo o echarlo de casa a patadas, lo estuviera defendiendo con esos argumentos. Susana, por su parte, suavizó ligeramente la expresión de autoridad, aunque mantuvo esa chispa de malicia en su mirada que yo conocía tan bien.

Me acerqué un par de pasos, rompiendo esa barrera de "profesora y alumno" para hablarle de hombre a hombre.

—A ver, Álex, mírame —le dije con voz tranquila, casi paternal—. No me mientas, que aquí estamos entre amigos. A que lo que te pasa de verdad es que, con una profe tan buenorra como Susana, se te pone dura nada más verla entrar por la puerta del instituto, ¿a que sí?

El chico intentó articular palabra, pero solo le salió un suspiro entrecortado. Yo seguí apretando, disfrutando de cómo Susana se relamía al oír mis palabras.

—Seguro que hasta te habrás hecho más de una paja pensando en ella, en la profe, ahí solo en tu cuarto. Tranquilo, chaval, no pongas esa cara, que todos hemos tenido esa misma fantasía a tu edad. Es lo más normal del mundo con el mujerón que tienes delante. ¿A que es verdad que te haces pajas pensando en Susana de vez en cuando?

—Sí... —susurró apenas audible, apretando los puños sobre la mesa.

Álex volvió a bajar la mirada hacia sus apuntes, pero el bulto en su pantalón era ya un grito desesperado de sus hormonas. Tras unos segundos de tensión insoportable, respondió de nuevo con un hilo de voz, otra vez entrecortado:

—. Sí, es verdad. Casi todas las noches... no puedo quitármela de la cabeza.

Álex nos miraba alternativamente, con la mandíbula casi desencajada. El miedo inicial estaba siendo devorado por una incredulidad absoluta. Tragó saliva con dificultad, fijando sus ojos en los míos y luego buscando desesperadamente los de Susana.

Yo solté una pequeña risa relajada, quitándole todo el peso al asunto, y miré a Susana esperando su aprobación para terminar de cerrar la trampa de vicio que habíamos tendido en nuestro propio salón.

—Pues escúchame bien, Álex. Ya que eres tan valiente para confesar eso... ¿te atreverías a hacerte una paja ahora mismo, aquí delante de ella? ¿Serías capaz de demostrarle a Susana cuánto te pone de verdad?

—A ver si eres capaz de hacerlo, no vamos a montar ningún escándalo —le dije con total seguridad, dándole un tono de absoluta normalidad—. Lo haces aquí mismo, te descargas de una vez y ya verás cómo te quedas mucho más tranquilo. Así luego podrás concentrarte en los libros. Y aquí no ha pasado nada, Álex; son cosas de la naturaleza y todos sabemos lo que hay.

Susana, que hasta ese momento mantenía su pose de profesora severa, relajó los hombros y dejó escapar un suspiro que sonó casi como una invitación. Se apoyó en el borde de la mesa, muy cerca del chico, y asintió levemente con la cabeza.

—Jorge tiene razón —añadió ella, bajando el tono de voz hasta hacerlo casi íntimo—. Si tantas ganas tienes y tantas veces lo has imaginado... adelante. Demuéstrame que eres un hombre de palabra y no solo un niño que tira bolígrafos al suelo.

El chico se quedó paralizado un segundo, asimilando que tenía el permiso oficial de su profesora y de su marido para dar rienda suelta a sus hormonas en medio del salón. Sus manos, que aún sostenían el bolígrafo de la discordia, bajaron lentamente hacia la hebilla de su cinturón.

Álex, aún con la mirada fija en Susana, como si temiera que en cualquier momento ella fuera a despertar de ese trance y volver a gritarle, deslizó la cremallera del pantalón con una lentitud agónica.

Yo me acomodé en el sofá, cruzando las piernas, disfrutando de la escena como el espectador de lujo que era. Susana, por su parte, no dio ni un paso atrás. Al contrario, se humedeció los labios con la punta de la lengua y se cruzó de brazos, haciendo que su pecho resaltara bajo la seda de la blusa.

—Vamos, Álex... no tenemos toda la tarde —le apremió ella con tono de mando y autoridad—Sácate ya de una vez eso que se te pone tan duro cuando piensas en mí en clase.

Con un movimiento torpe y nervioso, el chico se bajó los calzoncillos lo justo para que su miembro, rojo y palpitante por la tensión acumulada, saltara fuera con un ímpetu que nos sorprendió a los dos. Era una polla joven, vigorosa, que delataba perfectamente esos diecinueve años de los que yo hablaba.

Álex cerró los ojos un segundo, soltando un gemido de puro alivio al verse libre de la presión de la ropa. Empezó a rodearse el tallo con la mano derecha, de forma vacilante al principio, pero ganando ritmo en cuanto sintió el tacto de su propia piel.

—Mírame, Álex —le ordenó Susana—. No cierres los ojos. Mírame a mí, que soy la que se supone que soy responsable de tus hormonas y sus subidas, ¿no es así?

El chico obedeció, clavando su mirada en el escote de Susana mientras su mano subía y bajaba con una urgencia creciente. Yo veía cómo sus hombros se tensaban y cómo las venas de su cuello empezaban a marcarse.

—Fíjate, Jorge... —comentó Susana sin apartar la vista del chaval—, parece que el alumno sí que había estudiado la lección de la "carne" después de todo. Mira cómo se pone solo con que lo miremos.

Álex estaba ya en un punto de no retorno. Su respiración era un jadeo constante y su mano se movía a una velocidad frenética. Susana, viendo que el momento se acercaba, se acercó un poco más, dejando que el aroma de su perfume inundara por completo el espacio del chico, actuando como el acelerador definitivo para sus hormonas desbocadas.

—¡Para! —le soltó Susana de repente, con esa voz seca y autoritaria que usaba cuando un alumno interrumpía en clase.

Álex se quedó petrificado, con la mano aun apretando su miembro y los ojos desorbitados por la frustración de verse frenado en el último segundo. El bulto en su mano latía con fuerza, y el chaval nos miraba con una angustia que casi daba risa.

—Para ahora mismo —repitió ella, cruzándose de brazos y mirando con desdén el suelo del salón—. Lo vas a poner todo perdido y no es plan de que salpique los libros ni la alfombra. Aquí se hacen las cosas con orden, ¿no te parece, Jorge?

Yo me incorporé un poco en el sofá, disfrutando de la cara de desesperación del chico.

—Tiene razón, Álex —añadí yo con tono tranquilo—. Susana es muy limpia para su casa. Si vas a terminar la tarea, tienes que hacerlo donde ella te diga. No querrás que la profe se enfade de verdad por mancharle el salón, ¿verdad?

Susana sonrió con esa malicia que tanto me gusta y se acercó a la mesa. Cogió un pequeño cuenco de cristal que solemos usar para los frutos secos y lo puso sobre el libro de comentarios de texto, justo debajo de la entrepierna del chico.

—A ver si tienes puntería —susurró ella, inclinándose tanto que Álex pudo ver perfectamente el encaje de su sujetador a través de la blusa—. Si eres capaz de no manchar nada más que el cristal, igual te pongo un positivo en la evaluación.

El chico, temblando por el esfuerzo de contenerse, volvió a agarrarse con una urgencia que ya era dolorosa. Susana no se apartó; se quedó a escasos centímetros, observando con una curiosidad casi científica cómo la piel de su alumno se tensaba hasta el límite.

—Ahora, Álex... —le dio permiso ella en un susurro—. Ahora puedes descargarte pensando en tu profesora teniéndola delante, sé un hombre de verdad.

El chico no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con la mirada clavada en los ojos de Susana, que no pestañeaba, y el aroma de su perfume nublándole el juicio, su mano se convirtió en un pistón frenético. Álex soltó un gruñido profundo, casi animal, que retumbó en todo el salón mientras su cuerpo se arqueaba hacia delante.

Cumplió con la puntería de forma milagrosa. La corrida fue descomunal; tenía los huevos llenos de esperma, multiplicado por los días de fantasías en clase y la excitación extrema de la situación actual. Los chorros golpeaban el fondo del cuenco de cristal con un sonido rítmico, una cantidad considerable que dejó a Susana con las cejas arqueadas por la sorpresa.

Yo me acerqué a la mesa para ver el resultado, mientras el chaval se quedaba lánguido, con la respiración entrecortada y los ojos en blanco, todavía sosteniéndose la polla que goteaba los últimos restos sobre el cristal.

—Vaya... —comenté yo, mirando el cuenco lleno—, parece que el alumno venía con muchas ganas de aprender hoy, Susana. Ha superado el examen con nota.

Susana se enderezó, miró el contenido del cuenco y luego al chico, que empezaba a recuperar la consciencia de dónde estaba y lo que acababa de hacer. Con una naturalidad pasmosa, ella cogió el cuenco, lo levantó a la altura de sus ojos como si estuviera analizando una prueba de laboratorio y sonrió.

—Tienes razón, Jorge. Una cantidad notable —dijo ella, volviendo a poner ese tono de autoridad académica que tanto nos ponía—. Álex, puedes limpiarte y subirte los pantalones. Por hoy, la clase ha terminado... pero me parece que vas a necesitar muchas más lecciones particulares este trimestre para que no se te vuelva a acumular tanto la materia.

Álex, todavía aturdido y con las piernas temblándole, se limpió como pudo con unas servilletas de papel, se subió los pantalones y recogió su mochila en un silencio absoluto. Susana le abrió la puerta con una frialdad profesional que contrastaba brutalmente con lo que acababa de ocurrir.

—Estúdiate el tema siguiente, Álex. Nos vemos en el instituto —le dijo secamente antes de cerrar la puerta.

En cuanto se escucharon sus pasos alejarse por el rellano, el silencio del salón cambió de naturaleza. Susana se quedó apoyada contra la puerta, respirando hondo, mientras yo me acercaba a la mesa del comedor, donde el cuenco de cristal seguía custodiando la descarga del chaval sobre el libro de poemas.

—Ven aquí, Susana. Tienes que ver esto de cerca —le dije, bajando la voz.

Ella se acercó lentamente, con esa mezcla de fascinación y asco fingido que tanto me ponía. Me puse detrás de ella, rodeándole la cintura con los brazos, y ambos clavamos la vista en el cristal.

—Has visto qué cantidad de semen ha echado, ¿eh? —le susurré al oído, mientras mis manos empezaban a notar el calor de su cuerpo—. Fíjate, Susana... es impresionante. Además es espeso, con grumos y todo, y fíjate en lo blanco que es. Es un chaval sanote, se nota que tenía los huevos a reventar por tu culpa.

Susana se inclinó sobre el cuenco, con las pupilas dilatadas. El olor a sexo joven y fresco inundaba el espacio entre nosotros. Noté cómo se le escapaba un pequeño gemido y cómo su respiración se volvía errática; el vicio estaba ganando la batalla y empezaba a ponerse verdaderamente cerda. Se quedó hipnotizada por la textura de la corrida de su alumno, como si el contenido del cuenco ejerciera un magnetismo irresistible sobre ella.

—Está... está caliente todavía —murmuró ella, acercando un dedo al borde del cristal sin llegar a tocarlo.

Me pegué a su espalda, sintiendo el calor que desprendía su cuerpo, totalmente encendido. Le hablé al oído con un tono que no admitía réplicas.

—Sé que estás pensando lo mismo que yo con el contenido de ese cuenco, Susana —le dije, apretándola contra mí y notando que ya estaba empapada—. Sé exactamente lo que te está pasando por la cabeza ahora mismo.

—Si te apetece, pruébalo, Susana...no pasa nada —le susurré—. Si de verdad quieres saber lo que has provocado en ese chaval, tienes que probarlo. ¿A que no eres capaz?.

Ella dudó un segundo, pero el vicio era ya superior a su compostura. Metió la punta del dedo índice en el cuenco, rompiendo la densidad de los cuajarones blancos, y se lo llevó a la boca con una lentitud que me cortó la respiración. Cerró los ojos, saboreando la carga de Álex, y vi cómo tragaba saliva con dificultad.

—Está... salado —murmuró con la voz rota, volviéndose hacia mí con la mirada perdida—. Está muy fuerte, Jorge.

—Es la juventud, cariño —le respondí mientras empezaba a subirle la falda hasta la cintura—. Pero ahora dime... ¿quieres sentirlo de verdad? ¿Quieres sentir ese semen en tu cuerpo, en tu vientre, en tu coñito?

Susana asintió frenéticamente, apoyándose en la mesa de los libros, ofreciéndose. Cogí el cuenco y, con pulso firme, fui vertiendo el contenido espeso y blanquecino sobre su bajo vientre. El contraste del líquido caliente sobre su piel la hizo estremecerse. Dejé que el semen resbalara por su vello hasta llegar a la entrada de su vagina, usándolo como el lubricante más prohibido que hayamos tenido nunca.

Con mi dedo, empujé los cuajarones hacia dentro de ella, asegurándome de que se empapara bien del rastro de su alumno. Susana gemía sin control, agarrada al borde de la mesa de estudio.

—Mírate, Susana... —le dije mientras me arrodillaba un momento—, la gran profesora de instituto lleva el semen del alumno chorreando por sus labios mientras tu marido te lo restriega con un dedo por toda esa rajita.

—Uff...Anda, cállate ya que me estás poniendo malísima. basta ya por favor...no sigas...—me decía ella con voz cargada de lujuria

Sin esperar más, empecé a lamer lo que quedaba en sus labios vaginales, mezclando su propio flujo con la espesura del semen de Álex. Ella me tiraba del pelo, fuera de sí. Entonces, me puse en pie, me saqué la polla y, aprovechando esa mezcla de fluidos y cuajarones que aún brillaban en su coño, la penetré suavemente sobre la misma mesa donde hacía diez minutos Álex intentaba estudiar sintaxis.

Follamos con una furia desatada, escuchando el chapoteo del semen dentro de su coño, hasta que el salón de casa se convirtió en el escenario del vicio más absoluto que hayamos vivido jamás.

Cuando terminamos, el silencio en el salón era denso, cargado con el olor de esa mezcla prohibida que todavía brillaba sobre la mesa de madera. Susana se quedó recostada entre los libros de texto, con el pelo alborotado y la respiración volviendo poco a poco a su sitio, mirando el cuenco ahora vacío.

Le aparté un mechón de la cara y le susurré, mientras la ayudaba a recomponerse:

—Vas a tener que preparar muy bien la clase para el próximo jueves, cariño. Álex tiene que ir avanzando en el temario... y nosotros tenemos que ver si es capaz de mantener esa "puntería" bajo presión.

Susana sonrió, una sonrisa cargada de una malicia renovada, mientras se ajustaba la blusa de seda que Álex tanto había mirado.

—No te preocupes, Jorge —respondió ella, recuperando por un instante ese tono de profesora severa que tanto nos ponía—. Me voy a asegurar de que este trimestre sea el más intenso de su vida. Ese chico tiene mucho potencial... y nosotros mucha curiosidad por explotarlo.

Recogí el cuenco de cristal y los libros marcados, sabiendo que el jueves siguiente el timbre volvería a sonar y que la lección apenas acababa de empezar.