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Dominaciónjul 2025

Roberto el pajero 1

El silencio del baño se rompe con un grito de desdén. En lugar de huir, ella lo obliga a quedarse. Ahora, la llave de su libertad no está en su bolsillo, sino colgando del cuello de quien lo humilla.

sumisso19784.8K vistas9.2· 5 votos

La clínica estaba en silencio, solo interrumpida por el suave zumbido de las luces fluorescentes. Roberto, el fisioterapeuta, se había quedado solo después de que su última paciente se marchara. Con una sonrisa pícara, se dirigió al aseo, sabiendo que tenía unos minutos de privacidad antes de que Juana Mari, la nutricionista, regresara de su pausa para el café.

El corazón de Roberto latía con anticipación mientras se desabrochaba el pantalón y sacaba su erección, ya firme y palpitante. Se apoyó contra el frío azulejo de la pared, cerrando los ojos para imaginar una fantasía que lo excitaba. Sus dedos se movieron con habilidad, acariciando su eje con un ritmo constante, disfrutando de la sensación de su piel suave contra la dureza de su miembro.

Un sonido repentino lo hizo abrir los ojos de golpe. La puerta del aseo se abrió de golpe, y allí estaba Juana Mari, con su vestido ajustado y su expresión de sorpresa rápidamente transformada en desdén.

"¡Roberto, qué asco!" exclamó, su voz resonando en el pequeño espacio. "No puedo creer que estés haciendo esto aquí, en la clínica. ¡Eres un cerdo!"

Roberto, avergonzado y sorprendido, intentó cubrirse, pero Juana Mari se plantó frente a él, cruzando los brazos sobre su pecho.

"No te atrevas a parar", ordenó, su tono ahora gélido y autoritario. "Termina lo que empezaste, pajero inservible. Quiero ver cómo te corres como el perro que eres".

La humillación inundó a Roberto, pero su cuerpo traicionero no obedeció. Su erección, antes firme, comenzó a debilitarse bajo la intensa mirada de Juana Mari. Intentó reanudar su ritmo, pero sus manos temblaban, y su mente estaba en caos.

"¿Qué pasa, Roberto?", se burló Juana Mari, su voz sonando con desdén. "¿No puedes terminar? ¿Eres tan patético que ni siquiera puedes masturbarte correctamente?"

La frustración se apoderó de él, y con un gemido de derrota, dejó caer las manos a los lados.

"No puedo", susurró, su voz ronca de vergüenza.

Juana Mari soltó una carcajada, un sonido frío y despectivo. "Patético", repitió, acercándose a él. "Tu pene es tan inútil como tú. No sirves para nada, ¿verdad?"

Antes de que Roberto pudiera responder, Juana Mari sacó una pequeña caja de su bolso. La abrió para revelar una jaula de castidad, su metal brillante y frío bajo la luz.

"Esto es lo que necesitas", declaró, su voz firme y decidida. "Un recordatorio constante de tu inutilidad. Tu pene no merece libertad, solo encierro".

Con manos expertas, Juana Mari aseguró la jaula alrededor de los genitales de Roberto, ajustando el candado con un clic definitivo. La sensación de confinamiento fue inmediata, y Roberto se sintió atrapado, tanto física como emocionalmente.

Juana Mari colocó la llave con la cadena en su cuello.

"Ahora, arrodíllate", ordenó Juana Mari, su voz goteando con autoridad.

Roberto, aturdido y sumiso, obedeció. Se arrodilló frente a ella, sintiendo la frialdad del suelo de baldosas contra sus rodillas.

Juana Mari se colocó frente a él, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y dominación. Con un movimiento fluido, se subió el vestido, revelando unas bragas de encaje negro.

"Lámeme", susurró, su voz un susurro seductor. "Demuéstrame que al menos sirves para algo".

Roberto, impulsado por una mezcla de deseo y sumisión, extendió la mano hacia ella. Sus dedos temblorosos se deslizaron por la suave tela de sus bragas, sintiendo la calidez de su piel debajo. Con un movimiento lento y deliberado, bajó la tela, exponiendo su sexo a su vista, llevando sus bragas hasta el suelo.

Su lengua salió a explorar, trazando patrones lentos y sensuales a lo largo de sus pliegues íntimos. Juana Mari gimió suavemente, sus manos enredándose en su cabello, guiando su boca con una mezcla de ternura y firmeza.

"Así, Roberto", susurró, su voz ronca de placer. "Demuéstrame que puedes hacer algo bien".

Roberto se perdió en la tarea, su lengua trabajando con dedicación, saboreando su esencia y respondiendo a sus gemidos con un fervor renovado. La humillación de antes se desvaneció, reemplazada por un intenso deseo de complacerla.

Juana Mari se dejó caer contra la pared, su respiración acelerada mientras Roberto continuaba su administración oral. "Eso es, cariño", susurró, su voz goteando con aprobación. "Eres un buen perrito, después de todo".

Cuando Juana Mari finalmente alcanzó el clímax, su cuerpo se tensó y un gemido de satisfacción escapó de sus labios. Roberto, todavía arrodillado, miró hacia arriba, buscando su aprobación.

Ella sonrió, una expresión de satisfacción y poder. "Buen chico", murmuró, acariciando su mejilla con un dedo. "Ahora, levántate y ponte mis bragas"

Roberto se puso de pie, sintiendo el peso de la jaula de castidad entre sus piernas, con la humillación de ir subiendo las bragas de Juana mari hasta su jaula, quedando ridiculo y humillado. Juana Mari se ajustó el vestido, su expresión ahora distante y fría.

"Recuerda, Roberto", dijo, su voz firme y decidida. "La castidad y el sexo oral son lo único que haces bien. No intentes nada más, porque ya viste que tu pene no sirve para nada más. Y a partir de ahora llevarás mis bragas como ropa interior, para que recuerdes que tienes poco de hombre".

Con una última mirada de superioridad, Juana Mari se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. La llave de la jaula de castidad colgaba de una cadena alrededor de su cuello, un recordatorio constante de su dominio.

Roberto se quedó solo en el aseo, su mente en un torbellino de emociones. La humillación y el deseo se entrelazaban en su interior, creando una mezcla intoxicante. Sabía que su sumisión a Juana Mari recién comenzaba, y la idea lo llenó de una anticipación nerviosa.

Mientras se ajustaba la jaula de castidad con las bragas, Roberto no pudo evitar preguntarse qué otros placeres y humillaciones le deparaba el futuro. La risa de Juana Mari resonaba en su mente, una promesa de más momentos como este, donde su cuerpo y su voluntad estaban completamente bajo su control.

En ese momento, Roberto comprendió que su destino estaba sellado. Sería el juguete de Juana Mari, su sirviente sexual, y la idea lo excitaba más de lo que jamás había imaginado. La castidad y la sumisión se convertirían en su nueva realidad, y él no podía esperar a ver qué otros límites cruzarían juntos.

Con un suspiro, Roberto salió del aseo, listo para enfrentar el mundo con su nuevo secreto. La jaula de castidad era un recordatorio constante de su lugar, y él sabía que, a partir de ahora, su vida nunca volvería a ser la misma. La dominación de Juana Mari lo había reclamado, y él estaba listo para abrazar su nuevo papel, sin importar cuán humillante o excitante fuera.