Ni Tan Blanca Ni Tan Fría
El aire huele a alcanfor y confusión. Cuando cruzas la puerta de ese ático, las jerarquías laborales se desvanecen; aquí, solo existen el miedo, la vergüenza y la obediencia absoluta que exige la dueña de casa.
7. Despojo, Humillación y Antojo
“La vergüenza es el mayor afrodisíaco; cuanto más nos humillan, más nos encendemos”. —Colette
El ropero estaba abierto de par en par, casi que bostezando ante la espera, como permanece un set iluminado antes de la primera toma. Algunos ganchos de ropa colgaban desalineados, separados y enjutos como las costillas de un esqueleto; el aire tenía ese olorcito áspero, a alcanfor y confinamiento ―para nada comparable con este―, conteniendo la confusa sensación que las personas no logran identificar.
En ese lugar y en aquellos interminables segundos, siempre se les mezcla el dulce de la expectativa con lo amargo de sus temores. Y nos detuvimos justo ahí, en el pasillo angosto antes de la otra escalera; les extendí mi brazo con la palma abierta, deteniendo el avance de su procesión.
«Hasta aquí llegamos con los disfraces sociales que llevan encima, mis queridos párvulos. Deben renunciar a sus jerarquías externas si desean disfrutar lo inimaginable, en un espacio donde las reglas y los roles se redefinen. Arriba, quien domina, reina e impone, soy yo. Para continuar subiendo y poder disfrutar placeres inimaginables, se debe ingresar con la piel expuesta».
Ay, Melissa, pero qué tremenda escena te montaste. ¡Inolvidable! Me miraste como si no entendieras, con un gesto de confusión, pero obvio que ya lo sabías porque lo habías probado junto a mí. Eduardo no se inmutó ni protestó; empezó por retirarse el saco y desabotonarse la camisa con una obediencia tan sacerdotal que, con seguridad, fue heredada de la férrea disciplina paterna.
Félix dio un paso atrás; normal, pues ante lo desconocido siempre se recula. Pero cuando me vio deslizar el tirante del vestido por el hombro, se rindió sin chistar. Tú lo sabes mejor que nadie, nenita mía: yo jamás les habría pedido nada que no llevaran ya rato deseando entregarme.
«Solo lo esencial». ―Les solté, ya en cucos y brasier, descalza sobre la alfombra comida por los años.
Y tú, mi nenita, que subiste el último escalón como si cada peldaño te hubiera pesado una tonelada entera, te quedaste ahí plantada con los ojos zafiro clavaditos en el suelo; las manos apretadas palma con palma, metidas entre los muslos, apretándolos como si con eso pudieras evaporarte en el acto.
Los tres te mirábamos sin parpadear. Eduardo cruzado de brazos, la camisa abierta y la erección delineándosele en tamaño similar a un dedo grueso bajo el pantalón. Félix en bóxer celeste, la tenía más grande, torcida hacia el costado diestro, y con la cara de niño a punto de llorar por los nervios o qué sé yo.
Y yo…, tu «Bruja Malvada» muy quieta, disfrutando cada segundo de tu ridícula timidez, de inmediato te ordené…
«Empelotate, Melissa, desnúdate ya». ―Repetí, casi que saboreando las eses de tu nombre.
«Pero hazlo mirando a la cara de quien te ayuda para que te paguen el salario cada fin de mes». ―Tus ojos se alzaron un instante hacia Eduardo y se te escapó un «¡Puff!» largo y patético, de esos que suenan a globitos usados de cumpleaños desinflándose.
Él sonrió apenas, sin disimular aquella sonrisa del que tiene un cargo superior, creyéndose el cuento de que fuiste la que más ganancias obtuvo con él a su lado.
Empezaste por la blusa y tus finos dedos temblaron tanto que el primer botón se te resistió. Lo intentaste como tres veces hasta que al final saltó. Segundo botón, tercero… Cada uno que se abría provocaba dentro de ti un jadeo más audible que el anterior.
Cuando llegaste al último, la blusa ya colgaba de tus hombros abierta, mostrándonos el sujetador negro que yo te insinué que te pusieras esa mañana; el de media copa que apenas contenía tus preciosas tetas nuevas y que dejaba esos pezones rosaditos asomarse por arriba como un par de botones, prestos a activarte la sensual electricidad si algún atrevido los llegase a presionar.
Te la quitaste con movimientos torpes ―qué lograda actuación―, la doblaste con esa manía tuya de niña súper ordenada y la pusiste sobre el pasamanos… pero yo negué con la cabeza.
«No, no, Melissa. Al suelo. Tírala al suelo con el resto de tus ropas, como lo que son. ¡Pura basura!». ―No se oyó el golpecito de la tela contra la alfombra, pero noté cómo te encogías entera.
«La falda». ―Te ordené y buscaste la cremallera dudando, como si tuvieras dedos de pudín.
El sonido metálico fue largo, interminable. La prenda se deslizó hasta tus tobillos y, al dar el paso para salir, simulaste tropezar. ¡Ja, ja, ja! Te tambaleaste como una yegüita recién parida y Eduardo soltó una risa que se le escapó de entre los dientes.
Félix, al verte así, obtuvo un pequeño anticipo del premio que creía merecer por su esfuerzo al convencer a Lourdes de visitarnos, y se mordió el labio tan fuerte, que el blanco pálido de la mordida se extendió como una cicatriz.
Y allí quedaste, con esa atractiva lencería negra, la que yo elegí para que te sintieras más puta y más arrecha en cuanto te vieras al espejo. El sujetador te las levanta aunque tus senos no lo necesiten, pero te los expone escandalosamente; la tanga divina y sexy, tan escasa de tela que la tira trasera coqueteaba con perderse hasta que desapareció entre ambas nalgas, y el liguero junto con las medias dibujaba líneas alargadas que parecían gritarnos... «¡Hey! Mírenme y pasen saliva».
La piel de gallina hizo presencia en la temblorosa cadencia de tus piernas, y los pezones se te pusieron tan duros que faltó poco para que opacaran el delicado encaje. ¡Oh, sí, mi Blanca Nieves! No se me olvida que intentaste cruzar los brazos sobre el pecho para cubrirte las tetas. Te lo prohibí con una sola mirada, pero al parecer no bastó.
«¡Brazos atrás, Melissa! Perfecto». ―Obedeciste a mis dos órdenes, por supuesto.
«Ahora… Manos en la nuca». ―Con el movimiento se te arqueó la espalda y te expuso aún más ese par de senos tan divinos. Eduardo se repasó el labio inferior con la lengua y sin disimulo. Me acerqué a tu rostro, tanto que pudiste oler mi perfume de emperatriz francesa.
«¡Míralos!». ―Te ordené―. «Mira a Félix, que ya debe estar imaginando cómo vas a arrodillarte ante su solemne erección».
«Y observa a tu jefe, que está a punto de correrse solo con verte así».
«Y fíjate en mí, que soy la que te tiene exactamente donde quería». ―Una lágrima gorda ―ni puta idea en qué momento surgió― se te escapó, rodó por tu mejilla y cayó sobre tu pecho. No te di permiso para secarla.
«Así es, Melissa. Hasta aquí has sido tuya, pero de ahora en adelante y cuando estés arriba, serás completamente mía». ―Te advertí para luego acariciar esa mejilla con el dorso de la mano, recogiendo la lágrima con el pulgar y llevándomela a la boca. Saboreé tu actuada vergüenza. ¡Salada, deliciosa!
Eduardo dejó la servilleta sobre el banco, creyendo tal vez que formaba parte del vestuario, y Félix se descalzó con cuidado, ilusionado por pisar el tablado de mi altar. Ninguno de los dos dijo nada más, y la verdad es que no hizo falta. Aquel silencio también tuvo que ver con tu guion, mi querida Blanca Nieves.
Abrí la puerta del altillo, y la luz carmesí nos alumbró portentosamente, tan fascinante como a ustedes ―según sus expresiones― les pareció el sonido de mi voz.
«Ahora sí, a lo que vinieron. Pasen, por favor, ya que están dispuestos a entregarse». ―Y entonces les vi temblar.
¡Ja, ja, ja! Y sí, mi hermosa Meli, tú también. Aunque supieras el guion por completo y lo mantuvieras tatuado en tu memoria, temblaste. Porque una cosa es planearlo y escribirlo… ¡Pero otra muy distinta es decidir cuál lugar es el más conveniente y en qué posición exacta colocarse para rendirse a mis caprichos!
Fuiste la primera en decidirte a entrar. Cruzaste la estancia sin mirar a nadie y te sentaste en el sofá de terciopelo rojo. Aquel tejido suave y lujoso se adhirió a la parte trasera de tus nalgas desnudas y a esas bonitas piernas. Y tú, nenita mía, seguramente lo hiciste pensando que, al momento de cruzarlas con esa sensualidad arrolladora que te gastas, me harías recordar los suspiros que provocamos entre la audiencia que asistió a nuestro sensual espectáculo en La Candelaria, cuando te las acaricié con adoración después de separártelas para que todos ellos las desearan.
Tras tu obediente entrada, le dediqué una sonrisa tranquilizadora a ese par de idiotas. Eduardo y Félix se mantenían de pie, expectantes y todavía con esa malparida tiritadera como si estuvieran a punto de presenciar el juicio final. Me dirigí a ellos con una autoridad suave en el tono de mi voz, casi maternal, pero algo burlona. Ok, ok. Lo confieso. Fue mil veces más escalofriante que si les hubiese pegado un grito.
«Bien. Ya tengo a la primera de mis rosas dentro. Ahora, el resto del bouquet. Félix, tú por el momento quédate ahí, observando. Eduardo…, acércate a mí, conejito, conejito». ―Eduardo dio un paso adelante, hipnotizado, y yo sencillamente me giré y le señalé la jaula mediana que mencionaste, la más distante del centro, pero que estaba elegantemente dispuesta y diagonal al sofá de terciopelo.
«Según me contó un pajarito, te encanta ser quien propone y dispone, pero pocas veces te involucras a cabalidad. Si anteriormente tu rol de enigmática lechuza, que todo lo observa, era lo más excitante para ti, aquí y ahora, eso va a cambiar, querido. Eduardo, debes ser tú y solo tú el “Ancla del Espectáculo”». ―Por supuesto, Melissa, que hice la pausa para mantenerle en suspenso, tal como lo sugeriste, dejando que el título honorífico y desmesurado se instalara en su mente.
«Para que tu divina subordinada pueda volar libre, necesita tener un punto fijo en el cual centrarse, tenerte a ti como un testigo inamovible. ¿Me comprendes, conejito mío? Alguien que no quiera tocarte, pero que ella deba porque se lo demando. Alguien como tú, que no pretenda interceder, sí su absoluta e inocente vulnerabilidad servirá de contraste a su propia rendición». ―Y acaricié la gélida reja de metal, haciendo que el gesto ―como lo propusiste― pareciera una bendición.
«Esto no es lo que parece. No es una simple jaula, conejito. Es tu “Pedestal del Testigo”. Te mantendrá en una posición de privilegio visual, pero de absoluta impotencia física. Así te aseguras de no interrumpir la coreografía de Melissa ni la de los demás, y yo podré estar segura de que tu atención no estará puesta al ciento por ciento en ella. Es un acto de fe. El salto al vacío que exige tu diosa, ¿entiendes bien, conejito?».
Je, je, je. ¡Ufff, eso nos salió muy bien!, tanto que en otra ocasión mencionaste que merecía un Óscar, o como mínimo, un premio India Catalina por mi actuación. Y hablando de fe, voy a creer que este otro trago de aguardiente, después de saborearlo, no me hará arder el guargüero. Oshhh… Carajo, sí que arde. ¿Ves? ¡Malparida fe!
En fin, nenita mía. A ver, ¿qué más pasó? Ah, sí, que incliné la cabeza e hice que mi voz sonara melosa, como un teremín. Susurrado, sensual y profundo.
«Te estoy dando el papel más importante, Eduardo. El de espectador fijo. Acuclíllate y desliza tu cuerpo. No te preocupes, podrás asomarte e incluso sacar las manos para aplaudir, si lo que observas te encanta. Entra allí. Demuéstrame que tu obediencia es total, incluso cuando sin ropas te disfrazo de capataz silencioso».
Eduardo, sintiéndose honrado por el «papel trascendental» y ansioso por complacerme, asintió y procedió a meterse en la jaula por sí mismo, sin una sola queja. El sonido del metal al cerrarse fue el segundo sello, después de tu ficticia lágrima, Melissa, de mi corazón.
«Saca tu brillante calva por aquí, Eduardo. Así, así. Y las manos extiéndelas por acá. ¡Exacto! Uhum, qué conejito tan obediente. Bien. Ahora espera, te falta…, se me ha ocurrido algo».
Dirigí entonces mi atención a Félix, el último tallo del ramillete en pie, que observaba el performance con la mansedumbre de un borrego. Lo analicé de pies a cabeza, y mi voz se cargó de ese tono que en el Chocó llamarían de aguardiente y miel.
«Ay, Félix, por Dios. ¡Se me retuercen los ovarios de verte tan derechito como un poste de luz! Ve hacia ese mueble, hazte útil, hombre». ―Mi mirada fue una orden que se extendió hasta el extremo más lejano de la habitación, donde se encontraba entreabierta una de mis vitrinas acristaladas.
«Necesito que me alcances dos cositas. La primera: un par de esposas afelpadas; las negras, sí. Las que tienen el broche de fantasía. Las vamos a usar para honrar la absoluta impotencia física de este calvo conejito».
«A ver, Eduardo, déjame ver esas manos. ¡Acércamelas!». ―Las expuso y se las apresé con ellas; hizo un movimiento instintivo de retirar sus manos acordonadas, pero la situación con anterioridad ya estaba pactada.
«Y la segunda, ya que estás despierto, Félix, es la más importante». ―Continué hablándole y marcando cada palabra con un ritmo lento y sensual, como si le estuviera recitando una antigua letanía.
«Busca en aquella estantería una de las máscaras de neopreno. La que es negra como tu alma tacaña y solo tiene un orificio justo para la boca. No quiero que mi conejito pueda ver, ni mucho menos que respire por la nariz. Se le va a olvidar lo que es mirar la pasión en los demás, y lo que es inhalar los aromas ajenos del sudor y el sexo bien disfrutado. Lo único que podrá hacer es hablar, y solo cuando yo se lo permita».
La petición fue precisa, Blanca Nieves, tal cual me lo rogaste. ¡La máscara le quitaría el deleite que disfrutaba al observar y el control de la respiración nasal, le forzaría a una dependencia total de mantener esa jeta abierta!
Y Félix tragó saliva. Aunque mi orden no lo degradaba, quizás se confundió y pensó que lo elevaba a la categoría de un mayordomo oscuro o mi asistente personal. Asintió y en su faz, como un crisol, se amalgamó una especie de excitación malintencionada con la del respeto que me debe ofrecer un fiel sirviente.
Se dirigió apresurado a la vitrina y regresó con la pieza de neopreno. Félix esperó frente a mí, listo para ser dirigido. Eduardo, en la jaula, se agitaba ligeramente, anticipando la oscuridad inminente. No obstante, no dijo ni mu.
«Bien hecho, mi arrepentido agiotista. ¡Eres un primor de asistente!». ―Le dije a Félix, tomando la careta negra.
«Ahora, Eduardo, muéstrame esos ojitos rasgados y cochinos. Los vamos a apagar por un rato. Será por el bienestar de tus otros sentidos».
Justo cuando el gorro de neopreno ―a las malas― se ajustaba a la cabeza de Eduardo, y sus últimos rayos de luz estaban a punto de apagarse, se oyó el ruido inconfundible de pasos en la escalera. Dos pisadas distintas, para ser exacta. Pero, ¿cómo podría ser eso, nenita mía? ¿Zapatos? ¿¡En mi altar!?
La puerta del altillo se abrió de golpe y ahí estaban el par de recién flechados: Lourdes y Bruno, tan risueños y tranquilos, vestidos por completo como si vinieran de atender un cóctel en el Country Club, con un armazón metálico en las manos y la decorada bandeja de cerámica en el centro, heredada de mi abuela. Dos jarras del batido rejuvenecedor y afrodisíaco de Bruno, al cual seguramente le agregó el Borojó que me había llevado Dolores, o el Acaí que él mismo se encargó de comprar en la plaza de mercado en Paloquemao ―tal vez mezcló los dos―, y cuatro vasos altos de cristal tallado.
«¿Con ropa? ¿Con zapatos? ¡¿Cómo si este altillo fuera la puta recepción de un motel barato?!». ―Les grité, totalmente emberracada.
¡Ja, ja, ja! Sí, Melissa, ahora me he vuelto a reír aquí sola en mi habitación, por tu sádica invención y la genial culpabilidad de mi Bruno. Tremenda actuación la de los tres.
El silencio que siguió fue tan categórico que hasta los resoplidos de Eduardo dentro de la jaula se oyeron con claridad. Pobrecito tu jefe fisgón. Para cuando él giró la cabeza hacia la entrada, ya le había acomodado por completo la máscara a su rostro.
«¿Qué… carajos… es esto?». ―Mi voz comenzó bajita, lenta y sorprendida, peligrosamente enojada al final.
Pocas palabras para helar la sangre, lo sé, pero consiguieron su objetivo, je, je, je. Lourdes se quedó petrificada con la bandeja en las manos y Bruno, no sé si te diste cuenta, haciéndose el sorprendido; incluso intentó sonreír.
A la aturdida presa casi se le desprenden los ojos de sus cuencas. Seguramente sí, nenita mía, lo recordarás tan fielmente como yo. Avancé dos pasos, lentamente, como si cada pierna mía arrastrara el dictamen de su condena, pero fue el tono de mi voz lo que más la asustó. ¿O quizás lo fue mi dedo índice acusador?
«¿Quién mierda le dio permiso de subir vestida a mi altar?». ―Y los miré a todos, incluso a Félix y a ti.
«¿Quién le dijo a esta señora que podía profanar este espacio con sus zapatos de oficina y su sastre de divorciada insatisfecha?».
«¡Bruno! ¿Acaso fuiste tú ese imbécil?». «Porque sí has sido tú… Mejor dicho, ya sabes qué tienes que hacer».
«¡Félix! ¡La bandeja! ¡Ahora!». ―Félix corrió, por poco tropieza, la tomó de las manos temblorosas de Lourdes y, como si le quemara, la puso sobre la malla enrejada de la jaula pequeña, la más cuadrada y cercana a la adictiva Sex Machine.
Ahora mismo no te lo podría asegurar, nenita mía, pero creo que sí, que luego de hacerte un guiño me giré hacia Bruno. Él abrió su bocota para contradecirme o esgrimir alguna excusa de mierda, pero alcé la mano y ese gesto lo congeló.
«Tú y Lourdes… tienen exactamente treinta segundos para bajar por esas escaleras, desprenderse hasta el penúltimo puto trapo que traen encima y volver a subir… casi desnudos, de rodillas, y con un collar de perro puesto. Cada uno el suyo». ―Hice una pausa para incrementar el terremoto de sensaciones en la desubicada presa, siguiendo al pie de la letra tus indicaciones.
Y luego concluí el regaño puntualizándoles…
«Los de cuero negro que están colgados detrás de la puerta del ropero y que tienen la hebilla dorada con la argolla más grande. Solo esos, los de púas, me los dejan ahí».
¡Ay, Meli, Meli, Meli! Casi suelto una carcajada. Lo disfrutamos las dos, en serio que sí. ¡Pero qué maldad te gastas detrás de esa carita de ángel! Sonreí apenas. La sonrisa calma que precedió al grito tormentoso: «¡Si cuando vuelvan a cruzar esa puerta veo aunque sea una puta media puesta… van a desear no haber nacido!».
Lourdes tragó saliva y por primera vez miró alrededor de verdad. Dio un repaso rapidín, pero alcanzó a observar la cruz de San Andrés, mis sogas enrolladas, las cadenas extendidas, aquella cama redonda, el potro y la silla del amor, las jaulas… Oh, sí, también a Eduardo, bueno, la cabeza enmascarada de él, esposado dentro de la suya. A ti, Melissa, libre, casi desnuda en el sofá de terciopelo, y a Félix de pie junto a la vitrina curioseando mis otros juguetes… Y entendió tarde. Demasiado tarde.
Sus ojos se llenaron de un terror delicioso. El terror de quien acaba de darse cuenta de que la cara del santo no hace el milagro, y que la mordida del lobo carioca iba a ser mucho más profunda de lo que la pobre imaginó seguramente mientras le ayudaba a preparar el batido en la cocina.
«¡Fuera!». ―Mi voz esta vez sí se escuchó como un poderoso trueno.
Bajaron las escaleras corriendo, empujándose, casi cayéndose. Se oyó el ruido frenético de dedos desvistiendo pieles, hebillas que se liberan, jadeos por las prisas y un avergonzado gemido ahogado de mujer.
Y donde estábamos, en mi altar, el silencio volvió a reinar. Me giré hacia ti, ¿no es verdad? Sí, Blanca Nieves, porque sentí en mi nuca el pinchazo de tu par de ojos azules, intensos y brillantes, disfrutando mi actuación desde el sofá con una sonrisa de satisfacción casi imperceptible.
¡Ay, nenita mía, casi se me escapa una carcajada al verlos bajar con tanta prisa… y qué placentero fue poder contemplarte así, más de dos minutos; las dos victoriosas, pero contigo dispuesta a entregarte más tarde por completo para complacerme!
Porque yo me quedé embobada, con la puerta apenas entreabierta, escuchando el tropel nervioso de esos dos pobres idiotas que acababan de profanar mi altillo con sus zapatos polvorientos y su exótico batido amazónico, como si aquella invitación la hubiesen tomado como un baby shower y no la sesión para mi deleite ante sus sometimientos.
Sabíamos exactamente lo que iba a pasar. Lourdes llegaría primero, temerosa un poco, pero con sus ojos muy abiertos y los demás sentidos ―los externos―, activos como radares. Tal cuál lo pensaste, sucedió.
Al verla así, gateando ante mí, con su collar de cuero negro adornándole el pescuezo y la cadena cromada arrastrándose sobre el tablado, tuve la plena seguridad de que los internos trabajarían por sonar; detectando texturas con los ojos cerrados, gracias al ondular de sus caderas y cartografiando pulsaciones al rozar su clímax.
Y tuviste razón, Melissa, cuando estipulaste que deberíamos, «todos», trabajar en conjunto para… «Causarle una impresión notoria y perdurable para toda su vida».
«Vamos a ver, querida Lu. No abras así los ojos, que no pienso echarte gotas. Y, marica, ¡por Dios, ubícate! Tienes que saber que tus estrellas, o divinidades como yo, también tenemos otras caras para mostrar. Como tú, tengo mañanas soleadas, malas tardes y hasta gustos feos». ―Y mientras le iba explicando, la iba jalando de la correa, acercándola a mis mejores atracciones.
«Pero en mi caso, y para suerte tuya, no suelo compartir la perversidad de mis placeres con demasiada gente. Eso te hace acreedora a un sinfín de padecimientos en privado y multitud de novedosas sensaciones». ―Y estando justo al lado de la cruz, la hice levantar despacio, mientras con mi dedo índice, le indiqué a mi querido Bruno que gateando, se nos acercara.
«En otros lugares más populares y menos vistosos, prometerán relajarte con masajes e incluso alinearte los chakras. Estando aquí, en este altillo, yo misma te provocaré lloros y quejidos; un poco de sufrimiento, sí, pero liberaré tu espíritu tanto como abriré las cavidades de tu cuerpo. Así que mejor relájate y disfruta. Cierra esa boquita de charlatana y no te comas el coco». ―Ella pensó, creo yo, que se había ganado mi perdón. ¡Ja, ja, ja!, pobrecita, Lourdes. No sabía ―como decía mi enojada madre― lo que le corría pierna arriba.
¡Mierda! Por estar concentrada en escribir, no he caído en cuenta. Hace rato que se detuvo mi música. ¡Ja, ja, ja! Creo que me cansé de cantar las pocas canciones que me grabaste. Te lo dije la última vez, Blanca Nieves. Puede que la voz la tenga, pero no el repertorio suficiente para grabar un LP.
Como sea, a mi vecino o a la tipa de encima se les desgastaron los temas de Hank Williams, Johnny Cash, George Jones y las Dolly Parton, Loretta Lynn y Taylor Swift. Un poco de silencio no nos va a sentar mal. A él o a ella. A mí, y a ti en mis recuerdos.
¡¿Otro guarito?! Sííí… ¿Por qué no? Y creo que me fumaré otro poquito de esta hierba que está muy buena también, que aquí en el balcón y a estas horas, no entusiasmará a nadie más que a mí.
¡Uy! El metal de esta silla está yerto. Tal vez hice mal en abandonar la comodidad de la cama. Aun así y todo, la inspiración no me ha abandonado, nenita mía. Para este inesperado encierro, me hace bien escaparme de la realidad y flotar, con mis ojos abiertos hasta aquella noche y revivirlo todo.
Como cuando nuestra presa se paró a mi costado, con su corpiño de varillas tan confortable para el tamaño de sus tetas, y ese panti ancho de mujer sin mayores aspiraciones sexuales. ¡Guácala! Horripilantes prendas que afeaban mi escenografía.
«Bruno, —le llamé la atención—, tenías que haber previsto que Lourdes no estaba enterada de cómo debía ingresar a este altillo; por lo tanto, mereces ser castigado por tu ineptitud. ¡Ven! Acomódate aquí. Ya sabes para qué». ―Y de frente a la cruz le até las manos a los maderos, y lo mismo hice con sus pies, pero con los grilletes negro mate.
Sin soltar la cadena que pendía del cuello de la asombrada Lourdes, recorrí los metros que me separaban del mostrador donde colgaban látigos, palas y fustas.
«Por ser nuestra invitada, y solo por esta ocasión, permitiré que escojas el que más te llame la atención». ―Miró y dudó.
Tomó una pala ancha de madera, pero la regresó a su lugar. Se decidió por una fusta, la del mango más corto. Yo cogí la pala que despreció. De regreso nos detuvimos frente al sofá donde permanecías recostada, y modifiqué tu libreto.
«¿Y la princesita asolapada qué piensa de la vida? ¿Muy cómoda? No, señora. ¡Aquí no se sube a descansar! ¿Qué dijo, Navidad? ¡No, señora, haga algo por su bien! Coja los fósforos y encienda todas las velas y los velones. Vamos a ponerle calor de hogar a este lugar». ―Te sorprendí, Melissa, ¿no es verdad? Esa orden no te la esperabas. ¡Je, je, je!
¿Y Félix? Ahh, sí, se me estaba olvidando su función.
Le ordené que sirviera «el batido del amor» para todos, con el fin de no despreciar a mi crucificado Bruno. Después de beber del mío, tomé un vaso y le di a probar a él. Un sorbo nada más. Lourdes habló finalmente después de limpiarse con un dedo el bigote que se le había formado sobre el labio. Le extrañó el sabor, la dualidad de placer y dolor, pero alabó lo cremoso y aceitoso. Tenías sed, ¿no es así, nenita mía? De tres grandes sorbos, al igual que Félix, dejaron sus vasos por la mitad.
«¡Muy bien, Blanca Nieves! Ahora sí, el ambiente está perfecto para que celebremos a lo grande». ―Mientras te felicitaba por tu colaboración con la iluminación, me acerqué a la jaula y me apiadé de Eduardo.
Con la máscara y las esposas, era una silueta blancuzca y encorvada, un bulto inmóvil. Se le notaba la respiración agitada y, al acercarme, pude escuchar sus expectativas secas rastrillando su garganta.
«Él no se puede quedar sin probar su exquisitez, ¿no te parece, Melissa?». ―Tomé uno de los vasos, el que Félix había dejado a medio terminar. El batido, espeso y aceitoso como lo describió Lourdes, se veía denso.
«Acércate, Melissa. Este goce debe ser solo tuyo y único para él. Quita esa mueca de payasa y cálmale la sed». ―Te entregué el vaso con una sonrisa que no era de alegría, sino de calculada humillación.
«No se puede desperdiciar esta delicia, ni arriesgarnos a que se le derrame de la boca. Vas a usar tus dedos para alimentar a tu jefe. Tres dedos, Melissa. ¡Solo tres! Los vas a untar bien en el batido y luego se los vas a meter en la boca. Y vas a repetir el proceso, una y otra vez, hasta que yo me aburra». ―Vi el brillo de la ignominia en tus ojos azules al recibir la orden.
La sorpresa de las velas se transformó en la excitación de tu ejecución personal, Melissa. Te inclinaste lentamente frente a la jaula, con la reverencia de un saludo oriental. Tu jefecito debió sentir tu presencia, porque su cuerpo, antes desfallecido, se tensó al instante.
Me hiciste caso, Melissa, e introdujiste tres dedos de tu mano derecha en el espeso batido, cubriéndolos por completo con la bebida afrodisíaca. Tus movimientos fueron deliberados y lentos. Con una suavidad inhumana, llevaste la mano hacia la rejilla de la jaula, buscando la abertura de la máscara. La punta de sus dedos, cargada de dulzor y perversión, se encontró prontamente con la resequedad labial de Eduardo.
No le diste tiempo de reaccionar. Introdujiste los tres dedos de golpe, como te lo ordené, empujando la crema más allá del rosado paladar. Eduardo emitió un sonido ahogado que se quedó atrapado por la máscara, entre el gemido y el intento fallido de morder.
«¡Despacio, Blanca Nieves! No queremos hacerle daño a su garganta. Recuerda, tenemos que dejarlo respirar entre bocado y bocado. No vaya a ser que se me ahogue el mártir antes de que le des a saborear tus pecados. Tómate tu tiempo, que este montaje es solo para nosotras».
Retiraste los dedos casi limpios, untados de saliva y, ante la pausa, Eduardo tomó una bocanada de aire atronadora y temblorosa. Obviamente, era la respiración de un hombre que había perdido todo el control sobre boca, cuerpo y momentáneamente, sobre su asesora comercial.
Y luego, se repitió el ritual. Tres dedos al vaso. Tres dedos a la boca. El sonido húmedo de la lengua de Eduardo lamiendo, por instinto, el batido de tus dedos, nenita mía, fue asqueroso y sublime a la vez. Su lengua, esa herramienta de poder y oratoria que usaba para persuadir en la sala de ventas, estuvo al servicio de su subalterna, rogando por un poco de aire entre cada untada de humillación.
¡Ay, Meli, Meli, Meli! Cumpliste esa orden con la precisión de una eficiente sirvienta y la frialdad de una poderosa reina. Lo dejaste jadear, lo dejaste tragar, y luego, con ese brillo vengativo en tus ojos que tanto me fascina, volviste a sellar su boca con otro poco de batido. ¡Sí, señora, estabas en tu salsa!
«Muy bien. Ahora que todos hemos brindado y este altillo ha sido purificado del smog y otras impurezas, podemos comenzar». ―Y fue cuando las llamas de las velas danzaron tras mi movimiento, y sus iluminaciones escarlatas perlaron las gotitas de sudor en la frente y nariz de Lourdes. La arrogancia hacía un buen rato había abandonado el brillo de sus ojos de cacao.
Bruno, mi compañero y esa noche tu cómplice, estaba calladito y sometido en la Cruz de San Andrés, esposado y con grilletes, sirviendo como el primer adorno inmóvil de mi altar. Félix permanecía de pie, expectante. Era demasiado pronto para que el efecto del batido que acababa de ingerir ya hubiera hecho de las suyas, y no obstante, su erección era una proclama de que la excitación podía ser más fuerte que el sobresalto.
Y tu jefecito, nuestra «Ancla Ciega», un poco incómodo, se mantenía acurrucado en su jaula; sus bocanadas de aire a través de la máscara eran el único sonido constante, el pulso ahogado del espectáculo, y ello me llevó a pedirle a mi nuevo sirviente que oprimiera el botón del magnetófono retro, al que tanto ojo le echó Bruno la primera vez que pisó el anticuario de la mejor amiga de mi manager.
«¡Tremendo gangazo, mi bien!». ―Y tuve que aguantármelo una semana jodiéndome la siesta vespertina, rogándome, hasta que no pude más y lo adquirí para él.
«Freeze, I’m Ma Baker, put your hands in the air and give me all your money».
La voz en off me sorprendió por completo y, por supuesto, debí haber abierto desmesuradamente mis ojos, para luego girarme y ver cómo, a pesar de estar atado a la cruz, Bruno se rió e hizo el intento de alzar los hombros para excusarse conmigo por su elección musical tan fuera del contexto de aquella sesión.
Esa canción de los 70, con su sonido discotequero y el ritmo bestial y pegajoso de Boney M, no parecía querer sincronizarse con el sonido sordo y seco de mi pala; menos aún del ¡Chas!, ¡Crack! y ¡Snap!, que segundos después escucharíamos de la fusta en su mano, pero a pesar de ello, me inspiré en su historia de asaltos bancarios, crímenes y poder para dramatizar aún más mi primera orden de sumisión.
«Lu, querida, acomódate aquí. ¡Bien, sí, ahí estarás mejor!». ―Me aseguré de que ella sujetara correctamente el mango de la fusta; solté con ganas la cadena —que se balanceó de más entre las generosas formas de sus tetas—, alineé los eslabones calmando la ondulación y le hundí un par de dedos entre la arruga más risueña de su panza señorera. Fue ahí cuando le pregunté…
«Del uno al veinte… ¿Cuál es tu número favorito?». Y me respondió muy tranquila: «Nueve».
«Humm, me parece muy poquito, pero para comenzar no está mal». ―Ella no comprendió, Félix mucho menos, pero tú, Blanca Nieves, te cubriste la boca con la mano para no dejar escapar tu risa y cagarte mi dramatismo.
Y hablando de manos, fueron las mías las que tiraron hacia abajo —lo que más pude— el bóxer negro de mi Bruno, y sus bronceados glúteos emergieron firmes y redondos ante la mirada atenta y dichosa de nuestra presa.
«Vas a golpear acá ―le señalé el lugar― y por aquí también. Por allí no, y mucho menos por allá. En cada nalga una, hasta llegar a nueve, mientras tu apetecido macho brasileño nos lo va a ir contando. Si grita muy bajito, tendrás problemas. ¿Comprendido?». ―¿Recuerdas, nenita mía, su cara de terror? Sí es que la fusta por poco y se le cae de la mano. ¡Ja, ja, ja!
Su boca se entreabrió, su respiración se aceleró y la fusta parecía pesarle un montón. Esos dedos, que horas antes tecleaban informes financieros, se aferraban al mango como si fuera un arma de aniquilación global.
Se quedó paralizada, Melissa, y no por estupor, sino por la repugnancia de infligir dolor. La dama asidua al Country Club, la que no le tembló la voz en mi sala para hablarnos de su negativa, ahora debía firmar con tiras de cuero y puntas de goma, un autenticado ¡Sí! sobre la piel del marido de su cliente.
«Lu, querida. El tiempo corre y tu colega, el que te ha traído hasta aquí para cambiar tu punto de vista sobre mis capacidades, espera tu atención. ¿O acaso el miedo te ha vuelto descortés? ¡Adelante!». ―Lourdes avanzó, temblando.
Los grilletes en los pies de Bruno gruñeron metálicas notas al acomodar sus piernas, mientras los músculos de sus glúteos se tensaban, opuestos a la madera de la cruz. Ella levantó el brazo con una lentitud patética, como una niña jugando a cazar mariposas.
«¡Plaff!». ―El golpe fue blando, obsequiado sin convicción. Sonó como si, en lugar del cuero, hubiese utilizado uno de mis pañuelos de seda, mojado con sus flujos contra la descolorida piel.
«¡Uno!». ―Escuchamos la voz normal de Bruno —grave y hueca—, para nada forzada, salir de su garganta. Lourdes retrocedió un paso; no podía creer lo que acababa de hacer. Miró la fusta con horror, luego al culo de Bruno con una súplica silenciosa.
«¡Ay, no, Lourdes, por favor! Eso fue un arrullo para bebés, no un azote. ¿Crees que su estupidez merece un golpe tan perezoso? No te equivoques. Yo no permito que se diviertan a mis espaldas».
«Quiero que ofrezcas esta humillación pensando que con sus gritos vas a darme placer. Hazlo gritar para mí, que luego yo me encargaré de que él se desquite contigo, haciéndote pujar y gemir. ¡Pero Lu, si sigues así, él no contará a los gritos! Y si no cuenta, el golpe siguiente no será con esa endeble fusta, sino con mi pala, que es más gruesa y ancha».
Acerqué la pala de madera, la que ella había despreciado, y golpeé la madera de la cruz con un ¡Crash! seco y resonante, cerca de la cabeza de Bruno, lo que provocó que él encogiera la cabeza por el susto, y se le pusieran tiesas como piedras, las de nalgas de su culo.
«¡Fuerza, Lourdes! O por tu ineficacia, la cuenta de Bruno se reanuda a cero». ―El pánico se apoderó de su rostro. No podía permitir que la culpa fuera suya, ni que el castigo se multiplicara.
Miró de reojo a Eduardo, cuya respiración se hacía rítmica detrás de la máscara, y a ti, Melissa, con tu sonrisa maquiavélica apenas perceptible, acariciándole la cabeza y moviendo la tuya hacia delante como dándole a entender una orden final.
Lourdes gritó, eso lo tengo muy claro, pero no entendí por qué su cuerpo se sacudió tan fuerte, si toda su frustración y miedo la concentró en el mango corto.
«¡Chas!». ―Esa vez el sonido fue limpio y agudo. Un latigazo digno, que dejó una línea roja y brillante sobre la carne de Bruno. El cuerpo de él se arqueó, y su grito de dolor se unió a la música de Boney M.
«¡Dos!». ―Rugió Bruno y Lourdes se quedó inmóvil, mirando la fusta y la línea escarlata que había dejado en la piel bronceada.
La incomodidad no desapareció; se transformó en una satisfacción sádica y autoimpuesta. El tránsito al otro umbral se había cumplido. Ese momento de exceso de supremacía y brutalidad había purificado su indecisión, y en esa noche se sintió extrañamente poderosa. Había salido del interior de su escote el gusto por el sadismo que nunca creyó poseer.
Sí, sí, sí, mi Blanca Nieves, tus planes cobraban fuerza y vigor, así como su cuerpo, que anteriormente permanecía rígido, se relajó. Lentamente, movió la fusta hacia el otro lado de la Cruz de San Andrés, enfocándose en el otro glúteo. Ya no necesitaba que yo la gritara.
«¡Así se hace, Lu! El poder no se negocia y el castigo no pide permiso. Igual que mis órdenes no se discuten. Ahora, por la otra nalga. ¡Todos queremos escuchar ese tres!». ―Ella asintió, y un gesto de distorsionada felicidad se le dibujó en sus labios.
¡Y sí, Melissa, tú también lo viste! Aquel destello de satisfacción en el rostro de la presa nos contagió a los tres que no dejamos de echarle un ojo. Lastimosamente, tu encapuchado jefecito tuvo que escucharlo de Félix horas después.
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