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Dominaciónene 2024

Extrañas en un tren (2)

Leonor ya no es la víctima; ahora es la dueña de la situación. Al encontrar a la pareja que conoció en Londres, no busca venganza, sino expansión. En la intimidad de un tren que cruza España, las reglas del juego cambian y la sumisión se vuelve un juego de espejos donde nadie está seguro de quién lleva el látigo.

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EXTRAÑAS EN UN TREN (DOS)

Leonor, que ya había disfrutado a placer de la compañía de Caléndula, dejó a su joven sumisa durmiendo con el dildo en el culo, y se fue para la habitación de la enigmática pareja.

Llamó dos veces. Una voz femenina preguntó en francés quién era. Ella contestó en su inglés rudimentario que una vecina. Por suerte la entendieron, o quizás fue el hecho de ser mujer lo que le franqueó la entrada.

La señora rubia llevaba puesto un soberbio abrigo de pieles, pero Leonor vio que iba descalza y la prenda, desabrochada, dejaba entrever la pálida piel de la dama.

Buenas noches - se lanzó a hablar en inglés - mi nombre es Leonor Atienza y creo que te conozco.

¿A mí? No creo - respondió en inglés la dama de las pieles - es mi primer viaje a España.

Pero yo te he visto antes. Os he visto a ti y a tu esclavo.

Aquella calificación pareció turbar a la joven. Pero se rehizo y contestó con naturalidad.

El señor Leopold Sacher es mi prometido, no entiendo…

Vamos, no disimules. Os vi en Londres hace pocas semanas. De hecho, mis amigas y yo actuamos después de vosotros en aquel pub.

La muchacha se sonrojó visiblemente y dio un paso atrás para que Leonor entrara en la suite. Comprobó que no había nadie en el pasillo antes de cerrar la puerta.

¿Cuál es tu nombre, preciosa? - inquirió Leonor en tono condescendiente.

Fanny, señora; Fanny Pistor.

¿Eres austríaca?

Soy prusiana.

No seas tímida. Me encantó ver cómo sometías a aquel mozo, Leopoldo, dices que se llama. ¿Está aquí? ¿Acaso duerme?

El tal Leopold asomó la cabeza con gesto intrigado. Fanny cambió con él unas frases en alemán. Él se dirigió en inglés a Leonor.

Señora, no sé que pretende de nosotros. ¿Acaso chantajearnos?

En absoluto, caballero. Sólo me mueve la curiosidad. Y quizás el deseo…

Venga, siéntese. Estábamos bebiendo una copa de aguardiente. ¿Le apetece?

Leonor asintió y tomó asiento, mirando la actitud y la ropa de Leopold. Era evidente su acaloramiento, su respiración algo dificultosa y el hecho de que se había vestido a toda prisa, abotonando mal su camisa y dejando abierta la bragueta. Por su parte, Fanny se esforzaba por disimular su desnudez debajo del amplio y elegante abrigo de pieles.

Quiero preguntaros algo. ¿Esto que hacéis, es normal? ¿ Os aqueja alguna enfermedad grave?

No nos consideramos pervertidos ni anormales, señora. Vivimos una pasión muy intensa sin hacer daño a nadie - explicó el caballero con vehemencia.

Tenemos incluso un contrato. Tiene sus normas y condiciones bien claras. Y un término de vigencia - añadió Fanny.

¿Un término?

Sí - confirmo Leopold con tristeza - sólo durará seis meses. Los seis meses más felices de mi existencia.

Lo que no entiendo es porqué perdéis el tiempo viajando.

Es necesario - explicó él - no queremos ser reconocidos.

Además el viajar nos da escenarios variados para nuestra relación. Estuvimos en Venecia, luego en Londres y ahora nos dirigimos a Lisboa - apuntó Fanny, más relajada.

Pero queríamos conocer España. Aquí la pasión sexual se vive con una intensidad abrumadora.

Bien - Leonor hizo una pausa enfática - Os he dicho que me movían la curiosidad y el deseo. Yo también disfruto de vuestro secreto vicio.

¿Eres la sumisa que fue violada por todos los hombres del pub? Al día siguiente se comentó el tema - exclamó Fanny.

Era. Ahora me he pasado al otro bando, bonita. Y creo que podrías compartir conmigo a tu sirviente.

¿Quieres disfrutar de él? ¿En mi presencia?

No. He pensado más bien en obligarle a presenciar cómo disfruto de ti.

Leonor se acercó a la joven y separó con firmeza las pieles de zorro, dejando al descubierto la piel de alabastro de Fanny.

Espere. No la conocemos de nada y yo nunca…

Vamos, Fanny. Sé cómo hacerte gozar y vas a hacerlo, te lo juro. Sobre todo viendo cómo nos mira ese muñeco mientras nos damos placer la una a la otra.

¿ Vas a hacerlo, Fanny? Esto no lo teníamos dispuesto en el contrato… - se alarmó Leopold.

El contrato habla de hombres, pero quizás sea más humillante para ti verme con una de mi sexo - apuntó la joven con acritud.

Leonor advertía ya que aquella extraña pareja se relacionaba de acuerdo a unas complejas reglas del amor, pero que era un auténtico amor lo que las movía. Se sentía henchida de excitación al proponer aquella nueva situación, aquel triángulo de perversión que cuadraba tan bien con sus recién estrenadas apetencias. Era un misterio por qué de pronto su sexualidad sumisa y dependiente, había virado hacia aquella peligrosa senda de la dominación. Pero, igual que nunca se cuestionó su papel de víctima de mil abusos, tampoco ahora se planteaba la pertinencia de su rol de dominante.

Será divertido que tu esclavo me desnude. Ordénaselo.

Leopold - dijo Fanny con la voz algo temblorosa por los nervios y la excitación - desnuda a mi amiga.

Pero no te atrevas a rozar mi piel con los dedos, si no quieres que te los rompa - advirtió Leonor.

Leopold inició su tarea evidentemente excitado. Sentirse tan cercano físicamente a aquella diosa y saber que le estaba vetada, era sin duda una situación perturbadora y terriblemente excitante para él. Retiró la blusa y tuvo que esforzarse para no acariciar los pechos maravillosos de Leonor al despojarla del corpiño. Luego desabrochó la falda y se encontró con las nalgas redondas y la mata de vello, Leonor seguía rechazando las enaguas, y pudo al menos aspirar el intenso olor que despedían los flujos vertidos por nuestra madura heroína, que se mojaba como una jovencita con sólo mantener una conversación subida de tono, como la que estaban disfrutando Fanny y ella.

¿Te gusta mi cuerpo? - preguntó en tono sugerente.

Me encanta - reconoció Fanny - Es muy diferente al mío. Mira.

Esas pieles te favorecen, pero creo que prefiero la tuya.

Las manos de la española invadieron el territorio de la prusiana. Fanny era medio palmo más alta y mucho más delgada. Sus huesos eran bien visibles, especialmente las clavículas y las costillas, y eso hacía destacar más la belleza de sus tetas, dos conos perfectos, coronados por unos pezones tan rosados que parecían blancos. Las matas rubias de sus axilas se mostraron cuando Leonor la atrajo estirando de sus manos para besarla con pasión, casi con voracidad. Leopold se estremeció en su rincón observando cómo los pechos de las dos mujeres se frotaban entre sí como gatitos cariñosos.

Cuando los dedos de Leonor bajaron hasta las ingles de Fanny y se escurrieron dentro de su cueva íntima, la joven ahogó un pequeño grito de sorpresa y placer. Leonor la asió del cabello, la aparto un poco y la hizo girar para que Leopold contemplara con detalle la terrible turbación y la excitación aún más patente de su amada.

El gesto de Fanny era de una lujuria incontenible, con la boca abierta y los ojos entornados. Unas gotitas de saliva rezumaban entre sus labios.

Leonor ahondó más en la vagina rosada y húmeda, obligando con la otra mano a Fanny a separar los muslos.

Pellizca tus pezones. Míralo a los ojos. Y tú, vicioso tarado, deja de tocarte. Las manos a los lados.

Una bofetada bien sonora hizo estremecerse a Leopold y dejar los brazos colgando. La bragueta abierta mostraba su sexo asomando indiscreto a contemplar el espectáculo.

Leonor emprendió de nuevo la masturbación de Fanny. Su vagina era ya un charco, pero se encontró el ano seco y muy cerrado cuando intentó penetrarlo.

Chupa bien mis dedos - exigió a Leopold - Así. Y tú, relaja el culito.

Es que eso no me gusta… nunca lo he hecho.

Pues ya es hora de empezar. ¡No hagas fuerza! Es inútil, te lo voy a romper igualmente. Mmm. ¿Ves lo bien que entra? ¿Te empieza a gustar, no?

Con dos dedos en el coño y otro en el recto, Fanny estaba totalmente entregada. Leonor se dedicó al mismo tiempo a morder los pálidos pezones, hasta conseguir que se pusieran bien duritos.

Fanny se corrió de nuevo, ahora con sonoros sollozos, que alteraron visiblemente a Leopold. Su pene se había desinteresado del espectáculo y él se mostraba ahora cariacontecido y algo asqueado. Se levantó y se puso un batín. Mientras las dos mujeres se seguían revolcando bien entrelazadas en el lecho, él se sentó en el sillón del escritorio y tomó la pluma. Pronto se olvidó de todo y se dedicó a escribir. Por momentos, dos lagrimones asomaban a su rostro.

Puede saberse qué demonios hace Leopold - inquirió Leonor mientras acariciaba la rubia cabellera de Fanny.

Es escritor. Yo también lo soy.

¿Y sobre qué está escribiendo ahora?

Sobre nosotros. Sobre él y sobre mí. Y supongo que ahora, también sobre ti.

¿Quieres decir que monta vuestros números para inspirarse?

No lo sé. A veces pienso que es así. Pero su devoción por mí es total.

Me parece que no lo será tanto después de lo que ha visto esta noche.

Las dos hablaban en susurros, de modo que el escritor, concentrado en su tarea, no se enteraba de nada.

Está tomando notas para un libro. UCreo que se llamará La Venus de las Pieles.

Pues podríamos darle argumentos nuevos. Mira, yo tengo una perrita muy dócil.¿Te gustaría que la traiga para que jueguen un rato los dos?

Es muy tarde. No quiero perder mañana el tren.

Mejor. Será aún más divertido. ¿tomaréis un departamento en primera clase?

Yo lo tomaré. Él viaja en tercera.

Esta vez no. Quiero que lo tengas contigo en tu departamento mañana. Mi perrita y yo os visitaremos. Haz que esté desnudo, como corresponde a un perro faldero. Yo haré lo mismo con la mía.

Pero ¿qué van a hacer?

Seguir nuestras órdenes como dos perritos buenos. Follarán cuando se lo mandemos, nos darán placer a las dos o roerán huesos.

¡Eso es genial!

Pues me voy a dormir. Mañana en el tren sacaremos a jugar a nuestras mascotas.

EXTRAÑAS EN UN TREN SEGUNDA PARTE

Por la mañana, el grupo de las pistoleras salvajes coincidió con la pareja centroeuropea en la estación zaragozana, pero nadie hizo gesto alguno de reconocimiento mútuo.

Ya en el tren destino Madrid, se alojaron en compartimentos alejados, las seis mujeres algo apretujadas y Fanny y Leopold más anchos, pero todos en primera clase.

Apenas pasados diez minutos, Leonor se incorporó, seguida automáticamente por Caléndula.

Vamos a tomar el fresco, aquí hay un ambiente asfixiante - indicó Leonor, sin precisar si se refería a la temperatura o a la actitud de sus compañeras.

Hay un vagón restaurante - recordó Rosita - sirven café y bollitos.

Muy bien. Probaremos los bollitos, ¿eh, pequeña?

Calendula sonrió con picardía y asintió. En un segundo caminaban por el pasillo hacia el departamento número dos. Se cruzaron con el revisor, a quien mostraron sus billetes para evitar futuras molestias durante el largo viaje.

¿Estás desnuda, perrita? - quiso saber Leonor - digo debajo del abrigo.

Claro, ama. Sólo llevo los zapatos.

Pues ves quitándotelos, que ya hemos llegado.

Llamó a la puerta y ésta se abrió como por arte de magia. Fanny las esperaba ansiosa sin duda.

En el interior vieron a la joven prusiana muy bien arreglada y maquillada y a su sumiso amante, desnudo y acostado en el suelo. Leonor tiró del abrigo de la joven oriental y la empujó al suelo también, tan desnuda ya como el caballero austríaco.

Esta es Caly, mi perrita - la presentó Leonor - túmbate allí, cachorrita

Espera, que el suelo está sucio. Toma, Caly, túmbate en esa manta.

Tienes demasiada consideración, querida. Son sólo perros - observó Leonor, comprobando que él también disponía de una pequeña alfombra.

Pero son nuestras mascotas - recordó Fanny - y hay que tratarlas con cariño.

Eres muy humana. Por eso me gustas tanto, tesoro.

Leonor atrajo a Fanny y la besó con lujuria, empezando a desabrochar los botones de su vestido. Pronto pudo acceder a su intimidad, introduciendo su mano entre los pliegues,mientras la empujaba al asiento e iniciaba una masturbación lenta y profunda y besaba con pasión a la joven, que se dejaba hacer con las piernas abiertas y los brazos desmayados a ambos lados del cuerpo.

Los gemidos de Fanny tenían enervado a Leopold y de los nervios a Caléndula, que no podía soportar ver a su dueña tan interesada con la nueva adquisición. Aprovechando el entusiasmo erótico de las dos damas, se deslizó fuera de su manta y se acercó a Leo, que presentaba una poderosa erección provocada por el cuadro lésbico que se ofrecía a sus ojos y la consiguiente humillación. Antes de que Leonor lo advirtiera, Caléndula se arrimó mimosa al hombre-mascota y acercó su lengua pecadora al miembro rígido e inflamado, provocando unos suspiros placenteros del caballero.

Leonor escuchó aquellos sonidos, que no venían de la garganta de Fanny, pero que quedaban muy amortiguados por los grititos de placer de la prusiana.

Pero ¿Qué significa esto? ¿Quién te ha dado permiso para mamársela a Leo, perra cochina? ¡Suelta esa salchicha, descarada!

Una sarta de azotes en las nalgas acompañaron la reprimenda. Caléndula no soltó fácilmente su presa, así que Leonor la asió por los cabellos y tiró con fuerza. Arrastró a su rincón a la perrita díscola y abrió su bolso, del que sacó una larga correa nudosa.

¡No, por favor, ama! ¡Seré muy buena, mira!

No te servirá de nada, marrana. ¡Toma, toma y toma!

¡Cuidado, Leonor! La vas a dejar toda marcada - observó asustada Fanny

Por supuesto que la voy a marcar. Quiero que se acuerde de esto. Ponte en pie, perra desobediente.

Por favor, ama. Ya he aprendido la lección.

Se te olvidan las cosas muy pronto, Caly. Lo hago por tu bien, ya lo sabes.

Lo cierto es que a cada nuevo latigazo aparecía una marca cárdena fina sobre la piel amarillenta de Caléndula, pero también una nueva gotita de flujo asomaba entre sus labios menores, añadiéndose al auténtico río de jugo vaginal que se deslizaba descaradamente entre los muslos.

Separa las piernas y pon los brazos en cruz.

¡En las tetas, no, ama!. ¡Sabes que son muy sensibles!

Por eso deben recibir también su castigo. Venga, no llores por tan poca cosa. Te doy flojito.

¡¡Ay!! ¡Eso no es flojito, ama! MIra qué marca me has hecho

¡Basta, basta! - exclamó Fanny - No me gusta esto. Has de castigarla de otro modo.

Eres muy blanda, Fanny. ¿Cómo corriges tú a Leo?

Leo es muy buen perrito y no me da problemas. Es muy obediente. Pero cuando desobedece le castigo así. ¡Leo! ¡es ist zeist to esent!

Fanny se recostó en el asiento y echo adelante la pelvis, dejando expuesto todo su periné, desde la vagina hasta el ano.Era este muy rosado, pero enmarcado por una piel oscura, como la de sus labios mayores y una cantidad notable de rizos dorados, que llegaban hasta el final de la columna vertebral, en ese vestigio de la cola que los anatomistas griegos denominaron coxis, que significa pájaro cuco, porque realmente es muy cuco este hueso con todo lo que normalmente contempla durante los actos sexuales humanos.

Leo no pareció especialmente molesto por aquel castigo tan benigno. Parecía más un premio que una punición, pero Leonor no se molestó en llevar la contr8aria a Fanny.

Observó el fervor del caballero, repasando con la lengua cada rizo, demorándose en el capuchoncito y en el agujero rosado.

Me parece que será más castigo si me lo hace a mí - observó Leonor

Pero esto era una muestra; él no ha desobedecido.

Ha provocado a Caly con su erección, así que merece lo que le va a pasar. Vamos, tú me vas a dar gusto a mí y Caly a tu dueña. Pero voy a tener el flagelo a mano y ay de vosotros dos si no nos dais todo el placer que deseamos.

Caléndula se mostró dispuesta a obedecer de inmediato, pero Leopold miró con alguna repugnancia aquella vulva poco familiar, oscura y cubierta de una mata de vello negro como el carbón y tan abundante que apenas se distinguían los labios menores de Leonor. Tampoco le apetecía mucho meter la lengua en el oscuro culo de la manchega. Sin embargo, bastó un latigazo en el suelo para convencerle de la conveniencia de obedecer. Se pudo a la tarea con más voluntad que pericia, pero pronto Leonor se hizo cargo de dirigir la operación sujetando al lamedor por las orejas y guiando su boca a los lugares más apropiados. Caly no necesitó guía, acostumbrada como estaba a dar placer con la lengua a Leonor. Empezó por los alrededores de la vulva para ir acercándose en círculos al botoncito sensible. Después añadió un detalle creativo muy eficaz, que consistía en introducir el dedo meñique en el ano de la beneficiada y moverlo también circularmente durante el éxtasis, lo que alargaba ese momento de supremos placer y llevaba a la mujer que recibía estas atenciones al séptimo cielo.

Leopold compensaba la poca sutileza con el vigor y la pasión. Había llegado a apreciar el tacto rasposo y el intenso sabor, por no hablar del olor a coño maduro del sexo de la manchega, que en nada envidiaba al de los quesos de su tierra. Todo ello le llevó a experimentar de nuevo una violenta erección mientras sentía entre sus labios las contracciones de la vagina de Leonor.

¡Para, para! Du wirst mich töten - exclamó Fanny.

¿Qué está diciendo? - quiso saber la joven asiática

Ni idea, pero para de comérselo, que le va a dar un pasmo. Este inútil la tiene acostumbrada a cuatro lametones y dos lengüetazos y tú eres una fiera con la boca.

Gracias, ama ¿Estoy `perdonada?

Sí, de momento estás perdonada. Y creo que te mereces un premio.

¿Puedes mandarle a Leo que me folle?

Pide permiso a Fanny, que es su dueña

Ama Fanny ¿puede mandarle a su perrito que me de placer con su hermosa verga?

Hace tiempo que no le permito copular. Y lo hace sólo conmigo. Contigo no creo que mantenga su erección. Es un perro muy fiel.

Podemos probar - argumentó Leonor - Caly, ponte a cuatro patas en el asiento. Leo, móntala por detrás.

¡Por el culo, no! Lo tengo encendido de esta noche.

Está bien. Voy a ser compasiva. Leo, métesela por su coñito. No te costará nada, lo tiene como un charco.

Haz lo que te mandan, perro - exclamó Fanny al ver decaer la erección de su esclavo.

Sí, Leo, obedece porque si no lo haces vas a ver cómo desnudo a tu ama y la flagelo aquí mismo hasta hacerla sangrar.

¿Qué dices? - exclamó Fanny asustada - No serás capaz…

Fanny, eres una dómina muy blanda, tan blanda que creo que puedo someterte y hacer que disfrutes siendo mi esclava, igual que Caléndula. Desnúdate tú también.

Pero no me pegues, por favor…

Voy a probar una cosa - dijo quitándose una zapatilla Leonor - Esto es mucho más suave que el látigo y casi todas las mujeres lo encuentran excitante. A mí antes me volvía loca cuando me lo hacía un hombre.

Sin vacilar descubrió las nalgas de Fanny y la atrajo a su regazo. Fanny no opuso resistencia y dejó que Leonor la colocara cruzada sobre sus rodillas, de frente a Caléndula, que ya esperaba su premio en posición cuadrupédiica.

Con reticencia, Leopold se situó en el asiento de rodillas, detrás de Caly, aunque pronto echó un pie a tierra para tener más movilidad.

¡Au! - se lamentó Fanny al recibir el primer alpargatazo en plenas nalgas.

Voy a darte diez, pero si Caly no gime de gusto, seguiré con la zurra.

Leo, haz chillar a la perrita - ordenó Fanny, con el culo ya enrojecido por tres zapatillazos de Leonor.

Mmmmm… - se aguantaba la oriental, a pesar de los envites del sumiso, que miraba con angustia cómo cambiaban de color las nalgas de su ama.

Si quieres hacerla gritar, no debes moverte tan fuerte - aconsejó doctamente Leonor sin dejar de zurrar a Fanny - muévete despacio y dale unos buenos azotes en el culo.

¿Yo? No puedo. Es una chica, no podría nunca… - se lamentó Leopold.

¡¡Zúrrale!! Esta puerca me está destrozando el culo!- exigió Fanny.

Primero con timidez, luego con firmeza, Leopold asestó cuatro palmadas en el redondo y bonito culo. Empezó además a mejorar su técnica copulatoria. Se detenía un segundo, describía unos círculos, extraía su verga casi por completo para meterla de nuevo hasta la empuñadura, sin dejar de asestar palmadas, cada vez más intensamente.

¡¡Ahhhh!!¡¡Siii!! Ay, ay ay..! ¡¡ Más fuerte, más fuerteee!!

Los gritos de Caléndula detuvieron la zurra de Leonor y animaron a Leopold a continuar con la suya.

Para completar la fiesta, Leonor hizo arrodillarse ante ella a Fanny para que le regalara oralmente un nuevo orgasmo mientras ella misma propinaba unos cuantos alpargatazos a Leopold, lo que facilitó que él y Caléndula se corrieran a un tiempo, para deleite de sus dueñas.

Dos horas después, el tren enfilaba su última estación, Madrid término. Al bajar de su vagón, Leonor dirigió una última mirada a la rubia prusiana del abrigo de pieles y a su acompañante. Estaban sentados en un banco de la estación y él escribía con gran concentración en un cuaderno de tapas duras. Los acontecimientos de las últimas horas le habían inspirado para completar aquel texto legendario, inspiración de miles y miles de pervertidos de toda índole, incluyendo sin duda a la mayoría de los lectores y lectoras de esta web de relatos.