El Club de tenis Élite. Cap. 6
Andrea no pidió permiso. Ordenó. Y Melissa aprendió que su cuerpo no le pertenecía, sino que era un instrumento para el placer de otras. Pero cuando el miedo se mezcla con el deseo, la línea entre la sumisión y la destrucción se vuelve invisible.
Subieron la escalera de madera oscura que llevaba al piso superior. El ruido de la fiesta se fue amortiguando. Pasillos anchos, puertas cerradas, luces tenues. Carlos abrió una puerta al fondo del pasillo: su habitación. Amplia, cama king size con sábanas blancas impecables, ventanal enorme con vistas al jardín y a la piscina, un sofá de cuero negro en una esquina y una lámpara de diseño que dejaba la luz dorada y suave.
Carlos cerró la puerta detrás de los tres.
Andrea soltó la mano de Carlos y se giró hacia Melissa, que seguía parada cerca de la puerta, con las manos temblando.
—Arrodíllate —ordenó.
Melissa se arrodilló en la alfombra gruesa, justo al lado de la cama. Las rodillas se hundieron en el tejido suave. El vestido negro se arrugó contra sus muslos.
Carlos soltó una risa incrédula, mirando a Andrea.
—¿En serio?
Andrea no respondió. Solo se acercó a Carlos, lo cogió por la camisa y lo besó de nuevo, más fuerte, más profundo. Las manos de él bajaron inmediatamente a su culo, apretándolo con fuerza. Ella le mordió el labio inferior y empujó su cuerpo contra el de él hasta que chocaron contra la pared.
Melissa seguía de rodillas, mirando hacia arriba.
Andrea rompió el beso un segundo, miró a Melissa por encima del hombro de Carlos y dijo con la misma voz tranquila:
—Quédate ahí quieta.
Y volvió a besar a Carlos, esta vez metiendo una mano por debajo de su camisa, arañando ligeramente su espalda.
Carlos gimió contra su boca.
Melissa se quedó allí.
Arrodillada.
Andrea y Carlos se besaron con una pasión que llenaba la habitación como una corriente eléctrica. Él la tenía apretada contra la pared, las manos grandes de Carlos bajando por su espalda, apretando su culo con fuerza mientras ella le mordía el labio inferior y tiraba de su pelo para acercarlo más. Los gemidos de él se mezclaban con la respiración agitada de ella, el beso profundo y húmedo, lenguas enredándose sin pausa, cuerpos presionados uno contra el otro como si quisieran fundirse.
Andrea se detuvo un segundo, solo lo suficiente para girar la cabeza hacia Melissa, que seguía de rodillas junto a la puerta, los ojos muy abiertos.
—Desvístenos —dijo Andrea con voz ronca pero tranquila, como si estuviera pidiendo un vaso de agua.
Melissa sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Tragó saliva, el corazón martilleándole en el pecho. Se levantó despacio, las rodillas temblando, y se acercó a ellos con pasos pequeños y vacilantes.
Andrea y Carlos no se detuvieron. Siguieron besándose, ignorándola por completo mientras Melissa empezaba por Carlos. Le desabrochó la camisa blanca botón a botón, las manos temblorosas rozando la piel bronceada y caliente de su pecho. Carlos soltó un gemido contra la boca de Andrea cuando Melissa le bajó la camisa por los hombros, dejando al descubierto los músculos definidos y la cadena fina de oro que brillaba bajo la luz dorada de la lámpara.
Luego pasó a Andrea. Le subió la camiseta blanca por la cabeza, revelando el sujetador negro de encaje simple pero caro, la piel bronceada y fibrosa. Andrea levantó los brazos sin romper el beso, dejando que Melissa hiciera todo el trabajo. Melissa desabrochó el sujetador con dedos torpes, liberando los pechos firmes, y luego bajó los vaqueros negros ajustados de Andrea, deslizándolos por sus caderas y muslos hasta los tobillos.
Carlos, mientras tanto, ya había empezado a desvestirse solo: se quitó los pantalones chinos y los boxers de un tirón, su erección dura y visible saltando libre. Melissa se arrodilló de nuevo para terminar con los pies.
Primero Andrea. Melissa cogió el talón de la Stan Smith derecha. El cuero blanco estaba limpio aunque ya desgastado en los bordes, la tela interna todavía cálida y húmeda. Tiró suavemente. La zapatilla salió con un sonido limpio, revelando el pie desnudo, enrojecido por el roce, con las uñas pintadas de negro mate y un ligero brillo de sudor. El olor llegó inmediato: salado, a cuero caliente y esfuerzo acumulado. Repitió con la izquierda, el cordón que acababa de atar en el jardín ahora suelto otra vez. La zapatilla salió igual, dejando los pies de Andrea libres sobre el suelo de madera fría.
Luego Carlos. Melissa se arrastró de rodillas un poco hacia él. Los mocasines eran de cuero marrón suave, sin calcetines, el interior caliente y húmedo por la noche. Cogió el talón derecho y tiró con cuidado. El mocasín salió con facilidad, revelando el pie grande, con vello fino en el empeine, la planta enrojecida y ligeramente sudorosa. El olor era más fuerte, masculino: cuero, sudor fresco, un toque de colonia cara. Repitió con el izquierdo, el pie saliendo con el mismo sonido suave. Carlos flexionó los dedos sobre la madera, sin dejar de besar a Andrea, como si Melissa no estuviera allí.
Ya desnudos los dos, Andrea empujó a Carlos hacia la cama. Se tumbaron en las sábanas blancas, cuerpos enredados, besándose con más urgencia. Carlos encima de Andrea, mordiendo su cuello, ella arañándole la espalda con las uñas. Gemidos bajos, respiraciones agitadas, el sonido de piel contra piel llenando la habitación.
Melissa se quedó de rodillas al borde de la cama, mirando. El calor entre sus piernas era insoportable, el vestido pegado a la piel por el sudor nervioso. No podía apartar los ojos: los músculos de Carlos contrayéndose mientras besaba los pechos de Andrea, ella arqueándose contra él, una mano bajando por su abdomen hasta agarrar su erección y guiarla entre sus piernas.
Andrea soltó un gemido profundo cuando Carlos empezó a entrar en ella despacio. Pero entonces levantó la cabeza y miró directamente a Melissa.
—Ve a por un condón —dijo con voz entrecortada pero firme—. En mi bolso.
Melissa se levantó como un resorte, las rodillas flojas. Fue hasta el bolso de Andrea que había dejado junto a la puerta, rebuscó con manos temblorosas y encontró una caja pequeña de condones en un bolsillo lateral. Sacó uno, lo abrió con los dientes porque las manos le temblaban demasiado.
Volvió al borde de la cama, el condón abierto en la mano.
Andrea miró a Melissa, todavía con Carlos dentro de ella pero detenido, esperando.
—Pónselo tú —dijo Andrea, la voz ronca por el placer—. A él. Y luego te quedas de rodillas mirando.
Melissa sintió que el mundo se le caía encima. La turbación le subió por el pecho hasta la garganta. Lágrimas de vergüenza le picaron en los ojos. ¿Ponérselo a Carlos? Delante de Andrea. Mientras ellos seguían besándose, acariciándose, con los cuerpos enredados y calientes.
Pero obedeció.
Se arrodilló de nuevo al borde de la cama. Carlos se separó un poco de Andrea, su erección dura y brillante apuntando hacia ella. Melissa estiró la mano temblorosa, cogió la punta con los dedos y empezó a deslizar el condón despacio, cubriendo la longitud con movimientos torpes pero cuidadosos. Sintió el calor pulsátil en la palma, la dureza, el latido. Carlos soltó un gemido bajo cuando ella ajustó el borde, sus dedos rozando la base accidentalmente.
Andrea y Carlos seguían besándose por encima de ella: bocas abiertas, lenguas visibles, manos de él en los pechos de ella, apretando los pezones, manos de ella en su espalda, arañando. Gemidos ahogados, cuerpos moviéndose ligeramente como si no pudieran esperar.
Melissa terminó, retiró las manos rápido y se quedó de rodillas, la cara ardiendo, el corazón a mil.
Carlos empujó de nuevo dentro de Andrea, ahora con el condón puesto. Ella soltó un gemido profundo, arqueando la espalda, y volvieron a perderse el uno en el otro.
Melissa se quedó de rodillas al borde de la cama.
Mirando.
Temblando.
Sin poder apartar los ojos.
Y sintiendo cómo su propio deseo la traicionaba por completo.
Andrea y Carlos se movían en la cama con una intensidad que parecía no tener fin. El colchón crujía bajo su peso, las sábanas blancas se arrugaban y se humedecían rápidamente con el sudor de los dos cuerpos entrelazados. Carlos empujaba con fuerza controlada, profundo, cada embestida hacía que el cuerpo de Andrea se arqueara hacia arriba, sus pechos firmes subiendo y bajando al ritmo de los golpes, los pezones endurecidos rozando el pecho de él.
El aire de la habitación se había vuelto espeso, cargado del olor a sexo: sudor salado, piel caliente, el leve aroma químico del látex del condón, el perfume caro de Andrea mezclado con la colonia amaderada de Carlos. Cada respiración era audible, entrecortada, húmeda. Los gemidos de ella empezaban bajos y guturales, casi gruñidos, y subían de tono hasta convertirse en jadeos agudos cuando él aceleraba o cambiaba el ángulo.
Andrea tenía las piernas abiertas y flexionadas, los talones clavados en el colchón, las uñas de los pies pintadas de negro mate brillando cada vez que los músculos de sus pantorrillas se tensaban. Una mano de ella se aferraba al pelo de Carlos, tirando con fuerza para mantener su boca pegada a la suya; la otra bajaba por su propia cadera, los dedos encontrando su clítoris hinchado y frotándolo en círculos rápidos y precisos, sincronizados con las embestidas.
—Más fuerte… —susurró contra sus labios, la voz rota—. No pares… no pares…
Carlos obedeció. Sus caderas golpeaban con más potencia, el sonido húmedo y rítmico de carne contra carne llenando la habitación, mezclado con el chapoteo sutil del lubricante natural de ella. El condón brillaba cada vez que él salía casi por completo y volvía a entrar hasta la base, la piel de su pene tensada y enrojecida alrededor del látex.
El primer orgasmo de Andrea llegó rápido y violento. Su cuerpo se tensó de repente, los muslos temblando alrededor de las caderas de Carlos, un grito ahogado que salió de su garganta como un sollozo. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de él en espasmos fuertes, apretándolo con fuerza rítmica, el clítoris palpitando bajo sus propios dedos. Carlos gruñó contra su cuello, sintiendo cada oleada, pero no se detuvo; siguió empujando, más lento ahora, prolongando el placer de ella mientras su cuerpo se sacudía debajo de él.
—Joder… sí… —jadeó Andrea, los ojos cerrados con fuerza, la boca abierta en un gemido continuo—. Otra vez… no pares…
El segundo orgasmo llegó apenas unos minutos después. Esta vez fue más profundo, más interno. Su espalda se arqueó hasta casi despegarse del colchón, los pechos temblando con cada contracción, un chorro caliente de humedad escapando alrededor del condón y empapando las sábanas. Sus uñas se clavaron en la espalda de Carlos, dejando marcas rojas que se verían al día siguiente. El grito fue más largo, más roto, casi un sollozo de placer puro.
Carlos respiraba como si hubiera corrido una maratón, el sudor le goteaba de la frente y caía sobre los pechos de Andrea. Ella lo miró con los ojos vidriosos, todavía temblando por el segundo clímax, y le susurró:
—Sigue… quiero más… quiero sentirte hasta que no pueda más…
Él aceleró de nuevo. Ahora los movimientos eran más salvajes, menos controlados. La cama golpeaba contra la pared con cada embestida, el cabecero de madera resonando en golpes secos. Andrea se corrió una tercera vez casi sin aviso: un orgasmo silencioso pero devastador, su cuerpo convulsionando entero, las piernas temblando sin control, los ojos en blanco por un instante, la boca abierta en un grito mudo. Sus paredes internas se apretaron tan fuerte alrededor de Carlos que él soltó un rugido gutural, casi doloroso.
—Hostia… me estás exprimiendo… —gruñó él, la voz quebrada.
Andrea, todavía jadeando, le clavó las uñas en los glúteos.
—Dámelo… córrete dentro… quiero sentirlo…
Carlos no aguantó más. Sus embestidas se volvieron erráticas, profundas, desesperadas. Un último empujón largo y fuerte, y se derramó dentro del condón con un gemido ronco y prolongado que pareció salirle del alma. Su cuerpo se tensó entero, los músculos de los brazos y la espalda temblando, la cabeza echada hacia atrás mientras descargaba oleada tras oleada, el condón llenándose con su semen caliente y espeso.
Se quedó quieto un momento, respirando con dificultad, todavía dentro de ella, los dos cuerpos pegados por el sudor, temblando juntos.
Andrea soltó un suspiro largo, satisfecho, y dejó caer la cabeza sobre la almohada. Sus piernas seguían abiertas, los muslos brillantes de sudor y fluidos.
Melissa seguía de rodillas al borde de la cama, a escasos centímetros de ellos. Había visto cada movimiento, cada contracción, cada gota de sudor que caía, cada gemido. El olor a sexo era abrumador: sal, humedad, látex caliente, piel caliente. Sus propias bragas estaban empapadas, el vestido pegado a la entrepierna, el clítoris hinchado y dolorido de deseo no satisfecho.
Andrea giró la cabeza lentamente hacia ella, los ojos todavía nublados por el placer, la voz ronca y satisfecha.
—Muy bien, cielo… ahora quédate ahí quieta un poco más.
Carlos se dejó caer a un lado, jadeando, el condón todavía puesto, lleno y brillante.
Andrea, todavía jadeando y con el cuerpo brillante de sudor, se apoyó en los codos sobre la cama. Carlos seguía dentro de ella, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando con fuerza mientras el orgasmo se desvanecía lentamente en su cuerpo. El condón, lleno y pesado, brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, el látex tenso alrededor de su erección que empezaba a ablandarse poco a poco.
Andrea miró hacia Melissa, que seguía de rodillas junto a la puerta, los ojos muy abiertos y vidriosos. Sus manos estaban apretadas en puños sobre sus muslos, los nudillos blancos, el vestido negro arrugado contra sus piernas.
Andrea habló con voz ronca, satisfecha, pero firme como siempre:
—Retíraselo —dijo, sin apartar la mirada de Melissa—. Y límpialo con la boca.
Carlos soltó un sonido entre risa incrédula y sorpresa absoluta. Se incorporó un poco sobre los antebrazos, todavía dentro de Andrea, y miró a Melissa con los ojos muy abiertos.
—¿En serio? —preguntó, la voz entrecortada por la respiración pesada, mitad excitado, mitad alucinado—. ¿Vas a hacer que…?
Andrea no le dejó terminar. Le puso un dedo en los labios para callarlo, luego volvió a mirar a Melissa.
—Hazlo —repitió, sin alzar la voz—. Ahora.
Melissa sintió que el mundo se le venía encima. El estómago se le contrajo en un nudo doloroso, las lágrimas volvieron a picarle en los ojos, pero esta vez no eran solo de vergüenza. Era una mezcla abrumadora: pánico, deseo, humillación tan intensa que le quemaba la piel. El corazón le latía tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho.
Se levantó despacio, las rodillas temblando, y se acercó a ellos con pasos pequeños y vacilantes. Carlos se retiró despacio de Andrea, el condón lleno y brillante saliendo de ella con un sonido húmedo y suave. Andrea soltó un pequeño suspiro cuando él salió por completo.
Melissa extendió la mano derecha, los dedos temblorosos rozando la base del pene de Carlos. La piel estaba caliente, todavía pulsante. Cogió el condón por el borde con cuidado, como si quemara, y empezó a deslizarlo hacia abajo con movimientos lentos y torpes. El látex se adhería un poco a la piel húmeda de sudor, haciendo que tuviera que tirar con más fuerza. Carlos soltó un gemido bajo cuando el condón pasó por el glande sensible, todavía hinchado y rojo.
El condón salió por completo. Estaba lleno, pesado, el semen blanco y espeso acumulado en la punta. Melissa lo sostuvo un segundo en la mano izquierda, sin saber qué hacer con él, hasta que Andrea dijo con voz calmada:
—Átalo para que no se derrame y déjalo en la mesita.
Melissa lo le hizo un nudo y lo dejó con cuidado en la mesita de noche, el látex brillando bajo la luz. Luego volvió a mirar el pene de Carlos: todavía semiduro, brillante de sudor y restos de semen, el glande enrojecido y sensible, una gota de esperma todavía en la punta.
Andrea se incorporó un poco más, apoyándose en los codos, los pechos moviéndose con la respiración agitada. Miró a Melissa directamente.
—Límpialo —repitió—. Con la boca.
Melissa cerró los ojos un segundo, respirando entrecortada. No podía creer que Andrea le pidiese eso. Pero no dijo nada. No se negó.
Se inclinó hacia adelante, el pelo cayéndole sobre la cara. Acercó la boca despacio, temblando. Primero rozó la punta con los labios, sintiendo el calor, el sabor salado y ligeramente amargo de su sudor y su semen. Carlos soltó un jadeo fuerte, sorprendido, y miró a Andrea con los ojos muy abiertos.
—Joder… —murmuró él, la voz quebrada—. Esto es…
Andrea le puso una mano en el pecho para que se callara, sin quitar los ojos de Melissa. Luego se inclinó hacia Carlos y volvió a besarlo con pasión: bocas abiertas, lenguas enredadas, gemidos ahogados mientras Melissa seguía limpiando. Las manos de Andrea arañaban la espalda de Carlos, las de él apretaban sus pechos, pellizcando los pezones endurecidos. El beso era húmedo, intenso, con sonidos de labios y saliva que llenaban la habitación junto a los gemidos de placer residual.
—Sigue —le dijo Andrea a Melissa entre besos, la voz entrecortada pero firme.
Melissa abrió la boca más. Cogió el glande con los labios, succionando suavemente, la lengua rozando la punta para limpiar los restos de sudor y esperma. El sabor era intenso: Carlos gimió de nuevo, más fuerte, su mano moviéndose instintivamente hacia la cabeza de Melissa, pero Andrea le agarró la muñeca y la detuvo sin romper el beso, sus lenguas todavía luchando con pasión.
—No la toques —dijo Andrea contra los labios de Carlos, antes de besarlo de nuevo, más profundo, mordiendo su labio inferior mientras sus caderas se movían ligeramente contra él.
Melissa siguió limpiando el pene de Carlos con devoción temblorosa, la lengua recorriendo cada centímetro, succionando suavemente el glande para recoger el resto de sudor y esperma que quedaba. El sabor era salado, cálido, ligeramente amargo, pero ella no se detuvo. Lo hacía despacio, con cuidado reverencial, como si cada lamida fuera una ofrenda.
Carlos respiraba cada vez más fuerte. Andrea y él seguían besándose con pasión por encima de ella: bocas abiertas, lenguas enredadas, gemidos ahogados que vibraban contra los labios del otro. Las manos de Carlos apretaban los pechos de Andrea, pellizcando los pezones endurecidos; las de ella arañaban su espalda, bajando hasta los glúteos para apretarlos con fuerza.
Pero el pene de Carlos, todavía sensible tras el orgasmo anterior, empezó a endurecerse de nuevo en la boca de Melissa. Primero solo un poco, luego más, hasta que quedó completamente erecto otra vez. Carlos soltó un gemido profundo contra la boca de Andrea, las caderas moviéndose involuntariamente hacia adelante, empujando un poco más dentro de los labios de Melissa.
Andrea rompió el beso un segundo, miró hacia abajo y vio lo que estaba pasando. No dijo nada. Solo sonrió, lenta y peligrosa, y volvió a besar a Carlos con más intensidad.
Melissa sintió el cambio. El pene se hinchó en su boca, caliente y pulsante. Siguió succionando, la lengua girando alrededor del glande, las manos apoyadas en los muslos de Carlos para sostenerse. Él empezó a jadear más fuerte, las caderas moviéndose en pequeños empujones involuntarios.
Andrea lo notó. Le mordió el labio inferior a Carlos y susurró contra su boca:
—No te corras todavía…
Pero Carlos ya no podía controlarlo. La boca de Melissa era demasiado suave, demasiado obediente, demasiado caliente. Un gemido ronco salió de su garganta, el cuerpo se tensó entero y se corrió de golpe.
El primer chorro caliente le llenó la boca a Melissa. Ella intentó retirarse por instinto, pero fue demasiado rápido, demasiado abundante. Carlos intentó correrse en su boca cálida y receptiva. El primer chorro cayó dentro de su boca, pero en el segundo y tercer chorro, Melissa se retiró antes de que toda la corrida acabara en su boca: parte se derramó en los labios de Melissa, parte le salpicó la mejilla derecha y la comisura de la boca, dejando rastros blancos y espesos que brillaban bajo la luz tenue.
Carlos jadeó, el cuerpo temblando, todavía goteando un poco.
Andrea se separó de golpe del beso. Sus ojos se clavaron en la escena: Melissa de rodillas, con semen en la boca, en los labios y en la mejilla, mirando hacia arriba con los ojos llenos de lágrimas y vergüenza.
Andrea se incorporó completamente, los pechos subiendo y bajando con furia contenida.
—¿Qué coño has hecho? —dijo, la voz baja pero afilada como un cuchillo—. Te dije que lo limpiaras. No que lo hicieras correrse. Y menos que te lo sacaras de la boca antes de tiempo.
Carlos, todavía jadeando, miró a Andrea con confusión y algo de culpa.
—Andrea, yo… no pude…
—Cállate —cortó ella, sin mirarlo—. Tú no has hecho nada mal. Ella sí.
Se giró hacia Melissa, que seguía de rodillas, el semen resbalando lentamente por su mejilla, las lágrimas mezclándose con él.
—Fuera —ordenó Andrea, la voz fría, sin emoción—. Sal de esta habitación. Ahora.
Melissa sintió que algo se rompía dentro de ella. Las lágrimas que había estado conteniendo salieron de golpe, silenciosas pero imparables. Se levantó despacio, las piernas flojas, el vestido arrugado y manchado. No dijo nada. No se atrevió a pedir perdón. Simplemente se dio la vuelta, abrió la puerta y salió.
El pasillo estaba en penumbra. Cerró la puerta detrás de ella con un clic suave y se apoyó contra la pared, sollozando en silencio. El semen todavía le goteaba por la mejilla, el sabor de Carlos todavía en su boca, la humillación quemándole el pecho como ácido. Andrea la había echado. La había echado de su lado.
Bajó las escaleras tambaleándose, las lágrimas cayendo sin control. El ruido de la fiesta seguía abajo: música, risas, voces. Pero todo le parecía lejano, irreal.
Entonces la vio.
Elena estaba en el pasillo del piso inferior, saliendo del baño con una copa en la mano. Vio a Melissa y se detuvo en seco.
Melissa no pensó. Bajó por las escaleras y se dejó caer de rodillas delante de Elena, justo en medio del pasillo, la cara empapada de lágrimas y semen, el vestido arrugado.
—Por favor… —sollozó, la voz rota—. Por favor, señorita Elena… intercede por mí. Háblale a la señorita Andrea. Le he fallado… en la habitación… le he decepcionado… por favor… no quiero que me eche… por favor…
Elena se quedó inmóvil un segundo, la copa a medio camino de sus labios. Luego miró hacia arriba, hacia la puerta de la habitación de Carlos, y volvió a mirar a Melissa de rodillas, llorando, suplicando.
Una sonrisa lenta, casi compasiva pero también divertida, se dibujó en sus labios.
—Vaya… —murmuró Elena, agachándose un poco para quedar a la altura de los ojos de Melissa—. ¿Qué ha pasado? No me cuentes nada. En definitiva, que la has cagado, ¿eh?
Melissa asintió, sollozando más fuerte, las manos apretadas en el regazo.
—Por favor… dile que lo siento… que haré lo que sea… que no me eche…
Elena le puso un dedo bajo la barbilla y le levantó la cara con suavidad. Miró las lágrimas, el semen en la mejilla, el rímel corrido.
—Tranquila, cielo —dijo en voz baja, casi cariñosa—. Voy a subir a hablar con ella. Pero primero… límpiate esa cara. No puedes presentarte así delante de Andrea.
Elena miró hacia abajo a Melissa, que seguía de rodillas en el pasillo, las lágrimas resbalando por sus mejillas manchadas de maquillaje corrido y restos de semen. Las manos de Melissa estaban extendidas sobre el suelo de madera pulida, palmas hacia arriba en un gesto instintivo de súplica, los dedos temblando ligeramente como si esperaran un perdón que no llegaba. Elena sintió un cosquilleo extraño en el estómago, una mezcla de alcohol flotando en su sangre y algo más oscuro, algo que empezaba a despertarse.
—Vale, tranquila —dijo Elena, con esa voz suave y juguetona que usaba cuando quería calmar a alguien antes de darle una vuelta de tuerca—. Voy a ayudarte. Hablaré con Andrea. Pero primero… relájate. No llores así, que me pones nerviosa.
Melissa levantó la vista, los ojos rojos e hinchados, la boca entreabierta en un sollozo ahogado.
—Gra-gracias, señorita Elena… por favor… dile que lo siento… que haré lo que sea… no quiero que me eche…
Elena dio un paso adelante para inclinarse un poco más, intencionadamente o no —el alcohol hacía que sus movimientos fueran un poco más torpes, un poco más despreocupados—. Su sandalia aterrizó directamente sobre la mano izquierda de Melissa. El peso de Elena se descargó sobre la palma extendida. El tacón plano pero firme de la sandalia presionó contra los huesos de la mano. Al principio, Elena no se dio cuenta. O quizás sí, pero el alcohol difuminaba los bordes. Sintió la resistencia bajo su pie, la calidez de la carne bajo la suela, y en lugar de retirar el pie de inmediato, se quedó allí. Un segundo. Dos. Tres.
Melissa soltó un gemido agudo de dolor, el cuerpo tensándose.—Señorita Elena… por favor… me está pisando la mano… duele…
Elena miró hacia abajo. Vio su sandalia presionando la mano de Melissa, los dedos de ella curvándose ligeramente bajo el peso, la piel enrojeciéndose alrededor de las tiras. En lugar de quitar el pie, Elena sintió un escalofrío inesperado subirle por la espina dorsal. Era una sensación nueva, electrizante: el poder absoluto, el control físico sobre alguien tan vulnerable. La mano de Melissa era blanda bajo su peso, cálida, y el gemido de dolor era como una caricia auditiva que le llegaba directamente a la entrepierna. Elena notó cómo se mojaba de golpe, las bragas empapándose con una oleada caliente y repentina de excitación. Descubrió un lado sádico que ni siquiera sabía que tenía. Le gustaba. Le gustaba mucho.
En lugar de retirar el pie, Elena levantó el otro y lo apoyó deliberadamente sobre la mano derecha de Melissa. Ahora las dos manos estaban atrapadas bajo sus sandalias. El peso se distribuyó: Elena se balanceó ligeramente, aumentando la presión un poco más. Las suelas se clavaban en la piel de las manos, los tacones planos pero firmes comprimiendo los huesos y tendones. Melissa soltó un grito ahogado, el cuerpo convulsionándose de dolor.
—Duele… por favor, señorita Elena… me está haciendo daño… quite los pies… por favor…
Elena miró hacia abajo, fascinada. Las manos de Melissa se retorcían bajo sus sandalias, los dedos intentando curvarse para aliviar la presión, la piel palideciendo bajo el peso y enrojeciéndose en los bordes. El dolor era evidente en la cara de Melissa: lágrimas frescas resbalando, la boca abierta en un sollozo continuo, el cuerpo temblando entero. Elena sintió otra oleada de excitación: el poder era embriagador, el alcohol lo amplificaba, y el descubrimiento de ese lado sádico la hacía sentirse invencible. Sus bragas estaban comenzando a mojarse, el calor entre sus piernas palpitante, como si cada gemido de Melissa fuera una caricia directa a su clítoris.
Hizo que Melissa sufriera un poco más. Se balanceó ligeramente sobre los talones, aumentando la presión en las manos atrapadas. Melissa gritó más fuerte, las lágrimas cayendo sobre el suelo, el cuerpo arqueándose en un intento inútil de aliviar el dolor.
—Por favor… duele mucho… quite los pies… haré lo que sea… por favor…
Elena soltó un suspiro bajo, casi un gemido de placer propio. El lado sádico se había despertado del todo. Pero no quería romperla… todavía. Retiró los pies despacio, uno primero, luego el otro, dejando ver las marcas rojas en las manos de Melissa, los surcos de las tiras doradas impresos en la piel.
Melissa sollozó de alivio, las manos temblando en el suelo, los dedos flexionándose para recuperar el flujo sanguíneo.
Elena miró hacia abajo, la excitación todavía palpitando entre sus piernas.
—Ahora, para que te ayude… vas a hacer algo por mí —dijo con voz suave, casi dulce, pero con un filo nuevo—. Bésame los dedos gordos de los pies. Con sensualidad. Sin quitarme las sandalias.
Melissa levantó la vista, los ojos llenos de lágrimas, pero asintió sin dudar.
Empezó por el pie derecho de Elena. Se inclinó hacia adelante, las manos todavía doloridas tocando el tobillo con cuidado. La sandalia era de cuero suave y dorado, el pie de Elena estaba caliente dentro de la sandalia, el cuero ligeramente húmedo por el sudor de la noche, impregnado del olor característico: cuero nuevo mezclado con sudor limpio y salado, un toque sutil de loción hidratante con aroma a vainilla que Elena usaba después de ducharse.
Melissa acercó la boca al dedo gordo, visible entre las tiras doradas. La uña estaba perfectamente cuidada, pintada de verde esmeralda brillante, cuadrada y pulida, sin una sola imperfección. La piel alrededor era suave, ligeramente bronceada en los bordes, con un pliegue delicado en la base donde el dedo se unía al pie. Melissa besó primero con labios cerrados, un roce suave y tembloroso sobre la uña verde reluciente. Luego abrió los labios, húmedos por las lágrimas, y presionó un beso más profundo, la boca envolviendo la punta del dedo gordo a través del espacio entre las tiras. La lengua salió despacio, rozando la uña primero, sintiendo la superficie lisa y brillante, el leve sabor a esmalte y cuero. Luego bajó al pliegue en la base: la lengua exploró cada surco, lamiendo con lentitud el pequeño valle entre el dedo y la piel, saboreando la sal del sudor acumulado durante la noche, el calor húmedo que se filtraba del interior de la sandalia.
Elena soltó un suspiro bajo desde arriba, mirando la escena con satisfacción absoluta. El poder la inundaba: ver a Melissa de rodillas, humillada, llorando, lamiendo con devoción el dedo gordo atrapado entre las tiras doradas, el cuero rozando los labios de Melissa mientras su lengua se colaba por los pliegues. Elena flexionó ligeramente el dedo dentro de la sandalia, empujándolo un poco más hacia la boca de Melissa, sintiendo la lengua caliente y húmeda rodearlo, lamer cada centímetro accesible. La excitación era intensa: las bragas ya mojadas, el clítoris hinchado palpitando con cada lamida, el placer del dominio absoluto corriéndole por las venas.
Melissa repitió con el pie izquierdo. Se inclinó más, el pelo cayéndole sobre la cara. Besó el dedo gordo de la misma forma sensual: labios abiertos presionando la uña verde esmeralda, la lengua explorando cada pliegue, lamiendo el surco entre los dedos, el borde de la cutícula, el pequeño valle en la base. El olor era más intenso en este pie: cuero cálido, sudor salado, un toque más fuerte de vainilla de la loción. Melissa lamió con devoción, la lengua colándose por los espacios entre las tiras doradas, saboreando cada rincón accesible, el cuero rozándole los labios y la nariz. Elena gimió suavemente desde arriba, los ojos entrecerrados de placer, el cuerpo ligeramente temblando por la excitación. Flexionó el dedo gordo, empujándolo contra la lengua de Melissa, sintiendo cómo se humedecía más, cómo el poder la inundaba por completo, mucho más que cuando le secó sus partes en el vestuario.
Cuando terminó, Elena retiró los pies despacio, dejando que Melissa se quedara con la boca húmeda, el sabor del cuero y el sudor impregnado en la lengua y en los labios.
Elena flexionó los dedos dentro de las sandalias, disfrutando del cosquilleo que aún le quedaba en los pies.
—Buena chica —dijo con voz ronca, casi un ronroneo—. Ahora… dame las gracias por haberte dejado besar mis dedos. Porque es un privilegio. Y un honor.
Melissa levantó la vista, las lágrimas todavía cayendo, la voz rota y temblorosa
.—Gracias… señorita Elena… por permitirme besar sus dedos… es un privilegio… y un honor… para mí…
Elena sonrió desde arriba, lenta y satisfecha, el poder palpitando todavía entre sus piernas.
—Así me gusta —murmuró—. Ahora quédate aquí. Voy a hablar con Andrea.
—Gra-gracias, señorita Elena… por favor… dile que lo siento… que no quería enfadarla…
Se quedó un momento más mirando a Melissa de rodillas en el pasillo, las manos marcadas por las suelas de sus sandalias, la cara empapada de lágrimas, el rímel corrido formando surcos negros en las mejillas. Elena sintió un cosquilleo agradable en el estómago —el alcohol y esa sensación nueva de control todavía flotando en su cuerpo—, pero no dijo nada más. Solo sonrió ligeramente, dio un paso atrás y flexionó los dedos dentro de las sandalias.
Elena se dio la vuelta, las sandalias haciendo un sonido suave contra la madera mientras subía las escaleras con paso tranquilo.
Pero Elena no terminó de subr las escaleras.
Se dio la vuelta y bajó al salón caminó del jardín con paso tranquilo, las sandalias haciendo un sonido suave contra la madera. El vestido verde botella se movía con gracia alrededor de sus piernas, las tiras doradas brillando bajo las luces tenues.
En el jardín, la fiesta seguía animada: música suave, risas, copas tintineando. Elena vio a Lucía de pie junto a la barra exterior, sola ahora, con una copa de vino tinto en la mano. El vestido negro corto le llegaba justo a la mitad del muslo, las Converse hasta casi la rodilla contrastando con el corte elegante. Estaba mirando la piscina con expresión algo aburrida, como si estuviera esperando que pasara algo interesante.
Elena se acercó por detrás y le puso una mano en la cintura baja.
—Ey —dijo en voz baja, casi al oído—. Ven, tengo que contarte una cosa.
Lucía giró la cabeza, sonrió al verla y dio un sorbo a su copa.
—¿Qué pasa? ¿Dónde has estado este rato, pillina?
— Shhhh, espera a que te cuente lo que acaba de pasar.
Lucía arqueó una ceja, intrigada.
—Suéltalo.
Elena se apoyó contra el tronco de un olivo, cruzando los brazos bajo el pecho.
—Melissa estaba en el pasillo, de rodillas, llorando como una magdalena. Andrea la había echado de la habitación enfadada. La pobre estaba destrozada, suplicándome que intercediera, que hablara con ella.
Lucía soltó una risa baja, sorprendida pero divertida.
—¿Melissa estaba en la habitación con Andrea? ¿y con Carlos? ¿En serio? ¿Y qué pasó?
Elena se encogió de hombros, con una sonrisa traviesa.
—No lo sé a ciencia cierta pero algo hizo mal porque Andrea la echó de la habitación. Le he dicho a Melissa que esté tranquila, que ya hablaría con Andrea más tarde. Que se quedara allí quietecita y no se moviera. La verdad es que estaba tan rota… me dio hasta penita. Pero también me pareció gracioso. No sé, verla así, suplicando, de rodillas… es raro, pero tiene su punto.
Lucía dio un sorbo largo a su copa, los ojos brillando.
—Joder… me lo imagino. ¿Y Andrea la echó así sin más? ¿Qué habrá pasado ahí arriba?¿y tú qué hiciste? ¿La consolaste o le diste un empujoncito más?
Elena se mordió el labio inferior, conteniendo una sonrisa traviesa.
—Pues… la consolé un poquito. Le dije que tranquila, que ya hablaría con Andrea… pero primero tenía que hacer algo por mí. —Bajó la voz, acercándose más a Lucía—. Le pedí que me besara los dedos gordos de los pies. Con sensualidad. Sin quitarme las sandalias.
Lucía soltó un gritito ahogado y le dio un manotazo juguetón en el brazo.
—¡No me jodas! ¿Y lo hizo?
Elena asintió, los ojos brillando.—Claro que lo hizo. Se inclinó toda temblorosa, con las lágrimas todavía cayéndole, y empezó a besar. Primero un besito suave en la uña, luego abrió la boca y… uf, la lengua colándose entre el dedo y la sandalia, lamiendo cada pliegue, el cuero caliente rozándole los labios… Joder, Lucía, desde arriba era para morirse. La veía tan humilladita, tan obediente, con la cara empapada y la lengua trabajando… casi me corro solo de mirarla.
Lucía se abanicó con la mano, fingiendo escándalo pero con una sonrisa de oreja a oreja.
—Eres un peligro. ¿Y ella qué cara ponía?
—Pues lloraba, pero seguía. Como si besarme los pies fuera lo único que le importaba en el mundo. Y yo ahí, disfrutando como nunca. Me puse mala, en serio. Las bragas empapadas y todo.
Lucía soltó una carcajada suave, mirando hacia la casa.
—Hostia… ahora entiendo por qué Andrea está tan enganchada. Esa chica es como un juguete. ¿Y ahora qué? ¿La vas a dejar ahí tirada o qué?
—Pues… no sé. Por ahora la tengo esperando como una perrita buena. Si se porta bien, igual subo y le digo a Andrea que la perdone. O igual la dejo sufrir un ratito más… para que valore cuando la deje volver. ¿Tú qué harías?
Lucía se mordió el labio, pensando.
—Uff… yo la dejaría un poco más. Que se quede ahí de rodillas, pensando en lo que ha hecho mal. Y luego… no sé, me la llevaría a un rincón y le diría que me bese los pies otra vez, pero esta vez sin llorar. O que me masajee las piernas mientras le cuento lo patética que es. Sería divertido ver cómo se pone roja y sigue obedeciendo.
Elena se rió bajito, chocando su copa contra la de Lucía.
—Eres mala. Me encanta. Igual entre las dos la ponemos a prueba esta noche. Andrea se va a partir cuando vea que también me he enganchado.
Lucía guiñó un ojo.
—Hecho. Pero primero… otra copa. Y luego vemos qué hacemos con nuestra perrita del vestuario.
Las dos se rieron, cómplices, mientras el jardín seguía vibrando con música y risas lejanas.
Y en el pasillo, Melissa seguía de rodillas, con las manos doloridas y temblando, el sabor del cuero y el sudor de los pies de Elena todavía impregnado en la lengua y en los labios.
Lucía dio un último sorbo a su copa de vino tinto, la dejó en la mesa del jardín y se inclinó hacia Elena con una sonrisa traviesa.
—Venga —susurró—. Vamos a buscar a nuestra perrita. Si Andrea está ocupada… nosotras podemos divertirnos un rato.
Elena soltó una risita baja, el vestido verde botella moviéndose suavemente mientras se enderezaba.
—Hecho. Pero suave, ¿eh? Nada de pasarnos… todavía.
Las dos caminaron de vuelta al pasillo interior del chalet. Melissa seguía exactamente donde la habían dejado: de rodillas en el suelo de madera, las manos apoyadas en los muslos, la cabeza baja, sollozando en silencio. El rímel corrido le había dejado surcos negros en las mejillas, el vestido negro arrugado y ligeramente manchado de lágrimas. Cuando oyó los pasos de las sandalias de Elena y las botas de Lucía acercándose, levantó la vista con un respingo de esperanza y miedo.
Elena se detuvo delante de ella, cruzando los brazos bajo el pecho.
—Levántate, cielo —dijo con voz dulce pero firme—. Ven con nosotras al jardín. Andrea está… ocupada, pero nosotras vamos a cuidarte un ratito.
Lucía soltó una risa suave, inclinándose un poco para mirarla de cerca.
—No pongas esa cara de cachorro abandonado. Vamos.
Melissa se levantó despacio, las piernas temblando, las rodillas enrojecidas por el tiempo en el suelo. No se atrevió a preguntar nada. Solo las siguió, un metro por detrás como siempre, con la cabeza baja y las manos apretadas delante del cuerpo.
Salieron al jardín otra vez. La fiesta seguía animada: música suave, risas lejanas, parejas besándose en las sombras, el azul eléctrico de la piscina reflejándose en los olivos. Elena y Lucía la llevaron a una zona más apartada, cerca de una mesa baja rodeada de tumbonas vacías y un par de maceteros grandes con plantas altas que daban algo de intimidad.
Elena se sentó en una de las tumbonas, cruzando las piernas con elegancia, las tiras doradas de las sandalias brillando bajo las luces tenues. Lucía se quedó de pie, apoyada contra el respaldo de otra tumbona, mirando a Melissa con curiosidad juguetona.
—Bien —dijo Elena, dando palmaditas suaves en la tumbona a su lado—. Siéntate aquí, pero en el suelo. A mis pies.
Melissa obedeció al instante. Se sentó en el césped fresco, justo al lado de la tumbona de Elena, las rodillas flexionadas, las manos en el regazo.
Lucía se rió bajito.
—Mira qué obediente. Qué mona.
Elena extendió una pierna hacia Melissa, la sandalia quedando a escasos centímetros de su cara.
—Primero… masajéame los pies. Con las sandalias puestas. Usa las manos. Y hazlo bien, que me duelen un poco después de tanto rato de pie.
Melissa asintió con la cabeza baja. Extendió las manos temblorosas y cogió el pie derecho de Elena. El cuero de la sandalia estaba cálido, ligeramente húmedo por el sudor de la noche. Empezó a presionar con los pulgares en el arco del pie, a través del cuero, sintiendo la forma del dedo gordo y los demás debajo de las tiras doradas. El olor del cuero caliente y el sudor sutil subía hasta su nariz. Elena soltó un suspiro de placer, echando la cabeza hacia atrás.
—Así… justo ahí… más fuerte en el talón.
Melissa obedeció, presionando más en el talón, los dedos trabajando con cuidado alrededor de las tiras. Lucía se acercó, se sentó en la tumbona de al lado y estiró también una pierna.
—Eh, no seas egoísta, Elena. Yo también quiero. Ven aquí, Melissa. Ahora mis pies.
Melissa se arrastró un poco sobre las rodillas hasta quedar entre las dos tumbonas. Cogió el pie izquierdo de Lucía, la Converse alta blanca hasta casi la rodilla. El tejido era grueso, pero debajo se sentía el calor del pie. Melissa presionó con los pulgares en el arco, sintiendo la forma del pie a través de la lona y la goma. Lucía soltó una risita.
—Uy, qué manos más suaves tienes. Sigue, sigue… me encanta.
Elena miró a Melissa trabajar en los pies de Lucía y luego volvió a extender el suyo.
—Ahora alterna. Un pie mío, un pie de Lucía. Y mientras masajeas uno, besa el otro. Con cariño.
Melissa sintió un nuevo nudo en la garganta, pero obedeció. Volvió al pie derecho de Elena, presionó con los pulgares en el arco a través del cuero dorado, y al mismo tiempo se inclinó hacia el pie izquierdo de Lucía. Besó la punta de la Converse blanca, justo sobre el dedo gordo, un beso suave y tembloroso. Luego cambió: masajeó el pie de Lucía y besó la sandalia de Elena, rozando con los labios la uña visible entre las tiras, el cuero cálido y sudoroso rozándole la boca.
Lucía soltó una risa suave.
—Mira qué bien lo hace. Es como un perrito entrenado.
Elena sonrió, flexionando los dedos dentro de la sandalia mientras Melissa besaba.
—Exacto. Y los perritos buenos reciben premios. ¿Verdad, cielo?
Melissa no contestó. Solo siguió masajeando y besando, alternando entre los pies de las dos, el rostro ardiendo de vergüenza, las lágrimas contenidas pero todavía brillando en los ojos.
Lucía se inclinó hacia Elena, bajando la voz.
—¿Y si le pedimos que nos traiga algo de beber? O que nos abanique con la mano… o que nos limpie las zapatillas con la lengua.
Elena se rió bajito.
—Buena idea. Pero vamos poco a poco.
Las dos se miraron, cómplices, mientras Melissa seguía masajeando y besando en silencio, de rodillas entre las tumbonas, humillada pero obediente.
De pronto, el sonido de pasos firmes sobre el césped las hizo girar la cabeza.
Andrea apareció caminando desde la casa, el pelo rubio algo revuelto, la camiseta blanca ligeramente arrugada, los vaqueros negros todavía puestos pero con la cremallera un poco más abajo de lo habitual. Su expresión era dura: mandíbula tensa, ojos entrecerrados, labios apretados en una línea fina. No venía relajada ni satisfecha; venía enfadada.
Se detuvo a dos pasos de las tumbonas, cruzó los brazos y miró directamente a Melissa.
—Levántate —ordenó con voz cortante, sin saludar a nadie—. Nos vamos.
Melissa se levantó como un resorte, las piernas flojas, el vestido negro arrugado y pegado al cuerpo por el sudor nervioso. No se atrevió a mirar a Andrea a los ojos. Solo bajó la cabeza, temblando.
Elena y Lucía se quedaron quietas, la sonrisa juguetona desapareciendo de golpe. Elena se incorporó un poco en la tumbona, las sandalias doradas todavía brillando bajo las luces.
—¿Qué pasa? —preguntó Elena, con un tono que intentaba ser casual pero sonaba decepcionado.
Andrea no las miró. Siguió con los ojos clavados en Melissa.
—Nos vamos —repitió—. Por su culpa.
Hizo una pausa, y cuando habló de nuevo, la voz salió más baja, más fría.
—Ha estropeado una de las mejores fiestas del año. Estaba disfrutando, joder. Y aunque ya es tarde, me hubiera gustado quedarme un rato más. Pero no. Por su culpa nos vamos ahora.
Melissa soltó un sollozo ahogado, las lágrimas volviendo a caer.
Andrea por fin miró a Elena y Lucía, pero solo un segundo.
—Nos vemos —dijo secamente—. Luego hablamos.
Elena abrió la boca para decir algo, pero la cerró. Lucía se limitó a asentir, con una expresión de fastidio contenido. Las dos se quedaron mirando cómo Andrea daba media vuelta y empezaba a caminar hacia la salida del jardín, sin esperar.
Melissa la siguió, un metro por detrás, llorando bajito.
En el coche, Andrea condujo en silencio absoluto. El Mini Cooper S salió de La Finca sin que dijera una sola palabra. Música apagada. Ventanillas subidas. Solo el ronroneo del motor y los sollozos suaves de Melissa llenando el espacio.
Melissa, sentada en el asiento del copiloto, no aguantó ni dos minutos.
—Perdóneme… —susurró, la voz rota—. Lo siento mucho, señorita Andrea… no quería estropearle la noche… no quería que se enfadara… por favor, perdóneme…
Andrea no respondió. Siguió mirando la carretera, las manos apretando el volante.
Melissa sollozó más fuerte.
—Haré lo que sea… lo que me diga… por favor… no me eche… perdóneme… perdóneme…
Cada “perdóneme” salía más desesperado, más roto. Melissa se giró hacia ella en el asiento, las lágrimas cayendo sin control.
—Sé que la he cagado… sé que le he decepcionado… pero por favor… deme otra oportunidad… haré lo que quiera… lo que sea… por favor…
Andrea no giró la cabeza. Ni una palabra. Ni un gesto. Solo condujo, la mandíbula tensa, los ojos fijos en la carretera.
Llegaron al barrio humilde de Melissa. El edificio destartalado, con la pintura desconchada y las luces parpadeantes de la entrada. Andrea aparcó el Mini en doble fila, sin molestarse en buscar sitio. Apagó el motor. Silencio.
Melissa se quedó quieta un segundo, esperando una orden, una palabra, cualquier cosa.
Andrea no dijo nada.
Melissa abrió la puerta del copiloto, bajó del coche con las piernas temblando y dio la vuelta hasta quedar delante de la puerta de Andrea. Se arrodilló en la acera sucia, justo enfrente de Andrea, que seguía dentro del coche con las manos en el volante.
Después de un rato, Andrea abrió la puerta del conductor y bajó despacio. Cerró de un golpe seco. Caminó hasta plantarse justo delante de Melissa, que seguía de rodillas, el cuerpo convulsionado por sollozos silenciosos que le sacudían los hombros.
Los pies de Andrea quedaron a escasos centímetros de la cara de Melissa. La puntera de la zapatilla derecha casi rozaba la frente de la arrodillada con la cara casi en el suelo. Melissa no levantó la cabeza. No se atrevió. Solo sollozó más fuerte, el cuerpo inclinado hacia adelante hasta que la frente casi tocó el suelo.
—Perdóneme… —susurró, la voz rota, apenas audible entre los sollozos—. Perdóneme, señorita Andrea… por favor… lo siento tanto… lo he estropeado todo… he sido una decepción… no quería… no quería que se enfadara… por favor…se lo suplico.
Las lágrimas caían sin control, goteando sobre el asfalto, formando pequeños charcos oscuros justo delante de las zapatillas de Andrea. Melissa temblaba entera: hombros sacudidos, respiración entrecortada, manos abiertas sobre el suelo como si quisiera ofrecerse completa. El vestido negro se había subido por detrás, dejando ver la parte trasera de las bragas y los muslos temblorosos. No se preocupó por cubrirse. Solo suplicaba.
—Perdóneme… haré lo que sea… castígame… píseme… humílleme… lo que quiera… pero no me deje… no me eche… se lo suplico… no puedo… perdóneme… perdóneme…
Melissa levantó las manos temblorosas. Con dedos inseguros, casi temerosos, rozó la puntera de la Stan Smith derecha de Andrea. Primero solo un toque, como si quemara. Luego, con más desesperación, acercó la cara hasta que la nariz casi rozó el cuero desgastado. La puntera blanca quedó a la altura de sus labios. Melissa cerró los ojos, sollozando contra las deportivas.
Andrea se quedó allí plantada. Inmóvil.
Durante minutos eternos no dijo nada. Solo miró hacia abajo: la cabeza de Melissa inclinada, el pelo desordenado cayéndole sobre la cara, las lágrimas goteando sobre sus zapatillas, las manos temblorosas rozando la puntera como si fuera lo único que la mantenía anclada al mundo. Andrea sintió el peso de ese momento: la rendición absoluta, la humillación brutal, la dependencia total de Melissa hacia ella. Era exactamente lo que había querido construir.
Melissa seguía suplicando, la voz cada vez más débil, más rota. Sus labios rozaban ahora la puntera de la zapatilla derecha, besos pequeños, húmedos de lágrimas, como si besara un altar. La nariz se apretaba contra el cuero, inhalando el olor del cuero caliente. Era un gesto de sumisión total, de humillación absoluta. Melissa no tenía orgullo. No tenía nada. Solo tenía a Andrea.
Andrea siguió en silencio. Los minutos se estiraron. Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Al final, Andrea habló.
La voz salió baja, fría, sin emoción aparente.
—Me lo tengo que pensar.
Melissa levantó la cabeza de golpe, los ojos muy abiertos, llenos de esperanza y terror a partes iguales. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora había un brillo nuevo: la posibilidad, por pequeña que fuera, de que Andrea no la abandonara del todo.
Andrea dio un paso atrás. Miró a Melissa de rodillas, la cara empapada, los labios rozando todavía el aire donde había estado su zapatilla.
Andrea se dio la vuelta. Caminó hasta el coche. Entró. Puso el motor en marcha.
El ronroneo del Mini Cooper S llenó la calle. Los faros se encendieron, iluminando la figura arrodillada de Melissa por un instante. Luego Andrea dio marcha atrás, giró el volante y se alejó despacio.
Los faros rojos se perdieron en la esquina.
El sonido del motor se desvaneció.
Melissa se quedó de rodillas en la acera, sollozando sin control. El cuerpo entero convulsionado, las lágrimas cayendo sobre el asfalto, mezclándose con el polvo y la suciedad. La frente apoyada en el suelo, las manos todavía extendidas como si esperara que Andrea volviera y las pisara, que la reclamara de cualquier forma, aunque fuera con dolor.No se movió durante minutos largos.
Finalmente, se levantó despacio. Las piernas flojas, las rodillas enrojecidas y doloridas por el asfalto. Subió las escaleras del edificio destartalado. El ascensor seguía estropeado. Cada peldaño fue una tortura: los tacones bajos le apretaban los dedos, las piernas temblaban, el vestido se le pegaba a la piel por el sudor frío del miedo. Llegó a su puerta, buscó las llaves con manos temblorosas, abrió.
El piso estaba oscuro. Pequeño, humilde, con muebles de segunda mano y olor a humedad. Cerró la puerta detrás de ella y se dejó caer de rodillas en el salón, justo en la entrada.
Sollozó más fuerte ahora que estaba sola.
La cabeza daba vueltas. Imágenes de la noche: la habitación de Carlos, el condón lleno, el semen en su boca y en su cara, la orden de Andrea de limpiarlo, el enfado cuando no lo hizo perfecto, la expulsión de la habitación, los pies de Elena pisándole las manos, los besos a los dedos gordos con las sandalias puestas, el sabor del cuero y el sudor impregnado en la lengua.
Y luego Andrea: la frialdad, el silencio en el coche, el “me lo tengo que pensar”, la marcha sin una palabra más.
Melissa se abrazó a sí misma, meciéndose adelante y atrás.
La he perdido.
La he decepcionado tanto que ya no la volveré a ver.
Pero… pero no puedo vivir sin ella.
No quiero.
Haré lo que sea.
Si vuelve… si me da otra oportunidad… seré perfecta.
Obedeceré todo.
Sin dudar.
Sin fallar.
Aunque me humille.
Aunque me haga daño.
Lo haré todo. Por ella.
Se levantó despacio. Fue al baño diminuto. Se miró en el espejo agrietado: cara hinchada, rímel corrido, labios hinchados, restos de semen seco en la mejilla derecha. Se lavó la cara con agua fría, pero las lágrimas seguían cayendo.
Se quitó el vestido negro. Lo dejó caer al suelo. Se quedó en ropa interior, temblando de frío y de miedo.
Se metió en la cama individual que crujía. Se abrazó las rodillas bajo la sábana fina.
Y siguió pensando.
Dándole vueltas.
Decidida.
Si Andrea vuelve… si me llama… si me manda un mensaje… si aparece en el club la semana que viene…Lo haré todo.
Seré su sirvienta.
Su juguete.
Su perrita.
Su esclava.
Sin límites.
Sin quejas.
Sin fallos.
Porque sin ella… no soy nada.
Y con esa certeza quemándole el pecho, Melissa cerró los ojos.
Sollozando todavía.
Continúa en
- Relato #252779— title-regex: contiguous parts (5 -> 6)
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