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El Club de tenis Élite. Cap. 5

Andrea no llega a las siete. Llega a las ocho, a propósito. Y cuando Melissa sube al coche, ya no es una cita: es un mueble. La noche promete ser larga, fría y humillante.

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Melissa terminó su turno a las seis y cincuenta y cinco. Se cambió en el cuartillo de empleados con movimientos que ya se sabían de memoria: quitarse el uniforme, ponerse el vestido negro sencillo que había traído en la bolsa de tela, calzarse los zapatos de tacón bajo que le apretaban los dedos, soltarse el moño para que el pelo le cayera sobre los hombros. Se miró en el espejo pequeño y se sintió extraña. El vestido era demasiado formal para su vida, demasiado ajustado para su cuerpo que no estaba acostumbrado a que la miraran así. Se alisó el pelo con los dedos y respiró hondo. Parecía otra persona. Parecía alguien que podría gustarle a Andrea.

A las siete en punto salió por la puerta trasera del club.

El aparcamiento de empleados estaba desierto. Solo su viejo Seat Ibiza blanco y el cielo ya casi oscuro. El aire de febrero era frío y húmedo, olía a tierra mojada y a gasolina lejana. Melissa se quedó justo al lado de la puerta metálica, las manos cruzadas delante del cuerpo para que no temblaran tanto.

Miró el móvil: 19:00.

Andrea llegaría ahora. Tenía que llegar. Había dicho “siete en punto”. Andrea no decía las cosas por decir. Andrea siempre cumplía cuando quería algo.

19:03.

Empezó a caminar despacio de un lado a otro, cinco pasos, vuelta, cinco pasos, vuelta. El tacón hacía un clic-clac solitario contra el asfalto. El frío se le metía por debajo del vestido y le ponía la piel de gallina en las piernas.

Va a llegar. Está en un atasco. O se ha retrasado cambiando de ropa. O…

19:08.

El aparcamiento seguía vacío. Ni faros, ni ronroneo de motor, ni nada. Melissa se apoyó contra la pared. El metal estaba helado y le traspasó el vestido hasta la espalda. Empezó a frotarse los brazos para entrar en calor, pero el frío no era solo del aire.

¿Y si no viene?

La idea apareció suave al principio, como un pensamiento más. Luego se hizo más grande, más afilada.¿Y si ayer fue solo un juego y hoy ya se le ha olvidado? ¿Y si me dijo eso para ver qué cara ponía y ya está?

19:15.

Quince minutos tarde.

Melissa sacó el móvil otra vez. Pantalla vacía. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Andrea no tenía su número. Nunca se lo había pedido. Nunca había necesitado pedírselo. Porque hasta ahora siempre había aparecido cuando ella estaba allí, arrodillada, esperando.

Ahora no estaba allí. Y ella sí.

19:22.

El cielo ya era casi de noche. Las luces del club se encendieron automáticamente en el aparcamiento principal, pero aquí atrás solo había una farola vieja que parpadeaba cada pocos minutos. Melissa se abrazó a sí misma, el vestido negro arrugándose contra los brazos. Los tacones le dolían. Se sentó despacio en el bordillo de la acera, la cabeza baja.

Y entonces empezaron los pensamientos que no quería tener.

Me ha dejado plantada.

La palabra le dolió como un golpe físico. Plantada. Como una chica que espera a su cita y se queda mirando el móvil mientras el tiempo pasa y pasa. Como una idiota que se creyó que la hija del dueño del club iba a recogerla en su coche para llevarla “a un sitio”.¿Qué esperaba? ¿Que Andrea se fijara en la empleada del vestuario que le quita las zapatillas y le huele los pies?

Se le escapó un sonido pequeño, entre risa y sollozo. Se tapó la boca con la mano para que nadie la oyera, aunque no había nadie. Soy patética. Me he puesto este vestido como si fuera importante. Me he maquillado. He estado todo el día pensando en ella, imaginando que me llevaba a algún sitio bonito, que me miraba de otra forma, que…

Las lágrimas le picaron en los ojos. Se las tragó. No iba a llorar aquí. No iba a darle el gusto a nadie, aunque nadie la estuviera viendo.

Pero la cabeza no paraba.

¿Y si está ahora mismo en su apartamento riéndose? ¿O en la fiesta de Carlos con Elena y Lucía, contándoles lo de la empleada del club que se creía que iba a salir con ella? ¿O simplemente se ha olvidado? ¿O ha decidido que ya no le divierto?

19:35.

Treinta y cinco minutos tarde.

Melissa se sentía diminuta. El vestido negro ya no le parecía elegante, le parecía ridículo. Los zapatos le apretaban tanto que tenía los dedos entumecidos. Se imaginó volviendo a casa en el autobús, con este vestido puesto, con el maquillaje corrido, y la vergüenza la golpeó tan fuerte que tuvo que apoyar la cabeza en las rodillas.

Soy nada para ella. Solo una cosa con la que jugar cuando se aburre.

Y aun así… aun así sigo aquí.

Porque una parte de ella todavía esperaba. Una parte pequeña, estúpida, desesperada, que seguía mirando hacia la curva de entrada cada pocos segundos, que seguía escuchando por si llegaba el ronroneo del Mini.

Porque aunque la estuviera destrozando por dentro, aunque la estuviera haciendo sufrir como nunca, aunque la estuviera dejando plantada como a una cualquiera…Andrea era lo único que había hecho que se sintiera viva en mucho tiempo.Y eso era lo que más le dolía.

19:48.

Casi una hora tarde.

Melissa ya no caminaba. Estaba sentada en el bordillo, abrazada a las rodillas, el vestido arrugado, el pelo cayéndole delante de la cara. Empezaba a hacer frío. Las lágrimas por fin le resbalaron por las mejillas, silenciosas, sin sollozos. Se las limpió con el dorso de la mano, pero seguían cayendo.

Se ha olvidado de mí.

No va a venir.

Y yo sigo aquí, como una idiota.

Porque incluso ahora, incluso sabiendo que me ha dejado tirada, una parte de mí todavía quiere que aparezca. Todavía quiere que me diga “sube”.

Todavía quiere que me lleve a donde sea que quiera llevarme. Aunque sea para humillarme más.

Aunque sea para humillarme del todo.

Se quedó mirando el suelo, las lágrimas goteando sobre el asfalto.

Y entonces oyó el ronroneo.

Un motor deportivo, bajo y agresivo, acercándose despacio por la curva. Faros blancos cortando la oscuridad.

El Mini Cooper S giró y se detuvo justo delante de ella.

La ventanilla del conductor bajó.

Andrea, con el pelo rubio suelto, camiseta negra ajustada y las mismas zapatillas que había usado ayer en el partido.

La miró desde arriba, con esa media sonrisa lenta que Melissa conocía demasiado bien.

—Sube.

Melissa abrió la puerta del copiloto con manos temblorosas y se dejó caer en el asiento. El cuero frío le rozó las piernas desnudas bajo el vestido. Cerró la puerta con un golpe suave, casi temeroso, y antes de que Andrea pudiera mover el coche, las palabras le salieron atropelladas, en voz baja y entrecortada.

—Perdón… perdón por… si te has entretenido viniendo a por mi o por... estar aquí sentada como una tonta… o por si he hecho algo mal… o… lo siento mucho si te he hecho esperar o…

No sabía ni qué estaba pidiendo perdón. Solo sentía que tenía que decirlo. Que si no lo decía, el nudo en la garganta la iba a asfixiar.

Andrea ni siquiera la miró. Puso primera, soltó el embrague con suavidad y el coche salió despacio del aparcamiento trasero. El ronroneo del motor llenó el silencio que Melissa acababa de romper. Andrea ajustó el retrovisor con dos dedos, puso música suave (algo electrónico pero tranquilo, sin letra), y solo entonces habló, con esa voz calmada y neutra que usaba cuando no quería dar explicaciones.

—No te disculpes. No hace falta.

Y eso fue todo sobre la hora. Ni una palabra sobre los casi cincuenta minutos que Melissa había pasado esperando en la oscuridad, llorando en silencio, convencida de que había sido olvidada. Andrea no mencionó el retraso. No se disculpó. No lo justificó. Simplemente pasó página como si nunca hubiera existido.

El coche tomó la salida hacia la M-40. Melissa se quedó mirando por la ventanilla, las luces de la ciudad deslizándose en rayas naranjas y blancas sobre su cara todavía húmeda. Se limpió disimuladamente una lágrima que le quedaba en la comisura del ojo con el dorso de la mano, intentando que no se notara.

Andrea rompió el silencio después de unos minutos, con tono casual, como si fueran dos amigas yendo a tomar algo un sábado cualquiera.

—¿Has visto la última temporada de esa serie de espías que están dando en HBO? La que tiene al tipo ese con la barba que siempre está fumando.

Melissa parpadeó, descolocada. Tardó un segundo en procesar que Andrea le estaba hablando de verdad. Como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de hacerla esperar casi una hora en el frío para luego recogerla sin una explicación.

—Eh… sí… la vi hace poco —respondió con voz débil—. Está bien… el final del séptimo episodio me dejó loca.

Andrea soltó un bufido divertido.

—Ya, cuando descubren que el mentor era el topo desde el principio. Clásico, pero lo clavaron. Yo me lo vi en una noche. No pude parar.

Melissa se atrevió a mirarla de reojo. Andrea conducía con una mano en el volante, la otra apoyada en la palanca de cambios, las uñas pintadas de negro mate brillando bajo las luces del salpicadero. Parecía relajada. Normal. Como si llevar a la empleada del vestuario en su coche fuera lo más cotidiano del mundo.

—¿Y tú qué tal la semana? —preguntó Andrea, cambiando de carril sin esfuerzo—. ¿Mucho jaleo en el club?

Melissa tragó saliva. No sabía si era una pregunta trampa o solo conversación.

—Normal… pocos socios esta semana. Mucho tiempo limpiando cosas que ya estaban limpias.

Andrea soltó una risa corta.

—Suena aburrido. Menos mal que mañana no tienes que ir.

Melissa sintió un pinchazo en el estómago. Mañana no tienes que ir. Y ahora estaba aquí, en el coche, vestida con su mejor vestido, sin saber adónde la llevaba.

—¿Y… adónde vamos? —se atrevió a preguntar al fin, en voz muy baja.

Andrea giró la cabeza un segundo, solo un segundo, y la miró con esa media sonrisa que Melissa ya conocía demasiado bien: tranquila, ligeramente divertida, pero sin dar ninguna pista.

—Ya lo verás. Y volvió a mirar la carretera.

El silencio volvió a instalarse, pero ahora era diferente. No era incómodo del todo. Era… expectante.

Andrea siguió hablando de cosas banales durante el resto del trayecto. De la serie que estaban viendo, de un profesor que les estaba dando guerra con un trabajo grupal en la uni, de que estaba pensando en cambiar las llantas del Mini porque las doradas ya le cansaban un poco, de que el café del club estaba cada vez peor y que deberían quejarse a su padre. Hablaba como si fueran amigas de toda la vida. Como si Melissa no hubiera estado llorando en un bordillo hace menos de una hora. Como si no hubiera una diferencia abismal entre las dos.

Melissa respondía con frases cortas, con voz temblorosa al principio, pero poco a poco se fue relajando. O al menos lo intentaba. Cada vez que Andrea reía por algo que ella decía, sentía un calor extraño en el pecho. Como si estuviera aprobada. Como si valiera la pena.

Pero debajo de todo eso, la pregunta seguía quemándole por dentro:

¿Adónde me lleva? ¿Qué quiere de mí esta noche?

Andrea tomó la salida de la autovía. El paisaje cambió: urbanizaciones cerradas, chalés enormes detrás de muros altos, luces tenues de seguridad en las entradas. Melissa se dio cuenta de que no iban al centro. Iban hacia una zona mucho más exclusiva.

El coche redujo velocidad al llegar a una garita con barrera. Andrea bajó la ventanilla, mostró un código en el móvil y la barrera se levantó sin que nadie dijera nada.

Entraron en La Finca.

Melissa sintió que el estómago se le subía a la garganta.

No sabía exactamente qué era La Finca, pero había oído hablar de ella. El sitio donde los ricos de verdad vivían y hacían fiestas privadas. Donde la gente llegaba en coches que costaban más que su piso entero. Donde nunca entraba nadie que no estuviera invitado.

Andrea aparcó en una zona de césped perfectamente cortado, junto a otros coches caros. Apagó el motor.

Se giró hacia Melissa. La miró de arriba abajo: el vestido negro sencillo, el pelo suelto, los ojos todavía un poco enrojecidos por las lágrimas de antes.

Luego abrió su puerta y salió. Cerró la puerta con un golpe suave y caminó hacia la entrada del chalet sin esperar a que ella la siguiera. Melissa se bajó deprisa, casi tropezando con el bordillo del césped perfectamente cortado, y la siguió a unos pasos de distancia.

La casa era enorme, de varios millones de euros, con líneas modernas y minimalistas: paredes blancas con ventanales del suelo al techo, iluminación exterior tenue que resaltaba los olivos antiguos del jardín y una piscina iluminada de un azul eléctrico que parecía flotar en la oscuridad. La música llegaba amortiguada desde dentro: un deep house suave, con bajos profundos que se sentían en el estómago. En la puerta principal había un chico de traje negro con auricular que saludó a Andrea con un gesto de cabeza y abrió sin preguntar.

Entraron.

El salón principal era un espacio abierto de doble altura, con sofás de diseño gris claro, mesas bajas de mármol y una barra iluminada donde un barman preparaba cócteles con precisión quirúrgica. Había unas treinta personas repartidas: grupos pequeños charlando, risas contenidas, vasos de cristal tintineando. Todo olía a perfume caro, a madera pulida y a hierba recién cortada del jardín.

Andrea avanzó como si el lugar le perteneciera. Llevaba vaqueros negros ajustados que marcaban sus piernas largas y fibrosas, una camiseta blanca de algodón egipcio fina pero de calidad impecable que se ceñía ligeramente al torso sin ser provocativa, y las mismas Stan Smith que había usado en el partido de ayer aunque ya recién lavadas. El pelo rubio suelto le caía en ondas naturales sobre los hombros, y llevaba solo un reloj fino de acero y un collar discreto de cadena fina. No necesitaba más: su presencia ya llenaba el espacio.

Andrea entró en el salón principal del chalet como quien entra en su propia casa: paso relajado, hombros sueltos, sin mirar atrás para comprobar si Melissa la seguía. No hacía falta. Sabía que la seguiría.

Melissa caminaba exactamente un metro por detrás, la distancia que se había creado de forma natural desde que bajó del coche. El vestido negro sencillo le parecía ahora aún más fuera de lugar entre tanta tela cara y cortes impecables. Los zapatos de tacón bajo la hacían sentirse más pequeña. El pelo suelto le caía desordenado y el maquillaje se le había corrido un poco con las lágrimas de antes. No sabía dónde poner las manos. Sentía todas las miradas fugaces: no de desprecio directo, sino de curiosidad, de esa extrañeza que provoca alguien que claramente no pertenece al mismo universo.

Andrea avanzó a través del salón abierto de doble altura, saludando a la gente con los que se cruzaba: un beso en la mejilla aquí, un “qué tal” seco allá, un gesto con la cabeza a Carlos que estaba al fondo hablando con un grupo. Estaba completamente en su elemento: relajada, segura, como pez en el agua. Todo el mundo la miraba un segundo más de lo necesario, algunos con admiración, otros con curiosidad. Ella respondía con sonrisas mínimas y comentarios breves, sin detenerse demasiado.

Salieron al jardín por las puertas corredizas de cristal. El espacio era impresionante: piscina iluminada de azul eléctrico, césped perfecto salpicado de olivos centenarios, mesas bajas con velas LED y una zona de barbacoa donde un chef privado asaba carnes premium. La música llegaba amortiguada desde dentro, y el aire fresco de febrero olía a jazmín y humo de madera.

Allí, junto a una mesa alta cerca de la piscina, estaban Elena y Lucía, cada una con una copa en la mano, charlando animadamente.

Elena estaba deslumbrante, como una diosa griega moderna. Vestido largo de seda verde botella con corte asimétrico —un hombro descubierto, que dejaba ver las pecas de su piel pálida—. El tejido caía fluido sobre su cuerpo atlético, marcando la cintura y dejando entrever el movimiento de las caderas. En los pies llevaba sandalias de gladiadora con tiras doradas finas que subían hasta la mitad de la pantorrilla, cruzándose con elegancia y dejando al descubierto los músculos definidos por años de tenis y gimnasio. Pies bonitos y cuidados con las uñas pintadas de negro, igual que las de las manos. El pelo pelirrojo suelto en ondas suaves, maquillaje sutil pero preciso: ojos ahumados en tonos tierra, labios nude rosado y un brazalete delgado de oro blanco en la muñeca izquierda.

Lucía, a su lado, contrastaba con un estilo más urbano y provocador. Vestido negro corto hasta la mitad del muslo, corte ceñido con escote profundo en V y espalda completamente al aire. Tejido mate que absorbía la luz en lugar de reflejarla, dándole un aire misterioso y sexy. En los pies llevaba Converse altas blancas hasta casi la rodilla, con las cañas rígidas y los cordones blancos bien atados, creando un contraste brutal entre lo elegante del vestido y lo deportivo del calzado. Pelo castaño liso hasta la cintura, maquillaje intenso: ojos delineados en negro, pestañas postizas largas y labios pintados de rojo. Pendientes largos plateados que brillaban cada vez que giraba la cabeza.

Lucía saboreaba una copa de vino tinto.

Andrea se acercó directamente a ellas, con esa sonrisa casual que parecía no costarle esfuerzo.

—Ey —dijo, dando un beso en la mejilla a Elena y luego a Lucía—. Ya veo que empezasteis sin mí.

Elena se giró con una sonrisa, la copa de vino blanco en la mano.

—Llegas tarde, como siempre. Carlos ya nos ha preguntado por ti tres veces.

Lucía levantó su copa en un brindis fingido.

—Y nosotras aquí, sufriendo sin ti. ¿Qué has estado haciendo? ¿O quién?

Andrea soltó una risa baja, apoyando una cadera contra la mesa.

—Nada interesante. Tráfico. Lo de siempre.

Fue entonces cuando Elena vio a Melissa, un metro por detrás, parada como una sombra incómoda y la mirada baja.

Elena se quedó de piedra. La copa se detuvo a medio camino de sus labios. Los ojos se le abrieron de par en par. La sonrisa se le borró de golpe y se transformó en una expresión de incredulidad total.

—¿Melissa? —dijo en voz alta, sin poder contenerse—. ¿Qué coño…?

Lucía giró la cabeza, frunció el ceño un segundo y luego soltó una carcajada sorprendida.

—¿La del club? ¿En serio, Andrea? ¿La trajiste aquí?

Andrea no se inmutó. Solo se giró ligeramente hacia Melissa y habló con voz tranquila, como si estuviera pidiendo la hora.

—Ve a la barra y tráeme un gin-tonic. Con pepino y sin hielo.

Melissa parpadeó, el rostro enrojecido bajo las luces del jardín.

—Sí… señorita Andrea.

Se dio la vuelta y caminó de regreso al salón, sintiendo las miradas de las tres clavadas en su espalda.

En cuanto Melissa desapareció dentro, Elena se acercó un paso más a Andrea, bajando la voz pero con los ojos brillantes de curiosidad.

—Vale, explícate. ¿Qué hace ella aquí? ¿La has traído como… qué? ¿Como una broma?

Andrea se encogió de hombros, tomando un sorbo de la copa que Elena le ofrecía provisionalmente.

—Se me ocurrió ayer. Me pareció divertido.

Lucía se rió de nuevo, apoyando los codos en la mesa.

—Divertido es poco. Mírala: parece un ciervo en medio de la carretera. ¿Cómo la convenciste para que viniera? ¿O es que no le dijiste adónde la traías?

Andrea sonrió por primera vez, una sonrisa lenta y satisfecha.

—No le dije nada. Solo que trajera ropa decente. El resto… ya lo verá.

Elena arqueó una ceja pelirroja, mirándola fijamente.

—Estás tramando algo, ¿verdad? No la traes aquí solo para que nos riamos un rato. ¿Qué pasa? ¿Quieres ver cómo reacciona la gente?

Andrea soltó una risa baja, mirando hacia la puerta por donde Melissa había desaparecido.

—Quizá. O quizá algo más. No sé todavía. Pero mírala: tiembla solo con que le diga “ve a por una copa”. Es como una muñequita. Quiero ver hasta dónde llega.

Lucía negó con la cabeza, todavía riendo.

—Eres mala, Andrea. Pobrecilla. Se nota que no ha estado en un sitio como este en su vida. ¿Qué le dijiste para que viniera? ¿Que era una cita o algo?

Andrea se pasó una mano por el pelo húmedo, todavía húmedo de la ducha que se había dado antes de salir.

—Solo que la recogía a las siete. La hice esperar una hora en la puerta trasera. Llegué tarde a propósito. Quería ver si se iba o si se quedaba.

Elena abrió la boca, incrédula pero divertida.

—¿Una hora? Joder, Andrea… eso es cruel. ¿Y se quedó?

Andrea asintió, los ojos brillantes.

—Claro que se quedó. Estaba sentada en el bordillo cuando llegué. Casi llorando. Subió al coche sin preguntar nada.

Lucía soltó un silbido bajo.

—Está pillada por ti. O por lo que sea que le hagas. ¿Qué piensas hacer con ella esta noche? ¿Dejarla aquí de pie como un mueble o qué?

Elena miró hacia el interior de la casa, intuyendo el plan de Andrea.

—Sea lo que sea, avísame. Quiero ver la cara de Carlos cuando la vea. Y de los demás. Nadie sabe quién es, pero se nota a leguas que no es de aquí.

Andrea dio otro sorbo a la copa prestada.

—Exacto. Eso es lo divertido.

En ese momento, Melissa apareció de nuevo en el jardín, caminando con cuidado con el gin-tonic en la mano, intentando no derramarlo. Se acercó un metro por detrás de Andrea y se lo ofreció en silencio.

Andrea lo tomó sin mirarla. Se apoyó contra la mesa alta junto a Elena y Lucía, tomando un sorbo del gin-tonic que Melissa acababa de traerle. Melissa se quedó quieta un metro por detrás, con las manos cruzadas delante del cuerpo y la mirada baja, sintiendo el aire fresco del jardín rozarle la piel expuesta de los brazos y las piernas. El contraste era brutal: las tres chicas charlando con naturalidad, como si fueran las dueñas del mundo, y ella allí, como un mueble invisible que solo se mueve cuando se lo ordenan.

Elena dio un sorbo a su copa de vino blanco, todavía mirando a Melissa de reojo con esa mezcla de incredulidad y diversión que no se le quitaba de la cara.

—Vale, en serio, Andrea —dijo Elena, bajando la voz para que solo las dos la oyeran—. ¿Qué coño es esto? ¿La has traído para que nos sirva copas toda la noche o qué?

Andrea se encogió de hombros, girando el vaso en la mano para que el pepino flotara.

—Algo así. Se me ocurrió ayer. Es perfecta para estas cosas: obedece sin preguntar, tiembla un poco y listo. ¿Por qué no aprovecharla?

Lucía soltó una carcajada baja, inclinándose hacia adelante sobre la mesa.

—Joder, es genial. Mírala: parece que va a desmayarse si alguien la mira mal. ¿Cómo la has entrenado tan rápido? ¿O es que ya venía así de fábrica?

Andrea sonrió de lado, mirando a Melissa un segundo antes de volver a las chicas.

—No ha hecho falta entrenarla mucho. Solo un par de veces en el vestuario y ya está. Es como si estuviera esperando que alguien le dijera qué hacer. Y ahora… pues aquí está. Sirviéndonos. Elena negó con la cabeza, todavía riendo por lo bajo.

—Eres un genio maligno. ¿Y qué piensas hacer con ella el resto de la noche? ¿Dejarla de pie como un perchero o mandarla a por copas para todo el mundo?

Andrea dio otro sorbo, los ojos brillantes bajo las luces del jardín.

—Para empezar, para nosotras. Si se porta bien, quizá la presento a Carlos. A ver qué cara pone él.

Lucía arqueó una ceja, su vestido negro corto reflejando ligeramente la luz de la piscina.

—Carlos… hablando de él. ¿Habéis visto lo bueno que está esta noche? Con esa camisa blanca abierta un botón de más y el pelo revuelto como si acabara de salir de la cama. Me lo comería entero.

Elena soltó una risa más fuerte, inclinándose hacia Lucía.

—Ay, sí. Carlos siempre ha estado bueno, pero esta noche parece que se ha esforzado. Imagínatelo quitándose esa camisa despacio, botón a botón, mientras te mira con esa sonrisa de “ven aquí y déjame hacerte lo que quiera”. Lo pillaría en el jacuzzi, le bajaría los pantalones y le haría una mamada lenta, de las que duran hasta que suplique.

Lucía mordió el borde de su copa, los ojos entrecerrados con picardía.

—Uff, sí. Pero yo iría más lejos. Lo ataría a una de esas tumbonas del jardín, le quitaría todo menos los boxers y le pasaría la lengua por el pecho hasta llegar abajo. Luego lo montaría despacio, moviéndome justo lo suficiente para que se vuelva loco, pero sin dejarlo terminar hasta que me diga lo que quiero oír.Andrea se rió bajito, girando el pepino en su vaso.

—No os paséis que Carlos es solo mío. Vosotras siempre pensando en atarlos. Yo lo haría al revés: lo pondría contra la pared, le bajaría los pantalones de un tirón y le metería la mano dentro. Lo masturbaría rápido, fuerte, hasta que no pueda ni hablar. Y luego lo dejaría ahí, jadeando, a punto de correrse y suplicando para que le deje acabar.

Elena fingió un escalofrío dramático, abanicándose con la mano libre.

—Dios, Andrea, eres letal. Bueno, yo me conformo con Jaime, el amigo de Carlos que siempre viene con él. Alto, moreno, con esa barba de tres días y los brazos marcados. Lo imagino levantándome contra la pared del baño, bajándome las bragas y follándome duro, sin preliminares, solo porque no puede esperar más.

Lucía asintió con entusiasmo, su Converse alta blanca pisando el césped como si estuviera imaginando el movimiento.

—Para mí Víctor es un animal. Lo pondría de rodillas primero, le abriría las piernas y le obligaría a lamerme hasta que me corra. Luego lo dejaría que me diera por detrás, fuerte, con una mano en mi pelo y la otra en mi cadera, hasta que los dos estuviéramos sudando.

Andrea soltó una risa más profunda, mirando a las chicas con complicidad.

—Vosotras lo queréis todo. A mí Jaime me parece perfecto para algo rápido en el coche antes de entrar a la fiesta: lo siento en el asiento del copiloto, le bajo la cremallera y lo monto ahí mismo, con las luces apagadas y la música alta para que nadie oiga sus gemidos.

Las tres se rieron al mismo tiempo, las copas tintineando cuando brindaron. La conversación fluía con naturalidad, como si estuvieran hablando del tiempo, pero cada palabra era más explícita, más gráfica, llena de detalles eróticos y sexuales que hacían que el aire pareciera más caliente.

Melissa, un metro por detrás, escuchaba todo. Cada frase le subía el calor a la cara. No se atrevía a moverse. No se atrevía a mirar. Solo se quedaba allí, quieta, sintiendo cómo las palabras de las chicas se le clavaban en la piel como toques invisibles.

Elena miró hacia ella de reojo, todavía con la sonrisa en los labios.

—Y mientras, ella aquí de pie, oyéndolo todo. ¿Crees que se está excitando, Andrea?

Andrea no respondió. Solo dio otro sorbo a su copa y miró a Melissa con esa calma absoluta que lo decía todo.

Andrea, Elena y Lucía seguían charlando en la mesa alta del jardín, con las copas en la mano y la conversación fluyendo entre risas y comentarios subidos de tono. Melissa permanecía exactamente un metro por detrás, quieta como una sombra, con la cabeza ligeramente inclinada y las manos cruzadas delante del cuerpo. Nadie le había hablado directamente desde que volvió con el gin-tonic. Era invisible hasta que Andrea decidiera que no lo fuera.

De pronto, desde el otro lado del jardín, se acercaron Carlos, Jaime y Víctor.

Carlos iba delante: alto, moreno, pelo ligeramente revuelto, camisa blanca abierta en el primer botón dejando ver un poco de pecho bronceado y una cadena fina de oro. Pantalones chinos claros y mocasines sin calcetines. Jaime a su lado: más alto todavía, barba de tres días bien cuidada, camiseta negra ajustada marcando pectorales y brazos, vaqueros oscuros y zapatillas blancas impecables. Víctor cerraba el grupo: un poco más bajo pero igual de atractivo, pelo castaño corto, ojos verdes, sonrisa fácil, camisa azul marino remangada y pantalones de lino beige que le daban un aire relajado pero elegante.

Carlos vio a Andrea desde lejos y levantó su copa en saludo.

—¡La reina ha llegado! —dijo con esa voz grave y confiada—. Pensé que ibas a dejarnos plantados otra vez.

Andrea levantó su gin-tonic en respuesta, sonriendo.

—Sabes que no me pierdo tus fiestas. Solo me retrasé un poco.

Los tres se acercaron. Besos en la mejilla con Elena y Lucía, palmadas en el hombro con Andrea. Nadie miró a Melissa. Nadie la presentó. Se integraron al corrillo de forma natural y los seis quedaron formando un círculo pequeño y cerrado alrededor de la mesa alta.

La conversación arrancó inmediatamente: bromas sobre el partido de tenis de ayer, comentarios sobre quién había llegado ya borracho, risas sobre un amigo común que se había caído a la piscina la semana pasada. Todo muy fluido, muy de ellos.

Andrea estaba en el centro del grupo, como siempre. Hablaba poco pero cuando lo hacía, todos escuchaban. Reía cuando tocaba, inclinaba la cabeza para escuchar, movía la mano con gestos precisos. Una reina en su reino. Lo sabía y no necesitaba recordárselo a nadie.

De repente, mientras Carlos contaba una anécdota, Andrea hizo un pequeño movimiento con la mano para coger una aceituna del platito que había en la mesa. El palillo se le escapó de los dedos y cayó al césped, rodando un poco bajo la mesa.

El gesto fue casi imperceptible: Andrea miró hacia abajo un segundo, luego levantó la vista hacia Melissa y le hizo un gesto con la barbilla. Nada más. Ni una palabra. Solo esa inclinación mínima de cabeza.

Melissa reaccionó al instante.

Se introdujo en el corrillo sin dudar, rompiendo el círculo perfecto que habían formado los seis. Se agachó con cuidado delante de Andrea, el vestido negro subiéndose ligeramente por los muslos. Recogió el palillo del césped húmedo y se incorporó despacio, tendiéndoselo a Andrea en silencio. Cuando iba a incorporarse con el palillo en la mano, Andrea bajó la vista a su pie derecho. Uno de los cordones de sus zapatillas se había desatado durante la noche, colgando suelto.

Andrea volvió a hacer el mismo gesto con la barbilla, apuntando hacia abajo.

Melissa se volvió a arrodillar en el césped sin una sola pausa. El vestido se arrugó contra sus rodillas. Cogió el cordón con dedos temblorosos y empezó a atarlo con cuidado, haciendo un lazo doble bien apretado y absorbiendo el olor limpio de la zapatilla. No levantó la mirada. No podía.

Los seis se quedaron en silencio absoluto.

Carlos, Jaime y Víctor miraban la escena con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta. Elena y Lucía intercambiaron una mirada rápida, conteniendo la risa.

Nadie dijo nada mientras Melissa trabajaba. El único sonido era el de la música lejana y el roce suave del cordón contra sus dedos.

Cuando terminó el nudo, Melissa alisó el cordón con los dedos, se incorporó despacio y volvió a su posición exacta: un metro por detrás de Andrea, quieta, la cara ardiendo.

El silencio duró dos segundos más.

Andrea flexionó el pie un par de veces dentro de la zapatilla, comprobando que el nudo estuviera bien.

Luego miró a Melissa y dijo con voz tranquila, como si estuviera pidiendo el tiempo:

—Ve a por otro gin-tonic. El mismo.

Melissa asintió con la cabeza baja.

—Sí… señorita Andrea.

Se dio la vuelta y caminó hacia la barra del salón, sintiendo las seis miradas clavadas en su espalda.

En cuanto Melissa desapareció dentro, el corrillo estalló.

Carlos fue el primero, todavía con la boca entreabierta.

—¿Qué coño ha sido eso? Al principio pensaba que era del servicio de catering.

Jaime soltó una risa incrédula, pasándose la mano por la barba.

—Joder, Andrea… ¿la tienes domesticada o qué? Se ha arrodillado en el césped y te ha atado el cordón como si nada.

Víctor negó con la cabeza, sin dejar de mirar hacia la puerta por donde Melissa había entrado.

—Se ha metido en medio sin que le dijeras ni una palabra. Solo con un gesto. ¿Cómo lo haces?

Elena se rió bajito, dando un sorbo a su copa.

—Es exactamente lo que parece. Andrea la tiene en el bolsillo desde hace unas semanas. La hace esperar, la hace obedecer y la tiene aquí sirviéndonos como si fuera lo más normal del mundo.

Lucía miró a Andrea con admiración y una sonrisa traviesa.

—Eres un genio maligno.

Andrea se encogió de hombros, dando un último sorbo a su copa casi vacía.

Carlos soltó un silbido bajo.

—Oye, ¿Y ella qué gana con esto?

Andrea sonrió por primera vez, una sonrisa lenta y peligrosa.

—Todo lo que quiere. Y nada de lo que cree que quiere.

Los chicos se rieron, todavía procesando la escena. Elena y Lucía intercambiaron otra mirada cómplice.

Melissa volvió poco después con el gin-tonic nuevo, lo dejó en la mesa delante de Andrea sin decir nada y volvió a su sitio: un metro por detrás, quieta, temblando ligeramente.

La noche avanzaba con la lentitud y la calidez que solo tienen las fiestas donde todo el mundo sabe que va a pasar algo más tarde o más temprano. El alcohol fluía sin esfuerzo: gin-tonics, copas de vino caro, chupitos que Carlos sacaba de detrás de la barra con una sonrisa de “esto es lo bueno de verdad”. Las risas subían de volumen, las conversaciones se volvían más íntimas, los cuerpos se acercaban sin disimulo.

El grupo se había dispersado un poco por el jardín y el salón, pero los seis principales —Andrea, Elena, Lucía, Carlos, Jaime y Víctor— seguían orbitando alrededor de la misma mesa alta, como si fuera el centro del universo esa noche.

El tonteo empezó de forma casi imperceptible.

Elena y Jaime fueron los primeros. Ella se inclinó hacia él para susurrarle algo al oído, él le puso una mano en la cintura baja para “sujetarla” mientras reía. Dos minutos después ya estaban besándose contra la barandilla que daba a la piscina: besos lentos al principio, luego más profundos, con las manos de Jaime subiendo por la espalda de Elena y las tiras doradas de sus sandalias brillando bajo las luces azules del agua.

Lucía y Víctor no tardaron mucho más. Ella se sentó en una de las tumbonas cercanas, él se colocó detrás, rodeándola con los brazos desde atrás. Lucía giró la cabeza y lo besó por encima del hombro; Víctor le mordió el cuello con suavidad, ella soltó una risa ronca que se oyó por encima de la música. Las Converse de Lucía se enredaron en las piernas de Víctor mientras se besaban con más hambre, el vestido negro subiéndose lo justo para que se viera el encaje de la ropa interior.

Andrea y Carlos fueron los últimos, pero también los más intensos.

Al principio fue solo conversación: miradas largas, sonrisas que duraban demasiado, roces “accidentales” de manos al pasar una copa. Luego Carlos le apartó un mechón de pelo de la cara con el pulgar, Andrea le sostuvo la mirada sin pestañear. Él se inclinó y la besó despacio, casi con respeto al principio. Ella respondió abriendo la boca, metiendo los dedos en su pelo y tirando ligeramente para acercarlo más. El beso se volvió profundo, húmedo, con lenguas que se buscaban sin prisa pero con decisión. Carlos le apretó la cintura con una mano, ella le mordió el labio inferior con suavidad y él soltó un gemido bajo que solo Andrea oyó.

Melissa seguía allí, un metro por detrás de Andrea, quieta como una estatua. Nadie le había dirigido la palabra en más de una hora. Solo observaba. Veía cómo las manos de Elena se metían por debajo de la camiseta de Jaime, cómo Lucía deslizaba los dedos por la nuca de Víctor, cómo Carlos apretaba el culo de Andrea con una mano mientras la besaba como si quisiera comérsela viva. Y Melissa sentía el calor subirle por el cuello, el estómago, entre las piernas. No sabía si era vergüenza, excitación o las dos cosas a la vez.

Carlos se separó un momento del beso, respirando agitado contra la boca de Andrea.

—Ven conmigo arriba —murmuró, con la voz ronca—. A mi habitación.

Andrea sonrió contra sus labios, lenta y peligrosa.

—Vale.

Se giró hacia Melissa sin soltar la mano de Carlos. La miró directamente por primera vez en toda la noche. Su expresión era tranquila, casi aburrida, como si estuviera pidiendo que le alcanzaran la sal.

—Ven con nosotros —dijo simplemente.

Melissa sintió que el aire se le quedaba atascado en la garganta. Los ojos se le abrieron un poco más.

Carlos la miró por primera vez con atención real. Frunció el ceño un segundo, confundido, pero Andrea ya estaba caminando hacia la escalera interior del chalet, tirando de él.

Melissa los siguió.

Un metro por detrás, como siempre.

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