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Dominaciónmar 2026

El Club de tenis Élite. Cap. 4

El sudor y el poder se mezclan en el silencio de los vestuarios. Andrea no pide permiso, simplemente toma lo que quiere, y la obediencia de Melissa se convierte en la única moneda de cambio. ¿Qué secretos esconde la fiesta a la que ha sido invitada?

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Capítulo 4: La invitación

El partido había sido largo. Muy largo. Casi dos horas y media de puntos disputados, breaks, contrabreaks y rallies que terminaban con gritos de frustración o de victoria.

Cuando Andrea y Elena empezaron a bajar por el pasillo hacia los vestuarios, el eco de sus pasos era pesado, cansado, pero todavía cargado de esa energía que siempre las acompañaba después de ganar. Sudor empapado en el pelo, en la nuca, en la espalda. El conjunto negro de Andrea pegado a la piel, oscurecido por completo en el pecho y en la zona lumbar. Elena igual, el pelo pelirrojo aplastado contra la frente, mechones húmedos cayéndole sobre los ojos.Melissa las oyó antes de verlas.

El sonido de las zapatillas contra el suelo, el roce de las bolsas de deporte al balancearse, la risa agotada pero satisfecha de Elena diciendo algo sobre “cómo te he salvado ese último punto, eh”. Y debajo de todo, la voz más baja de Andrea, respondiendo con un simple “sí, pero el partido lo gané yo”.

Melissa ya estaba de pie junto al banco cuando entraron. No se movió. No dijo nada. Simplemente las miró entrar y sintió que el cuerpo le respondía solo.

Andrea fue la primera en detenerse. Dejó caer la bolsa al suelo con un golpe sordo y se apoyó contra las taquillas, respirando profundo. Elena hizo lo mismo a su lado, sacudiéndose el pelo como un perro mojado y salpicando gotas por todas partes.

Ninguna habló. No hacía falta.

Melissa se arrodilló delante de ellas sin que se lo pidieran. Las rodillas tocaron el suelo frío con un pequeño golpe. Extendió las manos hacia Andrea primero, como si fuera lo más natural del mundo.

Cogió el talón de la Stan Smith derecha. El cuero blanco estaba sucio de polvo de pista, el talón azul desgastado en los bordes, la tela interna oscurecida por el sudor acumulado. Tiró con suavidad. La zapatilla salió con ese sonido que ya conocía tan bien. El olor llegó fuerte, inmediato: sudor intenso, cuero caliente, sal, el rastro de horas de juego sin descanso. Repitió con la otra.

Andrea flexionó los dedos dentro del calcetín blanco corto, ahora empapado y casi transparente.

Melissa no esperó.

Se acercó a Elena. Que llevaba unas zapatillas iguales a las de Andrea solo que con el talón verde.

—Para no equivocarse — riéndose hasta morirse mientras las compraban.

No obstante, los tenis de Elena estaban aún más castigados por el uso intensivo que las daba: el verde desvaído, la puntera con marcas de rozaduras, el interior visiblemente húmedo y oscuro con alguna zonas del interior de la tela ajadas. Las quitó con el mismo cuidado reverente. El olor era distinto: más ácido, más penetrante, como si sus pies sudaran de forma más agresiva.

Las cuatro zapatillas quedaron alineadas en el suelo delante de Melissa.

Andrea miró hacia abajo. Una sonrisa lenta, cansada pero satisfecha, se dibujó en su cara. Sentándose en el banco con un suspiro largo y cansado, estiró las piernas hacia adelante y flexionó los dedos dentro de los calcetines empapados.

—Qué bien me vendría un masaje en los pies ahora mismo… —dijo en voz baja, casi como si hablara consigo misma, pero mirando directamente a Melissa—. Estoy muerta. Ha sido un partido extenuante. Me has dejado muerta, Elena.

Elena soltó una risa agotada mientras se quitaba la muñequera.

—Ya, claro, échame la culpa a mí. Tú eres la que no para de correr.

Andrea sonrió de lado, sin apartar la vista de Melissa, que seguía de rodillas con las zapatillas ya quitadas en las manos.

—Melissa, cielo… —continuó con esa voz suave, casi cariñosa, pero con un filo que no dejaba lugar a dudas—. Te importaría darme un masaje antes de meterme en la ducha? Los pies me están matando.

No era realmente una pregunta. Era una orden envuelta en miel, dicha con la seguridad absoluta de quien sabe que va a ser obedecida.

Melissa sintió que el aire se le quedaba atascado en la garganta. Bajó la mirada al pie derecho de Andrea, todavía cubierto por el calcetín blanco corto y transparente por el sudor.

—Sí… señorita Andrea —murmuró casi sin voz.

Cogió con cuidado el borde del calcetín y lo bajó despacio, revelando la piel enrojecida, brillante y caliente. Hizo lo mismo con el otro. Los pies quedaron libres, húmedos, con un olor intenso y salado que llenó el espacio entre ellas.

Andrea estiró las piernas un poco más, apoyando los talones en el borde del banco para que Melissa pudiera llegar mejor.

—Empieza por el arco —dijo tranquilamente, como si estuviera pidiendo un café—. Presiona bien, pero no tan fuerte que duela… todavía.

Melissa tomó el pie derecho entre las manos. La piel estaba ardiendo, las plantas enrojecidas por el roce constante dentro de la zapatilla. Empezó a masajear con los pulgares, subiendo y bajando por el arco, presionando en círculos lentos. Andrea soltó un gemido bajo de alivio, cerrando los ojos un segundo.

—Así… justo así… —murmuró.

Mientras Melissa trabajaba en el pie derecho, Andrea levantó el izquierdo y, sin previo aviso, lo apoyó contra el pecho de Melissa. La planta húmeda presionó justo entre los pechos, mojando de sudor el polo blanco una vez más.

Melissa dejó escapar un pequeño jadeo, pero no dejó de masajear.

Andrea movió el pie despacio, rozando un pezón por encima de la tela, frotándolo en círculos lentos hasta que se endureció visiblemente. Luego lo subió más, pasando la planta por la barbilla, por la mejilla, dejando un rastro cálido y húmedo en la piel. Melissa temblaba, los ojos cerrados, intentando concentrarse en el masaje, pero cada roce la hacía arquearse un poco más.

Finalmente, Andrea bajó el pie. Lo deslizó por debajo de la falda del uniforme, hasta llegar a la entrepierna. Lo apoyó directamente sobre las bragas, la planta caliente y sudorosa presionando contra el tejido ya húmedo.

Presionó un poco más fuerte, moviéndolo arriba y abajo con lentitud deliberada.

Melissa soltó un gemido bajo, involuntario. Las manos se le detuvieron un instante en el pie que estaba masajeando.

Andrea abrió los ojos y la miró fijamente.

—No pares —dijo en voz baja, casi dulce—. Sigue masajeando.

Melissa volvió a presionar con los pulgares, más rápido, más torpe, mientras el pie de Andrea seguía frotando despacio contra sus bragas, explorando, reclamando.

Elena, apoyada contra las taquillas, observaba la escena con cara de estupefacción pero divertida.

—Joder, Andrea… la tienes completamente ida.

Andrea no respondió. Solo mantuvo el pie ahí, presionando justo donde Melissa más lo necesitaba, mientras Melissa seguía masajeando con devoción absoluta, temblando entera.

Andrea mantuvo el pie derecho presionando suavemente contra las bragas de Melissa durante unos segundos más, moviéndolo arriba y abajo con una lentitud casi perezosa, solo lo suficiente para que Melissa se arqueara un poco y soltara otro gemido ahogado.

No era un intento serio de llevarla al clímax; era solo un juego, una forma de ver hasta dónde llegaba esa obediencia temblorosa, de recordarle quién tenía el control sin tener que esforzarse demasiado.

De pronto, Andrea retiró el pie con la misma naturalidad con la que lo había puesto.

Se levantó del banco, estirándose con un crujido de vértebras.

—Suficiente por ahora —dijo con voz tranquila, como si acabara de terminar de estirar después del calentamiento—. Me voy a la ducha antes de que me dé un calambre.

Melissa se quedó de rodillas, respirando agitada, las manos todavía suspendidas en el aire donde había estado masajeando. La tela de las bragas estaba húmeda, pegada a la piel, y sentía un calor pulsante que no iba a ninguna parte.

Elena soltó una risita baja mientras se quitaba los calcetines ella misma.

—Te dejo que te diviertas un rato más con ella si quieres, pero yo necesito agua caliente ya.

Andrea se encogió de hombros, ya caminando hacia las duchas.

—No hace falta. Ya ha tenido suficiente para hoy.

Las dos entraron en las cabinas individuales sin cerrar del todo las puertas, dejando que el vapor empezara a salir y el sonido del agua llenara el vestuario.

Melissa se quedó allí, de rodillas, con las cuatro zapatillas muy usadas delante y el cuerpo todavía vibrando. No se movió hasta que oyó las voces de las dos amigas hablando por encima del ruido del agua.

Dentro de las duchas Andrea dejó que el chorro caliente le cayera directamente en la nuca, soltando un suspiro largo de alivio.

—Joder, qué bien sienta esto después de casi tres horas…

Me han quedado los gemelos como piedras.

Elena, en la cabina de al lado, se enjabonaba el pelo con movimientos rápidos.

—Es que has ido a muerte en el tercer set. Yo ya estaba para el arrastre y tú todavía corriendo como si fuera el primer punto.

Andrea se rió bajito, pasándose las manos por la cara para quitarse el agua.

—Porque no pienso perder contra ti. Aunque me mates.

Hubo un silencio cómodo mientras las dos se aclaraban el jabón.

Elena fue la primera en cambiar de tema.

—Oye, ¿vas a ir mañana a lo de Carlos?

Andrea giró la cabeza hacia la cabina vecina aunque no pudiera verla.

—¿La fiesta en el chalet de La Finca? Sí, supongo. Me ha mandado el WhatsApp esta mañana con el código de la puerta y todo. Dice que va a estar la gente de siempre… y algunos nuevos que quiere “introducir”.

Elena soltó una carcajada que resonó contra los azulejos.

—Siempre con lo mismo. “Gente nueva”. Seguro que son otros hijos de papá que acaban de llegar de Londres o de Suiza y que se creen que ya son de los nuestros porque han comprado un piso en Salamanca.

Andrea se enjabonaba los brazos con calma.

—Probablemente. Pero el sitio es brutal. Piscina climatizada, el jardín ese con los olivos centenarios, la barbacoa que parece de restaurante… y encima Carlos siempre pone música decente y alcohol premium. No me quejo.

Elena se aclaró el pelo y lo escurrió con las manos.

—Y además te mola, eh? ¿Llevas a alguien o vas sola?

Andrea se encogió de hombros aunque Elena no pudiera verla.

—Sola. No tengo ganas de cargar con nadie que luego tenga que cuidar. Además, si me aburro me piro pronto. ¿Tú?

Elena sonrió para sí misma.

—Yo creo que voy con Lucía. Me dijo que igual se apuntaba si no tenía plan mejor. Y ya sabes cómo es: se pone un vestido corto y medio Madrid se vuelve loco.

Andrea soltó una risa corta.

—Mientras no se ponga a ligar con los camareros como la última vez… Carlos se pone negro.

—Qué va, eso fue porque el chico estaba bueno. Carlos se pone negro cuando alguien le toca el vino caro sin pedir permiso.

Las dos se rieron al mismo tiempo.

Andrea cerró el grifo y se quedó un segundo bajo el último chorro que caía.

—Pues nos vemos allí mañana a las nueve, ¿no?

Elena también cerró el agua.

—Hecho. Y lleva el vestido negro ese que te queda de muerte. Vas a dejar a más de uno con la boca abierta.

Andrea salió de la cabina envuelta en una toalla grande, el pelo húmedo cayéndole por la espalda.

—Veremos. Lo importante es que haya buena música y que no me hagan hablar de la carrera.

Elena salió detrás, también con toalla, y las dos caminaron hacia las taquillas sin prisa.

Melissa seguía allí, de rodillas junto al banco, con las zapatillas ordenadas y la cabeza baja.

Esta vez no hubo sesión de secado.

Las dos caminaron hacia las taquillas sin prisa. Y allí seguía Melissa: de rodillas junto al banco, las cuatro zapatillas muy usadas perfectamente alineadas delante de ella, la cabeza baja, el uniforme arrugado y húmedo en el pecho y entre las piernas, la respiración todavía entrecortada.

Andrea se detuvo un instante. La miró de arriba abajo con esa calma suya que parecía pesar cada detalle sin esfuerzo. Y entonces se le ocurrió.

Llevaría a Melissa a la fiesta de Carlos mañana.

No se lo diría a Elena. Elena iría con Lucía y ya se encontrarían allí. La sorpresa sería total: para Elena cuando la viera aparecer, y sobre todo para Melissa, que ni siquiera sabría adónde iba hasta que estuviera ocurriendo.

Andrea no dijo nada en ese momento. No sonrió. Solo dejó que la idea se asentara en su mente como algo ya decidido.

Se acercó a su taquilla, abrió la puerta y empezó a vestirse con movimientos tranquilos: ropa interior, vaqueros ajustados negros, camiseta blanca sencilla. Sus Converse blancas. Se llevo las Stan Smith para darlas un lavado después de varios días de uso intensivo.

Elena hizo lo mismo: se puso la ropa de calle y recogió sus zapatillas para lavarlas. A veces era un calco de Andrea.

Mientras Elena hablaba todavía de la fiesta, Andrea se agachó ligeramente al pasar al lado de Melissa. Elena ya estaba casi en la puerta, de espaldas, ajustándose la bolsa al hombro.

Andrea acercó la boca al oído de Melissa. Habló en voz muy baja, solo para ella.

—Mañana te recojo a la salida del trabajo. Pero con otra ropa, cámbiate. A las siete en punto en la puerta trasera del club. Quiero llevarte a un sitio.

Melissa levantó la cabeza de golpe. Los ojos muy abiertos. El corazón le dio un vuelco tan violento que sintió náuseas.

—¿Señorita Andrea…?

Andrea no contestó. Se enderezó, le dedicó una mirada larga y tranquila —una mirada que decía “no preguntes más”—, y salió detrás de Elena sin una palabra adicional.

La puerta se cerró con ese clic seco que Melissa ya conocía demasiado bien.

Silencio.

Melissa se quedó de rodillas, inmóvil, con las manos temblando sobre los muslos.

Las palabras de Andrea daban vueltas en su cabeza como cuchillos pequeños. ¿Adónde? ¿Por qué? ¿Era una prueba? ¿Un premio? ¿Una forma de humillarla delante de alguien más? ¿O solo un capricho de Andrea que podía terminar en cualquier momento?

No lo sabía. Y eso la estaba destrozando por dentro.

Se levantó despacio, las rodillas entumecidas y doloridas. Recogió las toallas usadas. Limpió las huellas húmedas del suelo. Guardó las toallas en el carrito. Pero cada movimiento era mecánico, automático, porque su mente estaba en otro sitio.

¿Y si no voy? pensó de pronto, y la idea le provocó un escalofrío de pánico. ¿Y si se quedaba en casa? ¿Y si ponía cualquier excusa mañana? ¿Y si decía que estaba enferma?

Pero inmediatamente vino la otra voz, la que ya no podía callar:

Si no vas, ella sabrá que has desobedecido. Y volverá. Y entonces será peor. O quizás no vuelva nunca. Y eso sería peor todavía.

Se abrazó a sí misma, sentada en el mismo banco donde Andrea había estado minutos antes. El olor de sus pies todavía flotaba débilmente en el aire. Cerró los ojos e inspiró hondo, como si pudiera tragarse ese rastro y guardarlo dentro hasta mañana.“A las siete en punto en la puerta trasera.

”No en la principal. En la trasera. Donde nadie la viera. Donde nadie supiera que Andrea iba a recoger a la empleada del vestuario. Donde nadie supiera que Melissa iba a subirse al coche de la señorita Andrea. El estómago se le revolvió. Miedo. Vergüenza. Excitación. Todo mezclado en una bola que le apretaba el pecho hasta doler.

No sabía qué iba a ponerse. No sabía qué iba a decir cuando Andrea llegara. No sabía si iba a ser capaz de mirarla a los ojos cuando se subiera al coche.

Solo sabía una cosa con certeza absoluta:Mañana, a las siete en punto, estaría allí.

En la puerta trasera.

Se levantó por fin. Apagó las luces de emergencia. Cerró la puerta del vestuario por fuera.

Y caminó hacia la salida del club con las piernas temblando, el pulso acelerado y una sola pregunta dando vueltas sin respuesta en su cabeza:

¿Qué va a pasar mañana?

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