Al salir del gym
Él esperaba una cita; ella le ofreció una lección de sumisión. Entre el sudor del gimnasio y la vergüenza pública, descubrirá que su deseo no tiene límites, solo los que ella decida imponerle.
Esperé diez días para volver a hablar al maduro sumiso con el que había tenido una cita. Le había dicho que no me hablara hasta que yo necesitase sus servicios, pero él no había podido aguantarse. Calculé que incumpliría mi orden a los cinco días. Necesito siete para escribirme un escueto "¿Qué tal?" seguido de una disculpa por temer importunarme. Yo lo ignoré hasta que me apeteció para que entendiera la lección.
Estaba en el gimnasio a punto de empezar una sesión de cardio. Le mandé la ubicación y le dije que me esperara en la puerta. Casi dos horas después salí y le vi junto a la entrada. No sé cuándo leyó mi mensaje, pero por su actitud se veía que estaba a punto de perder la paciencia. Le saludé con una sonrisa y le tendí la bolsa del gimnasio. Pregunté por el coche y me guío hasta ahí, en silencio.
Me senté en la parte de atrás después de que me abriera la puerta. Empezó a disculparse por haberme hablado sin permiso y le corté con un movimiento displicente de manos. Estuve un rato distraída con el móvil hasta que levanté la cabeza y le dije que tenía hambre y que quería que me llevara a un restaurante que me gustaba. Volví a centrar mi atención en el móvil, dando por terminada la conversación y él arrancó el coche.
Notaba que me echaba miradas de reojo mientras conducía. No había querido cambiarme así que seguía todavía con la ropa del gimnasio. Llevaba un conjunto gris de mallas y top deportivo, una simple coleta en pelo y unas zapatillas desgastadas. Me acomodé en el asiento, cruce las piernas y puse mis pies muy cerca de su asiento.
—Dime, ¿te gusto más con tacones o con zapatillas?
—Me gustas de todas las maneras.
—Como te has convertido en mi chófer es mejor que a partir de ahora me llames Señorita.
—De acuerdo, Señorita
—Me imagino que habrás hecho buen uso del regalo que te di.
—Lo atesoraré para siempre, Señorita.
—Donde lo guardas?
Llevó una mano a la guantera y sacó el tanga usado que le había dado la última vez. Me relamí pensando en cómo me había tocado delante de él, sin dejar hacerle otra cosa que mirar. No me sorprendió que lo tuviera tan cerca. Extendí la mano para que me lo entregase. Lo estudié de cerca. Se veía muy sobado, mucho más desgastado que como se lo había dado yo.
—Se nota que le has dado amor. No esperaba menos.
Y pude ver por el espejo que se ponía rojo entero. Abrí la ventanilla y despreocupadamente tiré el tanga a la carretera. Me reí imaginando que acabase en las manos de otro pervertido sin saber quién había sido su último usuario, que en esos momentos me miraba como si estuviera loca. Le corté enseguida.
—Los ojos en la carretera y date prisa, que tengo hambre.
El resto del viaje no tuvo incidentes. Llegamos al sitio que le había indicado, un centro comercial, y me dirigí hacia al restaurante, un sitio de poke que tenía ganas de probar. Elegí una mesa al fondo y me senté. Pedí dos pokes diferentes y bebidas para los dos. Mientras esperábamos la comida, me estiré en mi asiento y coloqué mis piernas encima de él.
—Estoy cansada, quítame las zapatillas.
Estaban colocadas justo en su entrepierna y la suela manchaba su pantalón. Aflojó los cordones y luego intentó sacar mis zapatillas. Como él tenía especial cuidado y yo no estaba dispuesta a ponérselo fácil, requirió varios intentos.
—Ahora los calcetines.
Si había ido con cuidado antes, ahora estaba temblando. Tenía los calcetines húmedos desde que había salido del gimnasio y estaban pegados a mis pies. Metió los dedos delicadamente y sacó uno y después otro con un respeto reverencial. Sin saber qué hacer, los conservo en la mano.
—Déjalos en la mesa —y justo cuando terminé de decir eso, apareció el camarero con los platos—. Perfecto, no aguantaba ya más.
Si el camarero notó que la situación era rara, no dijo nada. Solo le delató una mirada incrédula al ver unos calcetines usados encima de la mesa. Debajo estaban mis pies, con mis deditos estirándose del gusto de quedarme descalza después del gimnasio, placer solo comparable con la sensación de quitarme los tacones tras una noche bailando con ellos. Por supuesto, él estaba erecto y abría las fosas nasales con la esperanza de captar el aroma que había liberado.
Picoteé en ambos platos. Los dos estaban buenos, pero claramente me gustaba más uno que otro. Me quedé con ese y le di el otro a él. Lo de que tenía hambre era verdad. Estaba famélica y acabé mi plato en pocos minutos. Él, por lo que sea, estaba tardando más.
—Utiliza tu servilleta.
Intentó cogerla y le pisé con fuerza los huevos.
—Ya te he dado una servilleta. Utilízala.
No se lo podía creer. Cogió los calcetines y se los llevó a la boca. Pude escuchar como aspiraba ansioso y disfruté con sus ojos dilatándose del placer de sentir mi olor. Acaricie su entrepierna con ternura con la satisfacción de saber que debía de ser muy dolorosa su erección. Notaba como el bulto de su pantalón presionaba mis pies. Corté ese instante mágico de golpe.
—Levántate y paga.
Mi maduro estaba todavía perdido en las ensoñaciones derivadas de mi aroma.
—Ahora mismo —dije en voz alta, lo suficiente para que nos escucharan las mesas que teníamos cerca. Bajé la voz—. Y las manos a la espalda, no tapes nada.
Se levantó con su erección en todo su esplendor, imposible de disimular. Apenas había comido de su plato. Me giré para verle en la barra sacando su cartera y pagando, todavía con mis calcetines en la mano. Se dio la vuelta y miró en mi dirección y le saqué la lengua. Volvió rojo de vergüenza e intentó sentarse.
—No te molestes, nos vamos. Coge las zapatillas. Me vas a invitar a un café.
Me levanté y salí caminando descalza del restaurante. No me importaba hacerlo, ni siquiera en ese sitio. Adoro sentir mis pies conectados al suelo. Además, sabía que detrás tenía a mi baboso pendiente de cada uno de mis movimientos.
Me senté en una de los asientos del centro comercial. Señalé una cafetería justo en frente:
—Ice Latte caramelo.
Cuando volvió con mi café le dije:
—¿Ves esa tienda? —volví a señalar pero en otra dirección—. Vete con mis zapatillas y compra un par nuevo. Misma marca, mismo modelo. Y también calcetines. Ah, y ni se te ocurra volver a aspirar mi sudor como si fueras un cerdo.
Mientras bebía mi café me puse con el móvil. De vez en cuando notaba la mirada de alguien percatándose de que estaba descalza. Siempre algún hombre. Es tan fácil reconocer a los babosos... Pillé a uno que se había quedado embobado y le eché una mirada de mala hostia. Inmediatamente empezó a caminar en dirección contraria.
Mi maduro llegó con una bolsa de Nike. Le di el vaso vacío para que lo tirara y caminé dirección al parking. Mis pies, por lo general tan blanquitos, se estaban quedando negros después de andar tanto tiempo descalza. Ya en el coche, esperé a que me abriera la puerta y me senté con mis pies colgando fuera.
—Arrodíllate.
Sabía que con esa orden iba a mirar a su alrededor así que no vio venir la patada en los huevos que le di. Se arrodilló, pero de dolor. Le puse el pie a cinco centímetros de los ojos.
—Debería hacer que me limpiaras los pies con la lengua.…
Una mirada de deseo y miedo apareció en su cara
—Pero no me apetece dejar que me toques. Agacha la cabeza.
Y restregué mis plantas por su pelo. No eliminaría la suciedad, pero me regodeé pensando que le estaba marcando. Volví a ponerle los pies a cinco centímetros de la cara, lo suficientemente cerca para que toda su visión estuviera abarcada por ellos.
—¿Cómo son mis pies?
—Divinos, Señorita.
Coge los calcetines nuevos y pónmelos.
Mientras abría el paquete eché un vistazo alrededor como había hecho él antes. Estaba arrodillado en el suelo del parking. Cualquiera podría vernos. Sería muy difícil explicar qué estaba haciendo ahí. Sin embargo, él ya no se preocupaba por lo que había fuera. Estaba demasiado absorto contemplando mis pies.
—Con cuidadito, no quiero sentir un solo roce de tus manos en mis pies.
Fui buena y le facilité la tarea. Estiré el pie, arrugando la planta, para que entrara mejor el calcetín por el hueco que había dejado al enrollarlo. Permití que lo ajustara, ayudando con el impulso. Una vez puesto, coloqué el pie con el calcetín en sus labios y lo besó sin que yo tuviera que decirle nada. Repitió el proceso con el otro calcetín. Al terminar se quedó quieto, esperando a que volviera a hacer lo mismo que con el otro pie. Esperé medio minuto y volví a dejar que me besara el calcetín.
—A ver las zapatillas.
Sacó la bolsa y abrió la caja. La levantó con los brazos y me ofreció su contenido, como los antiguos sacerdotes paganos enseñaban a los Dioses paganos sus sacrificios en el altar. Era el mismo modelo que yo había gastado. Le ordené que me lo calzara y lo hizo con la misma reverencia que con los calcetines.
—Ya puedes levantarte. Ábreme la puerta del copiloto y después móntate en tu sitio.
Le ordené que me entregara los calcetines sucios y que abriera la boca. Se los restregué en la cara, tapándole los ojos con ellos. Boqueaba extasiado.
—Sácate la polla y empieza a masturbarte.
Se apresuró a hacerlo. Desde fuera no se veía lo que estaba haciendo, pero se podía intuir. Yo disfrutaba exponiéndolo en el parking.
—Contesta mientras te pajeas.
—Sospechaba que llevaba empalmado bastante rato, excepto cuando le había golpeado en los huevos. Tenía la polla muy gruesa y más pequeña de lo normal. Asomaba por encima de la camisa y la frotaba con desesperación.
—Cuanto costó la cena el otro día?
La pregunta le pilló desprevenido.
—Contesta, o te hago masticar los calcetines.
—Más de cien euros —el sonido salió cortado, medio ahogado.
—¿Te has pajeado todos los días pensando en mí?
—Sí.
—Te habría gustado que te exhibiera en las tienda de zapatillas.
—Me habría dado miedo, Señorita —la última palabra sonó a algo así como zeñonitta.
—¿Te habría gustado o no?
—Sí.
—Entonces tienes suerte porque no tardaré mucho en dejar que me lleves de tiendas.
Respiraba con dificultad, en parte por su excitación, en parte porque cada vez le ahogaba más con los calcetines. Una pareja pasó por delante del coche sin fijarse en lo que estábamos haciendo.
—Tantos días pajeándote pensando en mí y ahora lo estás haciendo delante de mí pero sin verme. Solo te ha hecho falta olerme, ni siquiera te he dejado tocarme. Eres patético, pero la verdad es que me gustas y con lo bien que me tratas estás yendo por buen camino.
De pronto paró de tocarse y la polla le empezó a palpitar. Tenía la cara sudada y estaba haciendo un gran esfuerzo para no terminar antes de tiempo.
—Me gusta que tengas que pedir permiso —dejé que se prolongara el silencio—. Córrete para mí.
Solo bastó una sacudida más. Chorros de leche salieron disparados. Le mancharon la camisa y el pantalón. Gimió como un cerdo y yo le metí los calcetines en la boca para callarlo. Todo fue muy rápido. En total la paja había durado dos o tres minutos.
—Nunca había estado con alguien que durara tan poco. Has batido un récord.
Me miró entero sudado y con la cara roja, todavía intentando volver a este mundo.
—No te acomodes. Guárdate esa cosa y no te limpies. Quiero que cojas mis zapatillas viejas y las tires en la basura más cercana. Haces lo mismo con los calcetines. Escúpelos directamente. No me mires así. ¿Creías que te iba a dejar volver a conservar algo mío? ¿No te he dado ya suficiente?
Salió del coche, medio aturdido, con la camisa sin meter del todo y la ropa arrugada. Caminó sin rumbo. Lo observaba a través de la luna. Pareció encontrar una basura y desapareció de mi vista. Al volver vi claramente que tenía la ropa manchada. Por lo sobresaltado y sudado que estaba, era evidente que acababa de tener un orgasmo. El semen todavía era reconocible en su ropa.
Podía haber dejado que disfrutara del orgasmo, pero es mejor hacer que el hombre se acostumbre a servirte incluso en ese momento tan delicado después de correrse. Un siervo de verdad sabe que no se debe relajar nunca. Ya tendría ocasión para recrearse en ese momento. Ahora tenía que conseguir que siguiera obedeciendo con la inercia. Era una prueba importante, la mayoría de los hombres desconectan cuando se alivian. Ahí sabes que no están para sino para cumplir sus fantasías.
—Llévame a casa.
Todo el viaje transcurrió en silencio. Me imaginé lo que estaría pensando. Por un momento pensé si había ido demasiado lejos. Lo había expuesto delante de gente y lo del parking había sido arriesgado. Él no parecía preocupado, solo cansado. Había sido dura con él. No me importa serlo, no suelo tener piedad, pero tampoco quería asustarlo. Sin embargo, le había llamado patético y se había corrido. Estaba obedeciendo todas las órdenes. Había tratado mis pies con un respeto como nadie había hecho antes. Me gustaba ese hombre, mucho, y no solo porque me diera todo lo que yo quería.
Llegamos al destino sin darme cuenta. Antes de bajarme, me giré y recorrí sus labios con mi dedo índice. Era la primera vez que él tocaba mi piel. Noté como le recorría un escalofrío.
—El sábado voy a salir de fiesta con unas amigas. No vas a dejar que vuelva a casa sola, ¿verdad?
Y me llevé el dedo a mis labios, entreabriéndolos un poco y mirándole con una sonrisa inocente.
Asintió efusivamente, probablemente sin poder hablar.
—Sé buen chico y ábreme la puerta.
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