Invasores y nativos. 21
Sam creyó que la misión en Tokio era lo más complejo que enfrentaría, pero su hogar lo esperaba con una calidez física abrumadora. Mientras reconstruye la humanidad, su propia familia busca llenar vacíos que ni la política ni la guerra pueden sanar. Y cuando el placer se vuelve una necesidad vital, las fronteras entre el deber y el deseo se desdibujan.
Gracias a la lectura de un ordenador, Sam ya sabía que el lugar donde le llevaban se llamaba Tokio y que estaba al otro lado del mundo, pero se sorprendió de que el viaje solamente durase casi un sexto de seis desde un cuartel cercano a Lago Oeste. Según le explicaron el despegue fue casi vertical hasta llegar a una órbita baja. A gran velocidad se situaron sobre Tokio y solamente hubo que descender.
Era de noche cuando llegó y al saber la hora recibió otra sorpresa, el viaje fue corto, sí, pero el horario era totalmente distinto. Al caute siguiente lo despertaron a la hora local por lo que solo había dormido poco menos de tres sextos de seis. Tenía sueño y se movía con torpeza ante la comprensión y sonrisas de los que ya llevaban ahí un tiempo.
También los jefes ya estaban enterados de esa inconveniencia al ser algo que todos la sufrieron, además Sam era Consultor agregado y merecía respeto. En una reunión en lo que parecía una estancia más en la enorme nave que estaba bien asentada en el suelo y rodeada de fuertes defensas, le entregaron un ordenador con gran cantidad de fotos de la zona, sobre a quienes habían visto y muchos textos descriptivos, pero en esa jerga militar que a Sam no le gustaba, y que en ese momento no podía leer con la concentración requerida. Por suerte uno de los jefes le hizo un resumen.
- Calculamos que son unas mil personas hacinadas en unos túneles que inicialmente eran para el trasporte subterráneo.
Añadió lo que consideraban datos curiosos sobre los nativos locales.
- No son tan altos como tú, además de diferentes rasgos faciales. Por otro lado, disponen de algo de ganado, pero eso solo lo sabemos por los excrementos apilados fuera. Ignoramos de qué animales se trata.
Sam asentía, pero notaba que otra vez los militares no le decían sus nombres ni graduación. ¿Por qué? No, no lo preguntaría. En unas fotos aparecían algunos letreros que no supo leer, por lo que puso un impedimento:
- No hablo el idioma de aquí.
- Lo sabemos. - Dijo un sorevan que vestía de civil. - Pero al ser humano puede que sea posible un acercamiento mayor. Simplemente no se fían de nosotros.
Sam asintió, recordaba que, siendo niño, a los sorevanos se les relacionaba con todo lo malo que pasaba en el planeta, las desgracias que sufrían los humanos. Pidió tiempo para ver la documentación y un sexto de seis para descansar.
Le dejaron ir a comer, dormir y leer a condición de estar listo a primera hora de la mañana siguiente.
Sam encontró que tenían preparado todo un equipo militar adecuado a su estatura, pero dijo que iría de civil con la ropa que ya llevaba. Solo necesitaba del calzado, ya que las botas eran más adecuadas que sus zapatillas para moverse entre escombros.
Unos jefes intercambiaron miradas, pero estaban de acuerdo, así resultaba menos inquietante ante los otros humanos.
- Bien, pero de todas formas te cubriremos.
Ya en el exterior de la nave y entre las ruinas de lo que fuera una capital densamente poblada llamaron a otro militar que en cuanto recibió las órdenes llamó por radio a un grupo de ocho uniformados.
Este militar con menor graduación se ocupó de dar más órdenes a la patrulla y hacer unos gestos que Sam no sabía interpretar. Rápidamente se vio rodeado por el grupo que comandaba ese militar. Dos delante, dos a los lados y cuatro detrás. El jefe iba a su lado.
Los otros jefes quedaron algo retirados, observando.
- Bueno, compañeros. - Dijo Sam poco convencido, pero intentando sonreír: - Vamos hacer nuevos amigos.
Muy cerca del campamento fortificado de los sorevanos había una entrada al hueco del transporte subterráneo que servía de refugio a los humanos de esa zona. Los acompañantes ya debían haber bajado en alguna ocasión, se movían como si conocieran el lugar. Además, le explicaron que había que bajar tres niveles y la distancia en pasos.
Le miró los pies para afirmar:
- Los escalones son de acuerdo a tu estatura.
Ya en el nivel habitado por los humanos encontró a más militares, que en verdad se ocupaban de vigilar el acceso y el mantenimiento de unas lámparas muy potentes, además del cableado para la comunicación con el exterior. Le indicaron dónde estaban los japoneses y allí se dirigió hasta que al poco le alcanzó un soldado. Iba sin fusil, por lo demás llevaba el equipo completo. Sam supuso que si bien no era el jefe de la patrulla debía ser el segundo o algo así.
Varias personas armadas les detuvieron. O eso era de suponer, puesto que no entendían su idioma. Eran humanos y efectivamente Sam comprobó que sus rasgos faciales eran diferentes a lo acostumbrado. Uno parecía policía o al menos eso supuso que ponía en el chaleco que llevaba, aunque en su opinión estaba mal escrito. Debía ser en otro idioma.
Dijeron varias palabras más que sonaban a órdenes muy enfadadas y Sam respondió que nada entendía. Preguntó si alguien hablaba su idioma. Y ocurrió que con unos gestos mostrando las palmas de las manos ordenaban esperar. Transcurrió medio sexto de seis hasta que apareció un hombre mayor. Que lo primero que hizo fue presentarse inclinando su cuerpo, haciendo que Sam también se presentara, pero sin inclinarse. Su nombre era largo resultando impronunciable, podía abreviarlo llamándole Sashi. Su hablar era raro, seguramente por el acento local, y más tarde dijo que lo aprendió trabajando en una agencia de viajes, teniendo que explicar a Sam qué era eso. Así ya pudieron conversar.
- Eres muy joven.
- Nací después del cometa.
Sashi asintió.
- Hubo pocos nacimientos después de eso.
Acudieron más japoneses.
Unos hombres hablaban en japonés, el interlocutor lo traducía a Sam, y él lo decía en sorevano al soldado que estaba a su lado. Más tarde se enteraría que era grabado por una cámara que llevaba escondida el militar. En principio Sam llevaba planeado explicar que los enemigos eran los Cueros, mandoran de barro o como les llamaran en Japón, y resultó que de eso no había en el archipiélago. Cambió de talante y expuso que los soveran no les molestarían por lo que podían vivir cómodamente en la superficie.
- ¡No! Allí hay ladrones, asesinos.
Respondió el interlocutor diciendo una palabra que Sam no entendía: yakuza. Tardó un poco en saber que se trata de una agrupación, o varias, de delincuentes.
- Comprendo. - Dijo Sam.
Lo tradujo y esperó la respuesta militar.
- Podemos protegeros y ayudaros a prosperar. - Pudo ofrecer por fin, y con gran curiosidad preguntó: - ¿Hay niños entre vosotros?
Había muy pocos. Como ya suponía, casi toda la gente era estéril.
- Es bueno que haya niños, representan el futuro de nuestro pueblo.
- ¿Nuestro pueblo, dices? ¿Te consideras japonés?
- Miradme. Miraros. Somos muy pocos los humanos que quedamos en el planeta. Os aprecio como mi familia.
Cuatro sextos de seis más tarde, Sam salía de los túneles del metro. Además de los soldados asignados le acompañaba el traductor y cuatro personas más. Uno de ellos se hacía llamar alcalde.
Alguien murmuró unas palabras y Sashi las tradujo.
- Deberíamos llevar una bandera blanca.
Sam sabía el significado de ese emblema y los corrigió:
- Somos aliados.
Como los militares tenían traductores con el idioma de Sam, ya no era necesaria su participación en las negociaciones. Si bien Sashi resultó muy útil. Por lo que permanecía en un rincón sin que nadie le hiciera caso.
Se aburría por lo que aprovechando un descanso pidió ver los animales y simplemente los sacaron al caute siguiente para que comieran al aire libre. Así Sam pudo ver vacas, gallinas, ovejas y un caballo. Animales muy comunes antaño.
Sashi le dijo que lo del caballo era una lástima, pero al no poder procrear se perdería esa especie.
- Antaño eran empleados como vehículos. Y hasta hace poco como capricho de ricos.
Sam pidió más explicaciones y así se enteró que podían subirse a ellos o que tiraran de vehículos con ruedas que no fueran muy pesados.
El traductor preguntó:
- ¿Sabes si los pueden clonar?
Sam no tenía ni idea qué era eso y de si era posible. Los militares dieron respuestas muy ambiguas, es más, le pasaban el problema a Supremacía militar y al gobierno.
Asistió a dos reuniones más, pero era un observador.
El problema era dónde instalar a tanta gente ya que las casas de alrededor no eran fiables al estar abandonadas y sometidas a algún terremoto. Además, no había huertos ni espacio para instalarlos. Y lo peor de todo es que los japoneses tampoco querían desplazarse muy lejos de los túneles. Pensaban que siendo tantos no tendrían donde refugiarse de los ladrones.
Sam pidió la palabra y a continuación propuso que se instalaran al lado de un parque. Ahí podrían cultivar.
El alcalde se opuso.
- Según la ley japonesa no se puede hacer eso en lugares públicos.
Sam sonrió al replicar:
- Vosotros sois Japón, sois la ley.
Pronto se eligió un parque donde instalarse y si bien no estaba establecido todavía el plan de acción, Sam ya sabía que muchos árboles serían talados para crear los huertos. Que se derribarían gran cantidad de casas de alrededor y construirían otras nuevas. Todo dentro de un recinto amurallado y protegido con varias torres de vigilancia. Además, los sorevanos instalarían cerca un cuartel con un hospital.
Sam paseaba por el lugar en obras con Sashi, aquel primer japonés con el que pudo hablar. Ambos sabían que se trataba de una conversación intencionadamente cortés en la que intentaban averiguar si había segundas intenciones por parte del otro.
- Si los sorevanos quisieran aniquilarnos no se molestarían tanto en nuestro bienestar. - Señaló al rededor. – Mira. Estos son militares bien entrenados. De proponérselo les costaría muy poco eliminarnos con unas pocas bombas.
Sam señaló la enorme nave desde con la podían lanzarlas y que destacaba por encima de los árboles. Añadió:
- En un territorio de hielo permanente muy al sur, se encontró a personas de distinta nacionalidad y fueron llevados a Canadá, donde ya había más gente. Se les entregó alimentos y se les enseñó a manejar una maquinaria agrícola que también les cedieron. Los sorevanos no quieren ser nuestros enemigos, pero aprovechan que somos pocos para traer su excedente de población. Por ahora solamente ocupan Europa y algunas otras zonas de otros continentes.
- ¿Qué pasará si nosotros volvemos a ser muchos?
Sam se puso triste al recordar.
- Como dijo Pitape, un sorevano que me aceptó en su casa como si fuera su hijo: Ese problema lo trataremos cuando llegue. Por ahora hay mucho espacio, y dentro de unos ca… años, las zonas que actualmente no son habitables por acción de la guerra, pasarán a serlo.
Sashi asintió inclinándose un poco en lo que Sam ya comprendía que se trataba de gestos de cortesía.
Caminaron pasando entre unos árboles que unas marcas de pintura indicaban que serían retirados. Sashi cogió aire por la nariz y tras expulsarlo dijo que lamentaba que hubiera que talarlos.
- Bueno, entre las ruinas pueden crecer otros.
Para evitar alejarse del campamento dieron la vuelta regresando por el mismo sitio. Sashi cambió de tema.
- Resulta que actualmente somos cuatro profesores, dos médicos, dos enfermeros, cinco policías y un soldado. Todos los demás somos oficinistas, comerciantes o amas de casa. – Sonrió al añadir: - Por suerte algunos saben algo de agricultura y hace tiempo que aprendimos a cuidar las vacas y las gallinas. – Parecía pedir ayuda cuando dijo: - Creo que nos irá bien en cuanto sepamos quienes son los fértiles para que haya más niños.
- Sus médicos pueden encargarse de eso.
Sam tuvo que buscar en el ordenador qué era “oficinista”. No quiso preguntar a Sashi por miedo a aparentar un ignorante.
Otro caute ocurrió algo curioso con la comida. A los japoneses les gustaba la comida sorevana, pero una tarde invitaron a comer de tortilla y patatas a unos jefes y les sentó mal. En una parte del campamento destinada a Sanación se ocuparon de los intoxicados. Los jefes sorevanos se curaron pronto, porque los sanadores conocen bien su fisionomía, mientras que Sam estuvo todo un caute sin poder alejarse demasiado de los retretes, acudía a ese sitio cada poco tiempo.
- Lo mejor es que lo expulses todo y bebas mucha agua. - Le dijo una sanadora.
- Creo que he expulsado mucho más de lo que comí. - Se quejó.
Mediante Sashi, el alcalde le pedía disculpas afirmando que se trataba de un acto de intercambio de cortesías. Sin otra intención.
- No te preocupes. Es que no tengo costumbre. La verdad es que mientras lo comía me gustó, pero luego… fue un desastre.
- ¿Y nuestros anfitriones?
- Bueno… comieron menos que yo, y sus sanadores son muy buenos.
Le entregaron una bolsita con trocitos de hierbas secas. Afirmaban que le sentaría bien. Debía ponerlas a remojo en agua muy caliente durante un cuarto de sexto de seis. Sam, que no se fiaba demasiado, guardó una muestra para que la analizaran antes en Sanación. La sanadora que le atendía desde el principio afirmó:
- Contiene medicamento similar al que te damos, siendo mucho más suave. Puedes tomarlo tranquilo. Te sentará bien.
El sabor resultaba extraño, pero como dijo Sashi y la sanadora, le sentaba bien.
Todo el trabajo recaía en el ejército y en los mismos japoneses. Que rápidamente instalaron varias vallas rodeando el futuro huerto y las casas. Eran los japoneses quienes se ocupaban de la vigilancia y las patrullas. Algo que ya hacían estando en el subsuelo.
Se les ayudó a localizar un cuartel donde conseguir más armas con las que defenderse, pero ya había sido asaltado. Posiblemente por esos ladrones que les acosaban.
Durante unos cautes Sam simplemente se dedicaba a saludar a todo el mundo. Así descubrió que había gente que conocía algunas palabras, pocas, en su idioma. Al interesarse de porqué, afirmaron que estuvieron de vacaciones o negocios en España y en unos lugares que llamaban México y San Francisco. A veces preguntaba cómo se decía algo en japonés simplemente por cortesía porque sabía que jamás lograría aprender un idioma que le parecía más difícil que el sorevano.
En tan solo cuatro cautes los sorevanos ya habían instalado un cuartel para veinte soldados, mientras que los humanos aún no habían empezado con la siembra, solamente una veintena de casas se veían alzadas, pero aún tardarían muchos cautes en habitarlas. Algunos humanos, y para evitar desplazamientos hasta los subterráneos, vivían en casas de lona que a Sam le recordaba el campamento donde vivió con sus padres. Lo cual le traía malos recuerdos y le hacía presagiar lo peor.
Habían pasado ocho cautes cuando aquel jefe civil que le recibió en la nave cuartel le propuso que podía regresar a casa cuando quisiera. Su trabajo había terminado. Sam se alegró, tenía ganas de regresar a casa. Fue a despedirse del interlocutor Sashi deseándole suerte y corrió a recoger su equipaje.
En casa se alegraron de verle, pero le recriminaron que no les enviara un mensaje en tantos cautes que estuvo fuera. Lo había hecho poco antes al llegar al centro de vigilancia de la colonia. Miteno, que coincidía en casa esos cautes le defendió diciendo que eso es muy difícil cuando se está de misión.
- No están permitidos los mensajes personales.
Esa noche hubo fiesta en el nido de la familia Mikane.
Mileada estaba tan necesitada de su esposo que cuando este follaba con Mikane se sentaba sobre la boda de Sam para que le chupara los pétalos.
- ¡Así, cariño! Mueve la lengua. ¡Sí!
Casi no dejaron recuperarse tras correrse en el cuerpo de Mileada, mamá también quería esos estallidos múltiples en su cuerpo. Por eso empleó la lengua para animarlo.
- Ven, amor mío. Ahora te descargas en mí. ¿Vale?
Las hembras se turnaron sobre el pene de Sam y cuando afirmó que le faltaba poco, Mikane corrió para metérselo entre los pétalos.
- Así. Ven.
Al metérsela ya tuvo un estallido y cuando llegó la descarga sintió el ardor de un Caute. A cada descarga gemía el nombre del marido.
- ¡Ah! ¡Sam, Sam, Sam. ¡Uhm, Sam, sí!
El descanso volvió a ser breve. Pronto las hembras se turnaron para frotarse el pene entre las cuatro tetas hasta que Sam, volviendo a avisar se corrió en las tetas de lados esposa.
Y por la mañana Miteno se quejó de lo poco que pudo dormir.
- Sois muy escandalosas.
Mikane se ruborizó ante su hijo, pero Mileada le preguntó si se volvía sordo cuando su esposa daba esos gritos de placer.
Sonriendo, Miteno admitió que no era lo mismo.
Nosimane estaba ruborizada y en silencio. Cabizbaja atendía a su criatura.
El ajetreo de la recolección duró unos cautes y la temprana llegada del frío del invierno sorprendió a la colonia impidiendo la sociabilidad entre vecinos. Ante semejante mal tiempo no hubo fiesta de la cosecha. Mileada aportó más datos:
- Cuando pase este mal tiempo quizás se haga en el centro de vigilantes. Pero seguramente no será así, se rumorea que no se haga este cautón. La temporada de nieves está próxima y es posible que se adelante.
A Norale le gustaba jugar con los grandes dedos de Sam, parecía que eran sus juguetes favoritos. Mientras que Sam aprendió muy pronto a temer esos dientes que crecían como cuchillas.
Sam protestó ante Nosimane mostrándole las heridas de sus manos.
- Ya sé que tiene dientes. - Afirmó la madre de Norale empleando un tono quejoso. - Tengo las tetas mordidas. - Le enseñó una herida en un pezón y las marcas de dientes en otro. Sonrió un poco al añadir: - Ya verás, papá… Vamos acabar con las existencias de las tiras regeneradoras de todo el planeta.
Sam, Mikane y Mileada disfrutaban casi cada noche de estallidos de felicidad mientras que los encuentros de Miteno y Nosimane se esparcían por un calendario de invierno.
Ya en primavera Nosimane afirmaba que no podía más. No podía estar sin su esposo tanto tiempo. Se quejaba diciendo que su matrimonio era más nominal que verdadero. Por eso, cuando el ejército reclamó su regreso estaba dispuesta a ir a uno de esos lugares que solo ellos saben de su existencia.
A Sam le dio la impresión que Nosimane echaba de menos el ejército, y no a su esposo. Decidió callar. Pero estaba Norale con tan apenas un cautón de vida.
- Puedes dejarla conmigo. - Prometió Mikane en su papel de abuela. - La criaré bien y la enseñaré a amarte. Se alegrará cada vez que te vea.
- Gracias mamá. De verdad, muchas gracias. Pero fui criada sin el amor de mi madre. ¡No quiero eso para mi hija! Me la llevo. Allí donde yo esté estará mi hija. Le daré todo mi cariño.
Mikane casi estrujó a su nuera al asegurar que si la necesita la encontraría dispuesta para lo que fuera.
- Gracias mamá. Y yo te prometo que, en un cautón, o quizás antes, cuando recobre mi cargo y mis influencias… si un vecino te roba una fruta haré que le corten las manos. Podré hacerte la Dama de esta colonia si lo deseas.
Mikane miró a su nuera. Aún no se había ido a ese extraño lugar y ya no era la dulce mamá de su nieta. Temió por el destino de Norale lejos de casa.
Durante unos cautes Sam y Mikane tuvieron que aprender a moverse por la casa y retomar viejos hábitos. Todo resultaba muy diferente sin la cría. Ya no hacía falta moverse con cuidado por si la pisaban, no había que vigilar los utensilios de cocina, que la puerta al exterior estuviera cerrada… y continuaban haciéndolo hasta que tristemente se daban cuenta que no hacía falta.
¡Cuando están los críos parece el caos, cuando no están, es el caos! ¿Por qué se les quiere tanto si son perezosos, tiranos, sucios, egoístas…? Hasta que por fin dedican una sonrisa a sus padres o a la familia, que se rinde haciendo cualquier cosa por conseguir otra.
Ya era bien entrado el verano cuando una mañana, después de disfrutar los tres en el nido, todos estaban manchados de crema. Además, del sexo de Mikane todavía salía la esencia de Sam al ser la segunda en recibirlo.
Mikane no tenía sueño, pero si sed y muchas ganas de meterse en la bañera durante un buen rato. Estaba segura que en cualquier momento ese macho que tanto amaba la cogería en brazos y la llevaría ahí. Pero por otro lado se estaba muy bien abrazado a ese cuerpo tan grande. A veces acariciaba el brazo de su hija que estaba al otro lado de su esposo y que también le abrazaba.
Sam estaba tumbado boca arriba y aunque estaba cansado en cada brazo disfrutaba del contacto de una esposa. Ya estaba acostumbrado a ese aspersor que desde el techo arrojaba agua pulverizada, aunque para dormir bien necesitaba de un lugar más seco. Giró un poco la cabeza a los lados para besar las de sus esposas. Sonrió al ver el rostro de felicidad de mamá. Esa hembra estaba satisfecha y sabía que si le pedía más esa tarde sería por continuar el juego con sus hijos. Sam la amaba.
Pero el rostro de Mileada… Sus ojos miraban lejos, otro lugar, allí donde estaban sus pensamientos. De vez en cuando lanzaba algunos suspiros, pero eran la exteriorización de sus pensamientos y no por el goce obtenido poco antes. Sam, que durante el juego amoroso notó que estaba muy activa pareciendo que intentaba satisfacer todo el placer posible en el matrimonio, preguntó qué le pasaba y su respuesta fue tan clara que todos olvidaron la somnolencia.
Mileada dijo que quería ser madre. Quería parir una criatura.
- Hace mucho que soy adulta, que tengo marido y no he parido. Lo necesito para realizarme cómo hembra. – Movió la cabeza para mirar los ojos de su marido. Tenía claro lo que quería, pero el problema estaba en que Sam no podía ser el padre. - Quiero parir una cría.
Continúa en
- Relato #248468— title-regex: contiguous parts (20 -> 21)
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