Invasores y nativos. 20
Sam vive un amor compartido con dos esposas en una colonia aislada, pero su mundo se sacude cuando la familia se agranda y el deber militar lo llama a la frontera. ¿Podrá resistirse a la tentación de despedirse con una última noche de pasión extrema?
Pasaron unos cautes con las jornadas de trabajo como vigilante y la granja, y las noches de amor en el nido.
A Mikane ya le gustaba que le acariciaran el ano y que de vez en cuando le metieran un dedo. Por ese orificio, Sam solamente empleaba el menique por más que pidiera su esposa cuando estaba extasiada por el placer.
Pero Sam se mostraba firme.
- No cariño. Solo así.
Y continuaban con otros juegos para el mismo resultado: placer, gozo, alegría, y amor.
Más tarde, abrazados mientras descansaban estado todavía en el nido, Sam se justificaba.
- No quiero volver a hacerte daño. Lo pasaste muy mal y yo, que te lo hice, solamente podía mirar.
- Te comprendo. Y me siento muy alagada al ver que tanto me amas. Ahora, bésame.
Prácticamente Mikane se puso encima de su esposo para alcanzar sus labios.
Al lado y rompiendo el encanto del momento, Mileada se acercó para coger la polla de Sam y llevarla a la boca. Así, flácida, la estuvo saboreando durante unos instantes hasta que ya no le cabía en la boca. Había ganado volumen sin ponerse erecta porque Sam necesita de más reposo para reponerse.
- No seáis malas. - Protestó. - Dejar que descanse.
Mikane defendió a su hija.
- Nos gusta el sabor de tu polla, y es la única forma que tenemos de meterla en la boca.
- Seguís siendo malas.
La nieve ya se fundía. Los torrentes se desbordaban. Pronto el suelo sería verde y los árboles imitarían ese color. En unos cautes los granjeros ararían los huertos y llenarían las piscinas. En ese momento Sam estaba en el almacén troceando la leña acumulada tras la poda, al estar seca era más fácil. La quemaría y antes de arar el huerto esparcía la ceniza a modo de abono.
Le pareció ver un Mandoran persiguiendo un roedor entre las ruedas de las vagonetas, pero no hizo caso.
Pasó un buen rato y si bien no hacía calor Sam necesitaba de un baño.
- Hola cariño. - Dijo Mileada al entrar en el almacén. - ¿Qué haces? ¿Puedo ayudarte?
Sam se sorprendió al verla y sin el uniforme.
- ¡Estás aquí! Creía que hoy trabajabas.
- Bueno, cariño. Ya te dije anoche. Como fui una mañana que tenía libre. Y no hay Tablas para pagarnos los sextos que hacemos de más, nos lo compensa con cautes libres. - Insistió en lo que parecía una regañina. - ¿No te acuerdas? Lo hablamos ayer por la noche.
Sam contestó sonriendo:
- Pues si fue mientras te chupaba las tetas no te escuché.
Mileada se ruborizó y miró la puerta temerosa que alguien cuya confianza no fuera suficiente les hubiera escuchado. Respondió:
- Fue durante la cena.
Fueron a un lado del almacén, donde guardaban las gavetas y las vagonetas. Las destaparon y comprobaron que estuvieran bien. Luego plegaron las lonas y Sam se ocupó de colocarlas en un estante. No porque quedara algo alto, sino porque pesaban.
Mileada preguntó:
- ¿Ponemos la sembradora a la máquina?
Sam lo meditó un rato y respondió que no. Ese brazo se balanceaba mucho al mover la máquina y temía que se rompiera.
- Ya la pondré cuando esté al lado de las piscinas.
- ¿Y llevarás esa pieza arrastras?
- No, que pesa mucho. Mejor lo pondré sobre tu espalda para que lo lleves.
Rieron.
- En serio, dime.
- Pondré la pala en el tractor y con eso moveré el brazo.
- Es mucho trabajo.
- Puede, pero no quiero que se rompa el eje que lo sujeta.
- Eso pasará dentro de unos cautones, pero la máquina es nueva y ese eje debe ser el adecuado para sujetar esa pieza. Además, el trayecto es corto y en plano.
- Vale, cariño, me has convencido. Vamos a ponerlo ahora.
Ya limpios, gracias al grifo situado al lado de la puerta, Sam alzó a su esposa para que pudieran besarse. La sujetaba pasando un brazo por debajo de las nalgas mientras que ella se abrazaba al cuello de su esposo. Sam no lo sabía. Nunca vio que los humanos cargan así a sus hijos. Pero gracias a la diferencia de tamaño entre humanos y sorevanos podía hacerlo.
- ¡Qué mal que haga frío! – Se quejó Sam, sonriendo. – Ahora mismo te desnudaba para amarnos aquí mismo.
Mileada miró alrededor y sonrió al proponer:
- Podemos hacerlo, cariño. No es lo normal hacerlo a escondidas siendo matrimonio, pero puede ser divertido.
Sam la dejó en el suelo y se dejó llevar de la mano hasta el otro lado de las vagonetas, resultaba más discreto al retirarse del portón.
Allí Mileada se levantó la camisa y se bajó el calzón hasta las rodillas, sin quitarse el poncho. Se inclinó sobre un enganche de una vagoneta.
- Por aquí cariño. Ven. Hazlo.
Sam se arrodilló y así podía ver perfectamente toda la intimidad de Mileada: el orificio del ano, el de la orina, la cicatriz de cuando era un feto en la barriga de mamá, y los sabrosos pétalos. Se bajó el calzón. Se situó mejor detrás de su esposa y metió su pene entre los muslos y los pétalos. Notó como su esposa le sujetaba el pene con una mano y juntaba los muslos.
- ¡Uhm! Así, cariño. ¿Te va bien?
- Mucho. Ahora me muevo.
- Sí. Vamos a disfrutar.
Más tarde Mileada había estallado cuatro veces. Con sus manos y vientre había estado frotando el pene de su esposo y se sentía muy cansada. Sus tetas, debajo de la camisa estaban llenas de crema. Preguntó a su esposo cómo le iba. Que era como preguntar si le faltaba mucho todavía.
- Me falta poco cariño. ¿Me dejas que la meta?
Mileada separó las piernas como única respuesta y notó cómo sus pétalos se abrían para recibir la barra de carne de su esposo. Solo con eso ya estalló otra vez.
- ¡Ah! ¡Qué enorme la tienes!
Y más tarde Mileada no supo cuántas veces culminó su esposo, simplemente disfrutó todas. Pero las piernas ya no la sostenían, no se daba cuenta que ya hacía un buen rato que Sam la sujetaba pasando un brazo por debajo de sus tetas.
Sam se ocupó de subir el calzón de Mileada. No descubrió su camisa para comprobarlo, pero sabía que su cuerpo debía estar mojado por la crema de sus tetas. La abrigó con el poncho y la alzó en brazos.
Ya en casa, Mikane se asombró al ver que llevara así a su hija y preguntó qué pasaba.
- Nada mamá. Nos hemos amado en el almacén y está cansada.
- ¡Ah, bien! – Con los gestos de la experiencia, bajó la potencia de calor del fogón de la cocina para que no se quemara la comida y ordenó: - ¡Vamos! Necesita beber agua y un baño.
Mikane, que para estar en la cocina cubría su desnudez con un delantal se lo quitó para bañar más cómodamente a su hija. Sam la miró, sobre todo sus hermosas tetas, y propuso ir al nido. Mikane se ruborizó ante aquella mirada de deseo por lo que se vio en la necesidad de contenerlo.
- Después de comer, hijo mío.
Mileada se dejaba bañar plácidamente. Miró a su madre y murmuró:
- Tienes razón mamá. Cuando se ama tanto a un marido es imposible no ceder a las caricias, al juego íntimo. No volveré a protestar cuando te ocurra con nuestro esposo en cualquier momento. Lo comprendo.
Mikane besó a su hija y murmuró algo tan flojito que Mileada no la oyó. Pensó en preguntar después. Se estaba muy bien en la bañera.
Durante la comida Mikane anunció:
- Puede que más tarde llame Nosimane para decirnos si la criatura va ser macho o hembra.
Mileada, ya repuesta de la pasión de su esposo, tenía mucha hambre. Como era normal en esa casa y en muchas granjas de las colonias, solamente vestía un calzón corto y sus tetas se agitaban cuando movía sus brazos.
- Me gustaría que fuera hembra. - Dijo Mileada sonriendo al tiempo que hacía un gesto de burla a Sam. - Son más bonitas.
Mikane asintió, aunque afirmó que un macho también le parecía bien.
- ¿Se puede escoger? – Preguntó Sam realmente interesado en la respuesta. - Quiero decir, que si una futura madre puede elegir el sexo de la criatura.
Mileada dijo que no, y dudó si alguien podría hacerlo. Mikane lo pensó un poco antes de responder.
- Pues recuerdo que se ha logrado con unos medicamentos, pero parece que daña a la madre. La hace sensible a infecciones y no sé qué más.
- Es mejor no influir en estas cosas. - Añadió Mileada.
- La naturaleza es sabia.
Sam había oído esa frase en boca de sus padres.
Mileada tenía cosas que anunciar:
- Este año la fiesta de primavera será en el local de los vigilantes.
- Bien. - Contesto Mikane mientras se levantaba para acercar el postre desde la despensa. - El cautón pasado el agua estaba muy fría en el sitio del mercado y los padres tenían que cargar todo el tiempo a sus críos para que no enfermaran. A todo el mundo se le helaban los pies.
- No lo recuerdo. - Murmuró Sam.
- Porque no fuiste. - Respondió Mileada. Y se quejó: - Y este año también me toca vigilancia en un acceso. Si al menos fuera patrulla no vería a la gente pasarlo bien mientras trabajo.
La sembradora terminaba de plantar los últimos brotes de sionma en la piscina cuando oyeron la bocina llamando a la comida.
- ¡Mamá nos llama! - Dijo Mileada.
Sam asintió.
Sacaron la sembradora del agua y la secaron lo mejor que pudieron. Se dieron una ducha rápida y acudieron a casa.
Cada vez que mamá preparaba los trocitos de alga asada, Sam disfrutaba del suave crujido en su boca. Y ese caute era el primer plato.
- Está muy bueno, mamá.
- Gracias cariño. - Pero Mikane se volvió para mirar la espalda de Mileada. - ¿Te pusiste protección? Tienes la espalda irritada.
Mileada respondió afirmativamente y como ya había terminado de comer el primer plato se fue al baño a mirarse la espalda. Cuando regresó llevaba una buena capa de pomada reparadora en los hombros.
- Mamá, Sam… Miteno y Nosimane vienen en dos cautes… por lo que si queremos disfrutar de intimidad hay que aprovechar hoy y mañana.
- Bien cariño. - Respondió Mikane sonriendo. - Como tienes tantas ganas esta tarde tu esposo y yo nos turnaremos para comerte los pétalos y las tetas, pero ahora tenemos que terminar de comer. – Volvió a ejercer de madre al preguntar: - ¿Te has lavado las manos?
Mileada alargó las manos para mostrarlas. Y poniendo una voz correspondiente a una criatura de pocos cautones afirmó:
- Sí, mamá.
Miteno y Nosimane llegaron a la central de vigilancia de la colonia en un transporte militar y Mileada los llevó a casa en el vehículo de vigilancia.
El joven matrimonio vestía ropa civil.
En casa ya estaban avisados y en cuanto Nosimane asomó de la cabina del vehículo ahí estaba Sam para sujetarla. Con mucho cuidado la dejó en el suelo por lo que no tocó los incómodos peldaños de la escalera.
La embarazada quedó asombrada ante la fuerza de Sam, incluso se ruborizó, pero en cuanto oyó los elogios de Mikane sobre lo bonita que estaba con esa barriga se puso a llorar.
Miteno miró a Sam y la justificó.
- Le pasa todo el tiempo. Llora por nada. Los sanadores dicen que es normal. Les pasa a muchas hembras. – Se sinceró: - No me pidas que te lo esplique que yo tampoco lo tengo claro. Algo relacionado con la sensibilidad.
Mileada, que había ayudado a descargar el equipaje, no pudo quedarse en casa, todavía le quedaban unos sextos de trabajo.
Dejó a su hermano y al marido el encargo de meterlo en la casa.
- Me marcho que se supone que estoy de patrulla.
¡La cantidad de ropa y productos de higiene que acarrea una embarazada!
Entre un viaje y otro acarreando maletas, Sam preguntó si ya tenían ropita para la criatura. Y Miteno intentó no reír al explicar que los críos no usan ropa hasta el segundo cautón. Todo ese tiempo lo pasan entre las tetas de la madre. Ahí duermen, comen y defecan. Así se enteró que Mikane había invitado a su nuera durante todo un cautón por lo menos.
Miteno dio más explicaciones.
- Estaré aquí treinta o cuarenta cautes. Luego podré venir a pasar cinco o seis cada veinte o treinta. Como veis es muy ambiguo, pero es lo que hay. Es mi trabajo. Ya veremos.
- Hermanito, ya sabes que puedes venir o marcharte cuando quieras. Es tu casa. - Dijo Sam sonriendo. - Pero dile esto mismo a mamá, creo que debe saberlo por ti.
Mikane ayudó a su nuera a desnudarse para el baño. La tranquilizaría. Como siempre Mikane se quedó con solo un calzón corto. Y cuando la embarazada ya estaba con el agua hasta la barbilla empezó con las preguntas.
- Mamá. Tengo las tetas muy gordas. Espero de cuando Norale deje de mamar me queden tan bonitas como las tuyas.
- ¿Norale es el nombre de mi nieta?
- Sí, perdona, no lo he dicho, será hembra. Y está bien.
Mikane asintió. Ese nombre empezaba con un sonido igual al de su madre siendo lo normal. Aunque ella quizás hubiera buscado uno que se pareciera más. Desechó ese pensamiento y se puso a contar sobre su experiencia tras el parto y lo que había visto en otras mujeres. Afirmó que las tetas quedarían más grandes que antes, pero mucho menos hinchadas que en ese momento. Eso es lo normal. Luego está que, a alguna hembra, pocas, les quedan igual de grandes, o aquellas que vuelven a ser como antes, siendo también muy pocas. Y que no se preocupase, porque a su esposo le gustarán siempre.
- Gracias, mamá. Otra cosa. Verás, yo… - Parecía dudar, pero por fin se decidió a hablar. - Verás, hace diez o más cautes que no le dejo a Miteno que… eso. - Ya lo soltó de corrido. - Que no lo hacemos. Que no estamos en el nido. - Se ruborizó al añadir más detalles: - Nos acariciamos hasta alcanzar los estallidos, pero nada más le dejo. Según la sanadora y lo que he leído en el ordenador, sí se puede hacer, pero yo… eso, que tengo miedo. Y a ti es la única que me atrevo a preguntar si es posible sin riesgos.
- Cariño. Tu esposo te quiere y seguro que permanece a tu lado en estos momentos, tanto por ti como la criatura por nacer, pero una esposa no puede negar a su macho el sexo durante mucho tiempo. - La miró fijamente a los ojos al añadir: - No es prudente. Y supongo que te puedes imaginar los riesgos.
Nosimane recordó la vida que llevaba su padre. Se preocupó.
- Comprendo. Debo vencer mi miedo.
Mikane explicó que podían amarse poniéndose ella de lado sobre la piscina cama y que su esposo se sitúe detrás. Alcanzando su sexo desde esa posición la penetración es menos profunda. Además, puede abrazarla y al mismo tiempo acariciar sus tetas. Creándose más complicidad.
- Ya veo, mamá, mi actitud será pasiva en el nido con la ventaja que no perderé a mi esposo.
- Seguro que también disfrutarás. Y como hembra adulta seguro que conoces las muchas formas que se puede disfrutar del sexo sin penetración, o exactamente por ahí.
Nosimane se ruborizó y al instante se puso a llorar.
- Perdona, mamá. - Dijo entre hipos. - Ya ves. No puedo evitar llorar por cualquier cosa.
- Tranquila, cariño. Te sucede esto que parece molesto, pero en verdad no es nada. A otras hembras les da por comer mucho, o solamente de una cosa. Estar siempre limpiando, coser. Incluso coleccionar cosas que después del parto regalan o simplemente las tiran. Recuerdo… tenía una amiga allá en Sorevan Segundo que bueno, no me lo creo del todo, pero me dijo que deseaba tener todo el tiempo el pene de su esposo en la boca.
- ¿Qué?
Se echaron a reír, pero de inmediato Nosimane lloró. De pronto las tetas de la embarazada expulsaron unas gotas de crema.
- ¡Ah! Ya ha vuelto a pasar. - Se quejó la embarazada.
- Les pasa a todas las embarazadas del mundo cuando el parto está cerca. No te preocupes, cariño. Va bien. De verdad que eres una futura mamá de lo más normal.
Mikane pidió permiso con la mirada y un gesto de la mano señalando la crema. Nosimane asintió.
Con las yemas de dos dedos Mikane cogió la crema que asomaba de un pezón. Lo olió y se lo metió en la boca. Nosimane abrió mucho los ojos asombrada ante el acto de su suegra, creía que iba a limpiarla no a probar la crema. Pero escuchó a Mikane:
- Es suave, cálida, espesa. Dulce. Sí, alimentarás bien a mi nieta. Además, seguro que le gusta a tu esposo.
Nosimane se ruborizó al recordar los elogios de su marido sobre esa crema. Estuvo a punto de llorar, pero pudo contenerse. Pidió:
- Mamá, no me has dicho qué capricho tenías en tus dos embarazos.
Mikane sonrió al recordar.
- Pues del primero no te lo diré, me da mucha vergüenza, y del segundo, me gustaba que Pitape, mi esposo, me acariciara la espalda. – Recordó sonriendo. - Me apoyaba sobre la mesa con los brazos y me gustaba mucho notar sus manos en la base del cuello, la cintura y cómo pasaba suavemente sus manos de un sitio a otro. No en un masaje, no, era una caricia. - Se ruborizó al añadir. - A veces, muchas, mis tetas aportaban crema como tú ahora. Y Pitape me mentía cariñosamente al afirmar que era más deliciosa que antes del embarazo.
Nosimane asintió comprensiva y desvió la mirada al ver que su suegra se limpiaba una lágrima con disimulo. Pensó que debió ser muy feliz con su primer esposo. Ampliando la sonrisa pidió:
- Venga mamá, dime cuál es el primer capricho, cuando Mileada.
Aun se hizo rogar un poco más hasta que contestó que le gustaba que su esposo le diera de comer néctar con una cuchara pequeña directamente del tarro, como si fuera una cría. Y a veces jugaban a que lo era.
- ¿Te lo imaginas? Tenía una barriga como la tuya y jugando a criaturas. Ahora me da risa recordarlo, pero fue patético.
Rieron, pero al poco Nosimane se puso a llorar al afirmar que cualquiera de esos caprichos era mejor que llorar todo el tiempo.
- ¿Y qué te parece la idea de tener el pene de tu esposo en la boca todo el caute?
Volvieron a reír y en el esfuerzo las tetas de Nosimane aportaron más crema motivando que llorase otra vez.
- No puedo evitarlo.
- Pues no lo evites. Eres una hembra en tu casa.
Esa noche Mikane pidió a sus esposos que fueran más comedidos a la hora de mostrar su gozo. Estos asintieron. Al otro lado de la pared había un matrimonio cuya hembra conocían muy poco. Y pasaron un buen rato dando y recibiendo placer casi en silencio o con contenidos gemidos. Mileada se metió un pezón de su madre en la boca para no gritar al recibir las cuatro descargas de su esposo motivando su múltiple estallido.
Murmuró mientras se dejaba caer a un lado de Sam:
- Ha estado sabroso. Descansemos un poco y luego a mamá.
Y entonces ocurrió que oyeron los gritos de Nosimane describiendo lo bien que lo pasaba en el nido y pidiendo más a su esposo. A veces lloraba, pero no por eso dejaba de gritar su gozo.
- ¡Así, así! ¡Aprieta más mis tetas! ¡Sí!
Sam evitando soltar unas carcajadas preguntó a Mikane:
- ¿Cariño, es porque querías escuchar el gozo de tus hijos que nosotros no podemos gritar el nuestro?
- Sam, cariño. – Replicó Mikane tras apretar los labios durante un ratito para no reír. - No podía imaginar que nuestra querida Nosimane fuese tan efusiva en el nido. No recuerdo que cuando estuvieron aquí se le oyera.
Sam contestó que quizás no les oyeron porque ellos tampoco se contuvieron de expresar su gozo.
Mileada reía en silencio y su cuerpo expulsaba la crema aportada durante las caricias, en cada amago de carcajada. Se le ocurrió decir:
- Es verdad, cariño. Mientras se tiene un estallido no sabes si lo tiene quien está al lado.
Volvía a reír intentarlo no hacer ruido.
- Mileada, cariño. - Pidió Mikane. - Mañana no le preguntes qué tal ha dormido. No te metas con ella. ¿De acuerdo?
- No hará falta mamá. Sé que habrá dormido bien a gusto.
La risa de Mileada era contagiosa. Aunque se esforzaron en que no fuera estridente.
Toda la familia Mikane fue a la fiesta de primavera y como estaba Miteno con su guapa esposa embarazada, Sam no se sintió el centro de atención. No estuvieron mucho rato, pero en ese tiempo Sam presentó a varios vecinos a Nosimane. Y Mileada lo hizo con unos compañeros vigilantes.
El Coro cantó varias canciones en las que Mikane también participó. Luego comieron de aquello que aportaron los vecinos mientras veían que el sionma asado de Mikane tenía mucho éxito.
Durante el paseo de regreso Nosimane estuvo casi todo el tiempo elogiando lo bien que cantaba Mikane.
- Por favor hija mía. Basta de elogios. Te lo agradezco y sé que son sinceros, pero eso, basta.
Pasaron tres cautes, y esa tarde que estaban sentados alrededor de la mesa contando anécdotas por la simple necesidad de dejar pasar el tiempo. Nosimane se levantó diciendo que tenía que ir al lavabo, pero antes de llegar a su habitación su cuerpo se desinfló. En el suelo quedó un gran charco de flujo que había resbalado por la pernera del calzón y las piernas. La parturienta se quedó quieta, temblando, mirando a la familia y no sabía a quién pedir ayuda. A su esposo o a mamá.
Mikane fue la primera en reaccionar. Ordenó a Sam que limpiara el suelo y a Miteno que se fuera a pasear bien lejos. No quería verlos en dos sextos de seis por lo menos.
- ¡Y no te asomes a la ventana!
Con cariño y firmeza empujó a Nosimane a su habitación y cerró la puerta detrás de ellas mediante una enérgica patada con el talón del pie.
Sam limpió el suelo y luego se sentó junto a Miteno, que no se había marchado y se dedicaba a golpear el suelo con los pies en un gesto nervioso.
San no tenía ni idea de cómo comportarse al lado de un futuro padre, pero se le ocurrió conectar una pantalla para ver las noticias locales. Nunca fueron tan aburridas. Hasta que se le ocurrió decir:
- Tranquilo hermanito. Ya sabes que esto es algo que sucede desde el principio de los tiempos.
- ¿He? Sí. Seguro. Pero es mi hija quien nace hoy.
No había pasado más de un sexto de seis cuando la puerta de la habitación se abrió cogiendo a los dos machos desprevenidos. Miteno se había levantado de un salto y esperaba que le dijeran algo.
Mikane se asomó y dijo a Miteno que podía acercarse para conocer a su hija. El novel papá debió superar algún récor de velocidad al acudir a la habitación. Mikane se acercó a Sam y le abrazó. Naturalmente Sam continuaba sentado para que eso fuera posible. Mikane afirmó con el orgullo de abuela:
- Es una criatura preciosa. Se parece a Mileada cuando tenía su edad. Por un momento abrió los ojos y creo que reconoció a su abuela. - Sonriendo se corrigió. - Es imposible, claro. Tan apenas terminé de lavarla y ya buscaba las tetas de su madre. Con esa hambre será fuerte y sana.
Se separó un poco de Sam y le dio tal beso en la boca que casi lo dejó sin aire. Corrió a la puerta de la habitación y con unos gestos ordenó a su esposo que se acercara.
- No hables y mantente alejado. - Ordenó.
Los nuevos papás se daban besos de vez en cuando mientras miraban con embelesados ojos al bebé. San se acercó y se asombró que de tan gran barriga solamente saliera una criatura tan pequeña. ¡Cabía en su mano! Por otro lado, su cara era tan bonita que sintió ganas de besarla. Se sorprendió al encontrar que tenía el cuerpo totalmente arrugado. Se acercó a los papás. Palmeó varias veces la espalda de Miteno y se acercó al rostro de Nosimane.
- Felicidades, hija mía. Lo has hecho bien. - Besó su frente.
Cuando llegó Mileada de su trabajo se contuvo de dar gritos que alarmaran a la criatura, pero no de saltar mostrando su alegría.
- ¡Es preciosa! - Repetía continuamente.
- Mira que es de caprichosa la tiita. – Mikane sonreía al reñir a su alocada hija. - Lo dice tanto por lo mucho que se parecen.
Sam estaba sorprendido. ¿Se parecen? No lo notaba. Al principio, al poco de llegar a la colonia, los rostros de los sorevanos le parecían extraños. Aprendió a apreciar las diferencias y supo que sus esposas eran preciosas, aprendió a valorarlas y apreciarlas. Pero esa criatura tan pequeña con arrugas por todo el cuerpo… No dijo su verdadera opinión para no incordiar. Se dejaba llevar, contagiándose, por la alegría de los demás.
Mileada besó varias veces a Nosimane. Pero no tocó a Norale. Era la norma: no se podía tocar a la cría durante unos cautes para no confundirla con otros olores ajenos al de su madre. Seria, con gesto casi enfadado se plantó ante su hermano al que sujetó por los brazos.
- Mira, tonto. Por fin has hecho algo bien. Y ahora… y durante un cautón te llamaré tonto mil veces al caute, y que…cuando mi querida Norale sea capaz de entender nuestras palabras dejaré de llamarte así. - Aspiró con fuerza para continuar: - Y otra cosa quiero decirte, tonto, y la negaré por siempre que intentes recordarla: Te quiero, hermanito.
- Yo también te quiero. Tonta.
Se abrazaron.
Fue entonces cuando Sam se percató de lo que aparentemente no tenía importancia. Nosimane estaba totalmente desnuda sobre la cama piscina y con las piernas un poco separadas. Sin esfuerzo alguno podía ver perfectamente sus pétalos cuyo orificio estaba ligeramente abierto todavía. ¡Y no importaba que estuviera así! Cambió de sitio para dejar de verla. Solo faltaría que se empalmara en ese momento. Por eso corrió a la cocina por agua cuando Nosimene afirmó que tenía sed.
Todos se volcaron en los cuidados de una joven madre que se movía despacio por la casa y esa criatura a la que Sam cada vez que la veía, afirmaba que era más grande.
- Es lo normal crecen conforme pasa el tiempo. - Dijo Mileada.
Sí, en eso Sam estaba conforme, pero en solamente diez cautes, era casi el doble de grande.
- Es lo normal en una cría sana. - Afirmaba Mikane.
Llevaron a madre e hija a Sanación y afirmaron que estaban sanas. Luego fueron a Vigilancia donde registraron a Norale como ciudadana de Sorevan Octavo.
Sam se sorprendió al ver que fotografiaban las palmas de sus manos. Y cuando preguntó a Zumeco la respuesta era igual de sorprendente.
- ¿No te has dado cuenta? Muchacho. Todos tenemos las manos algo distintas. Mira. – Mostró la palma de su mano. – Al cerrarla, las arrugas no son iguales a todos. A veces es tan solo una línea y eso ya sirve para diferenciarnos.
- Comprendo. Gracias. Es como entre los nativos. Tenemos lo que se llama huellas dactilares. – Mostró los pulgares. – Son distintos en cada persona.
Zumeco asintió con curiosidad. No lo sabía.
Sam volvió a felicitar a la pareja mientras se desnudaban para estar por casa. Así pudo ver el sujetador especial para llevar a la criatura entre las tetas de su madre y debajo de la ropa de calle. No pudo comparar con los humanos, jamás había visto un bebé. De hecho, él formaba siempre el grupo de los más jóvenes.
Esa noche Sam dedicó mucho tiempo a las tetas de sus esposas. Las acariciaba, apretaba, empujaba. Acercaba la boca y tras unas lamidas chupaba absorbiendo un poco de crema.
Mikane, no le dio importancia. De siempre sus tetas eran del agrado del joven esposo.
Luego dejó que Mileada disfrutara primera de las descargas de esposo.
Se turnaron en disfrutar del marido hasta que Sam se retiró de Mikane para entrar en el cuerpo de Mileada.
- ¡Ah! Sí. Quiero notarte.
Tres fueron las descargas y Mileada gimió de placer a cada estallido de su cuerpo.
Bien. Pensó Mikane. Ahora duraría un poco más hasta la siguiente descarga. Estaba dispuesta a disfrutar.
Primero saboreó el flácido pene del Sam retirando la esencia que quedaba. Le gustaba de siempre. Hasta que por fin el macho se empalmó.
Nuevos turnos al frotar sus cuerpos contra la barra de carne. Nueva aportación de crema.
- ¡Uf! Quiero amaros. – Pidió Sam.
- Sí, mi gigante. – Se ofreció Mileada. – Ven.
Fue arrollador Mikane notar esas descargas en la vagina al mismo tiempo que el esposo empujaba deslizando su miembro por la vagina.
- ¡Por la Charca! – Gimió.
Sam murmuró que la amaba.
Mikane y Sam estaban recorriendo los frutales esa mañana. La cosecha iba bien. Llovía regularmente haciendo que los árboles fueran generosos y la fruta era de buen tamaño. Ahora solo había que esperar veinte o treinta cautes y se podría recoger.
Mikane detuvo debajo de un frutal y ordenó:
- Sam, hijo, levántame, quiero ver esa rama.
Sam miró la rama indicada como sopesando cómo hacer el encargo. Hasta que por fin se decidió, hizo que Mikane le diera la espalda y pasó sus manos cogiéndola por las axilas y la alzó. Cuando ya la tenía bien en alto, la sentó en un hombro sujetándola por las piernas.
Instintivamente la hembra puso una mano sobre la cabeza de su hijo, aunque realmente no hacía falta.
- ¿Estás bien así, mamá?
- Sí. Muy bien.
Mikane sonrió ante la ocurrencia de su hijo, y recordó que allá en Sorevan Segundo su padre la llevó varias veces así cuando iban al mercado, porque el agua que cubría sus pies estaba fría o había demasiada. De eso hacía mucho. Desechó pensar en eso y se dedicó a mirar detenidamente esa rama que el viento, el peso de la fruta o la combinación de los dos la estaba rompiendo.
- Esto se romperá en cualquier momento. - Dijo seria señalando dónde estaba el mal. - Con un poco de viento es suficiente.
Señaló una grieta que Sam ya había visto poco antes, pero no sabía de su importancia.
Sam iba a preguntar qué hacían, pero mamá se adelantó con las recomendaciones:
- Hay que apuntalarla o perderemos toda esa fruta.
Señaló que en la rama había mucha y la mayoría de buen tamaño, aunque todavía sin madurar. Aún no era comestible.
- Son dos gavetas por lo menos. Algo a tener en cuenta.
- Podemos recogerla ya. – Propuso Sam.
- No. Mírala bien. Esta verde todavía. Vamos a arreglarlo.
- Sí, mamá. – Y se ofreció en la ayuda. - Dime qué tengo que hacer.
Poco más tarde Sam seguía las indicaciones de mamá que estaba subida en una escalera para que su hijo dispusiera de las dos manos durante el trabajo. En poco tiempo la rama quedaba entablillada entre dos maderas del largo del brazo de Sam y una cuerda. Además, se apuntaló con dos tablas más largas clavadas en el suelo a modo de caballete.
Concluido el trabajo fueron al almacén. Dejaban la herramienta en su sitio cuando inesperadamente oyeron que Nosimane les llamaba con la bocina.
- Es pronto para comer. - Dijo Mikane señalando el cielo.
Encontraron que la pequeña criatura estaba sobre la mesa y Nosimane se dedicaba a limpiarla.
- Han llamado del ejército, piden por ti. - Señaló a Sam.
- ¿Una llamada en lugar de un aviso?
- Bueno, papá. Fue un aviso, pero creyendo que era para mí lo abrí y respondí. - Explicó cómo era posible. - Tengo una clave con acceso casi ilimitado a las comunicaciones militares a no ser que se especifique que son totalmente personales o a una misión en marcha. Y, eso, creía que era para mí. Papá, perdona.
Sam corrió al ordenador.
Las dos hembras jugaban con Norale cuando Sam también se unió a la diversión. Y al parecer a la criatura le gustaba más morder los dedos del abuelo que los de ellas. Mikane, impaciente y algo preocupada, preguntó qué pasaba.
- Tengo que marcharme mañana. Estaré lejos… durante ocho o diez cautes.
- Bien, papá. – Le animó Nosimane. - No te preocupes, con las misiones suele pasar eso, se sabe cuándo empiezan, pero no cuando acaban.
Aunque le llamó papá, el semblante de Nosimane había cambiado. Parecía otra persona cuando ordenó:
- Prepara la mochila con solamente objetos totalmente personales. Ya te darán el equipo adecuado, pero coge todos tus calcetines. Puedes necesitarlos. Mamá, ayúdale. Debe haber más en la secadora. Yo haré la comida.
Solamente cuando volvió a poner a Norale entre sus tetas volvió a ser la Nosimane que conocían.
Mikane preguntó por qué tantos calcetines siendo verano. Y la respuesta de Nosimane fue que según qué calzado eran necesarios. Además, se rompían con facilidad dentro de las rígidas botas.
Botas. A Sam no le gustaba ese calzado. Estaba acostumbrado a las sandalias y el calzado de lona. Solamente toleraba los zapatos en invierno.
Se quejó:
- Podrían avisar con más tiempo.
Nosimane intervino.
- No papá. Hay misiones que se pueden planificar, pero otras son la respuesta a algo inmediato.
Esa noche Mileada cogió un buen cabreo al enterarse del inesperado viaje de su esposo por asuntos militares, porque se marchaba cuando ella iniciaba un permiso con el que estaría más tiempo con sus esposos. Solamente perdonó a Sam y al ejército cuando con tantos estallidos que tuvo poco más tarde quedó casi desmayada en el nido.
Estando sentada sobre las piernas de su esposo y dejándose acunar tuvo fuerzas para decir:
- Solamente recuerda que cuando regreses ya me habré recuperado. Te estaré esperando.
Mikane, que si bien había participado en las caricias no había recibido las descargar de Sam, se echó a reír.
- Dicho así no sé si tu esposo querrá volver.
- Volveré mamá puedes estar segura.
- Sí. Volveré. Soy adicto a tu crema.
Cogió un poco de lo que salía de las tetas de Mileada y se lo llevó a la boca.
Dejó pasar un rato entre besos y carantoñas hasta que Sam dejó a Mileada a un lado, y se giró para coger por debajo de las nalgas a Mikane alzándola, así sus tetas quedaran a la altura de su boca y las estuvo chupando hasta que segregaron más crema. Le susurró al oído:
- Prepárate mamá voy a metértela hasta el fondo.
Al oír esas palabras de su hijo segregó más crema de nuevo y se dejó colocar de espaldas sobre las bolsas. Sam se situó frente a ella, arrodillado, y mediante esas enormes manos supo que sus piernas eran separadas exponiendo bien sus pétalos. En estos notó la suave caricia de unos dedos y al poco su cuerpo se abría ante el empuje del miembro de su hijo.
- Sí, hijo mío. Sí, mi amor. ¡Por la Charca qué bueno!
Lo disfrutó alcanzando varios estallidos.
Más tarde, Sam se retiró de su interior para poner el pene entre sus tetas. Sam amaba mucho a su esposa y evitaba hacer algo que pudiera dañarla. Estuvo restregándose un buen rato en el que Mikane colaboraba sujetando las tetas para que ese gordo pene se frotara mejor.
Hasta que Sam preguntó:
- Mamá, cariño, me falta poco. ¿Puedo descargarme en ti?
- Sí, mi amor. Ven. Disfruta de mí y yo de ti.
Mikane separó las piernas para recibirlo. Ya al notar cómo entraba en su cuerpo, deslizándose suavemente, tuvo el primer estallido. Y después con la tanda de descargas que inundaba el interior de su cuerpo, creyó alcanzar las Charcas del Principio.
Como casi siempre después de amarse, Sam accionó las duchas mojando a sus esposas, y se disponía a ir a su cama a dormir.
Mileada protestó:
- Por favor, duerme con nosotras. Te necesito.
Sam asintió, cerró las duchas, y durmieron abrazados. Las hembras tan solo debían alargar las manos al agua para hidratarse. Sam procuraba no moverse.
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