Xtories

Invasores y nativos. 19

La casa se convierte en una trampa mortal cuando una pintura defectuosa elimina el oxígeno del aire. Sam y sus esposas deben confiar en los vigilantes para sobrevivir y descubrir la verdad detrás de la tragedia que afecta a toda la colonia.

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Unos sextos de seis más tarde, Sam despertó tosiendo. Mareado.

- Mi cabeza. - Protestó.

Intentó levantarse, pero cuatro manos le empujaron haciendo que quedara tumbado. Oyó la voz de Godaena:

- Tranquilo muchacho. Todo está bien. Tus esposas están bien. Calma. Descansa. - Ordenó dando consejos: - Y respira. Debes mantener un ritmo en la respiración. Eso es.

Sam insistió:

- ¡Mileada, Mikane!

- Tranquilo, están bien. Descansa.

Amanecía cuando Sam, Mikane y Mileada fueron trasladados a las dependencias de los vigilantes. Allí les dieron ropas, aunque Sam tuvo que conformarse con un capote que tan apenas cubría su desnudez. Ya entraría en la casa alguien protegido con un traje aislante y les daría más.

Godaeda y Zumeco les interrogaban. ¿Qué había pasado? ¿Qué habían hecho? ¿Habían rociado la casa con una sustancia que resultó nociva? Había algo que no era lo normal en la casa y provocó que fuera un lugar insano. Dos vigilantes se habían mareado durante las pesquisas y salieron corriendo, teniendo que ser socorridos, pero nada averiguaron.

En ese momento se analizaba el aire y el agua de toda la casa. Hasta lo que comieron y el resultado en todo era el mismo. No eran el problema.

- La jornada fue normal. - Narró Mikane al ser interrogada por Godaeda y otro vigilante. - Limpiamos las vagonetas como otros cautones. Con los productos ya empleados tantas veces. Luego llegó Mileada de su servicio. Cenamos, vimos las noticias y nos fuimos al nido… Me dormí. Unos sextos de seis más tarde me dicen que mi esposo me ha salvado la vida arriesgando la suya. ¡Casi morimos y no sé por qué!

La narración de Mileada era similar mientras que la de Sam… contó que se movía estando muy mareado. Tenía miedo de fallar a quienes tanto amaba.

- No encontraba las puertas y me chocaba contra todo.

Ahí estaban los moretones en brazos y la cabeza que corroboraban su narración. Godaena pensó que debió ser desesperante. Y valiente.

Zumeco preguntó si recordaba que rompió la ventana de la habitación de una patada. Sam se miró la pierna izquierda. Estaba vendada a la altura del tobillo y notaba el picor de las tiras regeneradoras actuando, algo que a los sorevanos no molestaba, pero a él sí. Pero el picor era poca cosa comparado con lo que pudo haber sido.

Repitió parte de lo que ya había dicho:

- Solo recuerdo mi desesperación y que corría golpeándome en las paredes.

- Comprendo. - Dijo Godaeda y añadió seria: - Creemos que gracias a la ventana rota tuviste tiempo de salvar a las dos.

Las aludidas miraron con gran cariño y agradecimiento a su gigante esposo. Godaeda propuso:

- Podéis quedaros en la central hasta que sepamos el porqué de la intoxicación…

Mileada agradeció a Godaena y Zumeco que acudieran a ayudarles cuando no les tocaba estar de turno.

- Muchacha, tú misma te has ofrecido varias veces a ayudar cuando no te tocaba. O acudes a las reuniones cuando en teoría tienes libre.

Uno de los vigilantes que recorrieron la casa vestidos con ropas aislantes informó que ya habían terminado.

- Los filtros de aire no fallaron. Solamente que no podían filtrar oxígeno de donde no lo había. Hay algo, que no hemos localizado, que elimina el oxígeno del aire.

- ¿Un gas que lo desplaza?

- No. Es eliminado. Ese algo necesita el oxígeno, mucho y al estar la casa cerrada lo consumía hasta agotarlo.

Fueron interrumpidos por un vigilante que llegó nervioso. Habían encontrado a unos vecinos muertos por inhalación aérea.

- Los compañeros afirman que no hay olores, ni humo. Pero no se puede respirar dentro de la casa.

Se trataba de una familia formada por dos adultos y un muchacho. El asunto pasó a ser grave y se pidió ayuda a Lago Oeste. Rápidamente vinieron investigadores que repitieron preguntas, análisis... Ocurrió que pasaba lo mismo en otras comunidades. ¿Pero por qué en unas viviendas, pero no en otras?

Y por fin, transcurridos unos cautes, en un laboratorio un investigador encontró unos minúsculos hongos que generaban el peligroso gas que eliminaba el oxígeno.

El hongo se creaba varios cautones después de pintar las paredes de las casas y que el agua resbalara continuamente por esas mismas paredes en una temperatura que oscilaba de tibia a muy caliente.

Pronto se averiguó qué casas habían sido tratadas con esa pintura, porque fue empleada en la colonización de dos naves nodriza. Y unos cautes más tarde, varias brigadas de operarios, vigilantes y otra gente enviada por el gobierno se ocuparon de eliminar la pintura, poner otra nueva y acondicionar las casas.

Durante un tiempo, casi veinte cautes, tres familias de la comunidad que adoptó a Sam, no pudieron regresar a sus casas por lo que fueron acogidas en el centro de vigilantes, donde mediante unas mamparas provisionales instaladas en el hangar dispusieron de algo parecido a unas viviendas.

- Total doce muertos… tres de ellos en nuestra colonia. - Dijo Godaeda cuando despedía a la familia Mikane en la puerta del hangar ya que ella también colaboró en el traslado. Añadió: - Todo un desastre por culpa de una pintura inadecuada.

Con los muertos nada se podía hacer, pero los tres miembros de la familia Mikane junto con las otras familias, además de otras en distintas comunidades fueron sometidas a exámenes periódicos cada un número determinado de cautes que los vigilantes cronometraban.

Una tarde Godaeda buscó a Sam y muy seria le dijo.

- Muchacho. Ves a mi despacho. Tienes una llamada de tus jefes. Cierra bien la puerta.

- Yo… perdona.

- Ves. – Ordenó. - Parece importante.

- En el ejército todo lo parece.

Era tarde cuando Mileada, Mikane y Godaeda tomaban una infusión en el despacho de Zumeco. Sam se asomó a la puerta agachando la cabeza en el dintel.

- Hola. ¿Puedo pasar?

Zumeco le invitó a pasar y le ofreció un tazón con infusión que ya no estaba tan caliente. Sam lo agradeció y se unió a la conversación sobre cómo se las arreglaron para regar ese verano tan seco. Nadie preguntó a Sam sobre los militares, sabían que nada diría. Solamente Mikane y Mileada veían en esos ojos las ganas que Sam contenía de gritar lo idiotas que son los humanos.

- Muchas familias trajinaban con cubos y mangueras. - Afirmó Godaeda evitando mirar a Sam. – Luego mucha fruta era devuelta a los agricultores por ser pequeña. Se puede decir que ha sido una mala temporada.

Unos sextos de seis más tarde estaban en ese camastro seco que tanto fastidiaba a las sorevanas mientras que a Sam le iba mejor. A los lados, y cerca de las hembras, había unos recipientes con agua para que pudieran mojarse las manos y frotarse el cuerpo mitigando así la sequedad. Mikane, con su rítmica respiración parecía dormir. Mileada agitó una mano de Sam.

- ¿Duermes?

- No. Cariño. Tú sí deberías, tienes turno.

- No. Estoy de baja temporal. – Ya habló del motivo que la mantenía despierta: - Escucha, necesito decirte que… bueno nada sé sobre el funcionamiento de la cabeza, vale. Pero creo que es posible que, si bien esos militares te usan como consultor, también te estén contando las cosas un tanto exageradas para ver cómo reacciona un nativo aparentemente pacífico.

Sam quedó pensativo unos instantes.

- No lo había pensado.

- Bueno. Es una idea y puedo estar equivocada.

Fue cuando intervino Mikane.

- Debes hacer cómo tu guapa esposa. Aconseja, calcula y todo eso que quieren de ti. Y cuando te alejes del comunicador piensa que estás en tu casa con tus esposas. Una cosa es el trabajo, que hay que hacerlo bien, y otra, aquello por lo que te esfuerzas.

- Gracias. Gracias a las dos. Os amo.

Las dos hembras ya dormían de verdad asidas a los brazos de humano. Éste todavía miraba el techo. Sus pensamientos ya no eran tan sombríos y así pudo dormir un poco esa noche.

Ya había nieve en los huertos. La gente salía de sus casas lo imprescindible y regresaba corriendo al calor del hogar. Pero en la sala más grande del Centro de vigilantes estaba la familia de Sam y ocho personas más, todos vecinos de la colonia. Esperaban.

Zumeco asomó desde el pasillo que conduce a los despachos. Iba acompañado de dos sanadores, siendo uno de ellos de los que habían venido desde Lago Oeste solamente para analizarlos. El vigilante anunció:

- ¡Bien! ¡Todos, bien! – Entre los que esperaban se oyeron suspiros y risas nerviosas. - Podéis ir a casa tranquilos. El próximo análisis será en cincuenta cautes. Se os llamará. Y os seguro que será el último. - Se giró a la compañera para ordenar: - Mileada, mañana te espero para trabajar.

La aludida agitó una mano dándose por enterada, recordaba que le faltaban dos cautes para completar el lote de cuatro, pero con desagrado se enteró que empezaba el lote de nuevo por culpa de cambios en los turnos. Algo que no había pensado.

Mientras, los demás se felicitaban por los resultados.

El médico foráneo se ofreció:

- Voy a estar un rato por aquí, ya sabéis, por si alguien tiene dudas o quiere preguntar algo.

Como era un resultado que se esperaba la mayor parte de las pertenencias de los cobijados ya estaban empaquetadas. Solamente había que colocarlas en los tractores particulares para regresar a las casas. Aun así, un vecino preguntó gritando al sanador.

- Respiramos bien. ¿Por qué tanto análisis?

Los vecinos que ya se habían retirado unos pasos regresaron para escuchar la respuesta. El sanador esperó a que cesaran los murmullos.

- Buscamos que en vuestros cuerpos no haya algo procedente de la pintura que pueda dañaros.

Su hablar era pausado y su sonrisa breve, casi paternal. Añadió:

- Estáis sanos y queremos manteneros así.

No hubo más preguntas y los acogidos regresaron a sus casas, demostrando con esa rapidez que estaban hartos de alojarse en tan incómodas condiciones.

Ya en casa mamá miraba las paredes, observaba cómo el agua escurría sin aparentemente afectar a la pared. Al menos una vez alargó una mano con intención de tocar el canalillo, pero no llegó a hacerlo.

Mileada estaba al lado de puerta, si bien se quitó el uniforme y el calzado, no lo hizo con el traje de goma, y solamente miraba por la ventana cómo nevaba. No le apetecía entrar más en la casa.

Sam estaba en la habitación, se cambió de ropa, y se quedó mirando la nueva ventana. Le gustó el sistema de cierre tan distinto a las otras y se preguntó si el gobierno cambiaría todas las ventanas de la casa que pateara. Recordó el corte y el precio le pareció caro.

"Aunque podría hacerlo sin quitarme el calzado". Ese pensamiento le hizo sonreír.

Estaban los tres en el comedor, mirándose al mismo tiempo que vigilaban las paredes. Mikane propuso salir a dar un paseo por los huertos.

Había nieve. No mucha, pero sí molesta para las pequeñas piernas de las esposas, por eso Sam, como ya hizo en otras ocasiones, las cargaba en sus brazos. Por lo que ellas aprovechaban para darle algún beso ya fuera en el rostro o en los labios.

Esa jornada pasaron más tiempo fuera de casa que dentro. De hecho, tras un innecesario recorrido por la granja y el almacén, subieron al tractor huyendo del frío. Sam se sentó en el suelo y las esposas lo hicieron en sus piernas. Se abrazaron a su cuello y Sam las sujetaba por la cintura. A veces las acariciaba las espaldas o las cinturas por encima de la ropa. Así estuvieron un buen rato hasta que sintieron hambre, y no les quedó más remedio que entrar en la casa.

A la hora de dormir se dispusieron a hacerlo en las camas, aunque nadie tenía sueño. Se trataba de la emoción por estar en un lugar del que salieron corriendo. Todos vestían los habituales calzones cortos. Las hembras subieron a sus piscinas.

Sam se quedó mirándolas. Llevaban más de veinte cautes sin amarse porque en las casetas, o separadores, de los habitáculos en el hangar de Vigilancia no tenían la intimidad necesaria. Solamente se daban un beso de vez en cuando.

Decidido, Sam se bajó de su cama y se acercó a Mikane. Ante el asombro de mamá, casi de un tirón le quitó el calzón. Separó sus muslos y antes que pudiera protestar ya le estaba lamiendo los pétalos.

- ¡Ah! ¡Cariño! ¡Estás juguetón!

Al poco la hembra estalló gimiendo su placer.

- Ha estado bueno, cariño, pero...

Sam le dio un beso en la barriga y sin más, se acercó a Mileada que sonriendo se dejó quitar el calzón y como ya esperaba, Sam le lamió los pétalos durante un rato hasta conseguir que estallara.

- ¡Uhm! ¡Qué bueno! Gracias, cariño. – Mileada se incorporó un poco. Tenía la intención de satisfacer a su esposo. – Ahora tú.

- No. Espera. - Respondió Sam sonriendo.

Regresó al cuerpo que Mikane, que amplió la sonrisa y estaba dispuesta para lo que el esposo quisiera. Por eso no se había puesto el calzón. Sam estuvo un buen rato acariciando esas tetas hasta que la crema prácticamente las cubría por completo. Besó los labios de su esposa, le dijo mil veces que la amaba y llevó una mano a sus pétalos. Acarició su intimidad, incluso metió algún dedo, hasta que estalló otra vez.

- Gracias, cariño. - Murmuró mamá jadeando.

Mileada le esperaba tumbada bocarriba para las nuevas caricias. Sonreía deseando que su macho comenzara. Vio que se acercaba a su rostro y cerrando los ojos ofreció sus labios. Pero se sorprendió al notar el beso en su barriga. Iba a reír esa broma y no pudo. Notó aquellas manos que estrujaron sus tetas haciendo que al poco la crema saliera a chorros al ser apretadas. Sus pezones parecían surtidores. Y también acariciaron sus pétalos hasta llegar al segundo estallido. Entonces sí que saboreó sus besos varias veces en los labios.

- Bueno. - Murmuró Sam. - Ahora ya podemos dormir.

Se dejó caer en su cama en medio de las dos piscinas. Al poco notó el abrazo de sus esposas y sus manos que retiraban su calzón para alcanzar su pene.

- Gracias, cariño. – Murmuró Mikane. – Nos toca relajarte.

- Vamos agradecerte el gozo que nos das. – Añadió Mileada.

Le acariciaron con las manos por turnos hasta que culminó en unas bocas que parecían sedientas de semen.

- Ahora sí que podemos dormir. - Murmuró Mileada.

- Descansa, cariño. - Dijo Mikane. - Que dentro de unos cautes nuestra esposa tiene libre y ya sabes lo que eso significa.

Mikane iba a ir al lavabo a limpiarse la cara, manos y esa parte del cuello y pecho que había sido salpicada de semen, pero Mileada la contuvo. Así estuvieron besándose y lamiendo la cara de la otra hasta retirar casi totalmente el semen del esposo.

- Ahora sí, mamá. Vamos a lavarnos.

- Nos lo hemos bebido todo, cariño.

- Es que tienes una boca muy sabrosa, mamá.

Mikane no supo qué contestar.

La vida conyugal de la familia Mikane volvía a la normalidad.

Se trataba de una fiesta en honor de Sam por ser el vecino más colaborador de la colonia. Fue elogiado, felicitado y de una pared de la central de vigilantes cercana a la puerta de acceso, donde se hacía la fiesta, se mostró una placa con su nombre completo, que casi nadie conocía, la fecha y que era el mejor vecino en los tres últimos cautones.

Muchos vecinos acudieron por la curiosidad de ver al gigante y averiguar el motivo de la fiesta. La jefa de vigilantes comenzó con un discurso agradeciendo su disposición a colaborar en lo que sea, al que Zumeco añadió algo más. El propio Sam apretó el último tornillo de la placa ayudado por Godaeda, lo cual al muchacho le pareció algo ridículo.

Representó todo un reto entre varios vecinos que sus nombres figuraran en esa pared, por lo que no solamente se hicieron más participativos en los asuntos de la colonia, sino que a veces proponían trabajos.

Sam agradeció el homenaje en un breve discurso que parecía improvisado cuando en verdad había sido ensayado, y corregido varias veces, ante Mileada, Zumeco y la directora Godaeda. Debía mostrarse agradecido, tímido y prudente ante una comunidad que le seguía considerando como un bruto agresivo.

Varios vecinos colaboraron a la celebración aportando poesía y también intervino el Coro son sus cánticos aprovechando la resonancia del garaje. Mileada y Sam bailaron mientras sonaba música humana, aunque no les quedó tan bien como la vez anterior ya que hacía un tiempo que no bailaban desde que dejó de ser divertido. Por eso, mediante un proyector de imagen contra una despejada pared, mostraron otra melodía bailada por unos jóvenes humanos. Había sido escogida por Mileada y Mikane siendo una que más les gustaba.

- Mirad, amigos y vecinos. – Dijo Mileada antes de poner en marcha el reproductor de música. - Así eran lo humanos antes de la llegada del meteorito que los destruyó.

En cuanto Godaeda la oyó casi llora de emoción. Algo que sucedió entre varios de los presentes.

Qué bonito. Que bien sonaba. Qué bien se movían. Y estaban esas casas, los jardines, fuentes. Los nativos humanos dejaron de ser salvajes peludos al menos durante un rato.

Había mucha comida aportada por los vecinos sobre unas mesas largas. Todo fue correcto hasta que Godaeda anunció que la reunión terminaba y debían regresar a casa antes que llegara esa tormenta de nieve que por las emisoras locales ya llevaban dos cautes anunciando. Añadió:

- Dicen que será mañana, al final del segundo sexto, pero no os extrañéis si es esta noche. ¡Cerrar bien puertas y ventanas!

De vuelta a casa Sam estaba sentado en el suelo del vehículo, como siempre. Sentadas en sus piernas iban las dos esposas. Mileada conducía y Mikane miraba el exterior. Aunque de vez en cuando sonreía a Sam. Sobre todo, esa vez que notó una mano de su esposo en la espalda. Con energía, pero sin brusquedad la retiró. Iban en el automóvil y no debían descuidarse en esa oscuridad y la nieve.

- Ya era hora que los vecinos te agradezcan lo mucho que haces, lo mucho que colaboras para la comunidad.

- No sé. Me ha parecido exagerado.

Esta vez Mikane permitió esa mano en su espalda, aunque con una mirada le ordenaba que estuviera quieto.

Ya en la puerta de casa las hembras entraron corriendo para huir del frío. Y le tocó a Sam llevar el vehículo al almacén. Estuvo a punto de gritarles que para la próxima no aprovecharan que salían antes del vehículo porque estaban encima de él. Pero era tarde, ya estaban cerrando la puerta de casa a sus espaldas.

Cuando por fin entró en la casa, Sam descubrió que sus esposas se habían quitado la ropa de abrigo, pero estaban abrazadas dándose calor. Se quitó el abrigo y con asombro notó que no notaba alivio. Seguía teniendo frío. Miró el termostato que estaba a un lado de la puerta de entrada a la casa. Estaba casi quince grados por debajo de lo previsto. Perplejo también miró el termostato de la habitación, del baño… todos mostraban similar temperatura. Solamente en el nido estaba un poco más alto, pero era insuficiente.

- ¡Qué raro!

Fue a la caja de control de los sistemas eléctricos. En verdad era un pequeño armario no mucho más grande que la lavadora situado entre la cocina y lo que ya era la habitación de Miteno y Nosimane. Sam casi no cabía.

- ¿Qué ocurre, hijo mío? – Preguntó Mikane acercándose.

La hembra tenía los brazos cruzados sobre sus tetas para darse calor. Y su rostro mostraba preocupación.

- ¡La casa está helada! - Casi gritó Mileada como si los demás no se hubieran dado cuenta.

Sam repasó los indicadores. Todos mostraban la lectura correcta con excepción de uno. Extrajo el bloque de circuitos y cristales inoperante. Lo observó durante un buen rato. Tiempo en el que Mileada afirmó que tendrían que dormir en el suelo con los abrigos puestos.

Mikane miró críticamente a su hija. ¿Cómo podía ser tan buena vigilante en la comunidad y tan cría en casa?

Sam anunció que ya había encontrado el problema. Sacó el circuito que simplemente estaba sucio con un poco de óxido. Lo limpió con un pincel procurando no rasparlo demasiado. Lo colocó en su sitio e hizo lo mismo con el bloque. Accionó algunos botones y todos corrieron para ver cómo el termostato indicaba el aumento de la temperatura.

Al poco Mikane posó una mano en el agua de la pared.

- Sí, ya es caliente.

- ¡Ya era hora! - Se quejó otra vez Mileada.

Poco más tarde, ejerciendo de vigilante, Mileada tomó nota en la agenda de su ordenador sobre el circuito dañado para traer uno nuevo. Incluso lo fotografió. Temía que volviera a fallar en poco tiempo. Supuso que si tenía óxido era probable que apareciera más en poco tiempo.

Por fin todos se pusieron cómodos para estar por casa. Esto es, solamente vestían el calzón corto.

Como venían de una fiesta no tenían hambre. Además, Mikane tenía ganas de jugar. Hizo que Sam separase mucho sus piernas extendiéndolas en el suelo, y atrajo a Mileada en medio de estas. Ambos se dejaron llevar.

- Cariño. – Mikane sonreía al hablar: - Tienes un cuerpo precioso, y aunque tu marido ya te conoce vamos a volver a mostrárselo. Ven.

Mielada sonrió sin comprender muy bien de qué iba el juego, pero se dejó quitar el calzón ante la atenta mirada de Sam que siempre le gustaba ver el cuerpo de su esposa.

- Mira, esposo mío. - Dijo Mikane a Sam. - Mira lo bonito que es el cuerpo de nuestra amada Mileada. Mira su rostro. Sus brillantes ojos, esas orejas tan perfectas. - Mikane deslizó una mano por el cuello de su hija alabando esos músculos y garganta. - Mira estos hombros, suaves. Sus brazos estilizados pero fuertes. Sus manos de dedos delicados y al mismo tiempo capaces de sujetar con firmeza tu pene para darte placer.

Mileada no pudo evitar soltar una risita al escuchar la ocurrencia de su madre. Mikane hizo que se girase y continuó con los halagos.

- Mira esta espalda, hijo mío. Está bien torneada. La cintura. Las nalgas que tantas veces has acariciado y que podrás disfrutar de su cálido contacto durante todo el tiempo que quieras porque tu primera esposa te ama plenamente como el primer día que te prometió fidelidad.

Mikane le separó las nalgas, pero se dio cuenta que desde esa posición era imposible que Sam pudiera ver el ano. Hizo que Mileada volviera a girarse.

- ¿Amor mío, podrías decirme cuántas veces hemos disfrutado de estas hermosas tetas? – Las acarició suavemente. - ¿De cuánta crema bebemos sin saciarnos porque queremos más?

Alzó una teta de las de arriba y la apretó un poco. Mileada gimió cerrando los ojos. No salía crema, pero era evidente que le gustaba la caricia.

- Mira que tamaño tan perfecto. Pequeñas para mostrarse firmes, y a la vez grandes para ser generosas en crema. – Dejó la teta superior para acariciar una inferior. Mileada volvió a estremecerse. - Luego están las inferiores, con esos pezones un poco más alzados y que permiten poder cogerlas por debajo y jugar con ellas. Pronto, amor mío, estas tetas volverán a abrazar tu duro miembro para darte placer.

De un pezón asomó un poco de crema evidenciando que Mileada ya estaba excitada, pero Mikane no interrumpió su exposición.

- Mira ese vientre, con esa pequeña barriguita que dan ganas de besar.

Mikane hizo que Mileada levantara una pierna y la apoyara sobre una de Sam. Así sus pétalos quedaban bien visibles ante el esposo.

Mileada, que ya había mostrado sus pétalos infinidad de veces a su esposo, se ruborizó como si fuera la primera vez.

- Mira esos pétalos que ahora no voy a tocar porque son muy sensibles a las caricias, sobre todo si son tuyas. - Añadió: - A veces desprende un aroma dulce y después de un estallido un rico manjar. Su orificio es acogedor, suave y siempre deseoso de recibirte para darte placer.

Acarició suavemente la barriguita de su hija y afirmó:

- ¡Qué ganas tengo de volver a saborearlo!

Mikane atrajo para sí a su hija y le dio un apasionado beso de amantes. Mileada respiraba con fuerza, ya todos sus pezones rezumaban crema. Mikane se situó detrás de su hija para abrazarla cogiendo las tetas de abajo con firmeza y la ofreció a su macho.

- Mira hijo mío. Tu enamorada esposa se ofrece a ti. ¿La aceptas? ¿Quieres llevarla al nido y disfrutar de ella, de su cuerpo? Por favor, trátala con ternura y pasión consiguiendo que estalle cien veces, estando tan enamorada de ti se lo merece.

Sam alargó sus manos para coger las de Mileada, que ruborizada también había extendido, la atrajo para poder abrazarla. La besó. Acarició sus tetas jugando con la crema. La levantó en brazos.

- Mamá acepto a mi esposa porque la amo y espero que acepte que la lleve al nido ahora mismo.

En respuesta, Milada ofreció sus labios en un suave beso.

Sam se levantó con su esposa todavía en sus brazos y dio unos pasos en dirección al nido. Se detuvo ante la puerta de la habitación y se giró para pedir a Mikane:

- Ven, mamá, sabes que te necesitamos, que te amamos.

- Sí mamá, ven. - Dijo Mileada. - Te necesitamos.

Mikane se desnudó dejando el calzón sobre una silla, cogió el de su hija, lo plegó, aunque necesitase ser lavado, dejándolo junto el suyo. Acudió al nido. Encontrado que Sam arrojaba su calzón a la habitación sin salir del nido.

Mikane, sonriendo lo recogió y puso sobre la seca cama de Sam. Entró en el nido dispuesta a disfrutar de los cuerpos de sus hijos. En sus tetas, en los pezones, ya notaba el agradable picor que precede a la expulsión de la crema. Sabía que iba a disfrutar. Al poco se sorprendió ante la propuesta de Mileada sobre que ella, mamá, fuera la primera en recibir la esencia de su esposo como premio a la poesía tan bonita que había dicho sobre su cuerpo.

- Pero hija mía, precisamente…

- No, mamá. Primero tú. Por favor. Te lo mereces.

Sam jugó con el cuerpo de Mileada durante un rato haciendo que estallase varias veces. Le gustaba pasar la lengua entre los pétalos. Al penetrarla ya le consiguió otro estallido y tres más al amarla. Y cuando estuvo con Mikane se esforzó en todas sus caricias, besos…

- Mamá, amor mío, te amo… mucho.

La hembra estalló dos veces antes de recibir el grueso pene de su esposo. Luego disfrutó al notar que se deslizaba por su vagina y de la culminación de Sam dentro de su cuerpo que la obligó a estallar cuatro veces seguidas.

- ¡Charca primordial!

- Te amo.

Mileada se acercó para besarlos.

Tras un breve descanso, cambiaron el orden. Primero Mikane, que tras unas caricias se introdujo ella misma el pene de su esposo. Lo cabalgó con ganas hasta que de improviso cambió de ritmo, ahora era más lento.

- Sam, amor mío…

- También te amo.

Sam quiso aprovechar para meter un dedo en su culo, pero se encontró con los de su otra esposa. Quedaba clara la reacción de Mikane, disfrutaba de la doble penetración.

- ¡Charca Primordial! – Volvió a gritar.

Mikane tenía un enorme orgasmo que la dejó derrotada sobre su esposo.

Tras unos beso y palabras de cariño las esposas cambiaron de lugar. Mikane se acomodó al lado de su esposo para descansar.

Mileada estalló tres veces seguidas antes de quedar derrumbada.

- ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Siempre es… fantástico.

Mikane murmuró cerca del oído de su hijo.

- Ha estado bien, esposo mío. Pero para la próxima quiero que estés encima y marques el ritmo con tu cadera. Ese ritmo tan demoledor y que tanto nos gusta. - Se dirigió a Mileada para ordenar: - Y, bueno… hija mía, la caricia en el culo ha estado bien, de verdad que ha me ha gustado, pero quiero esperar un poco más.

Mileada asintió pidiendo perdón, y Sam se alegró de no acariciarla ahí poco antes. Sus dedos son más gruesos y quizás no resultara tan agradable como pretendía en ese momento.

Al caute siguiente languidecieron los tres en el nido hasta bien entrada la mañana. No tenían prisa ni ganas de levantarse. Lo mismo se daban besos que simplemente estaba abrazos. A veces Mileada frotaba sus pétalos en una rodilla de Sam, hasta que decidió dormir un poco más apoyando su rostro en la barriga de su esposo. Solamente una vez Sam protestó ante la caricia de Mikane en su pene.

- Aún no, mamá. Más tarde. Espera un poco por favor.

- Tengo que aprovechar cuando la tienes así para saborearla.

A esta hembra le gustaba notar en la boca el pene de su marido.

Al medio caute Mikane casi obligó a Mileada para que estuviera con ella preparando juntas la comida. Naturalmente en ese momento las dos llevaban puestos sus calzones y se cubrían las tetas con unos delantales.

- Lo haces bien, cariño. - Indicó Mikane a su hija. - Pero aun te falta el “toque” definitivo.

- No es tan fácil como parece. - Se quejó Mileada.

Mikane ordenó a Sam que fuera a observar los frutales. Afirmaba que a través de la ventana le parecía ver que había unas ramas rotas. Con gran pereza Sam obedeció vistiéndose y poniéndose su abrigo.

La verdad es que le venía bien salir de casa, siendo el único que nada hacía se sentía incómodo. Y fue cuando cayó en la cuenta que seguro que su esposa le daba un trabajo para que se sintiera útil.

Se giró mirando la ventana, pero era imposible ver el interior. Sin dejar de mirar y deseando que pudiera verle murmuró:

- Te amo.

Si bien había unas ramas rotas por ahí dedujo que no era serio hasta que vio que un frutal perdía una de sus ramas más importantes. Había que cortarla bien o desgarraría el tronco. Decidió hacerlo en ese momento. Fue al almacén por herramientas.

Cogió una sierra, pequeña, pero ya sabía que era potente. Y las tijeras de podar.

Retiró la rama y limpió la zona dañada con las tijeras.

- Con un poco de suerte esta primavera aparecerá otra al lado.

Ya que tenía la herramienta cortó otras ramas. Había que evitar que crecieran demasiado, estaba la posibilidad que se molestarían unas a otras, y además así podía coger la fruta sin necesidad de la escalera ya que no estaba seguro que aguantara su peso.

Poco más tarde recogía todo cuando vio que Mileada estaba en el huerto y se ocupaba de retirar la rama más grande. Había acudido a ayudar.

- Hola, cariño. Gracias.

- ¡Uf! Esto de ser campesina es muy cansado.

- Bueno. Estoy acostumbrado.

Retiraron las ramas hasta la puerta del almacén, donde en otro momento Sam las trocearía para meterlas en el horno y ya convertidas en cenizas servirían de abono.

En la cocina Mikane observó el puchero, faltaba poco y los hijos no regresaban. Miró por la ventana justo en el momento en que se acercaban a casa, pero Mileada había preparado un buen pegote de nieve que dejó caer sobre la espalda de Sam. No los oía, pero supuso que gritaban y reían al verlos correr. Vio que Sam alcanzó pronto a su hija, lógico con esas piernas tan largas sin esforzarse sus pasos eran el doble que los de la esposa. La alzó en brazos por encima de su cabeza como si pretendiera arrojarla lejos… pero la deslizó frente a él y se besaron en los labios.

Mileada aceptó la caricia abrazando a su esposo con las piernas y brazos.

Mikane sonrió, le gustaba verlos tan felices. Mirando el horizonte murmuró:

- Ya ves, Pitape, nos va bien.

Por la noche cuando ya pensaban si se acostaban y Sam ya miraba con deseo los cuerpos de sus esposas. Sonó el comunicador de Sam cogiéndoles por sorpresa, entraba una comunicación militar. Algo preocupado corrió a la que fuera la habitación de Miteno. Accionó el ordenador para descubrir que se trataba de Miteno y Nosimane. Por lo que a gritos Sam llamó a sus esposas. Se sentó en el suelo y las hembras lo hicieron en sus piernas para quedar juntos frente la pantalla.

Tras los saludos, Nosimane no pudo aguantar más su nerviosismo y gritó que estaba embarazada. Mikane también gritó su alegría. Y pronto se unieron Sam y Mileada.

- ¡Qué alegría, hija mía! ¿De cuánto estás?

Nosimane dijo una cantidad de cautes y rápidamente Mikane calculó:

- El gran momento es para primavera. Bien. ¿Tienes escogido dónde? ¿Quieres que sea aquí?

- ¡Sí! ¿Puede ser en tu casa?

- Claro hija mía, esta es tu casa.

Nosimane se puso a llorar de alegría. La conversación duró poco más.

Mikane se levantó alegre. Se sentía muy bien. Recordó que le dijo que dejarían pasar unos cautones, y no era así. Mejor. Disfrutaría antes de un nieto.

A su lado Mileada también se levantaba. Pero estaba muy seria y triste, pidió a su esposo que la abrazara.

- Abrázame, esposo mío. Mi vida, mi bien. Te necesito. Nunca dudes lo mucho que te amo.

La joven se apretó con fuerza contra su esposo empleando brazos y piernas en el abrazo.

Sam miró a Mikane por encima de la cabeza de Mileada. Ambos comprendían lo que sentía la joven hembra. Por la elección de estar con un nativo del planeta, tan distinto a su pueblo no tendría hijos y lo que en otro momento no importaba, en ese momento sí, y mucho.

Sujetando a su esposa dijo muchas palabras cariñosas.

Pasaron unos cautes con las jornadas de trabajo como vigilante y la granja, y las noches de amor en el nido.

A Mikane le gustaba que le acariciaran el ano y que de vez en cuando le metieran un dedo. Por ese orificio, Sam solamente empleaba el menique por más que pidiera su esposa cuando estaba extasiada por el placer.

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