Invasores y nativos. 18
Nosimane, una mujer de origen militar, se enfrenta a sus prejuicios al conocer a la familia de su novio, una comunidad de nativos humanos con costumbres y cuerpos muy diferentes. Mientras intenta adaptarse, descubre que la convivencia no es tan sencilla como esperaba.
Los cautes que Mileada tenía libre eran gratamente agotadores para Sam, pues amaba hasta dos veces en una jornada a cada esposa. Salvo ese caute que entre los tres se ocuparon de la siega de sionma de las dos piscinas que quedaban.
Mamá riñó varias veces a Mileada con esa frase tan empleada.
- ¡No te acerques tanto a la cuchilla!
Pasaron unos cautes y gracias a una ligera lluvia nocturna durante dos cautes no hubo que emplear las mangueras. La fecha de la recolección de la vodoca estaba próxima. Por eso estaban paseando esa tarde, poco antes de que Caute se esconda tras los árboles del bosque. Caminaban entre los frutales valorando el tamaño y el color.
- Podemos hacerlo cuando disponga de mis cautes libres. - Se ofreció Mileada.
Mikane alargó una mano a un frutal, cogió una vodoca y la peló. Le dio un mordisco y con la experiencia de muchos cautones como campesina la valoró:
- Me gustaría que fueran más grandes, pero es lo que hay. El beneficio compensará el esfuerzo. Dejaremos que el agua de lluvia se asiente en el suelo para ver si llega a la fruta. Luego la recogeremos.
Hizo un cálculo al mismo tiempo que daba otro bocado a la fruta. Añadió:
- Tres cautes. - Se quedó mirando a Caute como si fuera un enemigo a tener en cuenta. - Sí. En tres cautes empezaremos la recolección.
Mileada repitió su oferta.
- Bien mamá, así os podré ayudar.
Esa noche, antes de cenar recibieron una comunicación de Miteno. Rápidamente pasaron a la habitación del ordenador.
El joven estaba alegre y muy nervioso. Tras las habituales preguntas de la madre y bromas entre hermanos, Miteno se hizo a un lado de la imagen para que asomase una joven, muy guapa, sonriente y más nerviosa que Miteno.
- Famila… os presento a Nosimane. Llevamos juntos casi un cautón y bueno... Es hora de que os conozcáis.
Eso de juntos no quedaba claro si se trataba de cuando salían o ya eran pareja. Ya llegarían las explicaciones.
La joven hizo una leve reverencia y empleó las palabras formales de presentación ante la madre y demás familia del novio. Afirmó que tenía un buen trabajo, sabía cocinar un poco, se esforzaba en la limpieza del hogar y en la satisfacción de su novio.
Mikane la interrumpió.
- Hija mía. Todo eso ya lo sé. Y además no importa. Lo que realmente quiero saber es si sois felices.
El rostro de Nosimane se iluminó.
- Sí, mamá.
- Sí. Mucho.
- Pues nada más necesito saber, hijos míos. Os deseo todo lo mejor del mundo.
Sam y Mileada también los felicitaron, aunque claro, Mileada aprovechó el momento para avisar a su nueva hermana que tenía mucho trabajo con ese tonto. Nosimane protestó:
- ¿Tonto? Pero si es científico de...
Miteno la interrumpió.
- Soy mecánico de motores grandes.
- Motores grandes o para grandes naves.
Intervino Sam recordando que su hermano trabajaba en el programa espacial y muchas cosas que hacía dependerían del ejército.
Mikane cambió de tema sin dejar de sonreír a la nuera.
- Me gustaría saludar a tus padres en cuanto fuera posible.
El rostro de Nosimane dejó de ser alegre y todos se alarmaron. La joven dijo que de su madre nada sabía desde hacía muchos cautones. Se casó y tuvo hijos a los que no podía llamar hermanos porque no los conocía. De su padre… llevaba unos cautones reviviendo su soltería y ya ni se hablaban. Sabía que hasta dos o tres cautones antes había tenido muchas novias y acudía muchas veces a las Cestas. Pero eso, ya habían pasado varios cautones sin saber nada.
Mikane haciéndose cargo del pesar de su nuera dijo solemne:
- No podemos elegir a nuestros padres, pero si con quien compartir nuestra vida. - Señaló con un dedo a su hijo. - Miteno, como no hagas feliz a esta hembra me vas a enfadar mucho.
- Pues… ya veremos lo felices que todos somos.
La conversación duró un poco más hasta que acordaron que se verían unos cautes más tarde.
- Sí, en cuanto podáis. - Insistió Mikane. - Tengo muchas ganas de abrazaros
El tractor ya tenía instaladas las piezas que la convertían en una cosechadora de vodoca. Todo estaba preparado para comenzar al caute siguiente. Y Sam ya tenía planificado cómo maniobrar con la máquina entre los frutales. Pero sería la práctica que indicaría el camino más lógico.
Ya en casa esperaron la llegada de Mileada para cenar. Por lo que se dedicaron a mirar las noticias.
- Espero que nuestra esposa no tenga ganas de cariñitos esa noche, mañana tenemos mucho trabajo.
Sam sonrió ante la ocurrencia de mamá. Los dos sabían que el humor de la joven esposa dependía de lo sucedido durante la jornada de trabajo.
Al poco oyeron el vehículo de Mileada y que la puerta de casa se abría.
- ¡Hola! ¿A ver si adivináis con quien vengo? – Gritó Mileada mientras se quitaba el calzado.
Asomaron Miteno y Nosiname. Sonreían.
Sam se alegró de verlos, pero también estaba sorprendido. Tan apenas hacía unos cautes que afirmaron que no sabían cuándo podrían verse como si fuera algo a largo plazo. Y ahí estaban.
Mikane corrió a abrazar a Miteno. Tras unos besos el joven pudo liberarse y haciéndose a un lado presentó a Nosimane como esposa porque ya había sido presentada y aceptada.
Nosimane vestía lo que parecía un uniforme, pero luego se supo que era la forma normal de vestir cuando no se está de servicio en ese lugar que no se localiza en ningún mapa civil. Estaba nerviosa. Entre otras cosas por el tamaño de Sam. Miteno le había avisado que era alto, pero en verdad era un gigante y por añadidura, nativo. Le tenía miedo. Intentó no mirarle fijamente y se situó ante su suegra.
- Te saludo…
No pudo continuar. Mikane la abrazó y le dio tantos besos que seguramente la joven quedó harta de los labios de su suegra sobre su rostro.
- Hija mía, eres más guapa al natural que por ordenador. - Y añadió sonriendo: - Bienvenida a tu casa, todo lo que hay aquí es tuyo.
- ¡He! Mis cosas son solo mías. - Protestó Mileada sonriendo y todos rieron.
Miteno iba a llevar el equipaje a la que fuera su habitación, pero Mikane lo interrumpió.
- No, hijos míos. Esperar. Hay tantos trastos ahí dentro que no cabe una piscina de matrimonio, y tampoco dispondríais de un nido. Por lo que estaba pensado que podéis ocupar la que fuera mi habitación. - Miró a Nosimane para añadir: - Hija mía, espero que te resulte grata.
- Seguro que sí, mamá.
Nosimane se sorprendió de sus propias palabras. Hacía muchos cautones que no llamaba así a nadie. Debía remontarse a cuando era una cría de pocos cautones.
Antes de abrir el equipaje, Sam y Miteno se ocuparon de los grifos de la cama piscina mientras las hembras limpiaban y llenaban el nido.
Ya instalados los recién llegados, todos se sentaron alrededor de la mesa para beber una infusión.
- Qué bien que estás aquí, hermanito. - Dijo Mileada sonriendo con picardía. - Mañana empezamos a cosechar la vodoca y ya puedes mantener el ritmo porque si no te tiraré de las orejas.
- ¿Qué? ¿Mañana se empieza? Pues si lo llego a saber… Retraso la visita.
Rieron y Nosimane se ofreció a ayudar. Pero avisó que nada sabía sobre trabajos en la granja.
- Bastará que nos mires con tus bonitos ojos. - Dijo Sam.
La joven miró al gigante que estaba al otro lado de mesa y de no estar sentada habría retrocedido unos pasos.
Todos vestían solamente con un calzón, y naturalmente nadie hizo comentario alguno sobre las pequeñas tetas de Nosimane. Era la pareja de Miteno y seguro que encontró en ella unas características que le llevó a enamorarse.
Más tarde, durante una confidencia, Mikane propuso a su hijo devolverle el dinero de la cosechadora.
- No, mamá. Es un regalo. Sé que los padres cuidan de los hijos hasta que son autosuficientes… Pero además te pedí que confiaras en mí en unos estudios nada baratos. Lo hiciste y te estoy agradecido. Por eso el regalo.
Se abrazaron.
Al caute siguiente el trabajo se realizó según lo previsto por Sam.
A los pocos sextos de seis Nosimane fue la primera en detenerse. Como militar se entrenaba periódicamente en unos ejercicios físicos, pero ser campesino era más duro de lo esperado. Tenía que admitir que pasaba mucho tiempo sentada en un despacho. Para trabajar en el huerto le dijeron que se pusiera la peor ropa que dispusiera, pero no era el caso y lo hizo llevando un chándal deportivo, que al poco tiempo quedó manchado de tierra y sudor. Se cubría la cabeza con un sombrero de amplias alas.
Cuando Mileada le propuso que la acompañase a la Recolectora aceptó para no sentirse tan inútil.
Al entrar en la cabina del tractor vio que Mileada colocaba los asientos. Sintió curiosidad.
- ¿Estaban quitados?
- Sí. Le molestan a Sam para conducir.
Nosimane asintió recordando la estatura del nativo. Ya en el camino tenía ganas de preguntar sobre su relación con el gigante humano, pero suavizó la pregunta al hablar sobre las complicadas relaciones entre más de dos personas.
Mileada asintió mostrando la situación familiar desde su punto de vista.
- Pues lo normal, supongo. Que mi madre sea mi esposa puede resultar poco corriente, pero te aseguro que nos llevamos muy bien. Y en casa… bueno aprendo mucho de ella. Con Sam, ese gigante que tanto te asusta... - Mileada sonrió ante el asombro de Nosimane ya que todo el tiempo intentaba disimularlo. - Debo decirte que es el macho más cariñoso y amable que existe. Creo que es tan grande para poder contener el cariño que puede generar. ¿Has visto sus ojos? Vale, no son bonitos. Pero cuando me mira sé lo que siente… veo que su amor no tiene límites. Y cuando mira a mamá… es como si mirase a la Primera Dama de la Charca. La adora.
Nosimane tenía mucha curiosidad sobre esa relación, pero temía equivocarse en las preguntas. Aun así, se lanzó.
- Los celos… ¿Cómo los evitáis?
- Pues… no sé explicarlo. Ya sabrás que hay matrimonios de muchas combinaciones posibles.
Nosimane asintió los había visto e incluso relacionándose con ellos como compañeros, pero jamás les planteó esa pregunta. Quizás fuera porque la familia Mikane estaba unida a ella a través de Miteno.
- En nuestro caso mi madre es además mi esposa. - Mileada hizo un gesto de duda y añadió: - Creo que ya lo he dicho. Cuando se aman estando a mi lado siento que participo de algo muy hermoso. Después de sus besos uno de ellos se acerca, me abraza y siento... amor. Al final, cuando nos abrazamos, la sensación de cariño, amor, continúa. La noto, la notan en un murmullo, una sonrisa o un gesto. Amo a los dos y no sé explicarme mejor.
- Creo que te entiendo.
Estuvieron un rato calladas.
Pasaron por delante de Vigilancia y Mileada saludó a unos compañeros que se disponían a patrullar.
Nosimane volvió a las preguntas.
- ¿Es sensible? ¿Cariñoso?
- Sensible… a veces escuchamos música de su pueblo y te aseguro que te hace temblar al invadirte todos los sentidos. Puede ser triste hasta hacerte llorar o tan alegre que saltas de júbilo poniéndote a danzar. Y Sam, mi cariñoso y enamorado esposo, se esfuerza en mostrar su cariño conmigo, con mamá. Además, siempre está dispuesto a ayudar a la comunidad.
Estuvo un momento en silencio hasta que se decidió a continuar contando más cosas de su esposo.
- A veces… La segunda vez que le vi llorar es porque temía que había hecho daño a su esposa, a mamá. Y eso que fue ella la que pedía que la tratara así en el Nido. Prometió que por mucho que se lo pidiera de nuevo, no lo repetiría. Y no te diré que pasó porque es privado entre amantes.
Nosimane asintió. Había oído que en algunas familias todo estaba permitido en el nido y que en algunos casos terminaban en sanación para curar heridas.
Mileada cogió aire y lo soltó en un largo suspiro sin dejar de mirar el camino. Continuó:
- La primera vez que lloró. - Se corrigió de inmediato. - Quiero decir que le vi llorar. Fue por la muerte de papá, alguien al que él también quería y respetaba seguramente como si fuera su verdadero padre. – Sonrió levemente al añadir: - Y, bueno, sé que es mentira, pero se dice que su grito de dolor al descubrir a papá muerto rompió los cristales de una granja cercana.
La exageración era evidente, y la demostración de sincero dolor que hizo Sam también. Nosimane estuvo mirando los huertos deslizarse por el otro lado de la ventana, donde también había campesinos trabajando, no se fijaba en ellos, ni siquiera en el color verde predominante, hasta que respondió:
- Comprendo. Pensarás que soy una tonta llena de prejuicios.
- No, hermana. Solamente pienso que no le conoces. - Añadió como justificando a su cuñada. - Y yo ignoro cómo son o fueron, los humanos que conociste o viste por ahí. - Sonrió. - Ya ves. Solo conozco a uno y estoy enamorada de él.
Nosimane apretó los labios. No podía hablar de sus misiones. Mileada continuó hablando:
- Y según Sam, lo poco que nos cuenta, hay algunos que le gustaría apalearlos hasta... Bueno. Eso. - Miró de reojo a su cuñada. Ningún gesto hacía con la cara que la delatase. - Creo que sabes que trabaja para el ejército.
Realmente Nosimane no había matado a ningún humano, pero durante una misión y por pura casualidad, observó cómo dos grupos humanos peleaban por unos sacos con comida. Ella y todo su equipo quedaron quietos a una distancia que les mantenía ocultos. Observando y gravando la escena. Se golpeaban con palos y lo que parecían cuchillos.
Tras un buen rato, de los humanos quedó uno vivo, pero con aquellas heridas… Nosimane y su equipo se acercaron solamente para comprobar que nada podían hacer por el herido. Y comprobar que el motivo de la matanza era unas piezas de fruta, unos tubérculos y dos latas que si bien supusieron que era comida no sabían de qué se trataba.
Dedujeron que un grupo encontró la comida en litigio y el otro trató de quitársela.
La jornada terminó. Todos estaban cansados, pero eso no iba a ser impedimento para reír un rato. Sam se giró para hablar con Miteno mientras regresaban a casa desde el almacén.
- ¿Qué te pasa hermanito? ¿Estás cansado? ¡Qué flojo te has vuelto!
Sam hizo como si le golpeara el estómago. Miteno reaccionó con sus puños que naturalmente al llegar a los brazos que Sam empleaba como escudo solamente sonaban al usar las manos abiertas.
- Lo dicho. - Sam seguía burlándose. - Te veo flojo.
- ¡Puedo con diez como tú!
Miteno corrió a un lado y luego saltó sobre la espalda de Sam que se dejó caer al suelo.
- ¡Mamá, ayuda! Tu hijo me va a matar. - Protestaba Sam.
Mikane se giró el tiempo suficiente para ver que estaban jugando. Cogió del brazo de Nosimane y tiró para que entrara en casa.
- No les hagas caso. Siempre serán unos críos.
Apareció Mileada con un cubo con agua.
- ¡Ahora verás! - Anunció.
Arrojó el contenido del cubo a los contendientes. Los cuales protestaron y gritaron jurando venganza. Salieron corriendo tras de Mileada que riendo arrojó el vacío cubo a un lado mientras huía en dirección a las piscinas. Naturalmente Sam contenía sus pasos ya que con sus largas piernas podría alcanzar a su esposa muy fácilmente.
- Ve con ellos, hija mía. - Dijo Mikane a Nosimane. - Diviértete. Ves y juega con ellos.
Nosimane dudó mirando a su esposo y demás familia. Con un gesto se despidió de Mikane y salió corriendo, pero llegó tarde a las piscinas. Los tres ya estaban allí arrojándose barro unos a otros. No se habían quitado los sayones ni los sombreros. Riendo se quitó el calzado dejándolo donde estaba el de Miteno. Entró corriendo en la piscina y se arrojó contra su esposo al mismo tiempo que gritaba:
- ¡Contra ellos, hermana!
La recibieron con alegría y ganas de jugar en una charca que cada vez estaba más turbia, con su juerga removían el fondo.
Poco más tarde entraron riendo en la casa. Solamente Nosimane cubría sus íntimos pétalos con la ropa mojada e intentaba no mirar fijamente el pene de Sam, que le parecía enorme, sin saber que al no tener báculo estaba flácido y podía crecer más del doble. Del mismo modo Sam disimulaba que comparaba sus tetas y culo con el cuerpo de su esposa. Nosimane tenía un rostro precioso sin embargo para Sam era menos atractiva por falta de esos volúmenes. Estaba acostumbrado a los cuerpos de sus esposas.
Mikane les recibió en el comedor. Su semblante era enfadado, casi terrorífico que obligaba a silenciar las risas. Vestía un calzón y una camiseta moviéndose con la majestad de la dueña del lugar. Y como si fueran criaturas les ordenó ponerse frente a ella uno por uno. Les miró las manos y por detrás de las orejas.
- ¡Lo sabía! ¡Sois unos críos! Estáis sucios. - Empleaba un tono de voz que no admitía réplica. - Ya podéis lavaros bien si realmente queréis cenar.
- Sí, mamá.
- Sí, cariño.
- Claro.
- Sí, ahora.
Cada pareja fue a su habitación a cumplir la orden. Cuando Mikane ya estaba sola en el comedor, tuvo que contener sus ganas de gritar la alegría que sentía. Murmuró mientras miraba a través de la ventana más allá de los frutales, de la colonia, donde se supone que está el embalse que hace de cementerio a esa población:
- Pitape, amor mío. Tus hijos son felices y yo también.
Después de cenar, Miteno y Nosimane estaban sentados fuera de la casa, mirando las estrellas que por instantes se multiplicaban en el cielo conforme se hacía más oscuro. Ambos se cubrían con los sayones de campesino a petición de la esposa porque, aunque el camino quedaba algo retirado y estaban en la oscuridad, admitió que le daba vergüenza que unos extraños pudieran verla casi desnuda. En verdad es que no se sentía bien teniendo unas tetas tan pequeñas. Hablaban sobre lo bien que lo pasaban en la granja y las pocas ganas de volver al trabajo.
- Pues ya has visto lo duro que es ser campesino.
- Sí. Pero ya me entiendes. Mi oficio es… muy distinto.
Miteno asintió. Era civil, pero siempre estaba rodeado de militares y veía lo que hacían. Sabía de la existencia de humanos que… eran un problema. Parecía que la convivencia era más un mito que una realidad.
Mileada salió de la casa pasando cerca de ellos. Iba al vehículo de vigilante por unas pantallas que quería consultar antes de acostarse. Como se trataba de algo rápido solamente vestía un calzón corto y sandalias.
Nosimane la llamó y se puso hablar, algo ruborizada, sobre una duda. Lo hacía en un tono muy bajo como si fuera una confidencia.
- Veréis no sé si por aquí, en esta colonia, es costumbre… no sé di debo ofrecerme para ir al nido con Sam y vuestra madre y así demostrarles que como hembra puedo satisfacer a mi esposo y que mis tetas generan crema de sobra para alimentar a mis críos. - Se cogió las tetas inferiores como si las mostrase. Añadió ese detalle que las suegras siempre se fijan: - Tengo los pezones gordos y facilitan la salida de la crema.
Miteno iba a responder que no era costumbre en las comunidades de la zona, pero Mileada le dio un codazo y se adelantó al hablar:
- Sí, hermana, es por eso que debes hacerlo esta noche sin más demoras. Sí, eso es. – Miró a su hermano con un gesto que ordenada su silencio y continuó con la broma: - Y bueno, no te preocupes por el tamaño del miembro de Sam… es… es. Erecto es mucho más grande de lo que puedas imaginarte y hay que acostumbrarse a su grosor. Al principio puede doler y mañana seguramente no puedas andar bien.
Hizo un gesto como si dudara al decir algo vergonzoso o secreto ya que antes miró en dirección al camino. y otra vez evitó la intervención de su hermano.
- Bueno verás, hermanita, el problema lo vas a tener con mamá: es insaciable. Aunque tenga cuidado por tu primera vez con ella… Te destrozará. Te estrujará las tetas y te meterá el puño entre los pétalos.
Nosimane se preocupó hasta que vio la inaguantable risa de su esposo que en cuanto pudo dijo a su hermana:
- ¡Mira que llegas a ser bruta!
Poco más tarde Nosimane y Mikane hablaron entre susurros en la que fuera la habitación de mamá. Nada hacía falta que demostrar, pero Mikane reconoció que unos pocos cautones atrás, aleccionó a su hijo.
- Sí, mamá. Lo sé. - Respondió en tono casi solemne Nosimane. - Me lo dijo al principio de nuestra relación y te estoy agradecida por enseñarle tan bien. Me hace disfrutar. - Dudó un instante hasta que por fin se decidió a contar: - Verás. Yo, no… nunca fui al nido con mis padres. Tuve que aprender por mi cuenta con algunos chicos y en varias Cestas.
- Comprendo y lo siento, hija mía. Pero si Miteno te ama es que está contento contigo y yo no quiero inmiscuirme en vuestras cosas.
- Mamá. - A Nosimane le gustaba llamarla así. - No sabes nada de mi crema. Si es dulce, espesa y suficiente para tus nietos.
Alzó las manos dudando si cubrirse o todo lo contrario asirlas para mostrarlas.
- Mira, cariño. - Interrumpió Mikane. - Insisto que lo importante es que te lleves bien con Miteno, tu esposo. Para alimentar críos ya se verá. No te preocupes ahora por eso.
No quiso decir que en caso necesario estaban los biberones con crema medicinal fáciles de obtener en cualquier centro de Sanación. Así cómo tampoco bajó la mirada para ver esas tetas tan pequeñas que posiblemente motiven la preocupación de la hembra.
El trabajo en el huerto terminó tres cautes más tarde y Mileada volvió a sus turnos de vigilante. La familia la esperaba al final de la jornada para reír y contar cosas. Salvo ese día que fueron al mercado y resultó que era la primera vez en muchos cautones que Nosimane estaba como clienta en uno de verdad y disfrutó como si fuera una cría.
Se compró ropa y varias cosas que realmente no necesitaba, pero era por el placer de hacerlo y por el trato recibido por parte de los vendedores, y no de un aburrido militar que le tocaba turno en el almacén de reparto. También compró fruta, esa tan rara como cara que llamaban pera. Luego saborearon unas infusiones mientras mantenían los pies en el frescor del agua.
Sabía bien cómo son los pescados, aunque siempre los había visto troceados o los pequeños. Al ver los grandes en los expositores se asombró y le llamó la atención el fuerte olor.
Por la noche Miteno y Mileada se burlaron de ella comentando su comportamiento. Del asombro y alegría que mostraba ante cosas tan cotidianas en el mercado de una colonia.
Nosimane dio una palmada en la mesa para llamar la atención y acallar las burlas. Se puso de pie y dijo solemne sin alzar la voz:
- Podéis reíros y burlaros todo lo que queráis porque no conseguiréis que me enfade. Además, hoy he disfrutado como si fuera la Señora de las Charcas del Principio.
- ¡Muy bien dicho, hermanita! - Gritó Mileada levantándose con tal ímpetu que la silla se desplazó detrás de ella y casi se vuelca al suelo. - Solo por eso te voy a llenar de besos.
Ruborizadas las dos se abrazaron y se dieron varios besos en las mejillas ante la alegría del resto de la familia.
Esa noche las dos esposas disfrutaron del pene del esposo. Por tunos restregaban sus cuerpos, sus tetas, estallando varias veces. Y Sam las penetró. Primero a Mileada, que tuvo cuatro estallidos, luego a Mikane, que tras dos estallidos recibió la descarga de Sam y culminó cuatro veces seguidas.
- ¡Por la Charca! – Gimió.
Esperaron un poco para repetir las caricias. Esta vez fue Mileada quien recibió la esencia de Sam en tres chorros que la empujaron a gritar lo bien que lo pasaba con esos estallidos.
Como ya era una costumbre, Mikane chupó la polla del marido estando flácida. Y Sam volvía a protestar.
Por último, Sam quedó apoyado contra una pared viendo como las esposas se lamían los pétalos para retirar y saborear a la vez, el semen del esposo.
Durante el desayuno Nosimane estaba un poco escandalizada por escucharles gozar. Sin darse cuenta que solamente se enteró de la mitad. Pues poco antes no pudo oírles porque sus propios gemidos al gozar de su marido lo impedían.
Pasaron una parte de la mañana en la charca que fuera de Sionma. Solamente Nileada y Miteno se amenazaron alguna vez con arrojarse barro siendo contenidos con la mirada de Mikane. Si hacían eso el agua se volvería turbia y no resultaría agradable el baño. Nosimane procuraba mostrarse natural ante Sam, pero ese enorme pene parecía tener un imán para su mirada. Por eso, cuando Mikane dijo de volver porque el Caute ya daba sobre sus cabezas, Sam se cubrió con un lienzo que tuvo la precaución de llevar para secarse. Mileada lo justificó.
- Es malo para su piel estar tanto tiempo en el agua y también debe secarse bien tras un baño.
Nosimane asintió mirando el pelo que tenía en el pecho. Y estuvo por preguntar a su hermana qué se siente al notarlo contra las tetas. Decidió callar no fuera que la muy bruta le ofreciera probarlo ahí mismo.
Esa misma tarde Sam estaba en el almacén repasando que todo estuviera bien recogido. A veces los roedores eran una molestia al removerlo e incluso estropear las lonas y esquejes. Y ocurrió que se acercó Nosimane. Como no tenía intención de trabajar llevaba esa ropa que parece la de descanso en los militares. Se saludaron.
- Papá Sam, quiero hablar contigo.
Sam se sintió algo incómodo a ser nombrado así. Asintió.
Al poco Nosimane estaba sentada sobre el enganche de una vagoneta y Sam en el suelo para que los rostros quedaran, más o menos, a la misma altura.
- Verás, nada tengo contra ti. Es que me críe aquí. Y… bueno. En las Enseñanzas se decía que si nos portábamos mal vendrían los gigantes peludos y nos llevarían con ellos a sus sucias viviendas.
Sam asintió dispuesto a escuchar.
- Es por eso que yo… He necesitado de varios cautes para comprobar que eres amable, cariñoso… - Se ruborizó al añadir: - Civilizado.
- Te comprendo. Deja que te diga que he crecido oyendo que lo peor que sucedió a este planeta fue vuestra llegada. Que todo lo malo que sucede aquí, a los humanos principalmente, es por vuestra culpa. Yo no os conocía, a ninguno. Jamás os había visto. Mis enemigos eran los Cueros.
Nosimane asintió dando a entender que escuchaba.
- Comprendo. Crecimos oyendo consignas equivocadas
- Así es. Y ocurrió que, ante mi dejadez, los Cueros, los Mandoran, dejaron de acosarme. Que los primeros sorevanos que vi eran unas criaturas jugando en lo que más tarde sabría que es la Enseñanza. Vi gente que intentaba prosperar con el duro trabajo en los huertos. Por eso, cuando acudieron esos humanos armados me puse a gritar que no dispararan y a los campesinos que huyeran. Lo malo es que lo hice en mi idioma natal.
Otra vez Nosimane asintió. No dijo que antes de acudir a visitarlos había leído ese expediente para conocer mejor la familia del esposo. En al menos dos ocasiones pidió a Miteno no hacer el viaje, pero había unas normas de conducta y tradición que cumplir. Y ahora se alegraba de conocerlos. A todos.
Unos cautes más tarde la familia Mikane se despedía de Miteno y su guapa esposa en la explanada situada frente la sede de vigilantes. Nosimane abrazó a las hembras llamándolas mamá y hermana, cuando se acercó a Sam preguntó cómo debía llamarle. El humano, sonriendo, Respondió:
- Eso debe nacer de ti, de lo que sientas.
Nosimane se quedó mirándole un ratito al rostro hasta que dijo.
- Papá, permaneces en mi espíritu.
- Yo también te quiero, hija mía. Aunque me resulta extraño llamarte así porque a tu esposo lo llamo hermano.
- Puede, pero es lo que nace de mí, papá.
Ambos se giraron para ver que Miteno estaba abrazado a su madre. Mejor dicho, Mikane no soltaba a su hijo. Nosimane añadió:
- Sam, papaíto. Realmente eres una gran persona.
- ¡Cuidado! Te aviso que aún estoy en el margen de edad de crecer un poco más.
Se sonrieron.
Por fin Miteno se liberó de su madre para caer en los brazos de su hermana. Casi en un aparte, pues Sam podía oírlas perfectamente al estar ahí mismo, Mikane dijo solemne a Nosimane.
- He intentado hacer de mi hijo un buen macho y mejor persona. Tuyo es el juicio, hija mía.
Nosimane, un tanto sorprendida por el rito que no esperaba, respondió:
- Puedes estar orgullosa de mi macho. Tu hijo no ha sido sordo a tus enseñanzas. - Retuvo a Mikane, que ya se retiraba para besar otra vez a su hijo, y añadió: - Aun no, mamá, dejaremos pasar unos cautones, pero algún día haré que disfrutes de unos nietos. Te lo prometo.
Al poco, interrumpiendo conversaciones y las repetidas palabras de despedida, llegó una nave del ejército, se posó en la explanada frente la sede de los Vigilantes y la parada del trasporte a otras colonias. Varios vecinos y vigilantes se acercaron para mirar lo que parecía extraordinario.
En cuanto la rampa quedó fija salieron casi una veintena de soldados, algunos armados, que rodearon la nave. Cuatro se acercaron hasta donde estaban, saludaron y pidieron a Miteno y Nosimane que se identificaran. Una vez hechas las comprobaciones se volvieron muy serviciales con la pareja, incluso se ocuparon del equipaje.
- ¡Habéis visto! ¿Qué graduación tendrá ese tonto? – Se quejó Mileada llena de asombro, y repitió la broma de siempre. - Si yo le enseñé a sumar dos más dos.
Se acercaba el otoño. En la colonia ya se había celebrado la fiesta de la cosecha a la que Sam no fue. Por eso otra vez Zumeco le riñó amistosamente por acudir a desmontar los toldos y muebles.
Aquella noche Mikane estaba derrumbada sobre una bolsa del nido. Su cuerpo estaba cubierto de crema que aún salía de sus tetas. De su sexo, entre sus pétalos, salía un reguero de flujo mezclado con la esencia de Sam.
Cerca, Mileada también estaba agotada y dormitando en otra bolsa. De sus tetas salía tanta crema que parecía imposible de un solo cuerpo. De su sexo no salía la esencia de Sam porque Mikane la había tomado con la boca poco antes en una caricia ya repetida muchas veces.
Sam estaba apoyado contra la pared, notando el calor del agua que de la pared pasaba a su espalda y hombros. En su boca saboreaba la crema y demás jugos de sus esposas. Siempre lo encontraba sabroso. Sonrió. Lo había pasado muy bien con los cuerpos de sus esposas. Ahora debía moverse. Debía procurar agua para hidratarlas, pero no podía moverse. Estaba cansado. Tan apenas podía mover un poco los brazos y sus ojos se cerraban. Los párpados resultaban muy pesados. Tanto como sus brazos y piernas.
Amplió su sonrisa. El juego amoroso fue divertido y tan satisfactorio para los tres como siempre. Pero en seguida borró la sonrisa al pensar que había algo que no estaba bien. Lo notaba. Aunque dudaba sobre qué.
Otra vez pensó en ir por tan necesaria agua a la cocina, o accionar las duchas como ya había hecho otras muchas veces, pero le costó mucho incorporarse y sus piernas no le sostenían.
¿Qué pasaba? Estaba cansado, sí. Amar a sus dos esposas lo era. Pero notó que había algo más que la laxitud tras el juego amoroso. Combinando el arrastrarse y caminar a gatas llegó a la habitación. Se pudo levantar apoyándose en las paredes caminando ya por el comedor. Algo no iba bien, repitió su mente. Ese cansancio no era normal. ¿Por qué necesitaba respirar tan rápido? ¿Por qué el aire que entraba en sus pulmones no bastaba? ¿Tan cansado estaba?
Volvió a pensar que otras veces también estaba cansado, mucho, pero procuraba agua y lavado a sus esposas sin tanto agotamiento y esa noche había estado bien, muy bien, pero no era especial. No debía sentirse tan cansado. Tenía ganas de dejarse caer al suelo.
Se preocupó. Estaba pasando algo raro.
Vio su silla al lado de mesa y sintió ganas de sentarse. Pero no lo hizo. Decidió que debía salir de la casa. Abrió las puertas al exterior y el frescor de la noche lo espabiló. Le hizo reaccionar. Su somnolencia se despejaba rápidamente. Ya pudo pensar con claridad.
¡Hay algo que no está bien en la casa! Algo que le agota y que no nota afuera. Recordó a las hembras tendidas sobre las bolsas del nido. ¡Sacarlas! ¡Debía sacar a sus esposas de la casa!
Dejó las puertas abiertas y trabadas con una silla además de varios zapatos. Aspiró con fuerza llenado sus pulmones y regresó al nido. Mikane estaba más cerca y la cogió con un brazo. Intentó llegar hasta Mileada, pero supo que no podía con las dos. Cargar con las dos era algo que ya había hecho innumerables veces, pero en esos momentos no tenía fuerzas suficientes.
Gritó una maldición al sentirse tan débil.
Se giró saliendo a la habitación y de una patada rompió la ventana para que entrara aire. Cojeando llegó al comedor con mamá en sus brazos. La pierna le dolía, pero no podía detenerse. Faltaba su amada Mileada. Dejó a Mikane fuera de la casa a unos pasos de la puerta.
Aspiró todo el aire que cupiera en sus pulmones y regresó por Mileada. Estaba mareado y creía desfallecer al llegar al nido, pero la encontró gracias a que su brillante cuerpo destacaba sobre las oscuras bolsas donde se recostaba. La cogió en brazos y chocando contra las paredes la sacó de la casa. La dejó al lado de su madre.
Miró las estrellas como si les pidiera consejo o ayuda. Cayendo en la cuenta que la ayuda debía ser pedida en la forma correcta.
Necesitaba un ordenador.
Regresó a la casa Llegó hasta la mesa del comedor buscando el ordenador. Sabía que estaba ahí, Mileada lo empleó antes de ir al nido.
Ya salía de la casa mientras llamaba a los vigilantes.
- ¡Soy nativo Sam! – Gritó. - ¡Necesitamos ayuda! Por favor…
Supo que se había caído al notar su rostro contra el suelo. Los párpados eran de plomo. Se desmayó.
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