Xtories

El último partido (2)

Cada vez que él iba al estadio, ella abría la puerta a otro. No era solo sexo, era una droga que le prometía que su matrimonio sobreviviría. Pero el silencio de su esposo al descubrirlo fue más fuerte que cualquier excusa.

Fran30K vistas9.5· 61 votos

Esta es la versión de Rosa de como sucedió su infidelidad. Es la versión que le cuenta a Fran y es la que hay que dar por válida.

Lógicamente, y a petición de su marido, le omitirá las escenas de sexo. No le contará detalles sobre sus encuentros con su amante aunque en esta narración y con el fin de hacerlo más excitante, si se contarán esos detalles.

Se llama Sergio, es un comercial que viene a vender material de oficina a mi trabajo: folios, bolígrafos, grapadoras, tóner para la impresora…

Sabes que, aunque mi jefe se encarga de eso, a veces me deja la lista de lo que necesitamos para que haga yo el pedido.

Hace tiempo que lo conozco, casi desde que trabajo en la empresa y no puedo negarte que es un hombre que llama la atención. Alto, guapo y fuerte. Con una voz varonil y una barbita que impresionan a primera vista.

Me atraía, no lo niego, pero no más que cualquier chico guapo. Igual que a ti te pueden atraer mujeres atractivas. Pero tenía un punto de soberbia que hacía que lo rechazara desde que hablé la primera vez con él.

Esa seguridad y esa palabrería sabes que no me llaman la atención. Prefiero los hombres humanos, con defectos.

El caso es que, poco a poco, entablamos una “amistad”. Cuando venía a visitarnos me invitaba a café en la sala de descanso y hablábamos unos minutos hasta que volvía a mi trabajo.

Nada de lo que preocuparse, al menos en ese momento. No tenía ningún interés especial en ese hombre y, aunque es cierto que tomábamos café cada vez que venía, yo lo interpretaba más como una cortesía por la visita que como un cortejo por ninguna de las dos partes.

Así pasaron los meses y algún año hasta que un día vino a nuestra empresa con cara de estar enfermo. Tenía ojeras y estaba muy serio. Algo anormal en él pues era un tipo muy dicharachero, a veces en exceso.

Cuando fuimos a tomar café le pregunté el porqué de su estado de ánimo y me confesó que había discutido con su novia y que no había dormido en toda la noche. Al parecer, ella le había dejado alegando que ya no le amaba.

Estaba muy triste y sólo me decía que ahora que iba a hacer él. Que estaba sólo y que no le gustaba la soledad.

Saber que ese hombre también tenía problemas en la vida hizo que mi actitud hacia él cambiara.

No se como explicarlo, aunque seguía sin querer tener nada con él, sentía que, como amigo, le quería un poco más.

A partir de ahí comenzamos a intimar más. Nos contábamos nuestra vida. Él sabe que estoy casada, le he hablado de lo mucho que te quiero y de nuestro día a día. Yo sabía de sus aventuras, de sus noches locas y de sus fracasos amorosos. En definitiva, nos convertimos en íntimos amigos.

Nos pasamos los teléfonos y hablábamos casi a diario. Nunca te comenté nada porque pensaba que no era importante. Igual que tú tienes amigos que yo no conozco ni de los que se nada, yo los tengo también. Sergio no es el único amigo con el que hablo, pero si se convirtió en el más especial.

Pues bien, la noche que todo saltó por los aires fue un miércoles. Tu equipo jugaba partido intersemanal y tú fuiste directo del trabajo al estadio.

Aquí debo hacer un inciso para comentarte que, aunque nunca me ha parecido mal que te fueras al futbol, si me molestaba un poco. En general lo llevaba bastante bien, pero cuando ponías por delante el dichoso futbol a estar conmigo… me daba rabia, la verdad.

Ese día en concreto, me acababa de venir el periodo. Estaba baja anímicamente y necesitaba tus mimos al llegar a casa después de trabajar. Y no quiero que suene a reproche, ojo. Lo que pasó nunca ha sido culpa tuya.

El caso es que Sergio apareció un poco antes de salir de trabajar y me vio un poco de bajón. Me animó a ir a tomar una cerveza y accedí.

Fuimos a un bar cercano al trabajo y estuvimos hablando todo el rato.

Ese día fue el primero que empecé a notar que Sergio intentaba tentarme. Imagino que llevaría tiempo haciéndolo pero me di cuenta de que lo que decía y los gestos que hacía, tenían cierto tono pícaro.

Necesitaba eso, cariño, sentirme viva. Y me dejé seducir.

Reía ante todo lo que me decía y le seguía el juego. El tonteo era tan descarado que me asusté de que alguien pudiera vernos y le dije que me tenía que ir a casa.

Sergio no puso pegas y me acompañó al coche.

Justo cuando estábamos junto a mi coche se quedó mirándome sin decir nada.

- ¿Qué pasa?- le pregunté.

- Estoy pensando si estaría bien darte un beso.- me contestó.

- Mejor no lo hagas.

Al llegar a casa me sentí fatal. No había hecho nada, pero casi. Había tonteado con él, descaradamente. E incluso le había dado pie a un posible beso del que, de haberse producido, dudo mucho que hubiera parado. Y encima estaba el tema de que cualquiera podía haberme visto con él y habértelo contado.

¿Qué escusa hubiera puesto?

¡Joder, si casi nos besamos!

Decidí que no podía dejarme llevar. Debía ponerme límites para no caer.

Pero claro, si estaba pensando en ponerme límites. ¿Acaso sentía algo por Sergio? Yo te amaba a ti, y aún lo hago, pero sentía algo especial por él. Algo diferente que me hacía rechazarlo y querer aceptarlo.

Estuve unos días sin hablar con él. Sergio me seguía hablando por mensajes como si nada hubiera pasado y yo no le contestaba, hasta que otro día de partido me insistió para quedar y solucionar los problemas. “Empezar de cero”, me dijo.

Fui una estúpida, lo reconozco. Como no quería que me vieran con él en un bar, le pedí que viniera a casa. Así eliminaba el cotilleo.

Luego pensé que si estaba en casa y venías antes…. No, imposible. Además sería una charla corta. Un café de media hora y listo.

Nada más entrar por la puerta y cerrar, Sergio me besó con fiereza. Nuestras lenguas se juntaron y mezclamos nuestros sabores. Un beso tan apasionado y caliente que hizo subir la temperatura de casa.

- ¿Qué haces?- le dije al terminar el beso.

- He aprendido que hay cosas que mejor no preguntarlas.

Y ahí mismo, en la entrada de nuestra casa, me desnudó en tres segundos y comenzó a sobarme todo el cuerpo.

Sus manos recorrían cada centímetro de mi piel mientras me deshacía en sus labios. Cuando alcanzó por primera vez mi vagina, ya estaba mojada. Metió un dedo entre los pliegues para, posteriormente, acariciarme el clítoris, arrancando mis primeros gemidos.

Me dejé ir. No pensé si lo que hacía estaba bien o mal. No pensé en ti, ni en nosotros, ni en mí. Sólo acepté ese beso y me abandoné a un deseo que intentaba contener por respeto. Pero, una vez vencida, ya no quise parar.

Llegamos al sofá y me senté. Desnuda como estaba, Sergio no tardó en arrodillarse y meter la cabeza entre mis piernas. Descargas eléctricas me sacudían el cuerpo y, al poco tiempo, ya me había corrido. Un orgasmo como cualquier otro, como los que me dabas tú. Ni mejor, ni peor.

Sergio se levantó y se desnudó. Su pene quedó frente a mí. Erecto, duro. Ni más grande, ni más pequeño que el tuyo. Nunca quise comparar. Y no lo pensé, lo engullí y traté de hacerlo bien.

Aquí si que quiero pedirte disculpas. Me esforcé mucho por chupar bien. Me esforcé mas que contigo por introducirla cada vez más y por parecer que era una experta mamando. No quería pasar por una frígida y me esmeré en ser una verdadera experta, algo que contigo ya no hacía.

Chupé sus huevos y los metí dentro de mi boca mientras le pajeaba con los restos de mis babas como lubricante. Miraba sus ojos mientras metía su polla en mi boca, con el fin de parecer más puta que ninguna mujer de las que hubiera estado con él. Y lo debía hacer bien porque él sólo bufaba y me animaba a continuar de la manera en que lo hacía.

Cuando me quise dar cuenta, ya estaba tumbada y recibiendo acometidas en mi vulva. Notar como entraba y salía en mí era excitante, mucho. Hacía tiempo que no estaba tan mojada y con tantas ganas de follar como aquél día. Nos colocamos en varias posturas y me corrí varias veces.

Ni más veces, ni menos que contigo. Pero fueron varias.

Tras el polvo, Sergio se empeñó en repetir pero yo ya empecé a sentir remordimientos. Lo eché de casa y le dije que no me llamara, que eso no era lo que yo quería. Pero si lo era.

Me dio rabia que ni siquiera te dieras cuenta de mi preocupación. Te dije que estaba estresada con el trabajo y no volviste a preguntar.

¿Eso es lo que te importaba? Ni siquiera insistías en saber si lo de mi trabajo era serio o una tontería. Incluso estuve tentada en contártelo para ver si reaccionabas. ¡Es que te daba igual!

Pasaron los días y yo estaba angustiada. Sabía que había cometido un error, que lo que había hecho hacía que mi amor por ti fuera sólo una frase mal pronunciada. Quería volver a lo que era antes de caer en los brazos de Sergio y ser esa mala esposa que te engañó. Quería ser tu mujer, otra vez.

Empecé a verte como antes. ¡Te adoraba! No me cansaba de mirarte y de tocarte. ¡Hueles tan bien!. Estaba tan arrepentida que te deseaba más que antes, y te necesitaba bien cerquita de mí.

Me obligué a serte fiel. Aunque ya hubiera faltado al voto, no volvería a hacerlo.

O eso pensaba yo porque, en el siguiente partido que jugaron en casa y que tú fuiste a ver, Sergio apareció por aquí con una botella de vino blanco y una invitación para hablar.

“Sólo para hablar”, dije yo. Pero sabía que, al dejarlo pasar, volvería a caer. Era una sensación de no querer y de desearlo al mismo tiempo.

Y volvió a pasar. Volvimos a desnudarnos mientras nos besábamos. Volvimos a palpar nuestros sexos hasta que la excitación nos hizo penetrarnos. Sergio me folló con furia. Dándome con cada golpe ese placer que no necesitaba pero que me estaba encantando.

Me hizo ponerme de rodillas sobre el sofá para penetrarme desde atrás, pero estábamos tan estrechos que propuso ir a la cama y yo no me negué.

Te pido perdón por eso también. Por no santificar nuestra habitación y nuestro lecho conyugal, pero es que no pensé que eso fuera peor que lo que ya estaba haciendo.

Allí, en nuestra cama, Sergio me penetró desde atrás mientras me daba azotes en mis nalgas. Esa sensación de rudeza me desarmó totalmente. Me corrí casi en el primer azote mientras él seguía percutiendo mi sexo hasta que bramó y se derramó dentro de mí.

Tranquilo, siempre usamos protección. En eso si tuve cuidado. No quería lamentar un embarazo o alguna enfermedad sexual que pudiera ponernos en peligro.

Esa tarde si repetimos. Volvimos a hacerlo sin pensar que podrías descubrirnos. Ni me imaginaba que llegaras y nos vieras en esa situación. ¡Que tonta soy!

Después de eso, se volvió costumbre. Ya no hablaba con Sergio como lo hacía antes, la relación de amistad se había enfriado pero nuestros encuentros en días de partido seguían siendo muy ardientes.

Pensé que podía seguir así y tenerte conmigo. Egoístamente, empecé a pensar que lo que hacía fortalecía mi amor por ti. Te amaba tanto que prefería desahogarme y tenerte a mi lado, que perderte.

Poco a poco se convirtió en mi droga. Ansiaba que jugaran en casa para poder quedar con Sergio y follar hasta que vinieras. Después de saciar el mono, volvía a ser tu esposa, la que tanto te quiere y te cuida.

Las prácticas sexuales con mi amante eran cada vez más rudas. No habían caricias ni besos. Era, simplemente, una cópula entre un macho y una hembra donde los arañazos y mordiscos prevalecían sobre el afecto.

En varias ocasiones ha probado a penetrarme analmente. Esa práctica tan utilizada por nosotros y que tanto placer me da, con él nunca ha sido satisfactoria. Imagino que las prisas y el sexo sin amor no son buenas herramientas para el anal, por lo que le prohibí que lo hiciera alegando que era virgen. Y él, a regañadientes, aceptó.

No se que día nos descubriste, nunca me di cuenta de tu presencia ni noté nada extraño en casa.

Imagino que fue el día del último partido. El día que Sergio y yo nos despedíamos. Pensaba en no volver a verlo, aunque lo pensé tantas veces que no creo que lo hubiera cumplido.

Ese día nuestro encuentro fue igual de intenso que cualquier otro. No hubieron dramas en la despedida. Aún si sabía que, en dos meses no podría volver a tenerlo.

Todo correcto y normal. Hasta que entraste por la puerta y viniste a la cocina. Sin decirme nada, ya sabía que me habías descubierto. Aún así, tenía que hacerme la sorprendida, no estaba segura de que es lo que sabías. Si podía negarlo o tratar de demostrarte que estabas equivocado.

Aunque ya lo sabía corroboré, nada más irte de casa, que mi vida sin ti sería una mierda. Te llamé mil veces para explicártelo todo. Te hubiera contado lo mismo que hoy, te lo juro. Quería hacer borrón y cuenta nueva. Aceptaría cualquier condición que pusieras con tal de que no te fueras de mi lado. Te daría todo lo que me pidieras tanto en aspectos sexuales, como en personales. Me despediría de la empresa, cambiaría de número, nos mudaríamos a otra ciudad… lo que tú mandaras, lo haría.

Tu silencio me mató más que si me hubieras mandado al hospital de una paliza. Que demostraras ser un HOMBRE me dolió más que si me hubieras escupido a la cara.

Te conozco bien y se que nunca me hubieras hecho daño de esa manera pero, sin pretenderlo, me dañaste con más intensidad que la que nadie pudo conseguir nunca. Por eso se que te amo con locura, ahora más que nunca y que quiero que me perdones y demostrarte lo que puedo ser para ti.

Tras la confesión, Fran se terminó el café en silencio y se levantó de la mesa. Se fue a nuestro dormitorio y yo tras él.

No sabía que es lo que pretendía hacer. No tenía ni idea de si me iba a dar otra oportunidad o prendería fuego al colchón ya que su cara no reflejaba ningún sentimiento.

Se situó entre la cama y el armario y abrió este último. Sacó una maleta de la parte alta y la dejó sobre la cama. La abrió y comenzó a meter el resto de la ropa que aún se había dejado allí.

La última esperanza de que Fran volviera conmigo se desvaneció junto con la primera chaqueta que descolgó de su percha. De un plumazo, la realidad me arrolló. Supe en ese momento que nuestra relación no podía sobrevivir a lo que hice.

- Por favor, Fran. No te vayas.

- ¿Tú crees que puedo quedarme y hacer como si no hubiera pasado nada? No puedo Rosa, no puedo. Necesitaba saber si yo había cometido algún error en nuestra relación. Pensaba que, sin saber porque, te había alejado de mí. Hoy me he dado cuenta que no tuve nada que ver. Que tu egoísmo fue tan grande que pensabas tener lo bueno de dos relaciones sin renunciar a nada. Yo no puedo quererte sabiendo que, mientras yo estaba con mis amigos, tu te follabas a un tipo que te engañó con palabras amables para que te abrieras de piernas. Porque esa es otra, ¿pensabas que después de comérsela con gula y follar hasta hartaros, ese tío querría algo más? ¿Piensas que, aunque demostraras ser una buena mujer, ese hombre te quería para algo más? No, Rosa. “Sergio” te quería para follar y tú (aunque me digas que fue sólo sexo y que me amas a mí) te enamoraste de él. Así que no me puedo quedar sabiendo que mientras estabas a mi lado pensabas en follar con otro y en darle lo que me pertenecía a mí.

- Lo siento Fran, de verdad que lo siento mucho.- dije llorando.

- Más lo siento yo que tendré que recomponer mi vida sin tener culpa de nada.