Xtories

Invasores y nativos. 17

En la colonia, Sam y su esposa Mikane enfrentan el calor y el trabajo duro, pero sus noches están reservadas para el placer. Cuando su hija Mileada se une a ellos, la línea entre familia y amantes se difumina en un nido de deseos compartidos.

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En una mañana plantaron el sionma en las cuatro piscinas. Resultó muy rápido gracias al nuevo tractor.

- ¡Qué bien ha ido! – Exclamó Mikane.

Ahora solamente se tenía que añadir agua conforme los tallos crecían compitiendo entre ellos al buscar la luz de Caute.

Asombrada Mikane dijo a su esposo:

- A partir de ahora vamos a disponer de mucho tiempo libre.

Sam pasó una mano acariciando las tetas de mamá por encima del sayón respondiendo que algo se les ocurriría para entretenerse.

Mikane protestó retirando la mano de su esposo y miró al camino por donde podía pasar cualquier vecino.

- ¡No hagas eso! ¡Qué vergüenza si alguien nos ve!

Naturalmente era muy difícil que pudieran verles desde allí, además de la distancia estaban esos frutales que no eran de vodoca entre el camino y las piscinas.

Por otro lado, a Mikane le gustaba sentirse deseada por su joven esposo.

Cuando acudió Mileada después de su turno fue a ver la plantación de Sionma porque no se lo creía. ¡Las cuatro piscinas estaban sembradas en una jornada!

Durante la cena se planteó montar otra piscina. Y tal como estaban dispuestas lo mejor era hacerlas un poco más grandes. De esta forma no habría que comprar mangueras y tubos para el mantenimiento porque servía el que estaba.

- Vale, de acuerdo. El trabajo se hará después de la recolección.

Propuso Sam y sus esposas estaban conformes. Hacerlo en ese momento podría enturbiar el agua o dañar parte de la cosecha.

Sam pasó toda esa mañana ayudando a reparar vagonetas en la Recolectora. Se quejó al ver los pocos vecinos que habían acudido al reclamo de los vigilantes. Zumeco estaba de acuerdo. No era justo. Añadió:

- Luego son aquellos que menos colaboran los que más se quejan si hay problemas o carestías de algo.

Otro vigilante propuso hacer una lista con los que colaboraban para que tuvieran preferencia a la hora de pedir algo a la comunidad.

Sam se encogió de hombros. No le importaba si había una lista o no. Por ser el diferente, se fijaba en él todo el mundo, se veía en la obligación de colaborar siempre en cualquier cosa. Además, otra cosa a tener en cuenta: su compañera era una vigilante.

Los demás vecinos que trabajaban reparando vagonetas estuvieron conformes con esa lista. Esa misma tarde en un noticiario local, ya comunicaron la idea de la lista, en la que ya había varios nombres, y muchos vecinos protestaron diciendo que no habían sido avisados o no se acordaban de ese trabajo. Así que al caute siguiente se apuntó la mayoría de los colonos, excepto el pobre Dosuono que tardaría en andar bien muchos cautes todavía. Y con tanta gente disponible, los vigilantes los agruparon para encomendarles otros trabajos.

Pronto, caminos y puentes fueron reparados en la colonia. El drenaje del mercado mejoró, se retiraron muchas ramas y arbustos que molestaban al invadir los caminos, y alguien dijo de hacer un estanque al que los críos pudieran ir a bañarse ese verano. Pero no se supo dónde hacerlo porque en medio de la comunidad no había espacio suficiente y nadie se fiaba de situarlo al lado de los bosques. La charca más cercana se desechó porque era usada como cementerio. Poco a poco esa idea se abandonó.

- Podría emplearse el sitio del mercado. – Dijo Sam a Zumeco.

- No. Amigo mío. Ya se pensó eso hace unos cautones. Si se mantiene tanto tiempo el agua en ese sitio el suelo se reblandece demasiado.

- Vale. Pero se puede poner el fondo de obra. Algún tipo de ladrillo o algo así.

- Se podría. Pero a la gente no le gusta caminar sobre eso. Ya te habrás dado cuenta que tan apenas hay carreteras, todo son caminos de tierra.

Sam no insistió. Recordó que todo el mundo va siempre manchado de barro.

Esa misma tarde, mientras los vecinos estaban dispersos por la colonia en distintos trabajos, Sam estaba en el despacho de Godaena para reparar unos muebles. Con los golpes y roces poco se podía hacer, salvo suavizar alguna abolladura o cubrirlos con pintura, pero sí cambiar las cerraduras y enderezar las correderas de los cajones. Había muebles que era fácil y rápido de reparar, otros había que desmontarlos.

Godaena era corpulenta, ya que el volumen de sus mamas y la cadera empujaban el uniforme. Se la veía resuelta y capaz de enfrentarse a cualquier situación. Tan solo hacía medio cautón que era jefa y al parecer ya era apreciada en la comunidad. Con su forma de hablar y modales ofrecía confianza y seguridad. De momento vivía sola en piso de un bloque de viviendas, y esperaba con ansia la llegada de uno de sus hijos, ya que la mayor prefería quedarse con su padre alegando que ya tenía trabajo y amigos que no quería abandonar.

La jefa trabajaba empleando dos pantallas de ordenador casi a la vez y solía acudir a otra para hacer consultas.

A veces se pasaba Zumeco por el despacho y los tres hablaban durante un buen rato. Fue en uno de esos momentos que Sam aprovechó para mirar el cajón de la mesa de la jefa para intentar arreglarlo. Resultando relativamente fácil, había que desmontarlo y volver a montarlo encajando bien las piezas. Dedujo que algún bruto pegó un tirón demasiado fuerte. Pero decidió callar por si lo hizo Godaena en un arrebato de furia.

Hasta que, transcurrido un buen rato, Sam se sentó sobre una mesa, pero como quedaba muy alto se decidió a hacerlo en el suelo, un sitio que ya estaba acostumbrado, y se quedó mirando a los dos sorevanos. Muy serio, pero sin mostrarse enfadado, preguntó:

- ¿Realmente qué estoy haciendo aquí?

Zumeco miró un instante a la jefa y ante un gesto afirmativo de esta respondió.

- Muchacho, eres quien más trabaja de esta comunidad cuando se piden voluntarios. Mereces descansar de vez en cuando. Deja que los demás hagan el trabajo, pero sin que se enteren. Aparentando que también colaboras.

Sam quedó callado mirando por la ventana que daba al exterior, mientras que por la otra se veía el enorme local donde en otro momento se guardarían los vehículos de patrulla de los vigilantes, pero solamente estaba una grúa y un enorme tractor capaz de remolcar cualquier cosa.

Estaba sorprendido ante un trato preferente en un lugar tan discreto como el despacho de la jefa. Y por fin preguntó si Mileada estaba enterada.

- Solo si tú se lo dices. - Respondió Godaena. - Cuando preguntó cuál sería tu trabajo contesté que estarías reparando muebles en las oficinas. Lo cual es cierto. ¿Verdad?

Señaló los dos reparados que estaban ahí mismo.

- Y ahora otra cosa, muchacho. - Preguntó Zumeco sonriendo. - ¿Es cierto que colaboras con el ejército?

Sam se sorprendió. ¿Cómo podía saber eso Zumeco? ¿Quién más podía saberlo? Estaba seguro que sus esposas nada decían, pero la llegada de naves del ejército era difícil de ocultar sobre todo cuando aterrizan en frente de la puerta del edificio de Vigilancia. Que, precisamente está en una de las pocas calles enladrilladas por ser la plaza donde empieza la calle principal que llega al mercado y Sanación. Además, es dónde está la parada de los transportes a otras colonias. Miteno vino con una y Sam fue recogido y devuelto en otras. Sonrió al responder:

- Pues supongamos que sí, pero entonces no estaría autorizado para hablar de eso. Supongamos que no. ¿Me creerías?

Godaena golpeó la mesa con un puño, asombrada al tiempo que decía:

- ¡Vaya respuesta!

Las risas de Zumeco y Godaena debieron de oírse por todo el edificio de vigilancia.

A Mikane le fue suficiente con un paseo entre los frutales para saber que la cosecha iba mal ese cautón. Con disgusto afirmó que, si no llovía pronto, la recolección seria pobre. La vodoca sería pequeña y poco jugosa, se vendería mal. Nadie quiere algo que no resulta agradable a la vista. O que tras una gruesa piel el resultado es muy pobre por estar poco jugosa.

Sam estaba conforme. Miró al cielo comprobando que a tan temprana hora ya hacía calor.

- Ya verás, hijo mío. - Mamá continuó hablando. - En la Recolectora pondrán una criba y la fruta que se cuele por los agujeros nos la devolverán. La venta será baja. Será un desastre.

El rostro de Mikane reflejaba su preocupación.

Como siempre los dos se protegían de Caute con grandes sayones y gorros. Mamá además mediante un pulverizador de vez en cuando se echaba agua en el rostro. Hacía mucho calor. Viendo el pulverizador, Sam tuvo una idea:

- Mamá, hay un aspersor de sobra en el almacén podemos sacar agua del canal para regar. Incluso traer uno de las piscinas.

Señaló el cercano canal que separaba la parcela del vecino.

El aspersor es una máquina empleada para vaciar las piscinas a la llegada del invierno o cualquier trabajo similar. Y el canal iba paralelo al estrecho camino que pasa por un lateral de los frutales.

- Es una solución, hijo mío, pero solamente regaremos una veintena de frutales. Los que están más cerca del canal. Para los demás habrá que emplear cubos. Es agotador e insuficiente.

- Podemos emplear unas mangueras y alcanzar así los frutales interiores. - Dedicó un rato a mirar a los lados. - Depende del largo, pero si es el que he visto… Creo que con seis será suficiente,

Explicó que un extremo de la manguera estaría en el canal sujeto a un flotador para que no cogiera barro del fondo, y el otro conectado al extractor colocado en una vagoneta, Y desde ahí saldría el agua a chorros sobre los árboles, como si lloviera.

- Y la vagoneta estaría enganchada al tractor que recorrería todo el huerto. Creo que iría mejor si pudiera colocar la manguera directamente al tractor. Mejor maniobrabilidad.

Mikane se animó, pero pronto preguntó de dónde sacaban las mangueras. No había en el mercado y al encargarlas tardarían unos cautes en llegar desde Lago Oeste. Pero Sam sabía dónde conseguirla, como ya había dicho, las había visto.

- ¿Vas a apagar un incendio tú solo?

La jefa Godaena estaba dispuesta a prestar las mangueras, pero tenía curiosidad sobre su empleo. Sam le contó la idea para poder regar los frutales.

- Sam. Gigante muchacho. Tienes muy buenas ideas.

Y la jefa de vigilantes le entregó las mangueras sin más preguntas. El problema estaba en que solo eran cuatro.

- Tiene que ser así. Ya ves, necesito dos por si hay un incendio. Y otra cosa: No digas que te las presto. - Dijo Godaena seria. - En cuanto se enteren los vecinos vendrán a pedirlas y no podría negarme.

Ante la mirada interrogativa de Sam añadió:

- Me caes bien, nativo Sam. Eres trabajador, siempre dispuesto a ayudar, amable y evitas los problemas. – Sonrió al añadir: - Además, la madre de tu compañera canta muy bien.

Sam agradeció los cumplidos y las mangueras.

Al día siguiente ya estaban distribuidas tres mangueras en el huerto. Uno de sus extremos estaba en el agua. Mikane conducía el tractor y Sam manejaba la manguera como si fuese un cañón. No echaba el agua directamente a los frutales ya que podría dañar las ramas y la fruta, sino una o dos veces la extensión de su brazo por encima. Cuando la manguera se tensaba le decía a Mikane que se detuviera mediante unos golpes en la carrocería. La desconectaba y pasaba a emplear la siguiente.

Entre tanto trabajo con las mangueras sopesó la idea de emplear un depósito de agua. Siendo el mismo problema. No lo tenía. De encargarlo tardaría demasiado mientras que las mangueras ya las tenía.

Entre la tercera y cuarta fila de frutales se podría continuar así, pero era más cómodo añadir la cuarta manguera que tenían de reserva haciendo que el recorrido con el tractor fuera mayor y por lo tanto más cómodo.

Para la quinta y sexta fila ya hubo que mover las mangueras, separando y uniendo, conforme esquivaban los frutales. Era más laborioso y cansado, pero todos los frutales de ese lado del huerto fueron regados.

Para regar los frutales que están al otro lado del almacén y por las piscinas buscaron otro canal, y tuvieron que emplear tres mangueras empalmadas. El trabajo duró toda la jornada.

- Bien, hijo mío. - Dijo Mikane satisfecha, pero avisó del trabajo que les venía encima. - Con este Caute tan fuerte tendremos que repetirlo en tres o cuatro cautes. Para las siguientes ya se verá, dependerá del calor.

Mileada ya estaba en casa cuando entraron Mikane y Sam. Venían de quitarse el barro en las duchas que están al lado de las piscinas. Sam dijo que al caute siguiente devolvería las mangueras, pero Mileada se ofreció a llevarlas.

- Gracias. Yo las pondré en el vehículo, pesan un poco. - Y añadió con ganas de bromear mientras a través de una ventana miraba el cielo. - Ahora solo falta que se ponga a llover.

Mileada contestó que estaba previsto que no lo hiciera en los próximos ocho o diez cautes, quizás más. Ese verano iba a ser muy seco. El problema más agobiante es que algunos críos ya sufrían deshidratación y quemaduras.

- Desde Sanación dan una serie de recomendaciones que se supone lógicas, pero pocos cumplen. Lo dicho, hay un montón de críos enfermos.

Sam se extrañó y preguntó por qué no permanecían en el frescor de las casas o en las Enseñanzas.

Mikane respondió:

- A la mayoría no les gusta estar encerrados ya que están acostumbrados en las Enseñanzas. Y los padres les dejan ir a jugar en los canales. Pero incluso así Caute les daña. Principalmente en la espalda, cabeza, cara...

Mileada asintió, era lo que sucedía. Añadió que desde Sanación ya se aconseja que no se hiciera. Y les pidió que se cuidaran.

- Protegeros con los gorros, crema y pulverizadores. – Miró a su marido ampliando la sonrisa. – Quizá debieras dejarte el pelo largo.

Sam se pasó una mano por la cabeza, ir rasurado le resultaba muy cómodo.

Ocurrió que Mileada regresó con las mangueras y un mensaje de la jefa de los vigilantes.

- Dice Godaeda que las conservemos hasta después de la cosecha.

- Bien, hija mía. - Dijo Mikane, quedó pensativa y al poco ordenó: - Coge tres tarros de néctar y llévaselos con mi agradecimiento.

Se planteó comprar unas mangueras o instalar un sistema fijo de regadío. El problema sería que se congelaría en invierno. Pensativo, Sam se dejó caer al lado de la puerta del almacén quedando sentado en el suelo. El edificio ofrecía una buena sombra.

Mikane se acercó con un gran tazón lleno de agua al que ya le había dado algunos sorbos. Sam agradeció el agua, y tras unos tragos lo dejó en el suelo al alcance de su mano.

- ¿Cansado?

- No mamá. Simplemente miraba los frutales y la casa. Pensaba que gracias a tu generosidad vivo bien.

- Cariño, hijo mío… - Replicó Mikane seria y agitando levemente la cabeza. - Tienes un buen sueldo que unido con el de mi hija podríais vivir donde os plazca. Soy yo quien agradece vuestra compañía y tu colaboración en la granja.

Sam no la dejó hablar más. La atrajo suavemente hasta poder besar su boca. Mikane se sentó en una pierna de Sam para poder responder a la caricia. Se besaron durante un buen rato. A veces Sam acariciaba la espalda de mamá por debajo de su ropa.

- Sam, cariño, te amo.

- Y yo a ti, mamá, mucho. Por favor vamos al nido, quiero amarte.

Mikane vio el bulto de Sam que el ancho pantalón no disimulaba. También sintió ganas y notó que sus mamas no tardarían en generar crema. Se estremeció y propuso que antes debían bañarse mejor. La sonrisa de Sam hizo que se estremeciera otra vez.

En el nido, Sam se puso a acariciar el cuerpo desnudo de Mikane. Esta protestó diciendo que debía ser al revés o se cansaría mucho antes que Sam culminase interrumpiendo su placer.

- Podría ser mamá, pero tengo muchas ganas de saborear tu cuerpo. Me gustas mucho.

De las tetas de Mikane ya salió un poco de crema. Realmente le gustaba notar las caricias de esas grandes manos. Y luego está esa lengua, gorda y ligeramente áspera pero cálida y que se mueve tan bien ya dentro de su boca o sobre su cuerpo. Se dejó hacer y tras el segundo estallido pensó que le gustaría estar así toda la vida.

“Así, disfrutando de las caricias de quien más amo del mundo”.

Sam tenía otros planes. La volteó haciendo que quedara con el culo alzado. Puso su miembro entre sus muslos, presionando los pétalos y comenzó un enérgico vaivén. Mikane notó aquella barra frotando su intimidad, y el extremo que golpeaba sus tetas inferiores. Gimió de placer y llevó una mano a ese pene que tanto le gustaba y lo apretó más contra su vientre. De esta forma también acariciaba a Sam.

Poco más tarde Mikane no estaba segura de cuántas veces había estallado, pero posiblemente fueron más de tres. Estaba cansada y notaba que las rodillas pronto dejarían de sujetarla.

Sam debió darse cuenta de su cansancio, porque se retiró cesando la caricia. La depositó suavemente boca arriba y retiró la crema de sus tetas, que no era mucha porque al estar bocabajo caía sobre la bolsa de agua. Pero como a veces lo hacía con la lengua, o pellizcaba los pezones, la hembra no descansaba del todo.

Sam trajo agua de la cocina y le ofreció un trago. Luego derramó un poco por su cabeza, las tetas y el resto sobre los pétalos. Mamá gimió agradecida. Sam se tumbó a su lado y estuvieron abrazados hasta que Mikane afirmó que podían continuar.

- ¿Estás segura mamá? – Sam la miró preocupado, temiendo dañarla con su brusquedad. - Podemos dejarlo para cuando nuestra esposa esté aquí. Y que participe del juego.

- No cariño. Te necesito ahora.

El deseo nos hace egoístas.

Mikane cogió con las dos manos el aún erecto miembro de su esposo y comenzó a acariciarlo. Sam cerró los ojos demostrando que le gustaba. Mikane acercó su boca, sus tetas e intentó dar todo el placer que podía a su amado esposo.

Al poco Sam se incorporó, puso a mamá tumbada boca arriba, le separó los muslos e introdujo su miembro entre los pétalos de su amada.

- ¡Me inundas! Me llenas por completo.

- A mí también me gusta, cariño.

Lo hacía despacio y el cuerpo de Mikane estalló dos veces mientras esa dura barra entraba en su cuerpo. Y tuvo tres más antes de notar las descargas de esencia que tanto ansiaba, ya que Sam continuaba moviéndose despacio, al entrar y al salir un poco de su cuerpo. Volvió a estallar cuatro veces sucesivas en esos continuos borbotones de cálido semen. En aquel último empujón que sintió dentro de su cuerpo, también estalló, aunque no hubo esencia. Mikane creyó morir de tanto placer, pero habría valido la pena.

- ¡Charca Primordial! – Murmuró.

Se desmayó.

Despertó dentro de la bañera con su cuerpo totalmente limpio. Se sintió bien. En esto escuchó la conversación entre sus hijos que debían estar cerca, en la habitación de al lado y que compartían los tres.

- ¡Podíais haber esperado!

- No cariño. Sucedió así. Pero sabes que te amamos.

- Sí. Eso lo sé, pero faltaba poco para que yo llegase y participar.

Mikane escuchó que Sam repetía muchas palabras cariñosas y al parecer besaba y acariciaba continuamente a su hija. La cual poco a poco se dejaba convencer. Dudó. ¿Era verdad su enfado o se trata de un control sobre la persona amada? Sería lo segundo, ya que no era la primera vez que una estaba a solas con el esposo. También podría ser que había tenido una mala jornada provocando que tuviera ganas de discutir al llegar a casa, o que simplemente la primera esposa quería su parte de mimos y los reclamaba en ese momento.

Intentó salir de la bañera, pero… desistió. ¡Se estaba tan bien! El agua estaba tibia y la cubría hasta el cuello. Tenía las piernas ligeramente recogidas y juntas. Llevó las manos a sus tetas y las acarició. De los pezones no salía crema evidenciando que había sido bien limpiada por su hijo. Sonrió al pensar que posiblemente fuera con la esa gorda lengua. Separó las piernas y con mucho cuidado se acarició los pétalos. Encontró que si bien estaban algo abiertos no notaba irritación. Dedujo que Sam le puso pomada reparadora antes de meterla en la bañera.

¡Cuánto amaba a ese macho!

Le amaba, sí. Y por otro lado no quería olvidar a Pitape. Fueron varios cautones juntos compartiendo incomodidades y amor. Y el fruto de ese amor fueron dos hijos. No quería olvidarlo.

Mileada entró en el baño, ya se había quitado el uniforme, seguramente mientras discutía con Sam y en ese momento llevaba solamente un calzón. Hubo besos y la joven se interesó por su bienestar.

Mikane se puso a hablar para justificarse ante la primera esposa

- Cariño. Sucedió sin planificar.

- Lo sé mamá, no te preocupes. Espero que lo pasaras bien.

Mikane se sorprendió ante las palabras de su hija tan distintas a lo escuchado con su esposo, por lo que dio más explicaciones.

- Sí hija mía, comenzamos a jugar y eso nos excitó. Yo misma le dije que no se contuviera, que necesitaba estallar. Y, bueno, creí morir de placer.

- Pues no te mueras, mamá, que quiero disfrutar de ti muchos cautones. Ahora vamos a cenar.

Mileada se duchó rápidamente y luego ayudó a su madre a salir de la bañera.

Sin secarse, algo que solamente Sam hacía, Mikane buscó un calzón en el ropero.

- Por favor mamá no te cubras. - Mileada todavía estaba desnuda tras la ducha. - Así excitarás a nuestro esposo con tu bonito cuerpo. Y como ya estás satisfecha dispondré de él toda la noche.

- Gracias por llamarme guapa, pero tú lo eres más. Ahora mismo te estoy viendo.

- Mamá. Sam siempre se queda mirándote las tetas. Le gustan. Y la verdad es que a mí también. Eres muy hermosa.

- Cariño. Acepto todo lo que tú digas. Pero ya sé que es porque me amas como también sé que no puedo competir contigo.

Se dieron un beso en los labios, un beso cargado de cariño, de esposas y pasaron al comedor.

Como había previsto Mileada, Sam se excitó al ver a sus esposas que se acercaban desnudas. Sin hacer comentarios sus ojos pasaban de mirar las tetas a sus pétalos. Estas se sentaron a la mesa sin hacer caso del enorme bulto que ya dibujaba el calzón de Sam y se pusieron comentar las anécdotas de la jornada.

Sam suspiró. Sabía que más tarde tendría que esforzarse sobre el cuerpo de Mileada, y que posiblemente Mikane también participase, aunque fuera menos activa para compensar a su hija. ¡Y al caute siguiente había que cosechar el sionma! Se dispuso a cenar bien esa noche.

Mileada, el caute que tenía libre y coincidía que había que regar los frutales, disfrutó como una cría manejando la manguera. Claro que eso duró un sexto de seis, esto es, las primeras filas de frutales, porque luego resultaba monótono y cansado. Sobre todo, cuando había que detenerse constantemente para arrastrar y empalmar las mangueras haciendo que abarcarán más terreno.

Concluido el trabajo Sam le propuso:

- Vamos cariño, ahora puedes subir al techo del tractor y te llevo a dar una vuelta por la colonia.

No contestó a la provocación.

Mikane había estallado por tercera vez y su cuerpo no podía más. Había disfrutado de las caricias de sus hijos con la diferencia que esta vez Mileada le acariciaba las tetas y Sam sus pétalos. Antes del último estallido y pedir que parasen, notó la boca de su hija en las tetas, succionando su crema que no paraba de manar. Y la lengua de Sam en sus pétalos mientras le metía un dedo o dos por la vagina. ¿Le acarició el ano? Seguro que sí. En ese momento no podía moverse, las explosiones de placer la habían agotado.

Sam se apoyó contra una pared y al poco el agua se deslizaba por sus hombros. Vio que su amada Mileada se acercaba con gestos que delataban sus ganas de amar, de disfrutar. Cogía crema de sus tetas y se la ofreció a beber. Sam retiró esas manos de delante de su boca y cogiendo a su esposa por la cintura la alzó para alcanzar sus tetas con su boca.

- Gracias cariño, pero comprende que quiero beber tu manjar directamente de las fuentes.

Mileada rio la ocurrencia de Sam mientras disfrutaba de la caricia. Al poco, su esposo parecía no cansarse de tomar su crema por lo que pidió que la soltara. Ya liberada se puso entre las piernas de Sam. Se acercó al erecto pene y se dispuso a dar a su amado esposo todo el placer que pudiera frotando su cuerpo contra esa barra de duro músculo.

Mileada ya estaba cansándose. Era agotador mantener ese ritmo que su esposo necesitaba para disfrutar del roce de sus tetas y pétalos. Lo miró al rostro y verlo disfrutar renovó sus energías. Estaría con la caricia un poco más.

Entonces notó cómo su esposo la alzó. La sujetó de las nalgas. Tuvo que sujetarse de los hombros de su amado para mantener el equilibrio. Y tras unos besos en su barriga, supo que era bajada al notar el extremo del miembro de Sam en la intimidad de sus pétalos. Estos se abrieron dejando paso a esa dura barra de carne.

Le gustaba, pero pidió que tuviera cuidado.

- ¡Despacio! Despacio, cariño. ¡Qué gusto!

Continuaba sujeta a los hombros de Sam.

El pene de su esposo se deslizaba en el interior de su cuerpo. Le parecía más largo que otras veces o que Sam iba más despacio.

- ¡Por la Charca del Principio…!

Un estallido impidió que hablara más.

Sam se detuvo, estuvo quieto un momento, incluso retrocedió un poco y volvió a continuar entrando en el cuerpo de su esposa.

Mileada notó ese movimiento al menos dos veces más y era un tormento. Un dulce tormento que la animaba a desear que no terminara nunca. Que siguiera profundizando en su cuerpo.

Estalló varias veces antes de ser penetrada por completo.

Sam la sujetaba todavía por el culo imponiendo un ritmo alocado. Solamente porque mantenía las manos sobre los hombros de Sam para sujetarse no se cayó de espaldas ante un nuevo estallido más potente que el anterior. ¿Cuántos llevaba ya? ¿Cuántos había tenido desde que entraron al nido esa noche? ¿Siete? ¿Cien? Los disfrutó todos.

Una mano de su amado la liberaba del culo para sujetarla por la espalda. Sonrió. Sam la protegía con esmero y cariño. Se sintió bien, querida, y este sentimiento hizo que su cuerpo reaccionara aportando gran cantidad de crema que se mezcló con la que ya había entre los dos los cuerpos por las aportaciones anteriores.

- ¡Sam! Eres lo mejor que me ha sucedido nunca.

- Te amo.

Estaba próximo otro estallido. Milelada lo notaba hasta en la garganta. Estaba a punto cuando fue precipitado por la primera descarga de Sam. La segunda, tercera, cuarta y quinta. Cada una acompañada del movimiento de ese formidable pene dentro de su cuerpo que complementaba el placer. ¿Hubo más descargas? No lo sabía. Sin llegar a desmayarse quedó totalmente derrumbada. Apoyó su cabeza en el pecho de su esposo. Su cuerpo no respondía y en lo único que pensaba era en lo mucho que ama a ese macho que tanto la hacía disfrutar.

- ¡Eres malo! No has avisado. Te amo.

El pene se volvía flácido saliéndose del cuerpo de Mileada que gimió sintiéndose bien y poder juntar las piernas.

Sam sostuvo a su joven esposa durante mucho rato, puede que incluso dormitara con ella encima. Se sentía bien. Vio a Mikane dormir cerca. Le gustaría acariciarla, pero no la alcanzaba. Mejor, si la tocaba podría despertarla y no quería eso. Mileada se agitó en sus brazos y murmuró que le amaba. Sam iba a responder, y no lo hizo al darse cuenta que su esposa hablaba en sueños, incluso pidió agua.

Con cuidado se levantó con su esposa en brazos. Aún dormía cuando dejó a Mileada al lado de su madre. Moviéndose despacio por culpa del cansancio fue hasta las llaves que regulaban el agua del nido, y del techo cayó una suave lluvia que regocijó los cuerpos de las hembras. Dejó la irrigación en la posición de siempre y fue al baño. Tras el aseo decidió dormir en su cama, en un lugar seco. Pero antes se asomó al nido.

Descubrió a madre e hija durmiendo abrazadas. Mileada tenía apoyada la cabeza en un brazo de su madre, y esta mantenía el rosto muy cerca como si la hubiese besado en la frente. A los ojos del amante esposo resultaba una imagen muy bonita.

- Ya se lavarán por la mañana. - Murmuró.

Casi arrastrando los pies llegó a la cama, donde más que subirse se derrumbó sobre el mueble, durmiéndose inmediatamente.

Una jornada Sam estaba dentro de la charca recogiendo esos tallos que se libraban de la segadora por eso estaba desnudo. Mamá de vez en cuando le gritaba que no se acercara tanto a la cuchilla de la máquina. Mikane vestía con un calzón que le estaba holgado, el capote y el sombrero para cubrirse de Caute. Y por fin quedó llena la tercera vagoneta. Sam la cerró y repasó los cierres de las dos anteriores.

Se lavaron ahí mismo, en esas duchas que al carecer de desagüe regaban unos frutales cercanos. Mikane se puso unas ropas que cubrieran mejor su cuerpo, tanto del Caute cómo de miradas extrañas, estaba acordado que llevaría el convoy a la Recolectora mientras Sam continuaba con la cosecha.

Casi tres sextos de seis más tarde regresó Mikane. Ya que se entretuvo por culpa de la cola.

- ¡Qué bien, cariño! Ya tienes otra vagoneta. - Elogió.

Tras un breve saludo, unos besos y algún comentario de cómo iba el trabajo además del motivo del retraso, Mikane se desnudó, pero conservando el sombrero y entró en la piscina a retirar más tallos.

Sam sonrió al recordar aquella vez que su esposa le riñó al acariciarla por encima de la ropa y sin embargo no dudaba en desnudarse en el mismo lugar para trabajar.

“De cada día me parece más rara esta gente”. Pensó.

Claro que era por trabajo y no por sexo ni carantoñas. Y fue cuando recordó que algunos vecinos también lo estaban durante un similar trabajo.

Así estuvieron toda la jornada en la que segaron los tallos de sionma de dos piscinas.

Más tarde, de camino a casa desde la Recolectora Mikane se encontró con su hija en la explanada de delante de casa. Acudía para ayudar en la piscina, por eso solamente vestía un calzón corto y el poncho para protegerse de Caute. Al verla se detuvo, esperándola. Mikane aparcó cerca de las piscinas.

Se besaron en los labios.

- ¡Hola, mamá!

Mikane le dedicó una sonrisa.

Mileada iba a alzar un brazo para saludar a su esposo, pero aquel se acercó a la carrera. Sam cogió a Mileada por debajo de los brazos y la lazó hasta la altura de su cara para besarla.

Mileada, alegre se abrazó a su gigante esposo empleando brazos y piernas. Tras unos besos y caricias por encima de la ropa, Sam la dejó en el suelo. Se giró para mirar a Mikane. Esta esposa sintió el deseo y cariño que Sam le procesaba, tan solo había que mirar esos ojos, esa sonrisa, para notarlo, y se sintió bien. Pero no consintió los besos ni caricias. Ordenó:

- Dejemos los cariñitos para luego. Ahora cambia las vagonetas y vete a la Recolectora antes que cierren.

Sam puso una cara de falso enfado reclamando el beso, pero Mikane insistió. Al poco ya vestido de granjero, Sam se marchó para llevar el último convoy de la jornada. Esta vez era de dos vagonetas.

Y ya con las dos hembras dentro de casa Mikane preguntó a su hija:

- ¿Mañana libras?

- Sí mamá, durante cuatro cautes, como siempre.

- Bien, cariño. - Mikane pasó suavemente una mano por las tetas de su hija, cogió una. Le gustaba notarla pesada, suave. Pero en seguida la soltó al recordar que Sam no estaba. - Pues si te parece bien esta noche disfrutaremos de nuestro esposo.

Mileada se acercó a su madre para abrazarla, y ese beso era de esposa. Le había gustado la caricia y de alguna forma quería agradecerla. Ahora Mikane disfrutó de esa lengua jugando en su boca. Estuvieron más rato del previsto porque al separarse ambas aspiraron con fuerza el aire que necesitaban sus pulmones. Se sonrieron y fue Mikane la primera en hablar.

- De cada vez me gustan más tus besos, hija mía.

- Lo mismo me ocurre. Intento aprender de ti.

- Estamos dejando de ser madre e hija pasando a ser esposas. Supongo que notas que te amo como esposa.

Mileada asintió. Sus tetas no segregaban crema y, sin embargo, notaba el cosquilleo que anunciaba que no tardaría. Continuaba abrazada a su madre cuando dijo:

- Eres mi madre y al mismo tiempo mi esposa. Te amo y te respeto. Con Sam pasa lo mismo.

Mikane tenía ganas de reír por eso habló como si de una broma se tratara:

- ¡Ah! Creía que Sam era tu esposo y mi hijo, no tu padre.

Mileada sonrió al responder:

- Tienes razón, me he equivocado.

Como no habían cesado con las caricias mientras hablaban, de un pezón de Mileada ya salía un poco de crema. Mikane lo recogió con dos dedos y se lo llevó a la boca.

- Sabroso. - Dijo Mikane sonriendo. - ¿Y ahora qué hacemos, cariño? ¿Continuamos nosotras o esperamos a nuestro esposo?

- Creo que es mejor esperar a nuestro esposo, recuerda que le riño si tenéis caricias sin esperarme, pero antes quiero aprender un poco más. ¡Mamá, dame otro beso!

- ¿Más besos?

- Ya sabes que soy muy golosa.

- Parece que en algunas cosas has salido a mí.

Estuvieron un rato con los besos hasta que Mikane pidió que parasen. También notaba picor en los pezones.

- Cariño me estás haciendo tener ganas de amarte y debo ser sincera al decirte que de tener pene me gustaría que me follaras. O de tenerlo yo, follarte. Pero estando al lado de Sam, compartiendo el nido.

- Me ocurre igual, mamá. Verás, me gusta lamerte los pétalos, lo disfruto, mucho. – Abrió la boca para coger aire y poder continuar: - Ahora mismo tus besos me parecen más deliciosos que los de nuestro marido.

- ¿Y dónde encuentras el problema?

- Que quiero las manos y el pene de Sam en mi cuerpo al mismo tiempo que tus labios y pétalos en mi boca. No sé cómo explicarlo.

- Te entiendo, cariño. Me amas, sí. Pero no para estar solas en el Nido. Algo que, con Sam, sí harías.

- Sí. Es, más o menos, lo que has dicho, eso de estar al lado de nuestro marido.

- Hija mía. Me alegro de que nos parezcamos tanto.

- Y yo, mamá.

Mikane sonrió al escuchar la propuesta de su hija.

- ¿Nos damos más besos?

Antes de responder se cogió un pezón de una teta superior. Lo apretó. Lo notaba con crema a punto de salir. Miró a su hija. Sonreía y en su mirada había deseo. Miró la puerta, dedujo que Sam no tardaría en volver. ¿Le esperaban? ¿Empezaban ya las caricias? Sería divertido que llegase y las encontrara en el nido.

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