Xtories

Invasores y nativos. 16

Sam, el gigante de la colonia, solo busca paz entre sus esposas y su trabajo, pero el pasado militar y los secretos de su hermano amenazan con desestabilizar su vida. Mientras una noche de pasión intensa deja a Mikane exhausta, Sam debe enfrentar la curiosidad y el miedo de su entorno al descubrir un arma prohibida.

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Poco después cenaban, vieron las noticias en un ordenador y decidieron acostarse. Mileada se abrazó a Sam.

- Cariño, seguramente no te habrás repuesto de tanto sexo estos cautes atrás, pero esta noche necesito tus caricias. - Lo miró a los ojos. - No nos amemos si no tienes ganas, y yo de verdad que necesito tus manos en mi cuerpo.

- Te quiero. - Murmuró Sam.

El esposo miró a Mikane que le sonrió su conformidad. También reconocía que por muy joven y fuerte que fuera su marido debía descansar.

Con un gesto le animó a ir con su hija.

Sam llevó en sus brazos a su esposa hasta la cama piscina. Allí le quitó el calzón y se dispuso a hacer que su esposa disfrutara. La besó. Acarició sus tetas hasta que consiguió que Mileada suspirase de gozo. Luego, separando sus piernas, lamió y acarició sus pétalos consiguiendo que estallara.

- ¡Uf! ¡Bien!

Sam no cesó la caricia haciendo que pronto tuviera otro orgasmo, otro estallido.

- ¡Ag! ¡Te quiero!

Sam utilizó el agua de la cama para limpiarse la barbilla. Preguntó:

- ¿Quieres otro?

- ¡No! ¡Por la Charca Primordial ya no puedo más!

Sam asintió. Limpió la crema de sus tetas, a veces con la lengua. Y ya dejó que descansara.

- Gracias.

- Gracias a ti por la crema de tus tetas.

Le dio un beso en la frente, sorprendiéndola, ya que lo esperaba en los labios. Añadió sonriendo:

- Me gusta el sabor de tu crema.

En la otra cama piscina estaba Mikane y mostrando una sonrisa pidió que hiciera lo mismo con ella.

- Sí, mamá. Ya sabes lo mucho que me gusta tu cuerpo.

Caricias en las tetas, caricias en los pétalos. Le lamió el ano haciendo que su esposa ordenara lo que más parecía un gemido:

- ¡Ahí, no!

Estalló.

Para el segundo estallido de Mikane resultó más fácil. Sam repitió las caricias y como Mikane esperaba esa caricia en el ano en lugar de eso le metió un dedo por ese orificio sin dejar de lamer los pétalos.

La limpió al mismo tiempo que disfrutaba acariciando esas tetas.

Ofreció agua a las dos y se tumbó en medio, dispuesto a dormir. Las dos hembras casi corrieron para abrazarlo murmurando palabras de cariño.

- Gracias cariño. - Murmuró Mileada. - El caute ha sido duro.

No podía explicar más.

A mitad de mañana, Mileada se presentó en la granja con una vagoneta que si bien no era nueva estaba en buenas condiciones. Sam se ocupó de desengancharla del vehículo de vigilancia y de colocar la estropeada para que se la llevara.

- Al estar vacía no creo que se suelte. – Y aconsejó a su esposa más joven. – Cariño, ten cuidado con los baches.

- Ya hemos comentado en el centro de vigilancia que, en primavera, después de la siembra se pedirá ayuda para repararlas.

Sam supo que debía ofrecerse.

Sam no quiso ir a la fiesta de primavera de ese cautón. Le molestaba sentirse observado como un bicho raro y ser el centro de los comentarios. La verdad es que había crecido un poco más y con el trabajo en la preparación de las piscinas había ensanchado su espalda haciendo que Mikane tuviera que repasar su ropa ya que le estaba ajustada resultándole incómoda. Mileada no podía evitar ir porque le tocaba estar de vigilante, y Mikane quería saludar a las amigas del Coro tras la separación del invierno.

- Es mejor en una reunión como esta. Así, en un sexto de seis ya saludo a todas estando juntas, sin tener que ir a cada una de sus casas a pasar la tarde.

Visitas. Pensó Sam. Mikane iba a veces a ver a las amigas y vecinas a sus casas mientras que nadie acudía a la de ellos. Quizás porque estaba él. Quizás debían temer entrar en la casa del gigante nativo Sam. Seguía siendo el extraño. Al que todos se quedaban mirando como si no encajara entre ellos.

Apretó los puños con rabia hasta que notó que se estaba clavando las uñas. Temió ser descubierto por sus esposas. No quería mostrarse así. Debía mantener su imagen de pacífico, amable, cariñoso o las perdería. Ese pensamiento le hizo tener miedo. Las miró sin disimulo porque estaban distraídas.

Mikane repasaba la ropa al mismo tiempo que miraba un programa en una pantalla.

Mileada cavilaba sobre unas notas del trabajo.

Contuvo un suspiro. Era mejor retirarse antes que le descubrieran mirándolas pensativo, y decidió salir de la casa con la excusa de mirar los frutales.

Fue a la habitación a vestirse. Luego pasó por el comedor sin apenas detenerse.

- Salgo a mirar los frutales.

Las hembras le despidieron.

- Se aburre. – Comentó Mileada cuando quedaron solas.

- Puede. – Dijo Mikane mirando a través de la ventana. No llegó a verle, aunque fuera en esa dirección. – Su voz era rara.

- A veces le pasa tras estar mucho rato en silencio.

Ya no le dieron más importancia.

Sam revisó el llenado y vaciado de las piscinas. Pronto sería la siembra de los tallos sionma. Luego fue al huerto y ya había dado unos pasos entre los frutales cuando descubrió a un Mandoran.

Se detuvo al ver que el animal acechaba algo. Al poco Sam vio que a unos pasos estaba otro Mandoran. Siguiendo la mirada de los animales descubrió que en la base de un frutal había un agujero en el suelo. Parecía reciente, o por lo menos no lo había descubierto hasta ese momento. Además, alrededor del agujero había tierra más oscura, sacada del interior hacía poco.

Sam esperó y cuando ya empezaba a impacientarse de lo que le parecía mucho rato inerte, apareció un roedor. Supo que ese nuevo animal debía dañar las raíces del frutal al alimentarse. Los Mandoran se movieron veloces y atraparon al roedor. Ahí mismo lo destrozaron y devoraron.

- Gracias. Me habéis hecho un gran favor. - Murmuró Sam.

Los Mandoran aún estuvieron un rato bajo el árbol. Al estar tumbados parecía que dormitaban haciendo la digestión. A veces uno de ellos alzaba la cabeza como vigilando donde estaba Sam. Pero este no les prestaba atención simplemente tomaba notas sobre qué ramas debía podar y marcaba los árboles para una mejor localización cuando cargara con las herramientas adecuadas para la poda. Esa primavera crecerían demasiado.

Era tarde cuando regresaron las hembras de la casa, habían estado en la fiesta de primavera, y encontraron que Sam terminaba de cenar. Tenían muchos chismes que contar por lo que estuvieron hablando durante un buen rato. Afirmaron que Cimcuama se había separado de su esposo y era la familia de él quien se cuidaba de la criatura.

Mileada añadió mordaz:

- También acudió a la fiesta, pero estuvo todo el tiempo en el extremo donde los más jóvenes hacen la fiesta a su modo.

- Bien. - Respondió Sam. - Es bueno que los jóvenes sean aleccionados al hacerse mayores.

- Seguro que es una buena maestra. - Sonrió Mileada.

Mikane movió la cabeza negativamente y no quedaba claro si desaprobaba la acción de esa joven o los comentarios de sus hijos.

Como si no tuviera importancia Sam contó que había pasado una tarde muy tranquila. Pero ocurrió que Mikane, en esa inspección casi diaria que solía hacer de toda la casa descubrió que el ordenador de Miteno si bien estaba apagado no había sido desconectado. Había una lucecita en el teclado que lo delataba. Así dedujo que su amado esposo había estado hablando con los militares y nada quería contar.

Poco más tarde, mientras Sam estaba en el baño lo dijo a su hija. El esposo callaba para no preocuparlas por algo.

Decidieron actuar.

Las dos hembras fueron a la habitación y esperaron en la puerta del baño a que el marido saliera.

- Así que te has pasado la tarde sin hacer nada… ¿He? – Dijo Mileada sonriendo. - Pues bien, queremos que no seas gandul y nos hagas estallar varias veces. Te prometo que si lo consigues también lo pasarás bien.

Así fue, Mileada estalló varias veces estando tumbada boca arriba en esa nueva forma en la que Sam las poseía, imponía el ritmo y resultaba tan grata la novedad. Para hacerlo con mamá, Sam metió varios dedos en su ano. Además de procurarle placer lo preparaba dilatándolo. Por eso cuando ya estaba con ella por segunda vez en lugar de penetrarla entre los pétalos lo hizo por el culo.

Mikane gritó asombrada al notar el grueso extremo de su hijo. Y Mileada corrió a su lado ordenando a Sam que la liberase.

- ¡No! ¡Sigue! - Ordenó mamá. – Ahora duele, pero me irá bien. Lo sé.

Sam se detuvo para esperar que el cuerpo de mamá se acostumbrara mientras la acariciaba en las tetas. Mileada colaboró en las caricias llevando una mano a los pétalos de mamá. Pronto Mikane estalló, y ya pudo pedir a Sam que continuase.

- Bien, cariño. Ya puedes entrar más.

Sam empujó entrando un poco más en el culo de mamá. Ya no era solamente el glande, sino la mitad del pene, y empezó a moverse.

- ¡Oh, sí! ¡Qué bueno! Cariño, adelante, entra más. Métela todo lo que quieras.

Mileada se asombró de la petición de su madre. ¿Cómo podía asimilar ese grosor en esa parte de su cuerpo? Sam empujó con su cadera. Mikane gritó y volvió a estallar. Según Mileada su madre parecía sufrir muchísimo, pero la hembra pedía que Sam continuara. Estalló dos veces más. Entonces Sam se retiró poco a poco. Y Mikane sintió alivio. Lanzó un sonoro suspiro al sentirse liberada. Tenía el ano dilatado y seguramente sería todo un problema durante un caute por lo menos.

Sam se limpió el pene con abundante agua y antes de que Mikane se relajara se lo metió entre los pétalos. La hembra bufó al sentirse empalada y sintió otro estallido.

- Mamá…

Pero Mileada nada más dijo al ver el placer reflejado en el rostro de su madre. Realmente lo estaba pasando muy bien.

Al poco Sam culminó en tres embestidas e hizo el amago de otra. Mikane estalló esas veces gritando lo bien que lo pasaba y se desmayó.

Mikane despertó poco después al notar las caricias de su hija en las tetas. Estaba sentada dentro de la bañera y a su lado Mileada la bañaba como si se hubieran intercambiado los roles de madre e hija. De pronto los intestinos de Mikane se agitaron y el músculo del ano nada pudo retener saliendo unas heces entre burbujas. El agua se ensució. Mikena se asombró de lo que había provocado sin querer.

- No te preocupes mamá. Yo me ocupo.

Mileada retiró el agua sucia. Limpió a su madre con la regadera de la ducha y rellenó la bañera. Todo en silencio sin hacer comentarios hasta que se acercó al oído de su madre para preguntar:

- Mamá, dime. ¿Te ha gustado por ahí? ¿El placer compensa el dolor? ¿Me resultaría agradable hacerlo?

- ¿Lo has hecho antes?

- Sí. En la única vez que fui a una Cesta.

No recordó la vez con Pitape, estando tan extasiada de placer solamente lo disfrutó.

- No lo hagas, cariño. - Respondió sincera Mikane moviendo lentamente la cabeza. Luego miró a los ojos de su hija. - A ti no te gusta por ahí tanto como a mí y te hará daño. Yo… quizás lo repita, pero esperaré muchos cautes. Porque si bien lo he disfrutado ahora duele. Antes que el gozo llegue se pasa muy mal. Y ahora, mírame, parezco inválida.

- Mamá, muchas veces me has metido un dedo y lo he disfrutado…

Mikane respondió con un gesto. Levantó una mano mostrando un dedo. Ahí estaba la diferencia, en el grosor. Mileada miró el dedo y asintió. Tan apenas era nada comparado con el grosor del miembro del esposo, que semejaba al del puño cerrado y era tan largo como el brazo. Estuvo un rato callada y pensativa hasta que por fin respondió:

- Bien mamá, seguiré tu consejo. - Con una serena sonrisa en sus labios añadió. - Y no te preocupes, te ayudaré a limpiarte todas las veces que haga falta. Ya tengo preparada la pomada regeneradora. Te irá bien.

En ese momento Sam entró en el baño. Se acercó a mamá para ofrecerle un tazón con néctar y la besó en la frente. Prometió que no lo volvería hacer y pidió que la perdonara.

- Cariño mío. Ya me vengaré de ti.

- Y yo te ayudaré, mamá.

Durante muchos cautes mamá no consintió las caricias en el ano. Y los demás se mostraron respetuosos con esa parte de su anatomía.

La tarde del caute siguiente Mileada, que regresaba de su trabajo, encontró que su esposo estaba cerca de las piscinas. Con una mano se apoyaba en el poste de las duchas en una posición cabizbaja, y tan concentrado estaba en sus pensamientos que no oyó la llegada del vehículo ni el saludo de su esposa.

Mileada, al verle tan preocupado se retiró sin insistir en el saludo respetando su silencio. Entró en la casa y preguntó a su madre.

- Lleva así un buen rato. - Respondió mamá. - La conversación con los militares debió afectarle mucho.

- Supongo que tienes razón, es mejor dejarlo. - Mileada se asomó a una ventana buscándole y aunque sabía dónde estaba no lo localizó. - Que medite todo el tiempo que quiera. Ya nos contará qué ocurre si lo cree necesario.

- Cariño. No sé si podrá. Quizá no se lo permitan. - Añadió Mikane preocupada. - Ya sabes, los militares tienen muchos secretos. Recuerda a tu hermano. Tuvo que pedir permiso para poder contarnos por qué se llevaba a Sam.

Mileada asintió. Ella era vigilante y también debía guardarse de contar cosas, aunque fuera en confidencia a la familia.

Desde luego Sam estaba preocupado. El caute anterior le habían informado que en ese campamento en Canadá hubo una masacre. En su inauguración eran cuatrocientas personas y ahora pasaban a ser unas pocas decenas con un tiránico líder. Se ignoraba si quedaba alguien fértil entre ellos. Ya que los sorevanos no podían acercarse lo suficiente para identificarlos. Ni dialogar. Los humanos fueron militares y montaron una fuerte defensa. Como estaban casi confinados no se preocuparon en atacarlos hasta someterlos o el exterminio. Lo malo es que el terreno que cultivaban era pequeño y no había caza en los cercanos bosques.

- Están condenados. - Murmuraba Sam. – Por culpa de la estupidez todos estamos condenados. Desapareceremos como especie.

Alzó la mirada, temeroso de haber sido escuchado. Sin darse cuenta que nadie le habría entendido ya que hablaba en el idioma que le enseñaron sus padres siendo un niño.

Unos cautes más tarde Miteno llamó avisando que recibirían una máquina que había comprado para la granja. Acudiría un técnico desde Lago Oeste para montarla y les explicaría cómo funcionaba.

- ¿Qué has comprado? ¡Nada necesitamos! - Protestó mamá.

- En cuanto la veáis cambiarás de opinión.

La conversación duró poco tiempo. Miteno dijo que tenía trabajo y tras los parabienes de despedida cortó la comunicación.

Al caute siguiente recibieron ocho cajas enormes de metaliviano. Tuvieron que llevarlas a la granja de dos en dos mediante el remolque de un tractor, porque el enorme vehículo que llegó desde Lago Oeste no cabía en el camino. Sacaron el tractor del almacén para ponerlas ahí. Mileada abrió una y no comprendió para qué servía eso.

El técnico llegó al medio caute, cuando Sam y mamá se disponían a comer, y naturalmente invitaron al técnico, que declinó la oferta afirmando que ya había comido e inmediatamente se puso a montar las piezas.

Era joven y jovial, pero como casi todo el mundo quedó algo azorado al ver la altura de Sam, que se había acercado ofreciéndose a ayudar.

- Gracias. Pero en principio debe encajar todo y no hace falta. Por eso he venido solo.

Cuatro sextos de seis más tarde el técnico avisó que ya estaba montado el tractor. Y que ya podían ver cómo funcionaba.

- Además aún no lo he probado. Y antes de hacer la entrega debo estar seguro de su buen funcionamiento.

Sam, Mikane y el técnico regresaron al almacén.

El técnico acoplo una cinta sin fin y mediante un mando a distancia colocó la máquina cerca de un frutal. La accionó. Naturalmente en esos cautes no había fruta por lo que el técnico cogió unas hojas y mostró como la cinta colocaba las hojas en las bandejas de la vagoneta. Accionó otro botón y ahora las hojas llegaban a otra bandeja.

- El cambio de bandeja puede ser automático, mediante un sensor de peso, o manual que es lo que he hecho. - Añadió mientras mostraba el mando a distancia. - Aconsejo el manual porque con el otro a veces las bandejas no se llenan del todo.

Pronto vieron las ventajas de la máquina nueva, no había que acarrear las bandejas. El trabajo era más cómodo. Sam se acercó y puso más hojas en la cinta.

Cubriendo su boca para no mostrar su sonrisa, el técnico explicó el porqué de su risa:

- Ahora que te veo al lado del árbol comprendo por qué no hay un brazo para elevar al operario. No lo necesitas.

Sam asintió y alargó un brazo mostrando que alcanzaba hasta lo más alto de los árboles. Los dos se echaron a reír, aunque el técnico seguía cubriéndose la boca. Y Mikane, permaneciendo a unos pasos de distancia, simplemente miraba.

Regresaron a la explanada de la entrada a la granja. El técnico quitó la cinta sin fin haciendo que la máquina la desprendiera sola en el sitio indicado, y puso un brazo totalmente diferente a la base sobre ruedas. Preguntó dónde estaban las piscinas de sionma y por los esquejes a plantar.

En el corto trayecto hasta las piscinas Sam dedujo que era mejor no poner ese brazo a la máquina hasta estar allí, en su opinión se balanceaba demasiado y podría partir uno de los ejes.

Sam se maravilló al ver que sin necesidad de entrar en las piscinas podían plantar los tallos de siomna de diez en diez. En poco tiempo media piscina quedó lista solamente con la demostración. El técnico plantó tres hileras y Sam el resto mientras seguía las instrucciones.

Retiraron la máquina al almacén. El técnico le dijo cómo limpiarla y secarla sin dejar de dar otros consejos.

- Para cosechar aconsejo tener cuidado con la cuchilla. Verán que es más lenta que esa. - El técnico señaló la máquina antigua que si bien estaba destapada tenía encima una lona plegada. - Pero hace bien el trabajo ya que es un poco más larga y el filo es mejor.

Por el tono que empleaba el técnico, Mikane comprendió que era mejor emplear la segadora antigua ya que disponía de ella.

- ¿Qué precio tiene esta maravilla? – Preguntó Mikane.

- ¿No lo saben? – Se sorprendió el técnico y miró los datos en su ordenador. - Vale, pues… Bien. Ya veo que se trata de un regalo y tengo orden de no decirlo.

Mikane no insistió para no poner en un aprieto al técnico, Mientras que Sam pensaba que ya lo averiguaría mirando el catálogo en el ordenador donde figuraba entre un buen resumen de otros datos.

Firmaron la entrega y Sam pidió un manual. El técnico le dijo el nombre de la página donde buscarlo en el ordenador.

Luego, y mediante el tractor, retiraron los embalajes al contenedor.

Sam iba a quedarse con las maderas para hacer leña, pero el técnico le aconsejó que no la empleara como abono. Aclaró:

- Han sido tratadas con aceites y otras cosas que no son naturales. Es mejor llevarlas a los contenedores para reciclar.

En ese momento regresaba Mileada del trabajo y el técnico se sorprendió al ver una vigilante tan joven, y que además era pareja del nativo.

Ya recogía sus cosas para marcharse cuando Mikane le invitó cenar. Aceptó encantado.

- ¡Comida de granja de verdad! – Dijo el técnico al oler el tazón que le ponían delante. - Y no esas cosas raras en los restaurantes de los caminos.

Cuando probó el postre de néctar de vodoca que elaboraban bajo la dirección de Mikane quiso comprar varios tarros. Le regalaron uno, que seguramente era lo pretendido.

Al caute siguiente todos conocían el precio de la máquina y se sorprendían que Miteno pudiera gastar tanto en ese regalo. Intentaron llamarle para agradecérselo, resultando imposible. El muchacho no era localizable. Mamá le dejó al menos tres mensajes.

- Ya me devolvió el dinero de los estudios y ahora esto.

- Le debe ir bien. - Murmuró Sam.

- Seguro que sí. - Añadió Mileada. - Solo aquellos que les va bien después de haber sufrido privaciones se permiten ser generosos.

- Vamos, hija mía, sin exagerar. - Protestó Sam ante el silencio de mamá. - Que tu hermano no lo pasó tan mal en casa.

Sam y mamá duraron si era envidia lo que realmente sentía Mileada.

Se celebró otra fiesta en la colonia. Como ya se sabía Mileada no tenía más remedio que ir ya que otra vez le tocaba turno de vigilancia y Mikane se pasó un rato, saludó a algunas vecinas y amigas, y regresó pronto ya que por suerte no cantó el Coro. Sam no quiso ir. Se sentía observado y objeto de burla en aquellos corrillos que se formaban. Pero sí fue al caute siguiente para ayudar a desmantelar el toldo y las mesas.

Zumeco se acercó a saludar nada más verlo. No llevaba el uniforme. Y sus ropas ya estaban manchadas de barro. Se protegía las manos con unos gruesos guantes.

- No te vi ayer. ¿Viniste?

- No. Tenía cosas que hacer.

- Sí, claro. Y supongo que no podían esperar a hoy, que sí tienes tiempo para colaborar.

Sam no contestó.

Zumeco le observó y luego disimuladamente miró alrededor, donde otros vecinos le miraban y murmuraban. Era lógico, pensó el vigilante, que el joven se sintiera incómodo.

El nativo podía cargar solo aquella lámina de metaliviano que hizo de mesa, si la manejaba desde el centro haciendo equilibrio, pero se dejó ayudar por Zumeco y un vecino que sujetaban el otro extremo. La depositaron en una plataforma que luego sería llevada al centro de vigilantes. Así Sam se enteró de donde guardaban los postes y demás material empleado en las fiestas.

- Los vigilantes hacéis muchos trabajos.

Zumeco sonrió al afirmar:

- Puede, menos de agricultores casi todo lo demás. Electricista, fontanero… A veces hemos tenido que curar a alguien cuando el sanador se retrasaba, y… bueno, más cosas.

- Vuestro almacén debe ser enorme.

- Y caótico, te lo aseguro.

Vio a lo lejos a su esposa dirigiendo el tráfico que se agolpaba en la entrada a la explanada, y sintió orgullo por ella.

Unos cautes más tarde Sam y Mikane fueron al mercado. Ambos vestían con los sayones, calzones y sombreros típicos de los campesinos en esa época del cautón y para nada desentonaban entre los compradores. Primero se ocuparon de las necesidades de la casa por lo que al poco Sam ya cargaba en el capazo fruta, pescado… Pasaron por delante del puesto de trastos humanos y Sam pidió detenerse un momento.

Mikane asintió, pero se dedicó a mirar otros puestos que le resultaban más interesantes.

Sam pensó que perdía el tiempo ante tanta chatarra oxidada que no sabría darle utilidad cuando se asombró al ver una pistola. Llamó al dependiente y preguntó si sabía qué era eso. Ante su negativa propuso llamar a los vigilantes y que se la llevaran. El vendedor no comprendía el porqué de tanta alarma. Sam explicó que era un arma y que podía estar lista para disparar. Instintivamente el vendedor retrocedió unos pasos.

- ¡No lo sabía! Lo compré a peso entre otros cacharros.

Los vigilantes llegaron pronto ya que solía haber una pareja en las inmediaciones del mercado. Cogieron el arma y la miraron con curiosidad. Entre las manos del sorevano parecía un cañón. Sam les alertó que no tocaran una palanquita, se trataba del disparador.

- ¿Puede matar? – Preguntó un vigilante.

Ante la respuesta de Sam le invitaron que los acompañase al puesto de vigilancia para desarmarla. La nerviosa Mikane también fue con ellos.

Rato más tarde Sam había desmontado el arma, tardando más de lo esperado por culpa de óxido. No tenía balas en el cargador ni en la recámara, y todo el mundo se relajó. En la sala donde la desmontó solamente estaban él, Zumeco y la nueva jefa de vigilantes llamada Godaena. Alguien redactó un informe y Sam lo firmó con las huellas de la diestra.

- Supongo que destruiréis el arma. - Preguntó Sam.

- Sí, claro. - Respondió Godaena. - Pero antes la retendremos unos cautes por si en la central de Lago Oeste quieren hacer una investigación. Seguramente no. - Miró a Sam fijamente. - De ser así te llamaremos para unas preguntas.

Sam asintió.

- Ya sabéis dónde vivo.

En el camino a casa Mikane preguntó curiosa:

- ¿Cómo es que sabes hacerlo?

- ¿Lo del arma? - Mamá asintió. - Hasta que me acogiste en tu casa vivía con militares y lo vi hacer muchas veces.

- Parece que pasaste una infancia muy difícil.

Sam hizo un gesto que pretendía mostrar tranquilidad ante lo habitual.

- Por ese tiempo me parecía normal, cotidiano, pero ahora puedo decir que sí. Yo no me daba cuenta, pero los adultos pasaban mucho miedo, siempre alertas.

- ¿Por nosotros?

- No. De los Mandoran de Barro.

Evitó decir que a ellos los odiaban, si bien le habían adjudicado el papel de malditos invasores, el peligro eran los bichos con apariencia felina.

Ya en casa Mikane confesó que con lo del arma se había puesto nerviosa y algo excitada. Pidió a Sam que la acariciara.

- Haz que estalle, cariño y quedaré relajada.

Sam pensó que la hembra simplemente tenía ganas de follar en ese momento. Pero, por otro lado, sabía que con esa forma de ser tan seria también podría ser lo que afirmaba. Como también tenía ganas no se lo pensó más. La desnudó arrojando su ropa al suelo. Luego hizo que se sentara sobre sus piernas y durante un sexto de seis se dedicó a darle todo placer que pudo con sus manos y boca aplicándose sobre esas tetas que tanto le gustaban. Mikane estalló varias veces.

- Gracias cariño.

Parecía satisfecha o conforme con las caricias en las tetas, sin acudir al Nido para algo más íntimo. Propuso:

- Para más caricias esperemos a Mileada. No estaría bien hacerlo sin que participe.

Sam asintió resignándose a esperar mientras recolocaba el abultado pene debajo de calzón. Mikane se dio cuenta del enorme problema, pero insistió en esperar.

Más tarde Mileada llegó a casa a la hora de siempre. Estaba enterada de lo del arma encontrada en el mercado, y preguntó cómo estaban. Mikane dijo que bien gracias a que su esposo la había acariciado dejándola relajada. Mileada dedicó una sonrisa a Sam a modo de agradecimiento por cuidar de mamá y se fue al dormitorio a quitarse el uniforme.

Mientras hacían tiempo para la cena hablaban de la máquina nueva.

- Mañana sembraremos todo el sionma.

- ¿Las cuatro piscinas a la vez? – Mileada no estaba convencida porque no vio la demostración. Solamente la mitad de la piscina ya sembrada en lo que suponía mucho rato.

Sam contestó decidido.

- Sí. Será rápido.

- Vale, bien. Pero piensa que la recolección coincidirá también todo a la vez.

- Lo he pensado, gracias. Para eso emplearemos las dos segadoras.

- Ahora vamos a cenar. - Interrumpió la conversación Mikane. Anunció sonriendo: - Hay pescado.

Mileada se sorprendió ante lo que catalogaba como un festín.

- ¿Pescado? ¿Qué celebramos?

- Que nos queremos mucho.

Mileada pensó que su madre todavía estaba asustada al ver un arma sin controlar en un sitio tan concurrido como es el mercado.

Sin embargo, esa noche solo hubo besos y suaves caricias. Durmieron en la cama-piscina.

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