Invasores y nativos. 15
Sam no es solo un esposo, es el centro de un universo donde dos mujeres comparten su cuerpo y su alma. Entre la nieve exterior y el calor del nido, la línea entre el deber familiar y el deseo desbordante se difumina en cada caricia.
Mikane despertó. Notaba su cuerpo cubierto de crema y que de su sexo salía la esencia de Sam. Se sintió bien. La satisfacción de haber disfrutado. Oyó unos gemidos y volteó la cabeza para averiguar qué pasaba. Encontró a su hija sobre el cuerpo de Sam. Le estaba lamiendo y acariciando el pene. Su rostro mostraba la lujuria más absoluta sobre todo cuando succionaba ese orificio. No podía ver el rostro de Sam porque su cabeza estaba entre los muslos de Mileada. Ambos disfrutaban. De pronto Mileada dejó de atender ese enorme pene, sus tetas expulsaron crema como si esos borbotones fueran catapultados o disparados. Lanzó un gemido y se derrumbó en un estallido.
Sam se levantó. Puso a Mileada boca abajo con el culo bien levantado e introdujo el pene entre los muslos. Rozando sus pétalos en cada embestida. Realmente no la penetraba, pero Mileada gemía con fuerza. Le gustaba la caricia. Notar el miembro de su esposo rozando sus pétalos. Así estuvieron un rato mientras la hembra estallaba dos veces sin que Sam dejara ni un momento de moverse.
Luego Sam la volteó. La puso boca arriba, levantó sus piernas apoyando esos pies en su pecho y penetró a Mileada entre sus pétalos. No lo hizo con brusquedad, pero sí en un solo movimiento y la hembra gimió al sentirse llena. Se podría decir que era otro estallido. Al poco sí que los estallidos fueron de verdad, aquellas tetas parecían manantiales de crema.
Mikane vio desde otra perspectiva como fuera poseída poco antes. Mileada gritaba de placer a cada empujón del cuerpo de Sam en el que entregaba su esencia. El cuerpo de su hija estallaba cada vez. Gritaba y pedía parar, pero también pedía más. Más.
Cuatro descargas, cuatro estallidos. Cuatro explosiones de los sentidos.
Sam se detuvo y Mileada se desmayó. Sam se retiró despacio sacando el ya flácido pene del cuerpo ajado de su esposa. Con un gesto cargado de cariño le acarició el rostro. La besó con gran ternura en la frente y murmuró algo que Mikane no entendió. De vez en cuando cogía agua con sus enormes manos y la echaba sobre ese precioso cuerpo. Lo hacía así cuando lo más práctico sería ir hasta la llave de la ducha, pero Sam no quería alejarse de su primera esposa.
- La amas, es evidente. - Murmuró Mikane.
Sam se giró para mirarla y respondió.
- Sí, mamá. Tanto como a ti.
- ¡Mentiroso! – Sonrió Mikane. - Sé que a ella es más, pero no te preocupes. Lo comprendo y me llena de gozo ver que es así.
La verdad es que Mikane sí que sentía algo de envidia, pero también sabía que eran jóvenes mientras que ella en unos cautones dejaría de ser activa en el nido.
Las dos hembras estaban dentro de la bañera con el agua tibia que quedaba justo por encima de sus senos. Sin dejar de sonreír, disfrutaba de ese momento, Mileada preguntó a su madre dónde estaba Sam. Mamá respondió que estaba arreglado el grifo de la piscina de dormir matrimonial. Mileada protestó:
- Debería relajarse.
- No podía teniendo pendiente ese trabajo. Y debe ser por mi culpa ya que esta mañana lo propuse.
Mileada incrementó su sonrisa al afirmar que en cuanto hubiera descansado un poco más le daría otros trabajos a su esposo. Mikane también sonrió al preguntar:
- ¿Puedo ayudarte con la cañería de nuestro esposo?
Rieron con ganas.
Fuera del baño. Sam, ignorante de la conversación de sus esposas, se sorprendía ante tantas risas, pensó que así no se relajarían.
Después de comer escucharon la narración de mamá sobre el viaje y los primeros cautes de la colonización del octavo planeta, llamado Tierra por los humanos. Y todo porque en un noticiero hablaron sobre el aniversario de la colonia, dando pie a que Mikane contara sus experiencias.
- El viaje en la nave nodriza era… poco menos que caótico con tanta gente por todas partes. Como ya se sabía duró algo más de un cautón. Todo el mundo conocía bien los datos del viaje y las coordenadas de destino. Y al principio, con la proximidad del final todos estaban tan entusiasmados como nerviosos.
Sonrió en silencio recordando anécdotas y tras el requerimiento de Mileada ya continuó con la narración:
- En esas condiciones era difícil obedecer fielmente las órdenes de los vigilantes ya que nos cansaba estar tanto tiempo encerrados en los camarotes y preferíamos recorrer los pasillos y hablar con los demás colonos. La sobremesa en el comedor solapaba los turnos creando más caos. Y pronto nos distinguieron por colores. El color asignado era el que podía acudir en ese momento.
Sam no se sorprendió de la gran velocidad de esa nave porque simplemente no estaba enterado de esos temas. No sabía que venir desde tan lejos en tan solo un año era algo imposible para la tecnología alcanzada por los humanos.
- Tu hermano no se despegaba de mí y tú siempre me cogías por los extremos de las camisas como si temieras sentirte olvidada. A veces, cuando daba de mamar a Miteno también querías un poco.
Sonrió al añadir:
- No me dejabais trabajar o hablar tranquilamente con otras familias, pero es lo que tiene ser madre de unas criaturas. Hasta que por fin nos dirigimos a las naves colonizadoras. Nos asignaron esta.
Mamá señaló la estancia y Sam se asombró que aquello pudiera volar. O lo hiciera en otro momento.
- El viaje de descenso y entrada en la atmósfera fue movidito y no parabais de llorar. - Hizo una mueca al confesar: - Debo reconocer que estaba asustada. Por fin descendimos.
- Recuerdo que pasé miedo. – Admitió Miliada. - ¿Papá pilotaba esto?
- ¿Qué? No cariño. Era automático. Las máquinas se ocupaban de todo siguiendo un programa. Se posó exactamente aquí porque así lo indicaron.
Necesitó beber un poco de agua y ya continuó.
- La casa se desmontó. Se abrieron unos portones y por ahí se retiraron los motores quedando una cocina-sala, un baño y la habitación. Lo que fuera la base de la nave se situó por ahí detrás. Por donde está el almacén. - Señaló por la ventana un lugar impreciso. - Y tardamos más de un cautón en dejarla como la veis. Porque al mismo tiempo había que plantar los frutales y cavar las piscinas junto con los canales.
Miró por la ventana durante unos instantes.
- De vez en cuando venían unos vigilantes y nos ayudaban. Sobre todo, a montar el tractor y el almacén. También se llevaron los motores y lo que quedaba de la nave, aunque con el casco se construyó el techo y paredes del almacén. ¡Ah! No lo he dicho la casa fue adaptada por unos operarios que vinieron de Lago Oeste. Estuvieron por aquí varios cautes, y en total montaron… no recuerdo… ¿Ocho granjas? Pudiera ser. Eso en esta colonia.
Mileada dijo que debía ser muy duro. Mikane lanzó un suspiro al contestar:
- La comunidad, y desde Lago Oeste, tuvo que mantenernos ese invierno. Y gracias a los vigilantes, entre los que ya estaba Zumeco, no pasamos penurias. La herramienta para el trabajo era prestada. Cada varios cautes papá acudía a Vigilancia y le daban las provisiones.
Durante un instante su rostro se entristeció. Sam le pasó una mano por la cara en una caricia y se sonrieron.
Ya más animada continuó hablando:
- Volvió el buen tiempo y terminamos la casa mientras los frutales hacían su cometido. Ya hubo cosecha. Pero como estabais los hijos tan pequeños todavía nos mantenían los vigilantes trayendo las aportaciones de otros vecinos. Y naturalmente vuestro padre ayudaba en otras granjas. Tras otro invierno las piscinas rendían bien, el huerto era más grande, y ya éramos autosuficientes. Lo hicimos dentro del plazo acordado.
El rostro de mamá se ensombreció mostrando que otra vez debía recordar a Pitape. Y el esfuerzo de los dos para prosperar. Pero tras un suspiro se repuso rápidamente y continuó con la narración.
- En una reunión los vigilantes dijeron que la colonia ya era grande por lo que por un tiempo no vendrían más colonos, creándose lejos otras comunidades. Entonces papá propuso hacer una fiesta invitando a los vecinos, que naturalmente aportaron comida y ganas de divertirse. – Recordó. - No fue tan divertida como con la familia Dosuono, pero lo pasamos bien. Allí descubrí o mejor dicho unas vecinas descubrieron que tengo buena voz y algunas tardes fui al coro. Lo pasé bien y aprendí mucho, pero la verdad es que voy por pasar el rato más que por una verdadera vocación.
- ¿Cuándo tenías tiempo para cantar? - Preguntó Sam asombrado y con ganas de participar en la conversación. – Miteno era pequeño.
Se suponía que debía pasar mucho tiempo entre sus tetas.
- Pues como casi todas las del coro. Cuando los críos estaban recogidos en la Enseñanza.
Mileada asintió sin despegar los labios. En silencio recordaba breves retazos en la nave nodriza. El miedo en el descenso. Y los primeros días en las Enseñanzas. Todo un comienzo desde cero en una colonia en un planeta demasiado frío, demasiado seco. Hasta que vino lo mejor: Conoció a Sam. Quiso participar en la conversación.
- Ya veo que en la parte inferior de la nave estaba el tractor, la cosechadora y los frutales. Lo que me sorprende es el uso del casco de la nave: se construyó el almacén.
- ¿Qué pasó con la parte de arriba de la nave? – Preguntó Sam.
- Pues realmente no lo sé. - Hizo un gesto que mostraba que no le importaba qué fuera de eso. Aun así, añadió: - Como ya he dicho los vigilantes se la llevaron con unas grúas y debe formar parte de la Recolectora o de alguna maquinaria que ignoro.
Esta vez fue Mileada quien preguntó.
- ¿Por qué vinimos a la colonia?
Mikane asintió otra vez. Su mente se llenó de recuerdos y en su rostro se reflejaba que algunos eran agradables mientras que otros no tanto. Mileada tuvo que insistir para que continuara.
- Porque en Sorevan Segundo había mucha gente. Por eso las colonias… para huir del agobio de las restricciones. Todo está, o estaba, en raciones para que la producción llegara a todos. Si querías disfrutar de un buen baño debías ir a los baños comunes, porque decían que así se gastaba menos agua que de forma individual. Teníamos que mostrar una tarjeta para poder comprar las raciones de alimento. A veces, tu padre se la jugaba robando una fruta en la fábrica de Envasado.
No lo dijo, pero con dos hijos pequeños era más fácil conseguir los pasajes para marcharse del cada vez más agobiante planeta. Claro que también había parejas que además de su trabajo realizaban otros gratuitamente para la comunidad consiguiendo esas plazas en las naves coloniales.
- Pasará lo mismo aquí, en este planeta. - Dijo Sam. – En un tiempo seremos tantos que habrá que racionar la comida. Y enviar colonos lejos.
- Puede, hijo mío. Pero el problema que tuvimos es que aparecieron unos volcanes y la gente tuvo que amontonarse lejos. Los edificios se hundían en el suelo. Se perdieron terrenos cultivables. Los volcanes arrojaron polvo al aire. La temperatura bajó. El proyecto espacial tuvo que adelantarse unos cien cautones como única forma de escape.
Mamá se había cansado de hablar. Además, no quería recordar a la familia que quedó atrás. Propuso escuchar las noticias. Así se enteraron de un incendio en casa de un vecino donde los vigilantes actuaron como bomberos.
Mileada llamó rápidamente a su jefe por si la necesitaban. No hacía falta. Es más, se enteró que en el noticiario exageraban la situación para concienciar a los vecinos sobre el uso y abuso de los electrodomésticos.
- ¡Ah! Bien. Pero ya sabes, si me necesitas no dudes en llamar.
Se despidió Mileada de su jefe.
Mikane preguntó si la había visto desnuda, pues Mileada no se había cubierto el pecho ya que una cosa era ver a desconocidos y otra dar tanta familiaridad al compañero de trabajo. La joven afirmó que durante la entrevista solamente podía verle el rostro.
Durante un rato estuvieron hablando de los usos de varias máquinas de los vigilantes. Hasta que decidieron cenar.
Como siempre Sam después se ocupó de la vajilla. Mamá miró la caja de la ropa por remendar comprobando que estaba vacía.
- Desde luego el no llevar ropa tiene sus ventajas.
Mileada se acercó a su madre y dijo lo que en principio parecía una confidencia, pero que Sam podía escuchar muy bien.
- Mamá, cariño. Me gustaría que me lamieras los pétalos. ¿Quieres?
Mikane se ruborizó un poco ante tan inesperada petición, pero sonriendo respondió:
- Solo si convences a nuestro esposo que me chupe las mamas.
Sam sonreía al anticiparse con la respuesta.
- No os costará mucho convencerme para eso.
En dirección al nido, Sam iba el último, Mikane preguntó a su hija que ya le había pedido antes que la lamiera.
- Parece que te gusta.
- Es que lo haces muy bien.
Ambas se detuvieron al lado de la cama piscina y se dieron un cariñoso beso. Luego continuaron caminando y hablando.
- Mamá, nuestro esposo tiene una lengua muy juguetona. Sí. Pero tú sabes hacer maravillas.
Sam añadió.
- Mamá es maravillosa en todo.
Al poco ya estaban en el nido. Mileada disfrutaba de la lengua de su madre en sus pétalos. Mikane se afanaba en hacer bien la caricia sobre su hija, pero las caricias de Sam en sus tetas y sexo la distraían mucho. De hecho, estalló antes que su hija en cuanto Sam metió dos dedos entre sus pétalos y otro por el ano.
- ¡Mamá! No te distraigas que lo tengo cerca.
Ordenó Mileada al notar que Mikane cesaba la caricia.
Para amarse Sam se situó tumbado sobre las bolsas y sus esposas alternaban las posiciones sobre su miembro.
- Deja que sea yo primera. – Pidió Mikane a su hija poniéndose encima del esposo. – Necesito ya esa barra.
Como otras veces conforme notaba que entraba en su cuerpo ya se corrió. Al tercer estallido se retiró.
- ¡Uf! ¡Ya! Ven, hija mía. - Pidió a Mileada. - Tu turno.
Mileada se sentó sobre la barra de carne. Sus pétalos se abrieron para frotar los interiores. Así estuvo un rato.
- ¡Uhm! ¡Qué bueno!
Después del segundo estallido se situó en la punta de la polla y poco a poco se empaló.
- ¡Cuidado! – Avisó Sam alarmado. – Ves despacio.
- ¡Lo quiero así!
Sam insistió en el cuidado, pero Mileada no escuchaba. Solamente deseaba notar los chorros de semen que la llevarían a la Charca Primordial.
Sam se descargó en el cuerpo de Mileada mientras tenía metido un dedo en el culo de Mikane.
Descansaron mientras Mikane les daba besos por igual.
Tras el descanso fue Mikane quien recibió a su esposo. Se restregaron haciendo que estallara tres veces. Luego cambiaron. Mileada también se frotó durante un rato hasta que Sam avisó que le faltaba poco. Y, como estaba acordado Mikane disfrutó de las descargas de su esposo. Mientras Mileada restregaba sus tetas sobre la boca de Sam.
Sam iba a proponer un baño antes de dormir, pero vio que sus esposas no se movían sobre las bolsas, estaban cansadas. Moviendo con una extraña energía se levantó para accionar un grifo y las regaderas del techo arrojaron suficiente agua para que Sam pudiera lavar esos cuerpos tan llenos de crema. Luego vació el nido y empleando una esponja a modo de escoba lo limpió mejor. Lo volvió a irrigar con agua limpia. Hasta que, por fin, ya cansado, se dejó caer al lado de Mikane, la cual le murmuró las gracias. Sam sonrió y esperó el sueño.
Aquella mañana Sam se despertó tarde. Parecía que no había descansado. Y podría ser que satisfacer a dos hembras dos veces al caute fuera la causa. Pensó que al caute siguiente Mileada tenía trabajo y ya no sería tan duro estar con ellas, pero alarmado descubrió que aún quedaba toda una jornada por delante.
“Hoy me matan”. Pensó.
Se puso un calzón y salió al comedor. Lo encontró vacío. La cocina, vacía.
Parecía que las hembras no estaban en casa. Se asomó por la ventana del comedor y las vio retirando la nieve de la entrada de la granja. Rápidamente desayunó lo que vio que ya tenía preparado en un tazón. Se vistió, y poniéndose el abrigo salió a trabajar.
Mileada fue la primera en saludarlo, y como parte de la respuesta Sam preguntó por qué retiraban la nieve. Iba a hacerlo al caute siguiente.
- Ya hay mucha.
Respondió Mikane que parecía sofocada por un esfuerzo al que no estaba acostumbrada. Su respiración era fuerte y sonora.
La verdad es que con las palas manuales era muy trabajoso y tan apenas abrían un estrecho camino que resultaba insuficiente para el vehículo de vigilante de Mileada. Sam recordó las lecciones de Pitape.
- Es que no se hace así. Venir. Ayudarme por favor.
Sam las precedió con la intención de dirigirse al almacén. Descubriendo que él podía andar con relativa facilidad, mientras que las sorevanas, debido a su tamaño, la nieve acumulada era una molestia. Las alzó cargando una en cada brazo.
Mikane sonrió ante la ocurrencia de Sam. Mileada casi gritó su opinión:
- Así no hace falta quitar la nieve.
- Bastará con que nos lleve. - Añadió Mikane.
Estuvieron riendo hasta llegar al almacén.
Allí retiró la lona que cubría el tractor y puso una pala tan larga como sus brazos extendidos, y de tres palmos de ancha, en unos soportes que ya estaban para eso delante del vehículo. Sam la sujetaba mientras las hembras la fijaban con unos pasadores.
Mileada rio con ganas al ver qué iba hacer su esposo y protestó:
- Esto es hacer trampa.
- No cariño. Esto es hacerlo bien.
No tardó ni medio un sexto de seis en retirar toda la nieve frente la granja dejándola sobre el torrente al otro lado del camino. Luego dejó el tractor en el almacén, pero no quitó la pala, ni lo cubrió con la lona porque estaba seguro que lo emplearía al caute siguiente.
Cuando Sam entró en la casa Mileada dijo a su madre.
- Ya está aquí el tramposo.
Sam iba a responder que si le apetecía podía retirar con una pala la nieve de alrededor de las piscinas. Pero en ese momento sonó el comunicador del ejército interrumpiendo las bromas. Sam debía ir al ordenador de la habitación de Miteno y contestar.
Casi tres sextos de seis más tarde, Sam regresó a la cocina. Lo primero que dijo ante sus esposas fue:
- Los humanos somos unos tontos salvajes. Pero mucho.
Lo dijo con tanto enfado que las hembras no quisieron reír lo que parecía una ocurrencia. Mileada corrió para saltar a sus brazos y dar muchos besos en el rostro de su esposo. Mikane se acercó despacio. Cogió una mano de Sam y la sostuvo debajo de la barbilla dando apretoncitos de vez en cuando.
Sam se dejó caer en el suelo y así ya pudo abrazar a las dos esposas.
Por fin Sam ya se sintió con ánimo para contar lo que pasaba. Al parecer un grupo de humanos, con preparación militar, no querían ser grajeros y se dedicaba a atacar las granjas sorevanas cercanas. No les robaban mucho con intención de poder hacerlo más veces.
- ¿Dónde es eso? – Preguntó Mikane alarmada.
- Lejos, mamá. No te preocupes. - Contestó rápidamente Sam al darse cuenta del temor de Mikane. - Es al otro lado de un gran mar y no disponen de medios para venir hasta aquí.
Quedó callado durante un rato y las dos esposas dedujeron que todavía quedaba mucho por contar.
- Los vigilantes llegaron tarde para impedir que unos idiotas salvajes… Entraron en una granja y mataron a todos. Las hembras estaban desnudas. Dos jóvenes, casi unas crías, y la madre. - Tuvo que reunir valor para continuar. - No me han dicho si las violentaron. Pero es fácil de suponer.
Las dos hembras se estremecieron al pensar que un grupo de machos humanos, no menos de ocho, tuvieron sexo con solamente tres sorevanas sin el cariño y cuidado que Sam les procuraba. Debió ser terrible. Puede que incluso muriesen durante el asalto.
- Qué… ¿Qué solución has propuesto? - Preguntó Mileada.
Mikane todavía reflejaba el miedo en su rostro.
- Pues… que abandonemos el lugar. - Contestó Sam, serio. Continuaba enfadado. - Que les dejemos solos. Aislados. Así, en unos cautones, sabremos si se volvieron granjeros o simplemente murieron. Supongo que unos salvajes que no tienen a quien robar no pueden sobrevivir. - Despacio añadió dónde estaba lo problemático. - Son unas quinientas granjas y dos ciudades. Propuse traerlos a este lado del mar.
No dijo a las esposas, pero sí a sus jefes militares, que en el ejército humano está lo que se llama traición, desobediencia, abuso sobre la población civil y que se castiga con la muerte. En su primera propuesta dijo que los militares que buscasen a esos asesinos y los ejecutasen ante los demás para dar ejemplo. Pero los sorevanos no eran así. O al menos así lo creía Sam por esos cautes.
- No se puede mover una colonizadora ya instalada. - Dijo Mileada refiriéndose a una casa que antes fuera una nave.
- Cierto. Pero sí abandonarla dejándola vacía. Retirando hasta las ventanas. Que para nada sirva a esos salvajes. - Replicó Sam recordando parte de la conversación. - Y con otros materiales construir una nueva granja lejos del peligro. - Repitió: - Ha este lado del mar.
Tras un largo silencio Mikane propuso comer. Así lo hicieron mientras Mileada decía continuamente que estaba enfadada por la trampa al quitar la nieve con el tractor, pero esa sonrisa, los mimos y tantos besos mostraba la intención de que Sam no pensara en los demás humanos.
- Ya me canso de oírte. - Protestó Sam.
- ¿Sí? ¿Y qué vas hacer para callarme?
Sam cogió a su esposa alzándola para que sus tetas superiores quedaran al alcance de su boca y comenzó a chuparlas al mismo tiempo que hacía ruidos y gestos como si se las comiera.
Mileada reía llamándole bruto y moviéndose lo necesario para colaborar en el juego.
Sam sentó a su esposa sobre una de sus piernas. La sujetó con un brazo y con la otra mano cogió sus pezones y los pellizcó mientras decía:
- Voy a hacer que estalles tantas veces que no podrás hablar en muchos cautes porque quedarás afónica al gritar tu gozo.
Mileada se sintió feliz al ver que su marido tenía ganas de jugar, pero siguiendo el juego llamó a su madre pidiendo ayuda.
Mikane rio. Rápidamente se quitó el calzón al ver que Sam se lo quitaba a su hija.
Mileada se dejaba hacer sonriendo sin dejar de protestar.
- ¡Oh! Mamá, mira que pene más grande. - Ella misma había retirado el calzón de Sam para verlo, para liberarlo comenzando con la caricia. - Debemos hacer algo para que esté casi satisfecho antes de penetrarnos.
Mikane se acercó para besar a Sam en los labios antes de responder en el juego:
- Si hija mía, vamos a disfrutarlo… quiero decir: a sacrificarnos ante este macho lujurioso que a buen seguro no cesará hasta que hayamos estallado muchas veces.
Mileada dejó de lamer el pene de su esposo para quejarse diciendo que era muy cruel.
Sam cargó con una esposa en cada brazo llevándolas hasta el nido, donde las dejó caer sobre las bolsas de agua. A continuación, se sentó en otra bolsa y se dejó caer de espaldas.
Pronto Mileada se puso encima para restregar sus pétalos contra la polla. Mikane, al lado besaba el rostro del marido y se dejaba acariciar los pétalos al mantener separadas sus piernas.
- Te amo esposo mío. – Gimió Mikane. – Las dos te amamos.
Un rato más tarde, Mileada aullaba su placer animada por los cuatro estallidos que tuvo su cuerpo al recibir las descargas de semen. Se sujetaba de los brazos de Sam que a la vez la cogía por las tetas inferiores.
Mikane se acercó para ayudar a separar a la pareja. La muchacha estaba tan cansada y satisfecha como poco antes lo estuvo ella. Ahora los tres podrían holgazanear en el nido ya que Mileada tenía libre.
El caso es que unos besos llevaron a nuevas caricias, y las caricias a la repetición de más juegos.
Antes de la cena Sam dudaba si se había corrido tres o cuatro veces hasta que dedujo que debieron ser cuatro ya que ninguna esposa quería estar por detrás de la otra. Escuchó a Mikane llamándole para la cena y descubrió que tenía hambre, mucha hambre. Y eso que seguramente había tomado mucha crema de aquellas sabrosas tetas.
Sam llegó al salón cocina encontrando al lado de la mesa a sus dos esposas. Mileada estaba sentada mientras que Mikane trasteaba sobre los muebles de la cocina. Ambas estaban risueñas y al parecer satisfechas. Las dos vestían con los normales sayones de campesinas como si fuera verano y quisieran salir de casa. Además, mamá llevaba un calzón largo mientras que el de Mileada era corto. Él solamente llevaba un calzón corto.
A través de una ventana vio que nevaba y se estremeció. Supuso que por eso sus esposas iban más vestidas, ya que, aunque no hacía frío dentro de casa, la sensación de protección es mayor.
Mileada hizo un amago de levantarse, pero decidió quedarse sentada.
- Ven cariño. Siéntate y repón tus fuerzas. - Dijo Mikane señalando un sitio donde ya estaba un enorme tazón con la cena.
- Sí, mi gigante Sam. - Añadió Mileada sonriendo. - Gigante en tamaño, gigante en caricias, besos y amor.
Mikane también se sentó para cenar mientras corroboraba lo dicho por su hija.
- Sí hija mía, nuestro esposo todo lo hace a lo grande.
Sam se sentó y casi devoraba el contenido de su tazón. A su lado, Mileada, que se puso a acariciar un brazo de Sam, no dejaba de hablar:
- Con tu miembro nos llenas. Con tu esencia nos culminas y con tu amor, cariño y cuidados nos llevas a las Charchas del Principio. Eres todo un macho y por esto nos tienes tan enamoradas.
Mikane protestó:
- Basta de poesía o nos quedaremos sin pene, sin macho y sin amor. Nuestro querido Sam debe descansar.
Dicho esto, retiró el tazón ya vacío de Sam y le acercó el suyo. Estaba medio lleno. Y Sam lo agradeció con una sonrisa y se lo tomó casi de un trago.
Esa noche no se amaron, pero sí que Sam notó en al menos dos ocasiones las manos de Mileada en su miembro por encima del calzón como si se asegurara que estaba ahí para emplearlo el caute siguiente.
Mileada regresó de su servicio de patrulla. Si bien estaba cansada se la veía satisfecha. Sam preguntó qué tal la jornada. Mileada, mientras se quitaba el uniforme de invierno y el traje de goma quedando en un calzón corto, contó que bien. Incluso el asunto de aquel vecino conflictivo… se resolvió.
- Se dañó con una rama de un frutal que le cayó encima hace dos cautes. No se ha roto nada, pero debe estar en cama, le duele la cadera. Fui a verlo y tras una breve charla, se le notaba que los calmantes le dan sueño, parece que acepta mis consejos. Bueno. Ya veremos qué pasa cuando no tome los calmantes.
Sam dudó. Recordaba que hubo un vecino que quería poner una valla para limitar a los mandoran, pero nada de éste. Quizá fuera que acaparaba la atención de su esposa sin que recordara que nada dijo en casa. Bueno, tampoco era importante que lo dijera y al parecer quedaba resuelto.
Mileada se sentó en las piernas de Sam y preguntó por ellos.
- ¿Algo interesante por aquí?
Mikane había preparado unas infusiones y las ofreció a sus hijos. Pero para tomar la suya también se sentó en otra pierna de Sam. Por lo que el macho no alcanzaba su infusión que quedaba en la mesa y Mikane ofrecía el suyo de vez en cuando sujetándolo con las manos mientras Sam bebía.
- Pues nosotros hemos preparado el tractor y los vagones. Los hemos limpiado, aunque todavía estaban bien. Dentro de poco podremos retirar la nieve de los huertos.
- Una de las vagonetas tiene muy mal un enganche. - Dijo Sam como si pensara en voz alta. - Puede romperse al tirar cuando esté llena y quedar varada por cualquier camino en dirección a Recolección.
Tenía los ojos entornados parecía que en ese momento estuviera viendo el enganche de la vagoneta.
- Intentaré arreglarlo, pero seguramente me tocará avisar a los vigilantes porque el problema está en la carrocería. – Dio un apretoncito en la cadera de Mileada sonriendo. - Para que tomen nota y nos la cambien.
Mileada acercó su propio tazón a los labios de Sam para que bebiera mientras respondía.
- Sí, cariño. Me ocuparé de eso. Y menos mal que la cosecha queda lejos. Creo que en el almacén de Recolección no queda ni una vagoneta en condiciones.
Por la comisura de la boca de Sam se derramó un poco de infusión y Mikane se acercó para lamer la barbilla de su amado. Ya limpio Sam se lo agradeció con un beso.
- ¿Cómo lo sabes? – Preguntó Mikane.
- Bueno. He pasado varias veces por ahí y en lugar de un almacén de reservas parece de desechos.
Mileada se abrazó a Sam.
- Cariño, seguramente no te habrás repuesto de tanto sexo estos cautes atrás, pero esta noche necesito tus caricias.
Continúa en
- Relato #248013— title-regex: contiguous parts (14 -> 15)
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