Xtories

Invasores y nativos. 14

En una colonia donde la nieve cubre los huertos y las costumbres son extrañas, Sam encuentra su verdadero hogar no en la tierra, sino entre los cuerpos de las dos mujeres que lo aman. Esta noche, la fiesta termina, pero el ritual de placer apenas comienza.

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Todo el mundo en la comunidad sabía lo cerca que estaba la temporada de nieve. Lo notaban en el rostro, en la piel y quizás en sus huesos. Sam se estremecía al recordar su experiencia en el Eje Sur. Jamás pasó tanto frío como allí al trasladarse de la nave a la base y eso que llevaba calentadores eléctricos en el abrigo.

Una tarde llegó Mileada con una grata noticia. La familia de Dosuono los invitaba a una fiesta. Al parecer invitaban a la colonia entera.

- Bien. Iremos. - Dijo Mikane pensativa mientras sin levantarse miraba la puerta de la despensa. Estaba haciendo inventario de memoria. - Llevaremos dos tarros de néctar de frutas mezcladas y prepararé un buen puchero con tallos de Sionma asados.

Seguramente había sionma preparada en diversas formas, pero siempre venía bien en las fiestas ya que parecía que todo el mundo se presentaba con hambre acumulada.

Cuando acudieron descubrieron que el lugar frente a la casa de los Dosuono más parecía el mercado o una fiesta comunal que una privada. Los vigilantes habían colocado una enorme carpa que cubría toda la explanada de la entrada a la granja. Había muchos vehículos aparcados por todas partes y mucha gente.

- Menos mal que hemos venido andando. - Dijo Mikane sopesando que no había sitio donde aparcar cerca.

- Sí. Menos mal.

Dijo mordazmente Sam. Sus brazos estaban cansados y doloridos por cargar el enorme y pesado puchero con el Sionma.

Sam se quedó mirando los gruesos postes que sujetaban la lona. Recordó el cuerpo aplastado de Pitape y tuvo que esforzarse en no llorar.

Dosuono y su esposa les recibieron. El macho llevaba un armazón de metaliviano en una pierna y se movía con rigidez. Al parecer tenía que llevarla hasta que volvieran a operarle en primavera.

- El invierno no es bueno para las operaciones de huesos.

Con gran despliegue de palabras amables agradecieron la ayuda en la recolección y la aportación culinaria. Aunque era evidente que eran repetidas a cada grupo que llegaba. Les invitaron a pasar bajo la carpa.

Por todas partes se veía a críos de diversa edad corriendo, jugando y poniendo a prueba la paciencia de los adultos al salpicar el agua embarrada. Unos jóvenes estaban cerca del almacén y se oía esa música que solamente a ellos gusta. Los adultos formaban corros por afinidad familiar, laboral o de amistad y a veces un vecino corría a saludar a otro. La mayoría de la gente vestía los habituales sayones de granjero, pero otros se habían puesto sus mejores galas. Por suerte la familia Mikane vestía de forma intermedia.

- No podemos ofender a los Dosuono vistiendo con ropa roñosa o con algo mejor que ellos. - Insistió mamá antes de salir de casa. - Es su fiesta. Son los protagonistas. La discreción es obligada.

Sam notó con disgusto que, si bien era conocido en la comunidad como nativo Sam, muchos se asombraban al ver que era tan alto, sus rasgos faciales y que, aunque rasurado tenía pelo en la cabeza. Lo peor de todo eran esos comentarios que cesaban cuando pasaba cerca. ¿De qué hablaban? ¿De qué le criticaban?

Se encontraron con Cincauma, que no se acercó a saludar y en la distancia mostró a Mileada su enorme barriga, estaba embarazada, y parecía que faltaban pocos cautes para el parto. Lo hacía como si fuera una victoria.

- Pero si es una cría. - Comentó Mikane.

- Bueno son cosas que pasan.

Murmuró Sam dando a entender que por mucho que disimulara debía ser el resultado de una fiesta y no realmente buscado.

Mileada aportó su opinión.

- Teniendo en cuenta cómo muestra la barriga debe estar emparejada con quien cree que es el padre.

- Vale. Bien. – Dijo Mikane cortando la conversación. – Que lo disfruten los abuelos. Que seguro que ella solamente lo parirá desentendiéndose de todo lo demás. Ya se verá. - Y se corrigió rápidamente. - Bueno, no. No debería importarnos lo que haga.

- Tienes razón, mamá. - Murmuró Sam.

Mileada nada dijo, pero estaba disgustada al no saber que la que fuera una gran amiga de siempre ya estaba así, tuviera pareja o no. Pero al poco, y dentro del esfuerzo de pasar un buen rato, pudo decir:

- Mamá. Con lo bien que lo pasamos en el nido… menos mal que somos incompatibles con Sam porque tú y yo ya habríamos parido varias veces teniendo en cuenta la cantidad de lo que nuestro esposo aporta.

Rieron la ocurrencia de Mileada. Y al mismo tiempo Mikane se ruborizó al recordar la gran cantidad de esencia que Sam descarga dentro de su cuerpo llenándola de gozo, de múltiples gozos.

Si bien había muchos vigilantes a los que Mileada saludaba mediante sonrisas y algunas palabras, solamente dos o tres llevaban el uniforme y se dedicaban a solucionar el problema de tanto vehículo, ya que la mayoría se acercaban hasta la carpa y así descargar mejor su aportación a la fiesta, pero luego debían ir a aparcar algo lejos para no taponar la entrada o el camino.

- ¿Por qué no se ha puesto planchas de metal cubriendo el otro torrente al otro lado del camino, ahí cabe una docena de vehículos?

- Pues… Las orillas son blandas. - Respondió Mileada tras dedicar una mirada experta al lugar. - No puede ser ya que cedería y los vehículos caerían al canal.

Ya llevaban más de un sexto de seis en la fiesta cuando de pronto y como si fuera una improvisación unos vecinos recitaron unos versos que todo el mundo elogiaba.

Mileada murmuró a Sam y acordaron actuar.

En cuando los narradores se retiraban ante los elogios de todos, Sam puso en marcha el reproductor de música y aunque no sabía el nombre de aquella maravilla, Strauss aportó su arte. Todo el mundo quedó asombrado ante ese sonido nuevo y pronto apareció Mileada saltando y moviéndose en una danza. La gente se fue retirando dejando sitio para ella. Sam se acercó y las cabriolas de la joven adquirieron más gracilidad al ser ayudada sirviendo de apoyo o catapulta.

Solamente Mikane sonreía porque los vecinos estaban asombrados por la música y unos movimientos nuevos. Un sonido y ritmo totalmente diferente a lo tradicional. Algunos lanzaban exclamaciones de asombro mientras que los críos daban grititos y saltos.

Por fin Mileada hizo a Sam el gesto acordado, se estaba cansando y perdería el ritmo. Sam la recibió en sus brazos y disimuladamente apagó la música con el mando. Giró sobre sí mismo cargando a su esposa. La depositó en el suelo y se inclinó en un gesto humano antiguo de besar la mano derecha de la mujer. Mileada reconoció el gesto que había visto mil veces en la grabación y supo que debía doblar sus piernas en un movimiento de reverencia y les quedó muy bonito como colofón. Naturalmente estaban cubiertos de barro.

Se hizo el silencio. Alguien gritó que había sido muy bonito y pronto se oyeron más voces. Todo eran elogios sobre la pareja y la música aportada. Sam echó de menos los aplausos hasta que recordó que no era costumbre. Varios vecinos se acercaron para saludar al humano y preguntar sobre la música.

Sam habló del reproductor porque nada más sabía de su pueblo, y la certera aportación llegó por parte de Mileada.

- Parece que los humanos no son tan brutos. ¿Verdad?

- Cierto, cierto. – Apoyó rápidamente Zumeco. – Solamente gente culta y bien educada es capaz de algo así. Tan hermosamente armónico.

Muchos estuvieron de acuerdo.

Entonces se oyó una voz que aumentaba el tono en una suave escala. Era una hembra de mediana edad que se acercó a la pareja. Pronto se unió Mikane y casi al instante varias hembras más aparecieron entre el público. Eran siete en las que se incluía a una muy joven, casi una cría, y una anciana. Abandonaron el tono inicial cuando los presentes callaron. Solamente entonces las siete hembras se pusieron a cantar sobre las Charcas del Principio. Algo que Sam ya había oído tararear a Mikane infinidad de veces mientras realizaba cualquier labor.

Después de unas estrofas una mujer se giró a los presentes y con un gesto les invitó a cantar. Casi todos lo hicieron y el acto además de festivo parecía casi religioso, muy emotivo. Se trataba de todo un elogio a quienes eran, y de dónde venían. Unos rostros parecían alegres, otros, era como si añorasen aquel lugar que su pueblo abandonó hacía casi mil cautones.

En una estrofa los coros callaron, y solamente continuaron las siete hembras durante un rato hasta que la misma hembra de antes y mediante unos gestos ordenó al público que cantara. Este emitió un sonido gutural que fue incrementándose hasta que con una nueva orden de la hembra fue interrumpido. El sonido regresó a un tono intermedio y fue decreciendo hasta que esa hembra ordenó que callaran.

El silencio duró un ratito hasta que la gente se puso a reír y felicitarse unos a otros. Estaban satisfechos. Lo estaban pasando bien.

Poco más tarde el matrimonio Dosuono agradeció a todos lo bien que había quedado la fiesta. La verdad es que fue muy recordada durante ese invierno.

Como parte de la despedida los vigilantes pedían a los vecinos que regresaran al caute siguiente para desmontar los toldos y limpiar. Muchos respondían que lo harían y Mileada murmuró a Sam:

- Si viene la mitad será todo un logro.

Esa noche Sam disfrutó de los cuerpos de sus esposas. Éstas se afanaban en dar todo el placer que podían a Sam mientras sus cuerpos estallaban repetidamente y sus tetas aportaban abundante crema. Mileada, más ansiosa de lo habitual, recibió la esencia de Sam y casi se desmaya de placer ante esa sucesión de estallidos. Sus gritos mostrando placer retumbaron por la casa. Poco después Mileada propuso que su madre fuera la agraciada en recibir la nueva descarga de Sam, pero mamá impuso su cordura. Al día siguiente había trabajo. Mileada debía hacer de vigilante y ellos recoger y revisar la granja antes que nevara. Era tarde y debían dormir.

- Bien mamá. - Dijo Sam mientras cogía una teta de Mikane y al apretarla salía un poco de crema por el pezón. - Pero antes deja que al menos tengas un estallido más.

- ¿Qué? Pero si he dicho…

De nada sirvieron las protestas de mamá. Sam se ocupó de acariciar y chupar sus mamas mientras que Mileada lamía los pétalos de su sexo, haciendo que su cuerpo estallara dos veces antes que la dejaran descansar.

Se lavaron rápidamente, aunque mostrando gestos cansados, fueron a la cama piscina y abrazados esperaron el sueño.

- Os estáis volviendo unos rebeldes. - Protestaba Mikane. - Os doy una orden y hacéis todo lo contrario.

Sam pidió perdón mientras la cogía de una teta.

- ¡Vale, vale! Os perdono. - Reía mamá dándose la vuelta para que su esposo la soltara. - No comencemos.

Pasaron unos cautes y llegó el invierno. La nieve cubría los huertos con una capa de casi dos palmos de espesor. El torrente estaba congelado con la excepción de un pequeño hilo de agua, mientras que los canales estaban tapados por una capa de hielo. Algunas ramas de los árboles al estar cargadas de nieve, cedían sobre los caminos y los vigilantes estaban muy atareados con la limpieza, socorrer a vehículos accidentados y otras urgencias entre vecinos. Solamente no había nieve en la entrada de las granjas porque sus ocupantes la retiraban para facilitar el acceso antes que se amontonara demasiada.

Para estar por casa y por aquello de la sensación de más abrigo, Sam y Mikane, además del calzón corto, llevaban camisetas. Mikane estaba sentada en las piernas de su hijo y ambos miraban las noticias en un portátil.

Mileada entró en casa un poco más tarde de lo que la familia estaba acostumbrada. Su rostro mostraba cansancio, además de estar enfadada contra un vecino al que varias veces se contenía de calificar con insultos. No quiso hablar, no tenía ganas de contar detalles. Además, no le estaba permitido. Mikane le había ayudado a quitarse la ropa de abrigo y la de goma. Le propuso un baño con agua tibia. Sam se ofreció a preparar la cena para todos, aunque esperaría a después del baño de Mileada,

- Creo que es un poco pronto.

- Gracias. De verdad, gracias, pero creo que no cenaré. No creo que pueda pasar algo por mi garganta.

Mikane acompañó a su hija al baño. Allí también se desnudó para ocuparse de dar un buen masaje a su hija que extraordinariamente llevaba el sayón de granjero dentro de casa. Intentó que su hija hablara sobre tan desastrosa jornada, pero Mileada no lo consintió.

- No mamá son cosas de vigilantes. Lo siento.

Mikane asintió sin replicar. Cosas de vigilantes y pocos cautes antes Miteno dijo que no hablaba de cosas militares. ¡Cuántos cambios! Seguro que Sam tampoco contaba todo lo que hablaba con los militares. Tenía que conformarse.

Mileada ya estaba en la bañera y Mikane se dispuso a darle un masaje. Y al poco pasó una mano sobre las mamas de su hija acariciándolas suavemente, y le dio un beso en la frente.

- Bien hija mía, relájate. - Recomendó con voz suave. - Estás en casa donde todos te amamos.

Mikane llevó una mano por debajo del agua hasta los pétalos de Mileada y la miró a los ojos pidiendo así permiso para la caricia. Si realmente le apetecía relajarse así. La joven simplemente cerró los ojos y se dispuso a saborear el momento.

Al poco empujada por la experta mano de su madre, Mileada estalló. Había sido delicioso incluso cuando notó que levemente entraban los dedos de mamá entre sus pétalos, y fue como si expulsara parte de sus preocupaciones. Luego notó las manos de su madre limpiando la crema de sus cuatro mamas al apretar esos pezones. Y que le susurraba al oído:

- Ahora queda tranquila todo el tiempo que quieras. Aquí, cariño mío. No te muevas. Pero recuerda que antes de dormir debes cenar algo.

Ya en el comedor Mikane explicó a su esposo lo sucedido en el baño.

- Necesitaba relajarse. – Resumió.

Otra vez Sam se sorprendía ante las costumbres sorevanas. Pero no dejó de mirar en ningún momento las tetas de mamá que no se había vestido. Le gustaban.

- Por suerte mañana tiene libre. - Atinó a responder.

Cenaron dejando en un tazón a parte la ración de Mileada. Sam limpió la cocina y luego se quedó mirando el cuerpo de Mikane. Se sentó en el lado de la mesa que ya era una costumbre.

Mamá tenía los brazos apoyados en la mesa. Sonreía levemente en un acto casi coqueto. Notaba la mirada de Sam llena de deseo. De reojo comprobó que el pene de su joven esposo ya estaba erecto debajo el calzón.

Mikane se levantó. Estiró los brazos a los lados para que sus tetas destacaran más, y se acercó a Sam sentándose en sus piernas. Sam se regocijó al poder abrazar ese cuerpo.

- Hace unos cautes dijiste que te gustan mis tetas. Mi cuerpo.

- Sí mamá, te lo he dicho muchas veces y sabes que siempre es verdad.

- Me alegro de gustarte, hijo mío. También noto que me amas y por eso me entrego a ti para que me hagas todo lo que quieras buscando tu disfrute.

- Mi mayor disfrute es verte disfrutar.

- Te ha quedado muy bonita esa frase.

- Tú sí que eres bonita.

- Me enamoras.

- Imposible no amarte.

Sam cogió en brazos a Mikane y la llevó a la habitación. Allí encontraron que Mileada ya estaba en su cama piscina, realmente no quería cenar.

Sam dejó a mamá sobre su piscina. Le quitó el calzón y se dedicó a acariciar y lamer sus mamas.

Mikane se dejó hacer entre suspiros. Le gustaba notar aquellas manos en sus senos. Aquellas grandes manos que sabían muy bien cómo tratar su cuerpo que ya empezaba a aportar crema. Luego estaba esa boca que lamía y chupaba sus pezones como si pretendiera vaciar sus tetas. Al poco estalló. Pero Sam continuó con la caricia ante la mirada de Mileada que desde su sitio en la cama piscina no participaba en el juego.

Mikane estalló otra vez al notar un gordo dedo en el ano, y la lengua en sus pétalos. Solo Sam podía meter esa gorda y juguetona lengua tan dentro de su cuerpo. Gritó pidiendo clemencia.

- ¡Basta por favor! ¡No puedo más!

Poco más tarde Sam se dedicó a recoger con la boca la crema aportada por las preciosas y sabrosas tetas de mamá.

- Por hoy ya basta, mamá, pero un caute de estos te amaré por el culo, aunque luego tenga que llevarte a los sanadores. Es casi seguro que te desgarraré el ano.

Ante esa sabrosa amenaza Mikane no tuvo un estallido, pero sus tetas aportaron más crema. Sam lavó otra vez el cuerpo de su amada esposa con una esponja que fue a buscar al baño y ya la dejó descansar.

- ¿Y tú, hijo mío? ¿Te quedas así?

Mikane estaba cansada, pero dispuesta a hacer gozar a su hijo, al esposo que tanto amaba. Pero con alivio escuchó:

- Mamá, descansa. Te amo. He disfrutado acariciando tu cuerpo. Ya sabes lo mucho que me gusta.

Sam se tumbó en medio de sus esposas y se dispuso a dormir. Mileada se acercó para abrazarlo.

- Gracias amor mío, por hacer feliz a mi madre, a mi esposa. Te aseguro que mañana, cuando hayamos descansado, nos ocuparemos de tu placer. Haremos que estalles tantas veces como podamos.

- Ya veremos, cariño. - Respondió Sam mientras le daba algunos besos en la cabeza. - Mi felicidad consiste en veros felices.

Pensó que esa frase se parecía mucho a la que dijo a mamá sobre el disfrute. ¿De dónde las sacaba?

Mikane tenía los ojos cerrados mientras escuchaba hablar a sus hijos. Sonrió. Se sentía bien y casi ansiaba esa amenaza sobre su ano. Recordó a Pitape y lo añoró.

“Pitape, amor mío. Me gustaría tenerte con nosotros, que participaras y aportaras en… esta felicidad”.

Intentó pensar en otra cosa o se pondría a llorar.

Cuando por la mañana Sam salió al comedor se encontró que Mileada hablaba con su jefe. Quizás por eso solamente vestía la camisa gris, aunque no la ropa de goma de su uniforme. No quiso molestar, pero mientras preparaba el desayuno y el de mamá, oyó sobre un problema con un vecino. Al parecer el jefe apoyaba incondicionalmente a Mileada, pero como disponía de cuatro días libres propuso que meditara bien qué hacer.

- Tus dos posibles soluciones me parecen bien. Solamente elige una y la perfilas durante estos cautes. Y lo dicho, tienes mi apoyo.

Cortaba la comunicación con el jefe cuando apareció mamá. Iba totalmente desnuda. Estaba radiante y parecía dispuesta para hacer cualquier cosa. Aunque consistiera en poner el mundo al revés. Y Mileada se dio cuenta que era la única vestida, aunque tan solo llevaba una prenda más que Sam. Mientras se quitaba la camisa se asomó por la ventana que daba a la zona de entrada a la granja, nevaba y seguramente lo hizo un poco durante la noche ya que había unos cinco o seis dedos de nieve acumulada en el camino y la explanada de acceso a la casa. En el resto de la granja seguramente ya fuera de tres palmos.

Desayunaron juntos y el talante de Mileada era totalmente distinto al del caute anterior. Preguntó:

- ¿Qué podemos hacer hoy?

Mikane iba a responder sobre unos arreglos en la cama cuyos grifos estaban sin arreglar desde hacía muchos cautes y renovaban muy despacio el agua. Pero Sam se adelantó con su propuesta:

- Vamos al nido, tenemos juegos pendientes.

Las dos hembras se quedaron mirando a Sam.

- ¿Ahora? – Preguntó Mikane.

- Por la mañana. - Añadió Mileada.

Y con un gesto Sam respondió que era tan buen momento como cualquier otro. Reían mientras acudían al nido dándose besos y alguna caricia. Mileada ya se había quitado el calzón y tiraba del de Sam. Al poco empezaron los juegos.

Las esposas besaban, lamían y acariciaban el pene de Sam mientras éste les acariciaba las mamas, aunque a veces alargaba una mano hasta los pétalos de la hembra más cercana en ese momento. O como hizo Mileada que se giró para ofrecerse mejor mientras le animaba.

- Sí cariño. Ya sabes lo mucho que me gusta. Pero deja que continúe con tu pene, te lo mereces.

Y volvió a restregar sus tetas en el pene de Sam.

Ninguna estalló, pero sus mamas aportaban gran cantidad de crema. Mileada preguntó a su madre:

- ¿Me dejas que culmine en mí primero?

- Sí cariño. Disfruta de nuestro esposo.

Mikane pensó que después de un caute tan desastroso como tuvo su hija unos pocos sextos antes, se merecía disfrutar todo lo que pudiera en ese momento.

Mileada se situó sobre su esposo y restregó sus pétalos sobre ese enorme miembro. Lo disfrutaba. Así tuvo dos estallidos sin llegar a ser penetrada, aunque algo también ayudaron las caricias de su esposo en las tetas. Aportó mucha crema sobre el vientre de Sam. Entonces notó la mano de mamá en sus pétalos. Los abría y al parecer acercaba el extremo del falo de Sam, pues al poco lo notaba abriéndose paso en su interior. Luego notó esas manos en su cadera marcando un ritmo al que Sam acopló el suyo.

¡Era sublime!

A veces notaba las manos de mamá o de Sam en sus tetas. Podía distinguirlas bien. Las de mamá prodigaban delicados roces en los pezones, mientras Sam las apretaba consiguiendo que saliera más crema. Ella simplemente disfrutaba.

Tenía los ojos cerrados cuando notó unos labios en los suyos y sacando la lengua aceptó la caria. Eran labios de similar tamaño a los suyos, la lengua era suave, y no notó el roce de barba, supo que era su madre antes de abrir los ojos.

- ¡Qué bien besas, mamá!

- Porque practico contigo, cariño.

Mileada estalló. Pero no cesaron las caricias de los esposos y sintió que se deshidrataba al volver a estallar casi antes de culminar el primero.

Y de nuevo mamá tuvo que colaborar. Ahora retiraba a su hija para ocupar ella ese puesto sobre el esposo.

Mikane se restregó muy poco rato sobre el tan erecto pene. Un poco las tetas, un poco los pétalos. Lo que necesitaba para disfrutar y desear más. Pronto buscó el extremo de esa barra de carne dura y se la fue introduciendo en el cuerpo. Debía ir por la mitad cuando ya estalló. Se movió un poco más y notó las manos de Sam en sus tetas. Las estrujaba haciendo que la crema saliera a chorros. Luego esas grandes manos la sujetaron por el culo y Sam movió su cadera consiguiendo que el pene entrase más en su cuerpo. Mikane volvió a estallar gritando lo bien que lo pasaba.

- ¡Así, esposo mío! ¡Eso es! Maneja mi cuerpo como más te guste. Yo… te aseguro que lo disfruto y mucho.

Sam respondió:

- Cariño… tienes un cuerpo fantástico. - Llevó una mano a las tetas para acariciarlas. Añadió: - De cada día me gustas más.

¿Día? Mikane tuvo que esperar hasta recuperarse casi un sexto completo más tarde para averiguar el significado de esa palabra. Y se sintió alagada.

El cuarto estallido de Mikane estaba próximo cuando notó que unos dedos entraban en su ano. Sam no podía ser quien hiciera esa caricia pues todavía jugaba con sus tetas empleando las dos manos. Se giró para descubrir la proximidad de su hija.

- Cariño, mueves muy bien esos dedos.

Pero no pudo escuchar la réplica de su hija, estalló con una intensidad mayor que las anteriores quedando laxa sobre el cuerpo de su esposo.

- ¡Por la Charca! ¡Qué bueno!

Mileada empujó a su madre para poder ocupar otra vez ese sitio sobre su esposo. Notó su miembro más grande y duro, donde destacaban el relieve de las oscuras venas y el conducto de la orina. Era como manejar una barra de metaliviano y supo que Sam no tardaría en culminar. Sonrió. Se sintió bien, las dos esposas lo estaban haciendo bien con el macho que las satisfacía, con el esposo que las amaba.

Tras un beso en el glande que terminó en lamida cerca del orificio, se sentó sobre su esposo y metió esa barra en su cuerpo. Tras un nuevo estallido comenzó a moverse.

Sam avisó:

- Cariño. Me falta poco.

- Lo sé. Lo noto. Ven. Llena el cuerpo de tu esposa.

Mielada tuvo tiempo de estallar dos veces antes de notar la culminación de su esposo y quedó paralizada durante la sucesión de estallidos que la hicieron gritar de gozo.

- ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro!... ¡Cuatro! ¡Charca primordial! He estallado cuatro veces.

Se dejó caer sobre el esposo.

Poco más tarde Mileada descansaba relajada y satisfecha cuando notó que alguien hurgaba en la intimidad de sus pétalos. Abrió los ojos y descubrió a mamá que la limpiaba con la lengua. Protestó.

- ¡Mamá!

- Calla, cariño. Te estoy limpiando a la vez que saboreo a nuestro esposo. Me gusta.

Mileada pensó que mamá se vengaba de las muchas veces que fue al revés. Y reconoció en silencio que a ella también le gustaba esa caricia. Sonrió. Mamá movía la lengua con mucha gracia y sabiduría. Lo disfrutaba. Pronto estalló expulsando de su cuerpo más crema por sus tetas y la esencia de su esposo entre los pétalos.

Sam regresó de la cocina con varios tazones con agua. Fue gratificante para las hembras poder beber.

- Deberías comer algo, cariño. - Dijo mamá a Sam.

- No lo necesito, mamá, gracias. Ya he tomado mucha crema.

Dicho esto, Sam cogió y apretó una teta de mamá. Salió un poco de crema. La cogió con un dedo y se la llevó a la boca.

- De cada vez me gusta más.

Mikane sonrió, pero no pudo relajarse porque Sam apretó las demás tetas para sacar más crema. Protestó:

- ¡Qué esposo tan cruel tengo! Solo piensa en darme placer.

- Te quiero, mamá. – Acertó a decir Sam.

Mileada abrió las duchas y durante un rato disfrutaron de una suave y cálida lluvia.

Cómodamente recostados en las bolsas se pusieron a hablar sobre las cremas. Sam afirmaba que no encontraba diferencia entre las dos hembras, o al menos eso decía diplomáticamente. Mikane notaba que su crema era más clara que la de su hija. Y Mileada decía que así era, pero que le gustaba mucho más la de mamá.

- No es que sea más dulce, es… más sabrosa.

- Podría ser que la recuerdas de cuando la tomabas siendo una cría entre mis tetas.

- Puede, mamá. Pero de verdad que me gusta.

Dando por terminado el descanso y cerrando las duchas repitieron las caricias, los estallidos. Ahora era Mikane quien ansiosa esperaba que Sam la llenara con su esencia. Pero en esto Sam se movió cambiando los sitios. Colocó a Mikane boca arriba sobre las bolsas y arrodillado frente a ella la poseyó. En esta posición Mikane descubrió que todo el esfuerzo recaía en su amado. Notaba cómo se introducía el pene abriendo su cuerpo mientras ella estaba en una situación casi pasiva. Con las manos no podía acariciar a su esposo ya que no le alcanzaba.

Al ser algo tan distinto lo disfrutó. Ya con su sexo lleno con el miembro de su esposo, era más fuerte el bombeo de éste sobre su cuerpo. Y se sentía dominada cuando Sam levantó sus piernas consiguiendo penetrarla un poco más. Pensó que si empujaba más ese pene le saldría por la boca. Mikane estalló varias veces durante todo el juego. Hasta que fue Sam quien culminaba llenándola de su esencia.

Mikane notó que el pene entraba más en su cuerpo para descargar, provocando un nuevo estallido. Luego retrocedía un poco y volvía a la carga con más esencia, que fue recibida en otro estallido. Y otra vez se retiró el pene volviendo a entrar al poco por tercera vez y antes de notar el semen Mikane ya lo deseaba y por eso estalló antes de recibirlo prolongando su placer hasta que lo notó. Era algo que no recordaba haber sentido y lo agradeció con un grito.

- ¡Charco primordial!

El pene retrocedió dentro de su cuerpo por cuarta vez y al regresar ya no expulsó semen, pero el anhelante cuerpo de Mikane sí que estalló otra vez.

Por fin aquel miembro que la taladraba dejó de hacerlo y escuchó la fuerte respiración de Sam, su esposo. Notó que se retiraba y fue como si destaponaran su cuerpo. Le habría gustado poder decir lo mucho que amaba a Sam, a ese joven macho que tanto la satisfacía y colmaba de dicha, pero no podía hablar. Su cuerpo no reaccionaba.

Como si estuviera muy lejos oyó la voz de su hija:

- ¡Oh, mamá! Tu rostro refleja la dicha más completa. Has aguantado sola todo el tiempo… Me alegro tanto…

El agua de la ducha fue recibida con desesperación.

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