La fiesta de la buena vecindad... a Doris
Con el marido lejos y el cuerpo encendido, Doris no esperaba que la bienvenida de su nuevo barrio fuera tan brutal. Tres hombres, una sola noche, y el secreto de la vecindad a punto de estallar.
La fiesta de la vecindad estaba que ardía esa noche en el pinche barrio de la Ciudad de México. Era una de esas pachangas donde todo el mundo se pone pedo, con música de banda a todo volumen, chelas heladas y tacos al pastor que olían a gloria. Doris, la vecina nueva de treinta y tres años, acababa de llegar de Guanajuato hacía unas semanas. Era una morenita bien sabrosa, con curvas que volvían locos a los cabrones del edificio: tetas grandes y firmes que se marcaban bajo su blusa escotada, un culo redondo que parecía hecho para agarrar y unas piernas largas que terminaban en unos tacones que la hacían verse como una puta de película. Su marido, el pendejo de Juan, se había ido a trabajar a los Estados Unidos hacía meses, dejándola sola y con un chingo de ganas acumuladas. Doris andaba bien caliente, bien puta, porque extrañaba una buena verga que la llenara y la hiciera gritar.
Los tres cabrones que la tenían en la mira eran del barrio: Pedro, un mecánico grandote y musculoso de unos cuarenta años, con tatuajes en los brazos y una verga gruesa que se rumoraba medía como veinte centímetros; Miguel, el electricista flaco pero bien dotado, de treinta y cinco, con una cara de pillo y una lengua que sabía lamer conchas como nadie; y el pinche Luis, el más joven, de veintiocho, un chamaco fuerte que trabajaba en la construcción, con una verga larga y venosa que podía durar horas cogiendo. Los tres eran compas de toda la vida y esa noche, mientras la fiesta seguía, se pusieron de acuerdo para darle a Doris una bienvenida que no olvidaría.
Doris bailaba sola en el centro del patio, moviendo las caderas al ritmo de una cumbia, con su falda corta que se levantaba un poco mostrando sus muslos morenos. Estaba peda, con unas cuantas micheladas encima, y sus ojos brillaban de lujuria.
—Pinche calor que traigo —murmuró para sí misma, sintiendo cómo su concha se mojaba solo de pensar en una buena cogida.
El marido la había dejado seca, mandando dólares pero ni una verga de consuelo. Pedro se acercó primero, con una sonrisa de cabrón, y le ofreció otra chela.
—Órale, vecina, ¿qué tal si nos echamos un bailecito? —le dijo, pegándose a ella por atrás.
Doris sintió la verga dura de Pedro rozando su culo y no se apartó; al contrario, se restregó contra él, sintiendo cómo crecía esa cosa gruesa.
Miguel y Luis miraban desde un lado, con las vergas ya paradas bajo los pantalones.
—Mira a la puta esa, cómo se mueve —susurró Miguel—. Vamos a cogérnosla entre los tres, cabrones. Está pidiendo verga a gritos.
Se acercaron y pronto los cuatro estaban bailando en un grupito, con Doris en medio, sintiendo manos por todos lados. Pedro le manoseaba las tetas por encima de la blusa, pellizcando los pezones duros.
—Qué ricas chichis tienes, pinche Doris. ¿Extrañas que te las mamen? —le dijo al oído con voz ronca.
Ella gimió bajito:
—Sí, cabrón, mi pinche marido me dejó con las ganas. Quiero que me cojan duro, como a una puta.
No pasó mucho antes de que la llevaran a un rincón oscuro del patio, detrás de unas cajas de chelas vacías. La fiesta seguía fuerte; nadie notaba nada con la música a todo lo que daba. Luis fue el primero en sacar su verga, desabrochándose el pantalón y dejando salir esa cosa larga y tiesa, con la cabeza roja y brillante.
—Mira esto, puta. Chúpamela —ordenó, agarrándola del pelo y empujándola de rodillas.
Doris no se hizo de rogar: abrió la boca y se metió esa verga hasta la garganta, chupando como experta.
—Mmm, qué rica verga, pinche chamaco. Sabe a hombre de verdad —dijo entre lamidas, escupiendo saliva para lubricarla.
Luis gemía:
—Así, perra, trágatela toda. Eres una mamadora de primera.
Mientras tanto, Pedro y Miguel se bajaron los pantalones. Pedro tenía esa verga gruesa como un brazo, venosa y peluda en la base. Se puso detrás de Doris, le levantó la falda y le arrancó las tangas de un tirón.
—Mira esta concha, cabrones. Está chorreando jugos.
Metió dos dedos en la concha húmeda de Doris, follándola con ellos mientras ella seguía chupando a Luis.
—¡Ay, pinche Pedro, métemela ya! Quiero verga en mi concha —suplicó Doris, sacando la verga de Luis de su boca por un momento.
Pedro no esperó más: escupió en su verga y se la clavó de un empujón, enterrándola hasta los huevos en esa concha apretada.
—¡Ahhh, qué rico! Cógeme duro, cabrón —gritó Doris, sintiendo cómo esa verga gruesa la abría.
Miguel no se quedó atrás: se arrodilló al lado y le metió su verga en la boca, alternando con Luis.
—Chupa las dos, puta. Eres nuestra putita de Guanajuato.
Doris mamaba una y luego la otra, con saliva chorreando por su barbilla, mientras Pedro la cogía por atrás como animal, embistiendo fuerte y dándole nalgadas que resonaban.
—Toma, perra, siente mi verga reventándote la concha. ¿Te gusta que te cojamos como a una cualquiera?
Doris solo podía gemir:
—Sí, sí, cójanme los tres. Soy una puta abandonada, necesito vergas de vecindad.
Cambiaron posiciones. La pusieron en cuatro patas sobre una manta vieja. Luis se acostó debajo y se la metió en la concha, cogiéndola desde abajo mientras le mamaba las tetas.
—Qué chichis tan sabrosas, puta. Parecen melones de Guanajuato.
Pedro se puso atrás y, escupiendo en el culo de Doris, le metió la verga en el ano de un solo empujón.
—¡Ayyy, pinche cabrón! Me estás rompiendo el culo —chilló ella, pero no paró; al contrario, empujó hacia atrás para que entrara más profundo.
Miguel le tapaba la boca con su verga, follándole la garganta.
—Trágatela, perra. Somos tres vergas para ti sola.
La cogida era brutal, con los tres cabrones turnándose en sus agujeros. Pedro salía del culo y entraba en la concha; Luis la follaba por el ano mientras Miguel le llenaba la boca de semen.
—¡Me vengo, puta! Trágate mi leche —gritó Miguel, eyaculando chorros calientes en su garganta.
Doris tragaba todo, tosiendo un poco pero pidiendo más:
—Dame más verga, pinches cabrones. Mi marido no me cogía así ni en sus mejores días.
Luis la volteó y se la metió en el culo mientras Pedro le follaba la concha al mismo tiempo, una doble penetración que la hacía gritar de placer y dolor.
—¡Sí, rómpanme! Soy su puta vecina, cójanme hasta que no pueda caminar.
La fiesta seguía afuera, con risas y música, pero en ese rincón era un festival de gemidos y chasquidos de carne contra carne. Doris sudaba, con el maquillaje corrido, las tetas botando con cada embestida.
—Qué concha tan apretada, puta. Se nota que tu pinche marido te dejó seca —decía Pedro mientras la taladraba.
Luis le pellizcaba los pezones:
—Grita, perra. Dile al barrio que eres nuestra cogida.
Y Miguel, ya recuperado, le metía los dedos en la boca:
—Chupa, como si fuera otra verga.
Después de una hora de cogida dura, los tres se prepararon para acabar. La pusieron de rodillas otra vez, rodeada de vergas.
—Abre la boca, puta. Vamos a bañarte en leche —ordenó Pedro.
Se pajearon furiosamente y uno a uno eyacularon: Pedro en sus tetas, dejando chorros blancos que corrían por su piel morena; Luis en su cara, cubriéndole los ojos y la boca; Miguel en su concha, frotando la verga para que entrara el semen. Doris se untaba todo, lamiendo lo que podía:
—Qué rico, cabrones. Vengan cuando quieran, soy su puta de la vecindad.
Al final se vistieron como si nada y Doris salió tambaleante a la fiesta, con el semen seco en la piel y una sonrisa de satisfacción. Los vecinos no sabían, pero esa noche la nueva de Guanajuato se había convertido en la puta oficial del barrio. Y ella, con el marido en Estados Unidos, sabía que vendrían más noches así, llenas de vergas mexicanas y cogidas duras.
La fiesta se estaba acabando, pero los tres cabrones no tenían suficiente.
—Órale, puta, vamos a tu depa. Queremos más de esa concha guanajuatense —le dijo Pedro, agarrándola del brazo.
Doris, aún caliente y con las piernas temblando, asintió:
—Vengan, pinches. Mi casa es su casa… y mi cuerpo también.
Subieron al departamento de Doris, un lugarcito modesto con muebles viejos y fotos del marido en la pared.
—Mira al pendejo ese —rio Miguel, señalando la foto—. Mientras él chambea en gringolandia, nosotros le estamos reventando la concha a su vieja.
Apenas cerraron la puerta, la desnudaron por completo. Doris se quedó parada ahí, desnuda, con su cuerpo curvilíneo brillando bajo la luz tenue.
—Miren esta puta, cabrones. Tetas perfectas, concha depilada y culo listo para verga —dijo Luis, dándole una nalgada que dejó una marca roja.
La tiraron en la cama matrimonial, la misma donde dormía con el marido ausente. Pedro se subió primero, abriéndole las piernas y metiéndole la lengua en la concha.
—Sabe a miel, perra. Estás chorreando otra vez.
Doris gemía:
—Lámeme, cabrón. Hazme venir con tu lengua.
Miguel y Luis se unieron, mamándole cada uno una teta, mordiendo los pezones duros.
—Qué chichis tan ricas. Parecen para ordeñar —dijo Miguel, chupando fuerte.
Doris se retorcía:
—¡Ay, pinches! Me van a hacer explotar.
Pedro lamió su clítoris hinchado, metiendo dedos en su concha y en su culo al mismo tiempo.
—Ven, puta. Chorrea en mi boca.
Doris gritó al orgasmo, squirtando jugos que empaparon las sábanas.
—¡Sí, cabrones! Soy una puta squirter.
Luego la pusieron en posición de vaquerita. Luis se acostó y Doris se montó en su verga, cabalgándola como experta.
—Toma mi verga, perra. Salta en ella.
Ella botaba, con las tetas rebotando, mientras Pedro se paraba en la cama y le metía la verga en la boca.
—Chupa mientras coges, puta.
Miguel, desde atrás, le lubricó el culo con saliva y se la clavó, haciendo un sándwich perfecto.
—¡Tres vergas otra vez! Cójanme como animales —suplicaba Doris, sintiendo cómo la llenaban por todos lados.
La cogida duró horas. Cambiaban: ahora Miguel en la concha, Pedro en el culo, Luis en la boca. Usaban juguetes que Doris tenía escondidos: un dildo que metían junto a una verga para doble penetración en la concha.
—Mira, puta, dos vergas en tu concha. ¿Te gusta?
—¡Sí, rómpanla! Soy una pendeja caliente.
Gemidos llenaban el depa:
—Toma, perra… Grita más fuerte… Llénenme de semen.
Al amanecer, los tres se vinieron de nuevo: uno en cada agujero. Doris quedó exhausta, cubierta de sudor y semen, pero feliz.
—Vuelvan cuando quieran, cabrones. Mientras mi marido mande dólares, yo mando vergas.
Y así, la vecina nueva se convirtió en la puta secreta del barrio, lista para más cogidas duras.
A la mañana siguiente, Doris se despertó con el cuerpo adolorido pero satisfecho.
«Pinche cogida de anoche», pensó, tocándose la concha hinchada. Los cabrones se habían ido, pero le dejaron un mensajito:
«Puta, prepárate para la próxima».
Ella sonrió, sabiendo que su vida en la CDMX sería un chingo de vergas. En Guanajuato era una esposa decente, pero aquí, con el marido lejos, era una puta desatada.
Recordaba cómo empezó todo: en Guanajuato, Juan la cogía poco, siempre cansado del trabajo.
«Pendejo, ni una buena verga me das», le decía ella en broma, pero era verdad. Al mudarse, sola, las ganas la mataban. En la fiesta vio a esos tres machos y pensó:
«Esos me van a reventar».
Volviendo a la acción, esa tarde los cabrones volvieron.
—Órale, puta, hora de más verga.
La llevaron al baño, la pusieron bajo la ducha y la cogieron ahí, con el agua corriendo. Pedro la empotró contra la pared, follándole la concha mientras Luis le metía la verga en el culo. Miguel filmaba con el celular:
—Para que veas después, perra.
—¡Cójanme! Soy su puta mexicana —gritaba ella.
La verga de Pedro entraba y salía, chasqueando contra los labios hinchados de la concha.
—Siente cómo te abro, puta.
Luis embestía el ano apretado:
—Qué culo tragón.
Miguel eyaculaba en sus tetas:
—Báñate en leche.
Al día siguiente, el sol ya pegaba fuerte en el patio de la vecindad, pero el chisme corría más rápido que el calor. Las vecinas, esas comadres expertas en husmear todo, se juntaron temprano en la lavandería común, fingiendo que colgaban ropa mientras lavaban los trapos sucios de la noche anterior… y los de Doris en particular.
Doña Rosa, la más chismosa del edificio, de unos cincuenta y cinco años, con su delantal floreado y el pelo en chongo, fue la primera en abrir la boca mientras retorcía una sábana como si fuera el cuello de alguien.
—Ay, no mamen, ¿vieron a la guanajuatense anoche? La Doris esa… ¡qué descaro! —dijo con voz de escándalo, pero los ojos le brillaban de envidia y morbo—. Se la llevaron los tres cabrones al rincón de las chelas y ahí nomás… pum, pum, pum. Yo pasaba por ahí con una cubeta y escuché los gemidos. «¡Cógeme más duro, cabrón! ¡Rómpeme la concha!» gritaba la muy puta. Y eso que la música estaba a todo volumen.
Doña Carmen, la gorda del 3B, que siempre anda con su rebozo y oliendo a mole, soltó una carcajada ronca mientras escurría unos calzones.
—Pos sí, comadre. Yo vi cuando salió tambaleando, con la falda toda arrugada y la cara de recién cogida. Traía semen seco en el cuello, ¿eh? Ni se molestó en limpiarse bien. Y luego se fueron los tres a su depa… ¡hasta las cuatro de la mañana se oyó el escándalo! Gemidos, cama golpeando la pared, «¡Trágate mi verga, perra!», «¡Dame ese culo, pinche puta!». El maridito en los perros Estados Unidos mandando lana y ella aquí abriendo las piernas pa’ medio barrio.
La Chayo, la más joven de las chismosas, de unos treinta y ocho, divorciada y con ganas acumuladas ella también, se acercó fingiendo sorpresa pero con una sonrisita pícara.
—No manches, ¿de veras se la metieron los tres al mismo tiempo? Porque yo alcancé a ver cuando Pedro le manoseaba las chichis bailando, y ella se restregaba el culo contra la verga como perra en celo. Después desaparecieron y cuando volví a pasar, la oí gritar: «¡Sí, cabrones, llévenme las tres vergas! ¡Soy su puta de Guanajuato!». Pinche morra caliente… con el marido allá chambeando y ella aquí haciéndose la reina del barrio con la concha abierta.
Doña Lupe, la viuda del 2A, que siempre anda con su rosario pero tiene la lengua más filosa, intervino mientras tendía unos brasieres.
—Ay, Diosito, qué pecado… pero qué rico se oía, ¿no? Yo vivo pared con pared y la neta me puse cachonda escuchando. «¡Me vengo, pinches cabrones! ¡Llénenme de leche!» gritaba. Y luego risas de los machos: «Toma más verga, perra abandonada». Pos ya ven, solita la dejaron y ahora anda buscando verga como si no hubiera mañana. A mí me da coraje, pero también… ay, quién fuera joven pa’ unirse al desmadre.
La conversación se puso más explícita. Doña Rosa bajó la voz, aunque todas estaban solas.
—Dicen que después de la fiesta se la siguieron cogiendo en su casa. Los tres entraron y no salieron hasta el amanecer. Yo pasé “casualmente” por el pasillo y oí el agua de la regadera… y gemidos. «¡Empótame contra la pared, Pedro! ¡Métemela por el culo, Luis!» Y Miguel grabando, el muy cabrón. La Doris es una pinche adicta a la verga, comadres. Con esa cara de santita que pone cuando saluda… pero anoche se la tragó tres vergas y pidió más.
Doña Carmen se persignó, pero no pudo evitar reírse.
—Pos ahora ya sabemos por qué se mudó tan rápido de Guanajuato. Allá la tenían bien vigilada, pero aquí, con el marido lejos… es la puta oficial del edificio. Yo digo que en la próxima pachanga la invitamos a “jugar lotería” las vecinas también, pa’ ver si nos presta a los muchachos un ratito. Porque si ella se lleva tres, nosotras también merecemos verga fresca.
La Chayo se mordió el labio, excitada.
—No mamen, yo sí me apunto. Anoche me toqué pensando en eso. Imagínense: Pedro con esa verga gruesa reventándome la concha, Miguel lamiéndome como experto y Luis dándome por atrás… Ay, pinche Doris, nos abrió el apetito a todas.
Doña Lupe suspiró, mirando al cielo.
—Dios me perdone, pero la neta… esa guanajuatense nos va a tener a todas calientes. Ya verán, en unos días va a haber fila pa’ cogérsela. Y el marido ni se entera, pobrecito, mandando dólares mientras su vieja se hace llenar de semen mexicano.
Las cuatro se quedaron calladas un rato, tendiendo ropa, pero con las caras rojas y las piernas apretadas. El chisme ya había corrido: Doris no era solo la nueva vecina… era la puta del barrio, y todas, en secreto, querían un pedacito de la acción. O al menos, seguir escuchando los gemidos a través de las paredes.
Mientras tanto, en su depa, Doris se despertaba tarde, con el cuerpo marcado de chupetones y semen seco, sonriendo al espejo. Sabía que las comadres ya estaban hablando… y eso solo la ponía más caliente.
«Que hablen, pinches», pensó. «Mañana invito a más verga… y quién sabe, tal vez alguna vecina se anime a unirse». El barrio nunca volvería a ser el mismo.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Una esposa complaciente II
Eva llega a casa desnuda bajo un abrigo de piel, con el cuerpo marcado por la noche y el dinero de sus amantes en la mano.
Comparte:Infidelidad consentidaOrgia grandeDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Demasiado puta para no ser infiel
Nuria no es una mujer cualquiera; tiene un cuerpo que desarma y un secreto que guardarle a su marido.
Comparte:Infidelidad consentidaTrio mfmDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
En cómo me convertí en ninfómana 2
Sabe que su marido duerme al otro lado del pasillo. Sabe que cruzar esa línea es traición pura.
Comparte:Infidelidad consentidaTrio mfmOrgia grande
- Hetero: Infidelidad
El estornudo del cornudo
Siempre supo que él la miraba. Pero esta vez, el silencio del patio se rompió con un estornudo y la fantasía se volvió realidad.
Comparte:Infidelidad consentidaTrio mfmDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Buena entrada al 2013
La cena de fin de año se transforma cuando un viejo amigo aparece solo y vulnerable. Lo que empieza como un gesto de hospitalidad se convierte en una…
Comparte:Infidelidad consentidaTrio mfmDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
El tercer maestro (1: la prueba)
No es solo sexo, es una lección. Cristina sabe que no puedo negarme a 'D', pero esta noche el precio será más alto de lo que imagino.
Comparte:Infidelidad consentidaOrgia grandeDominacion masculina