ElTríoProhibido:Dos Hombres y una Mujer Insaciable
Tu marido ya te ha visto ser suya, pero esta noche quiere ver a quién realmente perteneces. Dos hombres, una sola cama, y la promesa de ser destrozada hasta el límite del placer.
El Trío Prohibido: Dos Hombres y una Mujer Insaciable
Habían pasado meses desde que mi marido y yo nos sumergimos por completo en el mundo cuckold. Yoel seguía siendo un habitual: venía a casa, me follaba como un toro mientras mi marido miraba y se pajeaba, y luego él me reclamaba lamiendo el semen ajeno de mi coño destrozado. Pero una noche, después de un polvo especialmente intenso, mi marido me susurró al oído mientras aún tenía la polla de Yoel goteando dentro de mí:
—¿Y si la próxima vez… somos dos hombres para ti sola? Quiero verte realmente usada, con dos pollas grandes al mismo tiempo.
El corazón me dio un vuelco. Siempre había fantaseado con ser el centro de dos machos dominantes, sintiendo vergas en cada agujero. Asentí, empapada de nuevo solo con la idea.
—Organízalo. Quiero sentirme como una puta de verdad.
Mi marido contactó con Yoel y le propuso la idea. Yoel no solo aceptó, sino que trajo a un amigo: Raúl, un dominicano alto, musculoso, con piel chocolate y una reputación de tener una polla aún más gruesa que la suya. Los dos juntos eran una visión: cuerpos esculpidos, sonrisas depredadoras y bultos que prometían destrucción.
La noche elegida, me preparé como una ofrenda: body de encaje negro abierto por la entrepierna, labios rojos, el coño ya depilado y lubricado de anticipación. Mi marido colocó una silla en la esquina del dormitorio, con vista perfecta a la cama king size.
Yoel y Raúl llegaron juntos, oliendo a colonia masculina y deseo crudo. Me saludaron con besos profundos, manos grandes explorando mi cuerpo delante de mi marido, que ya tenía la polla fuera y se acariciaba despacio.
—Tu mujer está tremenda hoy —dijo Yoel, pellizcándome un pezón—. Vamos a dejarla que no pueda caminar mañana.
Raúl rio grave, bajándose los pantalones primero. Su verga era un monstruo: más corta que la de Yoel pero increíblemente gruesa, como una lata de refresco, con venas gruesas y una cabeza bulbosa.
Yoel se desnudó después, su polla larga y curva ya dura como acero.
Me pusieron de rodillas en la cama. Dos pollas negras enormes frente a mi cara. Las chupé alternando: primero la longitud de Yoel, tragándola hasta la garganta mientras babeaba; luego la grosura de Raúl, estirándome los labios hasta doler, apenas cabiendo la cabeza.
—Joder, qué boca más puta tiene —gruñó Raúl, agarrándome el pelo y follándome la cara mientras Yoel me metía dedos en el coño desde atrás.
Me corrí solo con eso: dedos expertos frotando mi punto G mientras me ahogaba con polla.
Me tumbaron boca arriba. Yoel se colocó entre mis piernas y me empaló de un empujón profundo, su verga larga golpeando mi cervix. Raúl se sentó a horcajadas sobre mi pecho y me metió su polla gruesa entre las tetas, follándome las tetas mientras yo lamía la punta cada vez que salía.
Mi marido jadeaba en la silla, pajeándose furioso, ojos clavados en cómo mi coño se abría alrededor de la polla de Yoel.
Luego rotaron. Raúl me abrió con su grosor brutal: sentí cómo me partía literalmente, el coño estirándose al límite mientras gritaba de placer-dolor.
—¡Me estás rompiendo, joder! ¡Sí, rómpeme!
Yoel me tapó la boca con su polla, follándome la garganta mientras Raúl me taladraba el coño con embestidas cortas y salvajes.
La posición que más me volvió loca fue la doble penetración. Me pusieron a cuatro patas: Yoel debajo, empalándome por el coño; Raúl detrás, escupiendo en mi ano y empujando su verga gruesa centímetro a centímetro.
Grité como nunca cuando entró entera. Dos pollas enormes dentro de mí, frotándose separadas por una pared fina. Empezaron a moverse alternadamente: uno entraba, el otro salía. Sentía cada vena, cada pulsación. Me corrí violentamente, squirteando alrededor de la polla de Yoel, chorros calientes mojando las sábanas.
—Mirad a vuestro marido —me ordenó Yoel entre gruñidos—. Dile lo que sientes.
Miré a mi marido a los ojos, voz rota por los gemidos:
—Amor… me están destrozando… nunca me habían follado tan lleno… son mucho más grandes que tú…
Mi marido se corrió en su mano con un gemido animal, pero siguió pajeándose, duro de nuevo en segundos.
Los chicos no pararon. Me levantaron en el aire: Raúl me cogía por las caderas, polla en mi culo; Yoel de frente, clavándomela en el coño. Me follaban suspendida, rebotando como una muñeca sexual mientras yo gritaba y me corría una y otra vez.
Al final, me pusieron de rodillas otra vez. Los dos se pajeaban frente a mi cara.
—Córreos dentro de su boca —pidió mi marido con voz temblorosa.
Yoel y Raúl gruñeron y descargaron al mismo tiempo: chorros calientes y espesos inundando mi lengua, mi cara, mis tetas. Tragué lo que pude, el resto goteando por mi barbilla.
Cuando terminaron, me dejaron tirada en la cama: coño y culo abiertos, rojos, palpitantes, semen saliendo a chorros de ambos agujeros. Mi marido se acercó por fin, me besó con boca llena de semen ajeno y luego me folló despacio, sintiendo cómo mi coño estaba flojo y usado por pollas más grandes.
—Mi puta perfecta —susurró mientras se corría dentro de mí, mezclando su semen con el de ellos.
Yoel y Raúl se despidieron con palmadas en mi culo dolorido, prometiendo volver.
Y yo supe que aquello no era el final, sino solo otro nivel. Dos hombres a la vez… y mi marido mirando, gozando de verme convertida en la zorra que siempre quise ser.
Desde entonces, los tríos con dos toros se volvieron nuestra adicción favorita. Y cada vez, mi marido disfruta más viéndome llena, usada, satisfecha como solo pollas ajenas pueden hacerlo.
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