Xtories

Invasores y nativos. 13

Sam siempre supo que su nuevo hogar tendría reglas distintas, pero nunca imaginó que la bienvenida de su esposa implicaría a su propio hijo. Ahora, entre misiones diplomáticas y noches de placer compartido, descubre que la supervivencia de la humanidad depende tanto de su cuerpo como de su voz.

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Mikane fue a ver a su hijo que había pasado gran parte de la tarde encerrado en su habitación. Ante la pregunta de mamá Miteno respondió:

- Va bien, mamá. He hablado con algunos jefes, y sobre todo con amigos. Los de la colonia se han vuelto unos extraños. Está el que tiene novia formal y los que se dedican a las fiestas sin importarles nada más por lo que yo les resulto aburrido.

Mikane intentó no dar importancia a que su hijo se fijaba en sus tetas mientras hablaban. De siempre se había mostrado así ante su hijo dentro de casa, pero claro, algo había cambiado en el joven.

- Suele pasar, cariño. Las amistades cambian por cuestiones familiares o laborales, a veces desaparecen y llegan nuevas… Siempre es así.

Miteno cogió las manos de su madre y la miró a los ojos, pidió:

- Mamá, esta noche…

- No cariño. - Replicó Mikane retirando las manos. - Si lo repetimos tan pronto puedes obsesionarte conmigo y no es bueno para ti. Debes buscar a alguien de tu edad.

- Sam no es de tu edad…

- ¡Sam es mi esposo! - Interrumpió la madre alzando un poco la voz. Luego, tras un breve silencio, despacio añadió: - Si tienes algún impedimento podemos hablarlo… entre los tres. Me ama y le amo.

Miteno bajó la cabeza. Comprobó que nadie pudiera oírles por el ordenador y se disculpó.

- Perdona mamá. Tienes razón, Sam es a quien has elegido a tu lado. Además, que me es simpático. - Con disimulo intentó ocultar el rubor y las continuas miradas a tan bonitas tetas de su madre, la miró a los ojos y por fin pudo añadir: - Espero que seas feliz.

- Bien hijo. Gracias y sí, soy feliz en esta relación que tenemos Sam, tu hermana y yo. - Notaba los gestos nerviosos y las miradas a su cuerpo de su hijo. - ¡Oh, cariño! No puedo dejarte así. Retira ese calzón.

Miteno disfrutó de la primera vez que notaba la boca de una hembra en su miembro creyendo por un instante que era mejor que estar en el nido. Mientras que Mikane pensaba que había cedido ante alguien que tanto le recordaba a Pitape.

“No debe volver a pasar”. – Pensó.

Recibió el estallido de la polla de su hijo haciendo que sus tetas segregaran crema. Y quedó defraudada al ver que ya no había más. Para repetir debía esperar un cuarto de sexto de seis. No. Viendo la cara de satisfacción de Miteno concluyó el encuentro.

Mucho después de la cena, en la habitación que compartía el matrimonio, Mikane estaba arrodillada ante un incómodo Sam que no sabía qué actitud tomar, mientras que Mileada se limitaba a escuchar a unos pasos de distancia.

- Esposo mío, ya te he contado todo lo que ha sucedido entre mi hijo Miteno y yo, y te pido comprensión, como esposo que tanto amo, ante esta madre que intenta ayudar a su hijo.

Mikane bajó la mirada y se dispuso a escuchar a Sam. Como pareja podía rechazar esos encuentros de su esposa con el hijo de su anterior esposo o aceptarlos. Podía hacer lo que quisiera, era su derecho. Y llegar a un acuerdo o romper el compromiso, si lo había. Entre ellos estaba el de fidelidad.

Un tanto cohibido Sam miró a Mileada, que con la mirada y leves gestos le invitaba a actuar ya fuera a favor o en contra, según lo sintiera, pero que no prolongara esa situación.

Sam, se veía involucrado en unas costumbres muy distintas a las que fue educado. Ignorando cómo debía actuar, se acercó a Mikane agachándose a su lado. La abrazó y dio un beso en su rostro. Recordó que Mileada fue invitada al nido de sus padres donde la aleccionaron sobre el sexo. Todo era diferente entre humanos y sorevanos, mucho, debía aceptarlo para no perder el cariño de esas hembras que amaba.

- Mi querida esposa… no quiero intervenir ni interrumpir lo que creas necesario en la relación con tus hijos. Simplemente me gusta que me lo expliques, y… puedes estar segura que no quiero perderte. Te amo.

Al parecer había dicho lo correcto. Las dos esposas se abalanzaron sobre él y en el suelo hicieron el amor de una forma casi salvaje. Mikane al ser penetrada gritaba a su esposo:

- ¡Fuerte, cariño! Haz conmigo lo que más te guste. Lo que quieras. Yo lo disfruto. ¡Te amo tanto!

Sam dio dos fuertes empujones contra el cuerpo de su esposa, pero pronto se contuvo dándose cuenta que no debía comportarse así. Podría hacerle daño. El resto de la sesión de sexo con sus esposas fue lo normal. Sam culminó dos veces y sus esposas casi una docena cada una.

Las hembras se turnaban para restregar sus pétalos, sus cuerpos en el miembro de Sam y cuando avisaba que le faltaba poco para culminar ellas mismas orientaban la enormidad en sus cuerpos.

- ¡Por la Charda del…! – Mileada no pudo terminar la frase.

No se desmayó, pero sí quedó derrotaba sobre el cuerpo de Sam que la abrazaba con cariño. Mikane se dedicó a besar a los dos esposos.

Más tarde era Mikane quien gemía lo bien que lo pasaba con esas descargas dentro de su vagina. Y el dedo de Mileada en su ano.

Al día siguiente Sam despertó notando el duro suelo y que una de sus esposas dormía sobre su cuerpo. Descubrió que se trataba de Mileada, dormida sobre su pecho y que para proteger su rostro del roce de los pelos que tiene, se había puesto un buen pegote de crema a modo de almohada. No veía a Mikane, que ya podía estar sobre una cama piscina, en el baño o la cocina.

Se incorporó al mismo tiempo que empujaba a Mileada para poder besarla y despertarla. La hembra se colgó de su cuello y respondió a los besos. Sobre la cama piscina estaba Mikane que parecía despertar al oírles. Se sonrieron.

- Hola.

- Hola, mamá. Dame un beso.

Mikane, desde la posición de madre, ordenó:

- Pero solamente besos. No podemos entretenernos mucho, que hay cosas que hacer.

Aun así, Mikane se dejó abrazar y alzar por su esposo quedando algo enfrentada a Mileada que estaba en el otro brazo. Las dos se besaron y dieron muchos mimos al esposo.

Mikane tuvo que ordenar el fin de las caricias.

- ¡Vale, vale! ¡Ya basta! Que parece que no sabemos parar cuando comenzamos.

Los hijos rieron.

Al salir de la habitación se encontraron con Miteno que se arrodillaba ante Sam. Pedía disculpas por si había ofendido a macho de la familia y estaba dispuesto… Sam le interrumpió.

- ¡Hermanito! Deja la tradición a un lado y vamos a desayunar.

Se abrazaron.

Mientras todos desayunaban en un ambiente muy familiar, Mikane aconsejó que ambos debían preparar las maletas, aunque todavía faltasen unos sextos para el viaje.

- Aunque allí hace mucho frío, debes llevarte algo ligero. - Aconsejó Miteno. - Casi todo el tiempo estaremos en lugares acondicionados donde pasaríamos calor.

Durante gran parte del vuelo a Eje Sur, Sam lo pasaba mirando por la ventanilla. Las nubes estaban abajo formando una gran alfombra y por encima se veía el cielo estrellado.

Sam estaba eufórico. En un mismo día volaba por segunda vez en un trasporte distinto. Descubrió que la cabina de pasajeros era mucho más amplia y cómoda de lo esperado. Solamente había viajado en la cabina de un camión humano siendo una experiencia que no quería repetir. Los trayectos en el tractor o en el vehículo familiar eran cortos. Preguntó por enésima vez:

- ¿Seguro que no estamos en el espacio?

- Seguro papaíto, este vuelo es dentro de las capas de aire, aunque no lo parezca.

¿Papaíto? Otra vez Miteno le llamaba así en poco tiempo y durante un rato jugaron a estar enfadados porque la diferencia de edad no era tanta. Lo hacían entre grandes carcajadas que llamaban la atención de otros pasajeros, la mayoría militares, aunque había médicos y otros científicos. ¿Cómo podían llevarse tan bien un sorevano y un gigante nativo peludo?

Ya en Eje Sur se protegieron convenientemente con unos abrigos un tanto rígidos de tan gruesos, y fueron trasladados a la base de los humanos. Allí unos científicos o administradores aleccionaron someramente a Sam sobre lo que se pretendía de él.

- Debe quedar claro que no somos enemigos, pero que no podemos, ni queremos, mantenerlos indefinidamente. Por otro lado, deben comportarse bien cuando estén en otro sitio, o serán exterminados por los Mandoran de Barro. Deben buscar y agruparse con otros humanos y averiguar si alguno puede tener descendencia y así vuestra especie sobrevivirá.

Sam se sintió abrumado ante tanta responsabilidad.

- Pero yo solamente hablo un idioma nativo y hubo cientos en este planeta.

El sorevano que vestía como un científico asintió, y como si aleccionara a un alumno añadió:

- Creemos que entre ellos hablan tres o cuatro idiomas diferentes y quizá alguno puede ser coincidente con el tuyo.

Otro militar añadió contundente:

- Debes intentarlo por el bien de ellos.

Llevaron a los dos hermanos a una gran sala que Sam no podía saber que fuera un gimnasio y cancha de futbol a la vez, pues jamás había visto algo similar. Era enorme y en algunos puntos había deficiencias eléctricas ya que algo de escarcha se acumulaba en varios sitios del techo. Era el resultado después de estar muchos meses sin combustible para la calefacción.

En uno de los lados más largos del local había unas gradas donde muchos humanos se sentaban como espectadores de un acto en el que estaba en juego sus vidas. Algunos vestían diferentes uniformes por lo que se calculó que debía haber cuatro grupos por nacionalidades. El resto parecían civiles. Y como ya sabía en total no debían superar la centena.

Sam estaba asombrado.

¿Cómo habían conseguido el acuerdo de reunirse en ese lugar? Sam se olvidó de preguntarlo.

Sam y los sorevanos se acercaron a la mesa central ante la expectación y murmullos de los humanos. Debían sorprenderse de ver a un humano en el grupo de los calificados como invasores. Al poco llegó un sorevano con una silla adecuada a Sam, colocándola en un extremo. Situándose así parecía que Sam presidía el lugar.

Como ya estaba acordado Miteno habló lo poco que sabía en humano. Con palabras que un niño de corta edad emplearía preguntó si le entendían y ante la respuesta afirmativa pasó la palabra a Sam.

Todos vieron que muchos humanos ajustaban unos auriculares a sus oídos, debían ser traductores sobre el idioma empleado por Miteno y esperaban que fuera el de Sam.

Sam carraspeó nervioso y se dispuso a escribir en sorevano aquello que dijera en el único idioma humano que sus padres le enseñaron, este ordenador estaba conectado con el de los demás asistentes, al igual que a otro donde se guardaba una copia. Así todos le entenderían.

- Mi nombre es Samuel. Vivo en lo que creo que es el norte de España o el sur de Francia. No estoy seguro. Mis padres y todos los humanos con los que conviví de niño fueron asesinados por los Cueros, que son conocidos como Mandoran de Barro por los sorevanos.

Algo más relajado se detuvo para coger aire, miró a Miteno un instante y continuó:

- Conozco las dos versiones de una misma historia y aunque soy joven creo que la que voy a contar ahora es la correcta. Veamos: Los sorevanos nos observaban desde hacía un tiempo, pero no les interesaba nuestro planeta al ver que ya estaba ocupado y densamente poblado por nosotros, los humanos.

Se oyeron algunos cuchicheos en la grada.

- Como ya sabéis ese asteroide, aerolito o como se llame que pasó tan cerca hace veinte años esterilizó al ochenta por ciento de la gente, y algo similar entre animales y plantas. Todo el planeta fue rociado con algo… extraño. Ignoro si alguien localizó y puso nombre a ese algo.

Sam esperó a que los humanos dejaran de hablar. Daba la impresión que no se ponía de acuerdo ya que algunos lo hacían a gritos, poniéndose en pie y con gestos amenazantes.

Desde la mesa un uniformado se puso de pie. Se giró a las gradas y ordenó silencio en varios idiomas. Cuando la situación se calmó el uniformado se sentó.

Animado por un gesto que hizo una mujer vestida de civil, Sam continuó hablando.

- Según los científicos sorevanos, nuestra raza habría sobrevivido gracias al veinte por ciento fértil, ya que representaba mucha gente. Pero ocurrió que hubo odio y recelos entre comunidades, y dentro de estas. La guerra entre humanos fue desastrosa. Millones de personas murieron en pocos años. Los sorevanos calculan que actualmente somos un diez por ciento.

Hubo nuevos murmullos entre los humanos que estuvieron aislados por veinte años, pues al parecer si bien era algo que sospechaban no recibieron comunicación que lo confirmara. Se habían olvidado de ellos o no había forma de comunicarse.

Sam esperó en silencio hasta que pudo continuar.

- Ocurrió que al poco otro aerolito cayó en la superficie, en un lugar llamado África Sur. – Miró a la humana de antes al afirmar que desconocía si tenía otro nombre. Continuó. - La biología aportada del exterior se mezcló con la de aquí y aparecieron los Mandoran, los cueros. Como veis no son aportación de los sorevanos pues todavía no se interesaban por este planeta. De alguna forma alguien mató a alguien y apareció el odio contra los que se llamaron bichos de cuero. Pero estos bichos, con su cualidad de multiplicarse tan rápidamente arrasaron comunidades humanas en poco tiempo. Sam aspiró con fuerza y volvió a mirar a Miteno antes de seguir:

- Desde hace unos diez años los humanos ya no somos la especie dominante en este planeta y los sorevanos necesitaban de más espacio para prosperar. Eso ocurrió.

Sam volvió a esperar que callaran las voces.

- Ahora. Aquí somos cien humanos. Quizá ahí fuera encontremos a un millón y según la teoría de la probabilidad si reunimos a esos pocos que pueden procrear, la humanidad prospere. Pero es necesario dejar de matar, dejar de odiar.

Sam detuvo sus dedos y miró fijamente a quien parecía la jefa de los humanos. Esa mujer entornó los ojos y parecía meditar las palabras de Sam.

El graderío se llenó de murmullos y al poco de griterío. Algunos apoyaban a Sam, otros le llamaban traidor.

Los sorevanos se contuvieron de intervenir, pero por parte de los humanos que estaban junto la mesa le hicieron un montón de preguntas. Mientras el militar de antes volvía a ordenar silencio en varios idiomas. Algo cansado Sam respondió:

- ¡Miradme! Creo que tengo diecinueve, veinte o veintiún años. Gran parte de mi vida la he pasado protegido y oculto por soldados humanos. Tuve miedo, mucho, pero no de los sorevanos, ya que no los conocía, sino de los Cueros. Hasta que al sentirme solo me abandoné, ya no me importaba morir. Ya no sentía miedo ni odio, solo cansancio, hambre y hastío. Y de alguna forma esos bichos dejaron de interesarse en mí. Dejé de ser su enemigo. Ahora, como granjero, los considero unos animales que me benefician al eliminar los roedores que dañan mi cosecha.

Miró otra vez a Miteno y luego a las gradas.

- Llevo con los sorevanos unos tres años, y si bien añoro todavía a mis padres, en este tiempo no he tenido miedo.

Una mujer que parecía ser la jefa de un sector de ese centro afirmó que estaban dispuestos para el diálogo y dejarse ayudar.

- No nos queda otra opción. Si nos abandonan moriremos de hambre y frío. Que es peor.

- Perfecto, pero que alguien de vosotros aprenda el idioma sorevano porque mi intención es volver con mi familia lo más pronto posible.

- ¿Familia? ¿Con los invasores?

Sam señaló a Miteno afirmando que era su hermano. Éste saludó cortésmente a los humanos, sonrió y en su desastroso hablar humano afirmó que realmente Sam era el esposo de su hermana.

- Vale. Sí, estoy emparejado con Mileada, una sorevana y la amo. Tengo ganas de largarme de este frío lugar y regresar con ella, que me espera en la calidez de mi hogar.

Miteno dijo sonriendo.

- ¿Ver? ¿Todos ver hecho grande importa? Vivir juntos es, sí.

Sam, yo, hermano.

La reunión terminó y Sam fue asaltado por los científicos con mil preguntas a las que no tenía respuesta.

- Perdonar mi ignorancia, pero mis estudios se limitaron a unas tardes bajo un toldo de lona frente una pizarra. El profesor debía atender a críos a los que enseñaba a leer y con los más mayores incluía algo de matemáticas. Mi padre iba a enseñarme su oficio, mecánico, pero no pudo ser, murió antes.

Al finalizar la siguiente reunión Sam preguntó a la directora del centro humano si disponían de pollo asado y patatas fritas para comer, las añoraba.

Entre risas la directora aseguró que eso hacía mucho que se había acabado y que también añoraba esos sabores.

- Comer siempre de algas es muy aburrido.

- Lo sé, directora. Llevo más de dos años así.

Sam pidió ropa para llevarse. Y no hubo problema, el almacén estaba lleno. Cuando le entregaron dos equipos completos de ropa casi se pone a dar saltos de alegría.

Para dormir lo hacía en la nave de los sorevanos, habían habilitado un almacén o algo parecido acorde a su tamaño, aunque tenía que tumbarse en el suelo, y por un momento estuvo por marcharse al cuarto que los humanos le ofrecieron con colchón, mantas... Miteno le aconsejó que no lo hiciera.

- Eres de los nuestros, hermano. No dejes de recordarlo a los jefes, a esos humanos, a todos.

Era cierto. Debía considerarse sorevano o lo meterían con el grupo de los humanos dejando de ver a su añorada familia.

Los humanos aceptaban ser trasladados. Como dijo la directora: No tenían otro remedio. Pero los sorevanos no les abandonaban. Les ayudaría a construir un campamento y a buscar comida adecuada. Durante un tiempo serían atendidos hasta que dispusieran de huertos.

- Durante un tiempo será un desastre. Somos científicos nada sabemos de agricultura.

- Bueno. Yo era un crío a quien mi padre sorevano enseñó.

Naturalmente hubo discusiones sobre la nueva localización, unos querían ir a Europa, otros a América del norte. Con ayuda de un mapa mostrado en una pantalla, un sorevano les indicó que parte del territorio que llamaban Europa estaba arrasada durante la guerra entre humanos, la otra parte está ocupada por los sorevan, además de una amplia franja bañada por un mar interior. También hay algunas grandes zonas arrasadas en los demás continentes.

Con la mediación de Sam el jefe de los sorevan les ofreció instalarse en un lugar llamado Canadá.

- Si aceptáis, antes de trasladaros habrán construido unos barracones. Se os entregará material para que podáis construir casas más cómodas y herramienta para la agricultura.

- Al sur de Canadá hay grandes zonas arrasadas por la guerra. Pero una vez superadas, cuando los humanos seamos más, podremos ocupar la zona sur.

Tres cautes más tarde Sam regresaba a la comunidad del Lago Oeste. Desde donde le llevarían a casa en otro trasporte militar.

Ocurrió que Sam, antes de ser llevado a la colonia, fue nombrado consultor asociado al ejército sobre temas y costumbres humanas. Y eso que el joven afirmó que al estar tan protegido durante su infancia y pubertad sabía muy poco de su propia raza.

- Eres humano. – Dijo quien vestía de civil y parecía que mandaba en todos los ahí reunidos. – Te haremos preguntas para saber cuál es tu punto de vista sobre diferentes situaciones.

Aceptó.

La comunicación sería a través del ordenador fijo que estaba en la habitación de Miteno. Así se enteró, unos cautes más tarde, de una próspera comunidad humana de unos cuatrocientos individuos de los que la mitad eran fértiles. Había sido reunidos de esa parte de América y tenían un idioma en común que llamaban británico. Los asentaron en ese lugar llamado Canadá, cercano al anterior, pero Sam no se interesó en saber el sitio exacto.

El regreso al hogar fue gratificante. Mileada todavía llevaba el uniforme de vigilante cuando saltó a los brazos de su esposo y tras unos besos ya se dieron cuenta que Mikane estaba al lado ya desnuda para amarse.

Pronto todos estaban desnudos y el nido.

Sam disfrutó saboreando los cuerpos de sus esposas, la crema dulce de sus tetas, el sabroso flujo de sus orgasmos.

Mileada, mientras botaba sobre la polla de Sam, le reñía.

- ¡No estés lejos tanto tiempo!

Mikane se burló cariñosa.

- Ahora lo tienes muy cerca. Exactamente dentro de ti.

- ¡Sí!

Estuvieron amándose hasta que Mileada, cansada de tanto estallido, se retiró. Mikane la sustituyó y su comportamiento fue más dulce, suave y tierno. Hasta que también se dejó llevar por el placer estallando varias veces.

Era el turno Mileada siendo animada por Sam.

- Ven cariño. Me falta poco.

- Sí, amor mío. – Se situó sentada sobre extremo de la barra de carne y la deslizó entres sus pétalos. - ¡Oh! Estás enorme. ¡No te contengas! ¡Inunda mi cuerpo!

Recibir las descargas del marido fue tan sublime como la primera vez. También se desmayó.

Hubo una espera y una segunda sesión de caricias, besos y estallidos. Hasta que Mikane quedó derrotada, de su vagina salía la esencia del marido. Todavía estaba en éxtasis.

Sam abrazó a las dos esposas sujetándolas contra su pecho.

- Os amo. Os necesito. – Murmuró.

Y su sorpresa fue mayúscula al ver que desde el ejército le gratificaban con el pago de una buena cantidad de Tablas de forma periódica en una cuenta creada a su nombre en una casa de depósitos y, naturalmente, era accesible desde la colonia.

- ¡Mamá, mira! - Protestó Mileada al enterarse. - Gana más que yo por estar hablando por ordenador unos pocos sextos de seis de vez en cuando. ¡No es justo!

Mikane no intervenía en esas peleas que más parecían de jóvenes novios en lugar de esposos. Sabía que más tarde Sam las “compensaría” en el nido haciendo que estallasen innumerables veces.

Una tarde, cuando Sam ya empezaba a impacientarse, por fin pudo adaptar la memoria al reproductor y sonó la música clásica. Sam ignoraba el nombre del título y del autor, pero se maravilló de ese sonido. Sus esposas acudieron llenas de curiosidad ante tal melodía y se sentaron a lado de Sam para mirar los vídeos que mostraban bonitos jardines, enormes casas de piedra adornadas con hermosos y raros muebles. Y jóvenes humanos que bailaban y saltaban. Se movían como si fueran ajenos a la gravedad del planeta, pudiendo dar esos gráciles saltos. De vez en cuando aparecían más humanos vestidos de negro con unos instrumentos que proporcionaban tan extraño y hermoso sonido.

- No sabía que los nativos fueran capaces de crear semejante sonido tan hermoso. - Dijo Mileada mientras llevaba el compás con ligeros movimientos de su cuerpo. - ¿Cómo se llaman esas cosas?

- Instrumentos. Bueno… cada uno de ellos tiene un nombre distinto, pero solo reconozco la guitarra, armónica… y no están ahí.

- Esas casas son muy bonitas. - Añadió Mikane. - Y enormes.

Sam, acostumbrado a vivir en tiendas de campaña rodeado de barro y a la poca música que aportaban los soldados en sus fiestas también se maravillaba de lo que su pueblo disfrutó en otra época.

- Creo que las llaman castillos o palacios… o algo así.

Mileada y Sam escuchaban esa música casi a diario hasta que Mileada se puso a bailar imitando a los bailarines de los videos. Naturalmente jamás los igualaría ya que por cuestiones anatómicas no podía ponerse de puntillas, pero resultaba agradable ver que se divertía y pronto Sam se unió. Tuvieron que salir a la explanada frente la casa porque dentro no podían correr ni saltar.

Así Mileada echaba atrás su cuerpo alzando una pierna sabiendo que ahí estaba el brazo de Sam para sujetarla. Luego corría con los brazos extendidos hasta saltar sobre Sam que la recogía y acunaba dejándola en el suelo. Otras veces Sam la sujetaba por la espalda y una pierna mientras daba varios pasos y Mileada, con los brazos extendidos, creía volar. A veces la muchacha se sentaba sobre un pie manteniendo el otro estirado para atrás, ponía una mano en la cintura y estiraba la otra a delante, y Sam la cogía por debajo de los brazos, la alzada y daba un giro en el que Mileada gritaba mostrando su júbilo.

- ¡Mirarme! – Gritó. - ¡Soy un pez de aire! ¡Estoy volando!

Más tarde Sam se enteraría que había unos peces capaces de salir del agua y volar pequeñas distancias. Así huían de los depredadores. Cuando lo hacen en grupo forman un bonito espectáculo.

Antes que concluyese la música Mileada hacía un gesto ya acordado pidiendo que parase, se mareaba o estaba cansada. Desde la puerta de casa Mikane reía y elogiaba lo bonito que les quedaba.

- ¡Me gusta! Os queda muy bien.

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